Disclaimer: Los personajes pertenecen a la grandiosa Jane Austen. Esto no tiene fines de lucro, por supuesto.
Vengo a actualizar esto con la cara cayéndoseme de la vergüenza. Si es que no tengo perdón de Dios. ¡No actualizar desde agosto! Deshonra sobre mi vaca. Tengo que decirles que las cosas que se me cruzaron en el camino fueron cambios importantes en mi vida: terminé mi carrera y empecé un máster. Además, como que había perdido mis ganas de escribir este fic. A lo mejor era un poco de falta de inspiración. La cosa es que dejé este fic de lado y pido disculpas a todos los que lo leen.
Pero nunca pensé en abandonar esta historia. Porque amo a los personajes y me encanta escribirlos. Además, no puedo decepcionar a todas las personas que se han molestado en leer y favoritear esta historia. En particular, quiero dedicarles este capítulo a todos los que me han dejado reviews desde agosto, a pesar de mi ausencia tan prolongada: Molita, Samanta Friki Black, LittleHandGranade, Vegetable lov3r y yeyuperez. Y como Picasso dijo, la inspiración existe, pero debe encontrarte trabajando. Así que me puse manos a la obra con el capítulo que ya tenía empezado.
Una vez más, pido disculpas. Ahora sí espero poder actualizar todas las semanas.
Canción recomendada: I Should Have Known Better, de los Beatles.
Chocolate y café amargo
Capítulo 21
Debería haberlo sabido
—Esto va a ser un fracaso —masculló Lizzie, que estaba con la espala apoyada en una de las paredes de la vieja fábrica. Varios de sus amigos estaban ocupados en los últimos detalles de sus respectivos proyectos que presentarían en la dichosa recaudación de fondos.
Charlotte, que estaba muy ocupada terminando de construir una caja para donativos , decorada con su habitual estilo sobrio y sencillo.
—¿Podrías esperar unas cuantas horas para empezar con la depresión y el pesimismo? —replicó la joven ante el comentario de su amiga—. Ni siquiera hemos abierto.
—Vale.
—Por cierto, ¿por qué no le pediste a tu vecino que tocara algo ahora? Cuando lo vimos en el bar incluso tú admitiste que era bueno.
—¿Yo? ¿Pedirle algo a Darcy? —Lizzie alzó una ceja. Por supuesto que no le había pedido nada a ese. Sabía lo que le había hecho a George y era vergonzoso. No le iba a pedir que tocara en la recaudación ni aunque Charlotte le rogara. Además, por lo que ella sabía, las canciones de Darcy perfectamente podían ser robadas a otro ingenuo como Wckham.
—No sabía que Bingley fuera músico. Claro que Darcy, tonta. Pensé que habías quedado en ofrecerle que tocara.
—Y cambié de opinión. Lo más seguro es que se hubiera negado por alguna razón u otra. Seguro que piensa que todo esto que estamos haciendo es una tontería, que no merece su tiempo o su atención. Me imagino que si le pidiera algo, me respondería arrugando su aristocrática nariz y haciendo algún comentario sarcástico.
—¿Sí? ¿Acaso le preguntaste? —Charlotte enderezó la caja del dinero y se paró para acomodarla en el lugar destacado
—Sólo digamos que no fue necesario. Sé perfectamente que hubiera dicho que no, y así me ahorro gastar mi saliva en vano.
Lizzie sabía que su amiga iba a entender lo que en realidad quería decir: «preferiría enterrarme un clavo oxidado en la planta del pie y luego echarle limón a la herida, que hablar con el creído e insoportable de mi vecino».
—Ajá.
—Además, tenemos a Wickham. Él es un gran músico —añadió Lizzie, dando por zanjado el asunto—. Y me prometió que vendría a tocar esta noche.
Charlotte aceptó eso sin más comentarios. Jonathan acababa de llegar y estaba colgando sus láminas en una de las paredes de la fábrica. Lizzie se acercó a mirarlos.
—¿Te gustan?
La mayoría eran dibujos incompletos de figura humana. Pero el del centro de todos era uno de Lizzie. Estaba envuelta en una sábana y miraba directamente al espectador. El pelo corto lo llevaba desordenado y parecía rodear su cabeza como si fuera un halo.
—Guau. Están impresionantes, Jonathan —dijo, mirando la lámina con su imagen. Ella nunca había pensado que tenía los ojos tan grandes, pero la mirada oscura del dibujo parecía ocupar casi todo su rostro.
—Tengo otra copia para regalarte, pero esta es para vender.
—No sé cómo me siento acerca de la posibilidad de que alguien me tenga colgada en su pared —bromeó la chica.
—Halagada, por supuesto. Eres como la Olimpia de Manet, una musa inspiradora.
—¿Tú sabes que la modelo de ese cuadro era una prostituta?
—Bueno, tú me entiendes —respondió el joven con un gesto de la mano—. ¿Qué vas a hacer tú?
—Poesía. Voy a leer algunas de las cosas que escribí y esperar a que alguien les gusten —replicó ella, encogiéndose de hombros—. En fin, te dejo. Tengo que revisar que todo esto esté en orden. —La joven miró su reloj—. Se supone que deberíamos abrir la puerta en unos minutos.
—Sí, mi capitán —dijo él llevándose una mano a la frente, en un saludo naval—. Y relájate, saldrá bien.
Lizzie le sonrió. Esperaba que así fuera, porque necesitaban el dinero si querían mantener la fábrica como hasta entonces. Miró a su alrededor, buscando a Wickham, que le había dicho que llegaría una hora antes de la hora en que le tocaba cantar.
—¡Lizzie! —Jane se acercó a ella. Llevaba a Bingley de la mano, y eran seguidos por Caroline, que miraba a su alrededor con una mueca desagradable—. Todo se ve genial, en serio. ¿A quién buscas? —añadió al ver que su hermana estaba prácticamente parada de puntillas buscando a alguien entre los demás.
—¿Has visto a George? Se suponía que tenía que llegar ahora.
—¿Wickham? No, no lo he visto. Sólo leí que su nombre estaba en el programa de la entrada.
—Sí, le toca en una hora —respondió Lizzie encogiéndose de hombros—. Pero no está aquí y me dijo que estaría.
—Tranquila, seguro que ha tenido algo y llegará más tarde.
Lizzie se dijo a sí misma que seguramente Jane tenía razón y ella estaba ahogándose en un vaso de agua. Pero la ausencia de George le daba mala espina. Bingley le comentó algo acerca de la exhibición, pero Lizzie estaba muy ocupada mirando por sobre las cabezas de los recién llegados en busca de una cabeza rubia y atractiva.
-o-
Bingley le había dicho que se verían en la vieja fábrica, donde era la exhibición. Él mismo había hecho unas cuantas ilustraciones que pondría a la venta para recaudar dinero. Darcy sabía que una de las organizadoras era Lizzie, y no estaba muy seguro de si convenía que él fuera.
Pero había ido. El lugar estaba lleno de gente de su edad. Algunos estaban exhibiendo sus obras, otros las admiraban. Unos pocos compraban. Al centro de la habitación estaba una caja transparente sellada, la cual contenía algunos billetes que los visitantes de la feria dejaban ahí.
—¡Fitzwilliam! —De entre la multitud apareció Caroline, que se aferró a su brazo y empezó a llevarlo alrededor de la habitación donde estaba la exhibición. Pudo ver que al final de la habitación estaba una pequeña tarima, donde un chico con una guitarra cantaba. No era Wickham, y Darcy respiró aliviado. No tenía ganas de ver a ese indeseable de nuevo.
—Tengo que mostrarte algo —dijo la chica mientras lo obligaba a caminar entre la gente en dirección a una pared en la que lucían unos dibujos que no se alcanzaban a distinguir desde donde ellos estaban—. De lo más escandaloso, por cierto. Estoy segura de que te va a encantar.
La chica lo llevó hacia la pared donde habían instalado una serie de láminas de papel. El chico que las exhibía era uno al que Darcy creía haber visto un par de veces en el edificio, y creía que era amigo de Lizzie. Al menos eso parecía.
Los dibujos eran buenos, realizados con precisión y talento. Era un buen artista, y se notaba que había estudiado mucho para lograr ser así de bueno. Pero no fue eso lo que más llamó su atención. Lo que le llamó la atención fue el dibujo que estaba al centro de la exposición.
Conocía esos ojos.
—¿No te parece un escándalo? —preguntó Caroline, a su lado—. Podrías comprarlo, seguro que quedaría perfecto en Pemberley, con todos los cuadros de tus antepasados. Combinaría impecablemente con los retratos Regencia del living grande, ¿no crees?
Darcy no contestó. El dibujante había logrado captar la vivacidad de los ojos de Lizzie Bennet. Era casi como tenerla en frente, mirándolo con su desaprobación de siempre.
—¿Por qué querría poner su imagen en la casa de mis padres, Caroline? —preguntó, obligándose a hacer el tono más serio e indiferente que pudiese—. Estás hablando tonterías, en serio. No sé de dónde lo has sacado.
—Vamos, Fitzwilliam. No hay que ser demasiado astuta para ver cómo la miras. Es obvio.
—¿Obvio qué, si puedo preguntar?
—Qué estás coladito por ella, querido. No tienes por qué ocultármelo, sabes que puedes decirme lo que sea.
Darcy alzó las cejas. Por supuesto que no creía que él pudiese decirle todo a Caroline. La chica era perfectamente incapaz de mantener la boca cerrada. Además, estaba el importante punto de que él no sentía absolutamente nada por ella. En lo absoluto.
Pero el retrato era verdaderamente una pieza extraordinaria.
Quien fuera el que lo había dibujado, ciertamente tenía mucho talento. Casi parecía que Lizzie fuera a escaparse de la página, llena de vida.
—¿Te gustan? —preguntó un joven delgado y con anteojos de marco grueso que acababa de acercarse a ellos. Por el rabillo del ojo, Darcy vio que Caroline hacía una mueca de disgusto y se alejaba rápidamente en dirección a un grupo de chicas que él no recordaba.
—Sí… son buenos… —dijo, sin estar seguro de sus palabras.
—Soy el artista —dijo el otro, tendiéndole la mano—. Jonathan Firth, mucho gusto.
Darcy le estrechó una mano sin decir palabra.
—Supongo que ya viste a mi modelo, es una de las organizadoras de todo esto.
—Sí… O sea, ya la conozco. Somos… vecinos.
—Ya. —Podía sentir la mirada del otro sobre él, como si lo estuviera analizando centímetro a centímetro—. ¿Eres amigo de Lizzie?
—Algo así.
Jonathan levantó las cejas, pero no dijo nada. «Algo así» era la única forma en la que Darcy podía definir su extraña relación con ella. No eran amigos, pero tampoco enemigos. Una cosa intermedia e indefinida.
La chica estaba al otro lado de la fábrica, sobre una tarima en la cual se encontraban algunos instrumentos musicales. Parecía preocupada por algo, ya que movía las manos mientras discutía algo con un joven que él no reconoció.
Al menos no era Wickham. Ahora que lo pensaba, Darcy acababa de darse cuenta de que no había visto a ese indeseable esa tarde. Considerando lo cercano que era a Lizzie, era extraño que no estuviese ahí —aunque él no iba a protestar por eso—. Sin embargo, creía recordar que alguien le había comentado que iba a tocar esa noche. A lo mejor por eso era que Lizzie estaba así de alterada. Porque Wickham le había dicho que iría y había roto su palabra.
Como siempre.
—Darcy, ¡aquí estabas! —exclamó Bingley, dándole una palmada en el hombro—. Jane y su grupo van a empezar su presentación en unos momentos, ¿no vienes? —añadió indicando un espacio en el que unas chicas con mallas negras le estaban indicando a los espectadores que se apartaran un poco.
—Vale.
-o-
No podía creerlo. Definitivamente era algo increíble. Porque George nunca habría hecho algo así. Le había prometido que estaría ahí y la había dejado plantada.
Aunque ojalá sólo hubiese sido eso.
El problema era que él había prometido cantar algo esa noche. Y eso les dejaba un espacio en el programa.
No podían darse el lujo de que la gente se aburriese y se fueran. O que les dijeran a sus amigos que no asistieran. El plan era tener música en vivo durante toda la noche. Se bajó de la tarima, dejándole el escenario a una banda de chicos que eran cercanos a ella y sus amigos. Aún quedaba un rato antes del turno de George, pero ella había sido muy clara al decirle que necesitaba que estuviera ahí temprano.
Por más que había intentado llamarlo, su teléfono la enviaba directamente al buzón de mensajes.
¿Cómo había podido hacer algo así?
—¿Pasa algo, Lizzie? —preguntó Charlotte, que acababa de terminar su turno en la caja de recaudación—. Te ves fatal.
—George no ha llegado.
—¿Dónde está?
—No lo sé. Sólo llego al buzón de llamadas. Y no me ha contestado ninguno de los mensajes que le mandé.
—¿No puedes ver su hora de conexión? —preguntó su amiga, levantando una ceja escéptica. Ella siempre insistía en que en la era de la comunicación, permanecer incomunicado era una imposibilidad física.
—No. La tiene bloqueada.
—¿Qué crees que quiera decir?
—Que no va a llegar —Lizzie se mordió el labio, el acto instintivo que hacía siempre que estaba preocupada por algo. Quizás algo le había pasado a George. Algo serio.
Seguro que por eso no le contestaba el teléfono.
—¿Tienes un plan B? —inquirió Charlotte. Cuando Lizzie negó con la cabeza, su amiga suspiró—. Los planes B son muy importantes.
—No me digas «ya te lo dije» —gruñó—. Necesito que me ayudes a buscar una solución. URGENTE.
Charlotte se quedó callada por unos momentos, poniendo la expresión que solía usar cuando estaba muy concentrada en algo.
—Tengo una idea —declaró tras unos minutos de meditación—. Pero no va a gustarte.
—Char, por si no te has dado cuenta, estamos en una crisis. Tú podrías decir que nuestra mejor alternativa es Darcy y me parecería bien…
Tuvo que cortarse al ver la sonrisa que su amiga acababa de esbozar.
Su amiga había tenido toda la razón, su idea no le gustaba para nada.
Pero tampoco era como si tuvieran una mejor opción en esos momentos.
Y vaya que no le gustaba.
Originalmente el capítulo iba a ser más largo, pero quería actualizar ya y así tengo pie para empezar el próximo capítulo, que espero publicar el próximo sábado (aunque tenga que pelear contra todos los elementos). Espero que les haya gustado y que no quieran llenarme de tomatazos por haberme tardado tanto en dar señales de vida.
¡Saludos y hasta el próximo capítulo!
Muselina
