Disclaimer: Los personajes no son míos, pero los tomo prestados por un ratito.
Debería haber subido este capítulo ayer, pero pasaron cosas que me tuvieron muy ocupada. De hecho, a las doce de la noche estaba contestando correos de alumnos y cosas. La vida de una universitaria es dura, aunque estudie Letras y no Medicina.
En fin, aquí les dejo un capítulo muy azucarado.
Canción recomendada: "I Can't Help Falling in Love With You", de Elvis Presley.
Chocolate y café amargo
Capítulo 8
Los tontos corren (hacia donde los ángeles temen entrar)
—Lizzie, ¿has visto mis aros dorados? —preguntó por segunda vez Jane. Su hermana estaba sentada frente al mesón de la cocina con un montón de papeles extendidos frente a ella y lápices de todos los colores, que seguían algún código que sólo ella comprendía—. ¿No te los presté a ti la última vez?
—Te los pedí para el cumpleaños de Paul, pero me puse unos míos al final. Seguro que están en mi joyero, en la repisa de mi habitación —respondió la aludida. Su cara dejaba muy en claro que no le había hecho mucha gracia la interrupción de su hermana.
—Para la próxima, devuélvemelos, por favor —dijo Jane entrando al dormitorio de Lizzie. La segunda de las Bennet nunca se había caracterizado por ser ordenada, precisamente. Las únicas dos hermanas que nunca se habían llevado regaños de su madre por el desorden en sus habitaciones eran Jane y Mary, la tercera. Mary era una chica muy seria, que estudiaba medicina en Londres y cada vez que podía voceaba la opinión que le merecían sus hermanas bohemias, que (según decía ella) no hacían nada de provecho con sus vidas. Las dos menores, Kitty y Lydia, por el contrario, admiraban a sus hermanas y siempre decían que las visitarían apenas pudieran en Liverpool.
Por suerte para Jane, Lizzie efectivamente había dejado los aros en el joyero, una caja de galletas pintada por Charlotte. La chica no tenía demasiadas joyas, pero una llamó la atención de Jane. Una cadena de eslabones gruesos y dorados, entrelazada con unas tiras de cuentas de colores. Quedaba perfectamente con el vestido que usaría para la cita con Charles.
—¿Me prestas esto? —le preguntó a su hermana desde la habitación.
—¿El qué?
—Este collar. —Jane se asomó y le mostró la joya a su hermana.
—Claro que sí. Sabes que no tienes que pedírmelo, mujer —se rió Lizzie—. A todo esto, ¿a dónde se supone que vas tan arreglada?
—Charles me invitó a salir.
—¿Charles? ¿Bingley? ¿El vecino de abajo? —Lizzie se había levantado de su silla y estaba hirviendo agua para prepararse algo de té. Siempre decía que le aclaraba más la cabeza que el café—. Vaya. Hablando de desarrollos inesperados. No olvides llevarte el teléfono y el gas pimienta —añadió. No lo decía en broma.
Jane asintió. Sabía en lo que estaba pensando su hermana. En las últimas semanas habían sucedido varios casos de chicas violadas en citas en sectores similares al suyo. Aunque Charles era un buen chico. Ella lo sabía. No le dijo nada a su hermana, que seguramente se burlaría y diría que Jane siempre confiaba demasiado en la gente. Pero ella sabía que no se estaba equivocando con él. Charles nunca le haría nada para dañarla.
—Lo sé. Aunque creo que es un buen tipo —dijo con una sonrisa—. Siempre que me lo encuentro a la vuelta de la compra me ayuda a subir las bolsas.
—Yo sólo digo que tengas cuidado. Las apariencias engañan.
—Quizás pase lo mismo con Darcy, ¿no? —Jane no pudo evitar la ocasión para bromear con su hermana. Desde que ella y Charlotte habían comentado que él podía estar interesado en Elizabeth, la chica aprovechaba cualquier oportunidad para dejar en claro la bajísima opinión que tenía del joven.
—No. Darcy es un idiota, creído, arrogante y que está convencido de que es mejor que todos los demás de este mundo. Y no me estoy basando sólo en su apariencia, digas lo que digas. Yo sé lo que escuché.
Jane suspiró. No, no había fuerzas en el cielo capaces de convencer a su hermana de algo en lo que ya estaba empecinada en ello.
—Yo sólo digo que me cuesta creer que Charles sea su amigo, si es tan desagradable como dices.
—A lo mejor tu Charles es medio masoquista con sus amistades —bufó Lizzie. Jane decidió que lo mejor era cambiar el tema, antes de que la chica se enfadara aún más.
—¿Cómo va el proyecto? Le puedo preguntar a la gente de la compañía si les interesa participar o algo. La mayoría vive por aquí y seguro que más de una vez ha ido a la fábrica, te apuesto que querrán ayudar.
—De hecho, te iba a pedir eso mismo. Eres un ángel, Jane —sonrió su hermana cogiendo uno de los papeles que estaba sobre la mesa. Jane pudo ver que era una lista de gente a la que avisar y cómo chequeaba una de las líneas—. Por cierto, ¿se te ocurre qué empresa podría estar interesada en invertir en el nuevo proyecto? Charlotte dijo que debíamos invitar directamente a la gente.
Jane se mordió el labio. Ella no se imaginaba a ningún ejecutivo dando vueltas en plan okupa por una fábrica abandonada, que un grupo de chicos estaban empeñados en transformar en un centro para las artes. Pero era difícil decirle eso a Lizzie, que obviamente tenía el corazón puesto en eso.
—No sé, deberías ver a las empresas que auspician las galerías y los teatros del centro.
—Vale, como tú digas.
En ese momento, tocaron a la puerta. Lizzie miró a su hermana y sonrió.
—No puedo creerlo. ¿Te está pasando a buscar en vez de decirte que se vean abajo? Vaya que está interesado —se burló en voz baja mientras su hermana corría a su habitación a buscar sus zapatos—. No olvides tu abrigo. A menos que vayas deliberadamente sin abrigo para obligarlo a prestarte su chaqueta. Nunca hubiera pensado que mi propia hermana fuera así de manipuladora.
—No lo soy. Me estoy llevando mi abrigo —se defendió Jane en el mismo tono mientras iba a abrir la puerta. Efectivamente, Charles estaba ahí. Por alguna razón, sus pecas se notaban más que nunca y ella no pudo reprimir una sonrisa.
—Oh… hola. Te ves muy… guapa —dijo lentamente, como si le costara unir las palabras unas con otras—. En serio, te ves preciosa —repitió una vez más, un poco más seguro en ese momento. Ella volvió a sonreír.
—Tú también te ves bien —replicó. Iba a decir algo más, pero desde la cocina escuchó a Lizzie haciendo como que vomitaba. Por todos los cielos, ¿cuándo iba a madurar esa chiquilla?—. Adiós, Lizzie. Nos vemos más tarde.
—¡Adiós! —exclamó su hermana asomándose por el hueco de la puerta de la cocina, donde colgaba una cortina de bambú—. Ya sabes, de vuelta a las doce, Bingley.
Él le devolvió el saludo con la mano, pero antes de que pudiera decir nada, Jane cerró la puerta detrás de sí. Lizzie se encogió de hombros y volvió a su trabajo.
-o-
—¿Quieres ir a algún lugar en especial? —preguntó él mientras bajaban las escaleras hacia la calle—. Tengo algo pensado, pero si tú quieres ir a otro lugar, está bien. O sea, no te sientas obligada ahora porque dije que tenía una idea, pero si no quieres ir está bien. No…
—Seguro que elegiste un gran lugar —dijo Jane interrumpiéndolo. El pobre chico estaba muy nervioso, aunque a ella no se le ocurría por qué. Era una cita, seguro que había tenido muchas en su vida—. ¿Dónde es?
—Al principio pensé en Carter's, pero es muy ruidoso. Así que mi jefe en la revista me habló de un restaurant vegetariano, El Huerto, que pensé que te podría gustar —se calló abruptamente y dejó de caminar—. ¿Te gusta la comida vegetariana, no? No me digas que metí la pata hasta el fondo.
—Tranquilo, está bien. Me encanta la comida vegetariana. Pero nunca he ido a ese restaurant que dices. Suena bien.
Él sonrió de nuevo y le indicó que doblara en la esquina, al tiempo que le preguntaba por cómo iban los ensayos en la compañía. Ella le dijo que todo iba bien, pero que a ratos sentía que todo el día se le iba en los ensayos, en levantarse temprano y cuidarse para mantenerse en forma. Normalmente no le gustaba caer en el jueguito de Roger, pero en esos momentos había demasiado en juego para poder permitírselo.
—No tenías que venir si estabas muy cansada —dijo él con una sonrisa tímida.
—Vine porque quería venir —declaró ella. La sonrisa en la cara del chico se amplió aún más.
Todo eso se sentía tan bien. Tan natural.
Tan perfectamente bien.
-o-
Charlotte llegó al departamento de su amiga un rato después de que Jane hubiera salido. Lizzie estaba pegada al teléfono, intentando convencer a uno de sus amigos, pintor, que ofreciera algunos de sus cuadros (obras maestras que estaban a medio camino entre el surrealismo y el impresionismo abstracto, con toques de expresionismo), para la subasta. Charlotte decidió que mientras su amiga hacía todo eso, ella podría cocinar algo. Si conocía bien a su amiga, sabía que se le olvidaría cocinar y no comería nada. Aunque no había gran cosa en la despensa de las Bennet, en un rato se las arregló para tener una fuente con pasta, atún y pedacitos de todas las verduras que pudo encontrar por ahí. Seguro que las verduras eran cosa de Jane. Lizzie era demasiado despistada como para acordarse de eso.
—Oh, no sabes el hambre que tenía —declaró Lizzie después de colgar el teléfono y habiendo convencido a su viejo amigo de donar pinturas—. Eres la mejor amiga del mundo entero, Charlotte.
—Lo sé. Espero que no se te olvide la próxima vez que necesite ayuda para mover mi refrigerador.
—¿Estás insinuando que alguna vez he dejado que mi mejor amiga cargue con el peso de sus electrodomésticos por flojera? Vaya, vaya. Con amigas así, no necesito enemigas—bromeó Lizzie. La verdad era que Charlotte jamás le pedía ayuda para nada, pero Lizzie siempre estaba dispuesta ayudarla en lo que fuese y ella lo sabía.
—Oye, vi a Darcy en la escalera de emergencias cuando llegué. Estaba tocando la guitarra.
—¿Tocaba bien?
—No me fijé, pero creo que deberías pedirle ayuda para lo de la fábrica. No perderás nada con intentarlo.
—Ja. Sólo mi dignidad por pedirle ayuda al tipo que dijo claramente que yo no era la gran cosa. No le daré esa satisfacción. Además, seguro que pensará que está por debajo de su nivel o algo así.
—Lizzie…
—No me mires así, Charlotte. De verdad, no hay un hombre más idiota y desagradable que él en el mundo entero. Nada, jamás de los jamases, me hará acercarme a pedirle un favor. Sería caer demasiado bajo.
Charlotte suspiró y se sirvió una nueva porción de pasta con atún. No había nada que pudiera convencer a Lizzie de hacer algo en contra de sus supuestos principios.
-o-
—Lo pasé genial —susurró Jane cuando los dos llegaron a la puerta del edificio donde vivían. Al salir del restaurant, él había intentado tomarle la mano con timidez y ella se lo había permitido. Se sentía cómoda con él, como pocas se había sentido con nadie. No la hacía sentir extraña por ser una bailarina (una vez había salido con un tipo que le había preguntado si lo que pasaba en Black Swan era lo normal entre las compañías de ballet), o por ninguna otra cosa. Era sólo él, un chico sencillo y simpático.
—Yo también —respondió él. Ninguno de los dos hizo el amago de entrar al edificio, a pesar del frío que hacía en la calle. Era mejor quedarse ahí, juntos. Las mejillas de Jane estaban rojas por el frío y tenía el pelo claro despeinado sobre el rostro. Charles levantó la mano que tenía libre y apartó un mechón de cabello de su cara. Era preciosa. Perfecta. Ella le sonrió.
Una sonrisa suave, tierna. Una sonrisa que hubiera podido iluminar al mundo completo.
¿Cómo había podido vivir cuando no sabía que Jane existía?
Sin decir nada más, la besó. Ella apoyó las manos en su cintura y lo besó de vuelta. Lo besó con una ternura infinita, que Charles nunca se hubiera podido imaginar en un beso sí. Ninguno de los dos quería detenerse, a pesar de que estaba comenzando a llover.
No les importaba.
Este capítulo me gustó mucho escribirlo. En parte porque pude mostrar a las Bennet conviviendo como hermanas (mi hermana y yo vivimos juntas y el contrabando de ropa y accesorios de una habitación a la otra es parte normal de nuestras vidas). También porque hay un poco de ironía en la conversación de las dos hermanas. En el caso de Darcy y Lizzie, las apariencias sí engañan. En el caso de Jane y Bingley, él sí terminará por hacerle daño a la buena de Jane. Por cierto, el mayor papel que tiene Charlotte aquí es totalmente culpa de The Lizzie Bennet Diaries y la Charlotte más genialosa del universo. He dicho.
En fin, los dejo que tengo que terminar un trabajo.
¡Saludos!
Muselina
