CORAZÓN COBARDE


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Saber lo que es justo y no hacerlo es la peor de las cobardías

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Bella POV

6 años atrás.

La camilla me daba escalofríos. Temblaba agarrándome de los bordes. Mamá dijo que debía ser fuerte, que si estaba decidida no podía dudar. Pero lo hacía. Una y otra vez.

¡No puedo! ¡No puedo!

Di un salto cuando el médico entró, era un señor mayor con cara de pocos amigos. No parecía a gusto con estar aquí.

Antes de pasarte al quirófano quiero que veas algo— dijo ignorando que estuviera en el piso y no en la camilla como me indicó. Encendió el televisor que estaba suspendido en la pared. –Eses es el procedimiento que vamos a realizar en ti, regreso en diez minutos— se marchó sin mirarme.

¿Qué hago aquí? Seguía preguntándome

Mamá estaba afuera, esperándome. Aún recuerdo sus palabras "Jugaste a ser grande y estas son las consecuencias. Ahora, las asumes y te lanzas para adelante o le pones fin. Tú decides Bella. Pero sea lo que sea que escojas, yo estoy contigo".

Traía tanta rabia, humillación y dolor conmigo. Sólo quiero que todo volviera a ser como antes. Pero eso era imposible. Ya no hay vuelta atrás en mi vida. Mamá tiene razón jugué a ser grande y no fui cuidadosa. Lo perdí todo.

Busqué en mi maletín y empecé a vestirme. Mientras lo hacía me fijé en el video que empezaba a sonar. Me quedé con la boca abierta cuando miré un par de pinzas en forma de tijeras partirle el brazo a un pequeño embrión. ¡Lo estaban cortando en pedazos!

Terminé de cambiarme y salí de allí bruscamente. Busqué a mi madre, la encontré sentada en un sofá leyendo una revista.

Tardaste veinte minutos. Todo un record— me sonrió.

¿Sabías que no lo haría?

Desde luego. Yo pasé por lo mismo. Hace 18 años también intenté abortarte.

¡Nunca me dijiste eso!— le reclamé.

No quería destruir tu autoestima narrándote algo tan sórdido, amor— me sonrió. Me invitó a sentarme a su lado. —¿Qué vas a hacer? Como te expliqué hay otras opciones.

Lo tendré. Llevaré el embarazo hasta el final pero lo daré en adopción. No puedo quedarme con él mamá. Sé que soy egoísta, lo sé. Quiero tantas cosas de la vida— rompí a llorar.

Eso está mejor. No debes sentirte mal por tus elecciones. Decide con madurez y sé firme. Yo creo que deberías hablar una vez más con tu novio…

¡No! No quiero volver a saber más de ese cobarde en toda mi vida.

Charlie tampoco fue tan receptivo cuando se lo dije.

¿Qué dijo? ¿Cómo lo tomo?

No dijo nada. Esperé cinco minutos y seguía mudo. Creo que a los diez minutos reacciono. Y no estaba radiante de felicidad cómo en las novelas rosa. Parecía más asustado que yo. Decidimos que lo mejor sería no tenerte pero al final yo cambié de idea y él estuvo de acuerdo. Incluso sin su apoyo te habría tenido— sonrió.

No le digas nada a papá por favor – me miró dudosa. –Hasta después de tenerlo. No quiero que me dé un sermón, no quiero ver su cara decepcionada— rogué.

Como quieras. Pero cuando se lo digas va a estar molesto por mucho tiempo y será tu culpa.

Antes de salir por la puerta trasera mi celular vibró, era Edward. Rápidamente le mentí, le dije que ya no había nada que resolver entre nosotros. Le dije que lo había arreglado y pude decirle más, pero antes de poder cortarle algo frio me dio en la oreja derecha.

¡Ay!— grité cuando solté el teléfono.

Vamos Bella, entra en el auto— mi mamá me empujó tapándome la visión de tres mujeres juntas que me había arrojado un globo lleno de ¿Sangre?

"¡Asesina!" "¡Te irás al infierno!"

Me limité a limpiarme aquella pintura roja y regresamos a Forks para recoger mis pertenencias. Mamá le explicó a Charlie que tuve una crisis adolecente y me iba con ella. Papá no protestó, parece que temía que esto llegara algún día. Me miró con tristeza pero me dejó ir con su bendición.

Aquellos meses fueron los más tristes de mi vida, el equivalente al purgatorio en la tierra. Me refugié en la habitación que mi madre me acondicionó y sólo salía de ella para las comidas, si es que no podía llevar mis alimentos a la soledad de mi pieza. Había una gran ventana desde dónde se podía ver el mar, la brisa se colaba en las mañanas y al atardecer. Y yo me sentaba en mi mecedora a mirar el brillo del sol en las olas, los cambios de color del agua durante los días nublados.

La pequeña vida se fue abriendo paso en mí pero yo me negaba a responderle. Me alimentaba por inercia, caminaba en las mañanas con mi madre porque ella me obligaba a moverme. Intenté transformar mi corazón en piedra, no acariciar mi vientre y mucho menos hablarle. Ya había decidido y no podía volver atrás. Él o ella tendrían el hogar que yo no puedo darle, unos padres amorosos que la arrullen por las noches, le brinden una casa y las comodidades que esta adolescente irresponsable no podría.

Los meses pasaron y aunque mi barriga no creció mucho, llegó el momento de dar a luz. Mi madre y yo habíamos buscado un préstamo para estudiar y trabajar en la universidad de Columbia que tenía una buena facultad de periodismo. Quedaba a un cinco horas de allí y podría visitarla algunos fines de semana que no tuviera deberes. Pasar cumpleaños, fiestas y navidades. Mi vida estaba resuelta, sólo hacía falta encontrar un lugar para el bebé. Tal como alguna vez les conseguí hogar a unos cachorros que tuvo mi perrita. Sólo que esta vez sería más duro.

La niña nació un domingo 10 de setiembre, en la madrugada…

—¿Fue una niña?— Edward se arrodilló junto a mí quedando a la altura de mi vista.

—Sí— contesté, no podría precisarle más, no quise verla en el momento de dar a luz, una enfermera intentó ponérmela en el pecho pero la rechacé y cerré los ojos para evitarme el sufrimiento de verla a los ojos.

—¿Dónde está? ¿Qué pasó con ella? ¡Por dios Bella!— el rostro desesperado de Edward mostraba rastros de lágrimas, no me había dado cuenta que el mío estaba igual.

—La… la di en adopción— dije intentando mantener firme mi voz. No podía permitirme flaquear. En todos estos años he sido muy fuerte para no pensar en eso. Me he repetido incontables veces que fue la mejor de mis decisiones. Ella tiene una familia que la ama y yo mis sueños. Pude estudiar, conseguir un buen trabajo, realizarme. He viajado un poco, he salido con mis amigos y no me he privado de nada que no fuera propio de mi edad. He vivido mi vida tal y cómo quería vivirla.

—¿Quiénes? – gritó.

—¿Quiénes qué?— me sorprendió.

—¿Quiénes tienen a mi hija?

—Tú no tienes ninguna hija Edward, no la tenemos. Ella fue adoptada, tiene una vida, y ya no tenemos lugar en ella. Es demasiado tarde— su rostro me indicaba que no se daría por vencido. Él quería verla.

—¡Fue algo que tu decidiste sola! ¿Acaso no cuenta lo que yo quería? Soy el padre… soy su papá— apretó mis manos y se derrumbó de rodillas dejando su cabeza en mi regazo. –Yo la amo. Necesito verla… aunque sólo sea una vez— sus lágrimas rodaron en el dorso de mi mano. Quise acariciar su cabello, abrazarlo y decirle que yo también la amaba, aunque no la haya criado. Me contuve, si empezaba a quitar mis escudos podría volver a ser aquella niña asustada, que tuvo que hacerse mujer con el dolor de su alma.

—No. Sería contraproducente. No creo que sus padres lo permitan— enjugué mis lágrimas. La puerta sonó y se abrió de repente.

—Profesor Cullen… lo siento— la subdirectora, aquella mujer bajita y rubia se nos quedó mirando con los ojos muy abiertos. Titubeó entre salir y no molestar pero al fin se aclaró la garganta. – Edward, debes venir, la alumnas quieren marcharse.

—Encárgate Jane, no puedo— Edward se aclaró la garganta y se levantó. La mujer no dijo más y cerró la puerta. –No voy a reclamarte más, sé que también te dolió pero necesito tantas respuestas— pidió.

—Yo… yo no puedo dártelas. Si tienes dudas, o quieres que te diga sobre ella, no puedo— me encogí de hombros y busqué mi bolso. Lo mejor era marcharme, pronto y rápido.

— ¿Cómo se llama?— preguntó. Miré hacia otro lado y me acomodé la blusa.

—No lo sé. Yo sólo firmé los papeles y no quise saber más.

—No pudiste ser tan fría, era nuestra hija no un gato que se regala sin volver a preguntar por él— gimió.

—Si fui muy fría. No quería flaquear Edward. Solo lo hice y seguí adelante. Deberías hacer lo mismo— terminé de limpiar mi rostro con un pañuelito que lancé a un basurero y me dispuse a huir.

— ¿Debería? ¿Sabes cuánto tiempo llevo torturándome por lo que creí que te obligué a hacer? Y ahora me dices que no lo hiciste. Que tengo una hija en algún lugar. ¿Debo olvidarme de ella y hacer como que no existe?— los nudillos de sus manos volvieron a marcarse. Volverá a preguntarme, me interrogará, me acosará y nunca se detendrá hasta saber la verdad.

—Exactamente.

Llegué al pomo de la puerta muy despacio y lo giré, cómo un ladrón que no quiere ser detectado saqué lentamente mis pasos de aquel despacho. Sabía que Edward estaba impactado. La noticia lo había dejado en shock. Caminé sin volverme atrás, sólo quería estar a miles de kilómetros de Forks, dejar este lugar verde hasta la desesperación, poner distancia de la gente retrógrada y esas mocosas que sólo leyeron cuentos de hadas versión Disney.

Pero sobretodo, alejarme de la persona que más me alteraba en el mundo, Edward Cullen. Que con su sola presencia, podía remover mi mundo hasta los cimientos, obligarme a decir verdades prohibidas, despertar sueños dormidos y revivir emociones que he suprimido hace mucho. Yo debía desaparecer, con mi historia, mis secretos y con una parte de mi alma en paz.

Salí sin volverme atrás, caminé unas calles hasta encontrar un taxi y llegué jadeando al hospedaje. Hice mi maleta lo más rápido que pude, dejé objetos personales que no necesitaba, como sandalias de baño que me compré aquí, toallas húmedas, un peine y gomas de cabello. Estaba tan ensimismada intentando cerrar mi maleta que caí al suelo cuando golpearon mi puerta. No podía ser él. Qué no sea, que no sea Edward, por favor. Rogué por dentro.

Edward POV

Pequeño corazón que yaces en mis brazos,

déjame ver esos ojitos llenos de luz,

déjame arrullarte y envolverte en mis brazos.

Este sueño hermoso es todo lo que tengo,

duerme envuelta en nubes de algodón,

descansa, con sueños de paz en mi corazón.

Vuelvo a verte, fría y oscura, envuelta en manto blanco,

despierta por favor, no te dejare en esta fosa fría.

Te cubren con tierra, te sepultan con lágrimas

¡Yo quiero irme contigo!

¡Pequeña de ojos verdes, despierta!

Pasajes de sueños pasados llegaron de pronto a mi mente, como avalancha me vi envuelto en más de un extraño recuerdo onírico que intenté sepultar en vano en lo profundo de mi memoria. Yo había soñado con un bebé envuelto en cobijas rosas. Una niña, mi hija. En medio de todo aquel calvario que viví, muchos fueron los sueños que tuve pero los que me obligaba a lanzar al olvido eran justamente los relacionados con bebés. Incluso tenerlos cerca me ponía enfermo, porque anhelaba el hijo nonato que perdí. Y todo este tiempo, ella existía.

Yo era padre. Tenía una hija, aquel bebé no había muerto como siempre creí. Era una niña que estaba en algún lugar, viva, que no sabe nada de su origen. Tengo que verla, debo conocerla, necesito mirarla. Debe tener ¿Cuánto? Cinco años. Una hija, mía. Soy padre.

Cuando volví en mí, Bella ya no estaba, la puerta se abrió de forma brusca.

—¿Edward?— mi madre entró preocupada, corrió a abrazarme al verme desmoronado.

—¿Qué te pasa hijo? ¿Edward? ¿Qué tienes?

No pude articular palabra, en mis ojos aun bailaban esas imágenes donde yo sostenía a mi hija. Aquella pequeñita de ojos verdes y pelusa dorada.

—Edward habla o llamaré a tu padre— exigió Esme.

—Yo… tengo una hija. Mamá… ¡Tengo una hija!

—¿Qué? ¿De dónde sacas eso? ¿Bella? ¡Oh por dios que te dijo!

—Ella no abortó.

—¿Qué?

—No lo hizo, me lo confesó hace un momento.

—¿Y dónde esta Bella? ¿Dónde esté la niña?

—Ella la dio en adopción

— ¿Cómo pudo? ¿No pensó en nosotros? La habríamos recibido con los brazos abiertos, a ella, al bebé. Ya no se puede hacer nada ahora, Edward.

—No lo sé, debo saber más. ¡Tengo que buscar a Bella!

—No puedes ahora hijo, vengo a buscarte porque te necesito allí en ese auditorio. Es Jane Edward. Mírame, te necesito ahora por favor. Tienes que venir— me tomó de los hombros y me sacudió un poco, intentando apartar las dudas y los recuerdos que me dominaban.

— ¿Jane? ¿Qué pasa?— pregunté poniendo a trabajar mi cerebro para reconectarme con mis deberes y funciones como director.

—Creo que es ella quien le ha estado metiendo esas ideas a las niñas Edward, la escuché hablándoles hace un momento. Parece que tiene nexos con un grupo radical, religioso o movimiento de algún tipo. Debes oír como habla.

—Pero, Bella…

—Ve a hablarles Edward debes aclarar esto. Eres el director, yo iré por Bella.

Salí de mi despacho, secando mis lágrimas mientras me serenaba, respiraba hondo y caminaba con paso firme hacia las niñas. Ellas no tienes idea en lo que están a punto de vivir. Ser padre no es algo que pueda tomarse a la ligera. Menos pensando que se puede ser feliz eternamente. Cuando quemas etapas de tu madurez, la responsabilidad te golpea como una bola de demolición. O la culpa cuando no tuviste el valor de asumir dicho papel. Soy un claro ejemplo de ello, tengo parte de la vida hecha pedazos. Y aún estoy aquí para poder enmendar esos errores.


He vuelto para terminar este fanfic

Gracias por leer

PATITO