Disclaimer: Los personajes son de Jane Austen. Yo sólo juego con ellos un rato.
Otra vez algo tarde, pero aquí está. Necesitaba hacerle justicia a la escena, así que me costó bastante llegar a algo que me gustara. Pero aquí está.
Muchas gracias a yeyuperez, imaginandohistorias y Molita por sus reviews en el último capítulo. Especialmente a esta última, que vio la referencia a LBD. ¡Puntos para ella!
Y gracias a todos los que leen desde las sombras. Sé que están ahí, aunque no digan nada.
Canción recomendada: "Money, Money, Money" de ABBA.
Chocolate y café amargo
Capítulo 27
Interrogatorio
—¿Practicas algún deporte, Elizabeth?
Lizzie se quedó con el tenedor a medio camino de su boca abierta. Durante toda la noche no había hecho más que tragarse impertinencia tras impertinencia de esa mujer insoportable. Le había preguntado acerca de su familia —y estaba segura de que no le había gustado lo que había escuchado—, de su familia —más de lo mismo—, y de su universidad —había parecido impresionada por su licenciatura, pero no había hecho comentarios—. Era como si la estuviera interrogando para un juicio o algo así.
Podía creer perfectamente que esa mujer fuera familiar de Darcy, con su arrogancia y esnobismo galopante. Al parecer, les venía de familia.
—No —replicó, sabiendo que era lo que la mujer deseaba oír. Una razón más para declarar que Lizzie no era una mujer tan desarrollada como ella y su familia. Aunque a juzgar por el aspecto de esa mujer, no practicaba lo que predicaba.
—Deberías, querida. Una mujer, hoy en día, debe ser capaz de cumplir en todas las disciplinas posibles y el aspecto físico es algo que no debe descuidarse. Como decían los romanos: mens sana in corpore sano. Si mi Anne tuviera mejor salud, la haría hacer todos los deportes posibles. Por suerte, ella tiene una buena familia que la respalde, lo que podrá cubrir esas faltas en su preparación. No todas las jóvenes tienen esa suerte.
Collins asintió, ansioso, mientras que Charlotte le dirigió una sonrisa de disculpas a su amiga. Lizzie se obligó a morderse el labio para no contestar una brutalidad. Para colmo de males, la habían hecho sentarse junto a Darcy, que estaba haciendo gala de su habitual encanto y no había dicho ni media palabra en toda la cena.
Al menos su primo, Richard, parecía simpático. En las pocas ocasiones en que su tía lo había dejado articular una palabra había hecho comentarios agradables y preguntas acerca de la vida de la ciudad. No con el tono pedante y prejuicioso de su tía, sino con uno que demostraba que le importaba lo que Lizzie pudiera decir. Y eso siempre iba a ser algo mucho más agradable que cualquier otra cosa.
—Collins me comentó que escribes, Elizabeth. —La señora de Bourgh estaba volviendo al ataque—. ¿En qué revistas has publicado?
—En ninguna grande —contestó la aludida—. Sólo en algunas locales.
—Ya veo —dijo la mujer, apretando los labios—. ¿Saben? Lo que le falta a su generación es ambición. No hay nada más importante que eso, especialmente cuando no se ha nacido con todas las ventajas en la vida. Querida, si quieres probar tus fuerzas en una revista de verdad, siempre puedes comunicarte con la London Magazine (1). Di que vas de mi parte y seguro que le darán algo de atención a tus manuscritos.
Lizzie se las arregló para hacer un gruñido que no la comprometiera demasiado. Ni aunque estuviera en peligro de muerte aceptaría un favor de esa mujer. Prefería morirse de hambre por el resto de su vida.
—Seguramente los querrán ver, tía —dijo Darcy, para sorpresa de Lizzie, que se quedó mirándolo como si el chico se hubiera transformado en un extraterrestre—. Lizzie escribe muy bien y sus columnas tienen éxito.
¿Alguna vez había leído algo suyo? La chica no podía creer lo que acababa de escuchar. Porque, en su limitada experiencia, estaba segura de que Darcy odiaba a todo el mundo. Y a ella en particular, claro estaba. En las últimas semanas, la chica había terminado por convencerse de que Darcy le tenía casi algo de asco.
—Siempre he creído que los jóvenes deben aprender de sus mayores. —Aunque Lizzie se había desconectado ligeramente de la conversación, la mujer seguía hablando—. Especialmente en temas como en los negocios. El olfato comercial no es algo que se aprenda en una sala de clases, es algo que sólo se puede aprender haciendo. Por ejemplo, ahora con esa vieja fábrica que tienen por aquí. El terreno es perfecto para construir un edificio de departamentos, que generaría muchísimos intereses, considerando que hay mucha gente que quiere trasladarse a este lado de Liverpool, aunque me cuesta entender por qué. En fin…
El tenedor de Lizzie resonó contra su plato, interrumpiendo a la señora de Bourgh, que la miró por encima de los anteojos que llevaba, ovalados y con marco rojo.
—Lo siento —murmuró la chica, consciente de que todas las miradas estaban sobre ella—. Me dio hipo… —inventó a la rápida.
—Lo mejor para el hipo es beber agua directamente de la llave. Era un secreto de mi madre, que me lo enseñó cuando pequeña.
—Estupendo, entonces iré al baño —masculló rápidamente Lizzie, previendo que avecinaba otro discurso grandilocuente y agradeciendo tener una excusa para desaparecer por unos momentos. Era una pena que Jane no hubiera podido ir, porque seguro que todo se le habría hecho mucho mejor. Quizás a la señora de Bourgh no le hubiera dado por ensañarse con ella, por ejemplo.
El baño era amplio y estaba bien decorado, a tono con el resto del hotel. Incluso había una banquita en la que se sentó para revisar su teléfono.
Aún no había recibido un mensaje de Wickham. Desde la noche de la recaudación de fondos, el joven había desaparecido prácticamente de su vida. Lizzie estaba convencida de que era para mejor, aunque no dejaba de sentir un gustillo amargo por la forma en que todo había acabado. Nunca le habían gustado las cosas así.
Se miró al espejo. Parte del delineador se le había corrido, por lo que tenía un manchón oscuro en la comisura del ojo. Con un poco de papel higiénico se limpió la mancha. Al menos la señora de Bourgh no podría criticarla por eso.
No le sorprendía para nada que ella fuera una de las inversionistas que querían comprar la fábrica. Seguro que pensaba que las artes eran algo inútil, cosa de ociosos quienes no hacían nada mejor con su tiempo. Sólo recordar el asunto la hacía sentir furiosa, pero por supuesto que no podía ponerse a gritarle a la mujer, por muy desagradable que fuese.
Suspiró hondo y se preparó mentalmente para regresar a la mesa. Seguro que Darcy estaba disfrutando con todo eso. No le sorprendería que sacara palomitas para ver cómo su tía se encargaba de ella.
¿Qué había estado pensando cuando aceptó la invitación? Collins llevaba semanas hablando de esa mujer, y Lizzie estaba segura de que había mencionado a su empleadora al menos unas doscientas veces desde que había llegado. Su intuición le había dicho que nadie que fuera capaz de contratar a Collins debía ser una persona demasiado agradable, pero no había seguido a su estómago y estaba pagando las consecuencias.
Finalmente, se decidió a salir del baño. En cualquier momento la señora de Bourgh era capaz de aparecer para enseñarle a lavarse las manos correctamente o cualquier otra cosa. Esa mujer tenía una respuesta para todo y una forma mejor de hacer las cosas.
—Vaya, pensaba que te habías ido al Ministerio de Magia. —Fue lo primero que escuchó al abrir la puerta del baño. Lizzie alzó las cejas al encontrarse con Richard ahí—. Vine para ver si estabas bien. Sé que mi tía es algo complicada, pero uno se acostumbra a ella.
—¿Ah sí? —dijo ella bruscamente, sin siquiera pensarlo demasiado. Al segundo de haberlo dicho, se arrepintió. ¿Y si él pensaba que se estaba burlando de su tía?
—Bastante. Pero es algo de la familia, somos todos un poco así —respondió él, sonriendo—. Pero eso no nos hace malas personas. Mi tía sólo busca ayudar… a su manera, claro. Por cierto, ¿cómo va todo con mi primo aquí?
—¿Estás seguro de que quieres que te responda a eso? —inquirió Lizzie, divertida. Al contrario que su primo, Richard sí que parecía tener algo de sentido del humor. Algo que nunca estaba de sobra, si le preguntaban a ella.
—Vamos, no puede haber sido tan terrible.
—Es algo callado. Y prefiere no mezclarse mucho con los demás. Pero verás que no es un mal tipo.
—Ajá —masculló Lizzie, esperando que esa respuesta no la comprometiera. Por simpático que pareciese, seguía siendo primo de Darcy. Además, a la mayoría de las personas no les gusta oír hablar mal de su familia.
—¿De qué hablan? —preguntó la señora de Bourgh al verlos entrar al reservado.
—Nada, tía. Le preguntaba a Lizzie que es lo que hacen aquí para divertirse —replicó él, mientras apartaba la silla de Lizzie para que se sentara—. Lizzie aquí me estaba contando que hay algunos bares entretenidos.
—Richard, espero que recuerdes que estamos en esta ciudad para trabajar, no para divertirnos. Ése es el problema con su generación, buscan la diversión antes que el trabajo duro.
Así, la mujer se lanzó en otro de sus inspirados discursos sobre el trabajo duro y la importancia del esfuerzo para surgir en la vida. Por supuesto, ella nunca se había manchado las manos. Eso era para gente que no había nacido con sus privilegios. Pero ella sí que trabajaba duro, claro que sí.
Lizzie se moría de ganas de empezar a interrogarla acerca del sueldo de sus empleados, sus horas laborales y mucho más, pero decidió no hacerlo. Bastante le había costado hacer las paces con Charlotte, no iba a arruinarlo todo. Para ella era importante, así que tenía que actuar como una buena amiga.
Aunque eso significara morderse la lengua ante alguien tan irritante como esa mujer.
Agradeció a todos los cielos cuando los mozos llegaron con los postres. Mientras la señora de Bourgh monologaba —con algunas aportaciones irrelevantes, cortesía de Collins—, Lizzie se dedicó a comer. No recordaba la última vez que una cena se le había hecho así de larga. Ni siquiera las de Navidad junto a sus padres, y eso que su madre se las arreglaba para preguntarles acerca de sus vidas románticas al menos medio millón de veces.
Finalmente, la mujer se decidió a pedir la cuenta, que se la cargaron a su habitación. Se despidió de Lizzie y Charlotte diciéndoles que había sido un «gusto» tenerlas ahí, aunque Lizzie dudaba bastante acerca de eso último.
—Yo alojo aquí, creo que lo mejor será que tomen un taxi, queridos. Si necesitas dinero, Fitzwilliam, puedes pedirlo.
—No te preocupes, tía Catherine. Lo tengo cubierto. Además, Lizzie también vive en mi edificio, podemos caminar.
—Siempre serás testarudo, chico. Debe venir de la familia de tu padre.
Lizzie estuvo a punto de echar una carcajada. Al parecer, ni siquiera la propia familia se salvaba de las agudas palabras de esa mujer. Por suerte ella no tenía parientes así. Sus tíos podían ser ruidosos e irritantes a ratos, pero al menos eran amables con todos. Y no tenían esa actitud prepotente que era imposible de soportar.
—Buenas noches, tía —le dijo el joven, cogiendo el abrigo de Lizzie del perchero de la entrada del local y ayudándola a ponérselo, sin siquiera preguntarlo. La chica se quedó mirándolo ligeramente extrañada, porque el gesto era lo menos Darcy que había visto en su escasa relación. Pero no dijo nada. Bastante incómoda había sido la cena como para añadirle más tontería.
—¿Les parece si mañana salimos a ver algo? —sugirió Richard, una vez que su tía estuvo lejos de ellos. Por el rabillo del ojo, Lizzie pudo ver que estaba dándoles instrucciones a Charlotte y Collins; a juzgar por la cara de su amiga, la jefa de su novio les estaba hablando de alguna cosa aburridísima. Seguro que algo que ver con sus negocios.
—Por mí, vale. Podemos invitar a Jane —añadió, mirando de reojo a Darcy. Quería ver si había alguna expresión que delatase su involucramiento en lo sucedido entre Jane y Bingley. Pero nada.
Ese tipo era imperturbable.
—Sí, claro. No veo por qué no. —Fue lo único que dijo, encogiéndose de hombros.
Lizzie apretó los labios. Ella estaba segura de que ahí había algo podrido y estaba decidida a desenmascararlo. Lo que necesitaba descubrir era cómo hacerlo. Darcy no podía hacerse el hombre de piedra por siempre. En algún momento tendría que mostrar emoción. O lo que fuese que él entendiera como eso.
Y ella estaría ahí para desenmascararlo.
(1) Revista literaria establecida en Londres, como su nombre lo indica. Se empezó a publicar en 1732 y es una de las más importantes del rubro.
Hay que decirlo: lady Catherine es genial para escribir de ella. Yo es que me la imagino hablando y me parto de la risa. Lo mismo que me pasa con lady Bracknell de La importancia de llamarse Ernesto (es una obra de Oscar Wilde, si no la han leído, hagánlo); las dos son tan ridículas que son graciosas.
¡Hasta el próximo capítulo!
Muselina
