Disclaimer: Estos personajes no son míos y esto es completamente gratis.

¡Y un nuevo capítulo! Debo decir que es uno de los que he escrito más fácilmente, para sorpresa mía. Pero la verdad es que estoy bastante contenta con el resultado final. Ya me dirán ustedes.

Como siempre, quiero agradecer a quienes me han dejado reviews en el último capítulo: DivergenteGrifindoriana02, yurica, annacleo123, loremmac, Kary Bobbins y Molita. Y a quienes han agregado esta historia a sus favoritas o a los follows. Les recuerdo que el concurso de reviews sigue en pie y que mientras más reviews dejen, más veces entrará su nombre en el sorteo (y por ende, más posibilidades tendrán de ganar).

Canción recomendada: "Help Yourself" de Amy Winehouse

Chocolate y café amargo

Capítulo 41

Una visita inesperada

En la mesa del desayuno, Lizzie se encontró con una copia del Liverpool Voice que su hermana debía haber dejado ahí para que la viera. Su historia sobre la fábrica estaba en la portada, con una foto del lugar. La joven sonrió y se sirvió una taza de café. Sus neuronas seguían un tanto adormiladas, aunque ya eran pasadas las once de la mañana. Después de la maratónica sesión de escritura de la noche anterior, estaba agotada.

Había dejado su teléfono cargando en la cocina la noche anterior, para que sus sonidos no la despertaran. Bostezando con la taza de café en la mano, se acercó a donde lo había dejado y lo cogió. La pantalla le mostraba varios mensajes por parte de sus amigos, felicitándola por el artículo.

Sonrió, a pesar del cansancio. Había valido la pena. Ahora se tomaría un rato para recuperarse y en la tarde iría a ver qué había pasado en la oficina.

Su idea era volver a la cama, donde la esperaba un libro que había empezado dos semanas antes y que no había podido retomar en días porque siempre llegaba demasiado cansada a casa. Pero sus planes se vieron truncados cuando alguien golpeó a la puerta del departamento.

Lizzie arrugó la nariz. ¿Quién podía ser a esa hora? Ella ni siquiera se había duchado e iba en un pijama que consistía en un par de shorts de algodón y una camiseta vieja con el logo de su universidad.

Por un momento, pensó en no contestar. Si fuera algo verdaderamente urgente, seguro que intentarían contactarla de otra forma. Pero a final de cuentas, había sido bien educada por su madre y no iba a hacer algo así. Cogiendo una sudadera que Jane había dejado tirada en el sofá de la sala, se acercó a la puerta y la abrió.

—Elizabeth Bennet —la saludó la desagradable voz de la señora De Bourgh, que estaba frente a su puerta con una mueca de desagrado y un bolso de aspecto caro colgando del brazo. Sin esperar a que Lizzie la invitara a pasar, la mujer le indicó que se apartara y la dejara entrar. La joven lo hizo, sin estar segura de cómo reaccionar—. Así que aquí vives —añadió una vez adentro del departamento.

—Buenos días, señora De Bourgh —la saludó Lizzie, estirándose la sudadera para cubrir sus piernas desnudas. Seguro que la tía de Darcy estaba juzgándola en esos momentos por estar en pijama en medio del día—. ¿No quiere sentarse? —masculló, porque no se le ocurría otra cosa que decir frente a la mujer—. ¿Café o té?

—Tenía entendido que trabajabas en… un café o algo así —bufó la mujer, sentándose de todas formas en el sillón de un cuerpo que ostentaba una mancha de café (culpa de Lizzie) en uno de los reposabrazos.

—Sí, pero estoy en mis vacaciones. Vuelvo a trabajar mañana —explicó Lizzie, aunque no sabía por qué le debía explicaciones a esa mujer. Aunque su mirada era lo suficientemente intimidante para que la joven sintiera que la mujer la estaba juzgando de la peor manera posible.

—¿Y siempre tienes por costumbre trabajar en tus vacaciones, Elizabeth? —inquirió la mujer, con un tono que parecía estar desafiando a Lizzie a responderle—. No me malinterpretes, me imagino que una joven como tú tiene que aprovechar cualquier oportunidad para conseguir dinero. Pero me pregunto si es necesario que lo hagas perjudicando a mi negocio.

Así que por eso estaba ahí. Al menos la extraña conducta de la mujer tenía algo de sentido.

—Lo siento si cree que la estamos perjudicando, pero la verdad es que la fábrica es un lugar histórico y creemos que es importante recuperarla para el arte —musitó Lizzie.

—Ya veo, ya veo —bufó la mujer, que obviamente estaba de muy mal humor—. ¿Y qué pasa con mi sobrino?

—¿Su sobrino? —Lizzie pestañeó al escuchar la pregunta. ¿Qué tenía que ver Richard con todo eso? ¿Acaso la señora de Bourgh pensaba que él había tenido algo que ver en el artículo? Lizzie llevaba semanas sin verlo, y estaba prácticamente segura de que él no apoyaría su causa. Tenía la impresión de que era una de esas personas que creían que el desarrollo económico era más importante que cualquier otra cosa.

—Sí, mi sobrino. Fitzwilliam Darcy —espetó la mujer—. Tengo entendido que vive en este mismo edificio, ¿o no?

—Sí, claro. Pero él no ha tenido nada que ver con esto, la verdad. No estaba en la campaña ni nada por el estilo —dijo Lizzie cruzando sus brazos sobre el pecho, como si eso le sirviera para protegerse de la mirada inquisitiva de la mujer.

—¿A pesar de tener una relación contigo?

—¿¡Qué!? —Lizzie se quedó mirando a la mujer de hito en hito. ¿Ella, en una relación con Darcy? Definitivamente, no tenía la menor idea de cómo esa mujer había obtenido esa información. Que era completa y totalmente falsa, por mucho que sus sentimientos respecto al joven hubieran cambiado drásticamente en el último tiempo.

—No intentes mentirme, Elizabeth. Soy una mujer inteligente y no puedes engañarme. La información que he recibido viene de una fuente cercana. —La señora de Bourgh estaba sentada muy derecha en su asiento, como si los centímetros que ganaba con esa postura hicieran que sus argumentos fueran más fuertes.

—¿Cercana a quién? ¿A mí o a Darcy? —bufó Lizzie, sentándose en el sofá frente a ella, aún con los brazos cruzados para defenderse.

—Eso no es relevante, Elizabeth —dijo la mujer con una mueca desagradable—. Lo importante es que tiene que acabar.

—¿Qué sería lo que tiene que acabar?

—Tu relación con mi sobrino, evidentemente —la mujer la miró con las cejas alzadas—. Es obvio que Fitzwilliam no puede estar con alguien como tú.

Lizzie tuvo el impulso de decirle a la insoportable señora que su adorado sobrino trabajaba limpiando copas en un bar, y que dejara de creerse tanto. Pero supuso que eso sólo iba a servir para enfadarla más, además de apartarse del verdadero problema: la ausencia total de una relación entre ella y Darcy.

—Darcy y yo no tenemos una relación. Da igual lo que digan sus fuentes, están equivocadas por completo —dijo ella, lo más fríamente que pudo. Porque sólo con ver a esa mujer delante de ella, la joven tenía ganas de gritar. Pero no iba a darle a la satisfacción de decir que era una maleducada.

—¿No? Pero mi fuente…

—Su fuente necesita conseguir mejor información —bufó Lizzie—. Su sobrino no… no está en una relación conmigo —repitió, esperando que sus palabras entraran a la dura mollera de la mujer.

—¿Sí? Bueno, no voy a decir que no me alegro. Es obvio que Fitzwilliam merece algo mejor.

Lizzie apretó los labios. ¿Algo mejor? ¿Qué se creía esa insoportable mujer para decirle eso? ¿Para venir a insultarla a su propia casa? Era completamente absurdo. Lizzie supuso que tenía que ver con que era una de esas personas que siempre hacían lo que querían. A las que no les importaba a quién tuviera que aplastar con tal de salirse con la suya.

—Con eso aclarado, me imagino que no tiene nada más que decirme, señora de Bourgh—dijo Lizzie con la mayor cortesía que pudo conjurar—. Su cariño de tía puede estar tranquilo.

—Ni de cerca, Elizabeth.

La joven estaba empezando a odiar la forma en la que esa desagradable mujer pronunciaba su nombre. Como si su nombre fuera un trozo de basura podrida o algo así.

—Aún hay algo que tenemos que arreglar entre nosotras: el tema de la fábrica.

—Nosotras no tenemos que arreglar nada, señora de Bourgh —respondió Lizzie sin poder evitar una sonrisita sardónica—. Eso será problema de la comisión de patrimonio de la ciudad, ¿o acaso me equivoco?

—No, claro que no. —La señora de Bourgh sonrió de una forma que a Lizzie se le antojó siniestra—. Pero supongo que podríamos facilitarles el trabajo a esos amables señores, ¿no crees?

A su pesar, Lizzie estaba interesada en lo que ella le iba a decir, aunque dudaba que fuera a aceptarlo. Cualquier cosa que Catherine de Bourgh pudiera sugerirle, estaba destinada a parecerle una pésima idea. O seguramente, algo indignante. Pero no podía evitar interesarse en qué iba a proponerle la mujer.

—¿Qué propuesta tiene, señora?

—Simple: si tú me das tu palabra de que nunca estarás en una relación con mi sobrino, retiraré mi proyecto de la fábrica.

Frente a ella, la muchacha se quedó helada. ¿De verdad acababa de escuchar eso? Porque no podía creerlo, a pesar de que la expresión en el rostro de la mujer era completamente imperturbable. Lo decía en serio.

—No puedo prometerle eso —dijo con el tono más neutral que pudo hacer. Podía sentir cómo la ira la invadía poco a poco, pero no estaba dispuesta a dejarse dominar por la rabia que le provocaba esa irritante y desagradable mujer.

—¿Por qué no? —La mujer parecía genuinamente sorprendida por la respuesta de la joven, como si la idea de que ella pudiera negarse a eso fuera imposible—. Es una petición simple.

—En primer lugar, su sobrino es perfectamente capaz de tomar sus decisiones. Y si yo le convengo tan poco, seguramente él mismo se alejará de mí como la peste, ¿no cree? A menos que usted esté sugiriendo que Darcy tiene tan poca personalidad y voluntad propia como usted parece creer —dijo Lizzie, modulando cuidadosamente cada palabra. Quería que su mensaje fuera perfectamente claro—. En ese caso, creo que usted podría convencerlo mejor que yo de por qué soy un pésimo partido.

—Chiquilla insolente —espetó la señora de Bourgh, disimulando a duras penas la rabia que estaba conteniendo—. Pensé que mi sobrino y tú no tenían nada.

—No tenemos nada ahora. Pero si el día de mañana queremos tener algo, ni usted ni nadie tiene derecho a meterse en nuestra relación. Los únicos que tenemos voz y voto en esto somos nosotros.

—Fitzwilliam sabe cuáles son sus deberes con su familia —dijo la mujer, alzando el rostro con altivez.

—Perfecto, entonces usted no tiene nada que temer.

Las dos mujeres se miraron por unos momentos, en completo silencio. Lizzie podía ver que la señora de Bourgh estaba sorprendida por su resistencia. No debía estar acostumbrada a que le llevaran la contraria de esa forma.

—Si no tiene nada más que decirme, señora de Bourgh, creo que puede retirarse. Ya me ha insultado lo suficiente y la verdad es que no tengo por qué tolerar esto en mi propia casa. Adiós —dijo ella finalmente. Tenía la desagradable impresión de que si no decía nada, era posible que la mujer intentara seguir convenciéndola de… de lo que fuera que había tratado de persuadirla.

—Ya ve que no eres nada más que una niña maleducada —le espetó la mujer levantándose de su asiento y colgándose el bolso del brazo—. Espero que tengas razón y que mi sobrino tenga más sentido común.

Lizzie también se incorporó de su asiento para abrirle la puerta, sin decirle ni una palabra a la mujer, que se limitó a mascullar una despedida hosca antes de que la joven le cerrara la puerta en la cara.

Después de eso, la joven se sentó en el sofá nuevamente, mirando al frente con expresión sorprendida. Aunque era consciente de que la conversación que acababa de tener con la señora de Bourgh era real, le parecía surrealista.

Pero lo más intrigante de todo era quién le había dicho a la mujer que Darcy estaba liado de alguna forma con Lizzie. Porque cualquiera que los conociera sabía que eso no era verdad. Aunque Lizzie era muy consciente de que sentía algo por Darcy.

¿Y si la mujer le decía algo a su sobrino? Lizzie no podía imaginarse cómo podría reaccionar. Quizás —lo más probable, en realidad— saliera arrancando. Especialmente si su familia estaba en contra de ella. Y ella lo entendería. La familia era importante.

Se echó de espaldas sobre el sofá.

¿Por qué todo tenía que ser tan complicado?


Ahora mismo estoy de vuelta por unos días en casa de mis padres, donde el paisaje es bonito pero el internet es terrible. A pesar de eso, logré subir este capítulo y todo, así que supongo que no es tan terrible. Y tengo tiempo para releer Lo que el viento se llevó y Anna Karenina, lo que siempre es bueno, ¿no? De hecho, ahora mismo vuelvo a Tara y Atlanta, que me están esperando en medio de la Guerra Civil.

¡Saludos y hasta el próximo capítulo!

Muselina