Disclaimer: Los personajes son de Jane Austen. La trama es cosa mía.
Canción recomendada: "We're not gonna take it", de Twisted Sister
Café y chocolate amargo
Capítulo 7
No vamos a aguantarlo
—¡Ya sé qué podemos hacer! —exclamó Lizzie, sobresaltando a Charlotte, que estaba apoyada en el otro lado de la barra del café. A esa hora no había muchos clientes y las dos podían descansar por unos momentos. Elizabeth tenía su libreta de pedidos en la mano y estaba garabateando en ella, como hacía siempre que estaba pensando en algo importante. Charlotte había aprendido hacía muchos años que no era bueno interrumpirla cuando estaba así. Lo mejor era esperar que ella misma se decidiera a hablar.
—¿De qué estás hablando? —preguntó tratando de parece desinteresada.
Su amiga soltó un gruñido de frustración y Charlotte cerró los ojos, preparándose para lo que se le venía encima. Por supuesto, tenía que tratarse del tema de la demolición de la vieja fábrica. La chica se había pasado todo el día hablando de eso. Era casi como si la demolición fuera algo personal contra ella.
—¿De qué crees? Cualquiera diría que no me has estado escuchando todo el día —bromeó sacudiendo de la cabeza—. En fin, te diré que tengo una idea brillante para detener este horror. —Se quedó callada por unos momentos, esperando que su amiga le preguntara cuál era su plan. Al ver que su amiga no respondía, decidió soltar la bomba de todas formas—. Una recaudación de fondos. Podemos intentar comprar la fábrica nosotros y crear una fundación para su conservación.
—¿Y qué se supone que haremos con una fábrica? —Obviamente, Lizzie no había pensado demasiado.
—Un centro de eventos. Tendríamos que invertir en arreglarla y algo así, pero así tendríamos un espacio para hacer presentaciones y fiestas. ¿Qué te parece?
Ya. No era una mala idea, pero Charlotte no estaba convencida. Para empezar, necesitarían muchísimo dinero. Una fábrica en plena ciudad de Liverpool valía mucho, aunque fuera sólo por el terreno que ocupaba.
—¿De verdad crees que va a resultar?
—¡Claro que sí! Podemos tener a distintas bandas presentando, lecturas de poesía y una subasta de trabajos de arte...
—Lizzie, en serio no has pensado bien en esto —la interrumpió su amiga con una mueca—. Por si no te has dado cuenta, todos nuestros amigos son tan pobres como nosotros. No dudo que quieran ayudar a salvar la fábrica, pero… dudo mucho que tengan plata como para donar o para comprar algo. Deberías saberlo, tú apenas llegas a fin de mes.
—Okay, puede que tengas razón. Pero por ahora, es lo mejor que tenemos, ¿o no?
Charlotte asintió con un suspiro. Por supuesto que no tenían más opciones, pero la idea de Lizzie era terrible. Sí, tenía toda la buena intención del mundo, pero se quedaba en eso. La verdad era que no había ninguna forma de conseguir el dinero para comprar la fábrica ellos mismo. Así era su amiga, la eterna idealista, siempre lista para salvar el mundo.
—¿Te acuerdas de cuándo decía que me encantaría que alguien me ofreciera pagarme por salvar el mundo en su lugar? —suspiró Lizzie acodándose en la barra—. Este sería el momento perfecto. Un millonario entra por esa puerta y me ofrece millones de libras para cambiar la cultura o algo así. Yo compro la fábrica y todos son felices.
Charlotte no pudo evitar reírse a carcajadas. Hacía algunos años, la misma Lizzie había declarado que no necesitaba cambiar el mundo. Por supuesto, no había que conocerla demasiado para saber que era una mentira como una casa. Lizzie necesitaba salvar al mundo, o cambiar algo. Todos sus amigos y familia sabían perfectamente que así eran las cosas.
—¿Por qué las caras largas? —Paul se asomó por el ventanuco que llevaba a la cocina.
—Van a demoler la fábrica —explicó Lizzie—. Estamos viendo qué se puede hacer para evitarlo, porque la verdad es que perderla sería una pena —añadió—. Por ahora, sólo tenemos la idea de un evento para recaudar fondos.
—Que conste que creo que es una mala idea —apuntó Charlotte—. Nadie que conozcamos podría donar para la actividad. Ya sabes, eso de tener problemas financieros.
Lizzie le dirigió una mirada irritada a su mejor amiga, pero no dijo nada. Conocía a su Charlotte y sabía que en ese caso estaba en lo correcto. Pero eso no quitaba el mal sabor que tenía en la boca. ¿Cómo podía ser que les quitaran el lugar que siempre había sido su centro de reunión así como así? Aunque sus ideas fueran tonterías, al menos eran algo.
—¿Y no han pensado en conseguir un auspiciador? Ya saben, podrían hacer el evento que sugiere Lizzie, pero más que para recaudar fondos, para que algún inversionista potencial pueda ver las posibilidades que ofrece la fábrica. Así, él podría comprarla y ustedes la administran.
A medida que escuchaba la explicación de su amigo, el rostro de Lizzie se fue iluminando poco a poco. ¡Por suerte tenía amigos así de brillantes! Con una sonrisa, se acercó al muchacho y le dio un beso en la mejilla.
—¿Y eso? —preguntó él con una sonrisa divertida.
—¡Eres un genio! —exclamó Lizzie cogiendo su libreta y empezando a escribir furiosamente en ella.
—Eso ya lo sabía —le dijo él a Charlotte, que sólo rodó los ojos—. Lo que me interesa ahora es qué bicho le picó a esta loca. —Lizzie ni siquiera respondió, absorta como estaba en sus ideas.
—Mira, si me preguntas a mí, creo que es mejor no saber —replicó Charlotte, al tiempo que una familia entraba al café y se sentaba en una de las mesas—. Yo me encargo de estos, es mejor que lo saque de una vez. Si no, no se concentrará ni por error —dijo antes de acercarse a ellos para ofrecerles un menú.
Paul miró a Lizzie, que se había agachado junto a la barra y sonrió. Era difícil no hacerlo cuando su amiga se volcaba en algo que la apasionaba.
-o-
Su primera semana trabajando en la revista había sido genial. Sus compañeros eran divertidos y la verdad era que lo pasaba muy bien. En esos días, estaban trabajando en un nuevo proyecto: la edición digital de la revista. Por suerte para Phil, Bingley había tomado muchos cursos de diseño digital mientras estudiaba y le había ahorrado el tener que contratar a alguien exclusivamente para ese propósito.
—Sabía que no eras mala inversión —le había dicho antes de pasarse media tarde explicándole todo lo que quería en la página web. Charles estaba convencido de que debería haber aprovechado y pedido un aumento, porque la cantidad de trabajo que le estaba cayendo encima no era cosa de broma.
Pero, por supuesto, también sabía que el presupuesto no abundaba en la redacción. Por eso, también estaba dispuesto a hacer el trabajo extra. El proyecto de la revista le gustaba mucho y creía que podía ser un buen trampolín a algo más.
Volvió a casa silbando una tonadilla. Iba más tarde de lo normal, así que era casi seguro que no se encontraría con Darcy en el departamento. Su amigo tenía que estar en el bar. Quizás podría ir a hablar con Jane o algo.
Jane.
Bingley estaba casi asombrado de sí mismo. Era cierto que Darcy solía hacer bromas con respecto a su rapidez a la hora de enamorarse, pero lo de Jane había sido como para sorprender a cualquiera. Apenas la había conocido hacía unas semanas, pero desde entonces que ella aparecía en sus pensamientos a cada momento. Cada vez que podía, Charles trataba de hablar con ella, de pasar unos minutos más en el descansillo de las escaleras o de ayudarla a subir las bolsas de la compra. Pero aún no se atrevía a invitarla a salir oficialmente.
Charles se conocía tanto como Darcy. Sabía que muchas veces había sentido algo parecido y había declarado su amor eterno por alguna chica sólo para desenamorarse tan rápido como se había enamorado. Pero algo le decía que Jane era diferente. Que lo que le pasaba con ella no tenía nada que ver con lo que le había pasado con esas otras chicas. No quería meter las patas y arruinar todo en un momento.
Justo cuando llegó a la puerta del edificio, se encontró con que la chica estaba saliendo a su vez. Iba vestida con ropa de deportes y se estaba llevando los audífonos del iPod a los oídos cuando lo vio. Inmediatamente le sonrió —la sonrisa más maravillosa que Charles había visto en su vida— y se acercó a saludarlo.
—¿Cómo va todo? ¿Todo bien en la revista? —le preguntó.
—Sí, ¿cómo va todo en la compañía? —preguntó él a su vez. Jane le había hablado de la repentina renuncia de la primera bailarina de la compañía donde ella actuaba y sobre sus deseos de tener una mejor posición ahí.
—Bien. Con mucho trabajo, porque tenemos que sacar adelante el show aunque aún no tengamos una primera bailarina —le explicó encogiéndose de hombros—. Ahora voy a correr para sacarme esto de encima por un rato. ¿No quieres venir? Puedo esperarte.
Bingley sonrió. Nunca había sido muy fanático de los deportes, ni nada por el estilo. Si Jane se lo proponía, quizás podía correr una maratón completa sólo para estar con ella. Aunque quizás no era la mejor idea. Quería que ella se llevara una buena impresión de él, no que lo viera medio destruido por correr unos minutos.
—Creo que para otra vez será —se disculpó encogiéndose de hombros—. No tengo zapatillas para correr.
Era una pésima excusa y él lo sabía, pero fue lo primero que se le vino a la mente. Sólo esperaba que Jane no pensara que era estúpido o algo por el estilo. Sería demasiado humillante.
—Ya. Bueno, es una pena. Para la próxima será, Charles —dijo la joven y se despidió de él con la mano antes de ponerse los audífonos y empezar a trotar por la vereda. Charles se quedó mirándola desaparecer a la lejanía.
De pronto, un extraño impulso se apoderó de él. Sin poderlo evitar, salió corriendo tras ella y la cogió del brazo para detenerla. Jane se puso tensa, como si estuviera preparada para defenderse de algún atacante, pero al verlo se relajó y le sonrió.
—¿Qué pasa?
—¿Quieres salir conmigo el viernes? —soltó Bingley de una vez y casi sin respirar. Ella lo miró con el ceño fruncido, como si no le hubiera entendido bien. En ese preciso momento, quiso retirar lo que había dicho. Seguro que ella pensaba que era un fresco o algo. O quizás le iba a decir que tenía novio. Nunca le había preguntado si tenía novio. Por supuesto que tenía novio, era la chica más guapa y encantadora que Charles había conocido en su vida. Invitarla a salir había sido un error de principio a fin. Pero ya no podía arrepentirse.
—¿Qué cosa? —preguntó quitándose lo audífonos y sonriéndole encantadoramente—. Lo siento, creo que no te entendí bien. ¿Me repites lo que dijiste?
—Te pregunté si querías salir conmigo el viernes —repitió el joven. Durante unos segundos, que le parecieron eternos, se quedó esperando su respuesta.
—Por supuesto que sí, Charles.
El joven se quedó de una pieza. ¿Había escuchado bien? Claro que sí, Jane estaba sonriendo. Y esa sonrisa no era de pena ni nada por el estilo. Era una sonrisa de sí, no podía ser otra cosa.
—Estupendo, ¿te parece bien si te paso a buscar a las siete o algo así? Puede ser a otra hora, claro. Tú elige, yo me adapto a lo que sea mejor para ti —preguntó él, casi sin poder creer en su buena fortuna. ¡Había dicho que sí! Se hubiera puesto a saltar, pero no quería parecer un loco delante de Jane.
—A las siete me parece perfecto. —Jane sonrió aún más y Charles sintió que podía salir volando en ese momento—. Nos vemos el viernes, entonces.
—Nos vemos.
Una vez más, Bingley se quedó mirándola alejarse por las calles y sonriendo como un estúpido. Era una pena no saber cantar, porque en esos momentos habría podido representar la escena de Gene Kelly bailando bajo la lluvia. Lástima que no estuviese lloviendo.
Una nota corta, porque tengo que irme a estudiar para una prueba que tengo mañana. La escena que más me gustó fue la del final, porque Jane y Charles son amor.
¡Vuelvo a mis libros! ¡Hasta la próxima!
Muselina
