Capítulo XXVII
Tres ramos
Estaba muy cansada. El embarazo comenzaba a hacer estragos en su rendimiento, y las amplias jornadas cuidando a Regina estaban haciendo efecto. Le habían ordenado reposar, e ir máximo dos a tres horas por día al hospital.
Diez días y Regina no regresaba del coma. Apenas pudo reponerse del intento inicial, donde pensó que la perdía.
Eran las seis de la tarde, y se disponía todo para la cena. Killiam estaba en la ciudad, haciéndose cargo de sus negocios. Todo iba marchando bien para ellos. De repente, sonó el timbre y Marian fue a abrir. Ella aguardaba en la sala, jugando con Henry, mientras esperaba la cena.
- Señora es…
- Soy tu tía querida sobrina – apareció por la puerta del salón interrumpiendo a la criada.
La mujer elegantemente vestida, entró directamente a la casa, sin esperar ser anunciada. Emma abrió los ojos como dos platos, y se paró en automático, dejando a Henry a cargo de Marian
- Hola Tía Ingrid – instintivamente le hizo señas a la criada, y le entregó a Henry – Llévate a Henry, dile a la nana que lo bañe, y coloca un puesto más en la mesa… ¿Supongo que te quedas?
- ¡Qué bello está Henry, y que grande!… Gracias por la invitación, si no te molesta… – esperó a que la criada se retirara – ¡Qué grosera es Marian! Desde hace tiempo te he dicho que salgas de ella. Pretendía dejarme en la puerta, imagínate…
- Le he dicho que primero anuncie, es todo – le dijo de mala gana
- Pero no a la familia Emma… La familia es lo más importante – le dijo contundente
- ¡Es verdad! – bajó la vista, se acercó a saludarla y la invitó a sentarse – Por cierto… Tengo tiempo que no te veo
- Las cosas han estado muy movidas, y estamos teniendo algunos inconvenientes. Cosas de último minuto, situaciones con las que lidiar – la miró fijamente, con seriedad abrumadora – Creo que te imaginas a qué me refiero…
- Si… eso creo – bajó la vista nuevamente
- Pues si… Las campañas políticas no son fáciles precisamente Emma
- ¿En qué estado estás ahora radicada?
- Dejé Indiana listo, y me pidieron que me quedara afianzando la campaña en este lado… Concretamente New York, New Jersey y Vermont
- ¿Y qué te trae por aquí? – le dijo en tono neutral
- ¡Emma!... – le dijo, pareciendo asombrada y ofendida – ¿A caso una no puede visitar a su sobrina favorita?
- ¡Soy tu única sobrina Ingrid! – la miró con un dejo de molestia
- Es cierto, pero igual eres mi favorita – se levantó y se sentó a su lado en el salón – Pase lo que pase sabes que cuentas conmigo – la tomó de la mano
- ¡Me estás asustando! – se soltó rápidamente
- Cora me aclaró lo sucedido con Regina, y pues, quería que supieras que también cuentas con tu tía para protegerte. No sólo está Regina, o Killiam… Yo también estoy pendiente de ti, aunque no lo creas
- ¡Lo sé!… – dijo después de permanecer unos minutos en silencio – es sólo que te veo tan poco
- Soy una mujer muy ocupada querida. Siempre lamenté lo de mi hermana. Lo de tus padres; no sólo por la tragedia, o porque quedaras sola, sino porque yo no era la persona indicada para cuidarte
- Tranquila… yo entiendo – bajó la mirada. Parecía triste
Al llegar Killiam, se sorprendió de encontrar a la mujer en casa, más no dijo nada. Pasó la velada sin novedad, hablando de detalles banales. Ingrid podía ser tan fría cuando quería, que hacía parecer que hasta la temperatura ambiente descendía, al punto que Emma buscó un abrigo.
Le preguntaron si iba a pasar la noche allí, más la mujer siguió su rumbo hasta la ciudad. Ellos no le insistieron ni una sola vez, pues en realidad la presencia de la mujer en aquella casa los perturbaba. Killiam, como buen caballero fue gentil, la acompañó al carro, y Emma la despidió desde la puerta. Al día siguiente Ingrid regresaría a New York, y eso sería todo, quién sabe por cuánto tiempo más.
Al día siguiente, Emma fue al hospital, a cumplir con la rutina de visitar a Regina. Al llegar a la habitación, se encontró con un ramo de rosas blancas con bordes rosados intensos. Se imaginó de dónde habían venido, y las apartó de su vista. No podía evitar sentir una molestia en la boca del estómago al saber que Graham rondaba a Regina.
- ¿Quiere que me lleve las flores un momento? – le comentó una enfermera que entraba a la sala en ese preciso instante – Por su, cara le dan asco
- Este… No, no, jejeje… Déjelas
- A veces pasan esas cosas con el embarazo
- Si, pues… Algo de eso hay – bajó la vista riendo
- Por cierto. Esta mañana estuvo aquí su madre, visitando a Regina
- La señora Cora Mills no es mi madre, es mi madrina – le aclaró despreocupada
- No, tu mamá niña… La señora… Ingrid ¿es así no?
Se quedó en silencio, con la cara de haber visto un espanto. Mientras la enfermera se preocupaba nuevamente por su estado de salud, gracias al embarazo
- ¿Te encuentras bien?
- Si, si… – trataba de disimular – Tengo acidez… ¿Y usted estuvo presente durante la visita?
- Si, claro. A la belleza le tocaba su terapia – así le decían los enfermeros y enfermeras a la morena – así que le dije que la única forma de verla a esa hora, es que yo estuviese presente. Ella me insistió que podía quedarse, por ser su madre. Pero como no está en la lista, pues…
- Hizo bien… La terapia de Regina es importante, y la Señora Cora es muy estricta – Luego le preguntó – ¿qué hizo mi madre?
- Le habló de usted, y de que ella la iba a cuidar… luego sólo me miró hacer los ejercicios, su celular y a la belleza… Luego se fue – terminó de colocarle el nuevo suero – Tiene mejor semblante hoy
- Si, gracias. He estado durmiendo y comiendo un poco más – Suspiró mientras se sentaba al lado de Regina – ¿La madre de Regina vino?
- Si. Como a las dos horas de que su madre se fuera. Y hace como 15 minutos que se retiró
- Ok. Gracias
- De nada Princesa… ¿Ya sabe? Si usted o la bebé necesitan algo, sólo presione el botón – le hizo un giño
- Gracias Madeleine
La enfermera del primer turno, siempre era muy amable. La de del tercer turno no era la excepción. Esa era amiga de Graham, y lo dejaba colarse en la habitación de Regina, todas las noches. En realidad todas las enfermeras deliraban estúpidamente por Graham, y murmuraban lo entregado a cuidar a Regina que estaba. Eso le molestaba. Pero no podía culparlas, porque era la verdad. Y a la vez, no podía odiarlas. Cuidaban con tal dedicación a Regina, y a ella misma, que les había tomado cariño.
Tomó su teléfono celular y escribió un mensaje de texto
Emma: Ingrid estuvo aquí visitando a Regina
Regina: Ok, entendido
Emma: ¿Le aviso a Cora?
Regina: No… Yo me encargo
Luego se acercó a Regina, le acarició el rostro, y la besó en la frente.
- Regresa mi Reina – Cerró los ojos y la besó nuevamente – Henry te necesita… Yo te necesito
Se quedó dormida en la silla, mientras pasaba su tiempo diario de cuidar a Regina.
Saltó de la silla al sentir una mano en el hombro. Era Killiam, que la había venido a buscar, pues el tiempo trascurrió en mayor cantidad a lo previsto
- ¡Dios! Me tenías preocupado – La levantó y la abrazó, con los ojos cerrados – Disculpa si te asusté… Hola Regina, disculpa que perturbe tu sueños
- ¡No es gracioso Killiam!… – Respondió aún desorientada, algo fatigada por la postura – No sé qué me pasó, me quedé rendida
- Tranquila… Créeme que lo noté. Te llamé varias veces por tu nombre, mientras me acercaba, precisamente para no asustarte
- Disculpa…
Al voltearse, notó un nuevo ramo de rosas al lado de la cama de Regina. No eran las mismas, pues estaban en la parte de atrás, donde ella las había colocado, y era de un color violeta pálido.
- ¿Tú trajiste esas rosas? – le preguntó en estado de shock
- No… – dijo algo extrañado – ¿Por qué?
- Por nada… Pero sácalas de aquí, no quiero verlas… ¡Llévatelas! – le dijo exaltada, ofuscada
- Ok, ok Emma, tranquila. Ya me las llevo, mira – agarró las flores y las desapareció de la vista de Emma
Mientras eso sucedía, Emma tomaba el ramo que había desechado previamente, y lo colocaba en su lugar, nuevamente, mientras que el llanto brotaba de sus ojos azules
- ¡Emma! ¿qué tienes? – le dijo tratando de consolarla, mientras la abrazaba – ¿Quieres que también me deshaga de esas flores?
- No… ¿qué caso tiene? – seguía llorando – Además, ella lo ama… ¡Vamos!
Se limpió las lágrimas, y trató de calmarse, mientras se despedía de Regina acariciando sus cabellos y besándola en la frente
- ¡Hasta mañana Regina!
- ¡Hasta mañana cariño! – se despedía Killiam también
Los días restantes a que Regina despertara, transcurrieron con total normalidad. Emma se cercioraba de sacar de su vista las rosas que Graham le dejaba a Regina, y luego, las volvía a poner en su sitio, justo antes de marcharse. Nunca más se quedó dormida. En cambio se dedicaba a observar a Regina, casi sin parpadear, repitiendo en su mente "Despierta Regina" una y otra vez.
Luego de que Regina despertara, tuvo que irse sin poder ser la primera en aparecer ante su rostro. En cierta forma fue así, pero Regina no había reaccionado como tal, más sin embargo salió del coma. Suficiente razón para estar feliz, y hacer lo correcto. Así que antes de retirarse, colocó las rosas en el campo visual de Regina, y se dispuso a avisarle a Graham que había despertado. Pero no lo hizo. Simplemente no pudo.
Se fue a la casa. Jugó con Henry, y lo arrulló hasta que se quedó dormido
- ¡Pronto verás a mamá Henry!. Ella se va a mejorar y estará contigo
Se dio un baño, y se dispuso a revisar sus correos pendientes, y la correspondencia escrita.
- Al menos una docena de sobres amor… ¿Qué la gente… no piensa en el planeta?
- No lo creo cariño – le contestó Killiam desde el baño, donde se cepillaba los dientes
Cuentas varias. Promociones, y una invitación a la feria de los suburbios, en la cancha principal. Un sobre rojo llamó poderosamente su atención. Lo miró extrañada, y procedió a abrirlo de forma inocente.
De él sólo salió una tarjeta del mismo color, con un símbolo negro mate en el centro de una de las caras. Se quedó mirando la tarjeta durante un rato, en lo que Killiam salió del baño, y la sacó de su ensimismamiento
- ¿Qué es eso amor?
- ¡No lo sé! – le dijo guardando la tarjeta en su sobre de destino – Mercadeo de alguna marca nueva. Tiene estilo ¿no lo crees?
- Pues… No me gusta el color. A menos que sea de cosméticos
- ¡No importa!
Cerró todo de repente. Guardó los sobres en su mesita de noche, y le entregó la laptop a Killiam para que la ayudara. Apagaron las luces, y se dispusieron a dormir.
- Kliiam…
- ¿Si amor?
- ¿Tú me amas?
- Claro mi vida… ¿eso a qué viene?
- Es que estoy un poco sensible por el embarazo – se levantó y cerró la puerta del cuarto con seguro
- ¿Qué pasa Emma?
- Es que desde que le pasó lo que le pasó a Regina, temo que nos asalten también
- Amor… Esta casa tiene un sistema de seguridad envidiable. Estamos a salvo, te lo prometo
- ¿Me abrazas?
- Emma… Claro mi amor… Ese es el embarazo de verdad – la abrazó
- Si… eso es
- ¿Estás temblando? ¿Te preocupa algo más? Regina ya salió del coma y está estable…
- Es sólo el frío… Todo va a estar bien. Te amo.
Llegó apresurado, y apenas besó su frente y soltó lo que llevaba en las manos. Mientras estaba en la habitación tratando de observar a Regina en la oscuridad, Graham notó otro ramo de Rosas al lado del que él le había regalado la noche anterior. Pensó que eran de Emma las rosas de color lila pálido, entonces las dejó allí, porque las flores alegrarían el despertar de Regina, si despertaba. Con el de hoy eran tres ramos.
Había asistido con permiso, pero como siempre sin ser visto, y por ende, no sabía las buenas nuevas del despertar de su amor. Llegó con un hambre atroz. Se comió un sándwich que se había comprado de camino, y tomó refresco, casi de inmediato.
En la tarde, después de su última sesión de terapia, había ido a entrenar, luego se bañó y se preparó para ver a Regina, como cada noche. Llevaba tiempo meditando en lo que se discutía en las sesiones con Archie, y en la importancia de aclarar su situación con Regina. La quería, la necesitaba, la amaba. No había más que discutir. Debían estar juntos, sin fantasmas ni deberes, aunque tomara algo de tiempo.
Recibió la llamada de David, con las noticias sobre el caso. Se lavó los dientes, la cara. Se miró en el espejo. Él no permitiría que Regina fuese lastimada. Nunca. Sea lo que sea que pasara, él la iba a proteger.
Abrió los ojos, y todo estaba oscuro. Le costó un poco aclarar la imagen de dónde estaba. Definitivamente era un hospital. Le dolía un tanto la cabeza, y todo el cuerpo. Quería hablar, llamar a alguien, pero sentía que no podía.
Trató de calmarse. Miró hacia el otro lado del cuarto y vio las flores en la oscuridad. Apenas se divisaba el ramo más cercano con algo de claridad. Eran rosas blancas de bordes rosados. Graham sin duda había estado allí.
Una lágrima salió de sus ojos marrón intenso. No había nadie en la habitación. Querían tanto ver a Graham. A Emma y a su Henry. Henry, su pequeño ángel. Estaba sola, y Graham no estaba allí.
Escuchó un sonido que veía del otro lado de la habitación, e inmediatamente cerró los ojos. No quería encontrarse con su madre. Luego pensó que tal vez sería Emma, puesto que su madre jamás era tan abnegada como para pasar la noche en un hospital cuidándola. Luego recordó el estado de Emma, y aclaró que tenía que ser una enfermera, o tal vez… Su corazón dio un vuelco, y las señales se hicieron un tanto más aceleradas.
Graham terminó de salir del baño y se dirigía a la silla, cuando se percató del aumento en el ritmo cardiaco de Regina. Con la oscuridad en su contra, se acercó al rostro de Regina, mientras buscaba el botón para llamar a la enfermera.
De repente, el corazón de Graham no hizo ruido semejante al del aparato, pero aumentó considerablemente su frecuencia al ver que el tubo que antes tenía Regina hacia su garganta, había sido removido.
- ¡Regina! – susurró a varios centímetro de su rostro
Entonces, ella no tuvo más dudas y abrió los ojos para contemplarlo
- ¡Regina mi amor! – Graham subió un poco el tono, y pulsó el botón de la estación de enfermeras por instinto. Mientras que, con su mano libre, acariciaba su rostro
- Gra… Graham yo… – Trataba de hablarle, con un hilo de voz, y el maltrato evidente de la anterior respiración asistida
- Te amo mi vida, te amo Regina – la besó tiernamente en los labios, y sintió las lágrimas de ambos humedecer su nuevo primer beso – ¡No me dejes nunca! – le dijo, pegando su frente a la de la morena
- Te amo… Graham – le dijo, arrastrando las palabras – ¡No te dejaré nunca más!
