Capítulo XXXII
Libertad
- ¡Me asústate Madre! – dijo la mujer al despertar del profundo sueño causado por los sedantes – No me gusta que te me quedes mirando así mientras duermo – estaba más que molesta, desencajada
- ¡Lo siento querida! – Le dijo la elegante dama, con una escueta sonrisa y una mirada penetrante – Es que pareces tan inocente e inofensiva cuando duermes – Cambió el tono a la ironía
- ¡Sin juegos Madre! – le dijo, perdiendo la paciencia – ¿A qué has venido?
- ¡Acaso una madre no puede visitar a su hija en el hospital! – El tono de ironía se tornó sutil – Cada vez que vengo estás dormida, o haciéndote exámenes, o…
- O no has venido, porque estás más ocupada en tus asuntos – la interrumpió – como por ejemplo, visitar a mi novio… ¡Sí! Escuchaste bien, mi novio Graham, el policía… sin mi autorización.
El silencio se hizo entre ambas mujeres. Sus miradas intensas expresaban cosas diferentes, pero ninguna perdía el contacto visual
- No es lo que crees Regina… – Le dijo la mujer mayor, bajando la cabeza
- ¿No? – le dijo enfatizando su ironía – Entonces Cora Mills, explícame qué es lo que se te ha perdido con el hijo de George Hembert, el hombre que le salvó la vida a tu marido y mi padre… ¡qué quieres saber sobre el hijo de tu amante!...
La mirada de odio de Regina traspasaba la humanidad de Cora, mientras ésta última, entre asombrada y contrariada, esquivaba la mirada de su hija
- ¡No sé de qué me estás hablando! – dijo, restando importancia al comentario – y te agradezco que me hables con respeto, que soy tu madre
- Antes que nada, tú me debes respeto a mí… y a mi papá. En este caso, más que nada a mi papá, que si se te olvida es tu esposo, y vive anhelando que le correspondas
- ¡Regina… Te lo advierto! – Cora empezaba a perder la paciencia
- Siempre me ha quedado claro que te casaste con mi padre porque no te quedó de otra, de que no lo amas… Pero pensé que toda esa falsa moral del comportamiento, te valía para por lo menos respetarlo… ¡Pero no!... Lo engañaste, y con su mejor amigo…
- ¡Cállate! – Cora levantó la voz por encima de la Regina, haciendo que ésta parara de hablar – Calla, si no quieres que te voltee la cara de una cachetada – se acercó con gesto violento hacia ella
- ¿Me vas a pegar? – La retó, mientras sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas – ¡Vamos Madre, que eso es lo que falta, que tú me pegues y no alguien a quién mandes! – la tomó del brazo con el que no la amenazaba – ¡Vamos… qué esperas Cora! – Su llanto brotó descontrolado.
La mujer mayor se soltó con brusquedad de ella, se volteó y se alejó unos pasos en dirección a la puerta
- ¡Yo te he amado tanto Madre! – Regina no paraba de llorar – Te he dado mi vida, he cumplido todos tus deseos, y he luchado por no ir en contra de… de los absurdos – La ira que sentía la ayudó a apagar su llanto – Pero lo supe, en cuanto te enteraste de quién era hijo… Sólo tuve que averiguar, y actuar… ¡Tú sola te dejaste en evidencia!
- Dije que basta Regina… – Dijo Cora, en un tono casi imperceptible
- Yo qué te he hecho Madre, ¡Qué! – Regina seguía su monólogo de dolor
- ¡Dije basta! – Alzó nuevamente el tono
- Está bien… Si quieres dejarlo así, por mí está bien… Pero no vuelvas a venir sin ser invitada, y mucho menos a interferir en mi vida privada – la señalaba con el dedo, y le hablaba de forma determinante.
La madre, que permanecía de espaldas a Regina, se volteó de inmediato, y mantuvo sus inquisitivos ojos firmes sobre los de la morena
- ¿Qué pretendes con todo esto Regina?
- Libertad Madre ¡Libertad! – le dijo cortante y decidida – Ya no tengo 16 años, yo no soy una simple niña de sociedad. Soy una mujer, de prestigio. Quiero mi vida y mis sueños, sin que interfieran los tuyos
- ¿Qué piensas hacer con lo que sabes? – vaciló unos segundos antes de elaborar la pregunta, en el tono más neutro que le fue posible
- ¡Nada! – Regina suspiró con condescendencia – Sólo quiero que no interfieras en nada. No se lo diré a papá, no tiene sentido ya – le dedicó una mirada de asco y desprecio – Pero si vuelves a entrometerte en mis asuntos…
- Yo sólo quiero cuidarte Regina… – la interrumpió – de ti misma… Ya no piensas con claridad
- ¡Madre! – ahora ella subía el tono – Es mi última advertencia – la miró desafiante, y su tono era frío y seco – Si no dejas de meterte en mis asuntos… Si me entero que hiciste, sugeriste, manipulaste, hablaste… en fin, que te metes en mi vida de cualquier forma… Ten por seguro que tu vida de lujos y comodidades se acabará, por decirlo menos.
La expresión de Cora era de terror e incredulidad ante lo que escuchaba de su hija. Estaba atrapada en la verdad que Regina había descubierto, y no estaba preparada para ninguna de las implicaciones
- Ya Jefferson tiene a su hija… Creo que eso demuestra mi intención
- Bien… Eso espero que sigas así
- ¿Alguna otra cosa? – la mujer mayor se notaba humillada y dolida
- Si… No te acerques de ninguna forma posible a Graham, a menos que yo así lo sugiera.
Asintió, y miró a la joven secarse las lágrimas y recogerse el cabello
- Me quedaré unas semanas más aquí, así lo acordamos el Doctor, Graham y yo
- ¿Con vigilancia policial? – señaló la puerta, de la ahora habitación privada de Regina
- ¡Si Madre! – la miró desde abajo, con fastidio – Así lo decidió mi novio
- ¿Quieres que te prepare la casa grande a la salida de aquí? ¿O tu apartamento? – trataba de sonar dulce y de hacer las paces, de disimular más que nada, intentando acercarse
- No… Ni lo uno, ni lo otro – la miró directamente a los ojos – "Las", no "la"… las casas grandes están a la venta, y el apartamento también. Yo me voy a vivir con Graham. No voy a esperar – tenía esa sonrisa de medio lado, retorcida, que siempre colocaba cuando decía algo por maldad
- ¿Qué? – hizo unos segundos de silencio – ¿Y Emma? – Cora en realidad no se esperaba eso, lo de Graham se veía venir, pero el resto era otro cuento
- Ya tiene un nuevo hogar, eso es todo lo que tienes que saber. Siempre la voy a cuidar – la mirada de Regina era amenazante
- Yo – tartamudeaba terminando a asimilar la información – me iré a casa con tu padre.
Cora tenía cara de pocos amigos. No sólo había perdido control sobre el futuro de Regina, sino sobre la vida que conocía de ella
- ¿Todo esto por un hombre? – dijo Cora de forma despectiva
- Lo mismo te pregunto yo a ti – le respondió al desprecio con retórica
La mujer mayor se dio la vuelta, derrotada. Caminó la distancia hacia la puerta, y justo antes de salir, se quedó inmóvil unos segundos, y una sonrisa macabra se apoderó de su rostro. Mientras abría la puerta, se dirigió por última vez a su hija
- ¿Qué le dirás sobre el niño?...
-xXx-
Las semanas pasaron, por fin Regina saldría del hospital y estaría de nuevo bajo el estricto cuidado de Graham. No quería que corriera ningún riesgo o peligro.
Habían mantenido su relación a un perfil bajo, de manera que en el trabajo no se enteraran de la frecuencia con la que el oficial visitaba a la fiscal.
Desde el incidente de las tarjetas, y procurando la estabilidad emocional de la morena durante su recuperación, habían acordado no hablar del tema; ni de ese ni de otro que representara que Regina se alterara, bajo ningún concepto, incluyendo si era algo que Graham también debía conocer de su mujer.
Esa noche que Graham dejó a Regina en el hospital, posterior a la intervención del médico residente, dos enfermeras y algunos calmantes, pensó que tal vez había llegado demasiado lejos con su afán policiaco, y se sintió fatal. Era la mujer de su vida, y estaba en peligro, un peligro latente y fatal. Desafortunado.
Por los momentos, lo mejor sería que él se encargara de las investigaciones sin involucrar a Regina en sus nuevos indicios. Como era de esperarse ella los conocería de la forma apropiada, según el procedimiento interno.
Pero ese no era el momento. Regina se había alterado tanto, que pensó que volvería a desvanecerse entre sus brazos, y a dormir en ese profundo sueño del que no sabía si iba a despertar. La sangre se le heló de recordar ese hecho, y del presagio de que Regina compartiera el destino de Elsa.
"Hay algo que tienes que saber de mi Graham… de nosotros", "no puedo ocultarte más algo que es de los dos…" Las palabras de Regina entre lágrimas, casi sin poder respirar, no paraban de dar vueltas y vueltas en su cabeza, pero definitivamente el golpe de gracia fue la frase "tienes que saberlo, por si algo me sucede". ¿Por si "algo" me sucede? Regina había conseguido desestabilizar a Graham con ese broche de oro.
Las consecuencias de su interrogatorio habían producido la recaída de Regina a nivel emocional, y un ligero retroceso en su evolución física; por ende sería más que obvio que hablarían a su debido tiempo. Primero estaba su salud, y el hecho de que la necesitaba sana y salva para seguir viviendo.
La miraba fantaseando, recostado en el marco de la puerta del baño de aquel hospital. No quería intervenir en el proceso de que la dieran de alta, ni en las recomendaciones que el médico le hacía a Regina, rogándole con la mirada a Graham, cada tanto, la supervisión correspondiente.
- Señorita Mills, le ruego que no se vaya a exceder – el médico era enfático – Debe cuidar su salud. Sé que se ha quedado mucho más del tiempo estimado, y que con eso hemos garantizado un gran avance, pero no se lo tome a la ligera
- Si Doctor, lo sé – le decía una paciente Regina, asintiendo y mirando con toda atención – No voy a echar por la boda el terrible encierro al que he sido sometida por ustedes dos – miraba al doctor y a su hombre, de forma intermitente y divertida – Sé que al principio tuve mis problemas, pero me quedé unas semanas más del máximo tiempo que usted estimó para mi recuperación… ¡Dos meses aquí! – Los hombres se sonrieron y ella dramatizaba – Y aunque el trato ha sido excelente y les he tomado afecto, créame que no quiero volver – juntó las manos en forma de súplica, con cara de circunstancia
Una vez entregadas todas las recomendaciones, y formalizados todos los procesos, Graham caminaba con Regina aferrada a su brazo derecho, y en el izquierdo, un pesado bolso que contenía todas las cosas que la morena había utilizado durante su última semana en el hospital.
Graham había pedido unos días libres, que le debían de sus pasadas vacaciones, para encargarse de la mudanza de las cosas de Regina a su apartamento, así como de otras cosas que la mujer le había encargado; pero su idea principal era poder pasar unos días con ella a solas.
Ni la cuarta parte de lo que Regina tenía cabía en su departamento de dos habitaciones, dos baños, sala-comedor, cocina y el pequeño balcón. Era espacioso, sin embargo, así que la mayor cantidad de ropa posible se acomodó en el que estaba desocupado; bueno: ropa, zapatos, carteras, maletines, gorros, y en fin, la cantidad de accesorios que una reina como esa le correspondía tener. Lo demás debía esperar, así que se acomodó como dispuso Regina previamente.
Al llegar al estacionamiento, la mujer observó la ausencia de su vehículo y del de su pareja, y en su lugar, se habían detenido frente a una camioneta rústica. No era del año, pero no debía tener más de dos de salida de la agencia. La imponente Toyota plateada, dejaba ver indicios de estar expuesta a las condiciones más extremas a las que su diseño podría responder
- Conque ésta es… ¡Por fin conozco tu camioneta! – le hablaba de espaldas con la mano en la barbilla, se había adelantado un par de pasos, mientras él la veía como hipnotizado – Tenías razón, es una de las que más me gustan y es de las mejores – se volteó y le dedicó una mirada pícara
- ¡Claro! – alcanzó a decir, mientras la observaba caminando hacia él – y está completamente a tu disposición
- ¡Faltaba menos! Siendo tu esposa… es lo mínimo… Pero eso no es lo importante – su tono se tornó gradualmente de despreocupado a insinuante – Viéndola bien, su tamaño y dimensiones… ¿Sabes para qué me parece que sirve perfectamente esta camioneta? – se acercó completamente al hombre, y con sus manos se aferró a la solapa de su chaqueta
- ¡No! – aclaró con dificultad la voz. Se había puesto súbitamente nervioso
- ¿No? – esa última frase fingía una muy sexy decepción – Ah… te lo voy a decir… – se puso de puntillas, tiró de su solapa obligándolo a inclinarse, y casi rozando con sus labios el oído derecho de Graham, Regina le dijo de la forma más erótica y descarada – El asiento trasero debe ser perfecto para hacer el amor… Y los vidrios ahumados tan oscuros, ayudan para hacerlo en un estacionamiento… como el de un hospital, por ejemplo.
Ante ésta última insinuación, Graham soltó el bolso de un tiro en el piso, y estaba sudando. Apenas pudo reaccionar unos segundos después, mientras Regina volvía a su posición original, y lo taladraba con deseo, con sus impresionantes ojos marrones
- ¿Qué te sucede Detective? ¿Estás nervioso? – le divertía jugar así con la rectitud de Graham. Él la volvía loca y la incitaba a aquel comportamiento
- No… Yo – tartamudeaba
- Por lo menos ya sé que no te comieron la lengua los ratones – se sonrió de medio lado con malicia, y lo veía con provocación – Lo que me contenta, porque te quiero todo para mí, y la que pienso comerte completito soy yo – le dio un profundo y apasionado beso, que no pudo negarse a corresponder
Era oficial. Regina quería que él adelantara sus planes de tener sexo para ya, pero es que ella acababa de salir de recuperación, y no era correcto por los momentos. Le había consultado al Doctor, de la forma más discreta posible por respeto a Regina, si podían estar juntos en lo que su mujer se encontrara completamente recuperada. Se sorprendió de lo natural que fue el Galeno al explicarle que debían tener cuidado con la intensidad, y también con la respiración de la morena, por lo menos las primeras veces. El debió estar sumamente colorado entonces, porque el Doctor le recomendó chequearse la tensión y descansar. Menuda vergüenza.
- ¡Ey! – Regina abanicaba su mano frente a la cara de Graham, para hacerlo volver a la realidad – ¡Vamos mi vida!… ¿qué te sucede? – estaba extrañada
- ¡Nada! – dijo en tono neutral, mientras recobraba la compostura y fingía una sonrisa – No me pasa nada, hermosa – se acercó, la abrazó contra su pecho y acarició sus cabellos
- ¡O-K! – Regina arrastró las palabras a sabiendas de que algo había pasado. Trató de limpiar su cabeza de malos pensamientos, y le restó importancia a lo sucedido – Y entonces detective… ¿Nos vamos?... ¡Te lo ruego!
- ¡Claro hermosa! – Le dijo mientras guardaba las cosas en la maleta, ignorado el lugar en el que Regina quería propiciar su recaída – ¡Tus deseos son órdenes! – Otra frase que iba a lamentar, pensó – ¡Te ayudo a subir!
- ¡Por favor Graham! – dijo mientras colocaba los pies en los sitios indicados, y usaba el asa interna para impulsarse – No estoy incapacitada para montarme en un carro
- Ah, pero ésta es un camioneta, y es alta – le dijo sin pensar, mientras la ayudaba, impulsándola por su trasero
- ¿Estás de broma? – Ya la cosa le estaba incomodando – Aunque si es una excusa para agarrarme el culo, así sí que me lo tomo en serio – se relajó.
Graham hizo caso omiso a la última frase. Estaba como en "modo robot". No pretendía caer en el juego erótico de Regina, por lo menos no mientras no pudiese garantizar el control necesario para no lastimarla.
Él le tenía demasiadas ganas a Regina, para qué mentir. Obviamente podría hacerle el amor con la suavidad y delicadeza del caso, pero después de hacerlo de la forma necesitada que lo quería. Lo peor de todo es que sabía que era plenamente correspondido. Lo veía en los ojos de Regina, el amor, el deseo, la pasión, la lujuria de la lejanía sexual obligada de esos dos meses. Todo gritaba peligro. Sus encuentros, en especial sus reencuentros sexuales, habían sido casi salvajes. Y ahora, que nada podía limitarlos, y con la urgencia de tener a Regina protegida, en sus brazos, la cosa no pintaba nada bien.
No quería lastimar a Regina, y eso prevalecía sobre cualquier cosa. Así que trataría de no posponer demasiado el asunto, para no jugar con fuego; y de tal vez, encausarlo de la forma más romántica posible. Suavidad, eso era lo que debía venderle a la poseída copiloto que no paraba de hacer insinuaciones sexuales
- Sabes que las cortinas de ese apartamento eran terriblemente rígidas – hablaba despreocupada
- ¿Sí? – trataba de desviar los pensamientos sobre Regina y el sexo, disimulando atención
- Si… Espantosas, siempre las odié – se abría el escote de la camisa, dejando ver su lencería de encaje negro – ¿Hace calor o es idea mía? – jugaba sensualmente con su labio, y se abanicaba
- No – aumentó la ventilación y disminuyó automáticamente la temperatura del aire acondicionado – debe ser que te bajó la tensión… ¿Te sientes bien?
- ¿Qué? – Regina no daba crédito a que estaba siendo ignorada – Este… no, no… Me siento bien – dijo extrañada – Es mas… Me siento perfectamente – no se iba a rendir – Me siento hasta sexy… ¿No te parezco sexy? – le hizo pucheros, para luego morderse el labio
- Este… Si… Si – dijo, sin dar demasiada atención – ¡Estás preciosa mi vida! – Le acarició el cabello con la mano derecha, y la regresó al volante – Y no te veo más porque estoy concentrado en el camino – salida rápida
- Ummm… Sí, claro – dijo algo incrédula, sintiéndose un poco triste.
De repente, Regina, que ya atendía al camino, se cercioró de que se habían desviado de la ruta que se suponía los llevaría al apartamento de su pareja
- ¡Graham! ¿Éste no es el camino a tu apartamento?
- ¿¡No!? – le contestó divertido
- No… ¿A dónde se supone que me llevas? – se cruzó de brazos fingiendo molestia, para seguirle el juego
- Por ahí… – Seguía probando la paciencia de su mujer
- ¿¡Ah sí!? ¿Por ahí?… – sonaba ligeramente amenazante – Ah… ok. Espero que no me ignores cuando estemos allí, o me dejes con un oficial, encerrada, tipo en el hospital – creía intuir el por qué de la actitud del hombre
- Regina… – el tono de circunstancia lo delató
- Graham… – imitó a su amante
Se hicieron unos segundos de silencio entre ambos. Regina no estaba dispuesta a permanecer como una muñeca de trapo, hasta que a Graham o al doctor le pareciera que podía tener sexo. No era una opción para ella. Pensó en amarrar a Graham a la cama.
Él no quería hacerla sentir mal, o inútil, en absoluto, quería hacerla sentir satisfecha por haber cumplido a cabalidad su reposo y rehabilitación, y en fin, hacerla feliz. Pensó que la tendría que amarrar a la cama, para controlar la furia sexual de Regina, si es que él lograba controlar la suya.
- ¿Qué tal si te amarro a la cama? – dijeron al mismo tiempo, como un coro de niños malos
Se miraron unos segundos atónitos. Graham volvió a fijarse en el camino, que se tornaba boscoso, y de forma inmediata ambos empezaron a reír, de manera natural. Así eran ellos, una pareja natural, compatibles a la perfección.
- ¿A dónde vamos mi cielo? – le dijo una Regina amorosa
- Es una sorpresa, hermosa – la miró de reojo
- Me gustan las sorpresas… si son buenas… – de nuevo el tono erótico de Regina, logró perturbar a Graham
- Me decías de las cortinas... – la interrumpió, fingiendo demencia
Regina se sonrió con picardía, bajó la cabeza y luego miró por su ventanilla. Suspiró profundamente
- Te amo Graham – lo miró con ternura. Estaba profundamente enamorada de él
- Yo también te amo Regina – ella era su adoración
oOo
Disculpen la demora. Algo me hizo creer que esta historia no estaba gustando… Pero la verdad a mí me encanta, y no puedo dejar de amar a Graham y a Regina… Así que, estoy de vuelta.
¿Creen que éste puede ser el final de la primera entrega? ¿Seguimos? ¿Paramos?
Gracias por su apoyo y comentarios, en especial a navarroparrilla por seguir la historia… Las leo… Saludos
