Capítulo XVII
Dime la verdad
Ese día, Regina tuvo que luchar contra la sorpresa de haber encontrado a Graham en esa penosa circunstancia; sobre todo porque era Graham, su Graham.
Estaba enfurecida, rabiosa… ¡Esto no podía ser producto de la casualidad! Se lamentaba de haber tratado a Graham como un perfecto desconocido, de la forma más insensible posible; cosa que la caracterizaba en el trabajo.
Salió de la oficina de la policía, lo más rápido que pudo, una vez terminado los mínimos detalles para dejar el caso organizado. Mañana era sábado, debía dejar todo a punto. Ella tenía la posibilidad de un horario flexible, a diferencia de detectives y oficiales en servicio.
Se dirigió a su Mercedes color negro, y antes de abrir la puerta, respiró profundo y cerró los ojos. Se montó en el carro, y salió a todo lo que estaba permitido acelerar.
Manejó alrededor de media hora, hacia los suburbios, sin encontrar mayor tráfico.
- Debe ser por la hora – pensó, y aceleró un poco más
En el camino, sólo se divisaban altos árboles y pinos de lado y lado del asfalto, y la luz del final de la tarde. Era una carretera poco transitada. Se detuvo para cruzar a la izquierda, hacia un sendero que conducía a su destino.
Al fin, llegó a una casa grande, bonita y de lujo, blanca con detalles azul celeste. Parecía el hogar perfecto para una impecable y adinerada ama de casa y su familia. Llegó levantando el polvo en la redoma central, frente a la puerta de entrada. Se bajó y tocó el timbre.
Estaba asustada, con el pulso acelerado. Sudando frío, con una especie de impotencia y decepción que la estaban sobrepasando. Volvió a tocar.
- ¡Ya voy! – salió una voz detrás de la puerta
Al abrir, la mujer se encontró con la cara de una morena, una mujer que cuidaba de la casa y del quehacer.
- ¡Señora Mills! – Parecía asustada de la presencia de Regina
- Mariam, ¿Dónde está Emma? ¡Que venga en seguida! Y te advierto que no tengo paciencia, así que házselo saber – Dijo con tono de superioridad, entrando de directamente a la sala, sin mirar siquiera a su alrededor
- ¡Como mande la Señora! – siguió con la cabeza inclinada, sin mirarla a los ojos, y se fue, como si quisiera huir de allí
Se acercó a la chimenea, y puso sus manos sobre la encimera del hogar. Trataba de calmarse, de respirar profundo. En eso Emma bajó por las escaleras. Estaba vestida con ropa de maternidad. Tenía ya 7 meses de embarazo.
- ¡My Queen! ¡¿Qué sorpresa?! – dijo, sonriendo ampliamente, mientras terminada de llegar a la estancia, para percatarse del humor de la morena
- No he venido a una visita social – aclaró, mientras miraba a la rubia con cara de pocos amigos
- Ok Regina, está bien… Vamos a calmarnos – le hizo un gesto con las manos, mientras colocaba una de sus caras para desmerecer la ira de Regina – A ver, siéntate, y considera mi estado
- No Emma… Si es lo que yo hago siempre, considerar tu estado y mi realidad – La miró con ira y dolor, y tomó asiento en la poltrona opuesta a donde Emma acababa de sentarse
- No sé qué pasa, pero me gustaría que me hablaras claro – la joven se sentía ofendida
- Dime la verdad… Dime que venirnos para acá no era algo premeditado, y te creeré – intentaba buscar los ojos azules, para encontrar una verdad que la sanara
- No sé de qué me hablas – Emma esquivó la mirada de Regina, he hizo como que no le daba importancia al comentario – ¡Mariam!
- Por favor Emma… Estoy tratando de no molestarme así contigo – cerró los ojos y trató de calmarse
- ¡Di… Dígame Señora Emma! – mujer llegó asustada, sin mirar a Regina, y medio haciendo contacto visual con Emma
- Tráenos unas galletas, café negro clarito para la Señora Regina… Ah, y trae helado de mantecado para ambas… ¿Quieres alguna otra cosa? – Miró a Regina como si nada, agarrándose la parte baja de la barriga – ¿No? Bueno, eso es todo Mariam
- ¡A mí no me traigas nada! – Dijo Regina con la peor cara del mundo. Sus labios estaban rígidos, su gesto contraído.
- ¡Ok! – Emma arrastraba las palabras, mientras abría los ojos de par en par – Nada para la Señora Regina, y todo lo demás para mí… ¡Rápido!
- ¡Si Señora! – Salió corriendo
- No te hagas la idiota conmigo Emma, que te conozco desde el momento en que naciste… Pero peor aún, no me trates como si yo fuese estúpida, no subestimes mi inteligencia – Habló en tono cortante, apretando las palabras por la ira – ¡Habla Ya! – Le gritó
- ¡Vale, Vale! Ya es suficiente Regina… Vas a despertar a Henry – puso cara de estar lidiando con lo que iba a decir
- Ok… Está bien… Lo lamento – fue respirando y bajando el tono, pero seguía muy seria – Dime la verdad – la miró con tristeza y furia contenida
- No es casualidad… Punto. Tu mamá puede ser muy persuasiva si se lo propone, y lo sabes. Y estuve a su merced cuando quiso hacer tu compromiso con Jefferson. Ella no acepta un no como respuesta – bajó la cabeza, y hacía pliegues a su franela materna – Y me amenazó… No quería que te lastimara
- ¡Emma… Emma, Emma! – fue subiendo el tono – ¿Por qué demonios no me lo dijiste? – se volteó y dio con la mano en el respaldo de su asiento
- No quería que te enfadaras con ella… Y todo había ido tan bien – Se cayó de repente, mientras la mujer del servicio les servía, y se retiraba
- ¿Bien dices? – la miró indignada
- Si… ¡Bien! No habían peleado más… Y por fin con tu nombramiento, pensé que era lo correcto
- ¿Correcto? ¿Estás loca? – la miró con rabia y una tristeza profunda. Los ojos marrones se empezaban a inundar de lágrimas – ¿Pero cómo?
- Desde Aruba – bajó la mirada – Me metí en su habitación, y revisé su pasaporte… Cuando tu mamá me enfrentó, sentí miedo, y no tuve más remedio que decirle la verdad, con todo lo que estaba pasando, yo…
- ¡Detente! – Le hizo un gesto de alto con la mano derecha, mientras se paraba y se apoyaba de espaldas a la rubia, nuevamente sobre la encimera de la chimenea – Ya no digas nada más – se escuchó que sollozaba y respiraba profundo
- Regina, yo… – empezaban a salir lágrimas de sus ojos azules, cuando la morena la interrumpió
- No quiero saber más… Ya todo lo que podía y podrá pasar lo sé, y lo imagino. ¡Si nos envió para acá para probarme, listo. Pero que no toque a Graham, porque juro que me mato. Házselo saber, ya que se comunica mejor contigo que conmigo – estaba dolida hasta los huesos – Él ahora está pasando por un mal momento, pero lo voy a ayudar. Si no, no seguiré con todo esto… No habrá compromiso, no habrá boda, no habrá cargo ni nada… ¿Me expliqué? – la mirada de dolor y determinación hacían avergonzar a la rubia
- Y ¿Qué querías? Henry es nuestra prioridad ahora… Killian y Yo…
- Entiendo tus razones, lo que no entiendo es que te callaras todo este tiempo, y que no acudieras a mí en primera instancia
- Es que cambiaste tanto con él – la miró dolida – ¡Ay si, el señor Graham el perfecto! – se burlaba para molestar más a Regina. Que lo amara le dolía – Proponle que hagamos un trío a ver si no va a querer, el señor perfecto, que nos miraba desde el balcón. Eres una ingenua, y nunca creí eso de ti… Por eso, por eso no corrí a contarte
- ¡Para ya! – La miró más enojada que nunca, se acercó a ella y se colocó a unos centímetros de su rostro, cara a cara – Te amo Emma. Sólo Dios sabe cómo, pero si sigues hablando así de Graham, no volverás a verme
- ¿Y no verás a Henry? Tu ahijado… Es más importante una buena cama que tu familia
- ¡Emma! – le alzó la mano y se contuvo
- ¡Anda, pégame, es lo que te falta! – estaba indignada – Anda, ¡Pruébalo! Llévalo al límite y ofrécele eso. Que hagamos un trío… Si acepta, sea cual sea la razón, es uno más de los que ya has tenido
- ¡Tú eres la que me estás ofendiendo! – La miró con dolor – Me estás tratando peor que mi madre… Y si, lo haré… Ya verás que él no será capaz de aceptar. Nunca. Porque él me ama de verdad. Lo grabaré si es necesario… – la retó con la mirada
- Si, claro… - Fue irónica, pero al ver a Regina, sentía más las palabras de la comparación con su madre, a que la dejara por Graham – ¿Debo llamarla hoy?
- ¡Sí! Me voy… No quiero saber que busquen algo más sobre Graham… Está limpio, es un buen hombre, y lo amo. ¿Quedó claro?. Y para más señas, dile… – se quedó pensando unos segundos – no, mejor no le digas nada más…
- ¡Si mi Reina! – Emma se quedó llorando en el sofá de la sala, mientras Regina salía por la puerta, y se dirigía a su carro, para dejar a la rubia, con la consecuencia de sus actos.
Se montó en su automóvil, y se dirigió a toda velocidad por el camino de tierra hacia la carretera, por la que había conducido anteriormente. Cruzó a la izquierda y se marchó de nuevo a la ciudad. No podía parar… De pronto frenó en seco, sobre un sendero, paralelo al anterior. El carro derrapó levemente. Se quedó observándolo un rato, y sin pensarlo mucho, retomó su destino.
Llegó a un edificio, en un sector muy elegante e importante de la ciudad. Subió a su Penthouse. Saludó amorosamente a su perra y a su gato. Iba visiblemente apurada.
- ¡Campanita! – así le decía de broma a su ayudante en casa, porque en su momento, Regina se recuperaba de una operación, y llamaba a la mujer con una campanilla a cada rato
- ¡Dígame Madame! – respondió a su encuentro la pequeña rubia
- Tráeme una manzana y una bebida al cuarto… Ah, y prepárame el traje azul con negro, el abrigo a juego. El par de botas negras… Umm, y ropa casual para pasar el fin de semana donde Emma. Ropa interior, todo lo usual. Y mi camisa negra transparente, con la falda ajustada de punto, la "Chanel" a juego; esas me las dejas aquí sobre la cama.
- Si, de inmediato – la mujer atendió
Cuando salió del baño, acicalada, la pequeña ayudante había dispuesto todo en un bolso "Louis Vuitton" de viaje. Se secó el cabello y se maquilló a velocidad. Se iba a colocar medias negras… Pero pensó mejor llevarlas en el abrigo negro a la rodilla, y allí las colocó, en el bolsillo interno.
Ropa interior de encaje negro, muy sugestiva, tacones negros… Se miró al espejo. Sabía que no se podía resistir ante su cuerpo, lo presentía. Se colocó la falda, la camisa por dentro… Todo listo.
Tomó su ropa dispuesta para el viaje, entre el bolso y unos forros para asegurar el traje y el abrigo. Se despidió de sus mascotas.
- Camp… Si llama Jefferson le dices que fui donde Emma, a arreglar las cosas de la casa. Y si llama mi madre, le dices que salí muy feliz a… a lo mismo, a la casa con Emma – sabía que su madre, dadas las circunstancia, no llamaría. Y Jefferson tampoco
- ¡Entendido! – la mujer asintió
Salió hacia el ascensor. Y escribió un mensaje mientras bajaba
- Regina: Emma. Espero que entiendas que para cualquier efecto, de quién se trate… Estoy contigo, en la casa.
Antes de llegar arrancar el carro, recibió una respuesta más que lógica, o eso pensó al leerla
- Emma: OK
Se paró frente al edificio, meditó en qué diría, pero nada normal ni coherente se le ocurría. Por fin se decidió. Había averiguado ya toda su vida, sus datos, estando en la comisaría, así que ya sabía qué puerta tocar.
Se bajó del carro, estacionado en un local frente al edificio de Graham. Dejó sus cosas en la maleta, por si no recibía respuesta positiva – no quería pensar en eso siquiera – y luego se dirigió a la puerta.
Ahí estaba, temblando como una niña. Tocando el timbre del hombre que la había hecho tan feliz en tan pocos días, como nunca lo había sido en toda su vida.
Él abrió… Y todo lo que pasó, bueno y malo, estaba predestinado a pasar.
Se equivocó al tratar de probar a Graham. Una vez más Emma había conseguido meterse en su relación con su gran amor. ¿Por qué le había hecho caso? Graham había reaccionado justo como debía, como ella imaginó, y como era correcto para un hombre "casi perfecto" como Graham.
Apenada se paró, para tratar de explicarle que todo había sido para medir su reacción. Tal vez inventar alguna excusa. Estaba asustada porque la reacción de Graham fuese alejarla de su lado, y a la vez complacida por su respuesta ante la absurda propuesta.
Sonó la puerta… Entonces, ahí estaba ella, desnuda en la sala, apenada y preocupada por Graham. Su ropa rota, regada en la habitación.
¡¿Quién llamaba a la puerta, maldición?! Pensó que, quizás, alguien la había seguido, y su corazón casi se detiene.
