POV Eliza
Nunca le gustó llevar visitas a su casa.
Le daba vergüenza, y no sólo por el desorden y el caos que la caracterizaba, sino porque su madre y Alex la hacían avergonzarse aun más. Sin embargo, no le importó llevar a Alycia.
Se despertó en su hombro a eso de las ocho de la tarde. Marie y Bob se habían marchado, y Alycia continuaba a su lado, mirándola fijamente con una leve sonrisa. Eliza rara vez enrojecía, pero la chica estaba muy cerca y sus ojos brillaban como hacía tiempo que no lo hacían. También es que hacía tiempo que no la veía.
- Lo siento - se disculpó la rubia levantándose del hombro de su amiga -. Debiste despertarme, habrás estado incómoda.
- Yo también me dormí - excusó Alycia sonriendo más, su voz era baja y ronca -. Acababa de despertarme. Estabas tan tranquila que preferí dejarte dormir.
Eliza la miró agradecida. Llevaba quince semanas sin poder dormir bien, y el hombro de Alycia era más cómodo que cualquier almohada, y mucho más que la de su celda.
Se sentía tan extraña ahora, incluso en su barrio, como una alumna nueva o una muy antigua que vuelve de visita a su colegio. No quiso pensar en la posibilidad de extrañar la cama vieja y chirriante con una almohada poco mullida a las que, quisiera o no, se había acostumbrado.
Tampoco quería pensar que extrañaría a Roan y sus comentarios tan punzantes que le recordaba a ella, o a Nia y su complejo de madrastra, o a Wells, que resultó ser menos capullo de lo que parecía. Esperaba que Monty y Jasper no le partieran las piernas.
- ¿Estás bien? - la mano de Alycia se apoyó en su pierna, y Eliza se quedó mirando aquella unión más tiempo del necesario.
No, no estaba bien. Al menos, no del todo.
Sentía que había perdido parte de su vida en la cárcel, más incluso que cuando repitió todas las veces posibles en el instituto, desperdiciando años sin hacer nada de provecho. La cárcel la había cambiado y no estaba cómoda con su nueva versión, y no porque hubiera estado mucho tiempo allí dentro (aunque a ella le pareció una eternidad), sino porque era tan aburrido y duro que no tenía otra cosa que hacer más que pensar. Pensó que debería ser menos cruel con la gente, menos borde con su hermano pequeño, más condescendiente con su madre enferma, más atenta con sus amigos y más sincera con Alycia. Una de las cosas de las que más se arrepentía estando encerrada era de haber hecho las cosas mal y deprisa con la chica, porque le gustaba de verdad y había sido dura con ella cuando la chica estuvo confusa.
Ahora estaba decidida a respetar el espacio y las decisiones de cada una, y a hacer las cosas bien con Alycia.
- Lo superaré - forzó una sonrisa de lado, y quiso gritarle al cielo que porqué ahora le costaba tanto sonreír -. ¿Dónde están los demás?
- Bob y Marie se fueron hace una hora, y Lindsey está haciendo la cena - respondió Alycia mientras se estiraba de manera graciosa. Luego apoyó las manos en el sofá con gesto cansado y miró a Eliza a los ojos.
- ¿Qué? - preguntó la rubia algo nerviosa ante su escrutinio. Le parecía patético ponerse roja con Alycia cuando los papeles siempre fueron al revés.
Alycia sonrió.
- Llevaba semanas sin verte, me apetece mirarte - contestó con simpleza.
Eliza sonrió, y esta vez le costó tan poco como perderse en la mirada verde de la chica.
Fue Alycia quien se inclinó para besarla, ¿y quién era ella para oponerse? Mandó a la basura cualquier pensamiento sobre ir despacio o dejar que Alycia terminase con Matt, y correspondió su beso.
Era tan lento, cálido y mullido que se le escapó un suspiro. Sus párpados pesaban, y aunque quería abrir los ojos para mirar a Alycia, no podía hacer otra cosa que acariciar su mano y mover despacio sus labios contra los de la morena. Era, con diferencia, el beso más tierno que le habían dado jamás, y nunca creyó que pudiera gustarle tanto algo tan dulce.
- ¡Eh,eh, vosotras dos! - interrumpió Lindsey de la nada. Su tono serio se diferenciaba de su mirada divertida -. ¿Qué pretendéis hacer en mi sofá, cochinas? Dejad el pastel para la intimidad.
- Eres una mirona - se quejó Eliza sin separar su mano de la de Alycia.
La morena se encogió en el sitio con la cara tan roja como el capote de un torero, y Eliza resistió el impulso de besarle la mejilla.
- Es mi casa; o hacemos un trio o buscaos otro sitio para magrearos - respondió la latina mientras recogía, con ayuda de las dos chicas, las cajas y vasos que todavía quedaban en el salón. Lindsey continuaba hablando desde la cocina -: Hay arbustos en el parque de enfrente y un hotel a pocas manzanas.
- No sabía que había un hotel cerca de aquí - comentó Alycia con inocencia.
- ¿Acaso quieres ir a verlo? - bromeó Eliza con soltura, y se sintió orgullosa de poder continuar riéndose con Alycia de sus comentarios inocentes. Hay cosas que nunca cambian.
La morena la miró escandalizada.
- ¡No!
- Tranquila, tengo más clase - la tranquilizó la rubia sentándose sobre la encimera de la cocina, viendo a Lindsey freír unas pechugas de pollo que olían condenadamente bien -. No te llevaría a un hotel.
- Que no te engañe, Alycia. Es Eliza. Te llevaría detrás de un matorral - intervino Lindsey, recibiendo una débil patada de Eliza que esquivó con un movimiento de cadera.
Alycia se pasó las manos por la cara con incomodidad.
- ¿Podemos hablar de otra cosa? ¿Cuándo emiten nuevos capítulos de Bob Esponja?
La conversación se centró totalmente en el tema, aunque Lindsey, y sobretodo Eliza, eran quienes hablaban sobre ello, mientras Alycia las miraba apoyada contra la mesa e intentaba seguir el hilo de la historia con puntuales aclaraciones que le hacía la rubia.
Lindsey las invitó a cenar, pero ambas declinaron la oferta. Sin embargo, cuando salieron a la calle, Alycia no sintió ningunas ganas de separarse todavía de Eliza, quien la miraba dudosa.
- ¿Qué pasa? - la animó la morena.
- Nada, era por si... - frunció los labios, y pudo ver que Alycia sonreía divertida al verla sonrojada de nuevo.
- No me gusta la inseguridad que estás mostrando ahora. No te queda bien - rió la morena bromeando.
Eliza resopló. Tenía razón. Ella era segura de si misma, demasiado como para titubear sin parecer idiota. Ella no pensaba ni dudaba; hacía las cosas y ya.
- Era por si querrías cenar en mi casa - soltó. Alycia frunció el ceño, confusa, e intentó hablar pero Eliza la interrumpió -, pero da igual, porque seguro que Matt te espera en casa, y mi madre y mi hermano suelen dejarme en ridículo hasta cuando vienen Lindsey y Marie, y no quiero que te pongan en una situación incómoda así que es mejor que...
- Eliza - cortó la morena. Eliza por fin dejó de hablar y la miró -, ¿podría cenar en tu casa? No he traído llaves y Matt no vuelve hasta medianoche.
Eliza acabó riendo con suavidad y asintió.
- Como la Cenicienta - comentó divertida caminado al lado de Alycia.
La rubia iba subiéndose a cada banco que veía, jugaba a no pisar las rayas que dividían la acera y hacía un circuito de zigzag entre los árboles. También tocaba cada farola y miraba entretenida los adornos de Navidad que decoraban su calle.
Alycia la observaba desde atrás. Era gracioso ver a Eliza siendo tan infantil, como si acabara de llegar a un nuevo mundo, pero también triste, porque consideraba una novedad lo que antes le era conocido. Vio que Eliza evitaba chocarse con la gente o siquiera mirarlas, y sus dedos nerviosos envolvían en puños la chaqueta grande de chándal que había cogido en casa de Lindsey.
La rubia esperaba que Alycia no se diera cuenta de su nerviosismo, pero no podía evitar sentirse observada y juzgada por cada persona que se cruzaban. ¿Sabrían que había estado en la cárcel pero era inocente? ¿Evitarían hablarle o mirarla, como si ella fuera una criminal?
Todas sus inseguridades quedaron reducidas a nada cuando la vio a lo lejos, donde siempre estaba: su amada moto.
No le importó quedar como una loca cuando corrió hacia ella al más puro estilo de reencuentro de película romántica, y se subió a su asiento abrazándola.
- Parece que has echado de menos más a tu moto que a cualquier otra cosa - se mofó la morena cruzada de brazos frente a ella.
Eliza la miró sonriente sin soltarse del acelerador.
- No te pongas celosa, son demasiados años con ella y es mi amor.
Alycia le sonrió negando con la cabeza, pero no dijo nada.
Cuando subieron a casa de la mayor, no se sabía cuál estaba más nerviosa. Eliza no podía dejar de pensar que era la primera vez que Alycia iba a su casa con ella, y Alycia que las veces que fue a buscar a Alex para llevarlo al hospital no contaban. Eran emergencias, y eso era una invitación.
La casa era más grande de lo que parecía, con la cocina al lado de la entrada, el salón, y un pasillo a lo largo de la casa con las habitaciones a los lados. La puerta de Alex estaba abierta pero el chico no estaba por ninguna parte, mientras la de Abby estaba cerrada. Supuso que su madre estaría descansando.
Eliza la guió hasta su habitación y no pudo evitar emocionarse al entrar. Todo estaba como lo había dejado la noche antes de ir al bar, menos por unas mantas sobre la cama que su madre habría colocado para la noche. Por fin iba a dormir en su cama.
Inspiró con fuerza y Alycia acarició su hombro. No preguntó de nuevo si estaba bien porque la respuesta era obvia, así que simplemente entraron, cerraron la puerta y se sentaron en la cama. Acabaron tumbadas contra la pared, y sus manos se buscaron con rapidez.
Eliza no miraba a todas partes y ninguna en concreto, y Alycia miraba fijamente a la rubia.
En el momento en que sus miradas coincidieron, la morena distinguió las lágrimas a punto de caer de los ojos azules de su amiga. Los ojos de Eliza brillaban como cristales rotos, y Alycia se preguntó con tristeza si algo se habría quebrado para siempre dentro de ella.
- ¿Quieres hablar de ello? - preguntó con ternura.
Al principio Eliza negó con la cabeza, pero la mirada suplicante de Alycia hizo que comenzara a hablar sin darse cuenta.
- Fue terrible - cogió aire porque le costaba respirar -. No quiero volver a estar nunca jamás en una situación así. Creí que nunca saldría, que me volvería loca. Creo que me he vuelto loca, en realidad - rió sin gracia. Su cara estaba húmeda -. Todos los días era lo mismo, no había nadie con quien pudiera hablar, todos eran peligrosos y tenía miedo de que me dieran una paliza o algo peor cuando me juntaban con ellos. Me sentía diferente.
- Eres diferente - se apresuró a decir Alycia apretando la mano de Eliza -. Tú eres inocente, eres buena persona incluso cuando intentas ser mala. Estabas allí por proteger a tu hermano, incluso odiándolo. No te pareces en nada a ninguno de los que estuvieran allí encerrados, Eliza, y eso es genial.
El labio de Eliza tembló como si fuera a echarse a llorar, y Alycia se apresuró a besarla para evitar que eso ocurriera. Los brazos de la chica la rodearon con fuerza, casi desesperada por sentirla cerca, y Alycia se aseguró de que no quedara ni un centímetro que las separase.
Eliza no podía dejar de abrazar a Alycia, y Alycia no podía dejar de besar a Eliza.
Eliza no supo cuánto tiempo estuvieron así, pero sólo se separaron cuando sus tripas rugieron con fuerza. Ella no quería romper el momento porque estaba realmente a gusto, pero Alycia insistió en que debía comer algo y luego descansar bien.
Fueron a la cocina y la rubia preparó algo rápido mientras Alycia le comentaba lo que había hecho durante los últimos meses. Ni mencionaba a Matt, y Eliza no sabía si era porque no tenía nada interesante que contar de él o si lo que pudiera decirle no fuera a gustarle y lo evitara. El caso es que se lo agradeció. No quería hablar de Matt, pero cuando Alycia se disculpó por contarle al chico lo que la rubia le hizo prometer que callaría, fue inevitable sentirse dolida.
- Lo siento - repitió Alycia con expresión afligida.
Eliza intentó buscar algo de dignidad para hacerse la enfadada, como llevaba días prometiéndose que haría, pero al ver la cara de cachorro abandonado de la morena no pudo. Gruñó frustrada por lo idiota que era, como una adolescente enamorada que se dejaba manipular por la persona que le gustaba.
- No lo sientas - cedió la rubia a duras penas, masticando lentamente la pasta con queso rayado -. Lo hiciste por mí, lo sé. No puedo culparte.
Alycia asintió aliviada. Llevaba tanto tiempo temiendo ese momento y que Eliza le gritara que era una traidora que casi se echó a llorar cuando ésta le sonrió.
- Hola, Alycia - la voz de Abby se escuchó desde su espalda. La mujer estaba sonriendo afable, tanto que no parecía ella, pensó Eliza. Luego miró a su hija -. Eliza, no me dijiste que traerías compañía.
Era un toque de atención, adivinó la rubia. Su madre llevaba puesto el pijama y una bata de invierno por encima, pero no es como si por saber que Alycia iba a cenar allí se hubiera puesto un vestido de gala. Pero su hija acababa de salir de la cárcel, así que intentaba ser una madre condescendiente con su olvidadiza hija mayor. Cogió un vaso de agua y se retiró de nuevo, despidiéndose con educación de Alycia y hasta invitándola de nuevo a su casa.
Las cejas de Eliza se dispararon, curiosas, cuando la morena la miró sonriente y satisfecha.
- Terminó acostumbrándose a que viniera a buscar a Alex - explicó la menor encogiéndose de hombros -. Al principio era incómodo y me sentía una intrusa, pero le dije que no dejaría de venir cuando tu hermano me llamase, así que acabó cediendo un poco.
Eliza sonrió lentamente.
- Enhorabuena - dijo impresionada -. Puedes sentirte orgullosa de que no te haya gritado y echado a patadas.
Alycia pensó que la primera vez pareció a punto de hacerlo, pero prefirió no decirlo; al fin y al cabo, era la madre de Eliza.
Su hermano Alex también llegó a casa al cabo de media hora, y Eliza le cedió lo que quedaba de su comida. El chico saludó alegremente a Alycia, que le sonrió de vuelta bajo la atenta mirada de Eliza. Estaba claro que Alycia debió ir a buscarlo más veces de las que creyó, y sintió cierta pena por su hermano. A él todavía le costaba un mundo mirar a los ojos de su hermana.
Terminaron de cenar y charlaron durante un rato, hasta que Alycia se sintió mal al ver a la rubia tratando de no bostezar y decidió que se iría a su casa. Total, que no tenía llaves era mentira.
- Mañana hablamos - besó la mejilla de Eliza cuando la acompañó a la puerta -. Descansa.
Eliza asintió sonriendo, prácticamente dormida contra la puerta.
- Buenas noches, Alycia.
Cuando llegó de nuevo a su habitación, se dejó caer sobre la cama. Ni siquiera se puso el pijama; abrió la cama y se refugió en las sábanas, abrazando con fuerza la almohada.
Se quedó dormida tras llorar durante casi una hora.
