Disclaimer: Los personajes no me pertenecen. Y no gano un peso por esto.
¡Otro capítulo! Como siempre, me gustaría agradecer a Molita, loremmac, Cesy Casas, Las Letras de Anna y Proud Vegetable por sus preciosos reviews desde el último capítulo. Como siempre, sus palabras me hacen sentir que escribo para alguien y no para el vacío. Y a quienes han agrago esta historia a sus favoritas o historias seguidas, o a quienes leen desde las sombras. Siempre es un placer.
Canción recomendada: "Little by Little" de Oasis.
Chocolate y café amargo
Capítulo 37
Poco a poco
Lydia se estiró en la cama. George estaba en su computador revisando algo. Como había estado durante los últimos días desde que habían llegado a Londres. Apenas la había mirado más que un rato durante las noches, cuando se metía en la cama con ella.
No era lo que ella esperaba. No era lo que ella había querido cuando él se había acercado a ella diciéndole lo guapa que era ni cuando le había sugerido que escaparan juntos a Londres. Ella lo había seguido porque la idea le parecía emocionante.
Estaba siendo un auténtico fracaso.
Gruñó y se levantó de la cama. Kitty le estaba dejando el teléfono lleno de mensajes, pero ella no le había respondido. George le había dicho que esto tenía que ser su secreto.
—¿De vedad dices que mañana saldremos a recorrer? Quiero ver ropa.
—Por milésima vez, preciosa, claro que sí. Ya te lo dije —respondió él, que seguía rebuscando en su computador.
Lydia arrugó la nariz y se dirigió a la pequeña cocina. Quería un vaso de agua antes de dormir. Pero antes de que llegara, tres fuertes golpes en la puerta de entrada resonaron en el departamento. Inmediatamente, George se levantó de su asiento frente al computador y se levantó en dirección a la puerta.
—¿Le has dicho a alguien dónde estábamos? —le preguntó a Lydia, que estaba frente a la puerta de entrada. Estaba susurrando, como si estuviera escondiendo su presencia al interior del departamento.
—No, para nada.
Más golpes en la puerta.
—Mierda —masculló él frunciendo el ceño.
—¡Wickham, abre la puerta de una maldita vez! Sé que estás adentro —dijo una voz desde el otro lado. Lydia pensó que la voz se le hacía conocida, pero no recordaba de dónde.
Sin embargo, parecía que Wickham sí que la reconocía. Su rostro se había puesto blanco y tenía los ojos abiertos como platos. Lydia dio un paso hacia adelante, para abrir la puerta de entrada.
—¡No! —susurró Wickham—. No se te ocurra abrir la puerta.
—¿Por qué? ¿Qué está pasando, George? —preguntó la joven.
—No la abras —repitió él.
Lydia hizo una mueca. Nunca le había gustado que le dieran órdenes, especialmente si no había explicaciones detrás. Dio otro paso hacia la puerta, pero George le cogió el brazo para detenerla.
—Joder, George. Suéltame —bufó la muchacha, deshaciéndose de su agarre antes de acercarse a la puerta para abrirla. Antes de que él pudiera detenerla, abrió la puerta de par en par.
Para su sorpresa, quienes estaban ahí eran su hermana Lizzie y un chico alto, muy parecido al barman del bar de Carter.
—Oh, por Dios, ¡Lydia! —exclamó su hermana al verla, antes de echarse encima de la menor para abrazarla con fuerza. Cualquiera diría que llevaba meses sin verla—. ¿Estás bien? ¿Está todo bien? —preguntó.
Lydia levantó las cejas, sorprendida por la cantidad de preguntas que le estaba haciendo su hermana en esos momentos. ¿Qué se estaba imaginando que había sucedido? El chico que estaba con ella no se había movido de su posición, al igual que George, que parecía estar
—Sí, estoy bien.
—Estábamos muy preocupados, Lydia —musitó su hermana—. ¿Por qué lo hiciste?
—Era sólo una broma, ¿verdad, George? —dijo la joven mirando al chico que estaba detrás de ella—. No queríamos que se preocuparan.
—Ni que los encontraran —dijo el que acompañaba a Lizzie, mirando a George—. Bueno, él no quería. Estaba muy interesado en eso.
—¿George? ¿Qué quiere decir eso? ¿A qué se refiere con que no querías que te encontraran?
—Se refiere a que Wickham, aquí presente, es un ladrón. Robó la caja de la tienda en la que trabajaba —dijo el chico alto. Lydia recordó su nombre: Darcy. Aunque no estaba segura de si era un primer o un segundo nombre.
Lydia se quedó helada. Lizzie aún la rodeaba con sus brazos, pero la muchacha sentía cómo un escalofrío le recorría las piernas.
—¿Es verdad? —musitó, mirando a Wickham. Él sólo apartó la mirada.
—Hay una orden de arresto en contra de él —añadió Darcy, mirando fijamente a George—. Lo siento, Lydia.
—No seas cínico, Darcy. No lo sientes —replicó el otro joven—. Seguro que te encanta tener la oportunidad de llevarme ante la policía, ¿no? Una pequeña venganza por Verónica, ¿o me equivoco? No puedo creer que después de todos estos años no la hayas superado. Patético.
Antes de que nadie hubiera podido registrar lo que Wickham acababa de decir, Lizzie se acercó a él y le dio un puñetazo en plena nariz. George retrocedió un par de pasos, llevándose la mano a la cara. Unas gotas de sangre aparecieron entre sus dedos.
—Joder, Lizzie —masculló entre gemidos—. ¿De verdad estás haciendo esto por Darcy? ¿Por ese cretino?
—Di lo que quieras, pero vale cien veces más que tú —espetó Lizzie, con los labios apretados.
Lydia vio por el rabillo del ojo el rostro de Darcy, parecía sorprendido por la defensa de la joven. Sin embargo, su expresión cambió rápidamente, al tiempo que se llevaba una mano al bolsillo de atrás de sus pantalones.
—¿Cuánto quieres? ¿Cuánto necesitas para solucionar tus problemas y alejarte de nuestras vidas? —le preguntó a Wickham—. Vamos, di un precio. Lo que sea, con tal de que podamos deshacernos de ti de una maldita vez.
Wickham esbozó una sonrisa de lado. Con la nariz sangrando no se veía tan guapo, ni tan interesante. De hecho, se veía patético. Completa y totalmente patético. Aunque ella aún no podía creer que hubiera hecho lo que su hermana decía. ¿Robar la caja de la tienda? ¿Por qué haría algo así?
—¿Es verdad? —repitió ella, mirándolo.
—¿De cuánto estamos hablando? —Nuevamente, él evitó su mirada y se concentró en Darcy—. Porque necesito al menos unas diez mil libras para alejarme de aquí y deshacer mi vida.
—Te daré quince mil, ¿te parece? Si me juras que nunca más volveremos a verte. Ninguno de nosotros. ¿De acuerdo?
—¿Acaso vas a creer en su palabra? —preguntó Lizzie con el ceño fruncido.
—No. Pero si vuelve a aparecer en nuestras vidas, lo primero que haré será enviarlo con la policía —replicó el otro—. Dame dos minutos para escribirte un cheque. No lo cobres antes del lunes.
—Vale —asintió el chico.
—Vamos, Lydia. Vamos a casa —musitó Lizzie, rodeando de nuevo los hombros de su hermana. Parecía que había notado que sólo llevaba una camiseta demasiado grande para ella—. ¿Dónde están tus cosas?
—En… en la habitación —Lydia sentía su voz temblorosa. Aún no podía creer lo que había sucedido, no lo entendía.
Lizzie la llevó hacia ahí. El bolso de la chica estaba en el suelo, como esperando a su dueña. Ni siquiera se había molestado en guardar su ropa en el pequeño armario en la habitación. Lizzie se inclinó y cogió pantalones y una blusa.
—Toma. ¿Hay algo tuyo en el baño?
Lydia asintió. Sus cosas de aseo estaban ahí, donde las había dejado el primer día. Tenía ganas de llorar, pero no podía hacerlo. ¿Acaso George no la quería de verdad? ¿Todo lo que habían vivido había sido una vulgar mentira? Ella lo quería, estaba enamorada de él. O eso creía. Apenas podía sentir las piernas.
Su hermana volvió unos momentos después, con el pequeño bolsito que la chica usaba para los cosméticos.
—¿Tienes todo, verdad? —musitó. Lydia estaba sentada en la cama, con la ropa recién puesta. Lizzie se sentó a su lado.
—Está bien. Te prometo que todo estará bien —le dijo suavemente antes de abrazarla contra su pecho. Lydia sintió cómo los ojos se le llenaban de lágrimas y la cabeza le daba vueltas—. Tranquila, no ha pasado nada. Todo va a estar bien —repetía como un mantra mientras Lydia lloraba con suavidad—. Vamos, papá y mamá nos están esperando.
—Van a matarme —musitó Lydia—. ¿Cómo pude ser tan estúpida?
—No eres estúpida. Y Wickham tiene historial en hacer que mujeres inteligentes hagan cosas estúpidas —añadió Lizzie. Lydia no pudo evitar preguntarse si su hermana sabía de lo que estaba hablando. ¿A ella también le había hecho algo así?
—Ajá —asintió. Lizzie la ayudó a levantarse y cogió el bolso del suelo, echándoselo sobre un hombro.
—Vamos, entonces.
En el pasillo, Wickham y Darcy estaban apoyados en paredes opuestas. Los dos tenían cara de pocos amigos, pero no parecían haber peleado más. Lizzie le hizo un gesto a Darcy, que abrió la puerta y esperó a que ellas salieran.
Afuera del edificio los esperaba un taxi, Darcy les abrió la puerta para dejarlas pasar y se subió en el asiento del copiloto. Lizzie le sonrió levemente a su hermana, algo que la menor encontró muy tranquilizador. No quería pensar en la reacción que la esperaba cuando llegaran a casa de sus padres. Seguramente estaría castigada por el resto de su vida y un poco más.
Quizás se lo merecía. Había sido tonta de remate.
Apoyó la cabeza sobre el hombro de Lizzie, que le pasó el brazo por los hombros.
—Me alegra que estés bien, enana —susurró.
-o-
La señora Bennet puso el grito en el cielo cuando sus dos hijas, acompañadas por Darcy, cruzaron el umbral de la casa de los Gardiner. Aunque era de madrugada, la mujer estaba completamente despierta y abrazaba a la hija pródiga como si esta hubiera vuelto de la muerte. Lydia parecía incómoda, pero no hizo nada por evitar el cariño materno. Lizzie sonrió.
—Gracias a Dios que estás bien, mi amor —decía la señora Bennet una y otra vez. El señor Bennet se limitó a acariciar la espalda de su hija menor y a decir que ya discutirían acerca de su castigo.
—Bueno, creo que debo irme —dijo Darcy, que estaba a un lado mirando la escena familiar—. Buenas noches —añadió, despidiéndose con un gesto de la mano antes de salir apresuradamente por la puerta principal.
Lizzie salió tras él a la calle.
—Darcy, no te vayas tan rápido. ¿Seguro que no quieres comer algo antes? Llevamos horas en esto y ninguno de los dos ha comido.
—No. Estoy bien —respondió él, con las manos en los bolsillos y sin mirarla directamente. Ella se acercó unos pasos más.
—¿En serio? Porque mi tía hace unos macarrones con queso deliciosos y… no sé tú, pero yo estoy famélica.
—Estoy bien —repitió él—. Sólo un poco cansado.
Lizzie se acercó un poco más.
—Darcy… esta noche. No sé cómo pagarte lo que hiciste por nosotros. De verdad, no quiero ni siquiera pensar en lo que hubiera pasado si no te tuviéramos cerca —le dijo ella, sonriendo—. De verdad, no se me ocurre por dónde empezar a pagarte.
—No necesitas pagarme —respondió él—. De verdad.
Lizzie se acercó aún más. Estaba a pocos centímetros de él, aunque la diferencia de alturas lo dejaba a él una cabeza más arriba. Impulsivamente, Lizzie se puso de puntillas y lo besó, rodeándole el cuello con las manos. Pudo sentir las manos del joven deslizándose por su cintura, como si pertenecieran ahí. Profundizó el beso, esperando que sirviera para que él entendiera todas las cosas que ella era incapaz de decirle.
Cuando se separaron, Darcy parecía confundido.
—¿Seguro que no quieres quedarte un poco más? —preguntó ella.
—Tengo que irme —masculló él por lo bajo. Antes de que Lizzie pudiera hacer nada, se dio media vuelta y echó a caminar rápidamente.
Lizzie se quedó parada en la vereda, sin saber qué pensar de lo que acababa de pasar. Había besado a Darcy —porque se moría de ganas de hacerlo—, y él había salido arrancando. ¿Tan malo había sido?
O quizás era porque Darcy se había dado cuenta de cómo era su familia. Y no quería tener nada que ver con ella.
Lo podía entender. Después de todo, por culpa de su familia había tenido que desembolsar una enorme cantidad de dinero. Y ver a Wickham, al que odiaba con todo su ser. Si Lizzie no hubiera estado en la imagen, no habría tenido que hacer nada.
Lizzie estaba segura de que ya no podía cambiar nada en su relación. Simplemente no iba a pasar.
No sé si les interesará, pero mi viaje será el 7 de septiembre y probablemente esta historia estará acababa para el 4 (pueden respirar tranquilos). Lo que quiere decir que queda poco para acabar con esta historia. ¿Tienen alguna teoría para el final? Por lo demás, sigo teniendo tiempo para escribir, a pesar de que estoy en pleno período de despedidas y todas esas cosas. Todo el mundo quiere verme antes de que parta de este país. Pero todo va bien y voy tranquila con todas las cosas que tengo pendientes. Aún me falta terminar de ordenar mi clóset, ir a distintos médicos (incluido el oculista, para comprar nuevos anteojos y lentes de contacto) y ordenar mis libros (que hay que cambiarlos de habitación).
¡Hasta el próximo capítulo!
Muselina
P.D.: Los reviews no muerden, así que si alguien se quiere sumar a los saludos semanales ya saben lo que deben hacer.
