Disclaimer: Los personajes son propiedad de Jane Austen. Yo sólo juego con ellos.

No saben lo cerca que estuve de no publicar esta semana. Vino mi santa madre de visita, y eso significó que quería que pasara tiempo con ella (sin el notebook delante, por supuesto). Se fue esta tarde y yo tuve que dedicarme a hacer todo lo que no pude hacer entre viernes y sábado: una cosa para mis alumnos, un trabajo para un curso de escritura y estudiar para una prueba. Pero ya lo tengo todo listo y hasta alcanzo a publicar antes de la hora en la que dije que me iba a dormir. ¡YAY!

En fin, eso.

Canción recomendada: "Don't Shoot Me Santa" de The Killers.

Chocolate y café amargo

Capítulo 16

Parte I

Blanca Navidad

El día de Navidad, Longbourn amaneció cubierto de nieve. Cuando Lizzie se despertó, lo primero que hizo —como siempre había hecho desde pequeña— fue correr a la ventana. El jardín cubierto de nieve se veía perfecto, como las postales antiguas. Rápidamente, cogió sus botas del clóset de su habitación, su abrigo y un gorro de lana, que hacía muchos años había tenido que tejer en el colegio.

Como una tromba, la chica bajó las escaleras. En la cocina estaba la señora Hill, la cocinera de toda la vida de la familia. La buena mujer tuvo que apartarse del camino de la joven, pero no pudo evitar una sonrisa. Lizzie alcanzó a disculparse antes de abrir la puerta del jardín.

—¡Por Dios, Elizabeth! —en una de las ventanas del segundo piso apareció su madre, ajustándose la bata. La señora Bennet era la única que llamaba Elizabeth a Lizzie, especialmente cuando estaba enfadada—. ¿Es necesario hacer todo ese ruido? En serio, nadie diría que tienes veintitrés años, niña.

—Ay, mamá. Es que… ¡está nevando!

—Sí, puedo verlo. No te quedes mucho rato afuera, vas a coger un resfriado y no seré yo quién te cuide, no señor.

—¡Feliz Navidad, mamá! —gritó Lizzie mientras la señora Bennet cerraba la ventana sin dejar de refunfuñar acerca de su segunda hija, la que siempre la traía por la calle de la amargura.

A ella le dio igual el mal humor de su madre. ¡Estaba nevando y era Navidad! Pronto empezó a juntar nieve. Quería hacer un muñeco de nieve, como cuando ella y sus hermanas eran pequeñas. Lydia, la menor, ahora tenía dieciséis años y por supuesto que no se levantaba a primera hora en un día de vacaciones. Muchos menos habiendo salido de fiesta el día anterior, como habían hecho ella y Kitty, de diecisiete.

Lizzie, George y Jane habían optado por ir a un bar en el pueblo. Siempre era divertido, porque todos los que en algún momento se habían ido, volvían para las fiestas. Ir a The Crown significaba reencontrarse con viejos amigos, y compañeros de escuela. De hecho, los primeros en saludarlos apenas entraron fueron los hermanos Lucas, que habían llegado ese mismo día por la mañana. Lo habían pasado genial, conversando y riendo hasta altas horas de la madrugada. Y George se había comportado como un perfecto caballero.

—Vaya, te has levantado pronto —escuchó a sus espaldas—. Yo pensaba que dormirías hasta más tarde.

—Debe ser que estoy genéticamente condicionada para levantarme a primera hora el día de Navidad, George —dijo ella sonriéndole al muchacho que acababa de salir de la cocina poniéndose el abrigo—. Feliz Navidad, por cierto.

—Lo mismo digo, guapa —dijo él y se acercó a ella—. ¿Estás haciendo un muñeco? ¿Cuántos años se supone que tienes?

—Veintitrés —respondió ella levantando el mentón y poniendo una expresión desafiante—. Y a mucha honra, por si no te queda claro. Además, hasta dónde yo sé, no hay edad máxima para los muñecos de nieve.

—Ya veo.

—¿No quieres ayudarme, en vez de criticar tanto?

—Puede ser —contestó él, pero efectivamente lo hizo.

Entre él y Lizzie se las arreglaron para armar una enorme bola de nieve para la parte baja del cuerpo y estaban haciendo el tronco cuando sintieron que se abría nuevamente la puerta de la cocina.

—¡Estás haciendo un muñeco sin mí! —Lydia, la menor de las Bennet, acababa de levantarse y no se había podido resistir a jugar un rato cual niña pequeña en la nieve. O tal vez tenía que ver con George. Lo primero que la chiquilla había preguntado cuando Lizzie había llegado acompañada del muchacho, era si estaban juntos. Lizzie le había dicho que no, que sólo eran amigos.

Craso error.

Porque Lydia tenía cosas buenas. A su modo podía ser dulce, cariñosa y preocupada por los demás. Pero cuando había un chico guapo en su radar, a Lydia automáticamente se le olvidaba todo y entraba en modo coqueta. Lo que no sólo era incómodo para el bueno de George, pero también la dejaba como una tonta a ella misma. A pesar de que a veces la exasperaba, Lizzie la quería muchísimo y no quería que su hermanita tuviera fama de estúpida.

Pero, una vez más, era demasiado tarde. Lydia ya estaba ocupada usando sus maniobras de conquista bajo la nieve uno y dos. Lizzie miró a George por encima del hombro de su hermana y articuló un «lo siento» con los labios. Él le guiñó el ojo y sonrió.

Menos mal que George tenía sentido común y era capaz de mantener a Lydia a tope. Porque sino, se le vendría una grande encima.

—Lizzie, ¿no les apetece una taza de chocolate caliente? —Hill abrió una de las ventanas de la cocina y los llamó.

—¿Qué clase de pregunta es esa, Hill? —respondió Lizzie echando a correr hacia la casa. Lydia y George la siguieron, más por él que por ella, que obviamente hubiera preferido quedarse afuera y a solas con el muchacho.

-o-

—Wow, Hill, menudo pavo que has hecho —comentó Lizzie mientras la cocinera metía el pavo en el horno—. Dime la verdad, ¿es parte de un plan secreto de mamá? Piensa que atiborrándonos de comida seremos más atractivas y atraeremos a un hombre soltero y con dinero, ¿no?

La mujer se rió. Conocía a Lizzie desde muy pequeña, y había sido testigo de sus muchas travesuras infantiles. Y sabía perfectamente cómo era el sentido del humor de la chica, que siempre había sido la más ácida de las hermanas.

—No, hasta donde yo sé, Lizzie. Aunque pensé que la última moda era ser flacas cual palillo —dijo mientras le echaba una mirada crítica a la cintura de Lizzie, enfundada en un estrecho pantalón negro para la cena de Navidad—. ¿Se están alimentando bien allá ustedes solas?

—Te prometo que no me salto nunca ninguna comida —respondió Lizzie levantando una mano y llevándose la otra al pecho—. Mi salud es lo primero.

—Así me gusta.

Antes de que ninguna de las dos pudiera decir algo más, Wickham entró a la cocina. Llevaba una camisa bien planchada y un blazer encima. Lizzie nunca lo había visto tan bien vestido, aunque era obvio que se estaba preocupando de hacerle una buena impresión a sus padres.

Pero ellos dos eran sólo amigos. Se lo había presentado a sus padres así, y a sus viejos amigos en el bar de la misma forma. Amigos. Por más que él parecía interesado a ratos, al instante siguiente volvía a parecer como que no le importaba nada.

Lo bueno era que Lizzie tampoco estaba segura de nada, así que estaba dispuesta a esperar a que él diera el primer paso. Si lo hacía en algún momento, ya vería ella qué haría. Pero no quería adelantarse a nada. Ya había cometido ese error antes y no estaba dispuesta a hacerlo de nuevo.

—¿Estoy bien para la cena con tus padres?

—Sí, hombre. Es sólo una cena con la familia, nada más.

—¡Lizziiee! —Lydia y Kitty entraron al salón hechas una tromba—. ¿A que no adivinas a quién invitó mamá para la cena?

—¿Invitó a alguien? Pero si es la cena de Navidad, tiempo de compartir en familia y todo eso. ¿Desde cuándo invitamos a alguien a esto? Es más bonito tirarnos los platos por la cabeza sin testigos.

—Ay, Lizzie —Lydia rodó los ojos y se apoyó en el mueble isla de la cocina—. Siempre tan aburrida. Mamá invitó a los Collins.

Los Collins eran unos viejos amigos de los señores Bennet. Durante algún tiempo habían vivido en Meryton, pero se habían mudado a Londres hacía bastante. Al parecer, como Lydia se encargó de informar a su hermana mayor, los Collins habían decidido volver al pueblo.

—Oh. Vaya.

—¿Y a qué no sabes qué es lo mejor?

—Ni idea, Lydia. No sé qué es lo mejor.

—¡Vienen con su hijo!

—¿Con Billy? —Lizzie podía recordar al único hijo de los Collins, un par de años mayor que ella. Pomposo y soso como él sólo. Aunque a su madre le hacía mucha gracia contar cómo Lizzie había llegado un día contando que iba a casarse con él.

—¡Sí! Es un contador muy exitoso y está soltero.

—¿Me alegro por él, supongo? —dijo Lizzie con la expresión de quién no entiende ni media palabra de lo que pasa a su alrededor.

Pero no tardó demasiado en darse cuenta de lo que pasaba. Era obvio y ella había sido demasiado ciega como para no ver tras los transparentes planes de su madre. Los Collins y ella ni siquiera eran tan cercanos. Al menos Lizzie no recordaba que su madre siquiera hablara con la señora Collins después de que ellos se mudaran.

No, algo olía muy mal en Longbourn. Y a Lizzie no le gustaba nada.

-o-

—Supongo que recuerdan a mi hija mayor, Jane —saludó diplomáticamente la señora Bennet a sus invitados. El señor Bennet y Lizzie intercambiaron miradas. La chica recordaba que los señores Collins nunca habían sido de los favoritos de su padre. Demasiado pomposos y aburridos. Y ella no podía evitar estar de acuerdo.

Desde que la pareja, acompañados de su hijo, había cruzado la puerta, no habían dejado de decir que las Bennet estaban muy mayores y muy guapas. Si Lizzie escuchaba eso una vez más, iba a terminar matando a alguien. De preferencia a la señora Collins y a su madre. Al menos así se libraría de todo el asunto.

Miró de reojo a George, que había sido presentado como un amigo de Lizzie. Por supuesto que la señora Bennet lo había interrogado exhaustivamente el primer día. Lizzie podía adivinar que la profesión de su amigo no le había gustado nada, porque en cualquier otro caso, su madre habría estado intentando tirarla encima del pobre chico. Pero siendo un músico sin muchos prospectos a futuro, a la señora Bennet le había parecido poca cosa. Aunque Lizzie la había escuchado comentar a Lydia acerca de lo guapo que era.

—Billy, supongo que te acuerdas de Lizzie.

—William, por favor, señora Bennet. Ya han pasado los años de esos apelativos infantiles.

Al otro lado de la habitación, Lizzie pudo ver a Jane tapándose la boca con una mano para esconder una risita. Si Jane se estaba riendo de él, era que la cosa iba en serio. Y ella tuvo que hacer serios esfuerzos por contener la risa cada vez que el joven abría la boca. Podía ver que George, sentado junto a Lydia, estaba en la misma situación.

—Como les iba comentando, mi jefa, la señora De Bourgh, es una mujer muy influyente. En las próximas semanas me enviará para supervisar algunas de sus inversiones en Liverpool. Como verán, la señora De Bourgh me tiene en la más alta estima y consideración.

«Si tienes que decir que alguien te tiene en su más alta estima, seguro que no te tienen ahí», se dijo Lizzie para sus adentros. Y pensó que debía decir cualquier cosa para cambiar el tema, pero su madre, siempre tan atinada, se le adelantó.

—¿A Liverpool? Lizzie y Jane viven ahí, ¿por qué no te quedas con ellas mientras estás ahí? Seguro que ellas estarán más que encantadas de recibirte por un tiempo.

Lizzie y Jane intercambiaron miradas por sobre la mesa, mientras Lydia soltaba una risita y Kitty le golpeaba la espalda para impedir que se atorase por la risa. Los únicos que parecieron no darse cuenta de todo lo que habían provocado fueron los mismos Collins, que sonreían y asentían con la cabeza.

Por supuesto que tener a Billy en casa estaba descartado de plano. Ninguna posibilidad. El departamento no era demasiado grande y no tenían una cama de sobra como para tener un invitado. Y, por otra parte, Billy Collins era demasiado como para tenerlo por ahí unos días.

—Supongo que podría considerarlo, señora Bennet —respondió el joven con educación.

Lizzie respiró aliviada. Por supuesto que a Collins el prospecto le gustaba tan poco como a ellas. Así que seguramente se iría a un hotel pagado por su jefaza de apellido distinguido y las dejaría en paz. Total, no eran amigos ni nada.

Lo mejor era no discutir con su madre y seguir con la cena en paz. No era necesario pelear en pleno día de Navidad.


Voy a hacer una confesión un tanto raruna: me encanta escribir a Collins. Es que me da risa a mí sola, con su pomposidad y tontería al 1000%. La próxima semana verán más de las Navidades de las Bennet y un vistacillo a las de Darcy y compañía. Originalmente no estaba en el plan hacer este capítulo en dos partes, pero la verdad es que eché de menos a Darcy y me imagino que ustedes también. Y quiero mostrar más cosas de la vida familiar de las Bennet.

¡Hasta la próxima semana! (Si sobrevivo)

Muselina