Capítulo 3:
-De cajas y bosques-
El crujido de las bisagras al abrirse hicieron que el invasor retrocediera un poco sobre sus pesados pasos, haciendo al arbusto crujir levemente. Sus antenas, cubiertas en su totalidad por su disfraz, se vieron en la imposibilidad de captar algún olor que le rebelase la identidad de aquella persona que aún no cruzaba el umbral.
Segundos después, la puerta se abrió dando paso a una joven menuda de cabellos violetas, un vestido que cubría parte de sus torneados muslos recubiertos con mayas color púrpura claro a rayas y una perforación en la ceja derecha. Una de sus manos cargaba una bolsa de basura y la otra se mantenía ocupada intentando pasar el nivel cinco de algún videojuego de moda.
No hizo falta que Zim recordase mucho para saber que se trataba de la hermana menor de Dib, Gaz. Esto alivió en parte al invasor, pues supo que aquella larva apestosa aún vivía en aquel lugar junto a su familia. Después de dejar la basura en el bote puesto en la calle, Gaz regresó a su hogar cerrando la puerta principal con un gran estruendo.
-¿Podemos dejar de ocultarnos, amo?- preguntó el pequeño G.I.R. luego de ver a la chica volver adentro.
-¡No nos ocultábamos! Solo revisábamos el perímetro desde un lugar seguro.-contestó Zim.- Bueno, mejor seguimos buscando antes de que oscurezca.-
De un salto, el irken y el robot salieron del arbusto y reemprendieron su búsqueda por la ciudad. El trayecto se hizo pesado luego de una hora de caminar sin parar. Los lugares inteligentes para buscar eran escasos y las personas no servían para dar descripciones coherentes de nada en particular.
Zim sabía que de este modo el encuentro del mapa se retrasaría considerablemente, dejándolo aún más expuesto ante el peligro de que los Más Altos dieran con él. Pero no podía irse, no iba a echarse para atrás después de solo unos cuantos intentos de búsqueda fallidos.
-Quizá pudo caer cerca de alguna institución terrestre. Lo habrán confundido con una piedra de buena vista…-murmuró el de tez verde luego de ver que estaban pasando justo enfrente de su antigua escuela primaria.-Investiguemos ahí, G.I.R.-
En horas terrícolas, el PAK de Zim informó que eran cerca de las cinco de la tarde, y por tanto ninguna persona que no fuese el vigilante de la escuela se encontraba dentro del edificio. Con una sonrisa ladeada, el irken hizo salir a sus patas metálicas para acceder a la escuela desde el techo. A pesar de que la sociedad seguía siendo una completa decepción, no quería dejar rastros considerables de su visita al lugar.
Accediendo por los tubos que permitían el paso del aire hacia los salones, Zim terminó dentro de su antiguo salón de clase. Todo parecía igual que hace seis años: el viejo escritorio de la Srta. Bitters, los pupitres desgastados de los alumnos, los corroídos carteles que adornaban las descarapeladas paredes del recinto; incluso el pizarrón aún conservaba su sucio color verde marrón.
El ojiazul contempló el salón con el ceño fruncido, creyendo que el presupuesto de la escuela no podía estar tan mal como para no ser capaces de hacer unas cuantas remodelaciones. Sin embargo, algo en su interior le hizo querer desechar esa nefasta emoción, después de todo, ese salón fue testigo de interminables intentos de conquista y peleas y risas con la clase.
Un largo suspiro cruzó los labios del invasor al posar sus falsos ojos sobre el que alguna vez fue el pupitre de Dib. Sus piernas lo llevaron directo al lugar y sus manos enguantadas inspeccionaron la desgastada madera.
-Humano idiota. No entiendo cómo es que nunca pude deshacerme de ti.- susurró Zim mientras su mente rememoraba el día en que conoció al azabache.- Siempre fuiste un inadaptado…-
-¿Amo? Inspeccioné toda la escuela y no encontré su juguete.-informó G.I.R. desde el marco de la puerta al tiempo que se comía un taco y bebía un Poop Soda.
La voz de su unidad sacó a Zim de sus ensoñaciones pasadas, dando media vuelta sobre su propio eje para ver de frente al robot con la cara manchada de grasa añeja.
-Bien hecho. Sigamos buscando entonces.- Tomando la correa al cuello de G.I.R., el invasor salió del salón reprimiendo el deseo de voltear atrás la vista y contemplar por última vez aquel desgastado pupitre.
El anochecer se hizo presente unas cuantas horas más tarde. La búsqueda de ese día no rindió fruto alguno, y Zim estaba exhausto de haber caminado incansables horas bajo el candente Sol de la Tierra.
-Estúpido planeta y sus estúpidos televisores bloquea señales vigía…- se quejó el de tez verde una vez hubo llegado al baldío donde se encontraba su crucero Voot.- ¡Registré cada miserable escuela de educación media superior e inferior y no encontré absolutamente nada!-
-Tengo sueño, ¿podemos dormir ahora, Zim?- exclamó en un bostezo la unidad SIR al ver que su amo gritaba sin control.
-¡No es momento para dormir! ¡Debemos hallar esa cosa cuanto antes!-
-Pero amo, la gente y los cerditos ya están dormidos, ¿por qué nosotros no podemos dormir también?-
-Quizá tengas razón. Si nos haremos pasar una vez más por individuos de la Tierra, debemos retomar sus costumbres humanas.- dijo Zim una vez que su robot hubiese caído en los brazos de Morfeo.- Construiremos aquí y dormiremos antes de seguir con nuestra búsqueda.-
Como hace años, el irken extrajo de su PAK el instrumento que le ayudó a construir su antigua casa terrestre. Los tubos metálicos brillaron ante el contacto de los rayos lunares sobre ellos, los láseres de ilusión crearon una vez más la visión de una casa del entorno y los adornos del jardín retomaron sus puestos en el exterior.
Zim dejó que una dentada sonrisa con aires perversos se dibujase en su rostro luego de ver que la reconstrucción de su hogar estaba completa. Desde su arribo a Alhome, el irken no había tenido la oportunidad de restaurar la que alguna vez fue su casa en la Tierra. La erosión de su actual planeta de estadía no era compatible con la programación del aparato constructor.
-Muy bien G.I.R.- susurró Zim mientras tomaba en brazos a su ya dormido robot.- Entremos a casa.-
Pasados unos minutos, las luces de aquella extraña residencia, entraron en un estado fuera de línea.
Dib creyó perder la noción de sus sentidos luego de haber activado el mapa por tercera vez ese día jueves. Sus deberes escolares y laborales no le tomaron menos de media hora; la curiosidad por averiguar más sobre la ubicación de otros planetas era demasiada como para ser reemplazada por cosas insignificantes como un futuro digno.
Un gran suspiro invadió el aire de la habitación una vez que el humano hubiese apagado el aparato. El respaldo de su silla sostuvo su peso durante unos minutos, dándole descanso a su cansada columna que había estado encorvada cerca de más de hora y media.
-Me pregunto si la nave de Tak podría alcanzar distancias como estas en tiempo récord. Esa cosa realmente tiene sus trucos.- se dijo el azabache mientras su mirada admiraba el techo sobre él.- Debe haber un modo de reparar esa parte del Voot. Si hubiese otra nave como es…-
Los músculos de sus brazos se tensaron y un sentimiento de aparente cansancio recorrió el cuerpo de Dib con sequedad. Nunca pensó que la simple mención de una esperanza perdida pudiese acabar con sus ganas de hablar. Hacía tiempo que no pensaba en ese alíen de actitud pedante y egocéntrica.
Con un movimiento lento, el ojimiel se levantó de su asiento y dirigió sus pasos al armario que se encontraba a tan solo tres metros de su cama de infancia. Sus puertas oscuras se abrieron con un chirrido de vejez por su desuso.
-Sé que la dejé por aquí…-murmuró el joven mientras buscaba a tientas el objeto que quería encontrar.
Sus manos finalmente dieron con su destino y Dib logró sacar del armario una vieja y polvorienta caja de peso más o menos tolerable. Sus bordes estaban rotos, la pelusa invadía las rendijas de la caja y el polvo manchó con desdén los dedos del humano.
Esperando que su contenido no se hubiese corroído también, el azabache abrió la caja, dejando que una aroma de nostalgia llenase sus fosas nasales. Miles de fotos, notas y viejas cosas obsoletas aparecieron frente a sus ojos.
-No recuerdo que alguna vez esto me funcionara. Nadie nunca creyó que Zim fuese un extraterrestre además de Gaz.- dijo Dib mientras pasaba una a una las fotos que había tomado de Zim años atrás.- Todas están borrosas, igual ninguna hubiese sido prueba suficiente.-
Decepcionado y confundido por su reciente acción, el humano cierra la caja. En un segundo, una foto cae desde la parte superior interna de la tapa, dando justo en el regazo de Dib. Con extrañeza, el joven toma la foto entre sus manos, como intentando examinar cada centímetro de su plana y empolvada superficie.
-No recuerdo haber tomado esta foto…-confesó Dib. Una ligera sonrisa surca sus labios, dejándole solo rastros vagos de un recuerdo que creía estar olvidando.
Los viajes escolares siempre habían sido un fastidio desde su invención. Solo a verdaderos exploradores les interesaría recorrer el bosque pedregoso y añejo de aquella olvidada ciudad. Los compañeros de su salón caminaban en parejas mientras recorrían los senderos marcados como los menos peligrosos para las personas, dejando a Dib y a Zim como rezagados ante el grupo.
-¿Cómo pueden dormir sabiendo que tienen un lugar lleno de basura y animales hostiles? ¿Acaso es otra costumbre humana el querer explorar cosas insignificantes como esta?- preguntó el alíen mientras escaneaba en lugar con ayuda de una herramienta de su PAK.
-Es sólo un bosque, Zim. ¿Acaso no tienen lugares como este en tu planeta o es que son demasiado cobardes como para querer averiguarlo?- contestó el azabache mientras sonreía ante la torpe pregunta de su compañero.- Aunque claro, no me sorprende que sean tan ignorantes con respecto a su propia fauna y flo…-
Los labios del humano se vieron cerrados ante la ausencia de Zim a su lado. Con una cara de fastidio, Dib decidió buscarlo antes de que este comenzara a tramar algún plan malvado que involucrara el bosque de la ciudad.
-¡Zim! ¡¿Dónde rayos estas?! ¡En este lugar hay abejas y…osos!-gritó Dib tratando de dar con el paradero de su némesis.
Los pasos de sus compañeros comenzaron a desvanecerse y el sonido de las criaturas del lugar rompió con el silencio al que Dib no terminó de acostumbrarse. Mientras caminaba, los oídos del humano lograron captar el movimiento de ramas crujiendo sobre el peso de alguna clase de zapato o patas animales.
Más curioso y preocupado que asustado por su seguridad, el humano se internó aún más en el bosque.
-¡Los maldigo, árboles! ¡A ustedes y a sus estúpidas y extrañas patas sobresalidas!- El ojimiel dirige su vista y pasos con rapidez ante el sonido de la voz del irken.- Maldita vegetación terrestre…-
Con sigilo, Dib logra alcanzar el punto desde el cual ver a Zim con claridad sin que este lo descubra. El invasor se encontraba reacomodándose su peluca luego de haber tropezado con una rama caída de un viejo roble. Una ligera sonrisa de diversión se dibujó en los labios de Dib luego de presenciar esa graciosa y casi tierna escena.
-Por Irk, que planeta más…- Una ardilla posa su penetrante mirada sobre Zim, estudiando sus movimientos y quejas con atención.- ¿Qué? ¿Una ardilla? ¿Por qué te quedas mirando a Zim?-
La sonrisa del humano se ensanchó amenazando con reírse ante la pregunta de Zim a la pequeña criatura. En todo el tiempo que llevaba de conocer al alíen, nunca creyó que este se sentiría incomodado ante la presencia de una inocente ardilla.
-¡Contesta a mi demanda, ardilla del mal! ¿Por qué aún vez al gran Zim?- continuó el invasor al ver que la ardilla seguía inmóvil en su lugar.- ¿Osas en desafiarme? ¡Pues bien! ¡Sufrirás mi implacable ira, criatura inferior!-
Un pequeño click desde la mochila del irken dio aviso a Dib que este estaba por atacar a la ardilla que aún continuaba inmóvil ante tal visión.
-Te llegó la hora, roedor insolente…- amenazó Zim al terminar de extraer un arma láser de su PAK. El arma era del tamaño de un pequeño buró de habitación y sus niveles de energía estaban al máximo. Con un disparo de esa magnitud, el irken terminaría por volar la mitad del bosque, con todos sus exploradores dentro de él.
-¡Espera, Zim! ¡No dispares, es sólo una ardilla…!- gritó el humano mientras salía de su escondite con rapidez y se abalanzaba sobre el de tez verde.
El arma no terminó su conteo, y su disparo fue detenido por defecto una vez que Zim hubiese caído al suelo con el peso del humano sobre él. La ardilla se había ido.
-¿Qué…? ¿¡Cómo te atreves a interferir con mi venganza, Dib-bestia!?- exclamó el irken mientras miraba a Dib directamente a los ojos y su pequeño cuerpo intentaba quitar al humano de encima.
-¿De qué hablas? ¡Era solo una ardilla, Zim! ¡No iba a hacerte ningún daño!- respondió el azabache ante la queja del invasor.- Debes dejar de creer que todo en este planeta es hostil, por Saturno. Cuando te vi creí que era gracioso pero esto es demasiado…-
-Espera, ¿estabas viéndome? ¿¡Acaso estás confabulado con la ardilla del mal!?-
-¿Confabulado?- Dib casi ríe ante la sola mención de algo tan incoherente como eso.- De verdad Zim, si vas a intentar sin éxito conquistar la Tierra, al menos ponte al tanto de lo que un humano puede hacer con una ardilla.-
Zim miró al humano con expresión de fastidio, mientras sus ojos giraban hacia otro lado intentando ocultarse de los del ojimiel. Un claro sentimiento de enojo recorrió los sentidos del irken, pero había otro que no supo definir de ningún modo; su PAK comenzó a pitar de manera que solo Zim pudo captar su sonido.
-No me gusta que me vean con ojos de curiosidad. Zim solo debe ser visto con ojos de admiración, larva humana. Esa ardilla y tú tienen mucho en común al parecer.- respondió Zim luego de un momento.
-Yo no me parezco en nada a…espera, ¿Cómo que curiosidad?- preguntó Dib ante la afirmación del irken.
-¿Crees que Zim no se da cuenta de cómo lo miras? A pesar de que nadie va a creerte jamás, aún te empeñas en gastar tu tiempo mirándome sin admiración. Ustedes los humanos son extraños y huelen a maíz.-
-Yo no te miro tanto como dices, solo estas alucinando.- El ojimiel esbozó una sonrisa al decir esto.- Pareciera que quieres decir que yo…-
Un nudo en su garganta se formó al instante. Nunca se vio en la necesidad de explicarle a un ser de otra especie de que iban los "cortejos" humanos, y menos a Zim, quien ya estaba lo bastante interesado en el tema como para olvidarse de él.
-¿Pareciera que qué, Dib-cosa? Dile a Zim.- ordenó el de tez verde al ver que la temperatura del rostro del humano había subido.- Tu cara está rosa.-
-Cállate, Zim.- El azabache intentó buscar en el rostro del alíen algún indicio que le informara si este entendía la situación. El sudor comenzó a perlar su frente por el nerviosismo.- Mi cara está normal. Y ya vámonos, si seguimos sin aparecer seguro nos dejan olvidados para siempre.-
Una vez que intentó levantarse, fue que el humano notó que toda esa conversación de antes con Zim la habían tenido en una pose muy sugestionable. Sus mejillas se tornaron aún más rosas que antes, cosa que el invasor no dio por prescindible.
-¿Cómo cambias de color de esa manera? ¿Es una habilidad especial de ustedes?- dijo Zim mientras estudiaba sin pudor el rostro colorado de Dib.
-No. No es ninguna habilidad especial y ya te dije que mi cara está normal.- el chico retomó su andar por donde había venido.- Recuérdame que si te vas de mi lado nunca vuelva a buscarte.-
El invasor frunció el ceño ante tal respuesta del humano. Por su parte, Dib deseó desaparecer su boca y no haber dicho semejante frase con doble sentido. La omisión de las palabras "en una excursión" fue un golpe duro.
-Zim no recibe órdenes de larvas como tú. No te lo recordaré jamás, humano cabezón.- contestó el irken con una sonrisa de superioridad en los labios.
-¡Qué no estoy cabezón!-
Mientras Zim caminaba por delante de Dib riéndose por su contestación, el humano aprovechó para tomar una foto de ese momento, no muy seguro de sus razones para hacerlo. Tomando su cámara con cuidado, el azabache enfocó el lente directo al alíen que tenía en frente y caminaba como si nada.
El aparato enmarcó el momento con un click silencioso. La imagen del invasor era nítida y tenía reflejos de luz casi blanca, todo el cuerpo de Zim quedó plasmado en la imagen que hizo al ojimiel sonreír de manera involuntaria. Esa foto sería la primera que mostraría a los científicos de la comunidad paranormal.
Un ligero zumbido sacó a Dib de sus memorias, haciéndolo dar un salto que hizo volcar la caja con todo su contenido en ella. Dando un vistazo a la ventana, comprobó que el sonido venía del aire atravesando la rendija de la ventana con lentitud.
-Por un momento creí que era…- dijo el azabache en un ligero suspiro de desánimo.- No importa. Genial, ahora debo recoger este desastre.-
Mientras limpiaba, el humano pensó en lo extraña que había sido la manera en que ese recuerdo había fluido en su mente con tanta nitidez. Cualquier persona normal habría olvidado un recuerdo como ese de años atrás, en especial si este tenía que ver con una persona indeseada. Pero él no era normal. Pudiese ser que incluso mientras más despreciable la persona, más huellas te deja en el interior.
-Debo dejar de pensar en eso. Terminaré por volverme un loco.- se dijo Dib al poner la caja de nuevo en su lugar; la foto de aquel día descansaba sobre la madera pulida de su escritorio.
Con desgano, se quitó su gabardina negra dejándola sobre el respaldo de una silla cualquiera, dejó a un lado sus gafas y botas para finalmente recostarse sobre su cama y dormir plácidamente. Aquella noche no paró de soñar con nuevos mundos y alienígenas de piel verde como las hojas en primavera.
La alarma del reloj sonó cerca de las siete de la mañana. Los cables de energía se desconectaron del PAK del irken con un rápido movimiento y este recompuso su estado de descanso a uno de actividad. Su búsqueda apenas había comenzado.
-¡Amo, al fin despierta!- gritó el pequeño robot al ver entrar a Zim en el comedor.- ¡Preparé ricos waffles para el desayuno!-
-¿No sabes preparar otra cosa que no sean waffles, G.I.R.?- preguntó el invasor al ver la mesa repleta de waffles tambaleantes a punto de impactar contra el piso.
-Nop.-
-Bueno, da igual. Hoy tenemos que apresurarnos, mi mapa podría estar en cualquier lugar de esta asquerosa ciudad y no quiero seguir perdiendo tiempo.- dijo Zim mientras masticaba un waffle cubierto con miel de maple.
-¡Sí! ¡Buscaremos el juguete del amo!- La unidad comenzó a dar saltitos sin control por todo el comedor.- ¿Podremos también hacerle una visita a Mary?-
Zim casi se atraganta al oír el apodo por el cual G.I.R. llamaba a Dib. Solo un verdadero lunático pensaría siquiera en cruzarse con esa larva humana sub-desarrollada en una misión de rescate tan importante como esa.
-¡Por supuesto que no, G.I.R.! No pienso volver a ver a ese terrícola en lo que me resta de años…- respondió el irken intentando evadir la penetrante mirada del robot.- Además, ¿por qué querría ir a verlo?-
-¿El amo no quiere ver al humano cabezón? ¿Por qué? ¡El amo necesita a Mary! –exclamó G.I.R. con una sonrisa cruzando sus robóticos labios.
-No necesito de una bestia como él para encontrar mi mapa.- concluyó Zim.
-Pero… ¿dije algo sobre su juguete, amo?-
-¡Por supuesto que….! ¿Sabes qué? ¡No pienso seguir discutiendo esta tontería! Vámonos de una vez, como se nos vuelva a hacer tarde y no encontremos el paradero del mapa, te castigaré y no podrás ver el programa del Mono Enojado.- dijo el de tez verde levantándose con tensión de su lugar a la mesa.
-¡No, no! ¡Yo quiero ver el programa del mono!-
Dejando un rastro de ira contenida y migajas de waffles, Zim y G.I.R. salieron de su base para recorrer una vez más las calles de la ciudad que ese día parecía dar señales de vida mayores.
Continuará…
