POV Eliza
La cárcel era tan mala como la había imaginado. O peor.
No llevaba ni un mes y ya se tiraba de los pelos por salir. Maldito Alex, maldito Wells, maldito Matt. Maldito mundo. Ella debería ser la reina de todo, y las cosas funcionarían mejor. O simplemente funcionarían.
Su habitación era un cuchitril menos desinfectado que unos baños públicos, con una cama vieja y hundida y un somier que chirriaba de forma irritante para sus oídos. Su celda estaba al lado de la de una mujer mayor que ella, Nia. Probablemente rondaría la edad de su madre. Era desagradable y fría hasta decir basta, pero llevaba los años suficientes encerrada como para ser de las más veteranas. Algo así como la jefa, a la que todas debían respetar. Eliza logró ganarse su simpatía con mucho esfuerzo y tragando las palabras que deseaba decirle en cuanto le hablaba como si ella fuera su nueva mascota. A eso había quedado reducida: la rebelde Eliza era ahora una sumisa cobarde.
Los guardias eran hombres y mujeres, pero todos desagradables, y Eliza no lograba simpatizar con ninguno. Excepto con Roan, quizás. Era el tipo que solía vigilar el patio y el comedor y parecía caerle bien. Sus tetas también parecían agradarle.
Luego estaba su espantoso horario. A su lado, el del instituto era una maravilla.
Durante los primeros días en la cárcel, Eliza pasó sus horas en una celda individual del módulo de ingresos, donde tuvo tiempo de asimilar psicológicamente que había quedado privada de su libertad. Durante esos días recibió la visita de un trabajador social, un psicólogo, un educador y diverso personal del centro, que de prolongarse su estancia en la cárcel serían los encargados de decidir el módulo al que sería asignada y los posibles trabajos que podía desarrollar en la prisión.
El toque de diana llegaba a las ocho de la mañana. Mientras los presos asignados a módulos tenían que estar a las ocho de la mañana en el comedor, los reclusos que estaban todavía en el módulo de ingreso, como Eliza, permanecían en sus celdas y otro interno le llevaba la bandeja del desayuno hasta su celda.
Acabado el desayuno, en el módulo de ingreso se continuaba en la celda, recibiendo las visitas del personal del centro penitenciario, y el mismo proceso del desayuno se repetía con la comida y la cena. Los presos asignados a un módulo, y que comparten celda con otro interno, se tenían que ceñir a los horarios marcados por el centro.
Una vez concluido el desayuno, entre las nueve y la una del mediodía, se realizaban las típicas tareas que tienen asignados como lavandería, cocina, biblioteca, etc, o si no tienen, salen al patio o a la sala de televisión. Quien lo solicitaba, podía ir también a las duchas para asearse.
Eliza odiaba tener que pedir permiso para todo, pero sobretodo para ducharse, era como gritar "Hola, soy una supuesta delincuente y estoy sucia, ¿puedo, por favor, ducharme para no apestar y seguir sintiéndome humana? Gracias".
Entre la una y las dos comían en el comedor. Luego los presos iban a sus celdas hasta las cuatro y media de la tarde para dormir la siesta. Esa era la parte favorita de Eliza; cuando dormía y casi olvidaba que estaba en la cárcel. Al menos hasta que comenzaban las pesadillas y despertaba en una fría celda. El hecho de que debía sentirla como suya, como si fuera su nueva habitación, conseguía minar su moral en las horas que pasaba allí dentro. Ella amaba estar en su habitación encerrada y sin hacer nada para evitar a su familia. Ahora odiaba tener que estar encerrada en una habitación que nunca sentiría como suya sin nada para hacer. Echaba de menos quejarse por oír a su madre gritarle o a su hermano petar en la puerta para molestarla. Echaba de menos poder odiar su familia y su casa. Se prometió que cuando saliera y llegase a casa, nunca volvería a estar metida en su habitación más de dos horas.
Después del horario de descanso, los reclusos volvían a salir de sus celdas hasta las ocho y media, donde cumplen de nuevo con sus tediosas tareas, al patio, a la sala de televisión o a las duchas. De ocho y media a nueve y media servían la cena, y tras eso vuelven a sus celdas hasta el toque de diana de la mañana siguiente.
Así cada día de cada semana, y ya casi llevaba un mes.
Aun así, con diferencia, lo peor era la comida. Eliza intentaba ocultar sus ganas de llorar y sus muecas de asco, pero hasta la comida caducada de un mes del chino de la esquina de Polis sabría mejor que aquello.
Nia estaba en el módulo de penados, mientras que Eliza fue asignada al de preventivos a la espera de su juicio.
No quiso hacer caso de la sádica risa burlona del guardia que la informó deseándole suerte y diciéndole lo mucho que se verían las caras hasta entonces. Eliza hizo una nota mental para suplicarle a Alycia que ella y Matt intentasen, con ayuda de Titus, acelerar todo lo posible el proceso.
Sus tareas eran básicamente las mismas que en su casa, pero mucho más desagradables. También estaba el hecho de que no era su casa, que por terrible que fuese, era suya. En su casa las hacía porque no le quedaba otra, en la cárcel era para sobrevivir. Nia le comentó que los presos preventivos debían procurar participar voluntariamente en cada tarea porque siempre estaban vigilados, diaria o semanalmente, y sería conveniente que diera una imagen positiva y participativa de la que el juez fuese informado. Así que lo intentó. O al menos, durante las primeras cuatro semanas.
La primera visita fue de su madre y Alex, y no era precisamente lo que Eliza necesitaba para mostrarse positiva. Básicamente le echó la bronca, aunque a la chica nunca le quedó claro el porqué. Se limitó a decirle que era un desastre y toda la familia estaba preocupada, que no podría salir de allí en años, que a saber cómo salía el juicio y que se portase bien. Eliza recordó que su madre le dijo eso también en su primer día de guardería, colegio e instituto, y en cada primer día se había metido en un lío. En la cárcel no, quizás porque imponía demasiado (porque pensar que estaba madurando era inverosímil), o quizás porque allí no había una Lindsey o una Marie que pudieran ser sus compinches.
La segunda visita a la semana siguiente fue de Lindsey, Marie y Bob. Nunca se alegró tanto de verlos. Cuarenta minutos que sirvieron para animarla lo suficiente como para poder esperar hasta la siguiente visita la próxima semana sin volverse loca.
- ¿Te han pegado? ¿Te han violado? - fue lo primero que Lindsey preguntó, angustiada, y a lo largo de los cuarenta minutos lo repitió varias veces, incluso cuando el teléfono no lo tenía ella.
- Tienes que hacer pesas o algo, que te vean peligrosa, que no les tienes miedo - aconsejó Marie preocupada.
- ¡No! Si te ven muy chula querrán bajarte los humos - intervino Bob como si su hermana estuviera loca, arrebatándole el teléfono para hablar él. Miró a Eliza seriamente, lo suficiente como para que ella comprendiera que era uno de esos momentos donde debía escucharlo a él -. Busca a quienes mandan y respetan y júntate con ellas, colabora.
- Si hace eso se aprovecharán de ella - exclamó Lindsey indignada -. ¿Quieres que sea la criada de una asesina?
- Mejor que se aprovechen de ella en unas semanas que ahora. Cuanto más tarden en fijarse en ella, mejor - insistió el chico, y luego miró preocupado a Eliza -. Escúchame, amiga, aquí no eres Eliza Taylor, eres una presa más, una novata. Puede que dentro de un tiempo te hagas con ellos y ganes algo de respeto a tu favor, pero ahora mismo eres la novata, una nueva pardilla como objetivo. Esta gente es peligrosa, habrá de todo y nadie de confianza, pero todos ellos se conocen. Tú eres la intrusa. Si vas por libre, irán a por ti.
Tenía razón. Eliza no solía hacer caso a las cosas que Bob decía porque solían ser estupideces y de ellas ninguna valía la pena. Bob tenía un momento de lucidez al mes, y agradeció que lo reservase para su visita.
Asintió y los miró con lágrimas en los ojos cuando el guardia vino a buscarlos para llevárselos.
- Gracias, chicos.
La siguiente visita fue de Alycia.
Tuvo que resistir el impulso de pegarse al cristal o intentar atravesarlo para abrazarla, y también sus ganas de llorar. Ocultó sorprendentemente bien sus sentimientos, al menos al principio, cuando se sentó tan tranquila en la silla bajo la angustiada mirada de la morena. Descolgó el teléfono y le sonrió de lado.
Alycia frunció el ceño, confusa.
- ¿Por qué sonríes?
- ¿Por qué no? - repuso con el corazón martilleando fuerte en su pecho al escuchar su voz, aunque algo distorsionada, pegada a su oreja -. Tengo tiempo de sobra para tener cara de gato enfadado. Estos serán los únicos cuarenta minutos de la semana en los que voy a sonreír. Quisiera aprovecharlos.
Alycia pareció temblar, y cuando habló su voz sonó débil.
- Entonces hazlo - dijo conforme -. Me gusta verte sonreír. ¿Cómo estás?
- Esto no es peor que el instituto - mintió intentando bromear, pero había perdido práctica en las últimas semanas -. Bueno, al menos, que yo sepa, no me harán un examen luego. Aunque estoy segura de que repetiría de nuevo si pudiera.
En parte no mentía.
Siempre había considerado el instituto una cárcel sin delincuentes potencialmente peligrosos. De hecho, consideraba una cárcel todo aquello a lo que debiera acudir obligatoriamente. Su casa también le pareció siempre una cárcel.
Aun así, debía admitir que escogería la secundaria de nuevo, incluso si suponía repetir o ir en clase sin Lindsey. Allí no tenía miedo, allí podía dormir sin tener pesadillas, allí les contestaba a los profesores cuando éstos se le rebelaban e iban de padres sin riesgo de ser seriamente castigada después, allí podía comer o no comer, y no tenía que limpiar los baños. En el instituto los castigos no eran castigos para ella, sino más bien unas vacaciones. Que la expulsaran era un premio: vacaciones anticipadas. El castigo era tener que volver. En la cárcel, todo era un castigo. En el instituto y en su barrio era la reina, una veterana, la jefa, y ahí sólo una pringada novata que debía dormir con un ojo abierto. Su instinto ante hacer o aguantar cosas que no quería era inmediato: rebelarse y replicar todo hasta salirse con la suya. Sin embargo, no era estúpida y sabía que allí debía morderse la lengua constantemente para evitarse serios problemas. Todo lo que no se había callado y aguantado en el instituto debía soportarlo ahora. A ambos sitios debía acudir obligatoriamente, pero al menos en uno era respetada y tenía libertad de opinión sin correr riesgo de recibir una puñalada o que le hicieran algo peor.
- Estamos intentando acelerar el juicio todo lo posible - informó Alycia -. La policía continúa investigando. Matt dirige el caso, lo está haciendo bien. Me comenta las novedades cuando las hay, pero no suelen ser gran cosa.
Eso sorprendió a la rubia.
- ¿No estás en el caso?
Alycia pareció a punto de llorar.
- Le pedí a Titus que me incluyera, le dije que podía ayudar, pero no me lo permitieron - explicó trabándose con sus palabras -. Todavía soy de las más novatas, y dijeron que no podría llevar bien el caso, que estaba demasiado implicada.
Alycia recordó la discusión que tuvo con Matt cuando éste se lo comunicó.
- ¿Fuera del caso? ¿Por qué? - rugió furiosa -. Yo estaba allí, yo vi todo, ¡puedo ayudar!
Matt frunció el ceño.
- Lo siento, Alycia, pero estás demasiado implicada personalmente - replicó serio -. No serías objetiva. No podrías hacer bien tu trabajo y no podemos permitirnos más fallos. Necesitamos gente con experiencia.
- Soy más que capaz de separar sentimientos y deber - gritó la morena. Se preguntó si sonaba tan absurdo para Matt como para ella.
El chico negó con la cabeza.
- No es cierto. ¡Por dios, si cuando la detuve parecía que te estaban arrancando un brazo, Alycia! - ella se quedó quieta y callada, con la mandíbula tensa. Su novio suspiró -. Mira, lo siento, pero son órdenes de arriba. No puedes llevar un caso donde estés implicada emocionalmente, harías lo imposible por defenderla.
- Porque sé que ella es inocente - espetó segura, tanto que sonaba prepotente.
- ¿Y si no lo fuera? - presionó el chico mirándola, y ella tuvo que morderse la lengua para no explicarle todo lo que vio aquella noche. Si algo sabía con certeza era que Eliza era inocente, y Matt también lo intuía, o al menos así lo creía, pero no movería un dedo si no encontraba una prueba concluyente -. No lo aceptarías, te conozco. Seguirías agarrándote a un clavo ardiendo por ella.
Era cierto, ambos lo sabían, así que no pudo rebatirlo.
- Tienes mala cara - observó Alycia preocupada, con sus ojos verdes analizando cada detalle del rostro de Eliza -. Has adelgazado mucho y tienes ojeras, estás pálida.
La rubia tuvo la necesidad de reír, pero llevaba tanto tiempo sin hacerlo que su garganta se quejó.
- Vaya cumplido - sonrió a medias -. Tú también estás muy guapa.
Vio las mejillas de la morena encenderse y quiso gemir por no poder tocarla. Apretó su rodilla y el teléfono para resistir el impulso de colocar la mano sobre el cristal.
- Lo digo en serio - murmuró Alycia en voz baja -. Tienes que cuidarte, no quiero que enfermes.
Pero Eliza ya se sentía enferma. No físicamente, sino mentalmente. Sentía que estaba a punto de volverse loca, y no porque llevara mucho tiempo encerrada, sino por todo el que todavía le quedaba. No lo sabía con exactitud, cosa que odiaba, pero suponía que sería bastante.
Pensó en cualquier cosa menos en eso cuando sintió sus ojos picar. No quería que Alycia la viera llorar porque ella también lloraría. Era evidente que ambas estaban sobre el borde y aguantaban para no derribar a la otra con ellas.
Así que se fijó en ella. Sus ojos verdes estaban tan apagados y tristes mirándola que se preguntó cómo se vería ella en aquel momento. Alycia estaba pálida también, incluso estando morena, y supo que era por la preocupación de verla. Sus labios estaban rojos e hinchados, como sabía que se ponían cuando resistía las lágrimas o se lo mordía para no temblar.
Quería preguntarle tantas cosas. Aquel no era el momento, pero si debía esperar, a lo mejor nunca habría ese momento. Alycia continuaba con su novio, y en parte eso alegraba a la rubia. Tenía alguien que la cuidase. No quería que Alycia echase a perder todo lo estable que tenía por ella, y menos cuando ni siquiera podrían estar juntas.
Mirándola de nuevo a los ojos sintió que había perdido mucho más de lo que creía al entrar en la cárcel, y si así o peor se sentirían los delincuentes de verdad. Ella podía agarrarse al hecho de que estaba allí por una buena causa y quizás saldría, pero los demás no. Eran culpables, al menos la mayoría, y ellos habían decidido serlo. A lo mejor sólo estarían unos años allí, pero siempre serían culpables por lo que hicieron. Esa era su auténtica prisión. Muchos no aceptarían su condena, estaba segura. Quiso pensar que algunos se arrepentían de haber perdido todo por intentar ganar más de lo que podían tener.
- Te echo de menos - no pudo ni quiso evitar decirlo. Que sus caminos fueran por separado no quería decir que no pudieran cruzarse de vez en cuando, incluso a través de un cristal sucio.
Por primera vez en media hora, Alycia le sonrió y sus ojos parecieron brillar.
- Yo también te extraño - frunció los labios -. Suelo ver Bob Esponja cuando lo emiten. Es un poco reconfortante, supongo.
El pecho de Eliza se sintió tan cálido como si hubiera tomado una taza de chocolate caliente en pleno invierno.
- También cuido de Alex - Alycia pareció dudar al decirlo. La mayor alzó las cejas, sorprendida, porque el chico no le había comentado nada en su visita -. Deja que lo lleve a terapia cada martes y jueves. Lo he estado vigilando y no ha vuelto a tomar nada, al menos de momento. Cuando se encuentra mal me llama y lo llevo al hospital.
No quiso hacerlo pero lo hizo: su mano voló hacia el cristal y sus ojos se llenaron de lágrimas. La mano de Alycia no tardó ni medio segundo en ponerse sobre el cristal, frente a la de Eliza, como si ella también hubiera estado deseando hacer lo mismo desde que entró. Eliza tenía un nudo en la garganta que le impidió hablar durante unos segundos.
Ni durante aquellas semanas en la cárcel se sintió tan abatida, tan lejos de todo lo que conocía y quería como en ese momento. Apoyó su frente contra el cristal, con la cabeza baja para que la morena no la viera llorar.
- Gracias - suspiró, y luego cogió aire para recuperarse. Al levantar la vista intentó parecer estable, pero su voz se quebró al final cuando dijo bromeando -: En cuanto podamos vernos sin este jodido cristal en medio tendré que darte un beso para agradecerte eso.
Alycia sonrió lentamente y asintió, con sus ojos viajando hacia sus labios y de vuelta a la mirada azul que tenía enfrente. Quizás era por el hecho de no poder tocarse a causa de aquella barrera, o por la emoción que le producía saber que Alycia cuidaba de su hermano por ella, pero quiso decirle cuánto le importaba y significaba para ella que la fuera a visitar y le dijese que la echaba de menos.
Su mirada quemaba sobre la piel de Eliza, y nunca antes sintió tantas ganas de besarla. Se maldijo por no haberle dado aquel segundo abrazo en la comisaría cuando pudo, cuando no había cristal, y se prometió que cuando pudiera acercarse a Alycia no volvería a reprimir sus impulsos de nuevo. Nunca antes sintió tanta rabia por haber aceptado entrar en prisión y nunca antes tuvo tanta certeza de estar haciendo lo correcto como cuando Alycia la miró con tanto aprecio, casi adoración. Alycia era preciosa la mirase por donde la mirase, pero lo que más le gustaba de ella era su mirada, como si sus ojos fueran el espejo de su alma. Alycia nunca podría mentirle ni ocultarle nada, pero tampoco hacía falta que hablase para hacerle saber lo que sentía.
La echaba tanto de menos como Eliza a ella, y saber que saldría y Alycia la estaría esperando era el mayor motivo para aceptar con dignidad y motivación el tiempo que estaría encerrada.
Antes sólo tenía que esperar un juicio, el de su libertad, y no estaba ni la mitad de impaciente de lo que estaba por la próxima visita de Alycia. Ahora sentía que realmente tenía algo, alguien, por quien esperar y ser libre merecía la pena.
