¡Feliz año Nuevo a todo el mundo! Espero que haya ido bien la noche vieja y que os hayáis comido todas las uvas a tiempo XD Siento mucho haber tardado tanto en actualizar, me quedé bloqueada en un punto y no sabía como escribir las escenas que ya tenía planeadas -.-' Anyway, aquí está el capítulo 5 que por mis narices que no abandono a esta pareja.
Quizás es un poco lento este capítulo, pero lo sentí necesario. Aún así, ¡espero que os guste!
:D:D:D
Me haces amar, odiar, llorar, tomar cada parte de ti.
Me haces gritar, arder, tocar, aprender todo de ti.
Zella Day
Capítulo 5
―Os odio ―sentenció Cisco―. No, de verdad, os odio con cada fibra de mi ser. ¿Como habéis podido ver Harry Potter y la piedra Filosofal sin mi?
Un brillo divertido asomó a la mirada azul del Dr. Wells al escuchar al joven científico; Barry, por su parte, se limitó a rodar los ojos.
―Es la más floja, Cisco ―se excusó Barry―. Las otras las veremos contigo, te lo prometo.
El hispanoparlante negó con la cabeza, resignado, y dejó escapar un suspiro.
―No, no intentes arreglarlo, mi corazón ya está hecho añicos ―Su expresión era dolida y su voz rezumaba una pena sobreactuada y adulterada.
Solo había una forma de arreglar eso…
―¿Y si te invito a un helado? Eso lo compensa todo―El joven forense se acercó a donde estaba Caitlin sentada y le extendió unos sobres que la chica recogió con una agradable sonrisa―. Es lo que te comenté por teléfono antes. Se hicieron pruebas en el laboratorio pero no encontraron nada conclusivo, le he dicho a Joe que te lo traería para que tú le echaras un vistazo.
―No hay problema, Barry.
―Bueno, tío, te concederé que me invites a ese helado pero eso no significa que me gustes de nuevo.
El velocista se volteó para encontrarse con que Cisco le señalaba con un dedo acusador. No pudo evitar que una risa floreciera de sus labios ante su ceño fruncido. Desde uno de los ordenadores, Harrison Wells les observaba con una leve inclinación de labios, apoyado contra el respaldo de su silla y limpiándose las gafas. Si Barry hubiese sabido que ese era el caso tal vez no se hubiera girado, pero lo hizo, y sus miradas conectaron provocando un chispa entre ellos, una chispa que arrancó una sonrisa tonta y tímida en el joven forense.
Barry bajó la vista, confuso. Sus dedos jugueteando con el borde del escritorio como medio de distracción. Pareció que los dioses atendían sus deseos desde algún lugar, porque justo entonces saltó el pitido intermitente de la alarma de emergencias de Flash.
Caitlin hizo una mueca.
―Hoy es el día de los problemas ―dijo. Con motivo, además, era ya media tarde y Barry casi no había tenido tiempo ni de respirar. Había estado toda la mañana y lo que llevaba de tarde apechugando con criminales de poca monta, y accidentes aleatorios que no parecían tener fin, como si la gente se hubiera puesto de acuerdo para darle trabajo ese día. Aunque Barry tenía que admitir que casi agradecía el recreo que el exceso de ocupación le brindaba a su confusa mente, al menos de esa forma evitaba pensar en los mensajes que él y Wells habían intercambiado la noche anterior como si fueran un par de adolescentes.
Se ruborizó ante el recuerdo, obligándose a no voltear hacia el hombre de ojos azules.
―Por suerte no han aparecido más meta-humanos ―dijo, en cambio; ya vestido con su traje de Flash, se acercó a donde Cisco revisaba el incidente―. ¿Qué es?
―Un suicida ―puso los ojos en blanco y se llevó un puñado de patatas a la boca―. Corre antes de que se tire.
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La estancia estaba sumida en una penumbra infinita, solo quebrada por el halo de luz pálida de la luna derramándose a través de la ventana cuadrada; las cortinas permanecían abiertas dejando a la vista un amplio lienzo del mundo exterior. La casa en su totalidad era un tácito murmullo, casi podía escucharse el corretear de algún que otro insecto. Joe ya debe haberse acostado, pensó Barry, adormilado. Antes de caer dormido, recordaba haberlo escuchado llegar del trabajo, prepararse algo en la cocina y, más tarde, el rumor de la televisión desde su habitación en la otra punta del segundo piso. Ahora solo había silencio.
Barry había vuelto a casa antes que Joe y, a pesar de ser poco más de las ocho de la tarde, después del ritmo ajetreado que había tenido ese día, se había zambullido en la cama, agotado, sin molestarse en cenar nada. Su estómago lo entendería.
Un bostezo se abrió paso a través de su boca, haciéndole pasarse una mano por el rostro. Tenía los ojos pegados por las legañas y ni idea de la hora que podía ser, pero le daba demasiada pereza mirarlo. En su lugar, se acomodó de lado para intentar volver a dormirse, sin embargo pronto descubrió que su mente se había despejado en demasía. Una lluvia de imágenes se reflejaron tras sus párpados cerrados, como la suave y sinuosa corriente de un río. Aquel día prácticamente no había tenido la oportunidad de hablar con el Dr. Wells, cosa que agradecer, pero al mismo tiempo le hacía tener la sensación de que había algo pendiente entre ellos. Es decir, ¿después del intercambio de mensajes? ¿el hombre no sentía como si algo hubiera cambiado entre ellos? Barry no quería que nada cambiase. Nada. Absolutamente. Y aún así…
Suspiró, entreabriendo los ojos.
¿Aún así porque me siento tan bien cuando estoy con él? ¿tan… especial?
Se mordió el labio inferior, disgustado, sintiendo como un calor descendía por su vientre al recordar cómo solía mirarlo el hombre de ojos azules. Sí, con sus grandes y profundos ojos azules que parecían querer desnudarlo con la mirada. Cómo elevaba la ceja en un arco casi perfecto que destilaba escepticismo y un irónico humor; como cuando sonreía se le formaban esos encantadores hoyuelos y las líneas de expresión se marcaban más, especialmente alrededor de los ojos; como su voz, áspera y ronca, era la cerilla encendida en el bosque de la lujuria de Barry.
De repente, tuvo mucho calor. Soltó un jadeo ahogado y se tapó la cara con las manos. No. No otra vez. No de nuevo ese calor abrasador y frenético con el que se despertaba cada mañana después de soñar con el Dr. Wells. No quería sentirlo, odiaba sentirlo pero…
―Mierda ―maldijo al notar que la tenía dura. No podía evitar que las imágenes de sus sueños emergieran a la superficie algunas veces, así como el recuerdo del único beso compartido. Su miembro palpitó ante el pensamiento y, con ello, la resolución de Barry aumentó―. Se acabó.
Se levantó de la cama de un saltó y fue hacia los cajones bajos de su cómoda, de donde extrajo una revista antes de volver a tumbarse en el colchón; bocarriba y sin molestarse en taparse a pesar de estar en pleno invierno. Deslizó una mano dentro de sus bóxers y abrió la revista por una página cualquiera. Una chica morena de curvas de ensueño miraba a la cámara arrodillada en el suelo y con el cuerpo erguido mientras se manoseaba unos enormes pechos. Barry soltó una pequeño gemido al tomar su pene y comenzó a masturbarse lentamente, procurando en todo momento mantener los ojos en la fotografía de la modelo.
Si, eso es… mírala, Barry, está para comérsela, mira sus pechos… se dijo cuando empezó a notar que la consciencia se le dispersaba y los ojos verdes de la fémina eran sustituidos por unos azules y mucho más voraces. ¡No! No pienses en él. Cambió de página varias veces, buscando nuevas fotos que pudiesen espolear su excitación y llevarlo a un punto de no retorno, pero por alguna razón, aunque cada vez tenía más ganas de alcanzar el clímax, no lograba conseguir el efecto deseado. Apretó el agarre sobre su miembro haciendo más presión con los dedos, y cerró los ojos. En su imaginación, su lengua se enroscaba con otra húmeda y caliente, unas manos duras recorrían su espalda bajo la camisa, le abrasaban. Aumentó el ritmo de las caricias. El corazón le martilleaba en el pecho, su cuerpo ardía mientras una marea de lava candente se extendía bajo su piel. Dejó escapar un pequeño gemido y su cadera empezó a embestir contra su mano.
Esos labios que antes besaba ahora hacían un recorrido por su cuello, mordiendo primero bruscamente el final de la mandíbula y haciéndole temblar. Tocó un poco del presemen que ya supuraba de la punta de su pene y, de repente, ya no era su mano la que le tocaba, sino que era otra más bronceada y que pertenecía a un hombre más adulto y de rostro conocido. Aunque trató de seguir pensando en mujeres desnudas, se encontraba ya demasiado agitado y caliente como para preocuparse por lo que lo que estaba haciendo significaba, así que no tardó en ahogarse en las riendas del placer.
―¡Dr. Wells…ahm!
La habitación parecía un horno y su cuerpo un incendio que desprendía el calor de un millar de estrellas. Se lamió los labios sin dejar de tocarse en un frenético vaivén, acallando los gemidos que se le escapaban, repasando en su cabeza una y otra vez el sabor de aquellos labios rojos e imaginándolos chupando su miembro en lugar de su boca. Se imaginó al Dr. Wells. Al Dr. Wells con su ardiente mirada mientras se situaba entre sus piernas y se tragaba a Barry entero.
Emitió un ahogado sonido de deleite. Abrió los ojos y eyaculó sobre su vientre, manchando también la mano con la que se había estado masturbando. Inspiró hondo unas cuantas veces y, cuando por fin consiguió recuperar el hálito después de la agitación ―su corazón aún a mil por hora―, bufó, descontento.
―Joder, joder, joder, joder… ¡Mierda! ―siseó. Le pegó un golpe al colchón y se sentó, apoyándose contra el cabezal de la cama―. No puedo creer que me acabe de tocar pensando en un tío, joder.
Casi sentía ganas de llorar de la frustración y de la rabia; después de limpiar el estropicio que había causado, se frotó la cara empañada con ojeras y una ligera capa de sudor. Su móvil vibró entonces, bajo la almohada. Barry se congeló por un instante antes de cogerlo y desbloquear la pantalla.
Era un mensaje del Dr. Wells. Lo abrió con los dedos temblorosos.
Estas noches de invierno son demasiado frías para mi gusto. Espero que hoy si estés pudiendo dormir, Barry, después de todas las vidas que has salvado, leyó, dándose cuenta inmediatamente de que estaba destapado. Sus mejillas se encendieron como dos linternas. Y es que, bueno, frío no es como él llamaría a lo que había tenido en los últimos minutos. Si barajó por un momento la posibilidad de no responder, no la llevó a cabo. No obstante, si se prometió acabar con toda aquella confusión con su antes ídolo y ahora amigo lo antes posible.
Y ya sabía la manera de hacerlo.
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Alzó la probeta ante sus ojos y la agitó usando la fuerza veloz. En menos de cinco segundos el contenido del interior había pasado de tono crema a un rojo escarlata. Eobard Thawne se mordió el labio inferior, pensativo, mientras se volvía hacia donde tenía unas complicadas anotaciones bien ordenadas en la parte delantera de la Sala del Tiempo.
Algo no estaba yendo de la forma en la que debería.
Repasó las características neurológicas de los distintos organismos y la velocidad y rotación de las partículas subatómicas del cerebro así como el ADN de Dante Redbird, el meta-humano bautizado como Obliviateador. Entonces se dio cuenta de su error. Chasqueó la lengua, frustrado. Ni siquiera había sido un error, sino una distracción por culpa de ese Flash haciendo cosas que no debía hacer en su casa a esas horas de la noche. En lugar de dormir.
Devolvió la vista hacia la pantalla de Gideon donde en ese momento se mostraba un pequeño recuadro de lo que estaba sucediendo en ese momento en la habitación de Barry Allen. Arqueando una ceja, vio que el chico estaba guardando el móvil bajo la almohada de nuevo. ¿No le había contestado? Dejó la probeta en la pequeña nevera que sobresalía de la pared y con un click a un interruptor invisible esta desapareció como si nunca hubiera estado ahí. A continuación, cogió el teléfono móvil que había dejado apartado y comprobó que, de hecho, sí que le había respondido. El mensaje decía: Sí, las noches son frías. Pero me preocupa más que usted no esté logrando dormir, parece tener problemas para ello también. Buenas noches, Dr. Wells.
Eobard entrecerró los ojos sin dejar de releer el mensaje. Un despliegue de entretenimiento y enojo hirvió en su interior al recordar la escena que había presenciado minutos atrás, a Barry Allen masturbándose pensando en él. Bloqueó el móvil y se lo guardó en el bolsillo, notaba como la ola de calor volvía a acecharlo ante el recuerdo y, por eso, Eobard no paraba de repetirse que estaba jugando una partida de ajedrez del infierno y que no quería jugar a semejante locura con este Barry Allen, no quería herirlo más de lo que ya lo iba a hacer cuando descubriera toda la verdad. Porque a este Barry no le odiaba ―aunque lo intentara―, no era la misma persona a la que solía odiar
Cerró los ojos y, tras una profunda inspiración, volvió a su labor. Tenía que dejar perfeccionada al menos la primera parte del suero.
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Viernes. Hoy era viernes, lo que significaba que al día siguiente era sábado y esa verdad como una casa hacía estar a Cisco de un humor espléndido por la mañana, mientras entraba a la cafetería CC Jitters con Barry y Caitlin.
―¡Es viernes, chicos!
―Y también la décima vez que lo repites ―contestó Caitlin, disponiéndose en la cola para pedir su orden de café.
―¿Las estás contando?
La chica puso los ojos en blanco pero una risita le traicionó.
―Como si pudiese no contarlas cuando no paras de gritarlo, Cisco.
El aludido se encogió de hombros y suspiró teatralmente. Mujeres. Además de ser viernes, aquella era una de esas mañana que los tres se juntaban para almorzar por la mañana en CC Jitters y pasaban un tiempo de ocio juntos. Caitlin había intentado más de una vez que el Dr. Wells se les uniera también, pero este siempre declinaba la oferta educadamente, rara era la vez que aceptaba. A Cisco le sabía mal, pues era consciente de los fantasmas del pasado que atormentaban a su jefe pero este tampoco se dejaba ayudar más de lo necesario, por lo que Cisco simplemente se alegraba de poder compartir su afición por el cine con el hombre.
―¿Doble de cafeína, tío? ―preguntó, al ver el pedido de su compañero superhéroe.
Este suspiró.
―La necesitaré, no he dormido demasiado bien.
Tanto el hispanoparlante como la joven pelirroja le observaron con curiosidad por un momento para luego intercambiar entre ellos una mirada escéptica, mas no añadieron más. Al menos no lo hicieron hasta estar sentado el trío en una mesa al lado de los ventanales, con sus cafés predispuestos enfrente de cada uno y el repetitivo panorama del tránsito urbano de Central City.
―¿Entonces? No es una novedad que te cueste caer dormido después de… ya sabes ―Cisco bajó la voz antes de concretar lo que quería decir―, de ser Flash.
Una sacudida de cabeza fue la única respuesta que obtuvieron, luego el chico se limitó a beber a pequeños sorbos de su taza mientras Cisco y Caitlin intercambiaban de nuevo una mirada. El hispanoparlante se apoyó en la mesa sobre uno de sus codos y agitó la testa en dirección a la chica, en ademán alentador, lo que provocó que ésta pusiera los ojos en blanco antes de enfocar su atención en un ausente Barry.
―¿Lo has hablado con el Dr. Wells, Barry? ―preguntó―. Si te está costando dormir más de lo que es normal en ti, quizás deberías…
―No. E-eso no será necesario.
Por algún motivo totalmente desconocido para Cisco, de un momento para otro su amigo se había puesto colorado como un tomate ante la mención del Dr. Wells, casi podía escuchar sus oídos pitar como un tren de los antiguos.
―Hey, tío. ¿No está muy caliente ese café? Cualquiera diría que has tenido un sueño húmedo con Wells.
Cisco deseó no haber bromeado con esas palabras, porque fue decirlas y, un segundo más tarde, el trago de café que Barry había estado bebiendo salió disparado hacia delante. O sea, hacia él. Y el resultado era que ahora estaba empapado de café y ¿babas? Prefería pensar que solo era café.
―Aj… Eso ha sido asqueroso.
―Lo siento ―Barry le extendió unas servilletas que Cisco tomó e, ignorando los torpes intentos de Caitlin por contener la risa, se limpió la barbilla y el cuello dignamente. Menos mal que no me he puesto la camiseta de Star Wars, pensó, viendo como su amigo hundía la cara entre sus manos. Realmente lucía como alguien cansado.
Caitlin reaccionó primero, posando una mano sobre su hombro.
―Barry, ¿estás bien? ―cuestionó en un susurro.
―Sí. No. Es decir… no lo sé.
Aquello empezaba a ser preocupante por lo que el cinéfilo decidió poner su granito de arena en el asunto.
―Sabes qué puedes contarnos lo que sea y que nosotros te ayudaremos, ¿verdad?
Todavía con el rostro enterrado sobre sus palmas, Barry profirió un sonido que podría haber significado cualquier cosa y que hizo a los otros dos jóvenes lanzarse una mirada preocupada a la vez que un tanto exasperada.
La chica pareció meditarlo unos segundos antes de lanzarse a por ello.
―¿Ha pasado algo entre el Dr. Wells y tú?
―¿¡Qué?! ―Barry pegó un respingo, se irguió sobre su asiento y casi tira la taza de café al suelo. Un bebé que dormía en su cochecito en la mesa de detrás empezó a llorar y la madre les dirigió una mirada airada―. Lo siento… ―susurró. Volteó hacia sus compañeros―. ¿E-el Dr. Wells? Vamos, ¿qué quieres decir? Estamos bien, todo lo bien que podemos estar, o sea no es como si nuestra relación fuese diferente a la tuya con él o a la de Cisco ―el aludido ladeó la cabeza cuando Barry le señaló, obviamente estaba con los nervios a flor de piel.
―A ti te pasa algo con él ―dictaminó Cisco, y esta vez ya no era una pregunta.
―¡Para nada!
―Si, te pasa ―coincidió Caitlin, cruzándose de brazos. Una sombra apenada en su rostro―. Justo hace unos días él mismo comentó que estabas molesto con él por algún motivo.
Barry negó reiteradamente con la cabeza.
―¿Cuando fue eso?
―El día que te enfrentaste a Dante Redbird, ¿recuerdas?
―Espero que no sea verdad que has tenido un sueño húmedo con él ―habló Cisco, recibiendo a continuación un golpe en el hombro por parte de la joven pelirroja. Barry, sin embargo, solo rodó los ojos, si bien se vio un gesto tenso mientras jugueteaba aparentemente nervioso con una servilleta.
Hubo un espacio de tiempo indefinido en el que los dos trabajadores de Laboratorios S.T.A.R decidieron mantenerse en silencio con tal de darle al otro chico una oportunidad para explicar lo que le preocupaba. Porque a esas horas estaban seguros ―por lo menos Cisco lo estaba― de que había algo.
Un aroma agradable capturó las fosas nasales del hispanoparlante por una fracción de segundo, olfateó tratando de averiguar su procedencia y, encantado, descubrió que el origen era una taza de un tipo de frapuccino unas mesas más allá, justo al lado del gran helecho que decoraba un lado de la pared. Parecía una novedad en la carta de CC Jitters. A punto estaba por comentarlo cuando Barry finalmente habló.
―En serio, chicos, está todo bien. Puede que haya tenido algún que otro… desacuerdo con el Dr. Wells ―la forma en la que lo dijo hizo a Cisco fruncir levemente el entrecejo, pero entonces Barry rio un poco y agregó―. De verdad, Cisco. Es más algo que tiene que ver con Iris, supongo ―admitió, encogiéndose de hombros.
No pudo más que pronunciar un escueto "Oh" de sorpresa, ¿pero por qué se sorprendía? No era como si fuese nuevo, el profundo y dramático amor no correspondido que su amigo sentía por la joven periodista. Y vaya si era una grandísima putada su situación, teniendo que fingir que no albergaba sentimientos románticos por ella mientras esta se pavoneaba con el otro rubiales.
―Lo siento mucho, Barry ―dijo Caitlin, su tono suave y comprensivo.
―Sí, tío, es una mierda. Pero hay muchas chicas por ahí, ya sabes, no vale la pena mortificarse tampoco.
Barry esbozó una tenue y tirante sonrisa. Se removió en su sitio por… ¿qué? ¿enésima vez?
―Lo sé ―asintió―. Por eso… ―se lamió los labios―, ¿qué te parece cumplir esa noche lo que decías el otro día? Aquello de la caza nocturna y todo eso.
Los ojos del hispanoparlante brillaron emocionados.
―Me parece que usted es un chico inteligente, Sr. Allen ―bromeó, sonriendo.
Barry le devolvió la sonrisa, aunque esta no alcanzó su mirada y las marcadas ojeras le restaban luminosidad.
Caitlin se vio confusa.
―¿Caza nocturna? Espero que esa no sea vuestra forma de llamar a una noche de ligues.
―¡Eh! Técnicamente, ese apelativo es cosa del Dr. Wells, pero ¿por qué no? La caza es todo un arte y el arte de la seducción lleva la palabra en su mismo nombre ―protestó.
La chica bebió un poco de su casi olvidado café. Rodó los ojos.
―Que infantiles ―murmuró para sí misma antes de dirigirse a Barry con expresión amable―. De todas formas, me parece una idea fantástica. Ya es hora que los hombres S.T.A.R se echen una novia con la que hacer migas, estar entre tanto hombre va a terminar conmigo.
―Cierto, estoy de acuerdo en eso ―dijo Barry y la carcajada que acompañó sus palabras fue sincera por primera vez en la mañana. Después de un momento de apacible silencio, echó un vistazo a su reloj y se puso en pie―. Tengo que irme a la comisaría. Luego acordamos algo, Cisco.
―Hecho, tío.
Tras un apresurado Hasta Luego el chico se cargó su bolsa al hombro y salió del local sacudiendo la mano. Los otros dos lo vieron alejarse por el gran ventanal, sorpresivamente corriendo a una velocidad humana corriente.
Un suspiro se abrió paso a través de los labios de Caitlin, llamando la atención de Cisco.
―Deberíamos ir tirando para el Laboratorio.
―Mm… sí ―se acabó de tomar su pedido de un gran sorbo y se puso en pie, imitando a su compañera―. Vamos.
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La noche se alzaba sobre ellos fría y despejada cuando entraron a un local de la calle Morgensten, comunmente conocida por todos los habitantes de la ciudad como la zona de teatros, bares nocturnos y, bueno, de los vicios. Habían estado vagando arriba y abajo por la avenida durante un tiempo indeterminado, charlando de cosas triviales mientras buscaban algún sitio que fuera de su agrado. Barry no estaba acostumbrado a ir por aquellos lares debido a que, pese a pertenecer al centro de Central City, no pillaba realmente cerca de su barrio, ni de nada que frecuentase; sin embargo, Cisco había insistido, por lo que acabaron yendo hacia allí y encontrándose con una marea de gente ―joven, sobre todo―, que reían y causaban escándalo a lo amplio y largo de la avenida aunque aún no fueran ni las dos de la mañana. Divertido, Barry había notado que dicha muchedumbre iba ya bastante bebida en su mayoría, y no pudo evitar el aguijón de envidia que le sacudió ante su incapacidad para lograr ese efecto hoy por hoy.
Ninguno de los dos conocía el local al que entraron pero les había llamado la atención la inscripción en el rótulo encendido en neón, el cual rezaba: "Immerse yourself in the Flash". El chasquido de las puertas dobles al cerrarse tras ellos fue ahogado por la música, que retumbaba a través de los altavoces a un volúmen casi ensordecedor que a nadie en aquel lugar parecía molestarle.
―Wow.
Barry estuvo inmediatamente de acuerdo con la expresión que Cisco había utilizado para describir el establecimiento; "Wow" y "Despampanante" eran las palabras. Deslumbrante también, si se tenía en cuenta la aglomeración de destellos luminosos que navegaban a la deriva sobre todo lo que pillaban a su alcance: paredes, suelo, mobiliario y, más que nada, el rebosante pandemónium de humanidad que se agitaba al ritmo de It's my life, de Bon Jovi.
Echó un lánguido vistazo a todo el local descubriendo que este se dividía en dos sectores notables. Por un lado, a la izquierda, se situaba la barra de bebidas y una zona de mesas y sofisticados divanes blancos, delimitada por una colosal alfombra circular de tonalidad escarlata. La iluminación en ese sector era vaporosa y estable, de un confuso color anaranjado muy suave, y caía sobre los divanes haciéndolos lucir de un blanco impoluto y fosforescente. Había un par de parejas y un grupo de amigos desparramados alrededor de las mesas, hablando a voz alzada mientras disfrutaban de lo que parecían elaborados cócteles algunos, o simples cubatas otros. El otro sector de aquel mestizo entre pub musical y discoteca, era otro cantar. Sin duda resultaba la zona más llamativa, donde los cuerpos se meneaban, calientes y sudorosos, como si cada noche fuera el fin de sus días y tuvieran que vivirla hasta las últimas instancias. Allí, curiosamente, advirtió Barry, los focos de destellos de colores infinitos, así como de varios tamaños, eran los principales protagonistas, derramándose sobre la pista de baile impiadosamente, enfocando a unos y a otros, creando un juego de brillo y una teatralidad fascinantes.
―No se porqué puedo adivinar de dónde viene la frase del cartel ―dijo Barry, perplejo.
―Sumérgete en el Flash ―se burló el otro, impostando la voz―. Eso suena realmente sucio ahora que existes.
Barry le dio una colleja y evitó que pensamientos no aptos para menores se infiltraran en su cabeza a raíz de sus palabras. No iba a empezar con la noche ya arruinada. Había decidido pasarlo en grande.
―Vamos a pillar algo.
Se acercaron a la barra de bebidas, acechada por unas cuantas personas. Barry se fijó especialmente en un individuo que iba embutido en un lujoso traje de etiqueta color verde musgo; un reloj de platino relucía en su muñeca.
―Eh, Cisco ―chistó Barry acercándose a su oído para captar su atención. Este se volvió a mirarlo―. ¿Crees que este sitio está dentro de nuestro presupuesto?
―¿Por qué lo dices?
Agitó la cabeza disimuladamente hacia el hombre de pelo rubio y corto que portaba el caro reloj. Cisco hizo una mueca y sondeó con la mirada al resto de la clientela antes de encogerse de hombros.
―Se ve un poco pijolandia, pero ese tipo debe ser el mafioso de la zona.
A Barry se le escapó una sonrisa e iba a decir algo pero entonces uno de los barman se dirigió hacia ellos después de despachar a una pareja de amigas.
―¿Qué os pongo?
―Un Jack Daniels con cola.
―Yo… ―Barry vaciló. Había pensado en pedir un cubata también, pero teniendo en cuenta que el alcohol no le iba a subir de todas formas, casi veía más provechosa la idea de un delicioso cóctel. El barman lo estaba degollando con la mirada por hacerlo esperar y Barry tuvo que admitir que intimidaba un poco con su fuerte complexión y los numerosos piercings que llevaba―. Ah… un Daiquiri de sandía. Por favor.
Le hubiese gustado poder recriminarle al hombre que había ido muy lento, pero lo cierto es que les sirvió las bebidas en un momento, con lo que Barry tuvo que morderse la lengua. Después de pagar se fueron a sentar a uno de los cómodos divanes.
―Bueno, bueno, aquí estamos. No está nada mal el sitio ―dijo Cisco, a voz alzada. No era sencillo hacerse escuchar dentro de aquel barullo de música y voces.
Barry le pegó un sorbo a su Daiquiri y asintió.
―Aunque nos clavaran con las bebidas.
―Al menos no cobran la entrada.
Cierto era.
Estuvieron unos minutos sin hablar entre ellos, simplemente disfrutando del ambiente del local y de la música; en ese momento sonaba una que Barry no conocía pero que le recordaba vagamente a Chandelier de Sia. Era agradable el salir de juerga para variar, había estado con mucho estrés encima últimamente entre una cosa y otra, si bien ese día, por suerte, había sido bastante relajado tanto en la comisaría como en lo que a meta-humanos se refería. De hecho, había aprovechado para ir a ver a su padre, al que ya hacía unos días que no veía, y contarle acerca de todo un poco; aunque había percibido la intriga en su mirada, él no le había instigado con el tema de la "chica misteriosa" y Barry se había sentido aliviado por eso.
―¿Sabes lo bueno de haber entrado en un sitio acunado entre la clase alta?
Barry se giró hacia Cisco, curioso.
―¿Que por muy bien que nos vistamos nunca estaremos a la altura? ―ironizó.
―No. Que si realmente te ligas a alguna ―le guiñó un ojo con picardía― te llevas un braguetazo.
El velocista soltó un bufido divertido y negó con la cabeza. Ni siquiera estaba interesado en encontrar nada más que una distracción para sus neuronas esa noche, un descanso para su maldita y descabellada obsesión con un hombre que le doblaba la edad. Además, que si lo que buscara fuera un braguetazo… en fin, ya tenía uno disponible. Más o menos. Dudaba que hubiera fortunas mucho mejores que las de Harrison Wells.
Se le calentó la cara ante el pensamiento de tener al Dr. Wells disponible y agradeció que la luz fuera tenue en ese tipo de locales.
―¿Tú que buscas actualmente? ―preguntó Barry, determinado a olvidar al otro hombre.
Meditabundo, Cisco jugueteó con la pajita del cubata entre sus dientes.
―Algo serio, preferiblemente. Pero ambos sabemos que eso no es fácil en estos lugares ―hizo una seña con el dedo―. Pero, eh, estoy abiertos a mundos enteros de posibilidades.
―¿A tríos con otro tío también? ―Barry enarcó una ceja.
―Bueno, todo tiene sus límites ―admitió, reacio, haciendo al velocista soltar una carcajada. Luego le pegó un largo trago a su bebida―. ¡Ahh, adoro como entra esta mierda!
―Pues va, lo acabamos y salimos a la pista.
Cisco movió ambas cejas de arriba a abajo.
―Si que estás animado, amigo. ¿Ha pasado algo en concreto con Iris para que tengas esta determinación?
―Ah… No, es decir, nada importante, solo… ―El chapurreo fue inevitable. No le gustaba mentir a sus amigos―. Solo estoy cansado de todo esto ―dijo al fin.
―Mm…
Pudo notar que su compañero no se quedó excesivamente convencido con su explicación, pero si lo justo, por lo que Barry se dedicó a sorber de su Daiquiri para evitar seguir hablando y pifiarla de un modo u otro.
―Entonces, ¿qué te parece esa preciosidad?
―¿Cuál? ―Barry intentó adivinar a qué chica se refería Cisco en concreto, ya que este solo se limitaba a cabecear hacia un grupo de amigas reunidas junto a uno de los divanes y decir Esa, ¿no la ves?―. ¿La rubia de media melena?
―No, la de la coleta. Rubia también.
―Oh.
Ahora sí que la vio. Se encontraba sentada de perfil a ellos, media oculta por otra chica, pero lo suficientemente a la vista como para que le pudieran echar un repaso desde su posición. Iba vestida con un vestido blanco de palabra de honor, que se ceñía al cuerpo a la altura del pecho y de la cadera, dando relevancia a las curvas femeninas. Las facciones de su rostro eran suaves, de labios finos y pestañas largas, y Barry se encontró pensando que era muy guapa.
Y aún así…
―Mm… no me convence. Además, es horroroso cuando las chicas están apiñonadas entre ellas.
―No hace falta que lo jures, pueden ser terribles ―Cisco se estremeció―. Bueno, ¿y qué tal esa?
Mientras se acababan de tomar sus primeras bebidas de la noche, permanecieron evaluando distintas féminas que el hispanoparlante en su mayoría iba localizando. Incluso Cisco se quedó prendado de una sudamericana que se alejaba de la pista de baile en dirección a la barra de bebidas, de curvas exuberantes y labios carnosos. Pero menudo fue el chasco cuando otra chica, más delgaducha y de media melena castaña, se acercó a la latina por detrás, rodeándola por la cintura y dejando un serie de besos por su cuello. Bueno, ciertamente, Cisco y Barry no habían dicho nada, sino que en un hermético mutismo se dieron la vuelta en busca de otra más. Por dentro, sin embargo, a Barry le tembló el corazón al ver ese simple intercambio afectuoso entre dos personas del mismo sexo; las entrañas le dieron un vuelco como cuando tienes vértigo y te sitúan a mucha altura.
Cuando finalmente acabaron con sus bebidas y se encaminaron hacia el sector marchoso del local, a medio trayecto Barry tomó del brazo a Cisco y lo hizo detenerse.
―¿Qué pasa? ―gritó, pues cuanto más se acercaban a la pista, más difícil era entenderse a través de la música.
Barry señaló hacia un lado, donde estaba la entrada al local. Cisco miró hacia allí y buscó entre la multitud algo que pudiera haber llamado la atención de su amigo. Sus ojos vagaron perdidos por un instante hasta que se detuvieron en una chica menuda que acababa de entrar y que se estaba dirigiendo hacia la barra de bebidas con paso firme sobre sus tacones color crema.
Volteó hacia Barry.
―¿Te gusta?
―Sí… es decir ―Ladeó la cabeza―. Es guapa.
En realidad, todas las chicas a las que habían estado mirando lo eran y no por eso había terminado ninguna de convencer a Barry. A diferencia de esta que, por alguna razón desconocida hasta para él, había captado su atención.
Cisco se encogió de hombros.
―Bueno, tío, ¿y a que esperas?
―¿Q-qué?
―Ve a por ella. Si te quedas mirándola no conseguirás nada.
―Ya, pero…
―Oh, vamos, dejarás de ser mi héroe favorito.
Barry le miró, escéptico.
―Ni siquiera estoy seguro de serlo ―dijo.
―Bueno, la verdad es que Batman mola mucho, tío, lo siento. ―Le dio un golpe en el hombro―. Ánimo, tú hazla reír. Es la mejor táctica para las chicas.
Una sonrisa burlona se dibujó en los labios del velocista.
―Ya me gustaría verte a ti lanzándote.
―Y lo verás, solo tengo que encontrar el plato correcto. Venga.
Fue empujado flojamente hacia delante por lo que, murmurando cansinos Vale, vale, ya voy, se armó de valor para aproximarse a la atractiva chica. Ésta, para suerte de Barry, parecía ir sola.
Con los nervios cosquilleando en su interior, se acodó a un metro de ella en el mostrador de mármol justo en el momento que el barman le traía la bebida.
―Ah.. ¿va una de mi parte? ―se aventuró.
La chica se giró hacia él y los ojos azules que Barry había apreciado a la distancia, brillaron aún más azules cuando sonrió frunciendo el ceño.
―Gracias…
―Barry. Barry Allen. ―se presentó, apresurado, mientras pagaba la bebida al hombre sin siquiera molestarse en mirarlo.
―Barry, gracias por invitarme. Yo soy Rena.
―Bonito nombre.
La joven sonrió.
―¿Hubieras dicho otra cosa si me llamara de forma distinta?
Barry abrió la boca, perplejo, sin saber cómo contestar a aquello. Al final se limitó a soltar una carcajada, en admitida derrota.
―Tienes razón, probablemente sea la frase más usada con las chicas guapas. ―La estudió discretamente por un momento. Su ondulado y fino cabello oscuro, sus cejas marcadas en un arco, los labios carnosos y sonrosados. Vestía un elegante vestido de seda negro que caía flojo sobre su cuerpo dándole una apariencia de naturalidad. Pero lo que más cautivó a Barry fueron los ojos. Grandes y de un intenso azul, delineados por un lápiz negro―. Am… ¿y vienes mucho por aquí?
―En realidad sí, el negocio pertenece a mi padre. Aunque rara vez lo verás por aquí, demasiado estresante cuando puede contratar a alguien para que maneje el trabajo sucio.
―¿Ricos arrogantes? ―enseguida se dio cuenta de lo que había dicho―. Oh, dios, no quería decir eso, solo…
Rena enarcó una ceja y sacudió la mano, restándole importancia.
―No te preocupes, ese es mi padre.
Un sonrisa afable iluminó el rostro de Barry. Mientras siguieron hablando del local y de cómo había nacido la idea de un lugar de noche tan teatral, el velocista se percató de que no le habían hecho falta demasiadas palabras para saber que aquella chica era especial, de alguna forma. En un primer momento podrías pensar que era seria y callada, pero lo cierto era que enseguida daba rienda suelta a su buen y sarcástico humor. Era divertida, y al sonreír se le formaba un hoyuelo en cada mejilla. Según le había contado, tenía su propia casa desde hacía unos años y trabajaba como diseñadora de interiores y maestra de catering.
―¡Ah, no lo puedo creer! ―exclamó Barry, asombrado―. ¿Tú padre es Brandon Smith?
Rena suspiró, sin perder la chispa de alegría en su mirada.
―¿Por qué no me sorprende tu reacción?
Él fue a protestar que no veía como no podía sorprenderse cuando Brandon Smith era un importante directivo de la lujosa cadena de hoteles "Angelus". "¡De cinco estrellas!" remarcó Barry, con un gesto ampuloso de brazo, pero solo recibió en respuesta unos aburridos ojos en blanco.
―Créeme, no es para tanto. Es un hombre aburrido y chapado a la antigua. ―Bebió un sorbo de su bebida, lentamente, sin apartar sus ojos de Barry, que tragó saliva. No tenía duda, Rena era muy consciente de su atractivo. Resultaba casi apabullante―. Mejor que eso, ¿por qué no me hablas de ti? Has dicho que eres forense, ¿eres uno de esos tipos frikis que se emocionan cuando Santa Claus le trae un libro de ciencias?
El joven soltó una sincera carcajada ante eso y fingió no ver a Cisco desde la pista de baile alzando los pulgares en su dirección.
―En realidad soy de esos.
―Ya veo, eso te hace interesante.
―¿De verdad? ―parpadeó, perplejo. Pero Rena arrugó la nariz de forma traviesa.
―Lo cierto es que no.
Se miraron durante un instante con amplias sonrisas, la de Rena expertamente coqueta y abrasadora, hasta que no fueron capaces de resistirlo. Rompieron a reír. Fue un momento extraño, irregular incluso. Barry se sentía, aunque apabullado cuando Rena se ponía en modo mujer fatal, sinceramente a gusto con la chica, despejado como hacía tiempo que no se sentía a raíz de la química y el compañerismo natural entre ellos. Por eso le estaba molestando aquel resquicio de error que bailoteaba en su cuerpo.
Se bebió de un trago la bebida que había pedido para acompañar a Rena y se pasó las manos por los pantalones de franela marrones que llevaba.
―Entonces… ¿quieres bailar? ―inquirió con una media sonrisa.
Rena le miró fijamente por un momento antes de ronronear:
―Creí que nunca me lo pedirías.
One more night de Maroon 5 se extendía por toda la pista de baile al compás de los destellos multicolores cuando Barry tomó de la mano a Rena y la arrastró por la sala, sorteando las figuras desmelenadas de la gente que bailaba y se tambaleaba de un lado a otro con frenesí. No vio a Cisco, aunque tampoco le importó. Se situaron por lo que él creyó que sería un lugar centrado y, luego, se dejó llevar.
Estuvieron bailando durante lo que duró la canción, riendo ligeramente, rozándose provocadoramente. Barry no entendía demasiado de baile, pero podía decir que Rena le daba sentido a esa actividad. Porque la forma en la que contorneaba su cuerpo tenía que ser ilegal ―y dolorosa también―. La siguiente canción fue más tranquila, de algún modo, e íntima, y Barry se encontró con que unos brazos largos se le enredaban alrededor del cuello y con el cuerpo suave de Rena pegado al suyo. Olía realmente bien, tanto que sintió que se mareaba del placer mientras su corazón latía insistente contra su pecho y sus caderas se balanceaban juntas en una danza sucia y provocativa.
―No lo haces nada mal, forense ―le susurró ella en el oído. Su tono era bajo y, más que coqueto, erótico.
Entonces Barry lo supo. Fue cuando ella echó la cabeza un poco hacia atrás para mirarlo a través de sus pestañas que lo supo. La razón por la que Rena había sido la única chica del local entero que le había cautivado. Sus ojos azules, pensó el velocista, mortificado. Sus grandes e intensos ojos azules, sus labios gruesos y sonrosados, su pelo moreno, y esos hoyuelos que se le formaban al reír que Barry tan bien conocía. Porque eran los mismos que se le formaban a Harrison Wells. Una angustia le sacudió ante la realización. una angustia fantasmagórica y macabra que se burlaba de él en un rito diabólico. Los labios de Rena estuvieron de repente sobre los suyos, suaves pero firmes, sondeándole, incitándole a darle paso a su cavidad. Barry los abrió. Los abrió y la besó de vuelta a pesar de la sorpresa y del escozor de culpabilidad vibrando como un mantra en su consciencia. Una culpabilidad por traicionarse a sí mismo.
Después de un momento, no obstante, la chica se apartó.
―¿Ocurre algo malo? ―preguntó, un pequeña arruga en su entrecejo.
Barry sacudió la cabeza, desesperado.
―Nada ―La agarró por la cadera y la besó de nuevo con brusquedad. Ella no se quejó y el intercambio de besos, lengua y saliva duró unos segundos más. Segundos en los que nada, absolutamente nada era correcto―. ¡Lo siento! ―Barry rompió el beso de pronto, agitado y sobrepasado por todo pero incapaz de continuar con aquella farsa―. Yo.. N-necesito tomar el aire.
Y se escabulló entre la gente como si huyera del mismísimo Diablo. Solo que había un problema: no podía huir de sí mismo.
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No había tenido claro a dónde iba cuando se había alejado apresurado de Rena. Pensó que a la salida, para dejarse zarandear por la brisa helada de la noche, pero había acabado yendo en dirección contraria al parecer y descubriendo una diminuta terraza de formas curvas y ovaladas. Como era propiedad del local, se podían ver unas cuantas sillas y mesas desperdigadas por el pavimento mas completamente desiertas debido a la época en la que estaban. Barry se quedó de pie, frente a la suntuosa balaustrada; los brazos laxos a cada lado del cuerpo mientras contemplaba sin contemplar la solitaria plazoleta, circundada por altos edificios, a la que asomaba la terraza.
Era verdad. No entendía el motivo y estaba tan asustado de ello… pero era verdad. No importaba la chica que se le pusiera en medio, él simple y llanamente terminaba siendo arrasado por una marea llamada Harrison Wells. Un Tsunami ineludible que le hacía caminar sobre la cuerda floja, a ciegas en cada maldito sentido en el que un romance debe ser translúcido. Inspiró y soltó el aire para tranquilizarse un poco. Luego se frotó la cara con las palmas de sus manos. Una, dos, tres veces. Ya no se sentía furioso como el día anterior después de masturbarse pensando en el otro hombre, solo cansado porque no quería seguir actuando como un niñato estúpido, pero tampoco sabía qué era lo que tenía que hacer. ¿Acaso dejarse llevar por ese sentimiento confuso por su mentor era una opción? Veía demasiadas dificultades en el camino.
Resopló, harto. Se apartó las manos de la cara.
―Iris tiene razón, tengo que dejar de darle tantas vueltas a las cosas…
De repente, se sintió mal por haber dejado a Rena de la forma en que lo hizo, aún pensaba que había habido una química especial entre ellos y la chica no tenía la culpa de sus problemas. Además, estaba Cisco.
―Espero que no haya visto lo que ha pasado, si no lo llev…
La frase quedó muerta en su boca, helada como él cuando, a lo lejos, justo donde la plazoleta desembocaba en un oscuro y angosto callejón, vislumbró una figura que le observaba, inmóvil.
Una figura toda vestida de amarillo.
La rabia le llegó como un cañón a presión, rápida y voraz. Le atravesó el estómago, retumbó contra sus costillas revolviéndole hasta las vísceras y le hizo olvidar de forma terminante sus preocupaciones mundanas. El hombre de amarillo estaba ahí, frente a él. La purria que había asesinado a su madre, herido de gravedad al Dr. Wells y por quien su padre llevaba encerrado en la cárcel quince largos años mientras él permanecía indemne, se encontraba ahí. Sus puños cerrados trepidaban de la fuerza con la que los estaba apretando. Todo Barry temblaba.
El hombre de amarillo salió disparado, entonces, sin previo aviso, hacia el interior del callejón en un destello escarlata que Barry no tardó en perseguir.
Esta vez no te vas a escapar... No de nuevo.
Ohohoh... ¡Apareció el Reverso de Flash! (?)
Bueno, quizás os parezca cruel que lo dejé justo ahí pero... es que soy un poco mala xDD Además he comentaros una cosa. El 11 de este mes me voy a un viaje a Japón de casi 3 semanas así que durante esos días tristemente no podré actualizar el fanfic :( De veras lo siento, pero tomarlo como mis propias vacaciones navideñas. Sin embargo en cuanto vuelva me pondré a ello con ganas. Trataré de tener el capítulo 6 para antes de irme y así dejaros un regalito antes, pero no puedo prometer que conseguiré acabarlo.
¡Eso es todo!
Por otra parte, ¿no os chirrian los dientes por que llegue el 19 y con ello el capítulo 10 de The Flash? *se tira de los pelos* Porque a mi sí.
¡Nos leemos :3!
