Ha amanecido el cuarto día, ya es hora de zarpar y poner rumbo hacia Grand Line. Los chicos y yo hemos logrado (no sin esfuerzos) subir abordo algunos de los mandarinos de Nami; Usopp, que tiene cierto conocimiento sobre las plantas, ha instalado un sistema botánico que permitirá a los árboles fertilizar y soportar el cambiante clima del océano. Las ramas están cargadas de fruta, me pregunto si más tarde podré probar alguna, porque tienen un aspecto apetitoso.
No he vuelto a ver a mi navegante desde anoche, cuando nos despedimos mientras ella entraba en su casa. Me pregunto cuántas cosas piensa traerse al barco, como para que le lleve tanto tiempo empacarlas. Los demás ya casi estamos preparados para soltar amarras, tenemos provisiones para varias semanas y se ha reparado cualquier daño que el Going Merry hubiera podido sufrir en el último viaje.
-Sólo hemos estado en esta isla por unos días -comenta Usopp mientras deposita la última carga- Pero hemos conseguido muchos recuerdos.
-Sip, shishishi- respondo sin poder evitar reír al pensar en los buenos recuerdos que he cosechado aquí.
Por su parte, mientras realizamos los últimos arreglos antes de partir, Johnny y Yosaku se despiden de nosotros, pues piensan seguir con su vida como cazarrecompensas; lo voy a echar de menos, son unos tipos muy divertidos y demostraron ser unos compañeros muy leales. De repente, Sanji se pone nervioso mientras busca algo desesperadamente por todo el barco.
-¿Dónde está Nami-san?
-Creo que no vendrá con nosotros- le responde Zoro con seriedad; oh, no, me huelo a discusión.
-¡¿Qué dices, marimo?!- le espeta mi cocinero; y aquí viene el combate verbal.
¿Cómo que Nami no vendrá? Si me dijo hace unas horas que... Aah, claro, no me acordé de avisar a los chicos sobre ello. Shishishi.
-¡Si Nami-san no sube, perderé el 98'72% de mis razones para estar en este barco!- Sanji dirige sus berrinches hacia mí.
¿Que perderá el queee...? ¿Y ahora qué le da por hablar de matemáticas?
-¿Sabes que no encontré por ningún lado el melón con jamón?- le recrimino, y con razón; siendo cocinero debería acordarse de dónde se encuentran los platos que prueba.
Esperamos unos minutos más a que Nami aparezca, mientras que la gente del pueblo se pregunta también dónde se habrá metido. Usopp y Zoro insisten en zarpar, pero Sanji y yo nos negamos; no pienso irme sin la persona que nos guiará hasta el One Piece, no estoy dispuesto a pasar un día más en alta mar sin tenerla a ella aquí. Además, los mandarinos no tendrán sentido a bordo del Going Merry sin su presencia, sería como si les faltara algo esencial.
De pronto, oigo unos pasos de tacón que reconozco enseguida: Es mi navegante. Está de pie a la salida de la villa, con una pose tensa, como si se estuviera preparando para algo forzoso. Todos se giran hacia ella.
-NAMI-SAAAN- el chillido de Sanji por poco me deja sordo.
-¡Na-chan!- la llaman los pueblerinos.
-¡Nami!- gritan Nojiko y Genzo.
-MOVED EL BARCO- nos dice ella desde la lejanía.
Entonces, echa a correr hacia el puerto, dejando asombrados a los presentes.
-Haced lo que ha dicho- les ordeno a los chicos.
-Pero...- alega Usopp, pero no le hago caso; Nami lo ha querido así y vamos a respetarlo.
-¡Bajad la vela!
Usopp y Sanji hacen lo que les digo mientras que Zoro eleva el ancla; en cuestión de segundos, el Going Merry se aleja del muelle. Nami sigue corriendo al tiempo que se hace paso entre la multitud; la gente le pide que se dentenga para darle las gracias, pero ella continúa, impasible.
-¿Está bien que le permitamos hacer ésto?- me pregunta Sanji mientras da una calada a su cigarrillo.
-Está bien así, si es su decisión.
Cuando alcanza el límite con el mar, ya estamos algo lejos; estoy dispuesto a estirar el brazo para subirla al barco cuando de pronto, ella da un poderoso salto hacia la popa. Todos ahogan un grito de angustia, seguramente por temor a que no lo consiga, pero yo sé que sí lo hará, ¿desde cuándo unos metros de agua han sido capaces de superar a mi nakama?
Finalmente, por supuesto, aterriza en la baranda trasera para después pisar el suelo del Going Merry; ahora la tripulación Mugiwara está completa. Entonces, Nami levanta parte de su camiseta y deja caer de su interior numerosas carteras, ¿de dónde las habrá sacado, y para qué querrá tantas?
-GATA LADRONA- la reclaman los pueblerinos desde el muelle.
¡Ah, ya veo: les robó a ellos! No puedo evitar reírme por lo que acaba de hacer, esta chica no cambiará nunca, y espero que no lo haga ni en un millón de años. Al tiempo que dejamos atrás la isla, a Nami le llueven todo tipo de despedidas por parte de sus vecinos.
-¡Devuélvenos el dinero! ¡Pequeña ladronzuela!
-¡Traviesa! ¡Escurridiza!
-¡Vuelve cuando quieras!
-¡Siempre serás bienvenida!
Me encamino hacia la proa cuando de repente una potente voz me llama.
-¡Mocoso!
Me doy la vuelta para ver al propietario: es Genzo, que me observa tan imperturbable como cuando hablé con él en el barranco la noche anterior.
-No olvides nuestra promesa.
Le enseño el pulgar para darle a entender que lo he escuchado.
¡Je! Aunque no te hubiera prometido nada, Nami no perderá su alegría mientras permanezca en mi tripulación. Me encargaré de que sea así cada día.
-¡Me voy!- grita mientras avienta los brazos hacia su gente, como si les lanzara abrazos desde la distancia- ¡Adiós a todoooos!
Un rato más tarde, Nami camina hasta mí y me mira, sonriente como nunca.
-¿Vamos ya hacia Grand Line, capitán?
-Así es, shishishi. ¡Fija el rumbo, navegante!
-¡A la orden!
Así me gusta verte, nakama mía, feliz y sin lágrimas. Con estos árboles abordo, nunca más tendrás motivos para estar triste.
De repente, las hojas de éstos se mueven con el viento marino; si lo comentase en voz alta tal vez asegurarían que estoy loco (aunque eso ya me lo tienen llamado muchas veces), pero me atrevería a decir que han reaccionado a mis pensamientos.
Han pasado varios días desde que partimos de la isla de Nami, y todavía faltan algunos más para alcanzar Loguetown, la ciudad donde nació y murió el legendario Gold D. Roger. Se suponía que hoy es un día para celebrar: ¡Han asignado una recompensa por mi cabeza, 30 000 de berries para ser exactos! Al fin me estoy abriendo paso como pirata hecho y derecho, al igual que Shanks, aunque me faltan años para alcanzarle. La tripulación y yo hemos podido disfrutar de mi recién adquirida fama pateando el trasero de un capitán de la Marina llamado Puño de de Cobre "Follmiby" o algo así, y el de sus hombres, que habían decidido tocarnos las narices con sus cañones estropeados; pero no aguantaron ni cinco minutos, antes de huir con el rabo entre las piernas.
Sin embargo, esta mañana sucedió algo que me ha molestado mucho: Intenté hacerme con una mandarina, ya que nunca antes las había probado y estaba ansioso por ello; pero el bobalicón de Sanji no me ha dejado rozarlas siquiera, y lo peor de todo es que lo hizo por orden de Nami. ¿Que problema tiene ella con que me coma una, sólo una y nada más? Desde entonces he estado enfadado con mi navegante, no comprendo este cambio de comportamiento tan repentino; ayer habíamos pasado un tiempo agradable juntos, ¡hasta nos habíamos abrazado! Y ahora vuelve a ser la firme estricta de siempre... Aarggg, ya dije que no quisiera que Nami cambiase en absoluto cómo es, pero hay veces en las que me sobrepasan sus transformaciones de personalidad, me hacen sentir muy confuso.
En este momento me encuentro en la cocina, zampando un emparedado de jamón que Sanji me ha preparado hace poco. Está muy rico, pero creo que lo estaría aún más si pudiera acompañarlo con un buen postre, como una mandarina... ¡Ah, pero cierta señorita HoySoyCariñosa-Y-MañanaSoyTacaña no me lo permitirá! Entonces de repente, como si la acabase de invocar, ella entra taconeando y saca un zumo de la nevera. No ha reparado en mí todavía, lo que hace sentir más rabioso, ¿ni siquiera te acuerdas ya de que estoy aquí, navegante?
-¡Oye, Nami!- chillo, aún con la boca llena, para llamar su atención.
Ella parece sobresaltarse un poco y se gira hacia mí con una expresión de sorpresa y la pajita del zumo entre los labios; es curioso, pero verla así me despierta de nuevo aquel sentimiento cálido que me había inundado durante días.
-Oh, Luffy, conque estabas aquí. Quería avisarte de que sólo nos queda un día para alcanzar Loguetown.
Hace un par de horas, Nami nos había comentado que estábamos cerca de la famosa ciudad, para luego preguntarme si quería ir hasta allí. Al principio, temí que ante mi respuesta, se negase y comenzara a explicarnos a gritos que era una decisión peligrosa; pero cuando vi aquella complicidad en sus ojos castaños, mirándome directamente y con una decisión que no podía sentir más compartida, asentí y ella nos indicó hacia dónde dirigir el rumbo. En ese instante me sentí muy eufórico, pero al verla tomando aquel zumo anaranjado, no pude evitar que un nuevo pellizco de fastidio me asaltase.
-¿Por qué no puedo tomar una mandarina?- le pregunto haciendo un puchero.
Mi navegante levanta las cejas y deja de sorber la bebida. Me observa fijamente unos minutos antes de contestarme.
-Las hay que racionar, y con lo glotón que eres te las comerás todas en un abrir y cerrar de ojos. Además, son mías y yo decido cuándo se pueden tomar.
-¡¿Eeeh?! Entiendo que seas tacaña con el dinero, pero con la comida...
CLONK
-AAAUCH. ¡¿Y ahora que he hecho mal?!- suelto el emparedado y me llevo las manos al nuevo chichón que me ha salido.
-No es cuestión de tacañería, Luffy, ¿comprendes?
-Eeh... Pues no.
No me entra en la cabeza qué otro motivo puede existir en Nami para racionar hasta la fruta. Mientras le doy vueltas a ésto y me acaricio la zona golpeada, ella suspira y sigue hablando.
-Esas mandarinas son muy especiales, no se pueden comer así como así. Los árboles que los germinan eran de mi madre y... y por eso...
Ella calla de repente y se lleva las manos a los antebrazos, como si se estuviera abrazando a sí misma; una ligera sombra cubre sus ojos, se le atascan las palabras y su postura se vuelve tensa. Temo que he sido de nuevo un estúpido bocazas, y mis preguntas la han hecho recordar cosas tristes. Siento que una especie de nudo invisible se atasca en mi garganta, me muerdo el labio... De pronto, regresan a mi mente imágenes de la explosión que se llevó a Sabo para siempre, y después pienso en Nami, viendo impotente cómo Arlong le arrebata a su madre.
¡Pero qué idiota has sido, Luffy! No eres capaz de cuidar ni del bienestar de tus compañeros. Ni siquiera ha pasado una semana desde que dejamos atrás el pueblo de Nami y ya la has hecho sentirse mal... Su preciosa sonrisa ya no está.
No puedo hacer otra cosa que acercarme a ella y abrazarla con fuerza, no quiero que llore ya más. No quiero que rememore el duro pasado, no quiero que sufra...
-Lo siento- es lo único que logro decir, pues todavía noto la angustiosa presión en la garganta.
-Luffy...- suspira mi navegante entre sollozos, y se aferra mi cuerpo con los brazos; no llora, pero se está aguantando.
Pienso en los mandarinos que adornan el Going Merry, son el tesoro de Nami; al igual que el sombrero de paja es el mío. Y entonces, como si una bombillita en mi cabeza me iluminase, comprendo el motivo por el que ella las reserva con tanto celo.
-Ya lo capto, Nami- le comento, aflojando el abrazo y mirándola a los ojos, que aún siguen empañados- Al igual que a mí me encanta la carne y por ello no me hace gracia compartirla, lo mismo sucede con tus mandarinas.
Mi navegante me observa con perplejidad (¿puede alguien explicarme por qué la gente reacciona así cuando digo ciertas cosas?), y acto seguido su gesto se frota los párpados, relajando su gesto.
-Así es, Luffy. Lo lamento si estoy siendo egoísta...
-Estás siendo una pirata, nada más y nada menos, y los piratas no comparten nada. Shishishishishi.
Me echo a reír porque sé que ésto la anima, quiero que vuelva a sonreír. Pronto, mi reacción tiene éxito.
-Jijijiji- me responde del mismo modo.
¿Hay algo que pueda sonar mejor que dos risas compartidas?
Esta noche me toca ser el vigía mientras los demás duermen. Debería estar en el puesto junto al palo mayor, pero prefiero vigilar desde mi asiento favorito, la cabeza del Merry. Desde este lugar las vistas son inigualables a las de cualquier otra parte del barco, no veo nada salvo el océano, el cielo y el horizonte (una delgada y perfecta línea que une a ambos). Tal parece que estoy flotando sobre las aguas; es genial, simplemente genial.
No sé cuántas horas han pasado desde que estoy en mi puesto, cuando de pronto escucho unos paso detrás de mí. Me giro y veo a Nami caminando hacia mí, con una gruesa manta sobre los hombros y una sonrisa en el rostro.
-Oh, Nami. ¿Qué haces despierta a estas horas?
-Me apetecía tomar un poco el aire- ella mira al cielo estrellado- Es una noche preciosa.
-Supongo que sí, shishishi.
-¿No tienes frío con esa chaqueta tan corta?
-Estoy acostumbrado a pasar la noche sin ropa de abrigo.
Nami, se apoya en la baranda, muy cerca de mi asiento, y mira al mar con una expresión de calma.
-Hacía tiempo que no me paraba a mirar así el océano, con esta paz tan abrumadora...
Es cierto, la sensación es sobrecogedora, pero desde ahí no la podrá saborear como se debe.
-Oye, Nami- la llamo.
Entonces ella se gira hacia mí, una vez que he captado su atención, estiro el brazo y le rodeo varias veces la cintura para asegurarla bien.
-¿Luffy, no me digas qué...?- palidece, ¿por qué lo hará, si ésto es muy divertido?
Cuando estoy seguro de haberla sujetado con suficiente firmeza, la atraigo hasta la cabeza del Merry, a mi lado. Así podrá disfrutar mucho más de las vistas.
CLOONK
-¡Pero bueno, Nami! Ya está bien con los chichones.
-Te lo mereces, por insensato. ¡Por poco me da un ataque!
-Lo hice para que apreciaras mejor el mar.
-¿Y era necesario agarrarme así?
-De otra manera tardarías más en subir.
-Aarggg. Está bien, me rindo- se palmea la cara con fastidio; ¿por qué cada vez que hago ciertas cosas hace éso? Ni que yo fuera tan tonto.
Mientras tanto, Nami se acomoda la manta sobre la espalda y saca de debajo de ésta un pequeño paquete, que acto seguido desenvuelve: es una mandarina.
-¿Recuerdas sobre lo que hablamos esta tarde, que los piratas no comparten?- alega con con una sonrisa misteriosa.
-Sí, ¿por?
-Temo que hoy quebrantaré esa "ley"- dicho ésto, me tiende la fruta.
No puedo creerlo, ¿me está dando su mandarina? Parece deliciosa, pero no me atrevo a aceptar.
-Pero, son tuyas...
-Sólo tómala.
-Tengo mi carne, ya no me apetece comer mandarina.
-¿Estás seguro?
-Hmm... Sí- desvió los ojos para otro lado; cuando miento no me atrevo a mirar a las personas directamente, pues seguro me descubrirían (aunque siempre acaban haciéndolo igualmente).
-Mientes muy mal.
Al ver que sigo sin moverme, su rostro cambia y le aparecen colmillos puntiagudos.
-QUE LA COMAS DE UNA PUÑETERA VEZ.
-Aahh, vale, vale...
Decido obedecer sin rechistar, ¿quién se atreve cuándo se pone así de furiosa? Degusto el fruto gajo a gajo, disfrutando de su jugo; no me equivocaba, está riquísima. Pero cuando termino el último trozo, me asalta una terrible duda.
-¿No me cobrarás por ésto, verdad?
Ella me observa con malicia. Ay, no... Adiós a mis pocos ahorros.
-Por supuesto que lo haré.
-No tengo mucho dinero, tan sólo unas monedas en el bolsillo...
-No, idiota. Sólo quédate quieto.
Oh, no, ¿me va a robar? ¡¿No me irá a pegar, a que no?! Aaargg, no entiendo na...
...
Pero no siento puños, ni manos en mi chaqueta, ni tampoco el sonido de una pluma tranzando una lista de deudas a pagar; sólo un contacto preciso, cálido, suave y muy agradable en la mejilla. Dura un segundo, dos, tres... hasta medio minuto. Entonces Nami separa sus labios de mi carrillo y me vuelve a sonreír, esta vez de esa manera que tanto me gusta de ella.
-Con esto me basta.
Ella dirige su mirada hacia el horizonte de nuevo, sin dejar de sonreír. No me atrevo a decir nada, no sé qué decir; ¿tengo que hacer algo o responder de alguna manera ante lo que acaba de suceder? Quiero decirle que ojalá sus cobros fueran siempre así, quiero devolvérselo.
-No me pidas explicaciones sobre por qué un día te abrazo y otro te golpeo; sólo sé que hay veces que me haces sonreír y otras en las que me colmas la paciencia. Nunca había conocido nadie como tú, Luffy.
Nuestros antebrazos hacen contacto, miles de sensaciones me sobrevuelan la mente y el cuerpo y no soy capaz de controlarlas.
-Sólo déjame estar a tu lado.
Ante ésta petición, no puedo evitar devolverle el beso, pero esta vez, el mío no sólo dura más que el que ella me ha dado, sino que además le rodeo la cadera con mis manos, apretándola a medida que pasan los segundos, hasta que mis labios sueltan su suave piel.
-Eso no lo dudes jamás- le respondo sin dejar de mirarla- Cuidaré de ti y de los demás; me encargaré de que se cumpla tu sueño, Nami, y no permitiré que pierdas la sonrisa jamás.
Ella solloza, y su boca se tuerce aguantando el llanto. La abrazo de nuevo, tengo que hacerlo. Que deje de llorar, por favor, no soporto verla así.
-No llores más, navegante. Juntos lo conseguiremos y entonces, seremos los más libres de todo el océano.
-Sí, Luffy- me contesta, secándose una pequeña lágrima- Te prometo que no me rendiré al llanto nunca más, seré más fuerte y os llevaré hasta el One Piece. Serás el Rey de los Piratas, y yo tu fiel navegante... siempre.
Mmm, Nami: la navegante del Rey Pirata, no suena mal. Aunque... creo que la Reina Pirata te quedaría mejor.
-Shishishihi.
-Jijijiji.
Si los dioses del mar existiesen, les rogaría tres cosas: La primera, que mi tripulación y yo sigamos juntos hasta alcanzar nuestros sueños; la segunda, que pueda reencontrarme con Ace y Shanks algún día; y por último, que la sonrisa que ahora mismo ilumina el rostro de mi navegante no se borre jamás, y si es posible, que pueda disfrutarla por el resto de mis días.
