Disclaimer: Los personajes no son míos sino de Jane Austen, pero los quiero como si lo fueran.
Las disculpas de rigor: esta semana no hubo capítulo el jueves porque estuve en época de exámenes de medio semestre (una semana después de mi cumpleaños, ¡qué desconsiderados!) y eso... la vida universitaria es dura. Pero ya el resto del semestre, en teoría, se me viene más liviano. O al menos la próxima semana, que es corta y quizás aproveche de escribir más.
En fin, los dejo con el capítulo de hoy.
Canción recomendada: "Miss Impossible" de Poets of the Fall
Chocolate y café amargo
Capítulo 11
De mujeres perfecta e ilusiones varias
Ese sábado, cuando Lizzie se levantó —ya cerca del mediodía—, su hermana ya estaba despierta y vestida. Eso no era nada especial, ya que Jane siempre se despertaba temprano los sábados para ir al estudio —que solía estar vacío los fines de semana— y ensayar. Lo que sí le pareció verdaderamente raro a su hermana menor, fue verla preparando un canasto de esos que usaban en las películas para hacer picnics en los parques. Lizzie ni siquiera sabía que tenían un de esos canastos.
—¿Cita en el parque con Bingley? —le preguntó a su hermana tras saludarla y acercarse a la cafetera para servirse algo de desayuno.
—No es una cita. Charles quería invitar a su hermana a hacer algo divertido y se le ocurrió que a mí me podría gustar ir.
—Lo siento por Caroline, mira que tener que ir de chaperona de su hermano mayor —comentó Lizzie, que por las mañanas era más sarcástica que nunca.
—No va de chaperona. Darcy también va con nosotros. —Antes de que Lizzie tuviera la oportunidad de soltar otro chiste acerca de citas dobles fraternales, Jane le sonrió—: Quizás tú también podrías venir. Será divertido. ¿No tienes planes para hoy?
Lizzie se mordió el labio. Se le ocurrían un millón de cosas más divertidas que ser la quinta rueda en el picnic de su hermana, empezando por ser despellejada viva y rodar en una piscina de sal. Pero, por otra parte, acababa de recordar la habilidad que Darcy había mostrado en el bar un par de días antes. Conseguirse una banda talentosa que tocara en la recaudación de fondos sería simplemente perfecto, como diría Jane.
—No, no tengo planes.
En realidad, había pensado dedicar ese día a trabajar en un cuento que quería mandar a un concurso, pero últimamente no había tenido muchas ganas de dedicarse a escribir. Quizás le haría bien salir a airearse un poco. Por supuesto, no le dijo nada de eso a Jane, que estaba muy ocupada buscando vasos plásticos en la muy desordenada despensa del departamento.
—¿A qué hora quedaron? —preguntó Lizzie mientras dejaba la taza de café vacía en el lavaplatos.
—A la una y media —contestó Jane con la cabeza metida dentro de uno de los armarios de la cocina.
—Okay, me voy a duchar y si te vas antes, los veo allá.
Lizzie se dirigió al baño y prendió la ducha. Mientras las volutas de vapor bailaban sobre la superficie del espejo, Lizzie pensó en lo mucho que le gustaría saber dibujar como Charlotte. Le habría encantado poder captar el brillo etéreo del vapor a la luz del único foco del baño.
Sacudió la cabeza y se recordó que no debían gastar ni agua ni gas. No estaban las cosas como para andar despilfarrando así nada más.
-o-
Salió del baño secándose la cabeza con una toalla de mano. Hacía unos meses que había tomado la decisión de dejarse el pelo corto, lo que le había simplificado bastante la vida. Mientras Jane, que mantenía la misma melena castaño claro que ostentaba desde la adolescencia, se demoraba casi quince minutos en secarse el cabello con la ayuda de un secador y su peineta redonda, Lizzie podía estar lista en unos minutillos.
Mucho más práctico y eficiente.
La cesta sobre el mesón de la cocina había desaparecido, así que Jane seguramente estaría en el parque con el resto. Lizzie cogió su cartera y el libro que estaba leyendo, que había dejado abandonado la noche anterior cuando estaba a punto de quedarse dormida. Siempre había tenido la costumbre de llevar un libro consigo en todo momento. Así, si terminaba metida en alguna situación aburrida, sólo tenía que sacarlo de su cartera y olvidarse de todo lo que la rodeaba. Si Darcy y Caroline —que aún no terminaba de caerle bien— se ponían muy insoportables, no tenía que soportarlos demasiado.
Mientras salía del edificio, le envió un mensaje a Jane para preguntarle en qué parte del parque estaban. Su hermana no se demoró mucho en responderle que se encontraban frente a la estatua del Mayor General Alexander. Al menos habían elegido un punto claro para reunirse.
El día había amanecido muy bonito. Después de muchas semanas nubladas, el sol había hecho su aparición sobre la ciudad. Lizzie se quitó el blazer que llevaba mientras caminaba. Habría que aprovechar el día, uno de los pocos resabios de verano que les iban quedando. En unas semanas sería pleno otoño y podrían olvidarse del sol hasta quién sabía cuándo.
No se demoró mucho en encontrarlos. Jane había cogido una manta de patchwork que tenían para cubrir un sillón roto que habían conseguido de segunda mano, así que el grupo estaba junto a una mancha de color que destacaba entre todo el verde que rodeaba el parque.
—¡Lizzie! —gritó Jane al ver a su hermana—. Menos mal que llegaste, te íbamos a esperar para comer.
—No tenían que haberse molestado —replicó Lizzie mientras saludaba a todo el mundo y se sentaba en la manta junto a Jane.
—No es molestia, en lo absoluto.
Lizzie miró de hito en hito al que había soltado esas palabras. Seguro que se había imaginado a Darcy diciendo algo así. Tal vez todo eso era un sueño raro y estúpido, decidió. No le contestó nada a Darcy, sino que empezó a ayudar a Jane con los sándwiches que iban a preparar. Su hermana la había invitado porque quería que lo pasara bien, no para que se pasara la tarde discutiendo con un tipo que obviamente no la aguantaba.
—Lizzie, ¿dónde conseguiste esa chaqueta? —preguntó Caroline súbitamente, señalando la chaqueta de terciopelo burdeos que la chica había dejado a un lado—. ¿Es vintage?
—Ni idea. Pero puede ser, supongo —contestó la aludida—. La encontré en una tienda de ropa de segunda mano —La nariz de la otra muchacha se arrugó visiblemente al escuchar eso—, y mi hermana Lydia le cambió los botones y le arregló algunas cosas.
—Vaya, tu hermana debe saber mucho de moda.
—No sé si tanto, pero tiene un estilo único —replicó Lizzie con una sonrisa, antes de tenderle un sándwich de salmón ahumado, queso crema y pepino—. ¿Pasa algo? —añadió al ver que la chica no hacia ni el amago de tomarlo
—Es que sólo como macrobiótico —dijo con un movimiento de cabellera.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo te has alimentado en el tiempo que llevas con tu hermano? —quiso saber Lizzie. No conocía demasiado a Charles, pero algo le decía que el joven no estaba precisamente preocupado por hacer ningún tipo de dieta extraña.
—Vieras, Lizzie. Cuando llegué, me di cuenta de que Charles y Fitzwilliam no saben lo que es comer cómo se debe —dijo sonriéndoles a los dos chicos—. Apenas llegué tuve que hacerle una visita a la feria para comprar de todo natural y sano. Y ellos me lo agradecen. Ya sabes cómo son los hombres, siempre aceptan un poco de cariño.
Lizzie alzó una ceja, pero no dijo nada. Sin palabras, le ofreció el sándwich a Darcy, que lo aceptó silenciosamente. Jane rápidamente preparó un sándwich vegetariano para Caroline, asegurándole que sólo había usado las verduras más frescas de la feria que quedaba cerca de casa.
Lizzie aceptó un sándwich de salami y se lo comió en silencio. Quizás haber aceptado la invitación de Jane había sido un error.
-o-
Después de comer, el pequeño grupo se había dispersado por los alrededores del lugar en que se encontraban, aunque nadie se alejó mucho. Bingley y Jane se quedaron sobre la manta, conversando. El chico había apoyado la cabeza en la falda de Jane, que se entretenía jugueteando con su cabello. Lizzie, que se había apoyado en el tronco de un árbol unos metros más allá, sólo pudo pensar que los dos se veían adorables juntos.
Cogió el libro que había traído, En el tiempo de las mariposas (1), y se sumergió nuevamente en la historia. Ya sabía cómo terminaría, pero aún así estaba muy metida en los destinos de las chicas. No se dio cuenta de que Darcy había elegido el mismo árbol —en el lado opuesto, claro— para apoyarse mientras hacía algo con su tablet, hasta que Caroline, que se había instalado junto a él, abrió la boca.
—Fitzwilliam, ¡vaya que te manejas con esto! Yo soy muy torpe con la mía. Quizás tú podrías enseñarme a usarla cómo se debe.
Lizzie rodó los ojos y volvió a concentrarse en la lectura. Lo de Caroline era el colmo del patetismo, aunque al joven no parecía importarle demasiado. Lamentablemente para ella, el volumen de Caroline y sus repetidas —además de considerablemente estúpidas— frases de admiración hacia Darcy no le permitieron avanzar más que un par de páginas. Cerró el libro con brusquedad, esperando que el parcito que estaba junto a ella se diera cuenta de lo molesta que estaba. Darcy miró sobre su hombro y volvió la vista a su tablet.
—¿Qué haces, por cierto? —preguntó Caroline con una dulzura que se hacía por minutos más empalagosa.
—Le escribo un correo a Georgie —respondió escuetamente el joven.
—Oh, mándale mis saludos. Hace muchos años que no la veo. Me acuerdo de que era muy talentosa. ¿Sigue practicando tenis? —dijo la joven sonriendo aún más.
—Últimamente, todas las chicas que conozco son talentosas — Bingley se metió en la conversación—. No sé cómo se las arreglan para hacer tantas cosas distintas y tan bien. Bailan, cocinan, actúan.
Lizzie le dirigió una sonrisa al muchacho. Era más que obvio que ese comentario estaba dirigido a Jane, que seguía jugando con el pelo del muchacho con una sonrisa, como si no se diera por aludida con todos esos halagos. La buena de Jane.
—Si esa es tu definición de una chica talentosa, Charles, no me sorprende que conozcas a muchas —soltó Darcy, con un tonito que hizo que Lizzie se incorporara.
—No me digas que vas a sacar tu lista a relucir, hombre.
Las dos Bennet intercambiaron miradas curiosas al oír las últimas palabras de Charles. Caroline, que las vio, se apresuró a explicarles.
—Verán, hace unos años, Fitzwilliam hizo una lista de lo que haría a una mujer su ideal. Charles me lo contó y me acuerdo porque la verdad es que algunos puntos eran casi absurdos. A ver, nuestro amigo quería que su mujer perfecta fuera guapa, por supuesto, culta, al menos un título universitario o algo así, algo que le apasionara y alguna causa por la que hacer filantropía —dijo mientras enumeraba con los dedos—. ¿Me he olvidado de alguna? —añadió en dirección al muchacho, que ya había dejado su tablet de lado.
—Sí, olvidaste que debía cuidar su mente leyendo mucho —dijo él y Lizzie pudo sentir su mirada clavándose en ella. ¿La estaba tratando con sarcasmo?
—En ese caso, no me sorprende que no conozcas a ninguna chica talentosa —bufó la chica—. Porque con esa lista, cualquiera con dos dedos de frente saldría escapando. Simplemente es inhumano. Y después de todo, las mujeres somos simples mortales —le espetó sin dejar de mirarlo a los ojos—. No diosas capaces de lo imposible y más allá. Pero bueno, allá tú. Si quieres quedarte en tu pedestal, es cosa tuya. El punto es que nadie va a subir por ti —añadió con una sonrisita satisfecha.
Darcy ni siquiera hizo el amago de defenderse, y todos los demás se quedaron callados por unos momentos hasta que Jane —siempre la buena y dulce Jane—logró relajar el ambiente ofreciendo unos cupcakes que había comprado en la pastelería de una amiga. Incluso Caroline decidió olvidar el asunto de la dieta macrobiótica para comer uno, porque en realidad se veían deliciosos.
Durante el resto de la tarde, Lizzie se mantuvo con la cara escondida en su libro y no habló nada más. Darcy se disculpó rápidamente, aduciendo que debía ir a trabajar y fue el primero en irse, dejando a Jane, Charles y Caroline conversando animadamente acerca de los planes que tenían para el resto de la semana.
(1) Es un libro de Julia Álvarez, una escritora estadounidense de origen dominicano, sobre las hermanas Mirabal, asesinadas durante la dictadura de Trujillo en República Dominicana. Es lo que estoy leyendo ahora, además de releer El retrato de Dorian Gray para clases. Otro libro ambientado en la misma época es La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa, que es mucho más fuerte pero igual de recomendable.
Yo soy como Lizzie y siempre llevo un libro o el kindle encima. Especialmente porque de mi casa a la uni me demoro una hora (y lo mismo de vuelta), así que algunos días es mi único rato para leer. O cuando acompaño a mi mamá a comprar zapatos, también ahí sirve. Eso sí, lo segundo no es tan común porque no vivo con ella, así que sólo pasa cuando viene de visita.
¡Hasta el próximo capítulo!
Muselina
