Estaba sentada frente a una gran hoja de papel apoyada en un respaldo de madera, sosteniéndola. Mientras el pincel se deslizaba de lado a lado por la zona, decorando de varios tonos azules la pálida hoja, que poco a poco iba tomando color. A medida que el tiempo pasaba aquella pintura iba tomando forma, habían pasado minutos, horas, ella no sabía la noción del tiempo, no le importaba. Solo pintaba; retrataba en esa hoja lo que sus ojos imaginaban y querían, lo que añoraban. Cuando termino se pasó una mano por la frente completamente exhausta.
Observó lo que había hecho.
—Un poco de sombra estaría bien… ¿No crees, Plue? —Dice, preguntándole a su pequeño amigo junto a ella. Que contesta con un ladrido.
Plue es un perro blanco bastante tierno que siempre ha tenido desde su infancia, su único compañero y amigo que la puede acompañar siempre. Y no la hace sentir tan sola.
De lo que ya está…
La mira otra vez: Es una hermosa pintura con un ambiente nevado, con árboles grandes y largos, montañas completamente blancas, y la típica nieve alrededor. Y le ha salido bastante bien, otro para agregar a su colección. Y si, ella tiene muchas pinturas, tantas, ha estado prácticamente toda su vida haciéndolas. ¿Por qué?. Bueno, tampoco es que tenga que hacer muchas cosas allí. Siempre está sola. Su padre solo ciertas veces la deja salir de casa y él mismo pasa todo el día en el trabajo.
—Uhg… ¡Pero quede toda sucia!
Se ríe viendo que Plue también está lleno de pintura azul en las patas, y que intenta sacársela con sacudidas, que solo hace que manche más al rededor.
—Tranquilo amigo… —Ve la hora del reloj, notando que no falta mucho para que su padre llegue—. Tenemos que arreglar y limpiar esto, ya sabes lo que dice él sobre… las pinturas…
Aunque pueda parecer loco que ella este hablando con su propio perro no es tan así, porque si no lo hiciera no hablaría con absolutamente nadie en todo el día. No tiene amigos. Solo conocidos que con muchas suerte puede ver una vez al mes, y si solo su padre se lo autoriza.
Sostiene la pintura aun húmeda desde los bordes de esta, con mucho cuidado, para no arruinarla. La apoya en la pared y tira del cordel que sobresale del techo. Dando paso a una escalera que aparece frente a ella, esta polvorienta y mucho más el lugar a donde lleva; el entretecho.
—Plue, sube tu primero.
El animal hace caso y sube por las escaleras, que suenan a cada paso. Ella también sube cuidándose de no caer y resbalar con algún escalón, porque estos tampoco son muy firmes que digamos. Nada en su casa es lo bastante firme, no es una casa muy grande, es más bien pequeña y acogedora. Ellos no son unas personas con mucho dinero y su padre por eso tiene que trabajar todo el día, para poder por lo menos subsistir en este mundo. Pero tampoco reclama. Los colores que ella consigue para poder pintar son la mayoría naturales, creados por ella misma, no es difícil. Pero de vez en cuando le gustaría pedirle uno a su padre. Se ahorraría mucho trabajo.
Acomoda la pintura justo al lado de otra. Sonriendo. Mientras un sentimiento de alivio la invade al no tener que cargar con ese peso encima, porque ella es bastante débil físicamente, al estar la mayor parte de su vida en casa jamás ha caminado por más de 30 minutos sin cansarse.
—Esta también nos quedó linda… eso me alegra Plue. ¡Estoy mejorando!
Escucha unos ladridos de Plue, de alerta, y cuando intenta darse vuelta para saber qué es lo que tiene tan preocupado a su querido cachorro tropieza con sus propios pies. Cierra los ojos con fuerza esperando la caída que nunca llego, en vez de eso solo puede sentir un par de brazos sosteniéndola sin fuerza.
Y al abrir los ojos, los ve.
Esos fieros ojos verdes que la observan fijamente.
— ¿Por qué hablas con un perro, humana?
La rubia aún no puede reaccionar. Eso es demasiado inesperado para ella, encontrarse con otra persona que más encima la salva de su caída, y para colmo en el entretecho de su casa. Donde se supone no debería haber nadie más que ella y Plue. Se supone.
—U-Uh… —No le sale una frase coherente, y eso hace que se sonroje—. ¿Qu-Quién eres tú?
Él chico ignora su pregunta enderezándola correctamente. Y recién en ese momento la chica nota el extraño color de cabello que tiene, algo así como un rosa salmón, mientras que al mismo tiempo ve su vestimenta. Que en mayor parte es negra, con una gran capa cubriéndole la espalda, y tiene algunas vendas en el brazo derecho. Además, nota un pequeño detalle que la alarma…
Tiene cuernos.
Ella va a gritar. Pero él previene que lo iba a hacer y le tapa la boca con la mano. Acercando su rostro al de ella rápidamente, lo que la hace asustarse e incomodarse más de lo que esperaba ese día. ¿Quién es? ¿Qué hace en su casa? Y lo que más le recorre la cabeza en ese momento es una pregunta en especial: ¿Qué le hará?
—Shhh… ¿Te llamas Lucy Heartfilia? —Susurra. Y cuando habla también se pueden apreciar sus colmillos.
Indecisa entre responder o no. Pero no tiene alternativa; es pésima mintiendo. Por no decir que todas las veces que intenta hacerlo le sale mal y la descubren. Así que termina asintiendo completamente sonrojada por su cercanía.
—Genial, ven conmigo.
¡¿QUÉ?!
