Disclaimer: Los personajes son propiedad de Jane Austen. Yo sólo juego con ellos, gratis.
No publiqué ayer porque estuve con problemas con internet. Lo que pasa por tener un router prehistórico. Pero aquí está el capítulo que corresponder.
Canción recomendada: "All the Way Home", de Bruce Springsteen
Chocolate y café amargo
Capítulo 15
Volver a casa
—¿Qué dijo mamá cuando le dijiste que llevarías a un amigo a casa para las fiestas? —preguntó Jane al tiempo que entraba en la habitación de su hermana menor. Las dos estaban preparando sus maletas para pasar las fiestas en casa de sus padres, que vivían en un pueblo al interior del país.
—¿Mamá? Creo que casi la escuché saltar de alegría por el auricular —dijo Lizzie—. Estoy segura de que ni siquiera me escuchó decirle que es sólo un amigo. Ya debe estar planeando la boda. Siempre ha dicho que las bodas de verano son las mejores —añadió mientras doblaba un par de camisetas y las metía dentro de su maleta.
—Ay, vamos. Mamá no es tan mala.
—Si tú lo dices… En todo caso, me preguntó si tú no pensabas traer a alguien. Y creo que se decepcionó cuando le dije que no. En serio, se supone que tú eres la hija perfecta, no yo —bromeó Lizzie. Jane se sentó en su cama, junto al cerro de ropa que su hermana estaba doblando para meter en su maleta, que ya tenía unos cuantos años.
—¿Crees que debería contarle a mamá acerca de Charles?
—No sé, es cosa tuya. ¿Aún no han tenido "la charla"?
—¿La de las abejas y las flores? —preguntó Jane con una mueca divertida y su hermana le dio un empujoncito travieso.
—No, boba. La de "¿a dónde se supone que vamos con esto?" No sé, supongo que en algún momento tendrán que decidir qué son el uno del otro. No es como cuando adolescentes, que tenías que esperar que él te preguntara si querías ser su novia o algo. Ugh, ser adultos es raro —dijo mientras tomaba un sweater y lo doblaba de cualquier forma para meterla entre sus cosas. Jane, sin decir nada, tomó una zapatilla que había quedado suelta por ahí y la metió al fondo.
—Lo sé. A veces pienso que las relaciones serían más fáciles si siguiéramos como en el colegio —suspiró la joven—. Pero también es bueno que las cosas cambien, ¿sabes? En algún momento hay que dejar eso atrás.
—Lo sé, lo sé. Pero es tan complicado a veces.
—La vida es dura.
—Y qué lo digas. El otro día un niño decidió tirarme Fanta en la camiseta blanca. En serio, ¿por qué carajo siguen haciendo ese brebaje del infierno?
Jane se rió y se levantó para terminar de hacer su propia maleta. Lizzie metió unos cuantos sweaters más, junto con unas cuantas sudaderas y ropa de abrigo. En Liverpool aún no había nevado, pero el día anterior habían recibido fotos de sus hermanas menores jugando en el jardín cubierto de nieve de la casa en Longbourne.
—Jane, ¿a qué hora son nuestros pasajes? —gritó en dirección a la puerta abierta al otro lado del pasillo.
—A las ocho y media —dijo Jane asomándose fugazmente. Lizzie miró su reloj de pulsera. Las seis y media, tendrían que terminar con eso rápido y salir a la estación. Tenía que avisarle a George, también—. Papá nos irá a buscar a la estación. Ya lo hablamos.
—Me parece perfecto. Son como cuatro horas entre Liverpool y Meryton, y a esa hora estará heladísimo. En realidad no me haría ninguna gracia eso de tener que esperar muertos de frío a un taxi o algo por el estilo.
—No te olvides de llevar tu abrigo —le recordó la voz de Jane. Lizzie miró por la pequeña ventana de su habitación y se sonrió. Con ese clima, ¿cómo iba a olvidar su abrigo?
Le dirigió una última mirada a su maleta, que yacía abierta sobre la cama, y repasó una vez más todo lo que necesitaba llevar.
Volver a casa por Navidad era una cosa complicada.
-o-
—¡Corre, Jane! ¡Vamos a perder el tren! —gritó Lizzie, que corría por el andén aferrando su maleta con una mano y la mochila vieja con la otra. A su lado iba George, cuyo equipaje era una mochila de campamento. Su hermana iba unos pasos atrás y, al parecer, las rueditas de su maleta se habían quedado atascadas en algo.
George se dio cuenta de las dificultades de la chica y se dio media vuelta para ayudarla a tomar su maleta. Lizzie se subió al tren y los ayudó a subir las cosas de Jane al vagón. En cosa de momentos, los tres dejaron sus cosas en el espacio de las maletas y se instalaron en sus asientos justo a tiempo para escuchar el grito del guardia del andén.
—¿Viste? ¡Teníamos tiempo de sobra sin que tuvieras que apurarnos! —protestó Jane, aunque a su hermana no pareció importarle demasiado.
—Lo importante es que llegamos a tiempo —dijo a modo de respuesta la chica. Jane le sonrió y sacó un libro de su bolso, para acomodarse y leer en el rato que les esperaba a bordo del tren.
Su hermana pensó en imitarla, pero después recordó que George estaba junto a ella. Si ella lo había invitado a casa para las fiestas, lo mínimo que podía hacer era hablar con él. De lo contrario, habría sido muy maleducada. Y aunque la señora Bennet tenía muchos defectos que sus hijas reconocían, siempre se había preocupado de enseñarles modales a sus hijas.
—Oye, ¿qué tal es Meryton? —antes de que Lizzie pudiera decir nada, George fue el que inició la conversación—. Creciste ahí, ¿no?
—Sí, exacto. Pues, no es la gran cosa. No te invité precisamente al centro de la fiesta inglesa ni nada por el estilo. Quizás te parezca aburrido…
—No creo que sea aburrido —la interrumpió él—. Después de todo, seguro que se te ocurrirá algo que hacer —añadió mirándola con esos ojos azules que le cortaban la respiración, por cursi y adolescente que sonara eso. Lizzie era consciente que nunca se había fijado tanto en los ojos de nadie como en los de George.
—Esto… —Odiaba esa sensación de no saber qué decir delante de él—. Debería advertirte acerca de mamá. Ella puede ser… —se interrumpió de nuevo, buscando un adjetivo apropiado para su madre—. Intensa. Mamá es intensa —dijo respirando hondo. Al menos estaba en terreno conocido, llevaba años quejándose de su madre con todo el mundo.
—Todas las madres lo son a su manera, ¿no? —comentó él encogiéndose de hombros—. La mía vive en Estados Unidos y aún me llama dos veces a la semana para asegurarse de que como verduras y lavo mi ropa.
—Sí… No era a eso a lo que me refería con "intensa" —explicó Lizzie acomodándose en el asiento—. Es que mamá está completamente obsesionada con casar a todas sus hijas.
—Lizzie —Jane bajó su libro y miró a su hermana menor con el ceño fruncido—. No seas exagerada, sabes que mamá no está completamente obsesionada.
Lizzie sonrió de vuelta. Por supuesto que podía contar con que su hermana se metiera en la conversación para defender a su progenitora, a pesar de que las dos sabían que siempre que hablaban con ella lo primero que les preguntaba era si habían conseguido novio o si seguían buscando. Que Jane hubiera conseguido una segunda audición para su compañía o que Lizzie hubiera vendido cuatro cuentos a una revista eran cosas que pasaban completamente desapercibidas en la mente de la señora Bennet.
Pero era parte de Jane defender al resto y Lizzie terminó por aceptar lo que su hermana decía. Su madre no estaba obsesionada con el matrimonio, pero sí con proteger y preocuparse de que sus hijas estuvieran bien.
—Ahora, si no les molesta —declaró Jane volviendo a tomar el libro que había dejado en la mesita que separaba ambas filas de asientos—. Pero necesito volver a mi libro, lo dejé en la mejor parte.
Lizzie miró la cubierta del libro. No recordaba haberle prestado ninguno de su amplia colección a su hermana, así que seguro que podía pedírselo para después. El buen nombre, de Jhumpa Lahiri (1). Al menos el título era interesante. Ya le preguntaría de qué se trataba y qué tal le había parecido. Jane solía tener buen gusto con sus libros.
—¿Te importa si me apoyo en ti? —preguntó George—. Voy a aprovechar de dormir una siestecita.
—No, adelante. Pero espera a que saque un libro para leer o algo.
El libro que estaba leyendo era interesante, pero por alguna razón a Lizzie le estaba costando mucho concentrarse en él. Así que dejó los dilemas de la pareja de los suburbios cincuenteros (2) y miró por la ventana. Aunque estaba oscuro como boca de lobo ahí afuera, cada cierto rato había focos de luz que iluminaban pequeños pueblos y casitas junto a las vías.
Siempre le había gustado viajar en tren, incluso si los trenes modernos tenían poco y nada en común con los trenes de las películas de época que tanto le gustaba ver, pero el tren tenía un encanto que ningún otro transporte en el mundo tenía. Era difícil no caer ante ellos.
—¿En qué piensas? —la voz de George le pareció llegar desde muy lejos.
—¿Ya despertaste? —preguntó ella con una media sonrisa.
—No dormí mucho. Siempre me ha costado dormir en cosas que se mueven. Además, era una pérdida de tiempo dormir teniéndote aquí al lado. Por lo que veo, tú tampoco duermes —añadió, moviendo la cabeza para señalar a Jane, que se había quedado dormida con el libro abierto apoyado en las rodillas.
—No, también me cuesta dormir en estas cosas… —Lizzie se quedó callada por unos momentos—. ¿Sabes? Creo que fue una buena idea invitarte a casa.
—Bueno, he de decir que me conquistaste al decir que tu madre hace un maravilloso pavo con salsa de miel —sonrió el joven—. No puedo resistirme a un buen pavo asado, es mi talón de Aquiles.
—¿Ése es tu talón de Aquiles? Me habría imaginado algo más imponente, o al menos algo que valiera la pena tener como debilidad.
—No. El pavo —dijo él haciendo que ella se riera ante la seriedad con la que lo decía. Lizzie sabía que su amigo vivía en condiciones que distaban mucho de ser las ideales, y por eso no dejaba de impactarle que siempre estuviera de buen ánimo. Era algo de digno de admirar, ciertamente.
—Se me había olvidado preguntarte, ¿hablaste con John? Dijo que tenía un amigo que podía ayudarte con lo de la música.
—Sí, me dio una tarjeta. Pero creo que lo llamaré cuando volvamos a casa. Quiero aprovechar estos días para recargar mi energía creativa.
—Si eso hace que compongas cosas como la del otro día, demórate todo lo que quieras —comentó ella—. Esa canción fue preciosa, de verdad. Siempre me he preguntado cómo es posible que al combinar las notas se lleguen a cosas así. Es un poco como escribir un libro, jugamos con apenas un montón de letras que se van sumando poco a poco y llegas a algo, supongo.
—Sí, es como si fuera cosa de magia —fue lo único que dijo George, apartando la mirada. Quizás le incomodaba que hablaran de su talento así, pero Lizzie no había sido capaz de despegar esa melodía de su mente en días.
Tan simple, tan perfecta. Y con esa letra que llegaba al alma.
No pudo evitar preguntarse, mirando al joven que leía una revista a su lado, para quién había sido escrita. Porque quienquiera que fuese esa chica, era afortunada. No cualquiera podía decir que había inspirado algo así en nadie. Ella nunca lo había hecho.
Y, por algún extraño motivo, quería hacerlo. Quería ser la musa de George. Por una vez en su vida, quería que alguien escribiera sobre ella, en lugar de ella escribir sobre ese alguien.
Era una soberana estupidez, por supuesto. Pero no podía evitarlo.
Esa melodía se había quedado grabada en su mente y parecía decidida a quedarse ahí.
Acariciando el cabello de George, que se había acostado con la cabeza apoyada en las piernas de la muchacha, volvió su vista a la ventana y al paisaje cubierto de nieve que empezaba a aparecer frente a sus ojos.
Volver a casa nunca le había parecido tan agradable.
(1) Es una novela de una escritora india-americana, que a mí me gustó mucho.
(2) Me refiero a Revolutionary Road (seguramente más conocido por la película con Leo DiCaprio y Kate Winslet que no es Titanic) de Richard Yates. Es precioso.
No ando con mucho tiempo, pero diré: Lizzie, mi querida, ten cuidado con Georgie. Que no es oro todo lo que reluce.
¡Hasta el próximo capítulo!
Muselina
