Disclaimer: Los personajes son cosa de una tal Jane Austen.

¡Hola! FanFiction no me dejaba subir esto, así que tuve que ponerme creativa. Menos mal que logré editar un documento con el capítulo de hoy. A ver si esto resulta. Ahora mismo me estoy consolando porque no puedo ver los Tony y el éxito de Lin Manuel Miranda con Hamilton (si no lo han escuchado, corran a buscarlo, porque es oro puro). La vida es dura. #ProblemasDelPrimerMundo

Como siempre, muchos agradecimientos a Molita, Mimi Hyuga, Gisee H, Las Letras de Anna y Proud Vegetable por sus reviews en el capítulo anterior. Lo mismo para quienes han añadido esta historia a sus favoritas o la han seguido. Y a quienes leen desde las sombras, porque suben las visitas de la historia.

Canción recomendada: "Ticket to Ride" de The Beatles.

Chocolate y café amargo

Capítulo 32

Trenes

Lydia iba a volverla loca.

Lizzie estaba completamente segura de eso. No sólo porque era una bola de energía concentrada —aunque era más alta que Lizzie, por lo que quizás «concentrada» no era el adjetivo adecuado—, pero también porque era capaz de salir todas las noches sin mayores efectos en su ánimo al día siguiente.

Cómo lo hacía, era un misterio para todo el mundo. Especialmente para Lizzie, que siempre había sido de sueño temprano. O más bien, prefería quedarse en casa a salir a bailar todas las semanas. Podía hacerlo de vez en cuando, pero no era ni de lejos su panorama preferido. Mejor un bar en el que pudiera estar tranquila con sus amigos.

—¿A dónde podemos ir hoy?

Lizzie arrugó la nariz, apoyada en el mesón de la cocina. Ese día tenía el turno de la tarde en el café, pero Lydia la había hecho levantarse antes. Ese día llegaba Jane, después de su gira con la compañía.

—No sé. Tengo el último turno en el café.

—Bueno, podemos vernos allá. Ya sé moverme en Liverpool, ¿sabes?

Su hermana alzó una ceja, dudando de la veracidad de las palabras de Lydia. La chica siempre había sido una cabeza loca, por lo que esperar que se moviera en una ciudad como Liverpool, cuando estaba acostumbrada a moverse por un pueblo pequeño como lo era Meryton.

—Lyds, no sé si quiero salir esta noche.

—Vamos, George dijo que tocará esta noche.

Eso era el colmo. Desde que Lydia había aparecido en la ciudad, Wickham se acercaba a ellas siempre que podía. Normalmente se sentaba junto a Lizzie e intentaba abrazarla por la cintura o pasarle el brazo por los hombres, a pesar de que ella se rehusaba a aceptar esos gestos de intimidad.

¿Y de verdad iba a tocar esa noche? De las cosas que Lizzie había aceptado sin dudarlo un momento de la carta, las letras de Wickham eran la más probable. Tenía que haber una razón por la que no hubiera aceptado ayudarla en la recaudación de fondos; no tenía nada nuevo que ofrecer. Porque no escribía sus propias canciones.

Tenía sentido, aunque le hubiera costado aceptarlo.

¿Cómo se sentiría Darcy al escuchar nuevamente sus canciones en el bar? Aunque no sentía demasiada simpatía por el joven, sí se imaginaba perfectamente lo que podía ser haber perdido su trabajo. Si alguien se hubiera robado algo en lo que ella hubiera trabajado mucho, estaría más que indignada.

—No sé si quiero escucharlo, la verdad.

—¿Por qué? Pensé que te gustaba.

—¿George?

—No, su guitarra —replicó Lydia con una mueca—. Claro que él. Por algo lo llevaste a casa en Navidad, ¿no?

—No lo sé.

—¿Cómo no lo sabes? Cuando a una le gusta alguien, lo sabe. Estaban saliendo, ¿no?

—Era algo casual —bufó Lizzie, enterrando la nariz en su taza de té.

—Lizzie: casual y tú no suelen ir en la misma oración. Al menos no sin un gran «NO» en medio.

Lizzie puso los ojos en blanco y declinó emitir comentarios. No iba a discutir con Lydia acerca de sus relaciones. Dudaba mucho que pudiera sacar algo en limpio entre las tonterías que seguramente iba a decir. Su hermana nunca había demostrado tener demasiado sentido común.

Antes de Lydia pudiera seguir interrogándola acerca de Wickham, la puerta del departamento se abrió, mostrando a Jane junto a su maleta con flores. Lydia saltó sobre ella para saludarla. Siempre había sido muy efusiva para expresar sus sentimientos.

—¿Cómo estuvo Londres? ¿Y el resto de la gira? ¿Me trajiste algo? —inquirió mientras la ayudaba a entrar al departamento. Jane se dejó caer en el sofá de la sala, sin demasiadas ceremonias.

—Tranquila, mujer. Dame unos minutos.

—¿Eso quiere decir que me trajiste algo? —preguntó Lydia con una sonrisa encantadora.

—Lydia, quieta —bromeó Lizzie acercándose a Jane para darle un abrazo de bienvenida. Estaba feliz de tener a su hermana de vuelta con ella, especialmente si se suponía que tenían que hacerse cargo de la loca de su hermana menor.

—No seas tonta, Liz. Lydia es un encanto.

—Genial. Especialmente porque ahora te toca a ti cuidarla.

—¡No necesito que me cuiden! —protestó la aludida cruzándose de brazos y echándose sobre el sillón frente al sofá.

—Ya, seguro.

—¡Tengo diecisiete años!

—Y te olvidas de que no debes beber más de la cuenta.

—No lo olvido. Sólo bebo lo que tú no estás tomando.

—¿Es necesario que discutan por todo? —preguntó Jane—. Por favor, acabo de llegar. ¿No pueden darme un par de horas?

Lizzie suspiró. En ese momento, su teléfono comenzó a sonar. El número en la pantalla no estaba en sus contactos. Con el ceño fruncido, tocó la pantalla para contestar.

—¿Aló? —inquirió mientras se levantaba y alejaba un poco de sus hermanas.

—¿Elizabeth Bennet?

—La misma.

—Hola, soy Harry Odom, de la revista Corchea. —Lizzie arrugó la nariz, era una revista especializada en música indie, radicada en Liverpool—. Te llamamos porque hemos leído las cosas que escribes y queremos hacerte una oferta.

—¿Sí?

—Supongo que has oído del Festival Goodsbury en Londres.

—Sí, claro.

—Bueno, queremos que lo cubras para nosotros. Empieza la próxima semana y te pagaremos por el artículo y todos los gastos allá. Hotel, alimentación, todo eso. También necesitaremos pequeñas notas para nuestro sitio web, y te las pagaremos cómo corresponde.

Por un momento, Lizzie esperó que la voz al otro lado del teléfono le dijera que se trataba de una broma. Hacer un reportaje así era un sueño hecho realidad. Y en una revista que tenía circulación nacional… era algo totalmente increíble.

—¿Elizabeth? ¿Crees que puedas hacerlo?

—Sí, claro. Por supuesto.

Tendría que conseguir a alguien que la reemplazara en la cafetería, pero seguro que no sería un problema.

—Estupendo. ¿Por qué no te pasas por nuestra oficina mañana para que veamos los detalles? Es un gusto tenerte a bordo, ¿sabes?

—Gracias a ustedes —fue lo único que atinó a decir la joven—. Nos vemos mañana, entonces.

—Por supuesto.

—Adiós.

Sus hermanas la estaban mirando con los ojos abiertos de par en par. Lizzie les sonrió y levantó los pulgares para decirles que todo estaba bien.

-o-

Su exhibición en la galería londinense había sido un éxito. Y no sólo eso, había realizado reuniones con distintas editoriales para trabajar como ilustrador en libros infantiles. Siempre había querido hacerlo, pero nunca había estado seguro acerca de cómo entrar a esa industria. Ahora, Bingley tenía todo en sus manos para cumplir sus sueños.

Pero no podía evitar sentirse un tanto incómodo al respecto. Sus padres estaban orgullosos de él y su trabajo, aunque siempre le habían mostrado su apoyo. Al menos ahora su hijo estaba teniendo éxito que pudieran ver.

Nunca había sido como su hermana, que siempre había sido la que hacía lo que la familia esperaba. Cuando Bingley había elegido Artes, en lugar de algo más tradicional, sus padres se habían sorprendido mucho. Siempre habían esperado que eligiera Administración o Derecho. Arte no era una carrera lucrativa.

Aunque ahora estaba pareciendo más una forma de ganarse la vida.

Sin embargo, la vida en Londres lo estaba agotando. Siempre en reuniones, o en la galería. Incluso lo habían llamado para hacerle una entrevista para una revista de artes visuales, en la que lo habían llamado un «genio de la ilustración». Él no creía merecer el epíteto, pero ahí estaba en letras de imprenta.

—¿Pasa algo, cariño?

Como sus padres vivían en Londres, estaba alojando en su casa. Era absurdo irse a un hotel en la misma ciudad. Sin embargo, su habitación de adolescente le empezaba a parecer extraña. Después de todo, hacía años que no vivía ahí. Primero en St. Andrews y después de Liverpool, llevaba años viviendo en distintas ciudades. Los afiches de sus bandas favoritas de los diecisiete años, las fotos con sus compañeros de clase y otras cosas que llevaba años sin ver. Incluso la mesa que usaba como escritorio, que siempre había estado llena de cosas, ahora volvía a estarlo con sus cosas de negocios. Todo le parecía muy ajeno. Probablemente porque ahora era otra persona, muy diferente al adolescente que había sido en esa época.

Entre las cosas buenas que tenía estar con sus padres, era que podía hablar con ellos cuando lo necesitara. Sin embargo, tenía el inconveniente de que aún no entendían que a veces necesitara un poco de espacio, como su madre, que entraba a su habitación sin preguntar de vez en cuando.

—No, mamá. ¿Qué crees que puede pasar? —preguntó él con una mueca. Estaba acostado de espaldas en su cama.

—¿Seguro? No tienes cara de sentirte bien —insistió su madre con expresión preocupada.

—Puede que me duela un poco la cabeza —musitó él, encogiéndose de hombros. Por supuesto, esas palabras no iban a servir para que su madre lo dejara en paz y se dio cuenta demasiado tarde. Error número uno de esa tarde.

—¿Quieres algo?

—Estoy bien. Sólo necesito descansar un poco.

—Normal, en estos dos meses has estado muy ocupado —dijo su madre, sentándose en la cama junto a él y obligándolo a moverse más contra la pared—. Por cierto, ¿no sabes hasta cuándo te quedarás aquí? Ya sabes que tu padre y yo siempre estamos contentos de tenerte aquí, pero seguro que tienes que volver a Liverpool. ¿No habías comentado que Darcy no debía estar solo?

Charles sonrió ligeramente. Su madre siempre había tenido un rincón en su corazón para su amigo, a pesar de que éste fuera un tanto gruñón y taciturno. Para la señora Bingley, todos los amigos de sus hijos eran un poco como hijos putativos. Y se preocupaba por ellos.

—Cuando me fui, estaba mejor que antes, la verdad.

—Ya. Me alegro, la verdad. Ese chico necesita sonreír más.

—Mamá, esa es la obviedad del año.

—Nos estamos desviando del tema, ¿no? ¿No hay más razones que tengas para volver a Liverpool? ¿Una chica o algo así? Sabes que puedes contarme lo que sea, ¿no? —Su madre estaba usando el tono que usaba cuando intentaba que sus hijos le hicieran alguna confidencia.

—¿Caroline te ha dicho algo? —preguntó él, incorporándose en la cama. Su madre le sonrió, divertida. Una vez más, Charles había dicho más de lo que esperaba.

—No, nada. Pero estabas más melancólico de lo habitual, cariño. Y contigo es fácil sumar dos y dos, todo sea dicho.

Por supuesto. Su madre tenía un sexto sentido para detectar todo lo que le sucedía a sus hijos. Algo así no iba a ser una excepción. Por supuesto que no.

—Entonces sí, hay una chica —comentó su madre sonriendo—. ¿Cómo se llama?

—No quiero hablar de ella.

No, de verdad no quería hacerlo. Lo que había pasado con Jane era algo demasiado privado, incluso para conversarlo con su madre a esa hora.

—¿Por qué? ¿Qué pasó?

—No estoy seguro —musitó el joven apartando la mirada. A pesar de lo que le había dicho Darcy, no estaba seguro de nada. No había hablado con ella acerca de lo que su amigo le había contado. Por alguna razón, sentía que necesitaba hacerlo.

—Ya veo. ¿Por qué no vuelves y hablas con ella? —sugirió su madre, que evidentemente había decidido que hacer más preguntas al respecto era una mala jugada en esos momentos y estaba intentando hacer algo con la poca información que tenía en esos momentos.

—La exhibición aún no termina y tengo reuniones con editoriales y autores en las próximas tres semanas —replicó él con una mueca—. Pero quiero volver y hablar con ella. Creo que lo necesitamos.

—Si eso crees, lo más seguro es que tengas razón, querido —respondió su madre con una sonrisa encantadora—. Estas cosas es mejor hablarlas directamente.

—Sí, eso creo.

—¿Es guapa? —preguntó su madre en tono de complicidad.

—¡Mamá!

Definitivamente, esa conversación no quería tenerla con su madre. Al menos no en esos momentos.

—Es sólo una pregunta, querido. Seguro que es una chica encantadora.

—Lo es —musitó él, tanto para beneficio de su madre como de sí mismo.


Ahora mismo, Darcy (mi perro, para quienes se hayan saltado las notas de los capítulos anteriores) está cómodamente tirado junto a mi cama. Muy feliz y olorosito porque le ha tocado su primer baño. Tiene toda la pinta de que va a dormir aquí, la verdad. Es un regalón.

Por lo demás, ahora tenemos un poco de transición, porque Lizzie tiene que salir de Liverpool. ¿Será la única que estará en Londres? Por supuesto que no, pero vamos... un poquito de misterio. Por mi parte, me voy a seguir leyendo Far from the Madding Crowd de Thomas Hardy. Si les gusta la literatura del siglo XIX, es un estupendo libro. Y la mejor forma de empezar con Hardy, que suele ser MUY deprimente.

¡Hasta el próximo capítulo!

Muselina