Capítulo 5: Confianza

El viento dejó de soplar unos instantes que convirtieron a los segundos en eternidad. El campus perdió su gentío, el edificio tras ellos se hizo pedazos en sus mentes y el cielo perdió cualquier color que pudiese haberlo cubierto. Sus miradas, impasibles y quietas como el asfixiante ambiente, se cruzaron con estrépito y sus pensamientos dejaron de ser válidos para su ser al abandonar toda razón.

El humano, cuya mente creía estar en el limbo de los sueños, perdió su movilidad ante la presencia de quien fue su gran enemigo hace tantos años; lo peor de aquella visión estrafalaria, era que su realidad la hacía cada vez menos creíble, sustentable. El alíen, cuyos brazos y antenas quedaron inútiles, creyó ver una más de sus malgastadas ilusiones que no lo dejaban dormir por las noches. Otra clase de realidad se presentaba ante sus ojos cubiertos por su mal disfraz y aun así, no se dignaba en desaparecer; solo le veía, con la misma incredulidad que él a ella.

Una vez más, los individuos que tomaron el destino de la Tierra en sus manos por sus propios medios y motivos, se encontraban cara a cara.

Sin mediar palabra, Dib se acercó un poco aprovechando que Zim no se movía y no reaccionaba de manera agresiva como hacía siempre. Sus pasos eran cortos, casi pisadas en la oscuridad de una habitación habitada por los terrores nocturnos de su subconsciente. No podía dejar de verlo. No podía evitarlo. No podía evadir la necesidad de confirmar su realismo. Sus extremidades, llevadas por el puro deseo de desenmascarar la verdad, se lanzaron de manera quieta hacia el cuerpo del irken, rodeándolo de manera irremediable por la espalda.

-¿Eres real…?-murmuró. Nadie contestó su pregunta.

La figura que era el cuerpo del de tez verde, se quedó de piedra al sentir el contacto del humano contra su persona. Además de nervios, molestia, alivio y confusión, se sentía perdido. Más pronto que tarde, su mente rememoró esa noche con nitidez; las estrellas, el cielo, el aire, los arbustos y árboles que observaban a la espera de su partida algo más que una despedida. Con el cuerpo rígido y la mente divagando, Zim correspondió la acción de Dib como creyó más normal. Pero el caso es que aquello era todo menos normal para él.

-Zim, no puedo creer que seas tú - dijo el humano mientras separaba sus cuerpos con cuidado y recobraba algo de distancia entre ellos.- Luego de tantos años sin saber de ti, creí que no volverías nunca.

-Las cosas cambian constantemente, humano. De algún modo, es…bueno, saber que sigues vivo.

-Claro. También me alegra verte, supongo.

Ambos se miraron intentando contener una sonrisa que amenazó con asomar en sus labios. Quizá esta vez sería diferente. Por un momento, por sus cabezas cruzó la posibilidad de cambiar permanentemente para dejar todo atrás. Sin embargo, las cosas no terminaban de tornarse sospechosas para ninguno.

-No es por arruinar el momento pero, ¿qué haces aquí? Dudo que quisieras regresar a la Tierra solo para visitarla – observó el ojimiel con cierta seriedad.

-No regresé a visitar nada ni a nadie. Sólo…- Su respuesta se vio cortada con rapidez. Pensó de pronto en que tan conveniente sería que el humano supiese el porqué de su estadía temporal en la Tierra. Si bien no planeaba ningún daño contra su planeta como antes, sabía que Dib tenía su manera de tomar las cosas de ese estilo. Si algo llegaba a complicarse y la relación con el humano se estrechaba, no solo la Inmensa daría pronto con su ubicación, sino que además traería consigo un regalo para el planeta: su destrucción.-…no puedo decírtelo. Es algo confidencial.

-¿Confidencial, dices? No pienso acusarte con el FBI ni nada por el estilo. No necesitas descartar tu confianza hacia mí de ese modo; siempre me contabas tus planes, ¿no es así?

-Este no es ningún plan. Dib-cosa. Las cosas ya no son como el pasado, así que deja de chantajearme con tácticas tan baratas.

-No es ningún chantaje barato ni de ningún tipo, Zim. Era solo una afirmación.

-Firma o no, no puedo decírtelo y se acabó – Su cuerpo adquirió una tensión inmediata. El irken podía sentir como el humano perdía la esperanza de un cambio nuevo. Como un suspiro, un pitido proveniente de su PAK le indicaba una falla en su memoria central. No era la primera vez que pasaba.

-Para de usar ese tono conmigo – atacó el azabache al ver que Zim comenzaba a perder los estribos y la calma con la cual lo encontró.- Además, ¿qué intentabas hacerle al asiento de mi motocicleta, eh? ¿Hay algo ahí que tenga tu nombre para que puedas tomarlo?

-¡Deja de intentar meterte en lo que no te concierne, larva revoltosa! ¡No pienso develarte nada de mi confidencialidad de asuntos que son solo míos!

-Di lo que quieras por ahora, pero ten muy en claro esto: si llego a descubrir que planeas hacerle daño a la Tierra, no dudare en dejar de lado mis pensamientos sobre ti y volver a detenerte.

El cuerpo del alíen se quedó de hielo al oír aquella amenaza por parte del humano. Creyó que a pesar de su enojo y actitud, el ojimiel se habría negado a transportarlos seis años atrás, evitando desenterrar las malas experiencias que habían tenido que superar de niños. Las cosas cambiaban, pero no siempre como uno lo deseaba.

-¿Qué quisiste decir con "mis pensamientos sobre ti"? – preguntó Zim mirando de frente al humano, cuyo rostro adoptó una ligera y nítida coloración rosada.

-Nada importante, solo quise demostrar mejor mi punto – suspiró sin alivio – Pero tómate enserio lo que te dije, sabes que puedo acabar con tu plan cuando quiera.

-Dime las amenazas que tu boca pueda expulsar, pero no serás nunca un rival para mí.

-Créelo mientras te dure, chico espacial – Sin voltear la vista atrás, el ojimiel caminó hasta su moto, abrió el candado con el cual aseguró el asiento, y sacó con disimulo el mapa, evitando a toda costa que Zim lo llegase a notar mucho.- Si me disculpas, tengo un examen que presentar. Nos vemos.

Con ira, el irken volteó su vista y dando zancadas, se alejó del edificio con rapidez.

-Mientras más pronto recupere esa cosa, más pronto podré intentar explicarle las cosas para que deje de creer en estupideces…-murmuraba al caminar. Zim estaban consciente de lo mucho que Dib temía por su planeta, lo estuvo desde que lo vio por primera vez y en cada uno de los planes malvados que el chico conseguía arruinarle.

Con pesar, las ocultas antenas de Zim lograron captar un sonido proveniente de los arbustos que estaban a unos cuantos metros de él. Suspirando, el irken redirigió su camino hasta allí y, cautelosamente, se hizo con un arma de láser que extrajo de su PAK.

De pronto, el arbusto se abrió gracias a la acción de lo que pareció ser un sonoro estornudo, cuyas ondas sonoras se le antojaron metálicas al alíen. Ya sabía quién estaba oculto entre esa maleza verdosa y terrestre.

-¡G.I.R.! ¿¡Me quieres explicar que haces tirado ahí!? ¡Llevo siglos buscándote por doquier! – Gritó Zim enfurecido al ver que su robot le hacía el mínimo caso y sonreía como si estuviese viendo a una deidad.- ¿Y por qué estás cubierto de manchones rosas y rojos? – comentó el irken al notar manchas de lápiz labial por todo el rostro de la pequeña unidad.

-No es nada jefecito… ¡unos bellos y cariñosos ángeles me mostraron el cielo!- contestó casi arrastrando las palabras mientras el fulgor de sus ojos celestes se incrementaba. El irken enarcó lo que pudo haber sido su ceja y lo sacó de ahí de un tirón.

-¡Para ya de decir chorradas y llévanos de vuelta a la base! Necesito idear un plan para quitarle al humano mi mapa…

-¡Oh! ¿Por fin encontró su juguete, amo? – Preguntó G.I.R. con una sonrisa amplia y brillante cruzándole la cara.- Pero, ¿quién lo tiene?

-Preferiría no comentar nada al respecto. Vamos, enciende tus propulsores y llévanos de vuelta a la base. No quiero perder más tiempo del necesario aquí.

En un abrir y cerrar de ojos, Zim ya se encontraba montado en el lomo del pequeño robot, cuyos propulsores dejaron una marca profunda y visible de su previa estadía en el empastado del jardín frontal.

La noche llegó más pronto de lo esperado y el ojimiel se encontraba arreglando un poco su aspecto para la cena familiar de esa noche en el Cerdo de la Pizza, restaurante que su hermana Gaz siempre escogía cada vez que era su turno de elegir el lugar.

Dib no paraba de pensar en los acontecimientos de ese día: después de tantos años sin saber siquiera si seguía vivo o muerto, Zim apareció en el patio de su escuela como si nada, intentando sacar el mapa que había guardado tan celosamente en el asiento de su motocicleta. Sabía de antemano y por palabras de mismo irken que aquello no se debía a ningún tipo de visita nostálgica. Según había entendido, las razones por las cuales Zim estuviese ahí eran "clasificadas" y no podía decírselo a nadie.

-Lo conozco demasiado bien como para creer en lo que dice. Sea o no una misión de sus líderes, ya tengo algo que ver en ella. De otro modo, ¿por qué intentaría sacar esta cosa de donde la había guardado? – se preguntó a sí mismo el humano mientras veía de reojo el mapa que se encontraba sobre su escritorio, devolviéndole la misma y dudosa mirada acusadora.

Con un poco más de curiosidad que el día de ayer que lo encontró, Dib tomó con cuidado el mapa entre sus manos y se dispuso a examinarlo de pies a cabeza, sin permitir ni un solo margen de error.

-Veremos qué pasa realmente con esto…

Un pequeño "bip" anunció que el mapa había sido encendido, llenando la habitación del ojimiel con su particular luz violácea y fulminante. Dib comenzó a mirar el espacio muestral que el aparato le ofrecía, intentando dar con algo que pudiese probar que el objeto fuera de Zim. Pasados unos segundos, su vista se posó directamente en un punto de un violeta apenas más oscuro que el de la luz que el mapa reflejaba en las paredes del lugar.

Dudoso, el humano extendió su mano hasta el curioso punto. Inmediatamente, este se acercó con rapidez al él, dándole la opción de oprimirlo en cualquier momento. El dedo índice de Dib se posó tembloroso sobre la superficie del botón, presionándolo como si de verdad pudiese sentirlo y no fuese una proyección holográfica. Al instante apareció frente a él una lista de planetas recién clasificados y ordenados por nivel de armamento militar y masa planetaria. Una lista para invasión.

Tragando saliva, Dib agrandó la lista para que quedase completamente legible. El idioma por el cual se encontraban descritos los nombres de los planetas era el irken, idioma que en su momento el humano había logrado descifrar y entender con pesadez. Fue entonces cuando sus ya planteadas teorías sobre Zim se confirmaron. El alíen solo venía a buscar este mapa, el cual casualmente había caído en sus manos, por lo que el irken se encontraba en lo que podría ser una desventaja para recuperarlo. A pesar de que Dib estaba plenamente consciente de que el aparato no podía hacer ningún tipo de daño, no dejaría que Zim lo recuperase tan fácilmente.

-Muy bien, es la última oportunidad que tengo para corregir las cosas que hice y dije. No importa si el no confía lo suficiente en mí para decirme la razón por la cual regresó, yo mismo lo haré decírmela aunque ya la sepa y…- De pronto, sintió que su mente divagaba. No entendía porque tenía tanta desesperación por hacer que el irken confiase en él, porque hablase con él y se fijase en él. Después de mucho tiempo, creyó olvidar el porqué de su continuo estrés y soledad. Zim lo hacía sentir importante, como si su existencia fuera más que sólo un atajo para la ciencia real que su padre predicaba y alababa las 24 horas del día. Pero eso no desvanecía todas aquellas veces en las que pelearon por el destino de la Tierra.-…y haré que confíe en mí.

-¡Dib! ¿¡Qué esperas para bajar tu trasero becado de tu habitación!? ¡Se nos hará tarde por tu culpa! ¡Papá ya nos está esperando!

-¡Enseguida bajo, Gaz! ¡Deja de gritar, por favor!

-¡Apúrate o subiré por ti y créeme que eso no te va a gustar!

Suspirando, Dib guardó el mapa en su bolsillo y ordenó con rapidez el escritorio, no sin antes mirar de soslayo el cajón donde decidió guardar la fotografía de Zim.

-Definitivamente, haré que confíe en mí.- declaró el ojimiel sin estar muy seguro del porque aquella meta se había vuelto tan imprescindible.- Zim…

-¡Dib!

Con una apenas visible sonrisa decisiva, el humano bajó las escaleras cerrando la puerta de su habitación tras de sí. La cena familiar y un fin de semana largo esperaban por él apenas cruzara el umbral de las puertas de su casa.

Ambos hermanos salieron de su hogar dando un portazo, montándose en la motocicleta que rompió el silencio en las calles de la ciudad con su sonoro rugido al derrapar sobre el asfalto.

Las luces dentro de la base aún permanecían encendidas y el sonido de G.I.R. tarareando al hacer waffles se extendía por todo el lugar. Zim permanecía sentado en el sofá, viendo el televisor a pesar de que no le estaba poniendo ni una pizca de atención a la programación que estaban dando. Su mente iba y venía repasando los acontecimientos de ese día una y otra vez. Había estado frente a Dib una vez más, incluso lo había dejado abrazarlo.

Mientras más lo recordaba, más lo invadía la sensación de estar poniendo en riesgo a la Tierra y a los humanos gracias a su estadía ahí. Su cuerpo se tensaba y los nervios lo carcomían por dentro, además de que su PAK no había dejado de sonar desde que llegó a la base y el cielo se había oscurecido. El incesante pitido solo lo hacía ponerse más estresado y no le permitía pensar en una solución para arrebatarle a Dib el mapa que le pertenecía; inútiles eran los intentos del humano por ocultar lo evidente: él tenía su paquete, pero Zim sabía que no se lo daría con solo pedírselo. Tenía que pensar en una forma de quitárselo que no le llevara más tiempo del necesario. Nada de planes malvados como hace años.

-Ya me he mezclado entre los humanos de nuevo, pero algo más me está faltando…

-¡Ya están listos los waffles, amo!

De pronto, cayó en la cuenta de aquello que olvidaba. Recordó con claridad la manera más certera, rápida y constante de estar cerca del humano sin necesidad de llegar a ningún tipo de acoso. En algún momento de su adolescencia, Zim dejó que G.I.R. le preparase el "almuerzo" para llevar a la escuela, el cual se comía a escondidas de los demás, incluso de Dib.

Si quería tener la oportunidad de conseguir su mapa lo más pronto posible, era actuar sin ser predecible, hacerle ver al humano quien era la mente superior. Una vez más, se veía en la necesidad de ingresar en una escuela terrestre, específicamente, en la Universidad donde el ojimiel cursaba sus estudios y, según Zim, pasaba la mayor parte del tiempo. Era un plan ideal para lo que tenía en mente.

-Si me infiltro una vez más en los planteles escolares inferiores de los humanos, lograré quitarle esa cosa más rápido de lo que imaginé. El Dib siempre ha sido predecible, creerá que si deja mi mapa en su hogar aprovecharé y entraré para extraerlo; traerá esa cosa consigo todo el tiempo, lo suficiente para desprevenirlo y hacerme con él, ¡Es a prueba de errores! – pensó con voz triunfante el irken ante el plan que acababa de crear. – Pero no puedo crear disturbios en el plantel si quiero pasar desapercibido entre las larvas estudiosas. Tendré que idear un modo de despistarlo rápido y así obtener mi mapa…

-O podría intentar ganarse su confianza, amo.- contestó el robot mientras cargaba con sus brazos diminutos una gran bandeja llena de humeantes waffles.

-¿Qué dijiste, G.I.R.?

-Dije que debería intentar hacer que Mary confíe en usted.- dijo al tiempo que dejaba la bandeja sobre uno de los descansa-brazos del sofá.- Las personas suelen dejar o confiar sus objetos preciados o secretos con otras cuando les tienen la confianza suficiente. Es cuando pueden estar seguros de que esa persona en quien confían no los traicionará ni revelará o dará a nadie más aquello que han decidido conferirles.

El irken se quedó estupefacto ante la respuesta de la unidad. Ni en todo el tiempo que había pasado en la Tierra le había dado la capacidad de comprender sensaciones y sentimientos humanos a ese punto, no lo veía como algo relevante. Las pocas veces que logró engañar a los humanos para hacerse con algún beneficio o parte crucial para sus planes malvados, lo había realizado a través de mentiras e invenciones lo bastante creíbles como para que cualquier ser pensante las diera por verídicas. Mentiras e invenciones que sin embargo, nunca tuvieron efecto alguno en Dib. Quizá G.I.R. tenía razón y era tiempo de cambiar la estrategia del juego.

-¿Cómo sabes que eso funcionará? Es más, ¿de dónde sacaste ese término y su efectividad en los humanos? – preguntó el alíen mientras ponía los waffles lejos de él. El hedor que expedían lo estaba comenzando a marear.

-Oh, lo leí en revistas para chicas y en algunas novelas que transmitían después del programa del Mono. La confianza es una gran herramienta para las relaciones humanas.- respondió el robot con una sonrisa en su metálico rostro.

-¿Relaciones humanas? Ya veo, puede ser que eso me sirva para recuperar mi paquete. – Acercando su rostro al de su unidad UCI, Zim posó sus ojos magenta sobre los celestes de G.I.R.- Pero hasta yo sé que herramientas tan poderosas como esas conllevan algo más que sólo las gracias por poder usarlas. Dime, G.I.R., ¿qué precio trae consigo esta "confianza"?

-¡Amistad! – Gritó eufórico el robot dando vueltas por toda la estancia, teniendo especial cuidado de no tirar los waffles que había preparado.- Si quiere ganarse la confianza de Mary, ¡primero debe hacerse su amigo! ¡Así podrán pasear por el parque y comer helado!

-¿Qué? ¡Ese humano y yo nunca seremos amigos! Ya no lo veo como una amenaza hostil para nada que tenga que ver con mis planes de conquista, pero esta vez tiene algo que me pertenece, ¡de ninguna manera pienso establecer una relación humana con él! – sentenció Zim haciendo que la unidad diera un brinco tan alto que lo dejó de cabeza.- No importa que tan poderosa sea esa confianza, seguro puedo descubrir otro modo de usarla ya que soy tan genial. Además, el imperio no aceptaría que…

Silencio. Un silencio terminó por desaparecer el final de la frase que quiso escapar de sus labios, dejándole una sensación de tensión y olvido que creyó superar hace seis años. G.I.R., algo confundido, dirigió su mirada hacia el rostro congelado de su amo.

-¿Amo? ¿Ocurre algo? – preguntó al notar que la movilidad en el cuerpo del irken se había esfumado de manera abrupta. Los ahora opacos ojos del alíen lograron moverse apenas unos milímetros, devolviéndole a G.I.R. una mirada vacía.

-No…no ocurre nada.- contestó.- Nunca ha ocurrido nada.

-Entonces, ¿si se hará amigo de Mary?

Esta vez, el irken se rehúso a mirar o a responder la interrogante del robot. No podía engañar al humano luego de tantos años sin haber tenido contacto con él. Estaba exento de armas que pudiesen darle la oportunidad de dañarlo de manera psicológica, no sabía nada de él en la actualidad, lo cual también, reducía las oportunidades de hacer que alguien más se encargara del trabajo sucio. Tenía que recuperar su mapa por su cuenta, no podía darse el lujo de utilizar a ningún humano como habría hecho hace años. Pero a su vez, no iba a caer en el precio que tenía que pagar para usar la confianza. No podía hacerse amigo del humano. Dib siempre sería su némesis, la piedra en su zapato que lo molestaba al caminar.

-Dib-cosa, incluso a este día sigues causándome problemas. Lo que daría porque fuese tan fácil eliminarte…

Ignorando a un G.I.R. que comía waffles de manera ruidosa, Zim se dirigió a su laboratorio en lo profundo de la base. El lugar se veía tal cual lo había visto siempre. Decidió no cambiar el mobiliario aunque pudiese, después de todo aún si no lo cambiaba, sus sistemas se actualizaban automáticamente y la computadora permanecía avanzada y sin errores.

Pensante y aún con la cabeza llena de nudos por desatar, el irken activó la máquina y una pantalla se desplegó ante él, pidiéndole introducir los códigos necesarios para el acceso a la red de la ciudad, al igual que a todos los servidores móviles o fijos que pudiesen encontrarse funcionales.

Finalmente, luego de un par de tecleos sobre la pantalla, una voz femenina y computarizada se hizo presente en el laboratorio.

-¿Qué desea hacer, amo?

-Quiero que hackees el sistema de seguridad de la Universidad que se encuentra al Norte de esta ciudad inferior. Introdúcete en las listas de alumnado y busca en ellas el nombre de Dib Membrana, cuando lo hayas hecho, inscríbeme en todas sus clases y periodos de escuela, incluyendo extracurriculares o actividades libres.

-¿Alguna otra cosa que desee hacer, amo?

-También procura que mi asiento se mantenga cerca del humano, si es posible que sea al lado de él. El lunes se me presentará al alumnado como un estudiante de intercambio con un gran y destacado coeficiente intelectual.

-Enseguida, mi amo.

La pantalla se plegó con rapidez y desapareció de la vista de Zim, dándole el tiempo para pensar en cuál sería la estrategia que usaría el lunes para, primeramente, intentar convencer al humano de entregarle el mapa por las buenas.

-Muy bien, Dib. Si quieres interferir, hagámoslo divertido…

Dándose media vuelta, el alíen se retiró de las instalaciones, regresando al piso de arriba donde G.I.R. y un plato casi vacío de waffles esperaban por él.

Continuará…