Capítulo XIX

Su prometido

Subía y bajaba contra la pared, accionada por Graham, que con pasión, entraba y salía de ella a su ritmo perfecto. Acababa de llegar al clímax, y él no estaba muy lejos de hacerlo. Se aferró a ella con tal fuerza, que Regina gimió con intensidad, sintiendo lo que él sentía.

La llevó cargando, como ya estaba, y la tendió en la cama suavemente. Salió de ella con ternura, acariciando sus caderas.

- Te amo – Regina sonreía en la cama

- Y yo te amo mi esposa – se inclinó y la besó. Luego se recostó a su lado

- No podemos seguir así, eventualmente, tenemos que comer – Giró la cabeza y lo miró

- Si jajaja – soltó una carcajada

Rieron agotados de amarse, hambrientos, pero satisfechos. Se dirigieron a la ducha, y se prometieron intentar no provocarse. Luego de ese baño, Graham bajó a buscar en el carro la ropa de Regina, pues esta estaba desnuda desde la noche anterior; y a comprar algo de comer, pues ambos morían de hambre. Adicionalmente, Regina no estaba muy segura de querer que los vieran juntos, por muchas razones, sobre todo las concernientes al caso "Omaha".

Regina, con la toalla en el cabello y la bata de baño de Graham cubriendo su cuerpo, se dispuso a explorar el apartamento. Abrió el closet. Tocó, miró y olió la ropa de su hombre, perfectamente ordenada. Todo olía a limpio, pero tenía el aroma de Graham levemente. No a su perfume. Era su olor a hombre, varonil, algo nuevo para ella, que la enloquecía al extremo.

Observó los zapatos, impecables; salvo unas botas de campo llenas de barro aún, pese a que se notaba que trataron de limpiarlas. Estaban manchadas. Esas botas llamaron poderosamente la atención de Regina. Pensó que habían acompañado a Graham en su trabajo, en ese correr riesgos de su profesión. Sintió miedo de perderlo.

En la parte superior del closet observó una caja metálica, con cerradura. Ella era muy baja para llegar, así que buscó sus tacones. Se puso de puntillas, saltó, pero no lo consiguió. Estaba hacia atrás.

Se sentía frustrada. Cuando Regina no obtenía lo que quería, se ponía de mal humor. ¡Maldita caja! ¿Qué guardaría Graham allí?

Se dirigió a las mesitas de noche. Cosas de aseo personal, de hombre, un par de libros, la biblia, un agenda. Tenía frases extrañas en fechas aleatorias; intuyó que era algo de trabajo. Dos noches antes, escrito estaba el nombre de "Elsa".

- ¡Dios! – cerró la agenda y sus ojos, bajó la cabeza – ¿Por qué?... ¡No quiero que sufra!

La guardó, y mientras lo hacía, dos fotos salieron volando, hasta llegar al piso. Una cayó boca arriba. Era una foto de Elsa. Le pareció realmente hermosa. Sintió una especie de celo leve y absurdo.

- Él realmente la amaba – un lágrima salió de sus ojos. Respiró profundo y la secó – Ahora es mío, y lo cuidaré. ¡Te lo juro! – le hablaba a la foto.

Levantó la segunda, y le pareció que era de Graham con Elsa, pero no estaba segura. No, era otra mujer. En eso, sonó Graham en la puerta. Guardó las imágenes de donde habían salido, y a su vez la agenda en la gaveta. Se lanzó en la cama y simuló dormir. Se le había desatado la bata, y se veía parte de su cuerpo.

- ¡Regina! – Revisó que estuviera en el cuarto – Traje tus favoritos, como en nuestra primera vez – bajó el volumen al verla desperezarse, semidesnuda en la cama

- ¡Hola! – se daba con las manos en los ojos. Para quedar acostada boca arriba, totalmente al descubierto

- ¡Impresionante! – La miraba embelesado

- ¿Qué es impresionante? – lo miró alzando su ceja

- Que te veas exactamente igual que hace dos años – La recorrió por completo – aunque te siento más mujer, más… no sé explicarlo. Tal vez es la libertad de que hayas decidido luchar por nosotros – Fijó la mirada en una nueva cicatriz

- ¡Graham! – No ha pasado tanto – estaba ruborizada. Y al percatarse de la atención de Graham, se cubrió pudorosa

- No… Para mí ha sido una eternidad – dijo, para no incomodarla. Era la verdad, pero quería disimular además

- ¡Tonto! – el torció los ojos. Luego lo miró con ternura – Yo también te he extrañado a morir…

Graham se le quedó mirando, con una dulce sonrisa de satisfacción en el rostro.

- ¿Por qué me miras así? – trató de cubrirse más – Con esa sonrisa – se sonrojó

- Jajaja, por nada… Sólo pienso…

- ¿En qué?

- Ahora quieres saberlo todo de mi ¿No?, ¿hasta lo que pienso? – la miró con malicia

- ¡No!... sólo es curiosidad – hizo gestos como de no dar importancia sobre lo que había preguntado.

- Pienso en lo que no me dices…

Regina trató de disimular. Estaba en shock. ¿A qué se refería Graham? Tal vez a que había descubierto sus fotos… Esa caja infernal que no pudo alcanzar. La foto con esa otra mujer. No supo por qué, pero estaba celosa.

Él había aprendido a conocerla en ese poco tiempo, tan bien como otros que la trataran de toda la vida. Además, el ser policía, seguramente le había dado una intuición especial, sobre todo para las mentiras.

- ¿Lo que no te digo?... ¿No sé a qué te refieres? – volvió a los gestos anteriores de fingir que no era con ella

- Si… Lo que no me dices. Es que sigo sin saber de ti, más que lo que, sorprendentemente, mi mamá me reveló anoche.

- Entiendo… Si, hay cosas que aún debo decirte, que necesito decirte. Cosas que tienes que saber. Y mucho que resolver para que podamos estar juntos – Se levantó de la cama, y se acercó a él tomándolo de las manos – Pero quiero que sepas que estoy decidida, más que nunca, a pasar el resto de mi vida a tu lado. Así… – bajó la mirada con tristeza

- ¿Así…? – le subió con su mano la barbilla para mirarla nuevamente

- ¡Así… Así me cueste la vida! – Lo miró, y sus ojos se llenaron de lágrimas, y su mirada de tristeza y desesperación

- ¡Ay mi amor! Yo no permitiré que nada malo te suceda. Tal vez estás muy sensible por todo lo que está pasando, y seguro por todo lo que tendremos que enfrentar. No dudo que sea duro, pero juntos lo conseguiremos. ¡Vamos mi Julieta! ¡Anímate!

- No todo es una broma Graham… – lo miró seria

- ¡Lo sé! No soy un niño ingenuo… Por eso te digo "lo que no me dices"… Y hasta ¿por qué no?, lo que yo no te digo – La miró retribuyéndole la seriedad del caso – Pero, por ahora, sólo nos resta disfrutar del fin de semana, y del desayuno que mi reina merece

- Gracias amor – bajó la mirada con pena – ¡Lo vamos a resolver! Pero hay algo que no debe pasar de hoy que te diga – nuevamente lo miró necesitada

- Ok, así será. Pero por lo pronto comeremos, te vas calmando… Y así ves si me cuentas… ¿Te parece? – trató de aliviar su pena

- ¡SI! – a cada segundo se arrepentía de hablar, tanto hacerlo como de no hacerlo – Y… ¿qué es lo que no me dices?

- Jajaja… Nada… o bueno, nada que valga la pena mencionar ahora, créeme…

Las palabras de ambos los dejaron intrigados. Casi por primera vez, se sentían extraños. Regina pensaba en la caja, y en su prometido, en lo que le ocultaba Graham, seguro una tontería, y en el gran secreto que ella escondía. Siempre fue una descarada.

Se fueron relajando. Y para cuando terminaron el desayuno, ya habían olvidado sus promesas de contarse verdades… Bueno, todas sus promesas en general, hasta las de no provocarse.

Se besaban apasionadamente en el sofá, ese que los hizo reencontrarse en cuerpo y alma, y se acariciaban.

- ¿Quieres ver una película?

- ¡Me encantaría!

- ¿Aquí o en el cuarto?

- ¡Mejor aquí!, porque si nos vamos al cuarto… – "Soy una descarada", pensó.

- ¿Mejor? ¿Qué nos detiene? Si ayer te arranqué la ropa del cuerpo justo aquí.

Regina reía, sentada entre las piernas de Graham, usando su pecho como apoyo, tendidos en el sofá, mientas él le acariciaba el cabello.

- Nunca había sentido algo como esto Graham – Regina rompió el silencio – esta especie de amor puro, sin el desgaste de lo cotidiano… Si obligaciones impuestas, sólo las que necesitamos sentir. Y no soy obligaciones, son placeres… Te amo en alma y cuerpo.

- ¡Regina! – le había sorprendido la profundidad de las palabras de su amada, y lo imprevisto de su confesión – Yo también te amo… ¿No sé por qué te dejé ir en primer lugar? Debí retenerte, hacerte entender…

- ¡Yo sí sé por qué! … ¡Por tonto! – se volteó, y le sonrió – Y por caballero…

Se quedaron un rato más en silencio.

- Tu apartamento es justo como me lo imaginaba…

- ¿Sí? Y ¿Cómo es eso?

- ¡Así! ¡Literal! "Justo como me lo imaginaba"

- En cambio… tu casa yo no me la imaginaba – dijo, como si nada

- ¿Qué? – Regina abrió los ojos como platos

- Es decir, que nunca he imaginado tu casa, sino como algo muy distinto a esto – le sonrió – ¡Calma reina!

- ¿Te puedo pedir un favor? – Le dijo en tono serio, pero meloso

- ¡El que sea mi hermosa!

- Llámame como quieras, preferiblemente "Esposa" porque eso quiero ser… O hermosa, amor, lo que sea… Pero no me vuelvas a llamar "Mi Reina"… Te lo suplico

- Está bien, esposa - ¡Quería ser su esposa! Graham no cabía de la felicidad. Pensaría en cómo proponérselo lo antes posible.

Graham recordó con pesar, que así la solía llamar la rubia. Emma era una sombra entre ellos. Algo que él podía tolerar, desde la esperanza de que con el tiempo Regina se concentrara en su relación de pareja, en ese matrimonio que él quería formar, y sólo tuviese una amistad simple con la joven.

Sabía que Regina cuidaba de ella, de alguna forma, y no quería afectar eso… Pero principalmente necesitaba que Regina fuese sólo para él.

- Regina… ¿Te puedo decir algo yo, sin que me respondas nada definitivo? Por ahora…

- Sí, claro esposo – se volteó para mirarlo a los ojos

- No quiero compartirte, esa es una realidad… Estoy aceptando esta condición inicial, porque sé que amas a Emma, y no es de la forma en que me amas a mí, aunque lo quieras procesar – Le hizo un gesto de que no lo interrumpiera – Pasa, por el hecho de que es una mujer, porque si tu compromiso fuese con un hombre no estaríamos hablando. Pero, no quiero saber nada de sus encuentros, y necesito que te hagas a la idea de que, con el tiempo, eso debe terminar. ¡Necesito que termine! No te digo que la abandones, pero te quiero fuera de todo compromiso afectivo, o que no sea de índole moral… ¿Me expliqué?

Estaba paralizada. Sólo alcanzó a guardar silencio y a asentir. Graham iba a descubrir la verdad y la iba a odiar. De paso, cómo explicarle que se casa en tres meses… Y ¡no!, él estaba equivocado… Ella no sabría cómo dejar a Emma. Aunque hacía tiempo que no estaban juntas, ella la amaba. Secretamente empezaba a dudar de sus sentimientos, cuando Graham interrumpió sus pensamientos.

- Sé que no nos deben ver juntos… Pero si prometo llevarte a un lugar no tan lejos de aquí, pero donde garantizo que la pasaremos genial, sin ser vistos… ¿Me acompañarías a almorzar y pasar la noche allá? Vamos a cerrar con broche de oro este fin… – puso cara de rogarle con el alma

- Si no has llevado a la tal Ruby – puso cara de pocos amigos, he hizo silencio un rato – ¡Está bien! ¡Vamos!... Pero regresemos el domingo temprano, para estar fresca el Lunes

- ¡Excelente! – parecía un niño al que le prometen el juguete soñado

Verse fuera de esas cuatro paredes, en su entorno real, le daba un sentido más profundo a su relación. Y ambos lo sabían y lo querían.

Regina, mirando el gesto casi infantil de Graham, se sentía conmovida y complacida, al extremo que se le salieron un par de lágrimas de la emoción, y no paraba de verlo con esa ternura que a él lo desarmaba.

Mientras se preparaba en el baño, Graham ya tenía todo en la estancia organizado para su partida.

- ¿Vamos en mi carro o en el tuyo? – preguntó Regina, que se pintaba los labios

- En ninguno de los dos… ¡Vamos en mi camioneta!

- ¿Tienes un rústico? – Se asomó a bromear con él, y regresó a su postura de diva frente al espejo

- ¡Sí señorita! Y de las mejores – presumía sin querer, pero divertido, mientras veía el trasero de Regina con deseo.

En eso, sonó la puerta. Regina no pareció escucharla. Graham estaba tan concentrado en el viaje que abrió sin pensar.

Lo que más le impresionó no fue la hermosa barriguita incipiente, ni los imponentes ojos azules, sino la sonrisa de bruja de cuentos que ese ser, tan oscuro como hermoso, traía en el rostro angelical.

Pasó directo, observando a su alrededor, aprovechándose de Graham, el perfecto caballero.

- Buenas, buenas… ¿Dónde está Regina? – miraba a su alrededor, con una suerte de desprecio

- Buenas Emma… – Se quedó un poco estático, con cara de pocos amigos, y cerró la puerta

- Sí, lo sé… Ambos no podemos decir que esto sea "un placer". ¿Dónde está Regina? – preguntó - ¡Regina! – esta vez gritó

- ¡Qué demo…! ¿Qué haces aquí?

- Hola Regina. ¿Qué tal? Sí, que gusto verte… Estoy bien gracias – obviamente estaba molesta e irónica – Necesito que te vengas ya para la casa. Jefferson está aquí y está fuera de control.

Regina hizo un gesto de indignación, e inmediato cambió su cara a preocupación, no por Jefferson, sino por el hecho de que Graham desconocía de su existencia.

- ¿Jefferson? – inició la pregunta de rigor, haciendo valer su título honorario de "esposo"

- Emma… Podías haberlo resuelto por teléfono – le hizo gestos de que la quería matar

- ¿Por teléfono? – La miró con desprecio – Si te he escrito y llamado… ¡Y nada! – miró a Regina, de repente a Graham, y lo comprendió todo

- ¡Vamos! – miró neutral a la chica – ¡Lo siento Graham! – se dirigió suplicante de perdón – ¡Después te explico!

- Pero… ¿Cuál es la prisa?... si se podía resolver por teléfono… ¿Por qué no le respondes a Graham, por ejemplo? – empezó con su sonrisa de superioridad y sabelotodo. Maliciosa

- ¡Emma! ¡Por favor cállate! – la miró enfurecida

- Regina, ¿qué está pasando? Y por qué te tienes que ir con ella… ¿Quién es Jefferson? – Sonaba molesto

- ¡Graham yo…! – Regina se quedó paralizada

- Jefferson es su novio, su prometido, Graham… ¿No te lo había dicho?

La cara de ambos los delataba. Regina quería morirse y Graham que lo mataran

- Se casan en tres meses… ¡Ah! ¡Regina, que poco delicada! … ¿Te lo tiras y no lo invitarás a tu boda? Eso no es de clase – la miró con todo el odio que el desamor provoca.