Disclaimer: Los personajes son cosa de Austen.

Ya estoy de vacaciones y espero tener un par de semanas para escribir y avanzar con esta historia, antes de volver a mi último semestre de clases. ¡Yaay!

Canción recomendada: "A Well Respected Man" de The Kinks.

Chocolate y café amargo

Capítulo 19

De visitas indeseadas y otras pequeñas molestias

Ése sábado en la mañana, a Lizzie no le tocaba ir a la cafetería. Por lo mismo, cuando a mediodía seguía en pijama y sentada en su salita viendo una serie nueva en su computadora, no se sentía culpable en lo absoluto.

Bueno, un poco culpable sí se sentía. Quizás debería estar escribiendo, pero no tenía ganas ese día. La semana anterior, no obstante, había vendido una de sus historias a una revista. Se había ganado un día completo de descanso. El día anterior incluso había comprado una maravillosa caja de helado de galletas con crema, su preferido en todo el mundo. Era un placer raro, pero valía totalmente la pena.

Por eso, cuando alguien tocó la puerta, a Lizzie no le simpatizó mucho la interrupción. De mala gana, se levantó a abrir la puerta. Jane no le había dicho de nadie que fuera a visitarlas ese día, o de encomiendas que llegarían, ni nada.

Por eso, casi se cayó de espaldas al encontrarse con nadie menos que Collins.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó rápidamente, olvidándose de sus modales por completo—. ¿Cómo llegaste aquí?

—La señora Bennet supo que vendría a Liverpool y me dijo que no olvidara pasar a verlas —explicó Collins—. Pérmiteme decirte que te ves particularmente guapa hoy.

Lizzie lo dudaba bastante, considerando que aún llevaba su pijama —una camiseta vieja y unos shorts de algodón—, y ni siquiera se había peinado esa mañana. ¿Para qué, si sus planes eran quedarse en casa y no hacer nada en todo el dia?

—Esto… gracias. Ehm… pasa, si quieres. ¿Tienes sed o quieres comer algo?

—No, gracias. Pensaba pasar por aquí a invitarlas a almorzar. Una muestra de agradecimiento para su madre, que ha sido muy amable en estos últimos meses.

—Jane no está —dijo Lizzie, esperando que eso lo disuadiera de alguna forma.

—Oh, no importa. No creo que pueda otro día, así que puedo invitarte sólo a ti.

¿Qué otra cosa se podía esperar de alguien que acababa de decirle que se veía guapa con su pijama y el cabello sin peinar? ¿Acaso preparaba esas cosas? Lizzie estaba sorprendida por la repentina aparición del joven en su casa, y con cada vez que este abría la boca, se quedaba aún más atontada.

—Dame unos momentos —musitó y sin esperar una respuesta por parte de Collins, se metió al baño.

Mientras le mandaba mensaje tras mensaje a Jane, prendió la ducha. Tuvo que salir un momento a buscar algo de ropa porque su dignidad no iba a aguantar pasar semidesnuda delante de Collins para ir a vestirse.

¿Dónde carajos estaba Jane cuando la necesitaba? Su hermana ni siquiera estaba contestando sus mensajes.

También tendría que matar a su madre, que obviamente no se había resistido a meter las narices en sus asuntos. Una cosa era que le preguntara acerca de su vida amorosa, otra que tratara de de imponerle al insoportable de Collins de esa forma.

¿De verdad le había dado su número?

Ya se le debían estar acabando todas las otras técnicas de manipulación.

-o-

La secretaria de la editorial era una chica muy simpática. Lo había hecho pasar a una pequeña salita de reuniones, diciéndole que apenas llegara el resto empezarían la reunión. También le había ofrecido una bebida y algo para que comiera.

Se suponía que él y Peter, el amigo de Claudia, iban a juntarse ese día con el editor del libro que estaba escribiendo Peter y ver detalles de fechas y otras cosas administrativas. Charles había traído algunos de los dibujos que había hecho durante las últimas semanas para que les echaran un vistazo.

Pero Peter no aparecía por ningún lado. Cada cierto rato pasaban delante de él trabajadores de la editorial. Por supuesto que no faltaba ninguno de ellos, así que lo único que podía estar deteniendo la reunión era la ausencia de su colega.

—¿Dónde estás, Peter? ¡La reunión era a las tres! Son las cuatro y media, hombre. —Era el quinto mensaje que le dejaba a Peter. Lo había intentado llamar al menos diez veces, pero siempre marcaba ocupado.

Charles soltó un suspiro frustrado y dejó caer su espalda en la silla. Definitivamente Peter no pensaba aparecer.

La secretaria volvió a aparecer en la puerta de la sala.

—¿No has sabido nada de Bloom?

—No. Lo he llamado como medio millón de veces y no contesta —replicó Bingley con una mueca—. Lo siento mucho, de verdad. No puedo creer que haya hecho esto, ¿sabes?

—Pues, lo sentiría más por él. El señor Cummings es un hombre muy estricto. No creo que haga tratos con él si desaparece de esta forma. Es una pena, la verdad. Vi su proyecto y parecía tener potencial.

—Lo sé, por eso acepté ayudarlo.

Bingley tomó su carpeta con dibujos, que reposaba sobre la mesa. En esos momentos, le hubiera gustado poder arrugarlos todos y tirarlos a la basura. Tantas horas de trabajo perdidas por nada.

—Lo siento. ¿Puedo verlos? —susurró la chica.

—Sí, claro. Adelante. —Charles abrió la carpeta sobre la mesa y esparció los dibujos. Estaba orgulloso de ellos, la verdad. Algunos incluso los había pintado con acuarelas, su técnica preferida, y el resultado le gustaba muchísimo.

—Wow. Son buenísimos —dijo la chica con gesto de admiración—. Es una pena que no los puedan usar para este libro.

—Gracias. Era primera vez que hacía algo así, quería hacerlo lo mejor posible.

—Ya veo. —La chica se llevó un dedo a los labios y frunció las cejas—. ¿Sabes qué puedes hacer? Déjame tu número de teléfono, apenas necesitemos un ilustrador, me encargaré de que te llamen. Este talento no puede quedar abandonado.

—¿Lo dices en serio?

—Claro que sí. Soy Bernardette Williams, por cierto.

—Charles Bingley —dijo él a su vez mientras le estrechaba la mano—. Muchas gracias por tu ayuda.

—No es nada, de verdad. Además, tampoco te estoy prometiendo demasiado, sólo la posibilidad de llamarte alguna vez si surge una nueva oportunidad. No te aseguro que necesitemos a alguien pronto, además. Sólo que te voy a llamar cuando te necesitemos.

—Me basta con eso.

—Vale, entonces. Anota tu número aquí —le pidió ella entregándole un papel y una pluma.

-o-

Como todos los días desde que trabajaba en el bar, Darcy se levantó casi al mediodía, gracias a la luz que se colaba por las cortinas. Tenía que invertir en un buen black-out, lo antes posible. Se desperezó sin levantarse y se pasó una mano por la cabeza. Sobre la colcha estaba un cuaderno abierto y un lápiz bic que había perdido la tapa.

La noche anterior se había quedado dormido mientras intentaba plasmar unos versos que se le habían ocurrido mientras caminaba a casa. No había logrado pasar de un par de líneas, pero eran cosas que necesitaban salir, sin forzarlas.

Buscando lo que nunca encontramos

Soñando con tesoros que no podemos buscar

No estaban ni cerca de las canciones que había escrito antes, pero por primera vez en meses estaba escribiendo de verdad. Lo que necesitaba ahora era recuperar su práctica. Lo que pasaba era que estaba oxidado, eso era todo.

Lo que verdaderamente lo desconcertaba era que al releer esos versos, se había encontrado pensando en Lizzie Bennet.

¿Por qué ella?

Cerró el cuaderno y lo dejó sobre la caja que hacía las veces de mesita de noche. Necesitaba un café para despejarse un poco. Sobre la encimera de la cocina, Bingley le había dejado una notita en la que le pedía si podía bajar la basura. Debajo, la pulcra letra de Caroline anunciaba que estaba en una entrevista de trabajo. Al parecer, la chica había decidido definitivamente quedarse con ellos. Al menos ahora empezaría a aportar a la casa.

Quizás debería ofrecerle a Bingley compartir su habitación, porque su amigo no podía seguir durmiendo en el sofá, como hasta ahora. Mucho menos si la estadía de Caroline iba a ser permanente.

Decidió que antes de tomar desayuno bajaría la basura. Así podía volver a meterse en su cama con su taza de café. Volvió a su habitación para buscar una chaqueta y se la puso sobre el pijama.

Tras dejar la bolsa en uno de los basureros de afuera del edificio, Darcy se apresuró en volver a entrar. Aún hacía demasiado frío como para salir en pijamas, aunque fuera por unos momentos, pero ponerse pantalones le daba algo de flojera.

Antes de que él abriera la puerta, alguien la abrió desde el interior. Para su enorme sorpresa, se trataba de Lizzie Bennet y un joven al que él no conocía. La chica lo miró con una ceja alzada, pero no dijo nada.

—Hola —dijo él. Se sentía un poco estúpido porque no sabía qué estaba pensando ella. Después de todo, era pasado el mediodía y él figuraba en la calle usando pijamas.

—Eh… hola —masculló ella.

El chico a su lado le dirigió una mirada en la que Darcy creyó leer un dejo de superioridad. Vamos, como si él nunca se hubiera quedado hasta tarde en la cama un sábado.

—Buenas tardes. Supongo que eres vecino de Elizabeth.

—Sí, sí. ¿Podemos irnos ya? —Lizzie se había cruzado de brazos y golpeaba el suelo con la punta del zapato. Obviamente no le hacía ninguna gracia la situación.

—Claro, Elizabeth.

Darcy la pudo ver rodando los ojos ante su nombre completo, pero antes de que pudiera despedirse, Lizzie y el chico habían desaparecido delante de sus ojos. El chico era un tanto extraño, no se parecía en nada a la imagen que Darcy se había formado del tipo de chicos que salían con Lizzie.

Se habría esperado algo más… bohemio.

-o-

—¿Charles? —después de dos horas, Peter al fin se dignaba a llamar a su colega—. Lo siento mucho por lo de hoy, en serio. Anoche salí con unos amigos y…

Se extendió en una larga descripción de su noche, y Bingley suspiró. Así que por eso se había perdido su reunión, por una resaca. Normalmente era una persona de lo más comprensiva, pero Charles no tenía paciencia con la gente irresponsable, y con la desidia. Si a alguien le importaba algo, demostraba su interés y se esforzaba por ello.

—Ya. Yo también lo siento. Bernardette, la chica de la editorial, dijo que su jefe no perdona. Tendremos que buscar otra editorial.

—Oh. Ya veo.

—Hablemos en otro momento, ¿ya?

—Ajá.

Charles cortó primero. A decir verdad, aún quería ilustrar el libro. Después de todo, los dibujos ya estaban hechos. Pero si Peter iba hacer lo mismo la vez siguiente, Bingley no creía que pudiera tolerarlo.

Nunca había sido muy bueno en las confrontaciones, y este tipo de situaciones lo hacían sentirse muy incómodo. Cuando estaba en situaciones por el estilo, su respuesta solía ser evitarlas. Simplemente las ignoraba y esperaba que pasaran. Caroline decía que su defensa era la del avestruz, pero a él le funcionaba y le daba lo mismo lo que ella dijera.

Era sábado, por lo que no necesitaba volver a la revista —aunque hubiera sido un día de semana, a esa hora ya todos se estaban yendo de la oficina—, pero no tenía ganas de volver a casa. Aunque tampoco le seducía mucho eso de quedarse dando vueltas por las calles. Hacía un frío horroroso.

Su teléfono vibró y él lo sacó de su bolsillo.

"Cómo te fue en la reunión? –J"

Jane. Una sonrisa afloró a sus labios sólo al pensar en ella. La chica era una de las razones por las que sentía que su mudanza a Liverpool había sido cosa del destino. Él estaba destinado a conocer a esa chica tan maravillosa.

Miró su reloj de pulsera. Quizás podía ir a buscarla al estudio, su ensayo debía terminar en un par de horas. Normalmente Jane no ensayaba los sábados, pero al parecer su director creía que necesitaban ensayos extras a un mes de abrir la obra.

Y tal vez Jane tuviera que ensayar aún más, si su audición resultaba bien y quedaba seleccionada para el papel principal. Ya no estaría simplemente en el cuerpo de baile.

El estudio no quedaba muy lejos, sólo a un par de cuadras. El muchacho aferró su carpeta de dibujos y enfiló hacia el lugar.

Después invitaría a Jane a tomar algo en Carter's. Seguro que eso era lo que necesitaba para arreglar ese día. Jane era el tipo de personas que eran capaces de iluminar un día completo con su sonrisa. Además, llevaban un tiempo sin verse a solas.

-o-

Dos horas después de la sorpresiva aparición de Collins en su puerta, Lizzie sólo quería pegarse un tiro. O tirarse de un puente. O tragar cianuro.

Cualquier cosa antes de volver a escuchar el nombre "Catherine de Bourgh" de los labios del joven. Por lo que ella podía entender, se trataba de la jefa de Collins, en una importante oficina de abogados. Y al parecer, según los comentarios de su empleado, la buena señora tenía opiniones.

Muchas opiniones. Opiniones que Collins parecía encontrar necesario repetir una y otra vez.

—La señora de Bourgh dice que en el ámbito de la abogacía no hay nada más importante que establecer una buena relación con el cliente. Es importante conocerlos bien, y pasar tiempo con ellos. ¿Has oído hablar de Thompson International? —Ni siquiera esperó la respuesta de su compañera antes de continuar—. Son una de las empresas de comunicación estratégica más importantes del país, y nuestro bufete los representa. Hace unas semanas, estuve jugando al golf con el señor Thompson y me contó una broma buenísima. ¿Quieres que te la cuente?

—Tengo un pésimo sentido del humor. Nunca entiendo la mitad de las bromas —replicó ella. Lizzie ya había dado cuenta de su plato de pasta, pero con toda su cháchara, Collins no llevaba ni la mitad del suyo.

—Por lo general, yo tampoco. El humor vulgar no me causa gracia.

—Ya veo —musitó Lizzie. Pero ella no tenía ganas de hablar, así que decidió que escucharlo sería menos incómodo que tratar de tener una conversación con él—. ¿Qué te trae por aquí?

—La señora de Bourgh confía absolutamente en mi criterio, así que me pidió que viniera a supervisar una asesoría legal que nos pidieron…

Lizzi decidió que no valía la pena seguir intentando escucharlo. Lo mejor era dejar que hablara y perderse en sus propios pensamientos. Seguro que Collins no se daba cuenta de que ella no lo estaba escuchando.

Era justo el tipo de hombres a los que esos detalles no les importaban en lo más mínimo.


¡Collins está de vuelta! Ja, como si lo fuera a dejar reposar después de sólo una aparición. Y la señora Bennet es manipuladora y metiche, pero con amor.

En fin, ¡hasta el próximo capítulo!
Muselina