El señor Colagusano
"—Nada va a acabarse, Peter. Nos hacemos mayores, nos marchamos del colegio. Pero eso no significa que vayamos a dejar de ser amigos…"
—Claro —murmura Peter, esforzándose por sonreír a Remus—. Lo sé, sí.
Su amigo le toca el hombro en un gesto reconfortante y amistoso. Seguidamente, sale por la puerta de la Sala Común.
Peter, una vez más, se queda solo. De nuevo ante las llamas que bailan sobre el negro de sus pupilas. Está distraído, pensativo. Sobre el fuego que le ilumina la cara ve pasar recuerdos rápidos y difusos, como fotogramas ardientes que refulgen sobre la leña.
Y piensa en su primer día en Hogwarts. En el castillo inmenso e imponente como un gigante. En los niños corriendo emocionados de un lado para otro.
En la Ceremonia de Selección.
Cuando Peter Pettigrew se sentó sobre aquel taburete frente al colegio entero, el peso del Sombrero se le multiplicó por mil. Se sintió pequeño, expuesto y fuera de lugar. Pero rápidamente había alzado la barbilla, convenciéndose a sí mismo de que merecía estar allí tanto como cualquier otro.
Entonces, el Sombrero Seleccionador había gritado: "¡GRYFFINDOR!". El Gran Comedor rompió en aplausos educados, y Peter se dirigió tambaleándose a la mesa de los leones donde le recibieron con palmaditas en la espalda.
Recuerda al chico que estaba sentado frente a él. Un niño de primero que también acababa de ser elegido para esa casa. Moreno, despeinado. Increíblemente feliz.
—Hey, tío, ¡qué pasada! ¡Lo hemos conseguido, estamos en Gryffindor! Es la mejor casa, ¿no crees?
Peter parpadeó, desconcertado por la confianza con la que estaba siendo tratado.
—Eh… sí, sí, claro, es una gran casa… Perdona, ¿nos conocemos?
El niño soltó una carcajada.
—Pues parece que ahora sí, colega. Me llamo James.
—Yo soy Peter —dijo en voz baja, aún sintiéndose confuso. Entonces, un nuevo nombre fue llamado a sentarse al taburete.
—¡Black, Sirius!
El silencio que sesgó las voces del Gran Comedor como una hoz mortífera obligó a Peter a girarse y estirarse sobre el banco para intentar ver al causante de la conmoción. Era un chico alto, de pelo oscuro y más largo de lo que Peter estaba acostumbrado a ver en un niño. No parecía demasiado especial.
Pero debía de serlo. Porque cuando el Sombrero proclamó de nuevo un sonoro "¡Gryffindor!" nadie aplaudió. Ni una palabra fue pronunciada.
Hasta que alguien rompió el silencio.
—¡Eh, Sirius, aquí! ¡Ven aquí, siéntate conmigo!
Ese, por supuesto, había sido James.
Y el tal Black, ignorando las miradas de desprecio y curiosidad de los alumnos de su nueva casa, blandió una sonrisa de pirata y fue a sentarse al lado de James.
Justo en frente de Peter.
De vuelta al presente, el joven Pettigrew sonríe. Recuerda lo aterrador que le pareció Sirius al principio. Lo mucho que le horrorizaba su vocabulario basto y malsonante. El descaro con el que mentía. Con el tiempo, sin embargo, acabó cogiéndole cariño. Como a los otros Merodeadores.
Piensa en Remus, que sonríe con la suavidad de una pluma y que siempre parece frágil, desvaído, como si no fuese más que un dibujo de humo envuelto en largas bufandas sentado a su lado en la Sala Común. Como si fuera a desvanecerse si te movieses demasiado rápido cerca de él.
Remus, que tiene alergia a más de doscientos animales, alimentos y plantas. Que guarda una muda de ropa limpia en la enfermería porque a veces parece que vive allí. Que le ayuda con los deberes y siempre pone los ojos en blanco cuando los otros se meten con Peter. Remus, paciencia sin fecha de caducidad, los Beatles sonando bajito en la habitación, tabletas de chocolate en todos los bolsillos de la túnica, bufandas tan largas que acababan arrastrándose por el suelo. Remus, un niño bueno que esconde un lobo malo. Remus, febril, enfermizo, lunático.
Después está Sirius. El canalla por excelencia. Ligar, molestar a los Slytherin, esconderle las gafas a James y buscar nuevas formas de matar a su madre de un infarto son sus pasatiempos preferidos. Incorrecto y despiadado, no conoce la calma. Es pura tempestad, desde el gris de sus ojos hasta el pelo largo y revuelto.
Sirius, que siempre dice que Peter escomo un hermano pequeño al que hay que resignarse. Que le llamaba ratoncito hasta que se convirtieron en animagos, y entonces decidió que Colagusano sonaba mucho más serio para un mago casi adulto. Que nunca eligió al perro porque el perro ya estaba dentro de él desde el principio. Sirius, una moto muggle robada y encantada, bandas de rock duro y botas manchadas de barro, un ladrido rabioso escondido siempre entre los dientes.
Y el mejor de todos ellos. James.
James Potter, el niño de las gafas y el pelo revuelto. Buen jugador de quidditch, buen hijo, buen estudiante, buen bromista, buen amigo. Bueno para ligar con las chicas, bueno para hacerlos reír, bueno para dibujar figuras en el aire montado sobre su escoba.
James es todo cuanto Peter querría ser algún día y más. Mucho más.
Los señores Pettigrew tienen una cantidad exagerada de hijos, pero ninguno ha sido nunca tan hermano de Peter como lo es James cuando le despierta con una guerra de almohadas, cuando le empuja en dirección a una chica con un guiño descarado, cuando se muestra sorprendido y emocionado por una nueva broma que ha ideado y le susurra "Eres un jodido genio, Colagusano".
Arrellanado en su sillón frente a la chimenea, Peter piensa en cómo alguien tan pequeño e insignificante puede tener tanta suerte. Llegó a Hogwarts queriendo escapar de su hogar, una casa grande demasiado llena donde ser él era más o menos lo mismo que no ser nadie. Quería huir de su familia, porque familia significaba en ese momento uno más de muchos, sin nada especial.
Y sin embargo, allí había encontrado otro tipo de familia. Una ácida, alocada, eterna familia de la que él formaba parte de una manera distinta y especial.
Recuerda que, en una ocasión, James dijo que parecía su padre. Sirius, que nunca deja pasar una oportunidad, añadió que Remus podría hacer de madre. Y Lupin, cómo no, había sugerido con tibia calma que solo lo haría si él aceptaba ser su perro.
Peter sonríe en silencio. Él no era nada, y comparado con los otros tres merodeadores sigue sin ser gran cosa. Pero no es así como lo siente en su pecho cuando se levanta cada mañana entre sus mejores amigos. No es "nada" lo que ve reflejado en el Gran Lago cuando un ciervo, un perro, un lobo y una rata salen a contemplar la luna. No es "nada" lo que le llena por dentro cuando una de sus bromas (de esas que ha planeado él solo y sin ayuda) sale especialmente bien, y sus amigos le rodean, le aplauden, le vitorean, gritan su nombre y proclaman que "acojonante lo que puede hacer el pequeñajo".
Peter es un merodeador. En ese momento y para siempre.
—Pase lo que pase.
Es la voz de Remus, que lo sobresalta. Peter se gira y lo ve, algo despeinado e inusualmente sonriente, de pie en la puerta de la Sala Común.
—Pase lo que pase, Peter. Antes te mentí. Cuando acabe el curso nada volverá a ser como ahora. No seremos un todo nunca más porque tendremos nuevas vidas y seremos nuevas personas, pero te prometo que pase lo que pase, seguiremos siendo amigos. Seguiremos siendo animales, bromistas, eternos. Seguiremos siendo merodeadores. Los cuatro juntos, solo que por separado. ¿Me entiendes, Peter? ¿Comprendes lo que quiero decir?
Sobrecogido con la pasión en las palabras de Remus, Peter nota que el sillón se le queda pequeño. Él se hace enorme, más grande y más importante de lo ha sido nunca, tan solo y tan acompañado frente al fuego de la Sala Común. Se siente un gigante en un cuerpo que siempre ha sido diminuto.
Y entonces una tormenta rompe en las escaleras que bajan de los dormitorios. Son truenos, blasfemias y el sonido de unas botas maltratando los escalones. El veredicto es claro.
Viene Sirius.
N/A: A veces, los planetas se alinean y me da por actualizar. En otras ocasiones, es la insistencia de LadyChocolateLover, así como sus ánimos y sus amenazas de mandarme un howler vía WhatsApp, lo que hace que me ponga a escribir. Gracias, cielo, porque sin ti olvidaría demasiadas cosas.
