Abrió la boca y aspiró todo el aire que pudo. El latido precipitado embotando sus oídos, las manos temblándole débilmente.

Exhaló. Las rodillas chocando contra sí. Las llaves tintineando entre sus dedos.

—Adelante —se dijo así misma, abriendo al fin los ojos y encaminándose a la entrada del gremio.

Su gremio.

A veces le costaba darse cuenta de que así era. No lo terminaba de olvidar; no importaban los meses que hubieran pasado, ni las palabras de sus compañeros, su familia. Porque en eso se habían convertido.

Y hoy...

Apretó la mandíbula. Sí, hoy se cumplía un año de todo. Un año de aquella parte de su vida que daría cualquier cosa por olvidar.

Un año ya. Al final sería verdad eso de que pasaba el tiempo.

Las enormes puertas de madera negra se abrieron a su llegada, permitiéndole entrar en el enorme vestíbulo del gremio. Gigantescas ventanas acristaladas creaban un festival de luces por todas partes. Frente a ella, una escalera de mármol ascendía hasta los pisos superiores, y, a su izquierda, decenas de voces se escuchaban desde el salón principal.

Se quitó el abrigo, lo dobló delicadamente y se lo puso bajo el brazo.

—¡Yukino, Yukino!

Sonrió al ver a los dos exceeds, bajando las escaleras. Frosch saltó directamente a sus brazos, sonriente, mientras que Lector intentó hacer que le daba igual. Sonrojado y todo.

—¿Lo has conseguido, Yukino? —preguntó Frosch.

Cómo única respuesta ella sacó la gema, de un color ámbar oscuro y se la tendió. Frosch pegó un gritito agudo y la abrazó de nuevo.

—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Frosch lo sabía!

—Déjala ya, Frosch. La vas a dejar sorda —regañó Lector, cruzándose de brazos—. La Señorita quería verte en cuanto llegaras, Yukino —informó, alzando la barbilla.

Yukino sonrió, dejando a Frosch en el suelo y acercándose al otro exceed. Se agachó y le besó dulcemente la frente. A Lector casi le da un ataque.

—Gracias —susurró, con la sonrisa aún en los labios, y comenzó a subir la escalera.

Aún cuando estaba a medio camino escuchaba como Lector farfullaba incoherencias mientras Forsch intentaba calmarle. Se le escapó un par de risotadas.

Arriba los pasillos eran largos y estaban parcamente decorados con alguna que otra estatua o jarrón. Según caminaba algunas de las puertas estaban abiertas, revelando habitaciones o pequeños despachos. Después de unos segundos llegó a la habitación. En comparación con el resto, la puerta estaba pintada de verde oscuro, con los pomos de un color púrpura brillante. Si te acercabas, aún se podía percibir el olor a pintura fresca.

Yukino llamó dos veces y esperó. La puerta no tardó mucho más en abrirse, apareciendo una Minerva en camisón y con cara de no haber dormido muy bien.

—¿Señorita?

Minerva parpadeó, como acostumbrándose a la luz de fuera, y entonces esbozó una mueca divertida.

—Menudas horas para volver, ¿no?—increpó, recargándose sobre el marco de la puerta—. Ya pensaba que te había pasado algo.

Yukino se sonrojó profundamente, bajando la mirada.

—Yo... ¡Lo siento! ¡No sabía que estaba dormida! Ya ha amanecido y cómo Lector me dijo que quería verme...

—¿Ya ha amanecido? Oh. Mierda —farfulló, desapareciendo en la oscuridad de su habitación.

Yukino se asomó, buscándola con la mirada, y entonces se escucharon las cortinas abriéndose y la luz entró, arrolladora. La habitación de Minerva era bastante grande, con una enorme cama de dosel en un extremo y un escritorio rodeado de estanterías atestadas de libros al otro.

Una vez hubo luz, Yukino se percató de que Minerva no llevaba nada bajo el camisón, de un tul verdoso, y que éste se pegaba a sus formas sin dejar mucho a la imaginación. Volvió a bajar la mirada.

—¿No ha dormido bien? —preguntó.

—Yukino... —gruñó, mirándola con seriedad—. Basta, no me tutees. Te lo pido por favor —Yukino asintió enérgicamente en respuesta—. Sabes que no duermo bien si no estás conmigo.

—Oh... —susurró la aludida.

Minerva la observó unos segundos, como si quisiera decir o hacer algo. Sacudió levemente la cabeza, cambiando de idea.

—Pasa, anda. Quiero que me cuentes cómo ha ido tu misión —afirmó, caminado a uno de los sillones del escritorio para retirar la enorme columna de libros de encima—. Siéntate. Iré a por algo de té. ¿Rojo para ti, no?

—Sí —concedió, sentándose en el sillón que Minerva había desocupado.

—Bien. En seguida vuelvo.

Yukino suspiró una vez estuvo sola. Era increíble lo mucho que conseguía desestabilizarla con unas cuantas palabras. Miró a su alrededor, hojeando los libros que tenía más cerca. Lo peor era que Yukino desconocía si la Señorita lo decía algo en serio o no, y eso la mantenía en un desconcierto constante.

Dejó el libro, cargado de símbolos que no conseguía entender, en su sitio y miró hacia la cama. Era cierto que había dormido alguna vez con ella, pero sólo porque a Minerva no le gustaba que Yukino durmiera en las habitaciones comunes de abajo.

"Eres demasiado pura y bonita. No quiero que nadie te toque" , le había confesado una vez y, desde entonces, dormía siempre que podía con la morena. La cama era más que grande para ambas y le gustaba despertarse con ella, observando el rostro relajado que tenía cuando dormía, cuando nada parecía afectarla y sus gélidas barreras estaban a mínimos. Era realmente preciosa.

—Ya estoy aquí.

Yukino casi se atraganta con su propia saliva. Esos pensamientos no eran propios de ella y no debía tenerlos. Era muy peligroso. Miró a Minerva de soslayo; lo último que quería era volver a salir herida.

—Toma —Le tendió una taza de porcelana gris, llena hasta arriba de un humeante líquido.

—Gracias.

Hizo un hueco en el atestado escritorio y se sentó, quedando muy cerca de ella. Yukino se tensó al ver el vientre de Minerva, redondeado y de piel tersa, tan cerca de sí que podría moverse y besarlo.

Ahogó sus pensamientos con un buen sorbo de té y otra mirada gacha.

—¿Y bien?

Tuvo que volver a mirarla, y encontrarse con esos ojos negros, brillantes y cazadores no hizo sino ponerla más nerviosa. Rebuscó con dedos temblorosos hasta dar con la joya, la puso sobre la mesa.

—Enhorabuena.

—No fue tan complicado —aseguró, replegándose más contra si—. Cualquiera lo hubiera hecho.

Minerva cogió la joya y la hizo bailar entre sus dedos, despidiendo brillos anaranjados.

—Puede. Pero yo pedí que fueras tú —lanzó la joya y la atrapó con maestría—. Porque sabía que tú podrías hacerlo mejor que nadie.

Yukino volvió a mirarla, con las mejillas arremolinadas con un potente rubor. Esta vez fue Minerva la que apartó la mirada. Le devolvió la joya y pegó un buen sorbo de su té, oscuro como la noche.

—¿Hoy te quedarás?

La pregunta fue delicada, casi un susurro, una súplica escondida por unos labios que jamás rogaban por nada.

—Sí —asintió, sonriendo.

Minerva también lo hizo, aunque no se giró hacia ella mientras lo hacía.

Ambas, en silencio, siguieron bebiendo de sus tazas. Miradas entrecruzadas y alguna conversación banal. Y entonces Yukino pensó que, por una vez, no quería que el tiempo pasase.

Que el mañana nunca llegara y ellas permanecieran siempre así. En silencio, unidas de esa forma. Siempre juntas.