POV Eliza

Lindsey parpadeó un par de veces para, nuevamente, fruncir el ceño.

- Espera - alzó una mano, confusa -, recapitulemos. ¿De verdad estás con Niylah?

Eliza resopló. Era la cuarta vez que se lo preguntaba. Hacía dos semanas desde que ella y Niylah se habían vuelto a acostar, y desde entonces se veían a menudo. La camarera estaba que no cagaba, y Eliza sentía que tenía una vía de escape que, con el tiempo, la ayudaría a dejar de pensar que Alycia, en algún momento, pareció sentir la misma conexión con ella que Eliza todavía sentía cuando se miraban, todo para luego querer hacerla creer que habían sido imaginaciones suyas y que había visto señales donde no las había.

Ella misma se había tirado a una piscina vacía, para luego correr a los brazos de la primera socorrista.

- Sí, Lindsey - contestó aburrida -. Estoy con Niylah.

Ambas percibieron el pasotismo en su tono al decirlo, pero ninguna lo comentó. Ya la primera vez se lo había contado con el mismo entusiasmo con el que le informaría de un examen de matemáticas o gimnasia. Contrastaba completamente a la forma que tenía Marie de hablar de Ricky. Eliza no sonaba contenta ni emocionada, ni siquiera tímida o reservada; sólo cansada.

- ¿Por qué? - la morena arrugó la cara, levantando un lado del labio superior en una mueca graciosa.

- ¿Por qué no? - frunció Eliza el ceño. Le dio un trago a su refresco antes de encogerse de hombros en el cómodo sofá de la casa de Lindsey y contestar -. Le gusto. Ella es una buena chica. Nos lo pasamos bien. No hay complicaciones.

- Claro - rió la morena resoplando -. De todos modos, ¿qué tipo de complicaciones podría haber? Está feliz como una perdiz contigo, que lo entiendo, pero ni que fueses yo - bromeó burlona -. Lo que quiero decir es que... Venga ya, Eliza, Niylah te gusta como te pueden gustar otras. Pero hay algo que no encaja, ni lo hará, lo sabes. Ella es tan estable, está tan colada por ti que es...aburrido. No sé. No es...

- ¿Alycia? - Eliza adivinó lo que la morena quería decir pero no se atrevía por si la rubia reaccionaba mal. Ésta asintió como si fuera obvio. Eliza bebió de nuevo -. Ya tengo bastantes cosas por las que preocuparme como para andar detrás de alguien. Alycia no tiene ningún interés en mí, me lo dijo. Tema zanjado.

Ahí estaba de nuevo el deje escocido y dolido que hacía comprender a Lindsey que a su amiga de verdad le había comenzado a gustar la policía guapa y aun la traía de cabeza. Enamorarse para acabar con el corazón roto era casi lo peor que le podía pasar a Eliza con la vida que tenía. Sin embargo, lo peor era que se enamorara e intentara reprimirse. Acabaría destrozándose a si misma por dentro en el aspecto del que más se protegía de los demás. Si Eliza se enamoraba y todo terminaba mal, ella acabaría rota completamente, lejos de cualquier reparo.

Y Niylah no era ni sería ese reparo. Como buena amiga debía hacérselo ver, y Eliza, como buena persona tozuda, se taparía los ojos hasta llevarse el golpe.

- ¿Te intentas convencer a ti o a mí? - la picó Lindsey. Eliza le lanzó una mirada mordaz -. ¡Anda ya, rubia! Te conozco, y tú te conoces. No eres tonta. Eres decidida, sabes lo que te gusta, y sabes que puedes conseguirlo casi todo, si te lo propones.

- Sí, casi todo - recalcó. Antes de que su mente comenzara a rebobinar hasta el día en que conoció a Alycia, y de ahí para delante para buscar cualquier pequeña esperanza de que hubiera algo entre ellas, sacudió su cabeza -. Una tía ha pasado de mí, ya está. No es el mayor drama. Tampoco es como si quisiera casarme con ella. Alycia es mi amiga, la aprecio, y me gusta como puede llegar a gustarme Niylah. Me gusta como mujer, pero la quiero como amiga. Perderla por un capricho temporal sería... - hizo una pausa para suspirar de manera temblorosa -. No quiero ser egoísta y caprichosa, no voy a poner su estabilidad patas arriba sólo por un par de polvos. ¿Qué conseguiría? Quizás cambiarla de acera, estar unos meses con ella y ya. Como con Costia. Todo se acaba, no voy a arrastrarme más.

- ¿Sabes? Creo que Alycia sí necesitaría esa complicación, un buen polvo que la alejara de todo ese aburrimiento en el que vive. Prácticamente toda ella lo pide a gritos. ¡Por dios, su novio usa calcetines blancos y chancletas!

Eliza rió. Una risa derrotada que Lindsey no estaba acostumbrada a oírle a su mejor amiga. Luego miró la serie que veían en la televisión, aunque supo que no prestaba atención a lo que decían. Estaba perdida en sus pensamientos. Sólo dijo, minutos después:

- Alycia es feliz.

Lo que Eliza quería decir es que no arriesgaría la felicidad de Alycia por la suya propia. Eso partió el alma de Lindsey, quien más que nadie quería que Eliza fuera tan feliz como merecía ser.

Lindsey recordó que Eliza odiaba el romanticismo, las muestras de cariño sinceras y las relaciones amorosas para toda la vida. Y las odiaba porque no creía que fueran reales, al menos no para ella. Pero también sabía que eso era exactamente lo que su amiga deseaba. Algo estable, duradero. Para siempre. Todo en su vida era un caos con altibajos. Eliza, quien sabía que nunca podría encontrar una solución para el daño ya hecho en su familia estropeada, quería encontrar un salvavidas para ella misma. Esa persona especial que le diera el cariño que le faltó siempre, y poder dárselo también sin miedo a entregar demasiado para acabar perdiéndolo todo demasiado pronto, como con Costia. Sabía que podía llegar a ser feliz con Niylah, porque ella podía darle todo lo Eliza quisiera. Pero no era recíproco, y tampoco lo sería. Eliza era terca y decidida, y si le gustaba algo se le notaba e iba a por ello. Niylah no le gustaba, sólo lo que le aportaba. Eliza acabaría sintiéndose una manipuladora cuando la herida del rechazo de Alycia se cerrase, y Lindsey no quería que la rubia se sintiera todavía peor por no aceptar que no había nada de malo en enamorarte de una persona, sobretodo si ésa valía la pena.

Lindsey la miró como si estuviera midiendo cuidadosamente sus palabras, y cuando abrió la boca y Eliza pensó que diría alguna frase estúpida pero reflexiva que le diera otra perspectiva más positiva, sólo dijo -: ¿Me pasas el mando? Acaba de comenzar Bob Esponja.

Obviamente Eliza le dio el mando y dejaron el tema de lado.

Habían quedado porque era domingo y querían relajarse luego de una semana agotadora para la rubia. Había tenido más problemas que de costumbre en casa con su hermano, pero sobretodo con su madre. Habían discutido por tonterías, como siempre, pero también habían acabado echándose cosas terribles en cara...como siempre. Su madre le gritó cosas horribles que en realidad no pensaba, y Eliza se calló cosas terribles que en realidad sí pensaba, pero ella podía lograr olvidar temporalmente el dolor de las palabras de su madre. Abby, en cambio, no olvidaría lo que Eliza dijera, incluso si sabía que era mentira.

Recordó aquel día en el que partió el corazón de su madre intencionadamente. Lo bien que se sintió de manera egoísta y superficial y lo mal que en el fondo se sentía, incluso a día de hoy.

(Años atrás)

Volvían a casa tras una irritante cena de Nochebuena, donde su madre había abierto el cajón de mierda para sacar todos y cada uno de los trapos sucios de Eliza para que cada familiar diese su opinión. Negativas todas, claro. Sólo los trapos de Eliza, eso fue lo peor.

Era una vaga fracasada por no estudiar y repetir curso de nuevo. Era una guarra y un desastre por ser desordenada. Era una mala hija por no obedecer a su madre incluso si ésta estaba equivocada. Era una borracha por beber un mínimo de alcohol cuando salía con sus amigas. Y era una desviada viciosa porque le gustaban las mujeres.

Aquel tema no avergonzaba a Eliza, nunca lo había hecho. Eran sus gustos, y si le gustaban le gustaban. No los iba contando por ahí como diciendo "Hola, soy Eliza la lesbiana", pero estaba contenta con aceptarlos. Pero aquel día consiguió sentirse con ello todo lo mal que su madre quiso hacerla sentir. Quizás no intencionadamente, sino para que, al ver que todos los dinosaurios de sus familiares pensaban igual, entraría en razón y aceptaría que había elegido un camino equivocado. Como si eso se escogiera...

El trayecto de vuelta fue silencioso y tenso. Eliza quería explotar contra su madre, pero no a riesgo de tener un accidente de coche. Su madre de vez en cuando hablaba como si nada, y su hermano, contento por no haber sido el blanco de las críticas a costa de su hermana mayor, le contestaba encantado fingiendo ser el niño bueno e hijo amoroso que era cuando le convenía.

Pero al llegar a casa toda esa paz armada terminó.

Eliza entró a la cocina como un vendaval, esperando a su madre para el enfrentamiento del siglo. Se quitó la chaqueta que ella le había obligado a ponerse e incluso se remangó la camiseta, lista para la batalla. Ella aceptó llevar aquella chaqueta hortera pensando que si contentaba a su madre la dejaría tranquila. Ahora se sentía engañada y ridícula, y muy, muy enfadada.

Su hermano corrió a la seguridad de su habitación tras darle un beso de despedida a su madre, como si le deseara suerte, como si Eliza fuera una loca exagerada que estuviera sacando todo de contexto. Abby entró a la cocina con una confusión que resultó todavía más irritante para su hija.

- Eliza, ¿qué te ocurre ahora?

Y entonces todo empezó. Aquella frase fue el detonante, la inocente declaración de guerra que Eliza llevaba esperando para poder explotar contra ella a gusto y con obvias razones. Le dio igual que fueran las cinco de la madrugada, que los vecinos golpeasen las paredes y el suelo reclamando silencio, y lo patético que fue que incluso su hermano interviniera al ver cómo podían acabar las cosas, cumpliendo el papel de mediador y pacificador que pertenecía a su hermana.

Eliza repasó todos y cada uno de los humillantes momentos por los que su madre la había hecho pasar. Lo peor no fue sentirse más expuesta que si estuviera desnuda, sino saber de sobra que sería el tema estrella de cotilleo en la familia por las próximas décadas y generaciones. Ni las mierdas de su hermano cambiarían que ella, desde aquella noche en adelante, fuera considerada la desviada fracasada y rebelde de la familia.

Su madre tuvo la desfachatez de hacerse la inocente y la madre preocupada.

- Hija, es que lo no lo entiendo. Con lo guapa que eres... ¿por qué no te buscas un novio? Quiero decir, un chico normal, decente. Como todas las chicas.

Ahí estaba de nuevo esa dichosa frase. Eliza le había repetido a su madre millones de veces que ella no era "todas las chicas", ella era Eliza.

- Mamá - la cortó intentando no saltarle a la yugular -, me gustan las chicas. Lo aceptaste cuando te lo dije. Creí que lo aceptabas. ¿Qué mierda hay de malo?

- Que no quiero ver cómo por una simple etapa te quedas sola el resto de tu vida.

Eliza rió alto y falsamente, satisfecha también por molestar a sus vecinos, que ya que no podían dormir estarían con la antena puesta. Aquella noche era la noche de "Humillemos todos juntos a Eliza hasta que se sienta la peor y más pisoteada mierda del planeta. Destrocemos su autoestima. Todo por un mundo con menos lesbianas y más monjas".

- Por dios, ¿hablas de que una "etapa" me joderá toda la vida?

Su madre la miró seria, entrecerrando los ojos al ver la desobediencia y reticencia de su hija a sus consejos.

- Sí, Eliza. Nunca has sabido escoger. No quiero que acabes como yo.

Eliza se erizó furiosa. Aquello fue la gota que colmó el último depósito que reservaba para no odiar a su madre durante el resto de su vida.

- No soy como tú. En nada - siseó en voz baja, su tono era venenoso -. Deja de aconsejarme, deja de decirme que me busque un hombre. ¿Crees que un tío me hará feliz? ¿Crees que seré infeliz o soy rara por ser lesbiana? Porque creo que prefiero ser una lesbiana soltera que una machista que se dejaba golpear por su pareja cuando...

La bofetada de su madre la calló al momento. Eliza cerró los ojos, aceptando el momento y lo que conllevaría. Aquel golpe le dejaría algo más que un moratón. Era la primera vez que su madre le cruzaba la cara de verdad. Siempre que la castigaba no era algo físico, nunca le dio una colleja como a su hermano. Hasta ese día. Y lo peor era que a lo mejor lo merecía por haber cruzado deliberadamente la línea de lo permito en una discusión de padres e hijos; juzgar las decisiones de un padre o madre, incluso cuando es obvio que se equivocaba. Se había pasado, lo sabía, pero no lo pensaba admitir en voz alta. Nunca. Hay bofetadas que van directas al orgullo.

La miró a los ojos, que le picaban. Las lágrimas eran por más que la maldita bofetada. Quería llevarse la mano a la mejilla para acariciarla y aliviar el dolor, pero no delante de su madre. No le demostraría cuánto la había herido aquella noche, física y emocionalmente. De todas maneras aquel golpe había dolido menos que escuchar a su madre hablando de ella como de una enferma. La bofetada había sido el último golpe, el definitivo, pero no el más doloroso. Sólo sería una excusa para que Eliza pudiera decirle que la odiaba sin que su madre dijera que decía lo que decía por su bien. Una bofetada a tiempo, si es necesaria, puede arreglar muchas cosas, pero esa había estado tan fuera de lugar como el reproche de Eliza respecto a su padre, cuando que su madre permaneció a su lado hasta que ellos nacieran porque necesitaba ayuda. Por ellos. Pero él la dejó de todas maneras.

Se negó a recordar, incluso a pensar. Se limitó a sentir y dejar fluir todo el rencor y odio que guardaba desde hacía años. Se negó a sentir pena por su madre. Se obligó a olvidar todo lo que ella había soportado por sus hijos, que se había esforzado como nadie y sin ayuda, y que había antepuesto la felicidad de ellos a la suya, intentando hacerlos todo lo felices posibles. Ignoró el molesto pensamiento de que su madre era con ella todo lo exigente que no había sido con su hermano porque no quería que terminase igual que él, igual que ella. Y se aferró a la certeza que tenía de que su madre la consideraba una fracasada. Peor; tan o más fracasada que ella.

Porque ella se parecía a su padre. Porque era una inútil. Porque era lesbiana.

Se limitó a mirarla con todo el odio del mundo, mientras la mujer apretaba con fuerza la mandíbula, teniendo también su lucha interna.

Entonces Eliza supo dónde golpear. Un golpe tan bajo como certero que saciaría su sed de venganza de hacer sentir mal a su madre. Tan mal como ella la había hecho sentir.

Cuando Eliza habló, su voz estaba llena de veneno, a pesar de ser baja y calmada.

- Nunca seré como tú - dijo muy segura, ruda, fría -. Antes preferiría ser como papá.

Era mentira, pero quería herir a su madre donde más le dolía. Y lo consiguió. Vio el dolor en su mirada, y las lágrimas en sus ojos. Incluso vio a su hermano cerrar los ojos tras su madre, sabiendo también que ese día, esa frase, marcarían un antes y un después en aquella casa.

Eliza sintió esa pequeña satisfacción adolescente de devolverle a tus padres algo del dolor y la injusticia que te pueden hacer sentir, incluso cuando hacen y dicen cosas por tu bien. Supo que luego se sentiría culpable, que el dolor en su mejilla cesaría al rato, pero el de su madre no. Tampoco el suyo en su orgullo. Quería herirla de la misma manera que hizo ella, o peor, y estaba cruelmente alegre por ello. Ambas cargarían con el dolor de las acciones y palabras de la otra siempre, porque ninguna iba a pedir perdón.

A partir de ese momento todo cambió. Su madre enfermó. Eliza se alejó. Su hermano fue a peor. Eliza odiaba a su madre, y su madre se odiaba a si misma. Y su hermano comenzó a odiarlas a las dos todavía más, porque sentía que desde entonces su madre sólo se preocupaba por él, lo controlaba más y le prohibía hacer las cosas que él quería y solía hacer cuando su madre estaba tan encantada con lo bien que la cuidaba Eliza que no se fijaba en él. Su madre lo abandonó cuando él quiso que lo abandonase, pero le quedaba Eliza. Ahora, Eliza los había abandonado a los dos, y Abby corrió a buscar consuelo en ser una buena madre con el pequeño que no la odiaba. Eliza dejó de cuidarla, intentó no preocuparse ni sentirse culpable, porque no quería perdonar a su madre. Quería odiarla cada día más para que, cuando se marchara de casa, nunca pensara en volver.

(Actualidad)

- ¿Eliza? - la voz de Lindsey la sacó de sus pensamientos. Cuando dejó de mirar la televisión se volvió hacia su amiga, que lucía preocupada -. Oye, ¿estás bien?

- Sí - sonó más borde de lo que quería, pero la morena conocía a su amiga, así que no le dio importancia.

- Decía que te lleva sonando el móvil cinco minutos - se lo pasó desde la mesilla donde lo había dejado a cargar. Lindsey miró la pantalla, y luego cautelosa a Eliza -. Es Alycia.

Eliza odió la manera en la que su corazón pareció hacer una carrera de relevos nada más escuchar el nombre de la chica de ojos verdes.

Sacudió la cabeza y desvió la mirada hacia su móvil, donde se veían tres llamadas perdidas y varios mensajes.

Los abrió.

"Alycia: Hola Boo! Sé que hemos hablado poco y que ahora estás muy ocupada, pero le he cambiado a Indra el turno de esta noche para tenerla libre. Pensé que podríamos quedar y cenar algo, volvía de camino y compré pizzas, son tus preferidas."

"Alycia: Las pizzas se enfrían y si me las como yo todas engordaré Jajajaja Supongo que estás en casa de Lindsey. Puede venir ella también, aunque ya quedan dos trozos de pizza menos."

"Alycia: ¿Ha pasado algo malo? ¿Estás enfadada? Puedo ir hasta tu casa a buscarte, si quieres."

"Alycia: Cuando leas esto contéstame, por favor, estoy preocupada."

Eliza echó un rápido vistazo al reloj. Eran las nueve y media. Los mensajes le habían llegado desde las ocho hasta hace quince minutos, y las llamadas eran recientes. Vio a Alycia en línea y contestó rápidamente, apartando de un plumazo cualquier remordimiento o duda que pudiera tener respecto a cenar de nuevo con ella. Ni siquiera pensó en Niylah o Matt.

"Eliza: No comas ni un trozo de pizza más, deja algo para mí."

"Eliza: Estaba en casa de Lindsey y no atendí al móvil, lo siento. Y no te preocupes, que te pones muy fea con tantas arrugas."

- Falsa - la picó Lindsey con una sonrisita sin perder detalle de las contestaciones. Eliza sonrió de medio lado, dándole un codazo.

- Cállate, cotilla.

"Eliza: Vamos hacia ahí ahora."

Alycia le contestó al momento diciéndole que se quedaba más tranquila y que las esperaba en su casa, y Eliza quiso esconder su cara en un cojín para no sonreír y golpearse por ser tan estúpida y cursi. Todo era por culpa de Marie, que desde que estaba con Ricky parecían Romeo y Julieta, se dijo.

Se calzó, porque tenía la costumbre de descalzarse al llegar a cualquier casa de confianza (o sea, la suya, la de Lindsey y la de Marie porque tenían la misma manía) y apremió a la morena para que hiciera lo mismo, pero ésta declinó la oferta alegando que sus padres llegarían aquella madrugada para pasar una semana de nuevo en la civilización moderna.

De pronto Eliza se petrificó y la molesta inseguridad la golpeó de nuevo. Quería estar a solas con Alycia, su amiga, pero no quería estar a solas con Alycia la novia de Matt. Estaba convencida de que siempre habría una pequeña barrera entre ellas, ahora más sólida, y estaba aun más segura de que era Matt. Él y los principios firmes de Alycia sobre el compromiso.

No se permitió dudar más de cinco segundos, porque ella era de mente ágil y práctica, no metódica y reflexiva. Era despreocupada, y pasar un rato con Alycia era lo último que quería que la preocupase.

Así que cogió el móvil, besó a Lindsey de broma y se despidió antes de salir por la puerta.

Una vez en la calle miró su casa con las luces encendidas. Frunció los labios en desaprobación a continuar teniendo que preocuparse por lo que ella llamaba "compañeros de piso" y comenzó a caminar sin prisa pero sin pausa hacia la casa de Alycia.