POV Alycia
Lo primero que hizo tras seguir a Matt y ver cómo Eliza entraba esposada en el coche policía junto a su hermano y otro chico, Wells, fue correr hacia su coche, aparcado unas manzanas mas lejos. Lo segundo, fue llamar a Lindsey. Entre la carrera y las lágrimas le costó hablar, pero el enfado de Lindsey y los insultos dirigidos a nadie en particular, le hicieron comprender que la había entendido. Le aseguró que iría a la comisaría en cuanto pudiese.
Al llegar, Alycia bajó corriendo del coche, con el pulso temblando y la vista borrosa. Se sentía mareada, y quizás tuviera fiebre de tanto llorar, pero el dolor físico era más llevadero que el emocional. Sentía un hueco en su pecho por el que sobrevolaba una nube de culpabilidad. Ella no pudo hacer nada, pero sentía que debía hacerlo ahora. Se esforzó por enfadarse con Eliza, y preparó un discurso mental con el que intentaría convencerla de que encubrir a su hermano no era lo correcto. Luego estaba la duda de si debería decirle a Matt lo que vio; cómo Eliza se aseguraba de limpiar de droga a su hermano. Era algo entre ellos dos, fuera de toda comprensión para quien no tuviera un hermano pequeño al que, por mucho que odiases, sólo te gustaba fastidiarlo tú mismo. Un asunto entre hermanos que a lo mejor no debería afectar a Alycia, pero lo hacía, y aunque estaba segura de que Eliza se enfadaría si se metía, debía intentar convencerla. ¿Y si no podía? ¿Era buena idea delatar a Alex por salvar a Eliza de la cárcel? Era lo correcto, pero si lo hacía, su amiga no la perdonaría. Sin embargo, si se callaba, no se perdonaría ella misma.
Eliza tendría su manera de arreglar los asuntos de su familia, pero cargar con la mierda de todos a sus espaldas no era lo correcto.
- ¿Dónde está? - preguntó rápidamente a Matt nada más verlo. Supuso que estaría en la celda o dando una declaración, pero no tenía tiempo que perder.
Su novio la miró preocupado, pero también curioso. Alycia creyó que parecería una loca con la cara mojada y roja, los ojos igual, y temblando incluso a finales de agosto con más de veinticinco grados.
- En la celda común - contestó el chico, pero antes de que pudiera añadir nada más, la morena ya caminaba a paso ligero hacia donde le había indicado.
La vio de pie, discutiendo con su hermano en voz baja a través de las barras que los separaban. Ella tenía la cara magullada. Quiso gritarle a alguien que buscaran un maldito médico para tratar sus heridas. El chico parecía agobiado y Eliza desesperada por hacerlo entrar en razón, aunque la que tuviera que atender a razones fuera ella, al parecer de Alycia.
- ¡Eliza! - la rubia miró en su dirección casi con emoción, pero luego su mirada se ensombreció hasta la desconfianza. Vio cómo le decía algo más a su hermano antes de que ella llegase hasta la celda - ¿Estás bien? ¿Qué te han dicho? ¿Te han pegado?
- ¿Y a mí por qué me iban a pegar? - frunció la rubia el ceño, casi sonriendo. Pero Alycia no bromeaba, y menos cuando vio que estaba con varios tipos. La clase de hombres que son detenidos por escándalos y vandalismo. Ella quería asegurarse de que Eliza estaba bien -. No te preocupes, Alycia. Estoy bien, de verdad. Estaré bien.
Alycia sintió de nuevo los ojos humedecerse, y sus manos volaron para atrapar las de Eliza alrededor de los barrotes. La morena negó con la cabeza.
- ¿Qué te han dicho? - repitió asustada. Suponía lo que le podían haber dicho, pero necesitaba estar bien informada para poder actuar a su favor.
Eliza frunció los labios.
- Las cantidades de cada bolsa doblan las permitidas - lanzó una mirada mordaz a su hermano, que se encogió en la silla en la que se había sentado para dejarlas hablar -. Me van a tomar declaración cuando acaben con esos idiotas.
Alycia conocía el protocolo, y algo en la mirada de Eliza le decía que ella también. No está permitido llevar droga encima en la vía pública, y si las cantidades superan las permitidas, deja de considerarse para consumo propio y pasa a ser tráfico ilícito de drogas, un delito penado de tres a seis años con multas económicas bastante elevadas.
Se imaginó a Eliza en la cárcel, compartiendo celda con cualquier delincuente que pudiera herirla o algo peor. Se la imaginó allí encerrada, rebelándose o contestándole a los policías, consiguiendo que la llevasen a una celda aislada en donde podría volverse loca. Se la imaginó deprimida y más fría y ruda de lo que era, lejos de su familia, como quería, pero encerrada por algo que ella no había hecho. Eliza era un espíritu libre, y meterla en la cárcel sería como enjaular a una pantera.
El corazón de Alycia se encogió al tamaño de un grano de arroz, como si una trituradora le estuviera aplastando el pecho.
- Es injusto - dijo la morena, angustiada -. No puede entregarte por algo que no has hecho, no puedes cargar con un castigo que no es para ti, Eliza. Por favor, no te inculpes.
Los ojos de Eliza parecieron perder el brillo alegre y sarcástico que conservaba hasta en los peores momentos. Negó lentamente con la cabeza.
- Ya es demasiado tarde, Alycia. No puedes pedirme algo así.
Alycia tuvo la sensación de que no se refería sólo a la declaración que Eliza daría en el despacho del comisario. Era desesperante e irracional, pero tenía razón: ella no era nadie para decirle qué debía hacer. Era un asunto de familia, de esa que llevaba odiando tanto tiempo y por la que ahora estaba dispuesta a perder años de su vida.
Recordó las palabras de Anya sobre no vivir para los demás, sobre vivir para ser feliz tú. Eliza estaba haciendo exactamente lo contrario, y por primera vez desde que la conocía la juzgó por su modo de tratar a su familia. ¿No podía seguir ignorándolos, y ya? Dejarlos a su suerte, que cargasen con las consecuencias de sus actos. Abby necesitaba dejar de culparse a ella misma y a Eliza por las tonterías que su hizo malcriado hacía. Puede que ella estuviera enferma, pero no tenía la culpa de cómo elegía vivir su hijo. Puede que Alex no tuviera padre y que su hermana quisiera odiarlo, pero el camino por el que se había perdido fue elección suya. Eliza tuvo la misma vida que él, incluso con más cargas, y no escogió la droga como salida fácil. Lo que Alex necesitaba era escarmentar de una vez, incluso si suponía ir a un centro donde lo tuvieran encerrado por años.
Luego su estúpida voz interior le dijo que deseaba para Alex lo que aborrecía para Eliza. Quizás estaba siendo hipócrita, pero era diferente. Alex era culpable, y Eliza, además de inocente, era su amiga.
Recordó unas palabras de Matt cuando hablaban sobre su trabajo y la carrera de derecho que Alycia estudiaba.
- ¿Cómo puedes preferir defender a un criminal que detenerlo? - preguntó él mientras cenaban.
Alycia frunció el ceño, dudosa.
- La verdad es que cuando escogí esta carrera me imaginaba defendiendo a personas inocentes, no a delincuentes - contestó -. Sería injusto que alguien pagara por el delito de otro.
Lo último que quería era tener que defender a un criminal. Todos merecemos un juicio justo y una segunda oportunidad, pero si has hecho algo malo debes aceptar las consecuencias. Se imaginaba que ese criminal podría haber sido una persona maravillosa con familia y todo antes de cargarla, y qué le habría llevado a hacer lo que hizo. Quizás estaban todos locos, o quizás simplemente eran malas personas, pero Alycia, a pesar de odiar a las malas personas, sabía que cada persona tenía motivos para convertirse en una. Nadie nace siendo mala persona o un delincuente. Alycia odiaba pensar que un asesino que mata a su esposa o a sus hijos cruelmente no se arrepiente. Por muy locos que pudieran estar, y por mucho que ella quisiera apelar a su humanidad, sentía que merecían un castigo que sólo ellos debían pagar.
Matt sólo la miró un segundo, pensativo, y luego dijo algo que Alycia no entendió, no aquel día:
- Es diferente cuando es personal, Alycia.
Ahora, viendo a Eliza, entendía las palabras de Matt. Tenía razón: todo es diferente si es personal, porque incluso si Eliza fuera culpable, ella la perdonaría y haría lo imposible por creer que tenía buenas razones para hacer aquello y poder justificarla. Porque era Eliza, era su amiga y la quería. Era personal.
Con Alex, en cambio, no podía pensar de la misma manera. Quería poder justificarlo, porque era un adolescente idiota pero con carencias, con motivos. Demasiado voluble y volátil, recordó que dijo Matt una vez. El chico era buena persona en el fondo, podía ver la culpa brillar en su mirada cuando alzaba la vista hacia su hermana. Eliza le había contado pestes de él, cada vez que Alex salía como tema de conversación la rubia echaba sapos y culebras por la boca. Lo odiaba, estaba segura. Quería odiarlo. Podía verlo en cómo le hablaba y lo miraba. Culpaba a su hermano de muchas cosas de las que sí era culpable él. No quería verlo como al adolescente perdido que era en el fondo. Eliza no quería pensar que ella y su madre tuvieron más culpa de la real a la hora de moldear al chico. Él se había hecho a sí mismo como era. No quería perdonarlo o sentir pena, y sin embargo, allí estaba ella, defendiéndolo en primera fila de unos desconocidos y del castigo que siempre deseó para él.
Quería odiarlo, pero era su hermano. No era buena persona pero era de la familia, de casa. Más vale malo conocido que bueno por conocer. Supo que Eliza sintió eso cuando corrió a defender al chico sin pensar en lo mucho que lo odiaba y lo seguiría odiando. Si se lo preguntaba a Eliza ella seguramente diría que lo defendía y cargaba con su pena para tener otra razón para odiarlo y perderlo de vista. Buscaría una justificación lo suficiente retorcida como para no admitir que, tras tantos años, aunque fuera por un momento fugaz, quiso a su hermano.
Y Alycia estaba enfadada con ella por eso. Quería enfadarse porque Eliza decidiera ser la hermana mayor del año en aquella circunstancia. Quiso gritarle que no podía ser tan insensible para unas cosas y tan sensible para otras dependiendo del momento.
- Estoy enfadada contigo - murmuró Alycia sin convicción, sintiendo sus párpados temblar por el peso de las lágrimas -. Mucho.
Allí estaba ella, diciéndole que estaba enfadada, y a Eliza no se le ocurrió otra cosa que sonreírle.
- Lo sé.
Alycia quiso golpearla y abrazarla al mismo tiempo, gritarle y besarla, odiarla y quererla.
Seguía enfadada con ella por inculparse, incluso con lo difícil que su sonrisa y sus ojos se lo ponían. Pero en aquel momento parecían brillar, como si tuvieran miles de estrellas dentro, y Alycia se perdió en ellos. Se perdió tanto que le costó distinguir que el brillo venía de las lágrimas en los ojos de la rubia.
No, no estaba enfadada con Eliza, sino con ella misma porque no veía ninguna manera de salvarla. Ella era inocente y ella policía en proceso de abogada; su deber era defender a los inocentes y atrapar a los culpables, y todo aquello había ocurrido frente a sus narices sin que pudiera evitarlo.
En realidad admiraba lo que había hecho Eliza. Estaba orgullosa de Eliza, y la ola de amor que empujó en su pecho con la fuerza de un tsunami hizo que se aplacase su enfado.
- Es mentira - la morena logró decir, necesitaba disculparse por esa tontería, aunque en realidad quería pedir perdón por no poder sacarla de allí dentro -. No estoy enfadada. No me puedo enfadar contigo.
Eliza sonrió más.
- También lo sé.
No le importó que quienes estaban allí la viesen. Sólo cogió el rostro de Eliza a través de las barras y se acercó para besarla. Un beso casto, casi infantil, que la rubia respondió con una triste sonrisa de lado. Era un buen intento de tranquilizar a Alycia, pero, igual que olvidó dónde estaban en cuanto sus labios se juntaron, lo recordó nada más separarse. Y otra ola, esta vez de desolación, inundó su pecho.
- Tú pareces saberlo siempre todo - musitó la de ojos verdes con tono culpable. Ella sentía que no sabía nada, como si Eliza siempre fuera un paso por delante en su relación, viendo y comprendiendo todo antes que Alycia.
La rubia acarició las muñecas de la menor, haciendo una mueca.
- No sé cuál es el número Pi - intentó bromear la rubia. Alycia logró reír, aunque sonó más como un sollozo extraño -. Pero sé que no tienes la culpa de nada de esto, y que te estás culpando, así que deja de hacerlo, Alycia. Nada de lo que va a pasar será por tu culpa, no podías hacer nada.
Lo que va a pasar, se repitió en la mente de Alycia. Sollozó de nuevo al ver que Eliza ya anticipaba lo que ocurriría, porque ya había tomado una decisión que quedaría reflejada en la declaración que daría dentro de poco. Eliza le estaba diciendo que no era culpa suya que fuera a la cárcel por un delito que no cometió.
Maldita sea, claro que no, pero ¿por qué sentía que la culpa la carcomía? Alycia sintió que Eliza quería absolverla de la culpa para poder despedirse, pero era imposible. La culpabilidad es uno de esos sentimiento tan difíciles de ignorar, incluso sabiendo que no podías hacer nada. Tu mente comienza a pensar todo tipo de alternativas, por inverosímiles que sean, y deseas retroceder en el tiempo para buscar el punto en donde todo se estropeó e intentar cambiarlo.
La mente de Alycia ya volaba en el tiempo, repasando cada día de las últimas semanas. El lejano pensamiento de que si hubiera escogido a Eliza por encima de Matt antes ella no habría acabado allí era punzante. Eliza no hubiera estado en el bar para cambiar la droga de bolsillos, porque estaría con ella en casa, quizás haciendo el amor o viendo Bob Esponja. Tampoco se habría acostado con otras, algo por lo que Alycia se enfadaba al comprender que eso sí era por su culpa. La había dejado escapar, y ahora que intentaba atraparla, alguien la empujaba lejos de ella.
Estaba haciendo lo mismo que hizo cuando dejó a Ethan: culparse de los malos resultados incluso cuando cambiarlos hubiera sido imposible. Quizás sólo los habría retrasado. Si ella hubiera estado esa noche con Eliza, su hermano habría sido detenido y mandado a un centro de rehabilitación. Una enorme multa que no podrían pagar les llegaría, y quizás la madre de Eliza también acabara en la cárcel o en un psiquiátrico carcomida por la culpa de no haber sido la madre que su hijo necesitaba.
Y Eliza nunca se perdonaría. Estaría más destrozada con el remordimiento acosándola día tras día que si entraba en la cárcel y se quedaba traumatizada. Eliza prefería un castigo a la culpabilidad.
Entonces comprendió a Eliza. No había hecho lo correcto al cargar con el castigo de otro, pero sí lo más inteligente, escogiendo con la mente fría para evitar una catástrofe mayor en el futuro. Ella cargaría con todo el peso para que su familia no tuviera que hacerlo. Pensó que, más que por ambos, ella lo hizo por su madre. Ella sería la peor parada. Ya cargaba con el odio de Eliza, Alex era su última oportunidad para redimirse de las injusticias contra su hija. Eliza había evitado que su madre se sintiera peor de lo que ya se sentía.
Miró a la rubia, que había mandado acercarse a su hermano para decirle algo al ver a Matt caminar hacia ellos, probablemente para llevarla frente al comisario.
Eres tan idiota, pensó la morena sin dejar de mirarla con tanta tristeza como cariño. Eres tan idiota pero tan buena que te quiero igual, y al final soy yo la idiota, quiso decirle, pero no era el momento ni el lugar.
Comprendió de manera brutal que, en mucho tiempo, no sería ni el momento ni el lugar, y el llanto volvió a derribarla.
- Eliza - dijo el novio de la morena tras echarle un vistazo preocupado -, el comisario te verá ahora para tomarte declaración.
Ella asintió con seriedad.
- De acuerdo.
Matt titubeó un poco, inseguro de preguntar por si alguien los escuchaba.
- ¿Sabes qué dirás?
Alycia quiso abofetearlo y suplicarle. Matt no había visto cómo Eliza limpiaba a su hermano de droga, por lo que no podía interceder con el comisario para informarlo del fallo que habría en la acusación donde Eliza se considerase culpable, pero sabía que ella era inocente. Además, conocía a los otros chicos. Alycia se preguntó qué ocurrió en el despacho, si ellos habrían contado la verdad. Quizás sí, y entonces el juez sabría que Eliza mentía, pero una sensación de frío recorría su espalda. Era un instinto. Aquellos malditos capullos no habrían dicho nada. Sabía cómo funcionaban las cosas entre tipos de ese estilo porque ya detuvo a unos cuantos. No importaba quién iba a la cárcel o no, quién era inocente o culpable; importaba tener una venganza. Dejarían que Eliza fuese a la cárcel para quitársela de en medio y poder partirle las piernas a su hermano en paz.
Eliza la miró de nuevo al verla tan pálida. La morena no podía dejar de pensar y pensar. ¿Qué debía hacer?
- Sí - contestó. El chico abrió la celda para dejarla salir.
La morena se quedó atrás con su hermano, viéndola caminar sin volver la vista hacia ellos. Quizás si lo hacía sentiría que debía replantearse su elección. No lo haría; aceptaría ir a la cárcel, por cuidar que su hermano no fuera a un sitio horrible, ella iría a otro peor.
Alycia miró al chico por primera vez a los ojos, sin saber qué sentir respecto a él, y Alex la miró a ella con cierta incomodidad y duda. Las diferencias entre Alex y Eliza iban más allá del físico, pero había un pequeño parecido que la golpeó con certeza, derribándola de nuevo.
Entonces supo qué debía hacer; no podía cuidar de Eliza, no podría ayudarla, pero sí podía cuidar a su hermano.
Nadie le partiría las piernas. Alycia se encargaría de él incluso si Alex no quería. Ella no pensaba permitir que su amiga fuera a la cárcel para nada y el chico no tuviera al menos alguien que le frenara los pies.
Alycia protegería a Alex por su hermana.
Mientras, Eliza terminaba de declararse culpable. El comisario la informó a grandes rasgos de que su versión coincidía con la de los otros chicos, pero había cabos sueltos.
Eliza conocía a Titus, el comisario. Era un viejo amigo de su madre, y solía avisarlas cuando Alex llegaba detenido. Sentía pena por ellos, quizás porque su hijo había muerto en un accidente de coche cuando su amigo iba conduciendo borracho y colocado. Eliza siempre odió que le tuviera pena, pero esta vez no. Veía cierto destello de compresión, piedad e impotencia en sus ojos, el mismo que tenía Matt cuando la advirtió. Sabía que ella era inocente, y por eso la informaba sobre cómo quedaba cubierto el caso, a pesar de que no debía saberlo. Le estaba advirtiendo, sutilmente, que iría, como ya sabía, a la cárcel, al menos hasta que esos cabos sueltos se atasen y quedase demostrado que era inocente.
Eliza recordó su conversación con Alex.
- Te juro que no es culpa mía - lloriqueó su hermano -. Estaba allí para coger droga, sí, pero sólo marihuana para mí, ¡te lo prometo! Wells es quien me pasa cuando me quedo sin nada, y yo le pago. Sólo hago tratos con él, lo sabes.
Eliza lo sabía, y aunque siempre intentaba alejarse de las tonterías de su hermano, ahora agradecía estar informada.
- ¿Entonces qué hacías con los otros chicos, Alex? - exigió con voz autoritaria, esa que hacía que su hermano la temiera de vez en cuando -. Te vi con ellos, estabas aceptando las bolsas que te daban. Las vi, no era sólo marihuana y era mucha más cantidad de la permitida.
Alex se desesperó. Necesitaba que su hermana la creyese, si iba a la cárcel por su culpa necesitaba que supiera que se arrepentía.
- Ellos me pidieron que les guardase su droga porque la policía iba a registrar la casa de Jasper y Wells - explicó -. Les dije que no, que yo sólo quería lo de siempre y les pagaría, que no escondería más droga. Wells me dijo que lo haría o no volvería a pasarme nada. Estaba borracho, así que cogí las bolsas y lo mandé a la mierda. Le dije que si la policía se enteraba de que yo escondía sus mierdas les contaría todo lo que sé sobre ellos. Entonces comenzaron a golpearme.
Eliza inspiró hondo. Creer a su hermano era tan fácil y difícil a la vez. Sabía que se arrepentía, pero el perdón de su hermana lo necesitaba para poder estar tranquilo consigo mismo y no cargar ninguna culpabilidad, sin importar que lo mínimo que debía hacer era aceptar esa culpa tras lo que la rubia había hecho por él. Era egoísta, pero humano. Eliza solía hacer lo mismo cuando le convenía, así que no podía culparlo.
Por otra parte, conocía la reputación de los otros, y por eso odiaba que, aunque sólo comprase marihuana, Alex hiciera intercambios con ellos. Lo tenían controlado; sabían que nadie más le pasaría droga a Alex en Polis porque ellos mandaban allí, así que su hermano no tenía más remedio que aceptar.
- Te creo - dijo al fin. Vio al chico respirar aliviado, asintiendo -, pero eso da igual. Ya está hecho, ahora esto es lo que pasará, y tienes que comprender que no podemos seguir así.
El chico asintió.
- Mamá me odiará.
- Mamá te odiará si continúas drogándote tras esto - espetó la mayor -. No voy a ir a la cárcel para que continúes metiéndote mierda, Alex, sino para que dejes de hacerlo. Estoy confiando en ti. Es la última oportunidad y no tienes opción. Debes dejar de buscarte problemas y cuidar a mamá. Tienes que prometerme que vas a dejar esa mierda.
- Lo prometo - contestó inmediatamente. Esa vez le costó más creerlo. Ya lo había escuchado más veces decir lo mismo, pero no le quedaba otra que confiar en él.
- Vale - asintió. No podía hacer más -. Entonces está hecho.
Eliza miró de nuevo al comisario firmar la declaración de la chica y rellenar un papel en el que se solicitaba el ingreso en prisión. Se sintió mareada por el peso de la realidad y un impulso egoísta luchaba por cobrar vida en su mente; el de detener la firma del comisario, contarle la verdad y dejar que Alex se las apañase. Pero se mantuvo firme. Ella era fuerte, él no. Ella estaba sana, él no. Ella podría resistirlo, él se abandonaría todavía más.
- Pasarás la noche aquí - informó Titus sin levantar la vista del papel que cubría -. El caso se abrirá inmediatamente e irás a prisión preventiva hasta el juicio mientras continúa la investigación.
Eliza asintió. Le había comentado algo sobre su fianza que, desde luego, su familia no se podía permitir. Titus lo sabía, así que le dijo que iría a prisión preventiva por riesgo de fuga (algo que casi hizo reír a la rubia) y las suficientes pruebas del delito.
Una parte de ella bien escondida y a la que apenas conocía, la Eliza humilde, responsable y buena persona (además de idiota), se alegraba, porque así su familia y amigos no harían cualquier tontería para conseguir el dinero. No quería imaginarse a su madre vendiendo recuerdos de su abuelo, o a su hermano haciendo más tratos estúpidos para conseguir dinero, o a Lindsey intentando prostituirse o seducir a algún viejo millonario para robarle durante la noche. Ella sería muy capaz de eso con tal de sacar a su mejor amiga.
Otra parte bien conocida, la Eliza egoísta que solía ser y con la se sentía cómoda, quiso protestar por el alto precio, sintiendo que unos cuantos ceros la separaban de la única oportunidad que tenía de salir. Para consolarse, la parte bromista que solía conservar y proteger para momentos como aquel, la Eliza despreocupada y guay que obviamente todo el mundo amaba, le dijo que ese, en realidad, era un precio muy bajo para alguien como ella.
Cuando salió del despacho se encontró a Alycia con su hermano y Lindsey, quien nada más verla caminó hacia ella. Eliza tuvo miedo al verle la cara tan tensa y roja, porque parecía que iba a darle un puñetazo y su cara ya había recibido suficientes por una noche. En vez de eso, lo que hizo fue abrazarla hasta casi partirle las costillas.
- Tetoncita mía - lloró en su hombro. Eliza se quedó un segundo en shock, porque ver a Lindsey llorar era más extraño que verla estudiar cuando iban en el instituto. Parecía tan enfadada que la rubia no vio que sólo intentaba reprimirse, al menos hasta llegar a ella. Escuchar a su mejor amiga llorar fue lo único que necesitó para romperse ella también.
- Voy a estar bien - le aseguró, pero Lindsey era más difícil de convencer que Alycia.
- ¡Y una mierda! - se separó un poco para mirarla -. Mírate, estás demasiado buena. Llegarás allí y todas querrán hacerte una mujer de verdad y que seas su putita - bromeó intentando no llorar de nuevo. Eliza rió con ella, y en algún momento sus risas volvieron a ser un llanto compenetrado y triste. La morena le prometió encargarse de su madre y hermano, diciéndole que si hacía falta lo encerraría o lo llevaría al pueblo desaparecido del mapa donde veranean sus padres. Le dijo que informaría a Abby en cuanto volviera con Alex a casa, porque en ese momento llegaba Matt para decirles que debían marcharse y Eliza volver a la celda.
Su hermano la abrazó, y fue tan incómodo como familiar.
Luego se acercó Alycia, y su abrazo se sintió tan cálido y seguro que Eliza deseó no haberlo correspondido, porque soltarla se le hizo demasiado difícil.
- No te preocupes, en cuanto pueda iré a verte - prometió mirándola con sus ojos verdes más seguros de lo que se vieron nunca -. Hablaré con Ontari y tus compañeros. Les explicaré lo que ha pasado. Lindsey hablará con el resto de tus amigos.
Eliza asintió de acuerdo, reprimiendo las ganas de pedirle otro abrazo. Matt y los demás tenían los ojos fijos en ellas. No quería más problemas.
- Gracias - susurró, y luego se permitió mentir para que Alycia pudiera marcharse en paz -. Todo irá bien. Yo estaré bien.
La morena pareció a punto de llorar de nuevo cuando la escuchó decir en voz baja:
- Pero yo no.
Al día siguiente, Eliza entró a prisión.
