Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son creación de la maravillosa Jane Austen y yo sólo juego con ellos un rato.
Un poco tarde (porque mi mamá está de visita y tengo cosas que hacer para la uni) pero aquí está el capítulo de hoy. Les dije que había regresado.
Como siempre, gracias a todos los que me han dejado lindos reviews en el capítulo anterior: imaginandohistorias, Vegetable lov3r, y Molita. Son todas un amor, que lo sepan.
Canción recomendada: "This Charming Man" de The Smiths.
Chocolate y café amargo
Capítulo 23
El distinguido señor Collins
—No puedo creer que nos hayas plantado.
Pudo ver como George se removía incómodo en su asiento frente a ella, pero eso no apaciguó su ira ni por un momento.
—Verás… —empezó a excusarse él, pero ella lo interrumpió antes de que pudiera seguir hablando.
—Podrías habernos enviado un mensaje. O cualquier cosa. Se supone que estamos en la era de las comunicaciones —dijo Lizzie cruzándose de brazos, en un gesto que le recordaba un poco a su madre cuando exigía explicaciones acerca de algo—. Contábamos contigo.
—Lo sé, pero mi amigo Ryan tuvo una emergencia… apendicitis.
—¿Y tu teléfono?
—Me lo robaron en la calle ese mismo día.
—Ya veo.
No sabía exactamente qué, pero algo en todo el asunto le sonaba extraño. Y no era primera vez que George la dejaba plantada de esa forma, sin avisar ni nada. Pero no estaba de humor para discutir. Ni con él, ni con nadie.
La organización del festival, la tensión de encontrar un reemplazante para George y todo lo que había pasado esa noche la habían dejado exhausta emocionalmente. ¿Por qué simplemente no podía disfrutar de algo tan sencillo como una taza de café con él? Se suponía que le gustaba mucho, pero últimamente no podía evitar sentirse extraña cuando estaba con él.
—Tengo que irme —dijo al tiempo que se levantaba de la silla—. Hay un artículo que tengo que terminar para la revista.
—Vale. ¿No quieres que nos veamos mañana? Podríamos preparar pizzas en tu casa o algo así —sugirió él.
La joven dudó por unos momentos. Quería que las cosas entre ella y George estuvieran bien, no sentir esa extraña presión en el estómago cada vez que lo veía. Y él siempre parecía ansioso por irse, por hacer algo más que estar con ella.
—No, gracias. Tengo que revisar unos cuentos y trabajar un poco. Quizás otro día.
Él no le discutió. Lizzie no sabía si eso era bueno o malo.
—Hablamos pronto —dijo, antes de despedirse con la mano y salir a toda velocidad de la cafetería.
Era ridículo. ¿Por qué estaba escapando de él? No tenía nada que temer de George, nunca le había dicho nada que pudiera hacerle tener esa reacción.
Con un gruñido de frustración, se encaminó al edificio. Era cierto que tenía cosas que hacer y que necesitaba revisar los cuentos que quería incluir en una colección que pensaba enviar a alguna editorial.
En la entrada del edificio, la joven pudo ver una figura masculina que estaba sentada en los escalones que llevaban a la puerta. Aunque estaba a una distancia considerable, no era muy difícil adivinar quién era él.
Desde el festival, la chica había estado evitando conscientemente a su vecino. Le había agradecido que hubiese aparecido para reemplazar a alguien en el último momento, pero esa había sido la última vez que le había dirigido la palabra. Sabía que estaba actuando como una adolescente idiota, pero simplemente no quería enfrentarse a él.
Por lo mismo, en vez de entrar a su edificio por la puerta, como una adulta responsable, Lizzie decidió entrar por las escaleras de emergencias. No era complicado, lo había hecho otras veces. Y si alguno de sus vecinos la veía subir, seguro que no se alarmarían.
Tuvo que estirarse para alcanzar la escalera que le permitiría subir al primer nivel. Era más fácil cuando tenía un paraguas o algo así a mano, pero podía hacerlo.
Trepó rápidamente y volvió a poner la escalera en su lugar. Lo único que le preocupaba era que no hubiera alguna ventana abierta. Aunque el clima estaba siendo bastante más amable que en las semanas anteriores, tampoco le hacía mucha gracia quedarse en el exterior por horas, hasta que Jane regresara.
Pero tuvo suerte. Al parecer, alguien estaba en el departamento y había abierto una ventana —a lo mejor era Charlotte, que a veces se iba a pintar ahí—, por lo que la joven no tuvo problemas para entrar.
—¿Quién está ahí? —escuchó apenas sus pies tocaron el suelo.
Mierda. Conocía esa voz. No era la de Charlotte, ni la de Jane. Era una voz de hombre, la voz de la única persona que Lizzie quería evitar más que a Darcy.
—Hola, William. Soy yo, Lizzie.
—¿Por qué estás entrando por la ventana? —preguntó el joven, frunciendo las cejas en confusión.
—Olvidé mis llaves.
—¿Y no podías pedirle ayuda al conserje?
—Me apetecía practicar mi escalada —dijo rápidamente la joven, esperando que él dejara de hacerle preguntas—. ¿Qué haces aquí? —Se daba cuenta de que eso último no era precisamente el comentario más amable que podía hacer, pero era lo único que se le ocurrió.
—Precisamente venía a hablar contigo, tu hermana me dejó pasar y dijo que podía esperarte aquí.
Lizzie tomó nota mental de que debía hablar con su hermana acerca de eso. Pero seguro que Jane había estado con la cabeza en cualquier otra parte. A saber dónde, porque últimamente su hermana parecía preocupada por un millón de cosas a la vez.
—Vale, ¿de qué querías hablar? —dijo mientras se quitaba la chaqueta y dejaba caer su bolso en el suelo. Al ver que Collins parecía incómodo, se sentó en el sillón y le hizo un gesto para que se sentara junto a ella.
Pero él negó con la cabeza.
—Verás, Elizabeth, soy un hombre joven y con un ingreso estable. Mi amable jefa, la señora Catherine de Bourgh, dice que estoy en una buena edad para empezar una relación amorosa, con vistas a un proyecto matrimonial.
Lizzie alzó las cejas. No le gustaba nada para dónde iba eso, pero cuando intentó decirle algo, él siguió hablando.
—Una de mis razones para visitarlas era precisamente esa, buscar una mujer que pudiera ser mi compañera y la madre de mis hijos.
—Will… —intentó interrumpirlo Lizzie, pero Collins no parecía estar para interrupciones.
—Por lo mismo, creo que tú serías mi mejor opción en este escenario.
—¿Qué? —Lizzie se quedó boquiabierta.
—Lo que has escuchado. Me parece que tú podrías ser la mujer que necesito en mi vida.
Lizzie se quedó mirándolo. Casi esperaba que el muy pomposo se largara a reír y le dijera que todo había sido una broma.
Pero no.
Lo estaba diciendo completamente en serio.
—William, estás loco —fue lo único que pudo decir después de unos largos momentos de incómodo silencio—. Apenas me conoces y seguramente sabes que soy la última persona para ti en todo el mundo.
—Muy por el contrario, Elizabeth, he tomado esta decisión basándome en muchos parámetros que expertos han otorgado para poder analizar la compatibilidad de una pareja.
No. Simplemente no. No había ninguna forma, en el cielo o el infierno, en que ella y Collins fueran compatibles. Ninguna.
—William, de verdad creo que es una mala idea.
—Ya veo, estás jugando a la timidez.
Lizzie empuñó una mano, sintiendo fuertemente las ansias de darle un puñetazo para que se quedara callado.
—No estoy jugando a nada —bufó, esperando que su tono fuera lo suficientemente serio como para desalentar a su pretendiente—. No me interesas. Al menos no de esa forma.
El joven delante de ella vaciló, como si quisiera decir algo más. Pero Lizzie ya había tenido que soportar bastantes tonterías como para el resto de su vida, por lo que se dirigió a la puerta del departamento.
—Fuera de aquí.
Collins parecía estar frustrado por el fracaso de su propuesta y no protestó siquiera por la forma en que Lizzie lo estaba tratando. De hecho, no dijo ni una palabra. Salió del departamento sin hablar, ni intentar seguir con su caso.
Lizzie cerró la puerta detrás de él y se sentó de nuevo en el sofá. Lo que acababa de pasar era extremadamente surrealista y estaba empezando a pensar que había sido sólo una mala jugada de su imaginación.
-o-
Cuando Roger anunció que el ensayo había terminado, Jane no pudo evitar soltar un suspiro de alivio. Con el estreno acercándose a pasos agigantados, las sesiones de práctica se habían tornado eternas. Roger siempre había sido un perfeccionista y cada movimiento debía ser pulido hasta eliminar todos los errores.
Y por supuesto, el director nunca estaba contento con la compañía. Jane no recordaba la última vez que le habían corregido sus posturas tantas veces. Posiblemente en sus primeros años en la escuela de ballet en Londres.
—Jane, ¿puedes quedarte unos momentos?
La joven suspiró y asintió, antes de coger su botella de agua y beber. Estaba exhausta y casi deshidratada. Lo único que quería era llegar a casa y poder echarse en su cama. O quizás ver a Charles. Últimamente apenas tenía tiempo para verlo, ocupada como estaba en los millones de ensayos que Roger les había impuesto en las últimas semanas.
Eso podría ser una buena idea.
Los demás bailarines parecían aliviados de poder irse, hablando alegremente de lo que harían una vez que llegaran a sus casas. Fred estaba hablando de una cita que tendría con un chico al que había conocido en un bar unos días antes. Llevaba días hablando de él y lo estupendo que era, cosa que Jane jamás había visto en su amigo.
—Espérame un momento, Jane —le dijo Roger mientras los últimos salían. La chica asintió y se sentó a ponerse sus zapatos y una falda que se ponía sobre las mallas de baile. No era el look más fashion que hubiera visto, pero era cómodo y rápido para cambiarse.
Su abrigo estaba sobre su bolso y se lo puso. Ojalá que lo que Roger tuviera para decirle fuera breve. Porque necesitaba llegar a su casa lo antes posible.
El director salió de su oficina poniéndose una chaqueta de cuero negra.
—¿Vamos? Creo que vivimos en la misma dirección y necesito hablar unas cosas contigo.
Jane asintió y ambos salieron. Afuera estaba notoriamente más frío que al interior de la sala climatizada donde ensayaban. Ya había oscurecido y los faroles eran la única luz de la calle.
—¿De qué quieres hablar, Roger? —preguntó ella luego de caminar un rato en silencio.
Pero él no respondió. En lugar de eso, la empujó contra la pared de un edificio y empezó a besarla, metiendo sus manos bajo la falda de la chica. Jane se retorció en sus brazos, intentando liberarse del agarre del hombre.
El tiempo se le hizo eterno.
—¡Suéltame! —logró decir, jadeante, cuando él dejó su boca. Aprovechando que él pareció aturdido por sus palabras, la chica le dio un empujón, que lo hizo desestabilizarse—. No vuelvas a tocarme. Nunca.
Empezó a caminar hacia atrás. No pensaba darle la espalda a ese animal
—Eres una jodida perra. Yo pensaba que darte este papel iba a hacerte un poco más… agradecida —dijo él, que empezó a acercarse a ella a grandes pasos.
Tenía que correr. Entrar a alguna tienda o al hall de un edificio. Cualquier cosa antes de dejar que ese cabrón la tocara de nuevo.
No esperó a que él se acercara para echar a correr, como nunca había corrido en su vida. Al menos siempre había sido rápida y podía contar con sus piernas. Y si Roger la alcanzaba, estaba decidida a gritar hasta que todo el mundo saliera de sus casas.
Parecía que él no estaba tan dispuesto a correr el riesgo, porque no la persiguió. Aún así, Jane corrió hasta llegar a la calle principal, donde entró a una cafetería y se dejó caer en una silla, con la respiración entrecortada.
Las piernas le temblaban y sentía que la cabeza le daba vueltas. A lo mejor iba a desmayarse. Lo que faltaba para terminar su día.
Pero no se desvaneció.
En lugar de eso, se puso a llorar. Porque nunca se había imaginado que alguien pudiera querer hacerle algo así. Jamás en su vida.
¿Qué iba a hacer? Si seguía en la compañía, Roger iba a hacerle la vida imposible. Todo su trabajo y su esfuerzo por conseguir un papel principal iban a irse por el caño gracias a un imbécil integral.
Sólo quería volver a casa.
Tengo que reconocer que siempre me divierte escribir sobre Collins. El pobre se toma demasiado en serio a sí mismo y podría tener algo de sentido del humor, digo yo. En cuanto a lo de Jane... pues es una mierda. Pero también es cierto que muchas mujeres se ven en situaciones así gracias a que algunos hombres creen que deben tener poder sobre ellas. Y si bien mi Jane es encantadora y adorable, también sabe cómo defenderse solita. Al menos en casos así.
En fin, me dejo de hablar.
¡Hasta el próximo capítulo!
Muselina
