¡Por fin! ¡De vuelta!

¡Qué no muera el Drinny! ¡Qué no muera nunca!

:D

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Capítulo 14. Acercamientos a otra vida.

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Hay que poner atención en los detalles. Drew lo sabe.

Narcisa siempre quiso que su hijo lo supiera, que fuera capaz de apreciar todo lo que tenía, las ventajas con las que nació y que pudiera utilizar sus recursos, toda la capacidad mágica de la que fue dotado para alcanzar todo su potencial. Pero parece que Drew aprende más rápido que Draco Malfoy.

Esa tarde, Narcisa y Lucius se camuflan entre los muggles tan solo para poder quedarse alrededor del edificio donde viven Drew y Ginny. Ven llegar el taxi que va a esperarlos y Narcisa no puede evitar sonreír bobamente cuando la joven pelirroja aparece por fin en el umbral de la puerta aferrando la funda de un vestido como si fuera el tesoro más importante del mundo. Detrás de ella aparece su hijo, Draco, con la mano derecha sostiene una funda también y en la izquierda lleva una gran cantidad de bolsas de boutique: los zapatos y accesorios de la muchacha, seguramente.

Cissy se abraza de Lucius sin intentar ocultar su emoción, Drew y Ginny van a una fiesta ¡y van felices! Por toda respuesta, su esposo gira con ella en brazos, sabe que fue su culpa que su familia pasara desventuras, que Narcisa lloró y se desesperó por su causa, que Draco pasó días terribles, que pagó caro el llevar su apellido… pero de alguna forma, mientras ven el taxi alejarse, todo parece haber salido de la mejor manera. Incluso aquella cabeza roja que se recarga con toda confianza en el pecho de Draco. Pero volviendo al asunto de los detalles y a todo lo que Drew ha aprendido…

Falta un día para la boda de Danna, la amiga de Ginny y "su Kevin" como ella lo llama. Poco a poco los invitados van llegando al hotel donde la ceremonia tendrá lugar y la pelirroja no podría estar más emocionada. A Drew le parece casi una chiquilla, de la recepción hasta la habitación, todo en el camino la entusiasma; y aferra la funda de su vestido con ojos brillantes que va alternando entre las alfombras, los candelabros y la funda del traje de Drew.

-En cualquier momento vas a empezar a saltar como un conejito ¿no es verdad? –le pregunta divertido cuando llegan a la habitación.

-¿Sería muy malo?

Drew entrega una propina y despacha al botones que los ha acompañado.

-Ahora que nadie te ve, puedes saltar cuanto quieras – le concede a la chica.

Lo que no espera es que ella suelte el vestido sobre una cama y luego salte en su dirección… y a sus brazos.

-¡Gracias por estar aquí! –le dice con una sonrisa brillante-. ¡Gracias!

Y Drew decide que no es momento para sutilezas, sus brazos simplemente la estrechan, sin importarle que ella vuelva a saltar sujetando con sus manos las suyas.

Pero los detalles…

-Para la cena de hoy –murmura él negándose a saltar pero sin intentar liberarse las manos-, tengo algo para ti.

Ella lo suelta y aguarda con la misma sonrisa de chiquilla que ha llevado todo el rato. Y entre las bolsas y maletas, él encuentra una cajita que le extiende.

-Gracias -murmura ella antes de abrirla. Menos mal que lo dice antes, porque se le va el aliento cuando descubre su contenido.

Él la contempla satisfecho. No sólo porque su reacción denota que le ha encantado, sino que la ha imaginado tanto que no le cabe la menor duda de que él va a estar con la muchacha más guapa de las veladas. Y aún más: está harto del pendiente y el misterioso tipo que se lo dio a Ginny, por eso tenía que conseguirle algo aún mejor.

Esa noche, en el ensayo de la ceremonia, Ginny luce una fina guía dorada entre su cabello. Y con la sonrisa que lleva, es decididamente, lo más bonito que Drew recuerda; al menos desde que recuerda.

Pero no es el regalo en sí lo que hace tan feliz a Ginny, lo que verdaderamente la alegra es verse rodeada de personas que la quieren y sentir que entre esas personas, él tuvo que haber estado pensando en ella, en hacerla feliz de alguna manera. Vamos, que entre las personas que la quieren, esta él, poniendo atención en esas pequeñas grandes cosas que hacen feliz a la muchacha.

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Lois-Mary Cooper, trabajadora social del estado de Chicago Illinois, supo que tenía vocación para llevar a cabo ese trabajo desde que tenía 10 años, se quedó sola y supo lo que era depender del estado y servicios como el que ella prestaba. Y supo que sería una doble agente cuando despertó el día de su cumpleaños 14 envuelta en una preciosa túnica color magenta que no recordaba haberse puesto más que en sueños, se levantó y se miró al espejo del dormitorio que compartía con otras 5 huérfanas y descubrió que recordaba a su madre, que esa era una de sus túnicas favoritas y cuando a ese gran recuerdo-descubrimiento, le siguió el río de lágrimas. Porque había perdido a su madre bajo un rayo de luz verde. Y lo recordaba.

Su intención a los 14 años, cuando se descubrió poseedora de tan terrible pasado, había sido la de no utilizar la magia al menos que fuera estrictamente necesario, pero en secundaria se salió todo de control: hubo unas cuantas explosiones, personas que se metieron con ella salieron volando y el vestido de segunda mano que llevó a su baile de primavera, fue sustituido ante los ojos de muchos por la misma preciosa túnica magenta que se había puesto en sueños. Eventos muy raros como para ser pasados por alto.

Lois-Mary se enteró entonces que existían muchísimos organismos que regulaban el uso de la magia en el mundo y que se encargaban de mantener el "secreto". Se culpó a unas tuberías rotas de los desafortunados eventos y se utilizaron encantamientos desmemorizadores en muchos de los que acudieron al baile. La chica dejó el orfanato y fue entregada a una familia de brujas "para su orientación y educación".

Se la llevaron a vivir a Colorado, a una cabaña en medio del bosque, tres mujeres ancianas, ciento uno, ochenta y sesenta y siete años, respectivamente. Tres hechiceras sabias y poderosas para guiar a una joven bruja tan rebelde que ni siquiera quería hacer magia.

Lois-Mary, contaba con 18 años y sus progresos en cuanto a magia eran aún pobres. Sus guardianas estaban decepcionadas, intuían el maravilloso potencial de la chica pero sin su cooperación, no podrían jamás desarrollarlo por completo. La joven se pasó meses observando las rutinas de las brujas e ideando la forma de abandonarlas. No es que no les agradeciera sus cuidados, pero ella no quería utilizar la magia; porque de hecho, entre más progresaba, más le costaba reprimir las visiones de personas muriendo o siendo torturadas por varitas como la que estaba dispuesta a no utilizar nunca más.

La noche en que al fin se decidió a escapar, hubo un incendio.

En medio de las llamas, Lois-Mary había querido regresar, quizás asegurarse que las ancianas estaban bien; para la edad que tenían eran fuertes y ágiles y seguramente podrían desaparecer a un sitio seguro, ella sin embargo, no había aprendido a desaparecerse, su supervivencia dependía enteramente de lo que pudiera correr en esos momentos.

Y allí, en medio de uno de los incendios forestales más importantes de la historia, vio la sombra de una persona, al acercarse al bulto, pudo distinguir lazos de sangre sobre la blanca piel de la espalda y cicatrices, muchísimas cicatrices que la luz de las llamas cercanas resaltaban.

Lois-Mary no lo pensó más, si lo dejaba ahí, probablemente moriría asfixiado o calcinado, incluso aplastado por los troncos de los árboles que el fuego vencía. La joven encontró los brazos de aquella persona y lo levantó como pudo.

Gemidos de dolor escaparon de la persona, sus cabello alborotados le cubrían el rostro y a la chica le costó horrores avanzar con él sujeto a sus hombros.

-¿Puedes caminar? ¡Vamos! –le pedía desesperada.

Y entonces se volvió claro que no podría dejar el bosque cargando con otro ser vivo y sin magia. Le tomó horas volver a la cabaña, pero lo logró.

Entre las 3 ancianas ayudaron a Lois-Mary y al extraño con sus heridas, después de un par de días, él dejo de ser solamente un saco de huesos que se quejaba y se identificó a sí mismo como Remus Lupin.

Por aquel entonces, Remus tendría unos 25 años, era un mago rebelde y atormentado, la motivación que las ancianas habían estado necesitando para su aprendiz.

El cómo o por qué, Remus había estado en ese bosque y herido de aquella forma fue siempre un misterio para Lois-Mary, algo de lo que él no hablaba y ella no preguntaba. Sabía que de pequeño él había sido mordido por un hombre lobo y que las ancianas preparaban una poción para que no fuera peligroso cada mes, pero del resto, nada.

Unos meses después, cuando Lois-Mary estuvo al fin dispuesta y aprendió a volar en escoba, Remus le anunció en un paseo que se marchaba, le contó una historia de pérdidas y muertes de sus familiares y amigos, casi familiar para ella… y desapareció en medio del bosque casi tan misteriosamente como había llegado a sus vidas.

Cuando Remus se fue, Lois-Mary volvió a despertar con la túnica magenta de su madre, en medio de gritos, durante al menos diez noches. Y entonces recordó cuando había sido niña y había querido ayudar a las personas como ella, o como Remus, los que ya no se sentían privilegiados por la magia. Y con el permiso de sus tutoras, volvió al colegio y se las arregló para encontrar el camino hacia su actual trabajo.

Como trabajadora social que conocía el secreto de los magos, Lois-Mary era asignada a casos delicados, justo como el de Ginny Weasley, que había dejado la magia como muchos otros antes que ella, pero que además había huido de casa e intentado quitarse la vida. Era responsabilidad del Estado norteamericano protegerla como víctima refugiada de la guerra mágica del Reino Unido, pero también era función de su departamento asegurarse de que podía integrarse en su sociedad.

Y por aquellos días, con tanta gente conocida de "Ginny" merodeando y tantas personas haciendo preguntas en su oficina, Lois-Mary tenía mucho en qué pensar.

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Después del ensayo de la boda, los invitados quedan libres para pasear y descansar por el hotel. Y Drew y Ginny aprovechan para encerrarse en su habitación y compartir tiempo, hace días que no tienen ese privilegio con las visitas de Luna, Neville, Lois-Mary y Ashley.

Simplemente se sientan en una de las camas, miran televisión y ordenan servicio a la habitación. Y se ríen con las caricaturas.

-Recordé algo durante el ensayo – admite ella de repente con un ligero temblor en la voz.

-¿sí?

-Pero no es tan pasado… o no lo sé.

-Ginny, no entiendo – Drew le pasa un brazo sobre los hombros y la acerca a él como invitándola a que le confíe todo lo que recuerda.

-La tarde en que – traga saliva incómoda-, en que tuve el paro, en Lakeshore drive…

-¿Sí? –vuelve a decir él, no sabe qué más hacer.

-Traía un vestido de fiesta ¿no es verdad?

El asiente y cierra los ojos, no le gusta ese momento, cada vez que lo evoca, vuelve la angustia por perderla para siempre.

-Recuerdo haberme puesto ese vestido, un día de verano, recuerdo la carpa, a los novios, a Luna con un vestido amarillo muy raro, a mis hermanos gemelos…

-¿Tienes hermanos gemelos?

-No gemelos míos, ellos son gemelos, pero no recuerdo sus nombres-. Ginny se muerde los labios, no sabe sí contarle que en ese día que recuerda besó a otro.

-Ya.

-Recuerdo que la noche terminó en explosiones, Drew. Un tipo de aviso parecido a "aquí vienen" y luego rayos de luz y explosiones. Y luego estoy aquí, en Lakeshore drive, pero es otro día, tengo el pelo distinto, las manos distintas, no estaban maltratadas en los primeros recuerdos ¿sabes? Y sé que estoy por morir ¿cómo puede uno saber que va a morirse así?

Drew la acerca aún más a él, la abraza con todas sus fuerzas y besa sus cabellos.

-¿Lo sabías, en serio?- pregunta con un hilo de voz, sin dejar de besarla.

Y ella asiente contra su pecho.

-Sí –y comienza a llorar -. Ahora lo recuerdo… sí lo sabía. Y se sentía como un deber, Drew – se aferra a la espalda de él también con toda su fuerza-, sentía que me moría y que así debía ser…

El miedo a perderla para siempre vuelve a embargar a Drew, no puede más que aferrarse a ella con todas sus fuerzas mientras sus labios le recorren la cabeza y la nuca.

-No me dejes –le pide cerrando los ojos y tratando de espantar el recuerdo de su cuerpo desvaneciéndose, perdiendo el sostén entre sus brazos-. No, ahora, no…

Pero Ginny no se desvanece como aquella vez, ni su corazón se detiene, y hay algo de tranquilizador en la fuerza con la que ella le corresponde. Ginny se aferra a su espalda también y sus lágrimas le mojan la camisa, los dos recuerdan ahora la sensación de lo irreparable, la hecatombe de perderse uno al otro. Pero ya ninguno está dispuesto a permitir que se repita, de ese dolor, han tenido suficiente.

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Ginny se mira en el espejo al día siguiente, qué distinta se siente. Drew la consoló una noche antes como pudo y los dos durmieron muy poco. Pero ya no se siente triste, al contrario, se vuelve a sentir emocionada.

Después de todo, están allí, los dos, ella no murió y él no la abandonó y como antes de que los recuerdos llegaran a su mente la noche previa, prefiere sentirse agradecida por todo lo que sí está pasando.

Al medio día se dirige al cuarto de las damas con el vestido y todo lo que va a necesitar para arreglarse y se convence a sí misma en medio de sus nuevas amigas, que está bien y que seguirá estando bien.

-¿Estás bien, rojita? –a Ashley no le pasan desapercibidos sus ojos irritados y cansados.

-Sí –la joven se esfuerza por sonreír-. Todo bien.

-¿Y el fantasma está bien? –insiste Ashley ya poniendo manos a la obra con el corrector de ojos.

-Está confundido, supongo. Por los recuerdos que tuve ayer –admite en voz baja Ginny-, pero creo que también está bien.

-¿Fueron malos recuerdos? –Ashley susurra para que el resto de las damas no se entere.

-Algo así. Te los cuento cuando estemos en casa, ¿vale?

-Claro, pequeña. No quiero que vuelvas a ponerte triste… ahora es momento de festejar ¿ok?

Ginny asiente emocionada y se deja arreglar por Ashley quien se preocupa por hacerle un peinado en el que luzca la guía que Drew le regaló. Al terminar, Ginny se pone el pendiente de esmeralda por primera vez desde que llegó a Chicago, no sabe por qué no lo había utilizado y tampoco entiende por qué, en esos momentos le parece esencial llevarlo puesto.

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La boda sale bien, de hecho Ginny está tan contenta que se permite a sí misma conservar los buenos momentos de la última boda en la que recuerda haber estado, decididamente no va a pensar en las explosiones, pero sí en la fiesta, en el baile raro de Luna y en el extranjero (ruso, búlgaro o algo así) que flirteaba con ella, incluso en el sujeto de ojos verdes que la besó antes de la ceremonia. Y por supuesto, no va a decirle de eso a Drew.

El rubio por cierto, no recuerda ninguna boda y en los recuerdos de Ginny no está, además de que él ya llevaba unos meses viviendo en Chicago cuando ella apareció con el vestido de fiesta puesto. Para él todo es nuevo: el baile, ese asunto de lanzar el ramo, más baile, aquello de brindar por todo…

Drew y Ginny bailan juntos todo lo que pueden, incluso ese baile raro en el que uno tiene que doblarse hacia atrás y no tocar la barra. Ha sido un día de muchas emociones y a los dos les hace bien reírse de sí mismos.

Viene el padrino a dar su brindis y al terminar Ginny descubre que Drew la toma de la mano y pone atención a su cálido tacto, el padrino dice algo sobre lo adecuados que son Kevin y Danna uno para el otro y el agarre de Drew se vuelve más firme mientras le sonríe con confianza, como sí él también acabara de darse cuenta de que el mundo no se ha terminado.

Se reanuda el baile y el rubio se pone de pie enseguida.

A su alrededor hay música de orquesta, una balada adecuada para el momento posterior al brindis y que los lleva a colocarse muy cerca uno del otro

-Había soñado contigo desde antes que aparecieras en Lakeshore drive –admite el muchacho en el oído de ella.

Por toda respuesta, ella apoya su cabeza en el pecho de él y sonríe.

-He soñado contigo más de lo que te imaginas…

-Uhmjúm –ella cierra los ojos y se deja llevar solamente por la suave música y por la voz de Drew.

-No me dejes, Ginny –Drew deja ir todo su aire con aquella frase; la misma que le rondaba la cabeza mientras la ambulancia se dirigía al hospital con el cuerpo de la pelirroja a media reanimación aquella tarde-noche, la primera que le viene a la mente cada vez que sueña que ella desaparece, la que sin saberlo, ya estaba en su mente cuando la veía por el castillo en una vida anterior a esa-. No me dejes…

Ella deja de bailar, abre sus ojos y lo mira con toda intensidad, llena de vida.

-No.

-¿Segura?

-Segura.

Y entonces, él al fin deja ir el miedo y se decide a cerrar la distancia que lo separa de sus labios.

Es increíble, pero se detiene un poco tras el primer roce, como esperando. Y ella no desaparece, no se va a ningún lado. Al contrario, las manos de la pelirroja que habían estado sobre sus hombros, se cierran alrededor de su cuello y lo atraen a ella.

Y él se hace por fin con el privilegio de besarla, profunda, lenta y apasionadamente, justo como había deseado hacerlo por tanto tiempo. Desde una vida anterior, aunque esa parte no la recuerda.

Y Ginny comprende por qué tenía que usar el pendiente, se da cuenta cuando él se separa un poco y le pone una sonrisa radiante; se trataba de demostrarle a Drew, que sin importar las coincidencias, sin importar los miedos, aquella terrible tarde en que llegó a Chicago, con el vestido de fiesta y el pendiente esmeralda en medio del pecho, aquello no iba a repetirse. Ella se queda ahí, tan real y tangible como se debe y con las manos alrededor del cuello de Drew, que ya vuelve a besarla.

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¡Hasta aquí!

No tengo palabras para disculparme por más de un año de espera, y mucho menos para agradecerles si es que han seguido fieles o sí acaban de descubrir este fic pero de cualquier forma han llegado hasta aquí. De verdad no.

¿Les ha gustado o lo han odiado? Dudas, quejas, saludos, críticas ;) para todo estoy al alcance de un review.

Con cariño: muminSarita