Aquí traigo nuevo capítulo choc s, espero que lo disfruten tanto como yo escribirlo!

Como siempre doy las gracias a todos los que comentan, los que la leen aún sin hacer acto de presencia, los favoritos. TODO. Pero hoy hago una mención especial a la última seguidora de este fic: 15marday y a Laura Martínez, la primera de todas.

CAPÍTULO 5. LO SIENTO

Por fin en casa. Vaya día, y vaya noche. Aquí sigo y aún no me la he podido quitar de la cabeza. Pero ¿Cómo olvidarla? Le clavé una daga…

Distráete Emma, distráete como sea. – se decía la rubia en voz alta. Acababa de llegar de trabajar. Ocho de la noche. Durante el día había sido fácil ignorar esos recuerdos aunque fugazmente se atrevían a aparecer. No obstante lograba distraerse, o fingir que lo hacía gracias a todas esas reuniones y a todo el papeleo. Claro que después estaban los entrometidos y sus típicas preguntas: "¿Por qué tan cansada compañera?" "Qué, ¿de juerga toda la noche no?". Y con ellas se formaba ese nudo en la garganta que le impedía responder, tan solo una mueca y vuelta al trabajo.

¿Estará bien, verdad? Muerta no (no creo), pero ¿y si está demasiado débil para cazar?

Debería dejar de pensar en ella…

Emma, se había preparado una taza de chocolate caliente con canela, era lo único que le apetecía en ese momento, pues dicen que el chocolate es uno de los más grandes placeres que existen.

Ahora recostada en el sofá, se disponía a leer una de sus historias favoritas, un libro inmenso, en cuya cubierta marrón se distinguían unas letras doradas que decían "Once Upon a Time"; un libro que le regalaron, cuando era pequeña, aquellos que un día fueron sus padres. Y es por eso por lo que le tiene tanto aprecio. Sí, es ese libro que narra las historias más conocidas de hoy en día, cargadas de esperanzas, amor, valor y bondad. Y sí, esta chica de 28 años leía una vez por semana, un poco de este sinfín de historias, pues no solo eran para niños, estaban dedicadas a todos los soñadores. Y en las circunstancias de nuestra co-protagonista, ¿qué mejor que un poco de luz?

Aunque cabe decir, que le costó saber apreciarlo, para ella eran simples cuentos de hadas. Fue un joven, años atrás, la que le enseñó a amarlos como se merecían.

La única forma de dejar de pensar en ella, es saber si está bien. Me permito esto y prometo que una vez sepa que está bien, desaparecerá de mi vida, de mis pensamientos, de mi corazón. Se desvanecerá de mis memorias para siempre. Pero he de hacerlo.

Así pues, Emma se levantó, y esta vez fue precavida. Armas de plata no tenía (acaba de descubrir que existían los vampiros), pero sí una cubertería de plata. Cogió el cuchillo más grande que tenía, pero que fuera fácil de ocultar, y se encaminó hacia el escarabajo amarillo, lleno de recuerdos de la noche anterior.

Espero que esté en casa. Sólo si está bien, solo quiero saber eso. – la rubia no desistía en intentar convencerse de que solo podía seguir con su existencia si sabía que aquella que había querido devorarla estaba bien…claro muy lógico.

Situada frente al edificio de la morena, la ojiverde temblaba, y no tenía claro el porqué. ¿Por su vida? ¿Por la de ella? ¿O por el simple hecho de volverla a ver?

Acto seguido sacó el imperdible que tenía como llavero y abrió la puerta.

Emma temblaba, no recordaba haber temblado tanto nunca, ni si quiera para el examen de final de carrera, ni cuando un alcohólico intentó robarle en plena noche en un callejón. No. Esto era mucho peor. Sentía que en cualquier momento su corazón podía salírsele del pecho, estaba casi segura que así sería.

Lentamente, acercó su mano a la puerta, y llamó dos veces.

Su cabeza era un lienzo en blanco, dispuesto a empaparse de todo lo que le sucediera en adelante. Pero nada. No se movía ni el aire. Era como si esa tensión que sentía, estuviera también presente en su alrededor, envolviendo toda barandilla, escalera, papel, puerta y pomo a su paso. Capaz de arañar un diamante.

Volvió a llamar. Y junto al golpe, habló.

- ¿Regina?

El día de Regina había sido si cabe peor que el de Emma. Se había quedado en el tejado hasta que salió el sol, de hecho no le importó quemarse la espalda. Aunque sí que creyó que era mejor entrar en casa. No tenía muchas ganas de ser quien era. Quería volver atrás en el tiempo. Pero no sabía si prefería el haber muerto a manos de aquél gran hombre lobo. O simplemente haber evitado llegar tan lejos con Emma. Su cabeza era un revoltijo de ideas, imágenes pasaban por su cabeza y la hundían un poco cada vez.

Lo siento, Emma, dónde quiera que estés. Lo siento. Y es extraño, nunca me había arrepentido de nada hasta ahora, al menos nunca lo he hecho por ser quien soy, por matar a otros humanos. ¿Qué te hace diferente? Ni si quiera te mordí, ni te probé. Pero bastó la intención ¿no? No puedo creerlo. ¿Qué me has hecho? ¿Qué te he hecho?

En casa, nuestra reina no había conseguido pegar ojo en todo el día, ni una pizca de sueño en más de 24 horas, no, solo agonía. En su tiempo en casa, Regina siempre estaba en el gimnasio, de esta forma se hacía más fuerte, se preparaba para otros encuentros con hombres lobo, o incluso con otros vampiros. Ya que por muy de la misma especie que sean, que se traten bien no va implícito en su naturaleza.

Después de un día de gimnasio y libros, Regina se preparaba para salir de caza, cuando dos golpes sonaron en su puerta. Esperó. Dos golpes más y una voz imposible de olvidar pronunciando su nombre.

- ¿Regina?

Inmóvil. Así estaba la morena frente a la puerta. Sí, su olfato había captado su esencia minutos antes. Pero su mente vagaba por otros lares. Ahora su corazón, ese que late gracias a la sangre ajena, había dejado de palpitar. Regina había dejado de respirar.

Aun así, logró acercarse a la puerta y con suma lentitud y confusión, abrió la puerta.

- Emma. – susurró de forma casi inaudible.

- Estás bien. – afirmó la rubia, con un deje de voz. No se le escapó el hecho que la había llamado por su nombre por primera vez desde que la conocía.

- Físicamente, sí. – asintió con una mueca.

- Me alegro, pese a que fuera yo quién…ya sabes. – no la había mirado aún a los ojos. La última imagen que tenía de ellos, había sido aquellos celestes mares que la miraban hambrientos, pues no se había detenido a mirarlos en el momento en que hundía la daga en su tórax, en el justo momento en que Regina volvía de las profundidades.

- Fue culpa mía Emma – y van dos, pensaba la rubia… - me lo merecía, tenías todo el derecho supongo, así pues, lo único que puedo decirte es que…lo siento.

- Un gracias, no, pero un lo siento, sí. Curioso – sonreía incrédula la rubia. La había llamado Emma, dos veces, su corazón no era de hielo, así pues, se dejaba ser.

- ¿En serio Swan? – ouch, las viejas costumbres - ¿Aún resentida por aquello?

- Ya no, un lo siento es más valioso. – le dijo con una gran sonrisa mirándole a los ojos. Marrones, color chocolate, eso sí son los ojos que recuerdo me cautivaron la primera vez que los vi.

- ¿Algo más? – preguntó curiosa (aunque esperanzada) la vampira.

- ¿Te importaría que te acompañase esta noche? – preguntó con la mirada más inocente y tierna que Regina había visto nunca.

- ¿Después de lo de anoche, realmente quieres ver lo que hago? ¿No te has parado si quiera a pensar lo que podría hacerte a ti? – preguntó incrédula

- Sí, pero si quiero defenderme tengo que saber a lo que me enfrento.

- Ni loca vienes conmigo Swan, no me lo perdonaría nunca… - calló de repente. Sabía que había hablado de más. ¿Qué no se perdonaría nunca el qué? ¿Hacerme daño? ¿Será que de verdad le importo? Bueno, me ha pedido disculpas, sin embargo es su naturaleza, lo hace siempre y me quedó claro que lo disfruta, al menos su alter ego. – Swan, ¿se puede saber qué haces?

- Pensar. Está bien si dejas que te vea hacer lo que haces, pero podemos dar una vuelta. Hoy no ha sido un buen día y me gustaría pasear.

- ¿De verdad crees que voy a perder el tiempo contigo? – Pero Regina, vio en ese instante una pizca de desilusión en esos ojos esmeralda – Mira, hagamos una cosa, si en el recorrido que yo suelo hacer, pasamos por tu casa, pues me acompañas hasta ahí. Dime, ¿por dónde vives? – sus ojos ilusionados pero intensos aguardaban una respuesta válida, aunque pensaba, para sus adentros, y aunque lo niegue por el resto de su existencia, que fuera cual fuera su dirección, estaría incluida en su camino.

- Vivo a cinco calles de aquí dirección norte…he cogido el coche solo por si tenía alguna emergencia, o surgía algo que me hiciera requerir de algo más de velocidad que la que me dan mis pies. – afirmaba vergonzosamente Emma.

- Bien, pues…en marcha. – entendía el porqué del coche, un medio con el que huir más útil.