Disclaimer: Esta historia es sin fines de lucro, sólo por amor al arte.

Como siempre, quiero agradecer por sus preciosos reviews a yurica, Las Letras de Anna, nicole-thegirlwhowrites, DivergenteGrifindoriana02, loremmac, Saruka Cullen Black, Molita y María. También a quienes han agregado esta historia a sus favoritas o sus follows. Y a quienes leen desde las sombras. Quiero destacar que han logrado que esta sea mi historia más comentada de todas las que he publicado en estos siete años que llevo en FF, lo que es genial y me encanta. Son lo mejor y la razón por la que sigo aquí.

Aprovecho de recordar que esta es la última semana para dejar reviews y entrar en el sorteo de un fic de regalo. Si postean como invitados, les pido que me dejen alguna forma de contactarlos en caso de que ganen.

En fin, los dejo con el penúltimo capítulo.

Canción recomendada: "War" de Poets of the Fall.

Chocolate y café amargo

Capítulo 42

Cuando pensé que estaba luchando sola

Lizzie sonrió.

A pesar del poco tiempo que habían tenido, habían logrado reunir a un grupo enorme de gente. Aunque en principio la ciudad había decidido declarar la fábrica como parte del patrimonio de Liverpool, la verdad era que nadie estaba seguro de que eso fuese a detener a la señora de Bourgh, que era famosa precisamente porque siempre pasaba por encima de las decisiones de los demás.

Por eso habían convocado a una sentada pacífica, en caso de que alguna de las máquinas apareciera por ahí. Lizzie incluso había hablado con amigos periodistas, que estaban listos para sacar fotografías y lo que fuera necesario.

—Ha venido un montón de gente —comentó Charlotte, que estaba ahí junto a ella. Lizzie sabía que esto le había provocado algunas discusiones con su novio, pero su amiga lo había zanjado diciendo que quien trabajaba para la señora de Bourgh era él, no ella. Y que tenía todo el derecho del mundo para expresar su opinión, aunque se tratase de la jefa de su novio.

—Pues sí, no esperaba tanto —respondió Lizzie.

—Al parecer, todo el mundo quiere ser parte de la historia —comentó su amiga, sonriendo—. Además de tus estupendas habilidades de liderazgo. Aunque…

—¿Qué pasa?

—Me parece genial que hayamos logrado esto, de verdad. Pero aún hay problemas que no has resuelto, ¿no?

—¿Cómo cuáles?

—Me refiero a que si queremos que esto sea un centro para las artes… necesitamos dinero, ¿no?

Lizzie arrugó la nariz. Su amiga tenía razón, pero quería tener el tiempo para disfrutar la pequeña victoria que habían conseguido. Al día siguiente, tendría que volver a su trabajo en la cafetería y a escribir en revistas para juntar dinero extra. Necesitaba sentir el triunfo.

—Crucemos ese puente cuando haya que cruzarlo, Char —dijo Thomas, que había escuchado la última parte de la conversación—. Por ahora, tenemos que encargarnos de que la señora de Bourgh no aparezca para chuparnos la sangre.

—No es tan mala —musitó Charlotte, aunque a su voz le faltaba convicción.

Thomas miró a la chica con una expresión que decía a las claras que Charlotte estaba viviendo en un mundo rosa. En los últimos días, la señora de Bourgh había declarado por activa y por pasiva que estaba en contra de la decisión de declarar la fábrica un espacio patrimonial. Y por supuesto, parte de sus quejas habían estado dedicadas a los jóvenes que habían destrozado sus planes. Lizzie, al leer uno de los artículos, había dicho que pensaba que la señora de Bourgh parecía una villana de Scooby Doo.

—Es espantosa —bufó Lizzie, cruzándose de brazos.

—Seguro que lo del otro día tuvo una explicación —dijo Charlotte, ganándose una ceja alzada por parte de su amiga—. Es decir…

—Char —la interrumpió Lizzie con una mirada de advertencia, aunque Thomas no estaba prestando atención. Cuando el joven se alejó, Lizzie susurró a su amiga—: Estás peor que Jane. Ni siquiera ella pudo negar que la visita que me hizo el otro día fue porque es una snob terrible y cree que no soy lo suficientemente buena para su sobrino.

—Bueno, está preocupada por él.

—Claro que sí. De todas formas, parece que no tenía que estarlo.

—Pensé que lo habías visto el otro día —dijo Charlotte con una mueca—. Y que habían hablado.

—Sí, pero después de lo de esta señora… no he sabido nada de él. Quizás su tía tiene razón y él sí es tan manipulable como ella cree.

—No lo sé. Darcy es obviamente más independiente —respondió Charlotte—. Y además, estamos en el siglo veintiuno, Lizzie. Tú también puedes llamarlo. Que yo sepa, el teléfono tiene dos lados. Y por otra parte… literalmente viven en el mismo edificio. Puedes ir a su departamento si quieres hablar cara a cara, ¿no?

Lizzie suspiró. Charlotte tenía razón. Pero cada vez que había intentado llamarlo, no era capaz de coger el teléfono. Esa noche, caminando a casa, no se habían dicho mucho, así que ella no podía estar segura de si él seguía interesado en ella. Porque en algún momento había estado interesado, ¿no? Ella lo había besado.

Sacudió la cabeza y se obligó a concentrarse en lo que tenía adelante. Normalmente no era ella quien estaba en frente a la gente gritando consignas, aunque fuera una de las líderes del movimiento. La joven prefería estar a un lado.

No ese día. Necesitaba estar al frente y mostrar la cara.

—Si quieres, puedes acompañarme —le dijo a Charlotte sacudiendo la cabeza en dirección al grupito de personas que estaban frente a la gente sentada.

En el suelo, los que protestaban estaban hablando entre ellos. El ambiente era positivo y entusiasta. Habían ganado la pelea y estaban ahí para defender lo que habían logrado.

—No, creo que vi a unos amigos por ahí. Voy a sentarme con ellos.

Lizzie asintió y se acercó al grupo de líderes.

—¿Crees que vaya a venir hoy? —le preguntó Michael, un chico alto y delgado que siempre llevaba camisas de leñador.

No tenía que nombrarla para saber de quién estaban hablando. Después de todo, la señora de Bourgh tenía una sombra que dominaba todo lo relacionado con ella. Y la fábrica estaba relacionada con esa mujer, les gustase o no.

—No lo sé. La verdad es que no la conozco tanto.

—Has cenado con ella.

Lizzie les había contado acerca de la desastrosa cena con la mujer unos meses antes. Omitiendo los detalles acerca de Darcy, por supuesto. Pero sabían que se trataba de una mujer que no tenía piedad. Aunque nadie lo dudaba.

—Ya, eso no quiere decir que seamos las mejores amigas para siempre —bufó Lizzie, poniendo los ojos en blanco—. Además, les dije que no le caigo bien.

Gina, una chica de cabello rizado y tez aceitunada, le sonrió como diciendo que no era tan terrible que alguien como Catherine de Bourgh no te quisiera. Por lo demás, los demás se encogieron de hombros.

—El jefe de la policía me dijo que no quieren sacar lacrimógenas ni nada. Y que espera que nos comportemos —dijo Gina, como si quisiera cambiar el tema—. Yo le dije que nos portaremos bien siempre y cuando no nos provocaran.

—¡Elizabeth!

Lizzie se dio media vuelta, reconociendo la voz que la llamaba a sus espaldas. Una de sus personas menos favoritas del mundo estaba ahí, con un fajo de papeles en la mano.

—¿Qué estás haciendo aquí, Collins? —preguntó ella, acercándose al joven con una mueca—. Los papeles ya están en el municipio. No hay nada que la señora de Bourgh pueda hacer a estas alturas.

—Sí, lo sé. Pero la señora quiere que recibas esto —dijo él entregándole un sobre grande. Al ver la expresión de Lizzie, se apresuró a explicar—: Es un presupuesto de lo que costaría acondicionar y mantener este lugar. La señora de Bourgh es una mujer generosa y espera que esto sirva para que se den cuenta del error que están cometiendo al hacer esto.

—Dile a la señora de Bourgh que puede meterse su opinión acerca de nosotros por… —empezó a decir Lizzie, pero se interrumpió a media oración—. No le digas eso. Dile que le agradecemos la información, pero que no la necesitamos.

—La señora de Bourgh dijo que…

—La señora de Bourgh dice muchas cosas —lo cortó Lizzie—. Y ahora no tenemos ganas de escucharla —añadió, viendo que el joven estaba dispuesto a hablar de nuevo.

Cuando Collins finalmente se fue —seguramente frustrado por no tener la última palabra—, Lizzie sacó los papeles del sobre. La cifra final era exorbitante.

—No sé de dónde podremos sacar ese dinero —musitó Michael, que estaba leyendo sobre su nombre—. Es una brutalidad.

Lizzie suspiró. Obviamente no podían evitar pensar en el futuro, por mucho que la victoria del momento fuera tan maravillosa. Le dolía, pero si no podían mantener la fábrica en buen estado, todo su trabajo hubiera sido para nada.

—Ven, vamos a hablar con la gente —le dijo Michael, pasándole un brazo sobre los hombros al tiempo que le indicaba que se pararan frente a los demás.

Lizzie le indicó que necesitaba unos minutos y se alejó un poco. Aún tenía los papeles en la mano, las cifras amenazantes en negro. La señora de Bourgh había golpeado donde les dolía, a pesar de todo.

—Lizzie… —Una voz la hizo darse vuelta. Darcy estaba ahí, con el pelo desordenado y una sonrisa en los labios—. Te estaba buscando. Jane me dijo que podría encontrarte aquí —dijo rápidamente.

—¿Sí? Bueno… aquí estoy…

—Mi tía fue a verme el otro día —dijo él rápidamente—. Y… soy un idiota.

—No, no lo eres. —Fue lo único que atinó a decir Lizzie.

—Lo soy. Llevo semanas pensando que tú… que… que estabas agradecida conmigo.

—Lo estoy. Has hecho muchísimo por mi familia y por mí. ¿Por qué no estaría agradecida? —preguntó ella, arrugando la nariz.

—¡Porque no quiero que estés conmigo por eso! —soltó él bruscamente. Ya no estaba sonriendo y parecía verdaderamente preocupado.

Lizzie se quedó mirándolo.

—¿Qué?

—Que no quiero que estés conmigo si es por agradecerme las cosas que hice por tu familia. No quiero que sea así.

—Espera un momento —Lizzie le tocó el brazo—. ¿Crees que te besé en Londres porque estaba agradecida? Retiro lo dicho, eres un idiota, Darcy —añadió con una sonrisa—. Y yo también.

Darcy esbozó una sonrisa.

—¿Por qué dices eso?

—Porque desde la última vez que hablamos, llevo pensando en quiero hablar contigo. Y soy tan cobarde que ni siquiera me he atrevido a tomar el teléfono.

—¿Por qué?

—Porque no se me ocurría qué decirte —confesó ella.

Darcy la miró con las cejas fruncidas. Sin darse cuenta, a lo largo de su conversación los dos se habían ido acercando. Como si ambos tuvieran un campo magnético que los acercara al otro con tanta fuerza que ninguno podía resistirse.

—¿Lizzie? —musitó Darcy, haciendo que Lizzie se diera cuenta de que estaba a pocos centímetros de ella.

—¿Sí?

—¿Puedo?

—Sí —musitó ella, dándose cuenta de lo mucho que lo quería. Cuando los labios de Darcy rozaron los suyos, ella le rodeó el cuello con las manos y se aferró a él. Sintió sus manos deslizarse por su cintura, acercándola más a su cuerpo. No quería que ese momento acabara nunca.

Pero tuvieron que separarse. Aunque las manos de Darcy se mantenían, cálidas en su cintura. Estaba sonriendo incluso más que antes.

—Vaya, vaya, Lizzie Bennet.

—Lo mismo digo, Fitzwilliam Darcy —bromeó ella.

—Puedes llamarme Fitz. Mis amigos me llaman así.

—¿Así que somos amigos? —preguntó ella con una ceja en alto.

—Bueno. Algo más… Creo —dijo él con una sonrisa traviesa que Lizzie no creía haber visto nunca en su rostro. Le quedaba bien.

—Por cierto… ¿me estabas buscando para esto? —preguntó ella.

Pudo ver cómo la mirada de Darcy se iluminaba.

—Tengo una sorpresa para ti —dijo simplemente, mientras sacaba un sobre estrecho y delgado de sus pantalones—. Es sobre la fábrica. No pude detener a mi tía, pero creo que de eso te has encargado tú misma.

Lizzie abrió el sobre rápidamente y sin ningún cuidado. Adentro, había una carta de un importante empresario, muy famoso por sus donaciones al mundo del arte. Se ofrecía a reparar y acondicionar la fábrica, al igual que mantenerla hasta que esta fuera autosustentable. Todo eso con la condición de que Lizzie fuera la encargada general.

—¿Qué es esto, Fitz? —musitó ella.

—Es un amigo de mi padre, la verdad. Pero tengo que ser sincero y decirte que él fue el que me escribió a mí. Leyó en algún periódico sobre la fábrica, creo que incluso fue tu artículo. Y me preguntó si por casualidad te conocía.

—¿Por casualidad?

—Sospecho que mi madre tuvo que algo que ver, pero Gigi no suelta prenda.

—No me digas.

—La cosa es que me dijo que le parecías una mujer con entusiasmo y pasión. Y que siempre ha creído que esas cosas deben ser cuidadas. Vendrá la próxima semana a conocerte y hacerte una oferta oficial a ti y al municipio para restaurar la fábrica. Y por supuesto que puedes meter a otros de los que hicieron esto —dijo apuntando vagamente a la gente reunida—. A Mitchell le encantará ver esto.

—No puedo creerlo. Pero yo no sé nada de cómo gestionar un espacio así.

—Lizzie. Sí sabes. ¿No organizaste una muestra de arte para recaudar fondos? Puedes hacerlo. Puedes hacer cualquier cosa que te propongas, porque eres asombrosa… y yo siento haberme tardado en darme cuenta de eso.

Lizzie le sonrió.

—Creo que no te lo puse fácil.

—Yo tampoco, siendo sincero —dijo él, volviendo a rodearle la cintura con las manos. Lizzie apoyó las manos en el pecho del joven—. Pero lo bueno es que somos jóvenes y podemos recuperar el tiempo perdido —añadió antes de besarla nuevamente.


¡Beso! ¡Y están juntos! A pesar de que los dos son un poco tontos y tienen obvios problemas de comunicación, al final todo sale bien porque estamos en el mundo de Austen donde los finales felices son la norma. A pesar de que soy una persona horrible y adoro el drama y hacer sufrir a los personajes, la verdad es que un buen final de comedia romántica nunca está de mal.

Nos leemos la próxima semana en el capítulo final.

¡Saludos!

Muselina