Notas del autor: Saludos nuevamente, estoy viva después de tantos contratiempos, les traigo otro capítulo. Trabajo mucho en ello para ustedes, si me demoro tanto en subir algo, debo al menos, subir algo con mucha pasión desde mi ser. Gracias por el apoyo.

Disfruten este quinto capítulo y un saludo enorme a la comunidad del Ulquihime.

Advertencia: Puede llegar a haber contenido sexual explicito, lenguaje vulgar u obsceno, entre otros. Los personajes pertenecen a sus autor correspondiente, nada es mío más que la historia.

Sería tan feliz si tú...

"¿No has pensado en pintarlos? Se ve tan triste que le dejes en blanco..."

"Me gusta mucho su portafolio. ¿No ha pensado vivir de esto?"

...

Otra vez resonaba en su cabeza, pero prefería ignorarla en lo que tuviera que atender a la mujer que tenía rodeada por sus brazos. Podía escucharlo, su respiración agitada, sus manos aferradas a su pecho; no podía ver su cara, estaba cubierta por rebeldes mechones pelirrojos.

Algo en su interior quería seguir ahí, se lo pedía a gritos, le pedía a gritos que no la soltara; es más, le aconsejaba reducir la distancia entre los dos a nada. Poco a poco su rostro se fue aproximando al de ella, podía sentir el calor de su agitada respiración, tan cercana como sus labios.

Entonces una mirada se dejó entrever de los mechones, había dejado el pánico para darse cuenta de la situación en la que estaban.

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—¿Estás mejor? Eso es bueno.— dijo mientras se levantaba rápidamente y le daba la espalda a la chica que sostuvo hace unos segundos.

—Lo siento.— respondió mientras miraba al suelo y se cubría aún más con el abrigo. —No le digas a nadie.— le pidió preocupada.

—¿Decir "qué"? Solo he visto tu cabello, nada más.— respondió con un deje de aburrimiento, como si en realidad no le hubiera importado lo que había visto. Volteó hacia ella y se acercó para tomar la peluca plateada que se había desprendido de su dueña. —Ven conmigo.— le dijo mientras le tomaba con firmeza una de sus manos y la hacía levantarse.

—¿Eh? ¿Qué estás haciendo?— interrogó asustada al sentir que nuevamente su cabello estaba desprotegido. —¡Suéltame!— le ordenó tratando de liberarse de su agarre.

—¿Quieres ser vista por alguien más?— le preguntó al instante mientras la acercaba a él bruscamente, quedando nuevamente cara a cara, clavándole la mirada como si fueran afiladas cuchillas, listas para atravesarle el corazón.

—¿Que vas a hacerme?— volvió su voz temblorosa, se estaba aguantando las lagrimas que querían salir nuevamente.

El no respondió, simplemente se limitó a atraerla hacia un rincón del atelier. Había un mueble enorme cubierto por unas cortinas blancas, la pelirroja se preguntaba que era lo que quería enseñarle con desconfianza, para luego ver que él descubría lentamente un tocador; era hermoso, blanco y de finísimos detalles con un gran espejo ovalado.

El moreno la hizo sentarse en el cómodo taburete blanco que formaba parte del juego, en vista de que ella se había quedado quieta detrás de él. Se aproximó a los cajones para abrirlos y sacar un set de peines, cepillos, un fijador y delgados prendedores.

—Vamos a arreglar este inconveniente, como si no hubiera sucedido nunca.— le dijo mientras le veía asentir vagamente a través del espejo.

La sentía tan ausente, como si fuera una de las muñecas de prueba que solía utilizar en sus tiempos de amateur, puesto que odiaba lo quisquillosas que se ponían las chicas cuando se dejaban tratar por alguien que apenas tenía experiencia en cuidados del cabello.

Se puso a espaldas de la pelirroja y como si se tratase de una entidad muy frágil, tomó su larga melena y comenzó a cepillarla; su cabello era de un color intenso como el ocaso cotidiano que podía apreciar habitualmente desde el gran ventanal de su atelier y era tan suave como la seda.

—No puedo entenderlo, tu cabello es precioso y lo escondes. ¿Por qué?— le hablaba con cierto tono de molestia mientras seguía cepillando sus cabellos, sin recibir respuesta alguna y sintiéndose un tanto ignorado. —No creo estar hablando solo con una muñeca, que por cierto, tiene una expresión muy fúnebre en el rostro.— le dijo mientras comenzaba a hacerle un peinado y le aplicaba fijador de cabello.

—Perdone, yo no puedo hablar de eso.— dijo en voz baja mientras su mirada permanecía perdida

—Entiendo.— dejó ir un suspiro con molestia mientras seguía esparciendo prendedores en el cabello de la chica para luego volver al tocador con a peluca plateada para estilizarla, antes de volver a ponérsela a la pelirroja. —Si tanto quieres ocultarlo, sería mejor que pensaras en teñirlo de negro, tal vez.— le sugirió mientras seguía con lo suyo.

—No puedo hacer eso, sería como borrar... a alguien que era importante para mi.— la expresión de su rostro cambió repentinamente, totalmente opuesta a la de hace minutos por una de completa seriedad.

—Si tan valiosa es esa persona para ti, no deberías ocultarlo.— le dijo mientras la observaba a través del espejo. —Por cierto, que fantástico cambio de humor.— le dijo mientras volvía a posicionarse detrás de la pelirroja, aproximando con cierta lentitud su rostro al de ella y sus manos en una postura muy sutil alrededor de este mientras se miraban en el espejo, la expresión de la chica se había relajado un poco.

—No puedes comprenderlo.— dijo mientras se tragaba en su interior en nudo que se formaba al recordar, aunque fuese por un leve instante.

—Tienes razón, hay mucho que no comprendo para nada, y es que no sé nada de ti, ni siquiera tu nombre.— le respondió sin dejar de observarla a través del espejo. —¿De qué o de quien te escondes Vermouth?— la interrogó nuevamente.

—No puedo responder a eso.— respondió para después dejar ir un suspiro de resignación.

—¿Y qué puedes decirme?— comenzaba a sentirse un poco irritado para luego ser tomado por sorpresa esta vez; sin previo aviso, sus manos estaban siendo tomadas por las de ellas.

—Estás manos son tan grandes, suaves y frías.— le dijo mientras las sostenía y mantenía sus ojos cerrados. —¿Siempre han sido tan solitarias?— se giró un poco hasta quedar cara a cara con el hombre de tez pálida y ojos esmeraldas.

—Tal vez.— dijo mientras sus manos reaccionaban, una presionando levemente la de la chica, la otra liberándose y tomando la barbilla de la mujer que tenía en frente. Un ardor invadía su ser y sin embargo, lo disimulaba, maldecía una y otra vez a quién demonios haya inventado las lentillas , él quería ver más, mucho más.

—Eso es tan triste...— a pesar de sonreír levemente en sus ojos podía revelar un deje de dolor ante aquella figura tan solitaria.

—Entonces sostenlas un poco más, solo un poco más.— dijo mientras apegaba su frente a la de ella, obligándole a mirarlo con más insistencia.

La atracción del uno hacia el otro era tan fuerte que, al fluir alrededor de ambos, parecía como si desgarrasen el cielo y estremeciesen la tierra. Ninguno de los dos conocía al otro en absoluto, completos desconocidos y sin embargo, sus manos gritaban por aferrarse en las del otro; Orihime estaba embelesada con la vista interior que ofrecían esas dos gemas verdes, por otro lado Ulquiorra conservaba su rostro sin expresión alguna pero por dentro, el podía sentir como su pecho quemaba, y sin embargo lo negaría hasta el final.

—Está todo listo.— dijo mientras que al mismo tiempo se liberaba de las manos de la chica para ir a tomar la peluca y acercarse de nuevo a ponérsela.

—¿Eh?— dijo mientras lo miraba desconcertada.

—Como nueva.— dijo mientras la hacía levantarse y mirarse en el espejo. La observó con detenimiento mientras ella verificaba sutilmente que nada quedase al descubierto.

—Eres asombroso, te lo agradezco mucho...— dijo mientras le mostraba una sutil sonrisa a través del espejo.

—No hay de que, sólo ten más cuidado.— le dijo encogiéndose de hombros y dirigiendo su mirar a otro punto del Atelier.

—Lo tendré en mente. Por cierto, magníficas colecciones.— le dijo mientras volvía a deleitarse con la vista que le ofrecía la enorme sala.

—Gracias, lo sé, no es necesario decirlo.— le respondió a ojos cerrados, perdiéndose la distorsión del rostro de Orihime.

—Eres un engreído.— le dijo mientras le dedicaba una mirada de desagrado, adicionando un tic nervioso, lo cual le pareció gracioso al albino.

—No deberías hablarle así a quien nuevamente te ha salvado el trasero.— le regañó, bastante divertido con la situación.

—No me parece divertido.— le espetó bastante enojada.

—No te lo tomes tan enserio, pero volviendo a cosas más serias, yo... — no pudo acabar al sentir pasos en dirección a ambos, lo cual le hizo voltearse y dejar de lado lo que estaba diciendo.

"¿Pero qué demonios?" Fue lo primero que retumbó en su mente, dos de sus sirviente manos arriba y una mujer, con un enfado de los mil demonios que se dejaba a la vista, les apuntaba con dos armas. Orihime estaba tan sorprendida como él, llevándose una mano a su sien, como diciendo para sus adentro que aquello no podía estar pasando.

—L-Lo siento amo, nos ha cogido muy desprevenidos.— decía Wonderweiss mientras reía nervioso por la situación.

—Te dijimos que ella estaba bien, ahora puedes bajar las malditas armas.— le pedía un muy molesto Dordoni.

—¿Es tu Can Cerbero? Dile algo...— le dijo suavemente. —¡No te quedes pasmada!— le dijo más fuerte, definitivamente Cirucci le había puesto los pelos de punta hasta a una persona como él.

—¿A quién le pones ese nombre tan feo? ¡Cierra la maldita boca!— después de decirle esto al moreno, le dirigió una mirada a Inoue. —¿Se encuentra bien, no le han hecho nada malo? Ha tardado tanto que he terminado preocupándome.— le dijo con voz molesta.

—Si Cirucci, solo me he tardado más de lo que pensé, baja esas armas.— suspiró avergonzada, aunque muy dentro de ella se sentía divertida con aquella situación. —No hay remedio contigo Cirucci.— dijo mientras comenzaba a caminar hacia ella, lo cual hizo que bajara sus armas al segundo, dejando ir a los servidores del moreno para ponerse al lado de este.

—Espera.— la agarró por sorpresa del brazo, antes de que se alejara aún más de él.

—¿Qué sucede?— le preguntó muy sorprendida por su forma de actuar.

—Vuelve a verme cuando puedas. Tengo algo que...— no alcanzó a completar su frase, puesto que en segundos apareció Cirucci ante él, dándole una fuerte palmada a la mano que sostenía a la pelirroja, haciendo que la soltara. ¡¿Por qué demonios la acompañaba alguien tan agresivo como lo era esa mujer?!

—¡No la toques!— le llamó la atención para darle la espalda y ofrecerle su brazo a Orihime, el cual fue tomado en respuesta.

—Y con un guardaespaldas más dócil... Deja al perro en casa.— le sugirió con molestia.

—Para tu desgracia, cada vez que la veas a ella, me tendrás que ver la cara a mí. Personas como tú solo destruyen lo que tocan.— le dijo con asco y sin voltear a verlo.

—Ya basta Cirucci.— le dijo la pelirroja mientras le daba palmaditas para que disminuyera su enojo.

—Ya estoy mejor, sabiendo que usted está bien y a mi lado.— le sonrió bastante satisfecha.

—Vamos.— se aferró un poco más a su brazo y comenzaron a caminar, alejándose con algo de prisa del trío.

Bajaron las escaleras y salieron de la mansión con mucha prisa hasta subir al automóvil, una vez adentro, Cirucci sacó el auto y salieron de la mansión en un parpadeo, Ulquiorra y sus sirvientes las vieron desde lo alto de la mansión.

—¡Esa mujer está loca!— exclamó el enfadado sirviente.

—Pudimos habernos ahorrado todo este numerito si la hubieras traído cuando todavía no perdía los tornillos.— le dijo el rubio a su lado, bastante divertido. —Si serás bruto...— comenzó a reír por lo bajo.

—¡Que tornillos va a tener, está loca de remate!— exclamó más enojado. —¿Viste tan siquiera como corre con el auto? ¡Parece el diablo!— decía mientras cerraba y cubría el ventanal de donde estaban mirando hace unos minutos.

—Dordoni, vuelve a tu puesto.— una voz de autoridad se hizo notar.

—Si señor.— dijo el grandulón, disipando su temperamento momentáneo y saliendo del Atelier a toda prisa.

—Y tú...— se dirigió al rubio que estaba retirándose silenciosamente del lugar, creyendo que él no lo notaba. —Tú tienes algo que hacer.— le dijo mientras buscaba algo en su bolsillo.

—¿Me va a castigar a mi? Si él ha peleado con esa mujer y hemos terminado como estábamos, no me mate.— le reprochó con los ojos llorosos.

—Si quisiera matarte, ya estaría aquí la policía interrogándome para saber cómo diablos terminaste "saltando" desde el ventanal del Atelier.— le entregó un manojo de llaves pequeñas.

—¿Eh?— lo miró sorprendido. —Pero si estas son de...— sus ojos se abrieron aún más.

—Quiero que los organices y luego me lo traigas todo, no tardes tanto en ello.— después de encomendarle su misión se retiró, dejando al rubio en solitario.

—Se ha interesado en alguien, tal vez...— sonrió por lo bajo.

... ... ...

Era demasiado tarde, hasta había sentido a Orihime volver e irse enseguida a su habitación, y aún así decidió seguir encerrada en su habitación a oscuras. Con una copa de vino tinto a medio beber en su mesa de noche, Rangiku vagaba en sus pensamientos.

Aquel hombre le había traído demasiada felicidad, pero también le había pagado con mucho dolor, nunca más dejaría que unos ojos así la engañaran, mucho menos una sonrisa similar. A pesar de todo y de lo bien que se había parado durante esos años, la herida seguía abierta y tan profunda como siempre, pero para esas cosas existía el maquillaje, para su suerte.

Toc-Toc.

—Sé que aún estás despierta, Matsumoto...— dijo una voz algo discreta tras la puerta.

—Puedes pasar, no hay problema.— le respondió con tranquilidad mientras se levantaba de su cómoda posición.

Entonces entró silenciosamente, cerrando la puerta apenas entró, un aroma agradable le rodeaba y tan potente que podía sentirlo a lo lejos, la fresca e intensa colonia inglesa invadía su nariz.

—¿No es un poco tarde para estar bebiendo? Al menos, no deberías hacerlo a solas.— le dijo mientras se acercaba a sentarse a los pies de su cama.

—¿No es un poco tarde para invadir el cuarto de una señorita a altas horas?— bufó con sutileza.

—No si te encuentras despierta y necesitas de un oído para soltar los pensamientos que tanto retumban en tu cabeza.— le dijo mientras apuntaba su dedo índice con suma insistencia a su cabeza.

—No deberías preocuparte, estoy totalmente estable, lo suficiente para que no intervenga con el evento de mañana, de todas formas estoy agradecida.— sonrió para él, aunque no pudiera verle entre la oscuridad.

—No lo estoy, siempre has sido fuerte con esa misma sonrisa que estás enseñando.— soltando una risa leve que, si no le conociera lo suficiente, pensaría que era maliciosa.

—Entonces ¿Por qué has decidido llamar a mi puerta en vez de simplemente atravesarla como sueles hacerlo, Grimmjow?— dijo acercándose a su mesa para sacar otra copa y llenarla de vino para luego acercarse al peli azul y ofrecérsela.

—Para evitarme sorpresa alguna, quizás.— le respondió mientras aceptaba la copa en mano de la rubia y beberla de un solo trago.

—Y luego, la que tiene problemas con la bebida soy yo, vas muy rápido "gatito".— se burló mientras tomó un poco de lo que quedaba de la suya.

—Esto es demasiado suave para mí, no te preocupes.— le sonrió de forma más abierta para luego volver a su seria expresión.

—Como tu primera absenta, señor "aguante de ruso."— se burló mientras le daba un leve codazo en el brazo.

—¡Nunca más me ha vuelto a pasar, no me toques las pelotas!— le reclamó avergonzado.

—Pero fue muy gracioso, lástima que incluso borracho te niegas a decir la verdad y solamente te limitas a tomar los retos que se te cargan.— le reclamó haciendo un mohín.

—Venga ya, no empieces con esas gilipolleces, ni siquiera hay algo de mí que sea útil saber.— suspiró algo frustrado. —A no ser... que quieras conocer mis fetiches para luego aplicarlos en mi, eso sería muy agradable.— dijo con picardía mientras le pinchaba una de las mejillas, deshaciendo el mohín.

—Pervertido.— golpeó su mano para luego atacarlo con una almohada que tenía a sus espaldas.

—Auch.— dejó escapar con algo de desagrado. —Alguien necesita relajar las manos.— se burló mientras sobaba su mano recientemente golpeada.

—Y alguien necesita reforzar sus modales.— le dijo indignada.

—Sé que por dentro te ríes de ello, tanto o más que yo.— le aseguró sonriente.

—Tal vez...— sonrió mientras arqueaba una ceja.

—Matsumoto.— volvió a dirigirse seriamente a la rubia.

—¿Que ocurre ahora?— le preguntó expectante, para luego ser sorprendida por un repentino agarre. —Pero que... ¿Grimmjow?— fue atraída hacía un pecho tan duro y frío como un glacial.

—Basta, deja de jugar, hablas tanto de deshacernos de nuestras máscaras, pero aún conservas la tuya. Y no estoy hablando de la mierda de tu maquillaje y pelucas.— le reclamó alejándola un poco de él. —Estoy hablando de esta.— apuntó a su pecho, para luego apuntar a su rostro y luego delinear lagrimas imaginarias.

—Basta.— tembló por un momento ante tal acto y tales palabras.

—No sé quién te ha torturado todas tus noches, no sé quien ha aplastado a la Matsumoto de verdad, la que no se ha dejado ver por completo.— volvió a acercarla a él de forma brusca.

—Basta...— lo apartó con suavidad. —Agradezco que estés preocupado por mí, has tenido que ver mucho como para salir de tu pedestal como el chico duro, pero no es necesario.— dijo mientras posaba una mano en el pecho de él y aguantándose lo que en ese momento quisiese escapar de sus ojos como un fugitivo desesperado por ver la luz.

—Si así lo prefieres, lo dejaré así.— dijo apartándose totalmente de ella para luego dirigirse a la puerta. —Si así lo prefieres, no voy a obligarte, pero, déjame salvarte algún día, como lo hiciste conmigo.— dijo mientras abría suavemente la puerta. —Buenas noches, descansa Matsumoto.— dijo casi susurrando mientras cerraba la puerta tras de sí.

"Perdóname por hacerte sentir tan frustrado, pero no quiero mezclar a nadie en esto". Se decía una y otra vez la rubia, quien había vuelto a recostarse, esta vez cubriendo su rostro con una almohada para que absorbiera las lagrimas que por fin salían. Él le había mostrado casi todo de su ser, se había confiado en ella y aún así, ella no era capaz de abrirse.

...

Dando un fuerte portazo tras de sí, se quitaba la chaqueta de cuero y la lanzaba con violencia contra la cama, para luego dirigirse a su closet y sacar un par de guantes de boxeo.

Arremetió contra su saco de entrenamiento con toda la furia posible, pero en vez de disminuir, esta se hacía más potente, más enérgica. La única persona que había palpado su interior estaba sufriendo, lo veía más que cualquier otra en sus ojos., esos tristes ojos.

Si tuviera chance, una minúscula oportunidad, lo demolería, incineraría todo para que ella fuera libre; pobre del desgraciado que marcó su vida si volviera a aparecer, porque no tendría piedad alguna con él, lo haría pedazos, le arrancaría las piernas. hasta que pidiera perdón.

Pero eso no sería posible, los cobardes siempre tendían a desaparecer sin dejar rastro alguno, sin ánimo alguno de volver a mostrar su asquerosa cara otra vez. Que decepción.

Pero, independiente de si ese desgraciado pagaba o no, él sentiría real satisfacción con una sola cosa, la sonrisa de ella, la sonrisa de verdad que le habían robado hace años.

—¡Tienes que ser libre un día, de todos, serás libre y reirás de toda esta mierda!— dejó de golpear el saco, ya le había hecho un agujero, fue suficiente para él.

Lentamente se dejó caer en el suelo, por fin el jodido cansancio visitaba su cuerpo, al menos podría dormir de un tirón esta noche, la verdad es que ya no aguantaba el insomnio entre su trabajo y lo que le preocupase en el camino.

...

"Tuviste un mal día, quizás". Desistió de querer llamar a su puerta y se devolvía a la suya con pesadez. Le había visto venir de la dirección donde se encontraba la habitación de Rangiku, no necesitaba preguntarse demasiado el motivo por el cual estuvo allí. Esa mujer se reflejaba tan intensamente en sus pupilas que podía sentir los celos entrando en su ardiente pecho.

Habían cenado juntos, él había estado tan callado, tan molesto que prefirió seguir comiendo en silencio y, tratando de tanto en tanto tener algo de qué hablar, aunque fuera sobre trabajo y nuevas composiciones para que él corrigiera algunos detalles y escribiera más letras.

—No eres el único que quiere hacer algo por otra persona. ¿Sabes?— susurró para si misma, abrazándose a sí misma y apresurándose a su habitación.

Habían crecido juntos, había aprendido tanto de él, aunque en su pasado no fuera el mejor ejemplo del mundo, le había hecho fuerte para poder ganarle a cualquiera que intentase pisotearla, le había hecho tan fuerte como a él mismo.

Ganarle a cualquiera, y aún así estaba perdiendo, pero esa persona no tenía la culpa, claro que no. Ella y su sola presencia bastaba para dejarla fuera de juego, su traslucido ser llamaba los ojos felinos que ya habían sucumbido a tal encanto natural, mucho más allá de un cuerpo llamativo.

Entrando al cuarto bastante desganada, se quitó los zapatos y se sumergió entre las sabanas de su cama, iba a ser una noche larga, muy larga antes de que morfeo viniera y se la llevara.

"Esto es algo que yo no puedo ganar. Está decidido, solo voy a enfocarme en mi trabajo, es lo mejor que puedo hacer por mí, por nosotros"

Continuará...

Saludos a Sohma, aprecio mucho que sigas este fic y que dejes un review con todo lo que pasa por tu cabeza, me saca un sonrisa., espero pronto darte algo digno de tu sincero aprecio.