POV Eliza
Estaba tumbada en su cama, practicando el don de no hacer nada, cuando unos golpes en su puerta la hicieron gruñir. Odiaba cuando alguien la interrumpía mientras hacía cosas importantes.
- ¿Qué? - espetó nada más abrir. Su hermano le frunció el ceño, pero enseguida ablandó el gesto, y ella supuso que quería algo a cambio. Entrecerró los ojos mirándolo - ¿Qué has hecho ahora? ¿Qué quieres?
- Nada - contestó el chico con una falsa sonrisa. Eliza conocía muy bien esa expresión, ella la había inventado años atrás cuando quiso un peluche de Bob Esponja que su madre no quería comprarle y ella prometió comer todas las verduras de aquel día en adelante. Recordó cuánto lloró y lo desgraciada que se sintió al perderlo en la mudanza -. Ayer te vi con una chica.
- Muy observador, ¿ahora me espías?
- No me refiero a Lindsey - aclaró, y en la mente de la rubia apareció la imagen de Alycia. Comenzó a interesarle lo que Alex pudiera decir -. La morena, la que tiene cara de empollona y está buena. Es la novia de Matt. ¿De qué la conoces?
Así que era eso. Su hermano no quería que su hermana tuviera relación con la novia del policía que siempre lo detenía. Supuso que, de ser al revés, a ella tampoco le haría gracia que Alex se hiciera amigo de quien la lleva cada semana a comisaría. Observó fijamente los ojos castaños de su hermano, iguales a los de su madre, y su pelo rizado, sucio y descuidado, pareciendo más negro que rubio y demasiado largo, casi cubriéndole sus ojos. Tenía cara de duende y era demasiado alto y flaco para su edad.
- La conocí en la fiesta, nada más - decidió mentir. Su familia eran las últimas personas en la Tierra a quienes les contaría con quién se acostaba o sobre sus amistades. Es decir, quería que sus amigos continuaran siendo sus amigos -. ¿Por qué?
- Déjalo - refunfuñó ya de malas maneras. Eliza sonrió satisfecha; ese sí era su hermano, ese pequeño demonio -. Hoy te toca ir a comprar, yo me voy. Volveré tarde.
- ¡Ni lo sueñes, mocoso! - se alteró ante la prepotencia de la orden - Yo fui ayer, hoy te toca a ti.
- Yo fui dos días seguidos la semana pasada cuando tu andabas por ahí con Lindsey y Marie - replicó molesto -. Mamá dice que hoy te toca, no querrás que se enfade, ¿verdad?
Se erizó. No, no quería que su madre se enfadase porque entonces debería hacer la compra cada día de lo que restaba de semana, y era martes, así que simplemente gruñó y estranguló mentalmente a su hermano.
- Lo que quiero es largarme de aquí y perderos de vista - le cerró la puerta en las narices. Volvió a la cama, dispuesta a continuar con su tarea de no hacer nada, pero la sangre le hervía y la sensación de molestia e injusticia la crispaban. Cogió el móvil y marcó el número de Linsey - Hola, capulla - sonrió escuchando la risa de su amiga -. En casa me están tocando mucho las narices, ¿puedo ir ahí?
La respuesta fue un esperado sí.
Cogió la chaqueta, a pesar de ser verano y de que Lindsey viviera en el edificio de enfrente, pero nunca salía sin su chaqueta preferida. Sonrió a medias al ver la moto aparcada donde el día anterior se había encontrado con Alycia. Le hizo gracia verla de policía, el uniforme le quedaba ridículamente bien, pero se imaginó a Alycia teniendo que detener o disparar a alguien y le resultó absurdo. Era de esa clase de personas que de buenas se pasan a tontas, y supuso que, en caso de tener que intervenir la morena, se pondría a negociar con el delincuente o intentar calmarlo en vez de noquearlo. Le había dicho que estudiaba Derecho, y eso le pegaba con ella mucho más, siendo una defensora de los imposibles y las causas perdidas. Le quedaba poco para acabar la carrera, y algo en ella estaba más a gusto con la idea de Alycia rodeada de estúpidos y lejos de su novio con cara de pringado que con policías guapos a los que admirar por saber cómo manejar una pistola.
Alycia era heterosexual, se recordó, pero era una hetero curiosa de esas, y la noche que pasaron y la forma en que se sonrojaba cuando bromeaba y tonteaba con ella se lo dejaban bastante claro.
No quería nada con ella, era demasiado buena o inocente, la clase de persona que es tan pura que nadie se la merece, por muy guay y rubia que ella fuera, pero eso no quitaba que no pudiera admirar sus pechos y su culo o alterarse, en el buen sentido, cuando sus ojos la miraban intensamente. Su novio la trataba bien, lo conocía, y aunque era un poco memo a veces era buen tío incluso con su hermano Alex, pero recordó el beso que le dio a la morena nada más ver que estaba hablando con ella y Eliza tuvo la certeza de que estaba marcando territorio. Resistió el impulso de poner los ojos en blanco. No es como si ella fuera la competencia o intentase quitarle a su novia por tontear con ella.
Llegó a casa de la castaña y llamó al timbre. Lindsey le contestó al segundo y abrió la puerta. Arriba la recibió en pijama, a pesar de ser las cuatro de la tarde, y se refregaba los ojos perezosa.
- Alguien necesita un café - rió Eliza entrando en su casa.
- Un polvo matutino, más bien - le guiñó el ojo mientras se sentaban (se dejaban caer como osas perezosas) en el sofá. Lindsey golpeó su pierna con el pie y le dedicó una mirada exageradamente provocadora - ¿A qué esperas, rubia? Soy toda tuya.
- Creo que aguantaré la tentación - le guiñó de vuelta.
Ella y Lindsey bromeaban sobre sexo desde los catorce años, cuando la rubia le dijo abiertamente que le gustaban las chicas y que le parecía que estaba muy buena, pero que no se preocupara porque la veía como a una amiga. Lindsey reaccionó bien, bromeando sobre los bollos que desayunaban todos los días. Marie se sorprendió, pero no puso mala cara ni nada parecido. Ella y Lindsey se conocían desde parvulario, y pillaron a Marie en el colegio. Fueron siempre juntas en clase, y los profesores las conocían como El trio calavera, porque eran unas "alborotadoras incontrolables" en cada clase, incluso en el recreo. Recordó cuando una vez convenció a toda su clase para permanecer el resto del día en el patio, sin obedecer a los profesores, que acabaron llamando a sus padres y castigándola limpiando el comedor durante un mes. Bien, aquel castigo le enseñó la lección; limpiar la zona de los niños pequeños era todo un reto para su estómago.
Se separaron de Marie cuando repitieron curso...un par de veces. La de ojos claros era estudiosa, no como su hermano, que repitió siempre con ellas. Se hicieron amigos entonces, en la desgracia de tener que soportar niños dos y tres años más jóvenes que ellas, porque hasta entonces Bob y ella siempre se peleaban. Una vez los castigaron en el pasillo por culpa del graciosillo pesado de la clase, y ambos hicieron un pacto silencioso. Nada te une más a tu enemigo que un nuevo enemigo en común, pensó.
Después de esa alianza, el chico no volvió a meterse con ellos. Quizás quedó un poco traumatizado al encontrarse su mochila llena de insectos y corazones que habían robado del laboratorio de Biología. O cuando lo encerraron en una taquilla un día entero. O cuando en gimnasia le partieron la nariz jugando al baloncesto, pero Eliza no tenía la culpa de que aquel escuchimizado fuera tan torpe y no supiera recibir un balón.
- ¿Cómo te libraste de la multa? - preguntó Lindsey una hora más tarde mientras merendaban. Eliza le había contado su percance el día anterior.
- ¿Quién puede resistirse a esta carita? - bromeó pestañeando -. Ni las heteros pueden.
- Uh, Eliza Vader, sé cuánto te gusta pasar a la gente al lado oscuro del cuarto - carcajeó la morena con toda la boca llena -. Ten cuidado con la poli buenorra, a ver si entre tanto hacerla cambiar de acera la van a atropellar.
- Oh, no te pongas celosa, cariño. Sabes que soy toda tuya - siguió riendo Eliza. Al final de la tarde les dolía el estómago de tanto reír. Entonces recordó algo -. Mierda, tengo que ir al súper a comprar. El capullo de mi hermano me la tenía guardada.
- Te acompaño - decidió su amiga mientras se vestía -. Puedes ir a dejar la compra a tu casa y quedarte a cenar, si quieres. Mis padres siguen en el pueblo de vacaciones.
Las dos rodaron los ojos riendo, ¿qué clase de vacaciones aburridas eran esas? Para Eliza eso no eran vacaciones, era como mandarte a una cárcel por un delito que no has cometido.
En el súper ella se dedicaba a comprar lo estrictamente necesario mientras Lindsey corría a la sección de dulces y luego se paraba a ver qué vino era el más caro, gritando sin ningún pudor que para pagar 129€ por una botella tan pequeña prefería fabricar ella misma el vino, que ni que llevasen dentro oro líquido.
Decidió que no llevaría la compra a casa hasta que volviese de la de Lindsey, porque si ponía un pie en su casa jamás saldría de nuevo. Su madre la secuestraría para mandarle hacer todo aquello que Alex no hubiera hecho.
Iba ensimismada mirando el apunte que su madre le había mandando, decidiendo qué cosas no llevaría para molestarlos más, cuando chocó con alguien.
- Perdón - escuchó una voz temerosa, como si Eliza la fuera a golpear por tirarle el teléfono. Pudo hacerlo, quiso hacerlo, de hecho, hasta que levantó la vista y vio a Alycia sorprendida. Una sonrisa titubeante se formó en sus labios -. Vaya, hola Eliza, no esperaba verte por aquí.
- ¿En mi barrio? - bromeó - Yo tampoco esperaba verte, y menos que me tirases el móvil. Espero que seas mejor conductora de coches policía que de carros de compra.
Alycia le sonrió sonrojada, recogiendo su móvil y devolviéndoselo, y Eliza se fijó en la botella de vino que la morena llevaba en el carro.
- ¿Cena romántica? - se burló.
- Casi. Cena familiar - suspiró cansada, acomodándose junto a los congelados para dejar pasar a la gente, y la rubia se sorprendió de que quisiera comenzar una conversación en medio del súper -. Vienen los tíos de Matt a cenar. No me avisó con mucho tiempo y no ha podido acompañarme porque tenía que cubrir el turno de un amigo.
- ¿Y podrás con todo esto tu sola? - miró su carro alzando una ceja. Alycia estaba en forma, pero no había manera de que cargara con esos brazos todo lo que llevaba de compra.
Vio a la morena hacer una mueca, dudosa, y luego asintió.
- Tengo el coche fuera.
- ¿El coche policía? - sonrió Eliza.
- El mío - chasqueó la lengua sonriendo con los ojos -. No es tan bonito, ni tan caro, ni tiene sirena, pero me vale para llevar todo esto a casa.
- Te ayudaré - se ofreció repentinamente la rubia -. He venido con alguien. Podemos ayudarte a llevar todo al coche.
Alycia la miró agradecida asintiendo, y en ese momento llegó Lindsey.
- Rubia - la llamó distraída, mirando dos botellas de ron y vodka que llevaba en las manos -, ¿cuál prefieres? No podemos cenar juntas sin una buena botella de... - se interrumpió cuando levantó la vista y vio a la chica con la que Eliza estaba. Sonrió ampliamente -¡Hola! Soy Lindsey, soy la folla-amiga de Eliza, ¿quieres hacer un trio o eres mi nueva competencia?
Eliza miró hacia todas partes y ninguna en concreto, sin saber dónde meterse. No sabía qué cara estaba más roja, si la suya o la de Alycia, que las miraba alternativa como si no supiera qué decir.
- Es broma - le aclaró Eliza -. Sólo que Lindsey no ha superado que pasase de su culo.
- ¿Quién pasa de mi culo? - frunció la morena el ceño, realmente confusa, y luego se señaló sonriente - ¡Mírame! Es imposible.
- Bueno - carraspeó la de ojos verdes mirando a Eliza, incómoda -, estás ocupada. Mejor me voy.
- Espera, te ayudaremos - repitió Eliza y Lindsey asintió.
Fueron a la misma caja cuando acabaron de hacer sus compras, pagaron y se las apañaron para llevar todas las bolsas al coche de Alycia, que se ofreció a llevarlas a casa de Lindsey como agradecimiento. Ella conducía, Eliza iba en el asiento de copiloto, tarareando alegremente cada canción que sonaba en la radio, y Lindsey iba en los asientos traseros, hundida entre bolsas y bolsas. Charlaba con Alycia, preguntándole tonterías que hacían reír a Eliza viendo las caras de la morena. La rubia le iba indicando el camino, mirando de reojo lo graciosa que era la cara tan seria de Alycia conduciendo. Le daban ganas de sacarle una foto o hacerle cosquillas.
Cuando llegaron al portal de Lindsey, ésta corrió para salir porque tenía pis, y entrar en casa con un par de bolsas dejando las puertas abiertas para Eliza. Ella miró a Alycia, suspirando.
- Gracias por traernos.
- Gracias a vosotras por ayudarme a llevar todo. No habría podido con todo ese peso yo sola - admitió un poco avergonzada. Sus mejillas ardieron cuando Eliza le dio un suave toque en su nariz, divertida. Miró nerviosa hacia el portal por donde Lindsey había entrado como alma que lleva al diablo, y de nuevo a la rubia -. Tu novia debe estar esperándote.
Eliza rió con ganas, una carcajada sincera y profunda que le hizo sentir cosquillas en el cuello, aunque pensó que era porque su risa era muy bonita.
La rubia se limpió las lágrimas antes de intentar hablar, hipando:
- ¿Mi novia? ¿Lindsey? Por dios, ella no es mi novia - continuó riendo, aunque más calmada. Alycia la escuchaba con atención -. Lo que te dijo en el súper...no le hagas caso, ella estaba bromeando. Somos amigas, como hermanas. Nada de amor y esas tonterías.
Eliza se fijó en el segundo en el que el ceño de la morena se juntó al escuchar la palabra "tonterías". Alzó una ceja.
- El amor no es una tontería - dijo Alycia amable.
- El amor es como el alcohol - se encogió de hombros, indiferente -. Parece bueno pero es malo, y te hace hacer muchas tonterías.
Supuso que la morena se acordó de la vez que ellas hicieron "tonterías", porque apartó la mirada hacia sus manos, mordiendo su labio. Eliza se fijó demasiado en sus labios.
- ¿Nunca te has enamorado? - preguntó Alycia en voz baja.
La respuesta era más simple de lo que la morena pensaba que sería, por su expresión.
- No.
- Cuando lo hagas, verás que el amor no es una tontería - aseguró convencida.
Eliza se quedó mirando con intensidad sus profundos ojos verdes. Parecían brillar, y sus pupilas estaban dilatadas. Eliza no creía en el amor, y mucho menos en el amor para toda la vida, pero Alycia parecía tan convencida de que el amor era tan maravilloso que cagarías flores y todo sería de color rosa, que Eliza casi la creyó.
Casi.
Su padre abandonó a su madre cuando estuvo embarazada. Su hermano rompió el corazón de Lindsey y luego escupió sobre los trozos. Ella odiaba a su madre y a su hermano, y su hermano la odiaba a ella. Y cuando ella estuvo con Costia, el amor no duró mucho tiempo. Se acababa, como todo, y a Eliza no le gustaban las cosas temporales si luego se las arrebataban. No creía en el amor, simplemente no podía porque nadie le había demostrado que existía.
Apartó la vista de los ojos verdes de la otra chica, repentinamente dolida, con la sensación de extrañar algo que nunca había tenido.
- Tu novio sí que te estará esperando - se sorprendió por su tono, más seco de lo que pretendía, pero Alycia sonrió asintiendo. No parecía molesta, sino feliz, porque ella tenía a alguien esperándola para hacerla feliz. Incluso cuando es en una comida familiar, pensó burlona. ¿Quién podía ir feliz y sonriente a una comida familiar? Por el amor de Dios, era la segunda cosa que Eliza más odiaba, después de su familia, claro.
- Podemos volver a vernos - sugirió de repente la otra cuando ella cogía sus bolsas restantes de la parte trasera. Procuró no mostrarse tan contenta y sorprendida como se sentía, pero asintió inmediatamente.
Le gustaba pasar tiempo con Alycia.
- Cuando tu quieras - salió del coche y se asomó a su ventanilla, dispuesta a molestarla un poco -. Siempre que tu novio no se ponga celoso, claro.
Alycia se sorprendió, sonrojándose otra vez. Eliza comenzaba a adorar sus mejillas ruborizadas.
- ¿Por qué iba a ponerse celoso? - preguntó con inocencia. Eliza tuvo que recordarse que no era tan inocente, al menos no lo fue aquella noche.
Sonrió más.
- Él sabrá - se limitó a decir, pero no pudo resistirse a añadir: -. Pero si yo fuera él, estaría celoso de que quedases con alguien tan guay como yo. Estoy demasiado buena.
Ahí estaba de nuevo ese rosa en sus pálidas mejillas que la hacía ver adorable. Eliza se preguntó si alguna vez, alrededor de ella, había dejado de estar ruborizada.
Iba a decir algo cuando unos gritos de Lindsey se escucharon desde la ventana.
- ¡Tetoncita mía! ¿Subes a casa con tu mujer o te vas con tu amante?
Las dos rieron. Eliza quedó encantada de oírla reír de nuevo. No sólo le gustaba verla reír por sus chistes, algo que le daba una satisfacción personal, le gustaba oír ese sonido en general. Era una risa baja, suave y melodiosa, tranquila y sincera.
- Tengo que irme - dijo de pronto la morena, algo más desanimada que cuando separarse no parecía algo que ocurriría tan pronto.
- Claro - aceptó Eliza antes de mirarla por última vez aquel día -. Que volvamos a vernos, Alycia.
No entró al portal hasta que vio el coche Mini rojo desaparecer calle abajo.
