Disclaimer: Los personajes fueron creados por Jane Austen. Los tomo prestados por un rato.
Antes de empezar, quiero pedirles a todos disculpas por haber desaparecido por tanto tiempo. Originalmente iba a desaparecer sólo por las últimas dos semanas de febrero, porque me iba a la playa y no iba a tener internet. La cosa es que cuando volví a Santiago en marzo (en enero y la mitad de febrero estuve en la casa de mis padres), me atrapó la máquina. Originalmente pensaba escribir en la playa, pero la verdad es que casi ni toqué mi notebook. Y claro, en marzo tuve que hacer un millón de cosas y no tenía nada que subir. Pensaba volver la semana pasada, pero una profesora me pidió que fuera su ayudante en un curso y he tenido que dedicarle unos cuantos días a ponerme al día con los textos de ese curso (además de los que tengo que leer para los cursos que estoy tomando). Así que sí, han sido unas semanas pesadas, pero ya he logrado ordenar mi vida.
Para compensar mi ausencia, de ahora en adelante habrán dos capítulos por semana. Uno entre sábado y domingo, como siempre. El otro será publicado los jueves.
Una vez más, les pido disculpas.
Canción recomendada: "Nothin' but a Good Time", de Poison.
Chocolate y café amargo
Capítulo 6
Aire entre los dedos
"La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando." – Pablo Picasso
Roger, como era habitual, los estaba torturando ese día. Al parecer, no estaba contento con la coreografía que llevaban semanas ensayando y la había cambiado por completo. Por supuesto, eso significaba que toda la compañía tenía que aprender los pasos completamente desde cero. Jane estaba agotada.
Cuando por fin el hombre les dio un descanso, Jane se acercó a su bolso y cogió dos barras de chocolate y su botella de agua. Giselle, una de sus compañeras le dirigió una mirada crítica.
—¿Dos barras de chocolate? Jane, querida, deberías tener cuidado. Sería una pena que engordaras justo ahora, cuando Roger…
—¿De qué estás hablando? —preguntó Jane, arrugando la nariz. Giselle era una de esas que solían dejar de comer para satisfacer las exigencias de peso de Roger. En más de una ocasión, Jane la había asistido en alguno de sus desmayos. Lizzie solía decir que chicas como Giselle se merecían desmayarse, pero Jane nunca había pensado tal cosa. No era culpa de Giselle que Roger fuera tan desagradable cuando quería preparar una coreografía.
—¿No te has enterado? —Giselle levantó una ceja e hizo una mueca con los labios.
—No. ¿De qué cosa?
—Meh, ya lo sabrás. —Fue la única respuesta que pudo conseguir de la chica, que se alejó a cotillear con sus amigas de la compañía.
Jane apretó los labios y se acercó a sus amigos, Freddy y Marge, que estaban junto a la barra. La joven sonrió al ver que Marge sostenía en sus manos un paquete de galletas bajas en calorías. Al menos estaba comiendo algo. Quizás podría invitarla a trotar con ella de vez en cuando y ayudarla a bajar de peso así, sin dejar de comer.
—¿Qué te dijo Giselle? —preguntó Freddy mirando por encima del hombro de su amiga—. No tenía cara de ser nada simpático.
—Bueno, seguro que estaba cansada —dijo Jane sentándose en el suelo junto a ellos—. Me dijo algo de Roger. Aunque no fue muy clara. Sólo dijo que quizás no querría engordar ahora porque Roger… no sé, Roger quiere algo, supongo.
—Oh, eso.
—¿No lo has notado? —preguntó Marge con una sonrisa cómplice. Se acercó a Jane y le dijo que mirara hacia Roger, que estaba en una esquina de la sala de ensayos mirando a su alrededor con los ojos entornados y los brazos cruzados sobre el pecho—. ¿No ves que falta alguien?
Jane miró a su alrededor. Por supuesto, llevaba toda la mañana sin escuchar las quejas de Jessica Larkfield, la estrella de la compañía y la musa de Roger.
—¿Jessica? ¿Le pasó algo? ¿Estás bien?
—Supongo —comentó Marge—. Dicen las malas lenguas que nuestra maravillosa prima donna está embarazada. Y que el bebé es de Roger —añadió con una sonrisa maliciosa—. Pero, por supuesto, no podemos tener una bailarina con panza en el ballet, así que la dejó ir.
—Pobrecita Jessica, debe estar fatal —dijo Jane, que nunca había sido muy cercana a la bailarina, pero podía ponerse en su lugar y se sentía fatal por ella. El baile era la vida de Jessica.
—Sí, su majestad no tiene a nadie a quién darle órdenes. Una tragedia —dijo sardónicamente Freddy, que no podía tolerar a la joven—. ¿De verdad no te das cuenta de lo que implica el que Jessica no esté aquí?
Jane negó con la cabeza y engulló una de las barras de chocolates.
—Vamos, mujer. ¡Es fácil! —Marge le dio un empujoncito—. Necesitamos otra estrella. Y tú eres una de las mejores bailarinas que tenemos por aquí. Roger lo sabe.
—Oh.
La joven no dijo nada. Su mente empezó a divagar. Cuando había empezado a bailar, su sueño siempre había sido ser una estrella. Normal, porque nadie se imagina pasarse toda la vida bailando en el coro con otras tantas vestidas igual que ella. Por supuesto que soñaba con la luz de los focos sobre ella, como todos a su alrededor.
Y ahora tenía la oportunidad de conseguir su sueño.
Casi podía escuchar a Lizzie decirle que tenía que tomarla. Su hermana estaría muy emocionada cuando le contara las noticias. Siempre decía que su hermana era muy buena como para estar en el coro y que Roger era un idiota por no ver a su maravillosa hermana.
—¿Qué vas a hacer, Jane?
—¿Ah?
—Pues claro, deberías decirle a Roger que estás interesada en el papel. No va a adivinarlo así como así —dijo Freddy con una sonrisa—. Apenas llegó esta mañana, Giselle se acercó a hablar con él.
—¿Y cómo supo ella que Roger había echado a Jessica?
—Para algo existen los móviles, guapa —le recordó Freddy—. Seguro que Jessica se lo contó a Theresa, Theresa se lo dijo a Cathy, y Cathy se lo dijo a Giselle. Sabes que nunca le ha caído bien Jessica.
—¡Pero si siempre están juntas! —exclamó Jane llevándose una mano a la boca. Si alguien le hubiera preguntado a ella, le habría dicho que Jessica y Cathy eran las mejores amigas en la compañía.
—Tú nunca ves nada malo en nadie, ¿no?
Jane se rió. Lizzie siempre le decía lo mismo. Pero ella prefería vivir así, sin sospechar siempre lo peor de todo el mundo. Sí, a veces se llevaba sorpresas desagradables, pero prefería eso a sentir que todo el mundo estaba listo para tirarse a su cuello a la menor oportunidad. Necesitaba poder vivir en paz.
-o-
Lo bueno de trabajar en un bar era que el lugar abría tarde. Lo malo era que cerraba tarde y Darcy llegaba a su departamento de madrugada. Solía dormir toda la mañana y se levantaba a media tarde, lo que lo frustraba un poco. Supuestamente había ido a Liverpool a buscar inspiración, a escribir música de nuevo.
Pero todos sus días se iban entre dormir y el trabajo en el bar. ¿Cómo se suponía que volvería a componer si no tenía tiempo?
Ese día, como todos los anteriores, se levantó a las tres de la tarde, en parte gracias a la luz que inundaba su habitación. Se estiró perezosamente en la cama y masculló unos cuantos insultos bajo la almohada. El trabajo nocturno le había dejado los horarios completamente cambiados. Durante unos momentos, se quedó acostado. ¿Sería tan mala idea renunciar a su trabajo a una semana de haber comenzado? Sólo había un gran problema: necesitaba el dinero.
Con un gruñido, se levantó y se dirigió a la cocina a comer algo. Su estómago le estaba reclamando alimento furiosamente, pero no tenía ganas de cocinar. Entre él y Bingley se las habían arreglado para aprender algunas recetas para preparar pasta y otras cosas fáciles, pero en esos minutos Darcy quería algo más rápido.
Cogió una caja de cereales de la repisa y se sentó en el mesón. Bingley había encontrado unas sillas altas en un basurero —quizás habían estado en la barra de un bar— y las había reciclado. Charles siempre había sido habilidoso con ese tipo de cosas.
Quizás debería ir a coger uno de sus cuadernos de la cocina. ¿No había leído alguna vez a alguien que decía que había que escribir en todo momento y todo lugar? Quizás eso era un buen punto para empezar.
Cuando Bingley volvió al departamento, unas horas después, Darcy aún no había escrito nada. A decir verdad, había escrito muchas cosas, pero todas sonaban horrible. Nada original, nada distinto. Nada que sonara cómo él.
—Vaya, has estado trabajando —lo saludó su amigo al ver que la mesa de la cocina estaba llena de papeles—. ¿Cómo estuvo todo?
Darcy sólo le respondió con un bufido.
—Ya veo, mal —comentó Bingley cogiendo el hervidor de agua y registrando una de las repisas sobre el lavaplatos en busca del azucarero—. ¿No quieres una taza de té? Ayuda a activar las neuronas o algo así.
—No, creo que lo voy a dejar así. Tengo que ir al bar en un rato y creo que necesito una ducha antes. Ya sabes, limpiar los restos de fracaso.
—¿Sabes? —le gritó Bingley mientras Darcy desaparecía en dirección al baño—. Es primera vez en meses que te veo tratar de escribir algo. Para el primer día, no creo que lo hayas hecho tan mal.
Darcy rodó los ojos mientras se metía a la ducha. Bingley no comprendía nada. No era la primera vez que escribía en su vida, lo había hecho muchísimas veces antes. Y no entendía por qué se había vuelto tan torpe en lo que siempre había hecho naturalmente. Sí, seguramente tenía algo que ver con los años que había pasado sin escribir ni una palabra. Pero… era frustrante. La música antes había acudido a él naturalmente, tan normal como respirar.
-o-
—Vaya, Darcy, te ves terrible —dijo Navraj al verlo entrar al bar. Estaba limpiando algunos vasos y guardándolo bajo la barra—. ¿No dormiste nada anoche?
—Nunca duermo en las noches, trabajo —gruñó Darcy de vuelta, provocando una risita de por parte de su compañero.
Sabía que se veía fatal. Se había visto al espejo y había estado a punto de llamar diciendo que estaba enfermo, pero Jane, la chica del piso de arriba sobre la que Charles no dejaba de hablar, había bajado para invitarlos a comer algo arriba. La sola idea de pasar unas horas con la hermana de Jane, que parecía tenerlo entre ceja y ceja, no le hacía gracia. Esa chica lo odiaba, de eso estaba seguro.
—Cierto. Por favor, dime que no me veo así de mal —bromeó su compañero dejando el paño con que limpiaba los vasos—. Porque ya sabes que tengo que tener buena cara, por las chicas. Ser barman es una responsabilidad, joven padawan. Y parte de eso incluye verse bien. Así las chicas se acercan a la barra.
—Ajá… —el joven alzó una ceja, sin estar muy seguro acerca de si su amigo estaba hablando en serio o no.
—Era una broma, ¿sabes? —le dijo Nav con una mueca—. Ayúdame a mover las cajas de cerveza de la bodega, antes de que empiece el turno.
-o-
Unas horas más tarde, el local estaba lleno de gente. Una banda estaba tocando en una esquina. Darcy frunció el ceño al notar que el vocalista desafinaba y que el guitarrista estaba tocando los acordes con un segundo de atraso. El joven se dio media vuelta para buscar una botella de ron en una de las repisas tras de la barra, y cuando volvió a su puesto vio como su mejor amigo entraba al bar, de la mano de Jane y seguido de dos chicas. Una era la hermana de Jane, que parecía estar pasándolo bien.
Darcy los vio dirigirse a una mesa que acababa de quedarse vacía, no muy lejos de la barra. La hermana de Jane —¿cómo se llamaba? ¿Lisa? ¿Lily?— estaba mirando a la banda, aunque no sonreía. Quizás también se estaba dando cuenta de lo mal que estaban tocando.
—Oye, ¿no quieres darme un mojito? —dijo una chica pelirroja prácticamente estirándose sobre la barra.
—Sí, claro. —Darcy le preparó la bebida, pero cuando levantó la vista para entregarle el vaso a la chica, se encontró con que la chica Bennet estaba junto a ella—. ¿Necesitas algo?
—Sí, cuatro cervezas, por favor —dijo la joven.
—En seguida —dijo Darcy, pero se quedó quieto por unos momentos. Los ojos de la chica (¡Lizzie! Ése era su nombre) eran oscuros y muy profundos. Nunca había visto unos ojos así.
—¿Pasa algo? —la voz de Lizzie pareció llegar desde lejos—. ¿Estás bien?
—Sí —masculló él y se alejó rápidamente a coger los botellines de cerveza del refrigerador detrás de la barra. Sin decir nada más, le quitó las tapas a las botellas y se las pasó a Lizzie. Normalmente, le habría ofrecido ayuda, pero seguía sintiendo la cabeza pesada. Especialmente después del extraño momento con los ojos de la chica—. Son doce libras.
Vio como la chica se mordía el labio, como si el precio de las bebidas fuera demasiado, pero se llevó la mano al bolsillo y sacó un par de billetes arrugados.
—Gracias, Darcy —dijo cogiendo los cuellos de las botellas y dirigiéndose a la mesa con el resto.
El joven se quedó mirándola por unos instantes, pero se obligó a poner su atención en su trabajo.
No entendía qué tenía para atraerlo de esa forma.
Curioso, recién cuando llegué a un cuarto de la sección de Darcy de este capítulo es que me di cuenta de que esto podía ir sobre la inspiración. En lo personal, no estoy muy segura de que la inspiración existe. En lo personal, creo en las ideas y creo en el trabajo duro. No es como que haya un golpe de inspiración que escriba una gran historia. Hay mucho que hacer, mucho que practicar y mucho que investigar para lograr escribir una historia. Y la frase de Picasso que puse como epígrafe me representa mucho.
En fin, creo que ya he hablado mucho.
¡Hasta el próximo capítulo y disculpas de nuevo!
Muselina
