POV Eliza

Iba caminando hacia la casa de Alycia.

Eran del mismo barrio y desde su ventana podía ver el gran rascacielos, el único de la ciudad, donde ahora sabía que vivía ella. Eran las cuatro de la tarde y estaban hablando por Whatsapp sobre qué serie era mejor, si Juego de tronos o Sailor Moon. Eliza no tenía duda, y cuando Alycia la invitó a su casa porque tenía aire acondicionado (todo un lujo para Eliza) no dudó en aceptar por dos razones: la primera, el aire fresco, y la segunda, que tenía que hacer entrar en razón a esa muchacha televisivamente inculta. No había que perder la esperanza.

- ¿Sí? ¿Quién es? - escuchó la voz de Alycia a través del telefonillo. Le hizo gracia que preguntara sabiendo que llegaría pronto.

- La stripper que ha pedido, señorita Debnam - contuvo la risa al ver cómo la miraba de reojo el portero, haciendo oídos sordos pero sonrojado levemente. Quiso ver cómo miraría a Alycia cuando bajara la basura o al buzón.

Alycia rió abriéndole la puerta. Incluso a través del telefonillo era una risa dulce y adorable, como ella, y sonrió de nuevo mientras entraba.

El ascensor era grande y lleno de espejos, parecía de otro siglo mucho más avanzado y ella suponía que sería muy mala suerte si se detuviera, pero la altura a la que estaba el piso de Alycia era demasiado para ella. Se sorprendió rezando para que las cuerdas no se rompieran o algo así. Al salir respiró hondo, llevándose una mano al pecho, y se avergonzó al ver a Alycia frente a ella, apoyada en el marco de su puerta abierta y mirándola divertida.

- ¿Te dan miedo los ascensores?

- Las alturas - especificó -. ¿Tenías que vivir en el último piso o es que no te dejaron quedarte con la azotea?

- Tendrías que haber hecho algo muy malo en otra vida para tener la mala suerte de que se cayera - la tranquilizó la morena mientras entraban.

Eliza observó detalladamente el orden, y pensó que Alycia era una especie de maniática, aunque nunca al nivel de su madre, que con sólo ver algo fuera de su sitio entraba en pánico. Ja, como si el desorden no tuviera arreglo. Su madre decía que quien no tenía arreglo era ella.

- ¿Quieres algo de beber?

- No, no te preocupes - declinó con cortesía, a pesar de ver que Alycia volvía con dos vasos de agua de la cocina y uno se lo extendía con una sonrisa amable. Le sonrió derrotada -. Gracias.

- Debes venir cansada, hace demasiado calor - dirigió su vista al ventanal del salón, pulsando un botón que bajó lentamente la persiana, y luego presionaba otro de un mano blanco que aumentó el aire acondicionado. Eliza contuvo un gemido cuando notó el aire frío golpear su cara. Se sentaron en el sofá con la televisión de fondo. Era una buena pantalla, y el sofá era de cuero negro con forma de L.

- Tu casa es muy bonita.

- Gracias. Me la dejó mi madre como herencia - contestó con tranquilidad, así que Eliza, quien ya sabía del accidente de sus padres, decidió asentir y no comentar cuánto, realmente, lo sentía por ella -. Siéntete libre, como en tu casa.

Eliza nunca haría en casa de un extraño lo mismo que en la suya. Quizás por educación, quizás por vergüenza, pero sólo Lindsey sabía cuán desordenada y descuidada era, porque ambas eran iguales. Alycia, en cambio, era ordenada y pulcra, más de lo que ella aspiraba a ser de pequeña, cuando se obsesionó tanto con el Tetris que le buscaba un sitio a cada cosa para no dejar espacios vacíos.

- ¿Qué tal el trabajo que te salió? ¿Te han cogido? - preguntó interesada la morena, sin despegar los ojos de Eliza en ningún momento. Eso la hacía sentir nerviosa y divertida al mismo tiempo, porque ella tampoco le quitaba los ojos de encima por obvias razones, y parecía una guerra de miradas, como en el colegio. Alycia estaba muy buena, y que fueran amigas no cambiaría eso.

- Sí - contestó con la boca seca, bebiendo agua. Alycia sonrió viendo cómo se acababa la mitad del vaso de un trago -. Empiezo el sábado. Hay una fiesta y barra libre. Puedes venir.

- ¿Una fiesta, de quién? - se sorprendió Alycia abriendo los ojos, confusa - ¿Estoy invitada?

- Yo te invito - aclaró Eliza sonriéndole. La otra apartó la mirada un segundo hacia la mesa vacía y luego la miró de nuevo, extrañada -. Me dijeron que podía llevar a dos amigos. Tu eres una.

- ¿Lindsey? - supuso que sería la otra amiga, aunque le sorprendió que Eliza la invitara a ella en vez de a Marie. No quiso preguntar por qué por si la respuesta no era la que esperaba, aunque no sabía muy bien qué quería y esperaba.

- Sí - asintió la rubia, aunque enseguida añadió -: Si no quieres venir o no puedes no importa, puedo invitar a Marie o Niylah, me dijeron que saldrían y...

- No, no. Iré. - se apresuró a asegurar Alycia, y luego se sonrojó al sonar desesperada hasta a sus oídos -. Si quieres, claro.

- Por eso te invito - bromeó Eliza riendo.

Alycia la miró fijamente mientras la rubia observaba con detalle los libros del mueble de su salón.

Recordó que Marie saldría de fiesta con Ricky, porque la habían invitado y todavía no les había respondido porque no sabía qué decirles. Matt estaría cansado de la patrulla de la tarde. Ella se la había cambiado a Indra porque se la debía de otra que le había cambiado para estar con Matt. Niylah saldría con Richard y los del Arkadia, y aunque seguramente todos se acabaran pasando por el bar de Eliza no quería que Niylah la agobiara mientras trabaja. Eliza le había explicado al día siguiente de contemplar su beso que Niylah sentía cosas fuertes por ella y le daba corte decirle abiertamente que ella no le correspondía. La había rechazado a la semana de acostarse con ella, cuando la camarera le propuso verse de nuevo, pero ella no desistía, asegurando que con el tiempo el amor surgiría. Al parecer ella tenía suficiente amor para las dos.

Alycia odió sentir pena por ella, porque odiaba las historias de amor con final infeliz, pero no quería que esa tuviera final feliz. Eliza le había dejado las cosas claras y debía aceptarlas, no acosarla. Así que en su primera noche de trabajo no dejaría que la incordiara demasiado tiempo.

- ¿Y tu qué tal con las esposas que sólo usas para el trabajo? - la provocó Eliza con una sonrisita que debería ser ilegal. Alycia extrañó sus bromas-insinuaciones durante la media hora que llevaban en su casa, y escucharla hacer una se sintió como saludar a un viejo amigo.

Alycia rió sintiendo calor en su cara.

- Están en la comisaría - dijo, pero luego señaló hacia el pasillo -. Las de Matt las guarda en el cajón de la entrada, con la pistola y la placa.

Un brillo aun más peligroso que su sonrisa pícara destelló en los ojos de Eliza. Se levantó casi corriendo, y para cuando Alycia comprendió a dónde iba su amiga ya estaba de vuelta con las esposas colgando de su dedo índice.

- No puedo creer que tengáis unas esposas en casa y no hagáis jueguecitos sexuales. Es una oportunidad desaprovechada, casi un pecado - bromeó la rubia acercándose a ella haciendo girar las esposas en su dedo. Alycia se fijó en su mano llena de anillos y con pintauñas negro, y su cara ardió al recordar detalladamente que fue con esa mano con la que la tocó aquella noche -. Si yo tuviera unas así, las usaría cada día y noche - comentó sentándose más cerca, mirándola cautelosa al ver que Alycia dejaba que la esposase -. Túmabte. Te voy a dar un masaje.

- ¿Y para qué me esposas? - preguntó sonrojada, pero no molesta, mientras le hacía caso y se tumbaba bocabajo con los brazos por encima de su cabeza.

- ¿Y para qué te dejas?

Sintió que se sentaba a horcajadas sobre su espalda baja, sin dejar caer todo su peso sobre ella. Alycia se tensó, esperando que Eliza no lo notara, y continuó hablando intentando hacer como si nada.

- ¿Tienes respuesta para todo?

- Sólo para quien merece que gaste una respuesta más en ella - dijo intencionadamente. Alycia lo pilló y procuró no sonreír.

Su espalda se destensó al sentir los hábiles dedos de Eliza haciendo círculos sobre sus omóplatos y descendiendo hasta la curva de su espada baja.

Gimió contra el cojín, sus manos tensándose en las esposas, consiguiendo que dejaran una marca. Quizás era el hecho de tener a Eliza sobre ella dándole el mejor masaje de su vida, o el hecho de estar esposada y tumbada con alguien encima con el calor que hacía, incluso siendo ese alguien una amiga suya, pero quiso removerse. Comenzaba a sentir un calor importante dentro de sus pantalones y ropa interior, y una especie de sensación vacío que, por gracia o desgracia, sabía que Eliza podría solucionar. Pero ella quería a Matt, (a pesar de tener que recordárselo al estar en ese momento con su amiga explosivamente atractiva, descarada y lesbiana). Si su novio entrara por la puerta tendría problemas.

Eliza acariciaba con mimo y dedicación la espalda de Alycia. Le vio varios gestos de llevarse la mano al cuello y hombros durante la última semana, y supuso que serían contracturas que ella, por darle masajes de pequeña a su madre a cambio de cinco euros, sabía quitar con eficacia. Sabía dónde y cómo tocar para destensar y aliviar la tensión, y presionar para minimizar los bultos rígidos entre sus omóplatos. Alycia tenía una espalda fina y bronceada, y ver su piel morena a través de los tirantes era una tentación. Vio que se removía en el sofá y le preguntó si estaba incómoda, pero la morena le aseguró que no, y que daba muy buenos masajes. La creyó, porque lo sabía, pero ver cómo intentaba librarse del agarre de las esposas la hacía dudar si estaba a gusto. Le gustaba el masaje, se veía, y lo de las esposas fue por darles utilidad con Alycia e incomodarla un poco, pero se retorcía de un modo...extraño. Extrañamente conocido.

Ella nunca había esposado a nadie en la cama, pero a ella Costia sí la había atado con un cinturón a su cabecero un vez. El hecho no de poder ver o usar tus manos y estar impotente bajo el toque de alguien era increíblemente excitante. Ella lo sabía, y su propósito con Alycia era ese. No podía soltarse, así que sólo debía relajarse y disfrutar. Además, sus gemidos eran música sagrada para ella, mejor que la ópera, algo que creyó que se le daría bien a la morena después de escucharla gritar más de quince minutos seguidos.

Los recuerdos de aquellas horas juntas la asaltaron, y ahora la que quería removerse era ella. Mierda, estaba excitada. Supo que corría ese riesgo al sentarse sobre Alycia y escucharla suspirar, pero quiso aprovechar la situación al ver que Alycia confiaba en ella para esposarla, incluso sin saber para qué. Ahora arriesgarse no le parecía tan buena idea. Sólo rezaba porque la morena no sintiera su humedad, y si así era la atribuyera al calor.

- ¿Mejor? - preguntó con voz ronca cuando vio a la chica a punto de dormirse.

- Dios, sí - gimió. Eliza se sintió mareada y cerró los ojos un segundo. Luego, cuando Alycia hizo amago de girarse, se inclinó sobre ella para quitarle las esposas con la llave que tenía en el bolsillo guardada de antes. Sus pechos quedaron a la altura de la coleta de Alycia, que retuvo la respiración, y cuando se retiró juró que quiso besar y limpiar las gotas de sudor que caían lentamente por su esbelto cuello de una manera demasiado insinuante. Se le secó de nuevo la boca y se sentó lejos de la morena para tranquilizarse, ignorando el dolor en sus pezones y la visión de los de Alycia endurecidos.

Dios, no lleva sujetador, pensaba desesperada.

- ¿Quieres quedarte a cenar? - preguntó Alycia con la voz pastosa, y Eliza sonrió al verla tan relajada gracias a ella. Le recordó a cuando la relajó de otra forma -. Es mi forma de agradecerte ese maravilloso masaje. Deberías buscar trabajo de masajista, en serio. Creo que me has quitado años de encima.

La rubia frunció los labios para reprimir todos los chistes fáciles que se le ocurrieron. Alycia le ponía los chistes a huevo, y deseaba que le pusiera otras cosas igual de fáciles que esas.

- No hace falta - aseguró.

- Claro que sí - se puso en pie Alycia, dando un salto que a su amiga le pareció adorable. Su sonrisa era enorme y contagiosa -. Además, me has invitado a una fiesta. Te debo una todavía.

- Yo a ti también - repuso Eliza.

La morena hizo un gesto con la mano, declinando su observación.

- Esa la tengo guardada para una ocasión especial - puntualizó -. Esto es diferente. Vamos, ¿qué te apetece? ¿Macarrones con tomate, patatas, merluza?

Eliza rió al ver a Alycia caminar hacia la cocina sin hacerle caso a sus negaciones, por lo que desistió.

- No te compliques. Hay un chino cerca y una pizzería a dos manzanas. Podemos llamar y pedir algo, no hace falta que te pongas a cocinar con este calor - ella pensó en cuánto odiaba hacerle la cena a su hermano en verano.

- Venga ya, quiero impresionarte - replicó Alycia sonriéndole, volviendo con los dos vasos llenos de agua de nuevo. Se dejó caer a su lado -. Tu me has impresionado.

- ¿Dando masajes?

- Sí - lo pensó -, y siendo tan dulce y...no sé, delicada - se formó un silencio entra ambas en el que Eliza le sonrió seductora. Ella podía ser delicada y dulce en otros aspectos, y ambas lo recordaron. Alycia se ruborizó y desvió el tema -. Ya sabes, me impresiona después de ver cómo tumbabas a Wells de un puñetazo como si fuera un muñeco de trapo.

Eliza soltó una carcajada que hizo brillar los ojos de Alycia con intensidad. Sólo le había escuchado una risa tan espontánea y fuerte dos veces: cuando creyó que Lindsey era su novia y ahora. Quería hacerla reír más veces así.

- De acuerdo, impresióname con tus habilidades culinarias - bromeó la de ojos azules. Luego frunció un poco el ceño -. ¿A tu novio no le importará?

Alycia imitó su gesto, y luego se encogió de hombros, indiferente. Estaba segura de que a Matt no le importaría como para enfadarse, pero tampoco le haría gracia. Eliza era la hermana de Alex. Si se lo decía por un mensaje él intentaría evitar que la hermana de un delincuente en potencia cenara con su novia, por muy amigas que fuesen, y menos después de darle un masaje tan erótico que, por supuesto, no iba a mencionarle. Nunca se alegró tanto de no contarle a Matt su desliz con Eliza.

- ¿Te importa? - preguntó por si a Eliza le incomodaba Matt.

La rubia también se encogió sin darle importancia.

- Es tu novio. Tu eres mi amiga - respondió segura, y Alycia se dio por satisfecha con esa respuesta.

- Entonces está decidido - se levantó de nuevo, cogiendo la mano de Eliza para levantarla y mirarse a los ojos -. Te quedas a cenar esta noche.

- Pero me harás un favor - dijo de repente la rubia. Alycia asintió con seriedad, y Eliza sonrió ampliamente al decirle -: Luego me acompañarás al portal.