Disclaimer: Los personajes no son míos, fueron creados por la maravillosa Jane Austen.

Sí, sé que dije que iba a actualizar el sabado y que ahora es domingo. Lo siento, es lo que pasa cuando la uni posee tu vida. Originalmente, había pensado hacer este capítulo más largo, pero a) se me venía encima el tiempo; y b) la cena con Lady Catherine se merece mi tiempo y amor para hacerle justicia. Así que se han ganado un capítulo extra. ;)

Gracias a PalixianGirl, Molita y Teen Janeite por sus comentarios en el capítulo pasado y por sus saludos cumpleañeros. Y bueno, a todos los que leen en las sombras también, pero a ellas en especial.

En fin, los dejo con la historia.

Canción recomendada: "The March of the Black Queen", Queen.

Chocolate y café amargo

Capítulo 26

La dama del perrito

Estupendo. Ya estaba atrasada de nuevo. Lo peor de tener el turno de las mañanas en el café era tener que levantarse temprano. Pero al menos no tendría que ver a Charlotte. En las últimas semanas, Lizzie se había preocupado de hacer que sus turnos nunca coincidieran. Sospechaba que su amiga tampoco tenía demasiadas ganas de topase con ella y que había estado haciendo lo mismo.

Nunca, en todo el tiempo que llevaban siendo amigas —más o menos desde el jardín de infantes—, habían pasado tanto tiempo sin hablar. Lizzie agradecía un poco lo que había sucedido con Jane, porque le había permitido aislarse de sus problemas por un rato.

Aunque Jane había insistido en que no se preocupara y que iba a salir adelante. Estaba feliz con su nueva compañía e insistía en que Lizzie no tenía nada de lo que preocuparse, que estaba bien. Incluso había preguntado un par de veces por qué Charlotte ya no se pasaba por el departamento, pero su hermana había desviado la pregunta haciendo un comentario sobre la panadería que acababa de abrir en la esquina de la calle.

Sacudió la cabeza y empezó a rebuscar en el bolsillo de su abrigo sus llaves. Como las hubiera dejado en la otra chaqueta, estaba en problemas, porque eran las únicas que tenía. Y no era primera vez que olvidaba las llaves y tenía que esperar a que Jane llegara a casa para poder entrar. Aunque siempre estaban las escaleras de emergencia.

Respiró aliviada al encontrarlas en su bolsillo y siguió bajando las escaleras para salir.

—Oye, ¿sabes en qué departamento vive Fitzwilliam Darcy? —La chica se giró para ver a su interlocutor, un chico al que nunca en su vida había visto. Alto, con la cara llena de pecas y con el cabello de un color entre cobrizo y pelirrojo que se le levantaba en la frente—. Soy su primo, Richard.

—Oh. —Lizzie no supo qué responder. Después de todo, el chico definitivamente no se parecía demasiado a Darcy, empezando por la sonrisa amistosa que mostraba, en contraste con la expresión irritada que tenía Darcy la mayor parte del tiempo—. Es el tercero B —respondió.

—¿Lo ves seguido?

—No, pero creo que debería estar en casa. Trabaja en las noches.

Vio que el joven alzaba una ceja, pero no decía nada. A saber si esa información le parecía bien o mal. Pero no era su problema. Lo que sí era su problema era que estaba llegando atrasada a su turno en el café. Murmuró una disculpa y salió corriendo por la calle, sin siquiera mirar atrás.

—No era necesario que corrieras para llegar hasta aquí —fue el saludo de Matt, su jefe, al verla entrar al café, con las mejillas rojas y el aliento entrecortado—. Aún te quedan tres minutos —añadió apuntando al reloj que colgaba en la pared.

—Si hubiera caminado, hubiera llegado tres minutos tarde —dijo ella, mientras pasaba al espacio que ella y los demás meseros usaban para dejar sus cosas. Colgó su abrigo y se puso el delantal con el logo de la cafetería.

—Buenos días, querida —la saludó Paul, que también acababa de llegar y estaba abrochándose la chaqueta de cocinero que usaba sobre su ropa—. ¿Cómo siguen los planes para salvar la fábrica?

Lizzie suspiró. Con todo el lío de Jane y lo de Charlotte, la fábrica había quedado relegada a un rincón de su mente. Sabía que parte del grupo se había reunido la semana anterior para discutir planes de emergencia, y que había otra protesta planeada para los próximos días, pero no mucho más.

—Ahí va —contestó, encogiéndose de hombros.

—Ya. ¿Y tu hermana?

—Se cambió de compañía y está muy bien. —No era la verdad más completa, pero no quería que Paul empezara a hacerle preguntas de un minuto a otro. Aunque siempre se habían llevado bien, no se sentía particularmente cercana a él. Después de todo, eran amigos de trabajo, nada más.

En ese momento, se escucharon las campanillas de la puerta. Lizzie miró su reloj, apenas habían pasado la nueve, la hora a la que abrían el café. ¿Quién había llegado tan temprano? Normalmente los clientes empezaban a llegar al menos media hora más tarde.

Revisó en el pequeño espejo que su peinado no se viera muy desordenado. No había mucho que hacer con las mejillas coloradas por el ejercicio en el frío, así que tendría que esperar a que se pasaran naturalmente.

Sin embargo, cuando salió a la sala principal del café, no se encontró con un cliente. Quien acababa de entrar era Charlotte. La misma Charlotte a la que llevaba semanas sin ver, o sin hablar con ella. La misma Charlotte a la que echaba de menos cuando no tenía nadie con quien hablar.

—Hola —dijo su amiga—. ¿Crees que podamos hablar un segundo?

Lizzie se mordió el labio. La última vez que las dos se habían visto las cosas no habían terminado para nada bien. Cada una había gritado cosas horribles a la otra. Lizzie se había arrepentido inmediatamente después del portazo con que Charlote había salido del departamento. Aunque las palabras de su amiga —entre otras cosas, egoísta y controladora— le habían dolido, las que ella misma había pronunciado —patética y quejica, entre otras lindezas—, eran aún peores. Porque Charlotte no se había merecido ninguna de ellas. Después de todo, cada uno es libre de tener sus propios gustos. Aunque fueran gustos tan raros como Collins.

—Sí, claro —se esforzó por esbozar una sonrisa. Quería a su amiga de vuelta, a su amiga que siempre había estado con ella, en cada tontería que se le había ocurrido. Charlotte nunca la había decepcionado. Y antes de que su amiga pudiera decir algo, Lizzie dejó escapar—: Lo siento mucho, fui una estúpida. Si te gusta Collins, lo que debí hacer fue decirte que te deseo suerte y que él tendrá que esforzarse mucho para merecer a alguien como tú.

Su amiga la miró y sonrió.

—Yo tampoco fui muy buena contigo. No eres egoísta, ni controladora. Perdón.

—Somos un par de idiotas, mira que sacrificar años de amistad por una tontería así —intentó bromear Lizzie—. Dile a Collins que más le vale cuidarte, porque puedo encargarme de hacerle la vida miserable. Y será con placer.

—Le haré llegar tu mensaje. O puedes decírselo tú también. —Ante las palabras de su amiga, Lizzie alzó las cejas. Charlotte le hizo un gesto de calma con la mano y prosiguió—: Su jefa está en la ciudad y quería invitar a William y a sus amigos a cenar. Para agradecerles por la recepción que han tenido. Además, vendrán unos sobrinos suyos y quiere que tengan jóvenes con los que conversar.

Lizzie arrugó la nariz. ¿Una cena con Collins y unos estirados? Porque estaba segura de que serían así.

—Además, Collins ha sido amigo nuestro por años —añadió Charlotte al ver que su amiga vacilaba—. Piensa que es un favor para mí.

Por supuesto, había pegado en el punto débil de Lizzie. Claro que quería volver a ser amiga de Charlotte, pero no estaba segura de si quería que eso fuera a través de una cena con Collins. Si embargo, había extrañado mucho a su amiga. Muchísimo.

—Vale —soltó a regañadientes—. ¿Cuándo es?

-o-

Aunque la visita de Richard había sido muy bienvenida, también incluía la visita no tan bien recibida, de su tía Catherine. Darcy sabía que ella no había estado de acuerdo con su decisión de abandonar Oxford. De hecho, se lo había hecho saber a él mismo. Tanto, que él había dejado de contestar sus llamadas.

Pero ahora que estaba en la ciudad, no podía evitar tener que verla, aunque fuera para cenar con ella una vez. Al menos estaría Richard ahí.

Lo había citado a un comedor privado en el mejor hotel de la ciudad. Al llegar ahí, un mozo bien vestido le abrió la puerta. Nunca en su vida el joven se había sentido más observado por alguien.

—¿Qué busca, caballero? —le preguntó el hombre. Darcy estaba seguro que la mueca en su rostro era de desaprobación, aunque se había esforzado en vestir bien.

—Vengo a ver a Lady Catherine de Bourgh. Soy su sobrino.

Ante esa respuesta, el hombre cambió su actitud inmediatamente. Con un gesto solícito, le indicó que lo siguiera a través del restaurante, hasta llegar a una habitación separada del comedor principal.

—Lady Catherine, su sobrino está aquí —lo anunció, antes de cerrar la puerta tras las espaldas del joven.

—Buenas noches, Fitzwilliam —lo saludó su tía, con tu estiramiento habitual—. Me alegra que no hayas perdido tus buenas costumbres, aún después de vivir como un pordiosero. Has llegado a tiempo.

Darcy se mordió el labio antes de contestar. Tenía que cuidar sus palabras delante de su tía, no era una de esas personas a las que uno quisiera enojar. Richard había llegado antes que él, y estaba sentado en la mesa mientras revisaba su teléfono. Al ver a su primo, le sonrió a modo de saludo. Darcy respiró hondo y devolvió el saludo a su tía.

—Buenas noches, tía Catherine.

Su tía seguía igual que siempre, seca como el palo de una escoba, con el cabello en un peinado tirante que dejaba en claro que no tenía ni una sola cana. Sus anteojos alargados le bailaban en el puente de la nariz.

Por supuesto, estaba acompañada por su inseparable perro, un chihuahua tembloroso y con una tendencia a ladrar en los peores momentos, además de considerar al mundo como su baño personal. Darcy no tenía buenos recuerdos de Kinny, como se llamaba el animal. Incluso sospechaba que su prima, Anne, tampoco le tenía mucha simpatía al chucho. Ahora ella estaba en un internado en Suiza, que prometía hacer maravillas con su posición social. La tía Catherine había insistido en que Georgie también tenía que ir, pero los señores Darcy se habían negado, aduciendo que querían que su hija tuviera una vida normal.

Por supuesto, a Lady Catherine eso le parecía una estupidez.

—He invitado a algunos jóvenes. Uno de ellos es mi contador. No es demasiado brillante, pero es leal y quiere agradar…

La explicación de la mujer se detuvo, porque otro mozo estirado acababa de abrir la puerta del comedor. Darcy se dio media vuelta para ver quiénes eran los invitados. Se quedó helado al reconocer a Lizzie, junto con su amiga… ¿Charlotte? Y las acompañaba un joven muy pomposo al que recordaba haber visto alguna vez en el edificio. Nunca hubiera supuesto que era amigo de Lizzie. No parecía el tipo de personas con las que ella se juntaría.

—Buenas noches, Lady Catherine. Lamento haberla hecho esperar, pero me imagino que ya entiende que no es posible apurar a las mujeres.

Darcy vio que Lizzie alzaba una ceja. Al parecer, el comentario no le había hecho ninguna gracia. Se veía distinta a su aspecto habitual, con un vestido de flores y el cabello en un peinado relajado.

—Permítame presentarle a mi novia, Charlotte Lucas. Y a su amiga, Elizabeth Bennet.

La señora de Bourgh miró a las dos jóvenes, frunciendo ligeramente el ceño.

—Ya veo. ¿Pariente de los Bennet de Lincolnshire? —inquirió mirando a la segunda.

—No lo creo… Mi familia es de Herfordshire —replicó ella.

La mujer chasqueó la lengua, pero antes de que pudiera decir algo más, Richard se levantó para presentarse. Con una de sus habituales sonrisas encantadoras, invitó a Lizzie a sentarse junto a él.

—Supongo que no conocen a mi sobrino —añadió lady Catherine antes de que ninguno pudiera moverse—. Fitzwilliam Darcy.

El joven se dio cuenta de que Lizzie no lo esperaba ahí, porque al escuchar su nombre alzó ambas cejas.

—Creo que nos hemos visto alguna vez —dijo ella, mirándolo desafiante.

—¿Ah, sí? Es bueno conocer al círculo de amistades de mi sobrino —respondió Lady Catherine, mirando a la chica de pies a cabeza. Para cualquiera que la conociera un poco, sabría que esa mirada no quería decir nada bueno—. ¿Qué estamos esperando? ¡A sentarse!


Pues, el enfado le duró poco a las dos. Pero es lo que pasa con las mejores amigas, que no resisten estar peleadas. Al menos yo no puedo permanecer peleada con ella (bueno, también es que ahora nos vemos poco y no peleamos nunca). Así que Lizzie y Charlotte han arreglado en algo las cosas.

Y apareció Lady Catherine. Igual que a Collins, me encanta escribirla. Es tan gracioso reírse de ella.

Espero que les haya gustado.

¡Hasta el próximo capítulo!

Muselina