POV Eliza
Ella no estaba loca, pero pronto lo estaría si continuaba castigada en la celda de aislamiento.
No le daba miedo poder acabar siendo una persona con un gran problema mental, ni acabar internada en una prisión para tarados, que sería aun peor que la cárcel. Le daba miedo parecerse a su madre. Toda su vida había hecho cualquier cosa para desviarse del camino que su madre tomó en su adolescencia, pero ahora se había chocado en su camino y estaba siendo peligrosamente desviada al de su madre.
Tenía miedo de continuar en la cárcel, pero era por eso únicamente. No le asustaban los delincuentes y criminales que había allí; no eran mucho peores que los de su barrio, simplemente estaban encerrados y furiosos.
También sentía que perdía su cordura haciendo cada día lo mismo. Ella amaba ser libre y hacer lo que le diera la gana cuando le diera la gana, porque ella podía hacer lo que quisiera siempre, incluso cuando era algo malo y problemático. A finales de noviembre ya había aceptado que allí dentro no podía empezar una revolución en el patio como logró en el colegio. No porque sus compañeros no quisieran, sino porque allí, a diferencia de los profesores, los que estaban a su cargo podían utilizar armas para contenerlos.
Esperaba que Alycia no se enterara de que, en cada pelea que había tanto en los pasillos y comedor como en el patio, allí estaba ella, en primera fila. Admitía que buscaba problemas para salirse un poco de la rutina. Cuando había recibido algún golpe casi acababa llorando por la nostalgia y el alivio de que el dolor físico de impusiera al mental. Necesitaba algo que ella conociera, y discutir con Monty cada vez que lo encontraba era lo más parecido a pelear con su hermano.
- Tienes que dejar de meterte en peleas, niña, no soy tu guardaespaldas - la reprendió Nia una vez que Roan se acercó a separarla de Monty. Eliza había comenzado una pelea al que ver servían más comida para Monty, que iba delante de ella en la fila. Tiró su bandeja al suelo y la de Monty en su cara. Roan se acercó inmediatamente y la sentó en su sitio sin nada para comer, castigada. No le pasaba desapercibida la mirada constante de Wells sobre ambos.
- Precisamente te pagan para eso - respondió Eliza fríamente. Incluso cuando no se sentía excesivamente deprimida, su tono era borde y frío, a la defensiva. Esperaba que no fuera una secuela de la cárcel para toda su vida. ¿Qué gracia tenía ser una amargada? Ella era mucho más divertida antes.
Nia apretó su brazo y su tono venenoso golpeó en su oído cuando habló.
- ¿Crees que hay dinero suficiente como para acabar recibiendo una puñalada por ti, gallinita?
Eliza rodó los ojos.
Así era como la había llamado Monty el primer día que se encontraron, cuando Eliza intentó hacer su mayor esfuerzo por ser civilizada y no responder a sus provocaciones con una patada en sus partes nada nobles. Ahora muchos la llamaban así para provocarla, y también Wanheda. Le habían dicho su significado cuando Eliza miró confusa a Wells (quien a pesar de no poder interactuar mucho con ella por orden del juez se había convertido en un apoyo extraño pero conocido) el día que él le informó de su apodo para quienes las respetaban al ver su constante rebeldía y ganas de pelea. La rubia sabía que los presos más antiguos habían creado un idioma propio allí dentro para poder comunicarse sin que los policías los entendiesen, para posibles planes de fuga o para tomar el control de la cárcel algún día.
Ella no estaba orgullosa de tener un mote puesto por unos criminales, pero ser llamada la comandante de la muerte era mil veces mejor que ser conocida como la princesa o la gallinita.
Tenía el presentimiento de que a Nia no le hacía ni pizca de gracia que, siendo una de las nuevas, ya la conocieran como una comandante.
- Yo no te he pedido ayuda - terminó por espetarle Eliza.
Nia entrecerró los ojos pero se tragó sus palabras. No le gusta Eliza, y a Eliza tampoco le gustaba ella. Ambas se aguantaban por culpa de Alycia y Matt, y aunque le agradecía a ambos que le pusieran protección, incluso cuando venía de la mayor delincuente de aquel lugar, no le necesitaba, no quería necesitarla. Prefería un buen golpe a la mano tendida de aquella mujer. Nunca le hacía caso a su madre, ¿y Nia esperaba que la obedeciera a ella? Independientemente del tiempo que fuera a estar allí dentro, no pensaba ser la marioneta de nadie.
Lo había intentado las primeras las semanas, pero al cabo de casi cuatro meses, por mucho que Lindsey, Alycia y su familia insistieran en que no fuera una inconsciente, no podía evitarlo. Eran muchos años haciendo lo que le daba la gana, y ella era una chica de costumbres, no podía cambiarlas de la noche a la mañana, nunca podría.
- La próxima vez no intervendré - advirtió la mujer de fríos ojos azules -. Si te parten las piernas, será tu problema.
Y lo fue.
No se esperaba encontrarse a Monty cuando volvía de la visita de Alycia. Iba con la guardia baja, y le había asegurado al guardia que iría directa al patio, pero de camino se desvió a los baños. Él salía de los de hombres, y cuando la vio se lanzó a por ella.
La metió a empujones y se enfrentaron con la mirada.
- Ya no eres tan chula como antes, ¿verdad, gallinita? - se mofó cerrando la puerta y apretando sus nudillos -. A ver dónde está el poder de la gran Wanheda sin sus niñeras.
Ella estaba débil, física y emocionalmente, así que Monty tuvo cierta ventaja. La golpeó en el estómago, la tiró al suelo y le dio patadas hasta que le dolió el pie incluso a él. Luego fueron puñetazos en la cara, hasta que Eliza logró revolverse y darle una patada en su entrepierna. El chico se levantó y le lanzó la papelera. Ella la esquivó, pero Monty la derribó contra la pared. Eliza se estremeció ante el sonido de su espalda y cabeza chocando contra la pared, y en un arrebato de furia pateó al chico en el pecho. Cuando éste estaba dolorido, lo cogió del pelo y espetó su frente contra el cristal del espejo baño. Casi se sintió mal cuando vio la sangre en la cabeza del chico y los cristales cayendo.
Casi.
Monty se apresuró a coger uno de los trozos como arma mientras salivaba de ira, y ella hizo lo mismo. Ninguno dio el primero movimiento porque gracias a dios apareció Roan. Lo bueno fue que los separó. Lo malo, que Monty, a pesar de sólo tener un golpe visible, tenía mucha más sangre que ella. Además, estaban en el baño de los chicos, así que pareció que fue ella quien buscó pelea, como siempre.
Ambos fueron llevados una semana a una celda de aislamiento. Era, básicamente, un rectángulo de seis metros cuadrados. El baño de su casa era más grande que aquella alta y fría habitación, con una cama, un retrete en la esquina opuesta y una minúscula ventana con barrotes lo suficientemente alta como para que, ni subiéndose a la cama, pudiera ver el exterior.
Eliza paseaba cada día por la habitación dando vueltas. Desde la puerta, acariciando el borde de la pared, saltando el váter en plan obstáculo peligroso, subiéndose a la cama como hacía con los bancos por la calle, bajando y repitiendo el mismo camino. A veces cambiaba de dirección para variar un poco. También intentaba escalar la pared como Spiderman para entretenerse, a pesar de saber que era imposible. De vez en cuando hacía el pino contra la pared o la rueda para llegar de una esquina a otra. Dormía durante el día y pensaba en la noche, esperando ansiosa ver el amanecer iluminar una habitación que ni siquiera tenía bombilla. Intentaba hablar con el guardia que había fuera, y al final comprendió que, o era un borde y un seco, o la gigante puerta blindada era imposible de traspasar. Aquella habitación estaba probablemente insonorizada y nadie la oía, así que cantaba canciones infantiles y la de Bob Esponja y utilizaba piedrecitas del suelo para lanzarlas contra la pared como haría con una pelota o dibujar en las paredes y el suelo.
Miraba orgullosa cada obra acabada, pensando que estaba dejando su huella allí, y al séptimo día el guardia la miró asombrado, porque casi había logrado hacer parecer bonita la habitación.
- ¿Te lo has pasado bien en tu nueva habitación? - preguntó con sorna Roan cuando la fue a buscar, sin dejar de ojear los dibujos de bosques, océanos, ciudades y el cielo que decoraban la celda. En la pared de la ventana Eliza había dibujado con precisión lo que sabía que había al otro lado: la calle...después del gran recinto precintado, claro. Reconocía la ventana de la habitación diminuta porque estaba en lo alto de una de las torres que daban a la carretera por la que ella había llegado con Matt. Si hubiera tenido color para pintar su dibujo, casi parecería que no existía aquella pared. Desde luego, consiguió que la celda resultara más amena a la vista.
- Bastante - contestó sincera. Era cierto, pero no porque le gustase el cuarto, sino porque salir de su celda, a pesar de ser más grande y con una ventana a su altura y una puerta por la que podías escuchar y ver más personas, había sido una novedad.
Salió de aquella celda más loca y deprimida, pero también renovada. Ver lugares peores en aquella cárcel le hizo comprender que debía apreciar el que tenía hasta que saliera el juicio.
Matt fue quien la visitó esa semana, sin Alycia y con cara de mal humor. Eliza había comenzado a aceptar que el chico no era un rival, y menos después de todo lo que intentaba ayudarla. Era incómodo cuando, en días como aquel, venía él solo y le echaba una bronca similar a las de Bob o Richard.
- ¿Una semana en la celda de aislamiento? - fue lo primero que dijo, cruzado de brazos y frunciendo el ceño. No cambió de postura ni expresión al ver la cara magullada de la rubia; ya debía estar informado.
- ¿Alycia lo sabe? - aventuró la rubia sabiendo la respuesta.
- Yo se lo dije - contestó. Eliza no tuvo tiempo de rodar los ojos ante eso (sólo habría preocupado a la morena y ya se imaginaba su cara cuando la viera) porque Matt explicó -: Sois amigas, no podía ocultárselo. Además - la miró con cierta expectación que Eliza no supo comprender -, ella también me ha contado algo que debía saber.
Pensó que las alarmas que sonaban eran de la cárcel, hasta que vio a Matt impasible y supo que sólo sonaban en su cabeza. No podía ser, ¿Alycia le había dicho a su novio lo que había entre ellas, lo que podría haber, lo que hubo? Miró hacia los lados, incómoda, porque aquel no era el lugar ni el momento que había imaginado si llegaba a tener que afrontar esa situación, y mucho menos sin Alycia. Se sentía como si su delito hubiera sido manipular a Alycia y hacer que ella dañase a su novio.
- Me explicó lo que pasó aquella noche - continuó el chico sentándose, más relajado. Eliza prefirió permanecer de pie mientras lo miraba dudosa y nerviosa -. Debiste decírmelo, Eliza, pudimos hablarlo y todo habría sido diferente.
- ¿Lo siento? - dudó, porque no lo sentía pero era lo único que se le ocurría decir. ¿Cómo te disculpas con alguien a quien su pareja ha engañado contigo? Recordó todas las veces que Niylah y Matt le importaron una mierda mientras estuviera con Alycia, y supo que debió hacer las cosas de manera diferente. Ellos eran sus parejas, y él continuaba siendo la de Alycia. Eran buenas personas que no merecían haber sido ninguneados de aquella forma.
- ¿Por qué? - se sorprendió Matt -. Eres inocente, ¿de qué te disculpas?
Eliza lo miró fijamente. Pestañeó y frunció el ceño, y luego pestañeó de nuevo, sentándose frente a él con gesto confuso.
- ¿Cómo dices?
- ¿Qué dices tú, Eliza? - el chico la miró algo divertido ante su incredulidad -. Alycia me lo contó todo. Sé que eres inocente, que cambiaste la droga de bolsillos y que...
- ¿Ella te lo contó? - rugió Eliza furiosa.
Estaba enfadada por miles de razones. No sólo porque Alycia no le contara a Matt lo suyo, aunque realmente no sabía si sentirse aliviada o no, sino porque había roto su promesa a tan pocos días del juicio. Ella corrió a contarle a su novio lo que debía callar para proteger a su hermano. La había traicionado con su novio, y aunque fuera hipócrita, estaba jodidamente cabreada. Casi rió al imaginar que quizás Alycia no había ido ese día a verla porque no tenía el valor de enfrentarla, pero en su interior sabía que no se trataba de eso: si Alycia la traicionaba querría ser ella quien se lo contase, por doloroso que fuera admitirlo. Así que seguro que Matt le pidió que se quedase en casa para poder hablar con ella a solas.
- No te enfades con ella, lo ha hecho por ti - se apresuró a decir el chico lo que seguro que traía preparado de casa a sabiendas de que Eliza se enfadaría -. No las has visto demasiado, y cuando viene intenta poner buena cara, pero está mal, Eliza. Está deprimida y llora por ti todas las noches. Se siente culpable por no poder sacarte de aquí.
¿Y contarte mi secreto a quién ayuda? Eliza prefirió no preguntarlo, porque aunque estaba enfadada sabía que la morena lo hizo por su bien. Ella no jugaría a dos bandas con tanta hipocresía y descaro si no hubiera un bien mayor de por medio: ayudarla. Que Alycia se sentía culpable lo sabía, pero, aunque egoístamente le agradaba su preocupación hasta el punto de llorar por ella, no quería hacerla sufrir.
Decidió que le haría pasar un mal rato cuando se vieran como una de sus pequeñas venganzas personales, pero la perdonó al momento. Odiaba no poder odiar a Alycia hiciera lo que hiciera.
- ¿Y ahora qué? - sonó rencorosa y orgullosa, pero era lo único que le quedaba de su antigua personalidad.
Matt sonrió al ver que, a duras penas, la chica colaboraba.
- Vamos a sacarte de aquí.
- ¿Cómo?
- La semana pasada hablé con Wells, y esta semana fue Alycia - por eso no la pudo ir a ver, comprendió -. Nos ha contado sobre los tratos de Jasper y dónde guarda más droga a cambio de que se lo contemos al juez antes del juicio, y también admitió que vio cómo cambiabas la droga y que el trato era con tu hermano. Alex ha ayudado con eso también, y es probable que tenga que hacer trabajos sociales tras la rectificación de su declaración...
- ¿Él también te lo ha contado? - Eliza gimió rodando los ojos. ¿Es que esa gente no sabía lo que era la lealtad?
- Su ayuda era imprescindible, Eliza - aseguró Matt -. Al principio no quería. Dijo que tenía miedo de que te enfadaras - "chico listo, aprendió después de años", pensó la rubia -, pero Alycia le hizo entender que con su información podíamos ayudarte más que manteniendo esa promesa. Fue muy audaz de tu parte, aun así.
Eliza no se sentía con la arrogancia suficiente como para aceptar la obviedad de su cumplido, así que cambió de dirección.
- ¿Y Monty? - preguntó -. Él no dirá nada, de hecho me ha amenazado y me he peleado con él. ¿No pensará el juez que es un truco de Wells y mío para compincharnos y salir de aquí?
- No si conseguimos las pruebas físicas - repuso convencido -. Diremos que ambos estáis bajo coacción y no pudisteis retractaros antes. El policía que está encargado de vigilar vuestro comportamiento hasta el juicio, Roan, testificará también. Alycia habló con él hace un par de días y su colaboración puede aportar muchos beneficios. Con tantas personas y policías involucrados el juez no pensará que es una artimaña vuestra, no te preocupes.
- ¿Alycia no estaba fuera del caso?
Matt sonrió escéptico.
- Tú y ella deberíais aprender a obedecer órdenes, sobretodo cuando es por vuestro bien.
Eliza sonrió con orgullo. La primera sonrisa sincera en siete días.
Escucharon ruidos de llaves en la puerta metálica y supo que se habían acabado los cuarenta minutos de visita.
Matt se levantó y le ofreció la mano. Eliza la estrechó agradecida.
- El juicio es dentro de una semana - le recordó -. Vete preparando lo que dirás. Esta semana vendrá tu abogado a verte varias veces para preparar tu declaración. Debes retractarte de una inculpación, así que piensa bien las cosas y coméntalas con él; nos informará. Alycia visitará de nuevo a Wells para hablar con él sobre cómo está la situación. Aléjate de Monty y si ves a Wells ponte de acuerdo con él; no queremos que se eche atrás a última hora. Con suerte saldrás de aquí tras el juicio.
Sonrió y la chica le devolvió la sonrisa, agradecida. Todas las ganas de odiar al chico por estar con Alycia se tambaleaban, y decidió que, si Alycia debía decidir entre los dos, no podía presionarla o competir con él.
Era un buen tío, y le decisión sería de Alycia.
Ahora sólo quería salir tras el juicio y no pasar las Navidades en la cárcel.
