Disclaimer: Los personajes fueron creados por Jane Austen. Yo sólo me divierto jugando con ellos un poco.

Aquí les traigo el segundo capítulo de esta historia. Espero que les guste, porque tiene mucho Bingley y Darcy. Es genial escribirlos a los dos.

Canción sugerida para el capítulo: "I've Just Seen a Face" de The Beatles. (No puedo evitar asociarla con Jane y Bingley. Es tan ellos.)

Chocolate y café amargo

Capítulo 2

He visto un rostro

Bingley abrió la puerta corredera del departamento, revelando un enorme espacio vacío tras la gruesa puerta de metal. Habían elegido un viejo edificio que en algún momento de su historia había sido una fábrica victoriana y que aún retenía un dejo industrial. Darcy levantó una ceja. Al parecer, el departamento apenas tenía paredes.

—¿No es estupendo? —comentó el joven mientras se echaba un bolso de deporte a la espalda y entraba al departamento. Darcy no dijo nada y lo siguió—. ¿Qué te parece?

—Hum… —fue lo único que su amigo logró decir. "Estupendo" era la última palabra con que hubiera descrito el pequeño espacio que tenía frente a sus ojos. "Viejo", "ruinoso" o "anticuado" le parecían palabras más apropiadas. La pintura de las paredes estaba descascarada. Así no era sorpresa que hubieran conseguido el departamento tan barato. ¡Era una auténtica ruina!

No obstante, su amigo no parecía desanimado por el estado del departamento. Con su habitual despreocupación, el joven pelirrojo salió de la habitación y fue a buscar su carpeta con dibujos y sus cajas de pinturas al pasillo. El deterioro del lugar no parecía importarle en lo absoluto.

Darcy se dejó caer sobre su maleta y resopló. ¿Cómo era que había terminado siguiendo a su mejor amigo en esa locura? Sí, claro, él también tenía sueños de grandeza y quería ser un músico de éxito, pero llevaba años sin componer una canción. Simplemente no era capaz de hacerlo. La inspiración lo había abandonado y él no pensaba que fuera a recuperarla pronto. Cuando Bingley le había propuesto ir a Liverpool con él, había aceptado pensando que con todos esos artistas dando vueltas su musa podía volver. Ahora que estaba ahí, empezaba a pensar que esa idea había sido una ingenuidad.

No podía evitar dudar si había tomado o no la decisión correcta. Había dejado sus estudios por segunda vez en su vida. La mirada de su padre cuando le había comunicado la noticia había sido muy elocuente. Estaba decepcionado de él. Pero era algo que tenía que hacer. Tenía que hacer ese último intento por recuperar a su musa. La música le había dado sentido a su vida; le debía un último intento.

—Oye, ¿te importa si me quedo con esta habitación? Esta tiene mejor luz, ya sabes, para dibujar—le preguntó Bingley sacándolo de sus pensamientos—. Vamos a tener que comprar muebles. Me parece que vi un mercadillo de muebles usados cerca de la plaza. Deberíamos ir lo antes posible, ¿no crees?

—Necesitamos colchones, también —señaló Darcy—. Y sería genial conseguir un refrigerador. ¿Dónde se consiguen electrodomésticos de segunda mano?

—Ni idea, nunca he comprado de segunda mano —replicó el otro—. ¿Qué dices de la pieza?

—Vale, como tú quieras —replicó Darcy entrando a la segunda habitación. No era demasiado grande, y no parecía estar en muy mal estado. La pintura estaba algo descascarada, como la del área común, y seguramente el marco de la ventana agradecería una nueva capa de barniz, pero no era nada demasiado complicado de arreglar.

Dejó su maleta en el suelo y apoyó su guitarra en la pared. Tras eso se apoyó en la pared y suspiró mientras se deslizaba por ella hasta quedar sentado. ¿En qué se había metido? Todo estaba bien en Oxford, sus notas eran buenas y no tenía que preocuparse de nada. Por primera vez en sus veintiséis años de vida, Fitzwilliam Darcy tenía que hacerse cargo de sí mismo. Nunca lo había hecho, ni siquiera había tenido un empleo. Pero como decía su madre, siempre había una primera vez para todo.

Sonrió un poco al imaginarse la mirada de su madre si hubiera podido verlo en esa situación. Anne Darcy siempre había sido la mujer más ordenada del mundo y seguramente el estado del departamento le pondría los pelos de punta. Y con buena razón, al lugar le hacía falta una buena limpieza total. ¿Por dónde empezar?

—Oye, ¿no te parece que debemos ir ahora a comprar muebles? Tenemos algo de dinero y creo que podemos encontrarlos baratos, aunque no sé qué tal nos irá con el famoso refrigerador. Eso sí, acabo de revisar la cocina y tenemos una encimera con horno.

—Genial —bufó Darcy, que no se sentía con muchas ganas de levantarse del suelo—. ¿Qué estás esperando?

—A ti, idiota —se burló el otro—. ¿No esperarás que vaya solo a ver eso? Además, recorrer esta ciudad no estará mal. Seguro que podremos ver si algún lugar necesita empleados.

Darcy supo que su amigo no se rendiría hasta sacarlo del departamento, por lo que se levantó del suelo con dificultad y tomó su chaqueta de encima de la maleta.

—Está bien, vamos —masculló.

Prefirió ignorar la sonrisita que apareció en los labios de su amigo.

-o-

El ensayo llegó a su fin, para el alivio de todo el cuerpo de baile de la compañía Isadora Duncan (1); a esas alturas del día, apenas podían mantenerse de pie. Habían estado prácticamente todo el día bailando hasta que a Roger le había parecido que se sabían la coreografía como a él le gustaba. El director de la compañía era todo un explotador.

Jane se mojó la cara en uno de los lavatorios del camarín y amarró su largo pelo rubio en una coleta baja. Con una sonrisa y un par de guiños cómplices, se despidió de sus amigos mientras se colgaba el bolso al hombro.

Lo único que quería esa tarde era llegar al departamento y darse una larga y relajante ducha. Después de eso, se pondría su pijama preferido —un poco infantil, con los dibujos de una gata muy popular en Japón— y se acostaría sobre su cama para ver una película romántica en su laptop. Una comedia romántica cursi y pastelosa, con la que no se viera obligada a pensar nada. Sí, eso sonaba muy bien. Contaba con que Lizzie estaría escribiendo hasta altas horas de la noche —como era su costumbre— y no se molestaría con el ruido. Su hermana siempre parecía irse a otro mundo cuando escribía, de la misma forma que ella se perdía cuando escuchaba música. Cerraba los ojos y se movía como si pudiera volar a través de ella.

Pasó por las calles por las que solía pasar todos los días, aspirando los olores que provenían de las cafeterías y pastelerías que poblaban el barrio. El delicioso aroma le recordó el incidente de Marge esa tarde. Frunció el ceño al pensar en eso. Nadie que viera a Marge diría que se trataba de una chica gorda. De hecho, Jane la calificaría sin dudar como delgada. Roger la ponía de los nervios con su exigencia respecto al peso de sus bailarinas, sin importarle ni un poco su salud. Jane se sentía afortunada por tener un metabolismo rápido, pero no se confiaba sólo en eso. También corría por las mañanas antes de ir al teatro.

Pero no quería pensar en Roger y sus neurosis. Si seguía así iba a terminar por destruir la autoestima de todas las chicas de la compañía. Era un auténtico desgraciado de película, el muy imbécil.

Sintiéndose rebelde, Jane entró a una de las pastelerías e invirtió una libra y media —cosa que no hacía normalmente— en un encantador cupcake. Roger y sus idioteces podían irse a buena parte. Y muchas gracias.

Aún saboreando la cubierta azucarada, la joven bailarina entró a su edificio. Ella y Lizzie lo habían elegido porque era cómodo y económico. Además, estaba bien ubicado y les quedaba cerca de sus respectivos trabajos.

Junto a las puertas del ascensor del vestíbulo, dos chicos estaban esperando que la máquina parara y rodeados de varios muebles que tenían todo el aspecto de ser de segunda mano. Jane levantó las cejas al ver entre las cosas un refrigerador. Jane sonrió un poco. Seguro que eran nuevos en el edificio, aún no se enteraban de que el ascensor llevaba años —si no siglos— sin funcionar.

—Hola —los saludó mientras esbozaba una sonrisa amable—. Sí saben que el ascensor no funciona, ¿verdad?

El más bajo de los dos la miró con los ojos muy abiertos y Jane no pudo evitar pensar que las pecas que el chico ostentaba en la punta de la nariz eran encantadoras.

—No, la verdad. Puede que me lo hayan dicho pero lo olvidé. Creo que sólo usamos las escaleras cuando llegamos. ¡Menudo distraído que estoy hecho! —el joven se había sonrojado un poco, lo que hizo que a Jane le cayera aún mejor. Siempre había tenido un punto blando con la gente tímida y ese chico le parecía algo así, con su forma apresurada y torpe de hablar—. Por cierto, soy Charles Bingley, un gusto.

—Oh, ustedes deben ser los nuevos vecinos. ¡Bienvenidos! Yo soy Jane Bennet, el gusto es mío.

—Un gusto, señorita Bennet —él le devolvió el saludo con una formalidad que divirtió a Jane—. Y él es Darcy, mi compañero.

—Oh, ya veo —replicó Jane—. Es genial que hayan decidido vivir juntos. Supongo que debió ser una decisión difícil.

Bingley sólo la miró como si no entendiera de qué estaba hablando la chica. Pero el otro chico sí había comprendido a qué se refería ella y frunció el ceño.

—No somos ése tipo de compañeros —bufó de malos modos enfatizando con firmeza la palabra ése—. Sólo vivimos juntos.

—Oh… Lo siento —musitó Jane mientras sentía como sus mejillas enrojecían violentamente. Seguro que en su rostro se podría haber frito un huevo. En su fuero interno, se alegraba por eso. El chico pelirrojo le había parecido guapísimo y hubiera sido un auténtico desperdicio que fuera gay. Aunque seguro que su amigo Freddy diría todo lo contrario.

—No te preocupes, está bien —respondió Charles sonriendo abiertamente. Al parecer, se había demorado en comprender el comentario de Jane, pero ya había logrado entenderlo y le había parecido divertido. Al menos no había puesto la expresión de disgusto de su amigo. Jane no pudo evitar pensar que al otro chico le hacía falta un poco de sentido del humor.

—No sé tú, Bingley, pero yo necesito subir estas cosas. Y voy a necesitar de tu ayuda para subir la mesa, las camas y el sofá —gruñó el joven de pelo oscuro mientras tomaba una cama desarmada—. ¿Vienes?

—¿Necesitan ayuda? —se ofreció Jane recordando que eso era lo correcto cuando llegaban nuevo vecinos—. No sé qué tanto los pueda ayudar con ese sofá, pero seguro que puedo llevar algunas sillas. ¿En qué piso están?

—En el tercero —replicó Bingley, pasándole una de las sillas—. Muchas gracias, por cierto.

—No es nada. Es lo mínimo que puedo hacer por los nuevos vecinos, ¿no?

De reojo vio cómo el otro chico resoplaba y cómo Bingley se acercaba a él y tomaba el otro extremo del respaldo de la cama. Los siguió por las estrechas escaleras hasta el tercer piso. Cuando el que se llamaba Darcy abrió la puerta de su departamento, Jane supo por qué el arriendo del suyo era mucho más barato que el resto del edificio: era muchísimo más pequeño que este.

—Wow, nunca había entrado a uno de estos departamentos. Son enormes —comentó mientras dejaba la silla junto a un muro y miraba a su alrededor.

—¿No vives en el mismo edificio? —inquirió Bingley al salir de una de las habitaciones.

—Sí, pero mi departamento es uno de los del último piso. Son más pequeños y con el techo abuhardillado, no tienen tanto espacio —explicó Jane mientras los tres bajaban las escaleras. Darcy resopló nuevamente y se apresuró en bajar los tres tramos de escaleras.

—Lo siento por eso —Bingley se encogió de hombros y señaló al lugar por donde su amigo había desaparecido—. Normalmente no es tan hosco, pero hoy está cansado y de mal humor.

—No te preocupes —replicó Jane con un guiño cómplice—. Mi hermana también tiene días así y ya aprendí a ignorarlos. ¿Te parece si voy a buscar a Hill, el conserje? Van a necesitar más ayuda si quieren subir ese sofá y el refrigerador.

—Tienes toda la razón. Sería genial.

—Vuelvo en un momento —Jane desapareció en una habitación junto al vestíbulo del edificio. Salió unos minutos después seguida de un hombre grande como un armario. Bingley lo recordaba de cuando habían visto el departamento por primera vez.

—Muchas gracias por la ayuda —sonrió al verlo. Hill se encogió de hombros y tomó el refrigerador por un lado. Los dos chicos tomaron el otro lado y comprobaron que el hombre era muy fuerte. Entre ellos apenas se podían con la mitad del peso del refrigerado, mientras que el hombre podía con la mitad del peso solo y ni siquiera parecía importarle demasiado.

Al menos podrían terminar antes con la mudanza.

-o-

Sí, claro, la tal Jane era guapa, pero Darcy no entendía por qué su amigo sonreía de esa manera al hablar con ella mientras limpiaban el departamento de puerta a puerta. Sólo Bingley podía actuar de esa forma con una chica a la que acababa de conocer.

No había que ser el mejor amigo de Charles Bingley para adivinar que la chica le gustaba. Mucho. ¿Qué clase de persona decidía en menos de dos horas que otra persona le gustaba? Sólo Bingley. Era algo absolutamente absurdo, pero así era. Mientras Jane se preocupaba de sacarles brillo a los tiradores de los cajones de la cocina, el chico estaba parado en uno de los mesones barriendo el techo para limpiarlo. De vez en cuando, él le pedía algo y ella se lo entregaba, se miraban a los ojos por uno o dos segundos y terminaban por apartar la mirada sonrojándose. Parecía que su amigo había regresado a la adolescencia.

Con un gruñido exasperado, el joven entró a su pieza con una escoba. Prefería barrer el suelo de madera de su habitación un millón de veces a tener que ser testigo de los ridículos intentos de coqueteo de su amigo.

Suspiró mientras empezaba a pasar la escoba sobre el suelo, concentrando todas sus energías en la tarea. Aunque pareciera increíble, era la primera vez que barría una habitación. Nunca había necesitado hacerlo. Pero estaba descubriendo que no era tan terrible.

Una vez que tuvo una pila de polvo pulcramente instalada junto a la puerta, salió a buscar una bolsa de basura y la pala. Jane seguía en el departamento, ahora estaba limpiando las ventanas con la ayuda de Bingley, que no estaba haciendo gran cosa pero parecía entusiasmado.

—Bingley, ¿dónde está la pala?

—En la cocina —respondió el otro antes de volver a su conversación con la muchacha—. Darcy suspiró y volvió a su habitación para terminar de limpiar. Dejó el polvo en la bolsa de basura y la dejó junto a la puerta. Ahora necesitaba buscar un destornillador para armar la cama —la más simple y básica que había encontrado, pero se había comprado un buen colchón, siguiendo los consejos de su madre—. Por segunda vez salió de su dormitorio y le preguntó a Bingley por las herramientas. Su amigo le contestó con aire ausente mientras ayuda a Jane a acomodar los muebles del living-comedor.

El joven volvió a su dormitorio con la caja de herramientas, dispuesto a enfrentarse con la absoluta novedad de armar una cama desde cero. ¿Qué tan difícil podía ser?

Después de pelear durante un rato con el mueble, logró armarlo por completo. Luego, tiró el colchón sobre el armatoste. También puso las sábanas de segunda mano que habían comprado; nada ostentosas, sencillas y baratas.

Desde afuera de su habitación, se escuchaban las voces de Jane y Bingley, que parecían estar conversando animadamente acerca de un tema particularmente interesante. Casi no podía creer que ella siguiera ahí. ¿Eran ya las once de la noche? Respiró hondo y sacó un cuaderno y su guitarra. Como había hecho de tiempo en tiempo cuando estaba en Oxford, intentó escribir algo. Aún podía recordar cuando todo funcionaba como debía. Cuando siempre tenía una melodía en su cabeza y podía traspasarla a papel con la misma naturalidad con la que respiraba.

Pero nada. Después de intentar componer un par de acordes, con resultados desastrosos, decidió que era un caso perdido y se puso a repasar los acordes de una vieja canción de Bob Dylan que siempre le había gustado mucho.

Un rato después, la cabeza pelirroja de Bingley apareció en el dintel de la puerta.

—Jane acaba de irse.

—Ya.

—Nos invitó a una fiesta mañana, en una fábrica abandonada —Bingley entró en la habitación y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas frente a él—. ¿No te parece estupenda?

—Supongo —Darcy se encogió de hombros y depositó la guitarra en su funda. Bingley estaba hablando de las muchas cosas divertidas e interesantes que le había contado Jane esa tarde, además de adornar todas esas palabras con comentarios acerca de lo genial e inteligente que era la chica y todas las cualidades que había encontrado en ella.

—Y dedujiste todo eso de una conversación de… ¿un par de horas? Wow, debe ser un nuevo récord.

—Ajá. Y te comunico que vas a ir a esa fiesta —una sonrisa traviesa se dibujó en los labios del joven.

—Por ningún motivo, Bingley —protestó—. Sabes que odio las fiestas; demasiada gente, mucho ruido y poco aire puro.

—No seas aguafiestas —replicó su amigo—. Tienes que salir un poco. Además, no es tan terrible como lo pintan. Incluso, puede ser que te diviertas un poco.

—Lo dudo bastante —gruñó Darcy, pero ya sabía que era una batalla perdida. Bingley lo iba a arrastrar a esa fiesta costara lo que costara. Podía ver en sus ojos esa mirada que mostraba cuando tomaba una decisión de la que nadie iba a sacarlo.

-o-

Jane entró al departamento cantando una de esas canciones que a uno se le quedan pegadas por meses. Su hermana estaba sentada en el mesón de la cocina con un montón de papeles desparramados por ella. Jane pudo ver la característica letra de su hermana: grande y desordenada. En las hojas se podían ver incluso los tachones que hacía cuando una frase no terminaba de convencerla.

—¿De dónde vienes tan contenta? —preguntó sin levantar la cabeza de su trabajo.

Jane se limitó a sonreír y a acercarse a la llave para llenar un vaso de agua. Lizzie alzó la cabeza y enarcó una ceja ante la misteriosa actitud de su hermana.

—No te hagas de rogar, hermanita —se burló—. Vamos, normalmente no cantas como descosida cuando vienes de tus ensayos. A mí no me engañas, te pasó algo. Algo interesante. O alguien —añadió mirando fijamente a su hermana—. Puedes contármelo.

Jano no contestó, sino que se apoyó en el mesón de la cocina y dio un largo sorbo a su vaso de agua. Su hermana le dio un ligero empujón que decía «¡cuéntame! ¡cuéntame!»

—Está bien, no vaya a ser que mueras de la curiosidad —soltó Jane luego de unos instantes (pausa dramática, dirían algunos)—. Uf, a veces eres peor que Lydia. Conocí a los nuevos vecinos.

—¿Y? —inquirió Lizzie a su vez—. ¿Qué tiene eso de especial?

Jane no contestó a eso. Se limitó a sonreír misteriosamente y se dirigió a su habitación, dejando a su hermana muy intrigada tras de sí.

¿Qué mosca le había picado a Jane?


(1) Isadora Duncan (1877-1927) bailarina y coreógrafa. Se le atribuye la invención de la danza moderna. Su estilo se consideraba expresionista y supuso una ruptura con respecto al estilo tradicional del ballet.


La verdad es que cuando he revisado la lista de canciones que tengo como recomendaciones para este fic, me hizo mucha gracia que esta tocara precisamente hoy. Esta noche unos amigos van a tocar en un tributo a los Beatles en un pub de nuestra ciudad, así que tendré muy presente esta canción, que es una de mis favoritas.

¡Saludos!

Muselina