Disclaimer: Los personajes no son míos, los tomé prestados de una señora de la Regencia. ¿La conocen?

Ayer, entre el partido (final de la Copa América: Chile vs. Argentina. Ganó Chile, ¡yaaay!) y el final de temporada de Game of Thrones, no tuve tiempo de terminar o revisar el capítulo. Y por supuesto, cuando iba a subirlo hoy, mi internet falló. Pero ahora está funcionando, así que me apresuraré en subirlo antes de que se caiga de nuevo.

Como siempre, agradecimientos a quienes han dejado reviews: Cesy Casas (yo también quiero releer el libro), Proud Vegetable, , EliMustang, Las letras de Anna, e in love with darcy. Sus palabras me animan a seguir escribiendo. Y gracias también a quienes agregan la historia a sus favoritos/follows, y a quienes lean en las sombras.

Y ahora, el capítulo de esta semana.

Canción recomendada: "We build this city" de Starship.

Chocolate y café amargo

Capítulo 34

Londres, parte 1

A las once de la mañana, Lizzie escuchó el timbre de la casa de sus tíos. Normalmente a esa hora hubiera estado en pijama, quizás viendo televisión en la salita de su departamento. Pero sus tíos tenían una rutina con los niños y no quería ser quien la desordenara. Así que llevaba un buen rato levantada y lista para el día.

Aunque era un tanto extraño, se había preocupado de lo que se ponía. No había llevado demasiada ropa a Londres, pero tenía un vestido de verano que seguramente sería bueno para ese día primaveral. Negro con estampado de pequeñas flores, muy sencillo. También llevaba botines cómodos para caminar. No tenía idea a dónde la llevaría Darcy.

—Hola —la saludó Darcy cuando ella abrió la puerta. Llevaba jeans y una camisa a cuadros con las mangas recogidas. Parecía más relajado de lo que ella lo había visto nunca. Su tía, detrás de ella, sugirió que el joven pasara mientras Lizzie iba a buscar sus cosas a la habitación de invitados que ocupaba—. ¿Lista para pasear?

—No es primera vez que vengo a Londres, ¿sabes? —le recordó ella, ladeando la cabeza—. Creo que no tienes que preocuparte sobre si me gusta o no la ciudad.

—No, claro.

—Vuelvo en un momento.

¿Qué estaba a punto de hacer? Durante meses, Lizzie no había tolerado la presencia del chico. ¿Y había aceptado salir con él? A lo mejor hubiera tenido que pensarlo durante unos momentos para darse cuenta de lo absurdo que era lo que estaba haciendo. Pero él la había tomado por sorpresa.

Y aunque le doliera reconocerlo, estaba la carta. Aunque ninguno la había mencionado, Lizzie sabía perfectamente que era algo que estaba entre ambos. Después de todo, él había dejado ver cosas que ella nunca había imaginado de su parte. Un lado mucho más compasivo. Un lado más vulnerable.

Un lado que le gustaba sin poder evitarlo.

Jane era mucho mejor con eso de los sentimientos que ella. Sacudió la cabeza y cogió su bolso de encima de la cama, junto a una chaqueta liviana. El clima londinense no la engañaba y por mucho que estuviera en plena primavera, no iba a caer.

En el primer piso, Darcy estaba sentado en la sala junto a su tío, que leía el diario y hacía comentarios. El joven no parecía particularmente cómodo, pero al responderle lo hacía con cortesía. En otros momentos, seguro que habría respondido con más sequedad. Al ver a Lizzie, se levantó y le sonrió.

—¿Lista?

—Lista —respondió ella, sintiéndose repentinamente más segura en su decisión.

—Pásenlo bien, queridos —dijo la tía Gardiner mientras los dos se dirigían a la puerta—. Recuerda no volver muy tarde, Lizzie —añadió con un tono divertido. Por supuesto que Lizzie, a su edad, no tenía una hora de llegada.

Afuera, el día estaba precioso. A pesar de la lluvia de la noche anterior, había amanecido despejado. Los dos caminaron hacia la estación de metro más cercana.

—¿A dónde vamos? —preguntó Lizzie tras pasar su tarjeta y atravesar el torniquete. Darcy se encogió de hombros, indicándole por la mano a qué línea debían dirigirse.

—No lo sé. Había pensado en ir a la National Gallery, la verdad. Hay una exposición nueva sobre los pintores impresionistas.

—Mis favoritos —musitó Lizzie, al tiempo que se subían al vagón del metro que acababa de detenerse frente a ellos.

—Me lo imaginé. Tienes la reproducción de El almuerzo de los remeros de Renoir en el living de tu departamento —comentó él—. Está frente al sofá, así que tuve mucho tiempo para verlo.

Lizzie lo miró con extrañeza. ¿De verdad él se había fijado en las cosas que colgaban en sus paredes? Aunque claro, era una reproducción grande. No era un mero detalle. Lo que pasaba era que estaba sobreinterpretando cosas. Sí, eso debía ser.

—Podría haberlo elegido Jane, ¿sabes? —Por supuesto que no lo había hecho, pero era una posibilidad. Después de todo, las dos compartían los espacios comunes.

—Creo que le dijiste a Caroline que la habías comprado en una tienda de segunda mano —respondió él, sin mirarla.

Así había sido. Lizzie siempre había tenido la impresión de que Darcy nunca prestaba atención al resto, ensimismado en sus pensamientos elitistas y egoístas.

—Por cierto… —el joven se detuvo y se llevó una mano al cuello—. ¿Te importa si se nos une alguien?

—¿Quién? —A Lizzie no se le ocurría quién podía ser esa persona. ¿Charles? ¿Quizás Caroline?

—Mi hermana. Le dije que nos juntáramos en el Museo. Tiene muchas ganas de conocerte.

—¿Por qué?

—Ni idea. Mi hermana es estupenda, pero la mayor parte del tiempo prefiero no preguntarle sus motivos.

Lizzie lo miró de reojo. Darcy no había respondido su pregunta y lo sabía perfectamente. El punto no había sido por qué Georgiana quisiera conocerla, sino por qué sabía acerca de ella. Porque eso habría implicado que Darcy le había hablado de ella y eso era definitivamente absurdo.

Pero no dijo nada. Darcy siempre le había parecido una persona imposible de leer, pero ese día estaba más inescrutable de lo normal. Los dos siguieron su camino en metro en silencio. Aunque Lizzie no podía evitar mirar de reojo al joven, que apartaba la mirada apenas la veía haciéndolo.

¿Qué eran? ¿Adolescentes hormonados?

—Vamos, esta es nuestra parada —le indicó Darcy.

Afuera del metro, el día seguía soleado, aunque algunas nubes habían empezado a aparecer. Evidentemente, todo el mundo había decidido que era el mejor día para pasear por el museo, porque la entrada estaba llena de gente.

Junto a una de las columnas, una chica de cabello corto y negro estaba mirando su celular. Al levantar la vista, empezó a mover las manos con entusiasmo.

—¡Fitz! ¡Fitz! —gritó, antes de abalanzarse sobre ellos como un huracán, hablando a toda velocidad—. Oh, tú debes ser Lizzie. Mi hermano nunca me dijo que eras tan bonita, aunque la verdad es que es de lo más misterioso cuando se trata de ti. Menos mal que lo convencí de que me dejara venir con ustedes, porque me moría de ganas de verte…

—Lizzie, mi hermana Georgiana —la cortó Darcy con una mirada de advertencia dirigida a su hermana.

—Gigi, por el amor del cielo —bufó la chica—. No es culpa mía que nuestros padres hayan decidido honrar a una tatarabuela del lado de la familia con peor gusto para poner nombres. Es un placer conocerte, Lizzie.

—Lo mismo digo, Gigi —dijo Lizzie con un titubeo.

—No te apures en decirlo —masculló Darcy por lo bajo—. Aún puedes arrepentirte.

Lizzie se rió y Georgiana —que la sobrepasaba por al menos media cabeza— la cogió del brazo para entrar al edificio. Por el rabillo del ojo, Lizzie vio que Darcy sonreía ligeramente.

-o-

Como era de esperar, la exposición resultó ser una maravilla. Gigi era muy curiosa y se había pasado gran parte del tiempo preguntando acerca de los cuadros. Lizzie había tomado varios cursos de Historia del Arte en la universidad y pudo responderle algunas de las cosas. Aunque Gigi no era la única que escuchaba sus explicaciones. Más de una vez, Lizzie atrapó a Darcy mirándola con una sonrisa que nunca había visto en su rostro.

Y se encontró a sí misma pensando que Darcy debía sonreír más seguido.

—No sabía que fueras experta en Arte —comentó en un momento en que Gigi se alejó de ellos—. Sabes muchísimo.

—Siempre me ha gustado —respondió Lizzie, caminando hacia el centro de la habitación y dejándose caer en el banco que había ahí para que los visitantes descansaran—. Y mi profesora de Historia del Arte era estupenda. Era imposible no sentirse interesada cuando hablaba.

—Vaya. No recuerdo haber tomado electivos así en Oxford. Estaba pensando en otras cosas a esas alturas.

—¿Después de la Academia de Música? —Lizzie recordaba esa parte de la carta, acerca de la chica que lo había engañado. Aunque Darcy no lo había dicho con esas palabras, ella había entendido que le había roto el corazón.

No sabía si le hubiera gustado conocer a Darcy antes de eso. Tenía la idea de que era muy diferente, a pesar de todo.

—Básicamente —musitó él encogiéndose de hombros—. Estaba concentrado en terminar mi carrera y olvidarme de todo el asunto.

—¿Y? ¿La terminaste?

—No. Charles me convenció de acompañarlo a Liverpool y volver a mis raíces como músico. No sé si fue la decisión correcta.

—Bueno… si sigues de barman en Carter's, no sé si vas a volver a la música —replicó Lizzie rápidamente. Por un momento, sintió que eran las palabras equivocadas. Que después de todo lo que había pasado, ella no tenía ningún derecho a criticar cómo Darcy vivía su vida. Quizás se enfadaría con ella por entrometerse o algo.

—Buen punto. —Darcy esbozó una leve sonrisa—. Pero tengo que pagar el arriendo.

—Pero… ¿tus padres? —Por lo que Lizzie siempre había entendido, los Darcy tenían muchísimo dinero. Wickham se lo había dicho. Seguro que podían ayudar a su hijo con algunas cosas.

—Llevo años viviendo a costa suya. No quería seguir siendo una carga —respondió él, sentándose junto a ella—. Después de todo, no es culpa suya que yo haya sido un fracaso.

—No eres un fracaso —protestó Lizzie.

—Debatible —bufó él—. Pero gracias. Últimamente estoy escribiendo más música y todo eso.

—Me gustaría escucharlo.

Antes de que él pudiera decir nada, Gigi volvió a aparecer delante de ellos, sonriendo alegremente y dejándose caer en el espacio libre junto a Lizzie.

—Bueno, yo tengo que irme —declaró—. Tengo que ver unas cosas para la universidad y ya sabes. Lizzie, ojalá pueda ir a Liverpool pronto para vernos de nuevo.

—Claro, sería genial —respondió Lizzie, recibiendo los dos besos de la joven. Gigi se despidió de su hermano y se alejó por el amplio pasillo de la galería—. Tu hermana es todo un personaje —bromeó cuando ella desapareció de sus vistas.

—Sí. Deberías haberla visto cuando pequeña —se burló él—. No es broma, te juro que era literalmente un huracán hiperactivo —añadió.

—Bueno, es como mi hermana Lydia —comentó Lizzie.

—¿Esa es la chica que estaba pasando unos días con ustedes? Creo que la vi en el bar varias veces.

—Sí… —Lizzie no pudo evitar gruñir un poco al pensar en su hermana menor, que siempre la estresaba con sus locuras—. Se supone que no debe ir, porque tiene sólo diecisiete, pero creo que tiene una identificación falsa. O varias.

—¿Y tus padres la dejan?

—No creo. Pero Lydia es una fuerza de la naturaleza —dijo Lizzie—. Si Gigi te parece hiperactiva, Lydia es diez veces peor. De verdad, tiene la capacidad de atención de un cachorro de dos meses.

—Esa es una metáfora extrañamente precisa.

—Soy escritora, ¿lo recuerdas? —respondió la joven—.Las palabras son mi poder.

—¿Así lo ves? —inquirió él, mirándola con curiosidad—. Es… curioso. Yo solía pensar en la música como una especie de poder. O más que eso, un tipo de lenguaje que me permitía mostrar cosas que nunca habría podido decir de otra forma.

Lizzie asintió. Podía entender lo que él quería decir. Al escribir siempre le había parecido que era más libre que al hablar. Lo que era un tanto raro de pensar, pero no demasiado. Después de todo, era arte. El arte era para eso, ¿no?

—¿No tienes hambre? —preguntó él, dispersando el silencio que se había formado entre ambos, a pesar del murmullo generalizado de la gente que paseaba por la sala—. Sé de un lugar que tiene las mejores papas fritas del universo a un par de cuadras de aquí.

—¿Mejores que las de Hillside? —dijo ella, aludiendo a un lugar en el que solían ir a comer cuando Jane y Charles estaban saliendo, principalmente porque quedaba cerca del edificio donde vivían, pero también porque la comida era deliciosa.

—Sí —replicó él con una sonrisa, levantándose del asiento.

—Voy a tener que comprobar eso —asintió Lizzie, imitándolo—. Ya sabes, para tener a alguien imparcial para decidir.

—Por supuesto.


La única vez que he estado en Londres, tenía quince años y no pisé la National Gallery. Estaba viajando con unos amigos y en la semana que estuvimos ahí pasamos por más museos de los que nunca habíamos conocido. Así que nos saltamos ese (o como dijo uno de ellos, "lo dejamos para la próxima"). De eso han pasado casi diez años (sí, soy así de vieja) y espero poder resarcirme. Especialmente porque ahora sé muchísimo más de arte y puedo disfrutar más. En notas relacionadas, soy una persona muy estresante para acompañar en una visita al museo, porque me emociono mucho. Es cosa de preguntarle a mi señor padre cuando fuimos al Met en Nueva York. Casi lo mareé explicando las diferencias entre el neoclásico, el barroco y el impresionismo y fangirleando por encontrar un cuadro de Alphonse Mucha. Ups.

Por lo demás, este capítulo (igual que el de Navidad, tendrá segunda parte). Muajajaja.

Ahora, tengo que ir a leer un libro que se supone que debo reseñar en mi blog esta semana (estoy haciendo un ciclo de escritoras de ciencia ficción). Así que me largo, porque las doscientas páginas que me quedan no se van a leer solas. Por desgracia.

¡Saludos!

Muselina