Renuncia: Nada es mío, solo la trama extraña, Eyeshield y sus personajes le pertenece a sus respectivos autores, las Canciones que salen son de sus respectivos autores e intérpretes.

La canción de este capítulo es de Tarkan y se llama pare pare, usé la traducción que sale en el video, si escuchan la canción tendrá más sentido pero en caso contrario no importa.

V

Final

"En pedazos"

Los tres pilares de la Luz estaban reunidos por primera vez, Aredhel, Maglor y Obsidiana. Mamori, Takeru y Unsui. El pilar de luz continuó extendiéndose hasta el infinito por varios minutos hasta que finalmente comenzó a menguar, adelgazando primero para desaparecer por completo, arrancando del mundo natural todo aquello que fuera sobrenatural, borrando la existencia del mal.

Agon estaba mirando a lo lejos, sin poder creerlo o comprenderlo, todo lo que sabía era que las cosas estaban mejorando.

No sabía por qué, se suponía que él debería de estar ahí, se suponía que era él el "escogido" para estar ahí, pero en su lugar estaba su hermano, Unsui, un hombre sin talento ni ambición, entonces ¿Por qué había sido Unsui? Si lo pensaba un poco tenía cierta lógica, Unsui era el más "humano" de los dos, el más compasivo, el mejor… El único dispuesto a sacrificarse sin con eso el menor era feliz pero, entonces… ¿Para qué estaba él en el mundo? ¿No había sido el escogido entonces? ¿Con qué propósito había nacido él? Justo ahora no lo sabía y tampoco había alguien que pudiera responderle.

En el lugar de la batalla solo quedaban hombres, seres humanos sin mayor poder que el de sus propios puños y Hiruma no estaba dispuesto a perdonar a mister Don, no importaba si eso le costaba estar en una celda por años. Sus palabras fueron claras, si no querían involucrarse sería mejor para ellos simplemente darse la vuelta, no mirar y alejarse, porque él no iba a parar hasta estar conforme y eso iba a tomar tiempo y muchos gritos. Casi todos ellos salieron de ahí, los únicos que se quedaron fueron Musashi y Kurita, quienes no estaban mirando, ni escuchando, sólo permanecieron como seguridad para el rubio.

Hiruma no iba a filmar nada de eso, porque ya se trataba de algo atroz y sus pesadillas no necesitarían ayuda, tampoco necesitaba el recuerdo constante de lo que le haría en un video teniendo esa prodigiosa memoria. Comenzó con arrancarle las uñas y los dientes, uno por uno, de la manera más salvaje y con utensilios que no fueron diseñados para ello, derramó tanta sangre como le pareció justo y terminó quebrándole el cuello de tal forma que quedara cuadripléjico el resto de su vida, lo que ocurrió entre el principio y el final sería un secreto que no revelaría nunca a nadie, excepto a una persona y solo si se lo pedía.

El tiempo tardó un poco en volver a fluir de forma normal, dándoles el suficiente tiempo para pensar y moverse, todo había terminado pero no era realmente el final, era, de hecho, un nuevo principio.

El punto de partida que daba su primer paso justo en medio del camino, era como estar a la deriva en una carretera, en medio de la nada; a la derecha había un poblado y la izquierda también pero no era fácil decir de dónde venían o a dónde iban, cualquiera de sus dos opciones podía estar bien o podía estar mal.

¿Qué Haces cuando no sabes a que pueblo debes ir?

Ellos se quedaron en el punto medio sin atreverse a dar el paso hacia ninguna dirección.

Todo quedó listo y enterrado, nadie los culparía de nada y la vuelta a su país natal fue más fácil que la ida a ese lugar. Permanecieron el silencio, dejando que fuera Anezaki quien les explicara a los que no había podido asistir, porque se quedaron congelados como el resto del mundo, lo que había pasado d una manera que fuera creíble y que no implicara lo que de verdad había ocurrido en Inglaterra. Por supuesto Agon, Hiruma y Unsui volvieron en otro avión, siendo ayudados por Kotaro quien en ese momento se comportó como un hombre maduro y se quedó callado todo el vuelo, comportándose como si él no estuviera ahí en lo absoluto; el pateador permaneció ajeno a todo, tratando de no pensar en nada.

Su regreso a Japón no fue glorioso, ni festejado. Al aterrizar cada uno se fue por su lado, despidiéndose en silencio, necesitaban el tiempo, podría pretender que nada malo pasó, que todo estaba bien, pero no ahora, tal vez en una semana o en un mes, cuando todo fuera agua pasada.

Con el paso de los días las cosas fueron mejorando para cada uno de ellos y finalmente comenzaron a andar hacia la izquierda o a la derecha, pero ya no estaban varados en medio de esa carretera imaginaria. Por desgracia no todos ellos habían decidido que podían avanzar o que dirección debían de hacerlo.

Todavía como si fuera ayer
recuerdo todos y cada uno de los momentos
me encuentro algo molesto por eso
una parte de mí siempre está un poco triste
Todavía cada una de mis heridas
duelen amargamente

Habían pasado varios meses desde el incidente, del cual nadie hablaba, pronto comenzaría el otoño y los días calurosos llegarían a su fin, pero para Hiruma las cosas no habían cambiado, todos los días eran grises, nublados y húmedos, no importaba si el sol brillaba esplendorosamente en el cielo, él sentía su cuerpo entumecido, frío. Estaba caminando por los blancos pasillos del hospital, percibiendo el olor del desinfectante, era algo a lo que se había acostumbrado en contra de sus voluntad; en otros tiempos él se hubiera dado la vuelta y no trataría de mirar a la persona a la que iba a ver, porque no le gustaba perder el tiempo con aquellos que ya se habían dado por vencidos, pero no era el caso ahora, había decidido que esperaría, que lo ayudaría a salir de estado.

Ingresó al cuarto con naturalidad pero en silencio, ahí, entre esas blancas paredes no tenía que fingir que todo estaba bien ni tampoco tenía que sonreír. Se acercó a él lentamente y puso su mano sobre su pecho, sintiendo el golpe tranquilo de sus latidos, no había ninguna razón lógica por la cual hacía algo como eso, era sencillamente una constante, una prueba real de que estaba ahí con él.

—He venido un poco más tarde el día de hoy— inició Hiruma como si espera una respuesta aunque no se detuvo el tiempo suficiente, él podía conversar perfectamente como si Agon le estuviera respondiendo — Fue el día de liberar esclavos, eso no es sencillo y tendré que conseguir algunos nuevos, nada de qué preocuparse— había llevado con él su almuerzo, era su ritual, almorzar juntos todos los días, no le importaba tener que alimentarlo aun cuando el moreno solo cominera dos o tres bocados por visita —En un par de semanas llegará el otoño, tendrás que usar algo abrigador—

Él estuvo hablando por un tiempo, de cualquier cosa que le hubiera pasado desde el día anterior y de lo que había visto en televisión, por lo que sabía mantener a un individuo "conectado" al mundo real ayudaba a su rehabilitación, Agon no estaba en coma, en realidad no tenía nada mal, seguía saludable, era perfectamente capaz de moverse y atenderse por sí mismo, en los días buenos, pero no respondía a nada o a nadie en particular, él estaba ahí, físicamente, pero "no había nadie en casa", podían insultarlo, gritarle, golpearlo incluso y no habría ninguna respuesta, física o emocional.

Hiruma no se había rendido con él únicamente porque era obstinado, con el pasar de los días la esperanza iba muriendo en su interior pero no su determinación, tener fe y ser persistente no eran la misma cosa, él era el perfecto ejemplo. Sabía que Agon no volvería a ser él mismo, sabía que aún si se recuperaba las cosas cambiarían entre ellos, entre Agon y el resto del mundo, no le importaba; la esperanza era para los que no tenían nada más, él era persistente porque no creía en los milagros, él era el tipo que había jugado partidos contra toda probabilidad de ganar, incluso había jugado con el brazo roto en la secundaria aun sabiendo que eso podría costarle más de lo que nunca admitiría, rendirse no era una opción y no comenzaría ahora.

—No me importa cuánto tiempo te tome, Agon, sé perfectamente que volverás— lo estaba reclinado ahora, para que pudiera descansar cómodamente —Y lo repetiré cada día si hace falta— se inclinó sobre de él, dejando que sus palmas se hundieran en el colchón, a los costados del paciente —Tienes que volver, esperé siglos para verte de nuevo y no voy a perderte ahora— susurró en voz baja, cerrando el espacio entre ellos para poder besarlo, despacio, cálido, suave. El simple toque de sus labios con los suyos era sufriente para él, era suficiente para apaciguar el dolor en su corazón y retener las lágrimas un día más.

Mi mar está embravecido por eso
mis orillas están un poco solitarias
ardo y al mismo tiempo se apaga mi fuego
lloro y al mismo tiempo sonrío
mi alegría siempre acaba en pedazos

Mamori estaba en su casa, descansando en el sofá mientras comía un poco de yogurt con miel, ella había estaba leyendo un libro hasta hacía unos minutos. Miró por la ventana y sonrió, la tarde estaba por terminar y su esposo llegaría pronto. Acarició su vientre distraídamente, tenía seis meses de embarazo y su hijo estaba muy saludable, era mucho más de lo que había pedido, su esperanza, su alegría. Unsui había estallado en alegría el día en que se lo dijo, era lo único que los mantenía a salvo de la eterna tristeza que había empañado sus vidas.

Ella no quería pensar en Agon, quien se encontraba indefinidamente en ese cuarto de hospital, era triste verlo, como si permaneciera congelado en el tiempo, en el peor momento de su vida, no lo superarían nunca, ella jamás le pediría a Unsui que se olvidara de su hermano, pero su hijo les daría un rayo de luz, una razón para sonreír y no permitiría que Agon les arrebatara eso, era egoísta pero se trataba de su familia, ellos no podía quedarse atrapados en el pasado, tenían que seguir avanzando, por su propio bien. No estaba culpando a Agon, porque él era la víctima no el culpable, pero no permitiría que se estancaran ahí, no más.

Ella dejó el libro olvidado en su regazo y el yogurt sobre la mesita que tenía a un costado, cubrió su rostro con ambas manos, tratando de no llorar. Se decía a sí misma que lo merecían, merecían ser felices y dejar todo atrás, pero no podía, no era justo. Agon no estaba entre sus personas favoritas, lo que le había pasado, lo que ese demonio mal nacido le había hecho… Se preguntó una vez más si había algo que pudiera hacer, si no habría una forma de ayudarlo a volver, aunque solo fuera en parte, a ser una persona de nuevo y no un hombre roto que solo respiraba porque era un acto reflejo de su cuerpo.

Ella respiró profundamente y tomó el teléfono, tal vez no podía hacer mucho, pero haría lo que pudiera, no separaría a su esposo de su gemelo, mejor lo acompañaba a visitarlo. Se dice que con el tiempo y perseverancia las pequeñas cosas llegan a ser grandes, con el amor y cuidado los pequeños retoños crecen saludables.

¡Como las montañas! ¡Como el mar!
Así es el dolor de mi interior
las canciones son mi testigo
Cada vez que guiño un ojo
a la vida con esperanza
cada vez que florezco
el otoño llega a mi puerta

Sasaki Kotaro había vuelto a su casa familiar, con el pretexto de pasar un tiempo con su familia y ver a su hermana mayor, casada ya y con un par de pequeños. Después de quedarse una semana con ellos se había ido, había actuado como si todo estuviera bien y se había divertido bastante, sin embargo, después de esa semana, había vuelto a su departamento, el que compartía con su novio de la secundaria. Las cosas no podían ponerse peor, eso es lo que Julie le había dicho, aunque lo cierto fue que peor no era la manera correcta de describirlo, él y Akaba no estaban "mal", no estaban "bien" ciertamente, pero "mal" era una subestimación para su relación ahora.

Ellos habían hablado, sorprendentemente había sido un intercambio civilizado y normal. El pelirrojo no había usado ninguna de sus frases con alegorías musicales, había dicho más palabras juntas esa tarde que en casi todo un año y Kotaro se preocupó mucho cuando se dio cuenta de ello. No había vuelta atrás. Akaba le había dicho que lo amaba, que lo amó de verdad, pero que después de lo que acaban de pasar necesitaba pensar las cosas con calma, necesitaba un poco de espacio, fue por eso que Kotaro se fue una semana con su familia y al volver a su "hogar" nadie lo estaba esperando.

El pelirrojo no se había llevado todas sus cosas, pero la mitad de su ropa no estaba, no había dejado ninguna indicación de cuánto tiempo estaría ausento o si volvería. Le marcó a su celular varias veces durante dos días y nunca le respondió ni le devolvió la llamada. No importaba cuanto le doliera, cuanto lo amara o cuanto odio sintiese en ese momento hacia él, hacia el maldito emperador, hacia cada una de las personas que lo llevaron a ese punto en su vida.

Se dio cuenta, justo en el momento en que miraba el armario medio vacío una vez más, que solo tenía dos opciones, quedarse mirando hacia atrás o girarse para avanzar. Llamó al pelirrojo una última vez, dejándole un buzón de voz bastante corto y sencillo, necesitaba un cierre y eso era lo único que podía hacer para darle vuelta a esa hoja y concluir esa etapa.

Empacó únicamente lo que necesitaba, las fotografías, los obsequios, todo se quedó en su lugar, él no iba a necesitar nada ello. Dejó el anillo de compromiso que Akaba le había dado hacía un año sobre la cama, dentro de la caja de madera en la que había venido, esa caja había contenido dos anillos idénticos en realidad, pero el que le pertenecía al pelirrojo no estaba ahí, ese anillo estaba dentro de uno de los cajones del armario, envuelto en papel translúcido, el pateador no lo sacó de ahí para ponerlo en la caja, no era él quien debía de hacerlo.

Al salir del apartamento se sintió cansado, vacío, era doloroso porque todos esos años pensó que el pelirrojo era feliz con él, pensó en que ellos podían durar "para siempre", iba a ser difícil sobrevivir a eso, pero no sería imposible. Ellos jugaban en el mismo equipo de nuevo y Kotaro no soportaba la idea de verlo tan pronto. Llamó a Hiruma para que lo ayudara con eso, en menos de dos horas Kotaro ya no pertenecía al mismo equipo que Akaba. Ya habían pasado poco más de seis meses desde que lo vio por última vez, no fue fácil, aún le dolía recordar, pero se estaba adaptando a su nuevo ritmo de vida, a su nuevo y viejo yo. A veces se quedaba mirando el cielo durante las noches, la luz de las estrellas le hacían recordar esa vida que no era la suya, en la que el pelirrojo no formó parte jamás, en la que su vida fue sencilla y feliz, él no había vivido mucho en aquel entonces, porque, por decisión propia, había decidido convertirse en una estrella fugaz, era apenas un adolecente cuando eso pasó.

Recordaba hacer subido al cerro más alto de su pueblo y alzó las manos, cerró los ojos y gritó, su cuerpo se volvió brillante y pocos minutos después todo se volvió luz. No podía estar seguro de lo que pasó después, pero ver esas memorias era como recordar un sueño fantástico, luces, oscuridad y frio, el calor abrazador de los soles y las figuras borrosas de planetas, astros y otros soles. Había atravesado el espacio hasta que su luz se extinguió, posiblemente el hecho de que fuera un mestizo hizo que su "alma" volviera al lugar en donde nació, tal vez todo eso fue solo un sueño bastante asombroso y vívido, una fantasía llena de matices que valía la pena revivir.

Ahora, frente a una vida rutinaria y simple él no sabía q dónde debería de caminar, sus sueños lo hacían desear ver el espacio de nuevo, su pasión lo hacía desear estar en campo, jugando americano, pero su corazón, todavía bastante adolorido, sólo lo hacía sentirse confundido.

Justo ahora, Kotaro, estaba en el campo, casi vacío porque el entrenamiento había terminado y los pocos que estaban se iban retirando ya. Él no pensó en lo que estaba haciendo en ese momento, sólo tomó el balón, lo piso en su base y lo pateó lo más fuerte que pudo, mandándolo mucho más allá de los postes, más elevado de lo que lo había pateado en toda su vida. Los que lo habían visto se quedaron asombrados, alabando la potencia de su tiro, gritando alguna cosa a la que él no estaba prestando atención, la única voz que escucho claramente fue la de aquel hombre que no quería ver ahora.

—Esa fue la patada más hermosa que he visto en mi vida— Akaba estaba mirando a Kotaro como si fuera la primera vez que lo viera, como si estuviera frente a una criatura que no había visto nunca.

Muy pronto conocí, muy pronto probé la coquetería del destino
he crecido de manera prematura
y ya se perdieron los días de mi infancia
ardo y al mismo tiempo se apaga mi fuego
lloro y al mismo tiempo sonrío
mi alegría siempre acaba en pedazos

Kurita estaba llegando a su casa, después de un largo día de trabajo, él no había podido calificar como un profesional, pero entrenaba a otros y jugaba en las prácticas del equipo al que asistía como auxiliar de entrenador. Iba a cenar algo, ver algunos videos y después descansaría un poco sin embargo sus planes se vieron arruinados por una llamada, del hospital.

Ya había pasado casi un año desde ese horrible incidente y todos habían seguido adelante, poco a poco y esa noche iba a ser la mayor muestra de que habían logrado salir adelante.

Mamori había ingresado al hospital porque su bebé iba a nacer. Cuando Kurita Llegó Musashi iba legando también, junto con los chicos que aún trabajaban para él, incluidos Togano, Koroki y Gao. Habashira también había llegado, acompañado de Marko, quien parecía bastante relajado ante todo el gentío que había. Por supuesto Takeru tampoco dejó de asistir, llevando consigo tazas de café y chocolate, ya que estaba seguro de que la noche sería larga.

Monta, Yukimitsu y el resto del equipo de los Devil Bats de la secundaria también habían ido para conocer al hijo de su antigua y adorada manager.

Los compañeros del mayor de los Kongo también habían ido al hospital, era como una reunión extraoficial de los jugadores de su época de preparatoria, todos estaban felices, intercambiando historias, números de teléfono y muchas sonrisas. Unsui mostraba una sonrisa para todos ellos sin embargo también estaba triste, deseaba desde lo más profundo de su corazón que su hermano estuviera presente, acompañándolo en uno de los días más importantes de su vida; Él estaba apartado, junto a una de las expendedoras de café, tratando de no dejarse llevar por la tristeza, tratando de mantenerse en el lado más positivo de las cosas, sentía que estaba fallando para todos.

—No es tu culpa—La voz de Akaba lo sorprendió, el pelirrojo parecía estar casi tan triste como él aunque era difícil saberlo con certeza siendo que él solía mantener ese mismo semblante casi todo el tiempo, entre la seriedad y la tristeza.

—Sé que no es mi culpa— Unsui respondió, volviendo su vista a la máquina expendedora —Pero este debería ser uno de los días más felices de mi vida, ¡Lo es! Pero…— se tomó un momento para pensar en lo que quería decir —Es difícil, casi ninguno de ellos sabe la verdad al respecto y eso me molesta, por Agon, no es justo, si tan solo…—

—No es tu culpa, ni fue culpa de él, tampoco deberías sentirte culpable por estar feliz— el pelirrojo se acercó un poco más, poniendo una mano sobre el hombro de Unsui —Estar feliz está bien, seguir avanzando no significa que lo estás dejando atrás, tu esposa y tu hijo te necesitan, es todo lo que necesitas ser ahora, esta noche— le dio un ligero apretón a su hombro y luego soltó, planeaba volver con todos los demás a esperar a que le bebé naciera y todos celebraran.

—¿Las cosas no funcionaron ente él y tú?— Unsui preguntó, muy suavemente, porque se preocupaba por todos los involucrados en toda esa locura, ya que a todos los había afectado en mayor o menor medida y cada uno tenía que luchar para ser feliz cada día que pasaba, él lo sabía, había mañanas en las que tan siquiera respirar era doloroso.

—Me fui en el momento en el que debí haberme quedado, él me perdonó una vez en el pasado por eso, yo no sé si esta vez podrá perdonarme— contestó si girarse para mirarlo —Si alguna vez me da otra oportunidad solo el tiempo lo dirá, hasta entonces debo ser paciente—

Unos pocos meses atrás, después de decirle a Kotaro que necesitaba espacio y que su novio se fuera a ver a su familia él tomó lo que consideró necesario y se fue. Buscó a Takeru, habló con él del pasado, de esos viejos recuerdos, de las cosas por las que acababan de pasar y de la forma en la lo hacía sentir. Se había visto a diario durante poco más de quince días, nunca estuvieron lo suficientemente cerca uno del otro, eran solo dos amigos platicando, Akaba nunca se hubiera sentido bien pensando en que llevar las cosas más lejos Takeru significaba engañar a Kotaro, ellos no habían roto definitivamente en realidad.

Ignoró todas sus llamadas, sus mensajes, porque no estaba seguro de cómo se sentía respecto a Kotaro o a Takeru, no entendía que emoción era más fuerte en su interior o cómo era posible sentirse enamorado de dos personas completamente diferentes al mismo tiempo. ¿Qué valía la pena conservar? ¿Podría ser solo amigo de los dos? ¿Sería mejor no quedarse cerca de ninguno?

Pasó unos días más lejos de todo. Se despidió del emperador y se fue a otra ciudad, dejando de pensar en ellos dos y centrándose en sí mismo, nada solucionaría tratando de responder a las preguntas que giraban en su mente, por lo tanto decidió hacer caso de un consejo que había recibido gratuitamente, se centró en sí mismo y pensó en lo que él quería para sí, para su futuro.

Al volver a casa, casi un mes y medio después de que se fuera se sorprendió al hallar la caja de madera con el anillo de Kotaro dentro. Entonces buscó por todo el departamento, su novio solo se había llevado lo indispensable, todas sus fotografías y sus recuerdos estaban ahí, hubiera podido pensar que el pateador volvería si esperaba pero el anillo dejado sobre el colchón gritaba con fuerza lo mucho que se equivocaba. Entonces él tomó asiento en piso, recargado sobre uno de los costados de la cama, agarró su teléfono y se puso a escuchar todos los mensajes que Kotaro le había dejado en su buzón.

Le preguntó en donde estaba y cuando volvería, le gritó por ser un imbécil y le exigió que contestara el teléfono, le pidió de veinte maneras diferentes que respondiera, aunque solo fuera en un mensaje, para que supiera que estaba bien, hubieron un par de mensajes en donde el pelinegro se había quejado del horrible día que había tenido y después vinieron aquellos en los que solo le pedía que le dejara saber cómo estaba. El mensaje final fue el que lo hizo llorar durante más de dos horas, había sido un mensaje muy corto en verdad, "Te amo, Hayato, te amo y lo siento mucho por todo".

Él podía ser amigo de Takeru sin importar las cosas del pasado, podía desearlo, anhelar sus besos y estar entre sus brazos, como en el lejano pasado, y aun así dejar todo eso en su mente para que convivieran como amigos sin ningún daño. Podía aceptar que el emperador fuera feliz al lado de alguien más.

Él no podía ser amigo de Kotaro, no podía pensar en el de esa forma más, no se imaginaba compartir el mismo espacio sin estar cerca, sin pasar uno de sus brazos sobre sus hombros para abrazarlo, mucho menos soportaba la idea verlo con alguien más. Aquel día que, después de meses de no verlo en persona, lo vio mandar el balón más lejos de lo que nunca lo había hecho pudo apreciar la gracia de sus movimientos, la forma en la que él siempre había sido y volvió a enamorase de ese hombre, más intensamente que la primera vez.

No estar a su lado era su propia culpa por no haberse quedado, por no saber esperar…

Después de lo que fueron varias horas de espera finalmente el bebé nació, llenando de alegría el corazón de todos ellos, dándoles a sus padres una nueva luz, una razón y esperanza en que todo el dolor por el que habían pasado valía la pena, cada segundo valió la pena.

¡Como las montañas! ¡Como el mar!
Así es el dolor de mi interior
las canciones son mi testigo
Cada vez que guiño un ojo
a la vida con esperanza
cada vez que florezco
el otoño llega a mi puerta

Hiruma estaba pasándola noche en la habitación de Agon, sentado junto a la ventana mientras leía un libro cualquiera, amanecería dentro de poco y tal vez, si se hallaba de humor, se presentaría con "mamá gallina" para conocer a su nuevo hijo, justo ahora todo lo que quería era hundirse en la oscuridad de su mente y no salir de ahí en toda la eternidad.

Su celular sonó en ese momento, él no pensaba contestarlo si se trataba de alguno de sus amigos, quienes seguramente le preguntarían por qué no estaba celebrando con ellos o algo por el estilo, sin embargo decidió responder antes de que el teléfono dejara de sonar.

—Solo asómate por la ventana— la voz indicó. Ahí, en el jardín del hospital, se encontraba Sasaki Kotaro, vestido con un traje de tonos azules y blancos, el tipo no estaba celebrando con el resto y eso era bastante extraño, aunque Hiruma no pensaba decir nada al respecto.

—¿Qué quieres, jodido idiota?— preguntó de mala gana, todo lo que quería era que lo dejaran en paz un poco más, no estaba listo para rendirse y seguir adelante, no quería hacerlo.

—Pide un deseo Hiruma— Kotaro estaba sosteniendo algo en sus manos, no era un balón de americano, era una esfera tornasol, un balón que había adquirido buscando en más de veinte tiendas, únicamente porque le parecía que ese forro era el más adecuado para la ocasión.

—Eso que piensas hacer es estúpido— el rubio replicó, mortificado. No entendía porque ese idiota estaba ahí, debería de estar celebrando con todos los demás.

—Funcionó antes y lo hará ahora, así que pide un deseo— esta vez no esperó a que le contestara, sencillamente pateó el balón con todas sus fuerzas hacia el cielo. Deseaba de todo corazón que su pequeño obsequio pudiera ayudar al rubio y al menor de los gemelos.

Una estrella fugaz, la más brillante que se había visto en décadas, cruzó el firmamento.

Pasaron dos semanas y la euforia por el recién nacido no había cambiado, todos querían verlo, sostenerlo y tomarle fotografías. El bebé en realidad se la pasaba durmiendo todo el día y era tan frágil como parecía, aun así Unsui habló con Mamori y ambos llevaron a su pequeño hijo para que Agon lo conociera; el mayor de los gemelos estaba seguro de que no era peligroso, después de todo su hermano ni siquiera parecía notar cuando alguien más estaba cerca, eso no iba a hacer lo que lo apartara de su vida como muchos conocidos le habían sugerido.

Él saludó a su hermano como siempre, sonriendo y sin levantar la voz, acercándose despacio con su hijo en brazos, hablando para los dos, presentándolos como si ellos pudiesen hablar entre sí.

—Agon, quiero que conozcas a nuestro hijo— se inclinó ligeramente para que el pequeño pudiera entrar en la vista de su hermano aun si no parecía darse cuenta de ello.

Agon parpadeó varias veces, era como levantarse de un sueño profundo, como cuando quería despertar de una pesadilla sin lograrlo.

No era que él no fuera capaz de ver lo que pasaba a su alrededor o que no pudiera reconocerlos, en realidad sí podía, todos los días los observaba ir a verle y hablarle pero sencillamente no podía entenderlos, ni hablar con ellos, era estar dormido mientras tenía los ojos abiertos. Pero él nunca había estado solo, Obsidiana, su otro yo del pasado, había estado con él todo el tiempo, hablándole o gritando, a veces sólo haciéndole compañía.

Él le había relatado toda su vida, desde que era niño hasta el momento de su muerte. Le había hablado de Lólindir, todas sus travesuras y los momentos que compartieron cada día, los sentimientos que le causó verlo antes y ahora. Pero cuando llegó su hermano mayor con ese envoltorio de mantas entre sus brazos la mirada de Obsidiana se centró en él, las lágrimas resbalaron por sus mejillas casi al instante.

"Es él… nunca creí que algún día lo podría ver"

Su voz se quebró por la emoción, estiró sus brazos hacia Unsui aun sabiendo que en realidad no podía tocarlo, él no podía ser visto por nadie que no fuera Agon mismo.

"Tiempo atrás, muy tarde me di cuenta… Lólindir no me lo dijo y para cuando lo supe era muy tarde"

Él cerró los ojos, llorando en silencio, murmurando algo en su lengua nativa que Agon no podía entender, el hombre de rastas no lograba entender qué es lo que pasaba o porqué su viejo yo estaba llorando. Entonces miró lo que su hermano tenía entre sus brazos, era un pequeño bebé, se veía tan pequeño y delicado.

"Es nuestro hijo, que nunca llegó a nacer"

Agon se giró hacia Obsidiana, tratando de entender lo que estaba diciendo, realmente tratando de prestar atención esta vez.

"De Lólindir y mío…"

Y de esa manera fue que Unsui los presentó, emocionándose al notar que su hermano menor estaba llorando, mientras extendía los brazos para tomar al bebé, sin dejar de mirarlo como si ese pequeño fuera la joya más valiosa del universo, como si lo amara desde lo más profundo de su alma, como si fuera su hijo propio.

Ese día habían llorado tanto de alegría como de dolor, finalmente estaban comenzando a andar, paso a paso, lentamente. Mamori se acercó a ellos muy despacio, abrazando a su esposo y a su cuñado, dejando que Agon sostuviera al niño en todo momento. Ella miró hacia la puerta cuando Hiruma llegó, sonriéndole, sin dejar de llorar, extendiendo su mano para que él se acercara.

Hiruma mantuvo su gesto neutral lo más que pudo, llorando en silencio y ocultando su rostro mantenido la cabeza hacia abajo, él estaba justo entre Mamori y Agon, Unsui estaba justo entre su hermano y su esposa, formando un circulo alrededor del pequeño.

Ese fue el día en que Hiruma había conocido al hijo de la castaña porque en todo ese tiempo no se había sentido con el valor suficiente para ir a verlo, porque él sabía, lo sabía, ese pequeño era su hijo, de Agon y suyo, de Mamori y de Unsui, y ellos dos lo estaban compartiendo porque también lo sabían. Kibou era el hijo de los cuatro.

¡Como las montañas! ¡Como el mar!
Así es el dolor de mi interior
las canciones son mi testigo
Cada vez que guiño un ojo
a la vida con esperanza
cada vez que florezco
el otoño llega a mi puerta

Pasaron unas semanas más y pronto terminaría el año, el clima iba enfriando cada día. Hiruma estaba llegando a su casa, una casa real y no un apartamento. Desde aquel día Agon había mostrado progresos, no era la misma persona de antes, ya no había ese brillo asesino en sus ojos, ni la arrogancia en su voz. Era solo un hombre, lleno de cicatrices y traumas, a quien no le gustaba mirarse al espejo ni salir de aquella casa, un hombre que no había vuelto a tener intimidad con nadie, un hombre que estaba tratando de sanar.

El rubio había estado a su lado, guardando su distancia prudencial, sin juzgar, sin hablar, únicamente probándole que no iba a irse de nuevo, que esta vez era real. Agon estaba sentado en el suelo, respirando pausadamente, estaba mirando unas viejas fotografías. Hiruma se sentó a un lado suyo, dejando el espacio entre ellos de casi medio metro, estuvieron el silencio durante bastante tiempo.

—Nunca seré la misma persona, eso no va a pasar— Agon susurró, frunciendo el ceño, sin mirar al rubio. No necesitaba ver el rechazo ni la compasión en su mirada.

—Lo sé— no había nada que pudiera decir, ninguna palabra borraría lo pasado —No estoy esperando que seas él, o el de antes, no quiero que cumplas las expectativas de alguien más— él permaneció en su lugar, sin mirarlo directamente.

—¿Y cuándo eso no sea suficiente?— él tiró las fotografías, girándose hacia el rubio, furioso, nervioso, el miedo también se reflejaba en sus ojos, temor a lo que nunca volvería a ser.

—Tú me conoces, Agon— Hiruma se giró hacia él, manteniendo su semblante tranquilo, mirándolo a los ojos sin rastros de compasión, dolor o decepción —No estoy esperando nada, está bien si eres solo tú, está bien si quieres cambiar o si no quieres hacerlo—

—No seré el mismo de antes— repitió, mirando a la pared de enfrente de nuevo, cerrando sus puños con fuerza —No voy a ayudarte, tampoco vamos a coger de nuevo, ni siquiera me gusta que estés tan cerca— ni mencionar el hecho de que no se abrazarían, no se besarían y mucho menos tendrían una relación bajo ningún término.

—No me importa, tú me conoces— él sonrió mientras sacaba su goma de mascar, sabía cómo iban a ser las cosas, era cuestión de tiempo y ahora tenían de sobra —Nunca pierdo—

Agon respiró profundamente y miró al techo, dejando que una pequeña sonrisa curvara sus labios, al menos podía estar seguro de que, pasara lo que pasara, ese estúpido rubio no iba a juzgarlo.

¡Como las montañas! ¡Como el mar!
Así es el dolor de mi interior
las canciones son mi testigo
Cada vez que guiño un ojo
a la vida con esperanza
cada vez que florezco
el otoño llega a mi puerta

Habían pasado cinco años en un abrir y cerrar de ojos. El día estaba claro aunque había algunas nubes grises en el cielo; la gente llegaba por montones para ocupar lugar en aquel estadio, un juego amistoso y fuera de temporada organizado con el único fin de entretener a la afición.

Musashi iba llegando al estadio con todos sus empleados y también en compañía de su prometida de dos años, ella era una gran fanática también.

Kurita ya estaba ahí, vibrando de emoción, junto con su esposa y su hijo de dos años, él había sonreído al ver a su viejo amigo y corrió a saludarlos, dejándolos pasar para que todos pudieran sentarse juntos. Poco después llegaron Kakei y Mizumachi, Yamato, Yukimitsu, Shin y Takami, habían sido traídos por Sakuraba en el transporte de Ito

Akaba iba llegando, después de pasar a ver a Kotaro en los vestidores, después de varios meses de hablar y pelearse al final regresaron y desde hacía tres años que vivían juntos sin mayores incidentes.

Habashira también llegó en ese momento, junto con sus dos hijos y su esposa, saludando a todos, justo después de él llegó Kid y Tetsuma, éste último había mejorado bastante en su interpretación de las cosas que escuchaba aunque las palabras de Shien seguían siendo órdenes acatadas al pie de la letra.

Agon estaba esperando en la banca, completamente listo para salir al campo y, al mismo tiempo, estaba listo para irse del lugar y mandar a todos a l carajo. Estaba jugando con una banda elástica que tenía en la muñeca, tirando de ella lentamente. Este sería su primer partido público después de mucho tiempo, en las practicas no tenía problema peor con tantos espectadores sería imposible que se concentrara en no pensar, en no recordar

—Estarás bien— Hiruma le dijo, situándose a su derecha, sin tomar asiento en la banca, sería su primer partido juntos desde la universidad —Además, ese mocoso vino especialmente para verte jugar ¿No vas a retirarte ahora, verdad? Escuché que ibas a anotar al menos diez veces para él— miró hacia un lado, sonriendo siniestramente, ahí estaba Mamori, junto con Unsui y su hijo, el hijo de ellos, Kibou.

—Maldito bastardo— Agon dujo entre dientes, mirando al rubio de aquella manera en la que lo hacía años atrás. Estaba lejos de estar bien, pero después de largos meses de terapia estaba llegando a algún lado, él sabía que su vida estaría siempre en pedazos, un vitral roto violentamente que había reconstruido poco a poco con la ayuda de ese rubio ruidoso.

—Pórtate bien y puede que te recompense por ello— en ese preciso momento estaba sacando uno de sus rifles, mientras saludaba a su pequeño sobrino, Mamori se veía muy enojada por el hecho de que estuviera usando un arma, aunque fuera falsa, en frente del niño.

—Yo no soy tu perro— Agon gruñó, pareciendo estar enfadado sin embargo se relajó lo suficiente como para no seguir tirando de la banda de su muñeca.

—Es hora de salir al campo— se giró hacia Agon, sonriéndole de forma diferente, sutilmente más suave, confianza, esperanza y deseo, el menor de los gemelos podía ver todo eso en sus ojos verdes —No quiero perder, no me importa si es un juego amistoso, ¡Aplástalos!— por supuesto sería o que les diría a todos en el equipo.

—No tienes que decírmelo, idiota, ya lo sé— él se puso de pie, yendo hacia el campo, era momento de comenzar el partido.

Kotaro se acercó a Hiruma, peinado su cabello de nuevo, sonriendo pasó de él, solo mirándolo como lo había hecho años atrás, cuando le había dicho que pidiera un deseo, no podría asegurar que su estrella fugaz artificial había sido la causante de las cosas pero no lo descartaba del todo ya que para que los milagros pudiesen pasar se necesitaba creer con mucha fuerza.

Hiruma fue el último en entrar al campo, respirando el aire de la anticipación, la ansiedad, la emoción, había extrañado tanto ese sentimiento.

Habían pasado casi seis años desde el incidente con sus recuerdos y vidas pasadas, pero era en ese momento en que sentía que por fin estaba avanzando, finalmente podía darle la espalda a su pasado y continuar hacia adelante.

En la línea continua del tiempo, en ningún punto particular, Lólindir estaba de pie, mirando las estrellas, la noche era cálida y el viento soplaba llevando consigo el canto de los grillos. Una enorme estela brillante atravesó el firmamento, era hermosa, dejaba un bello arco a su paso.

—Han pasado muchos siglos— Obsidiana iba llegando, despacio, hacia el elfo mestizo, admirando su silueta, lo había extrañado, lo había anhelado a cada segundo.

—Es tú culpa— él no dejó de mirar aquella estrella, sabía que venía de un lugar muy lejano, en todos los sentidos, provenía de otro tiempo y de otra tierra.

—Pero ahora podremos quedarnos juntos, el resto de los siglos que quedan— ahora estaba su lado, sonriéndole de lado, había madurado después de milenios de esperar para verlo de nuevo, aunque Lólindir parcia ser el mismo de aquel entonces —Nosotros y nuestro hijo—

—Él no está aquí— Obsidiana lo miró sorprendido, el elfo no había dejado de mirar el cielo —Él merecía nacer y vivir, merecía una vida mejor, dejarlo aquí solo hubiera congelado su tiempo, nunca crecería, ni aprendería sobre el dolor o la felicidad, no era justo— en ese momento miró a Obsidiana, todo estaba perdonado ahora que se había desligado por completo de su vida terrenal, de cuerpo mortal y de sus recuerdos.

—Has cambiado, eras muy diferente cuando nos conocimos, unas cuantas centurias atrás— pasó un brazo sobre los hombros del elfo, acercándolo más, ahora que lo tenía de nuevo lo dejaría ir, nunca más.

—Pues tú sigues siendo el mismo pequeño bastardo narcisista— se dejó abrazar y arrastrar lejos de ahí. Ahora lo único que tenía que hacer era esperar a que el tiempo pasara, disfrutando de la paz y la compañía del único ser que logró atraparlo en su corazón.

FIN.

Bueno, esto es todo, espero que les haya gustado.

Nos veremos en otros fics, seguramente en otras categorías.