El sargento bajó la pequeña colina donde solían entrenar sus subordinados. No sabía exactamente por qué diablos estaba yendo él hacia ella y no al revés, porque podía hacerla llamar con un grito y exigirle saber la razón por la que quería acostarse con su superior, y sobre todo, ¡la razón por la que se había enterado todo el mundo! Iba a echarle la bronca de su vida, así aprendería que no debía gastarle este tipo de bromas a Levi.
Y también debía admitir que estaba un poco decepcionado: creía que por fin había empezado a cosechar una buena relación con Mikasa —o, al menos, aceptable—, pero al parecer solo fueron ilusiones suyas.
—Sargento.
No se había dado cuenta de que había llegado al valle de la pequeña colina. Levi se cruzó de brazos.
—¿Le ha dicho Sasha que...? —empezó ella, pero fue interrumpida con tosquedad.
—Fue Arlert. —De verdad que no sabía qué hacer ahora, tantos años de vida y experiencias y no sabía cómo decirle a una cría que no iba a tener sexo con ella—. Respecto a eso, me temo que...
—¿No quiere? —preguntó Mikasa.
—En efecto, no lo veo correcto.
La chica soltó una pequeña risa.
—¿Por? —insistió—. No sería la primera vez que lo hago, desde luego, y tampoco me creo que usted nunca haya...
—Eso no es asunto tuyo, Ackerman —dijo Levi, brusco.
Mikasa vio que tenía las mejillas enrojecidas, y supuso que sería de pura rabia.
—¿Entonces por qué no me enseña de lo que es capaz, sargento? Connie y Jean ya están hartos de que se lo pida, se cansan en nada, incluso si son los dos a la vez.
Levi se quedó frío.
—¿Los dos... a la vez?
Mikasa asintió.
—Por eso pensé que usted era lo más parecido a un reto —respondió con simpleza.
Bueno, debía admitir que se sentía complacido porque Mikasa le considerara lo mejor de por allí —aunque tampoco había ningún otro competidor decente—. Pero se recordó a sí mismo que no, que estaba mal, y que por una vez en su vida debía seguir su recién descubierto código moral.
—Pero tampoco es que le vaya a obligar si tiene miedo a perder. —¿Perder? Hasta el sexo era una competición para ella, por Dios—. He visto a la comandante Hanji llegar, supongo que se lo pediré a ella.
¿¡A Hanji!?
—A ver, espera. ¿Puedo hacerte una pregunta antes? —Mikasa asintió—. ¿No te es violento que se haya enterado todo el mundo?
Mikasa Ackerman era tan introvertida que le extrañaba la naturalidad con la que se lo estaba tomando.
—Bueno, somos soldados, no veo por qué debería.
"Buena filosofía de vida", pensó Levi. El sargento se cruzó de brazos; estaba claro que Mikasa estaba empeñada en retozar con alguien ese día, fuera quien fuera. La pobre chica tenía que estar muy necesitada. Y antes de terminara metida en la cama de un tarado salido como Jean, prefería sacrificarse él mismo. Por la humanidad.
A ver, tampoco era un sacrificio como tal; para su edad, Mikasa estaba bien. Bastante bien. Y Levi ya llevaba su tiempo sin... echar una canita al aire. Además, no la estaba forzando ni nada, era precisamente ella quien le estaba rogando por un poco de calor humano. Incluso puede que el sexo le diera la complicidad que su relación necesitaba para salir a flote. Aunque hacerlo en medio de un bosque fuera anti higiénico.
—Vale, pero... Charlar este tipo de cosas le quita todo el ambiente, incluso para mí —le dijo Levi.
Ah, se arrepentiría mucho luego de esto.
—¿Hm? —Mikasa volvió a centrar su atención en él—. Bueno, si le apetece empezar rodando por el barro...
—Tampoco quería decir eso, y a estar alturas ya puedes tutearme —dijo—. ¿Entonces quieres ir al grano?
—Por favor.
Levi dio un paso hacia ella, pero la chica le detuvo.
—¿No se va a quitar nada primero? —Mikasa hizo dos cosas que a Levi le parecieron totalmente adorables, aunque jamás lo reconocería: sonrojarse por lo que ella misma había dicho, y disculparse luego por no haberle tuteado.
—Pensaba hacerlo... mientras nosotros... —"Ay, pero Levi, que no tienes doce años. ¡Habla como un hombre masculino y seguro de sí mismo!".
Mikasa torció una sonrisa.
—No te voy a dar ningún respiro para que te puedas permitir eso, Levi.
"Vaya con la mocosa". El hombre se quedó fascinado por la chica que tenía delante. Tan natural, tan seductora, tan...
Ay, tenía que terminar con esto ya si no quería perder la cabeza.
—¿Sargento?
Se quitó la camisa, avanzó con seguridad hacia Mikasa y le plantó un beso en los morros. Ella puso las manos en su pecho e intentó apartarlo, pero fue perdiendo fuerza porque, dios santo, la lengua del sargento hacía maravillas. Poco a poco fue correspondiéndole, sin entender la razón por la que lo hacía, solo siguiendo sus instintos.
Se separaron un momento, y Levi se regocijó al ver que había dejado a la mocosa casi sin aliento. Era comprensible que hubiera acudido a él si lo que buscaba era placer.
Levi torció una sonrisa.
—No te relajes, Mikasa, esto es solo el principio.
Ella, por alguna razón, olvidó el hecho de que su superior le había besado sin venir a cuento y de que acababa de decirle que lo volvería a hacer. Imitó su sonrisa y le devolvió el beso con más ganas. Si quería guerra, tendría guerra.
—¡Venga, enano, que tú puedes!
—Comandante, ¡no haga ruido!
—Pero hay que apoyarle, ¿no?...
—Es verdad, es mucha mujer para él. Le saca medio palmo.
Los ruidos les dejaron fríos. Tras volver a separarse, evitaron mirar al otro y examinaron los arbustos de alrededor hasta que salió Hanji con un par de ramas pegadas a la ropa como camuflaje.
—¡Comandante Hanji!
Mikasa tenía la cara tan roja que prácticamente iba a explotar de vergüenza. ¡El sargento le había dado un morreo —y vaya morreo— delante de todos los oficiales!
Mientras Jean se daba cabezazos rabiosos contra el árbol, Levi empezó a hervir de ira. Con su gesto de asesino en serie psicópata, miró a Armin Arlert, exigiendo explicaciones. Armin miró a su vez a Hanji, que había empezado a darse cuenta de que algo no encajaba. ¿Por qué Mikasa, roja como un tomate, había ido a esconderse detrás de un árbol? Ella fue la primera a la que no le importó que todo el mundo supiera de sus alegrías con el enano.
—Mikasa iba a darte un buen meneo, y nos picó la curiosidad...
—¡Quería entrenar con él! —gritó ella desde el árbol.
Levi se quedó sin aliento y Jean salió de su trance masoquista.
—Pero Connie dijo...
—¡Fue Sasha la que dijo lo de sudar, yo solo pasé el mensaje!
—¡Sasha!
—¡Eh, dijo Mikasa que...!
Levi se tiró al suelo y el resto siguió discutiendo.
—Esto es absurdo —se dijo.
Se giró al escuchar unos murmullos. Mikasa estaba hecha un ovillo detrás del tronco de un árbol, tenía las mejillas rojas y la cara hundida entre sus rodillas. Levi también quiso enterrarse dentro de la tierra, o que se lo comiera un titán.
—Yo solo quería entrenar con alguien fuerte...
—Todavía tenemos tiempo —dijo Levi, apoyándose en el tronco—. Sasha se ha comido todo el estofado y hay que preparar otro. ¿Sabes del claro que hay en la colina de arriba?
Mikasa asintió.
—Está bien.
Se levantó y le tendió la mano. Luego miró a la jauría de gente que no paraba de gritar, algunos diciendo que hacían buena pareja, otros —Jean—, insistiendo en que era mucha mujer para él, pero subieron la colina juntos.
Había sido la mañana más rara de sus vidas.
—Oye, Levi.
Levi la miró de reojo.
—¿Hm?
—Dice Mikasa que besas muy bien.
El hombre se quedó parado.
—¿Hm? —dijo ella, deteniéndose.
—Dile a Mikasa que —empezó Levi—, si quiere otro, solo tiene que pedírmelo.
