Mil y una disculpas (y de ahí al infinito) por el retraso . No tengo perdón, realmente, solo tengo excusa durante la temporada que estuve de viaje. De todas formas no pienso abandoner este fic, os lo prometo (si es que hay alguien que lo lea) XDDD
Ahí va el capítulo, ¡espero que os guste!
Me haces amar, odiar, llorar, tomar cada parte de ti.
Me haces gritar, arder, tocar, aprender todo de ti.
Zella Day
Desapariciones
PARTE 1
La rabia le llegó como un cañón a presión, rápida y voraz. Le atravesó el estómago, retumbó contra sus costillas revolviéndole hasta las vísceras y le hizo olvidar de forma terminante sus preocupaciones mundanas. El hombre de amarillo estaba ahí, frente a él. La purria que había asesinado a su madre, herido de gravedad al Dr. Wells y por quien su padre llevaba encerrado en la cárcel quince largos años mientras él permanecía indemne, se encontraba ahí. Sus puños cerrados trepidaban de la fuerza con la que los estaba apretando. Todo Barry temblaba.
El hombre de amarillo salió disparado, sin previo aviso, hacia el interior del callejón en un destello escarlata que Barry no tardó en perseguir.
Esta vez no te vas a escapar... No de nuevo.
El destello escarlata giró hacia la izquierda por una bifurcación. El destello dorado le siguió unos metros por detrás. Esquivaron coches, basureros, farolas, todo lo que se cruzaba en sus caminos. Lo de ellos era una lucha milenaria en la que nada ni nadie podía inmiscuirse.
Forzando a sus piernas a no flaquear ni disminuir la velocidad, Barry persiguió al asesino por los oscuros y desérticos callejones de aquella zona de la ciudad, sabía que estaban dando vueltas por el mismo barrio como si fuese una especie de laberinto. Sabía que el hombre de amarillo sólo se estaba burlando de él, de su mediocridad y de sus vanos intentos por alcanzarle, pero aún así no pudo hacer más que seguir corriendo, desbordado por la ira. De súbito, unas sábanas que debieron estar tendidas en alguno de los edificios se descolgaron y se abalanzaron contra Barry haciéndole variar ligeramente la dirección de su carrera. Fue menos de un segundo y más que suficiente para que el hombre de amarillo se fugara.
Barry gritó con todas sus fuerzas casi desgarrándose las cuerdas vocales en ello. No podía habérsele vuelto a escapar. Recorrió las estrechas callejuelas una y otra vez; se negaba a rendirse tan fácilmente. Eventualmente, sin embargo, un sentimiento angustioso oprimió su garganta y parte de su pecho cuando se detuvo en medio de un cruce. Su mirada estaba gacha, tenía los dientes apretados en una mueca que destilaba furia e impotencia a partes iguales, y por su rostro descendían riachuelos de agua, mojándolo.
Había empezado a llover.
Ni siquiera era consciente de cuán bruscamente su cuerpo estaba temblando, ni de las chispas que brotaban de su ropa medio chamuscada tras haberse excedido de velocidad sin el traje de Flash. Iluso de él, no lo había llevado encima esa noche creyendo que podría relajarse y pasar un buen rato. En lugar de eso, todo había salido del revés.
Dio un par de pasos sobre el asfalto encharcado, el chapoteo de sus pisadas retumbaron en el silencio nocturno. Un cuervo graznó sobre él, desde uno de los fanales de luz. La rabia comenzaba a revertir y, en su lugar, se fue instalando un sentimiento más sosegado y estable, una melancólica pena junto a la autoaceptación. En ese momento no le importaba el por qué o siquiera a dónde le conducirán sus acciones, lo único importante era aquella necesidad irrefrenable de ver a Harrison Wells, de embriagarse en su reconfortante presencia.
Sin perder ni un segundo más, se desplazó apresuradamente hacia el acomodado barrio donde se encontraba la casa del Dr. Wells. Detuvo sus pasos frente a los escalones que daban al pórtico, con los pies doloridos. Se hizo una nota mental de no volver a correr sin el traje de Flash, Cisco iba a tener que conseguir la forma de crear ese anillo que llevaba el Reverso de Flash, le sería realmente útil.
―Mierda, Cisco.
Por poco se olvidaba de él por completo. Rápidamente sacó el móvil de su bolsillo y tecleó un escueto mensaje para su amigo en el que le informaba que le había surgido un contratiempo y había tenido que irse. Mañana ya se inventaría alguna excusa, en esos momentos sentía su mente demasiado saturada de emociones como para darle más importancia. Alzó la vista hacia la mansión, casi temeroso, reinaba una quietud indecible que se fusionaba con la suave llovizna bajo el manto nocturno, muy diferente a la zona que circundaba a la calle Morgensten, donde la presencia de bares y discotecas era evidente.
El agua calaba sus ya empapadas ropas cuando ascendió los pocos escalones que lo separaban de la puerta, notando que una brisa ululaba al agitar las ramas de los árboles del paseo. Aún un tanto inseguro pero demasiado cansado y necesitado de consuelo como para que eso le importara, pulsó el llamador junto a la puerta y un pitido agudo quebrantó la paz del lugar.
Esperó unos minutos, empero no hubo respuesta. Confuso, pasó su peso de un pie a otro, preguntándose si había alguna posibilidad de que el hombre no estuviera en casa pasadas las cuatro de la mañana. Maldita sea, por muy madrugador que fuera uno, ¿quién salía de casa antes de las cinco? Volvió a picar. Otra vez no hubo contestación, y así fue con las siguientes dos veces que pulsó el timbre.
¿Y si le ha pasado algo? Un vahído le atacó la boca del estómago ante la posibilidad, recordando cómo hacía no tanto tiempo había sido atacado por el payaso de Hartley Rathaway, sujeto que, dicho sea de paso, había desaparecido sin dejar rastro después de haber engañado a Cisco. Mordiéndose el labio, retrocedió unos pasos para ver las ventanas, sopesando la opción de entrar por la fuerza y así comprobar que todo estuviera en orden. Solo que tal vez podría probar de enviarle un mensaje primero, si resultaba que no sucedía nada Barry no creía que el Dr. Wells estuviese muy feliz al descubrir una de sus ventanas rotas. Hizo una mueca y tanteó en su bolsillo por el aparato, ignorando la respuesta guasona de Cisco preguntando si iba a desayunar acompañado, envió el mensaje.
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Sombrío. Taciturno. Un conjunto lúgubre de pasillos y salas bañado en una ola de oscuridad eterna. Eso era Laboratorios S.T.A.R en las horas en que la luna salía a pasear, una desolada edificación con la última tecnología y ni una sola persona a excepción de la noche en la que Eobard se desplazaba de su casa en secreto. Dio una vuelta por el Córtex pensativamente antes guardar el traje del Reverso de Flash en su anillo, había sido un acto innecesario aquel, salir a molestar a Barry en su noche de juerga como si se tratara de un niño caprichoso. No malgastó demasiado tiempo en reprenderse mentalmente, no obstante, no valía la pena cuando llevaba quince años fingiendo, actuando, haciendo ver al mundo algo que no era real. Tenía que tener cuidado con sus impulsos, sobre todo con Barry visto lo visto, pero al menos no había llegado muy lejos esta vez.
Hizo una comprobación masiva del registro de grabaciones y audios almacenados que pudieran delatarle, los borró todos y apagó las cámaras dejándolas programadas para que se activaran de forma automática dentro de unas horas.
Luego avanzó hacia el corredor principal, su vista acostumbrada a la penumbra no precisaba de luz alguna además de la poca que se filtraba de las estrellas y la luna. Entró a la Sala del tiempo mientras que se sacudía el cabello con una mano, unas cuantas gotas de agua gotearon sobre el suelo. Iba a aprovechar su estúpido acto de espontaneidad por culpa del maldito de Flash para seguir trabajando en el suero.
―Un suero que tiene un efecto un poco más específico que solo borrar la memoria ―murmuró para sí mismo, aunque al contrario que en otras ocasiones, esta vez no sonreía. Su rostro era una muralla inquebrantable, su boca una línea tiesa y sus ojos dos témpanos de hielo.
Prefería no tener que darle uso. Prefería tantas cosas… pero los años te enseñaban una sabia lección, y esta era que no te puedes ceñir a tus deseos, vagar en una ilusión era inservible en la vida real, por eso Eobard se preocupaba de tener numerosos ases en la manga por cualquier suceso imprevisible que supusiera un obstáculo en su camino.
Y Barry Allen se estaba convirtiendo en un obstáculo, un obstáculo completamente imprevisible.
―Buenas noches, Gideon ―dijo después de teclear en la pantalla de luz.
―Buenas noches, Dr. Wells, ¿qué puedo hacer por usted? ―preguntó la voz electrónica con programado servilismo.
Se iba a poner con el suero en un momento, solo tenía que comprobar el estado del espécimen primero.
―¿Puedes mostrarme que hace Barry Allen ahora?
―Por supuesto.
De inmediato la proyección sobre la pantalla parpadeó y una nueva ventana se desplegó antes sus ojos, que por un instante perdieron sus serenidad habitual al ver que el joven velocista estaba de pie junto a los pórticos de su casa. Picando a su timbre. Parpadeó, confuso.
―¿Cuánto tiempo lleva ahí? ―preguntó. Se había dejado la silla de ruedas en casa, como de costumbre cuando salía con sus andanzas como Reverso de Flash, si por cualquier motivo descabellado se le ocurriese a Barry entrar se encontraría con una silla vacía y ni rastro del parapléjico Dr. Wells en toda la casa. Un problema, sin duda.
―Es la tercera vez que pica, Dr. Wells.
―Gracias, Gideon. Tengo que tomar cartas en este asunto. Buenas noches.
Ni siquiera le dio tiempo a la máquina para responder, sino que desconectó la proyección resignandose a dejar relegado a un segundo plano el avance del suero en pos de evitar cualquier desastre. Entonces un vibración en su bolsillo le hizo coger el móvil para ver que tenía un mensaje del chico: "Dr. Wells, ¿ha salido? Venía a verlo y no parece estar en casa. Hágame saber si está todo bien, después de lo de Hartley...". Eobard puso los ojos en blanco.
Estúpido e impertinente Barry Allen.
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Barry echó una última mirada a su teléfono móvil con impaciencia, debatiéndose entre entrar o no entrar, mas mirando los números digitales de la pantalla vio que no habían pasado ni dos minutos desde que hubo enviado el mensaje por lo que continuó esperando. Solo cinco minutos, se dijo.
Cuando finalmente no pudo contenerse más, el conocido pitido fue recibido con manos tan ansiosas como temblorosas, después de la aparición del hombre de amarillo esa noche casi se esperaba cualquier desgracia. Desbloqueó la pantalla y leyó el mensaje con celeridad: "¿Sr. Allen? Me estaba dando una ducha, está todo bien. ¿Usted? ¿Aún se encuentra por aquí?". Un suspiro de inmenso alivio escapó de sus labios casi al instante. Así que ahí estaba.
Inspiró hondamente, tratando de infundir valor a sus de pronto gelatinosas piernas, y andó sobre sus propios pasos hacia la gran puerta de madera, no le hizo falta ni timbrar sino que esta se abrió con un sonido hueco y Barry se topó de golpe con los ojos infinitos del Dr. Wells.
―¡Sr. Allen! ―exclamó éste, parpadeando mientras miraba detrás de los hombros del recién llegado como si buscara algo. Luego se fijó en las sombras plasmadas en la normalmente jovial mirada del forense y rodó la silla hacia un lado―. Pase, está empapado.
Barry se obligó a moverse, poco dispuesto a actuar como un idiota pero sintiendo como el nudo en la garganta volvía a aparecer ante un simple vistazo a Harrison Wells.
Una vez dentro, con la puerta cerrada y la chimenea del comedor encendida, se permitió notar que, en efecto, el otro hombre llevaba puesto un albornoz azul marino anudado a la cintura y su pelo estaba húmedo, señal de que acababa de salir de la ducha. En serio, ¿quién se duchaba a las cuatro de la mañana? Sería lo que la gente llama excentricidades de genios.
―Es mejor que te cambies de ropa, Barry. Sube las escaleras, la primera puerta a tu derecha es un guardarropa, coge algo.
Barry sacudió las manos de un lado a otro.
―No es necesario, no quiero ser una molestia ―dijo, sintiéndose estúpido por decir aquello cuando él había sido el único que se había presentado en casa del otro de madrugada, sin un motivo de peso más que el hecho de buscar consuelo. Se maldijo internamente.
Pero Wells insistió: ―Entonces no querrás empaparme todo el suelo.
―Ah… ―Barry se sonrojó ante la ceja enarcada del otro hombre, que agitó la cabeza indicándole que fuera a por algo―Ahora vuelvo ―dijo, e hizo uso de la fuerza veloz para subir al segundo piso, tomar el primer jersey y pantalones que encontró y cambiarse. En escasos segundos estuvo sentado en el sofá de cuero negro del comedor junto al Dr. Wells, que lo observaba con una media sonrisa desde su silla de ruedas―. Vale, pues…
Barry se encontró sin tener la menor idea de qué decir, el otro debió notarlo porque tomó la palabra.
―¿Mala noche?
Si solo supiera…
―Él apareció. El hombre de amarillo, el Reverso de Flash ―murmuró en un hilo de voz, cabizbajo―. Fue como la última vez, solo que hoy él no se detuvo a esperarme y yo ni siquiera conseguí alcanzarlo. ―La rabia que había remitido con la preocupación por que algo le hubiera ocurrido al Dr. Wells se volvió a hacer un hueco en su interior mientras hablaba―. Soy Flash ―ironizó―, el superhéroe al que tanta gente admira, al que llaman el hombre más rápido del mundo, el que salva un montón de vidas y, sin embargo… soy incapaz de salvar a mi propio padre. ―Le tembló la voz―. De vengar a mi madre.
Wells entrelazó las manos mientras sopesaba las palabras que decir a continuación.
―La venganza no es la mejor de las armas, Barry. El alcance de tu velocidad incrementa día tras día, poco a poco te vas volviendo más capaz y estoy seguro ―remarcó―, de que pronto podremos hacerle pagar por sus crímenes. ―Desvió la mirada de Barry hacia las llamas efímeras de la chimenea. Luego agregó―: Tienes que aprender a ser paciente.
Se quedaron callados unos segundos, cada uno inmerso en sus propios pensamientos con el crepitar del fuego de fondo. Cuando Barry al fin levantó la cabeza para mirar al científico este lucía una extraña e inescrutable expresión en su rostro, sintió la imperiosa necesidad de acunar sus mejillas y arrancarle a besos las tinieblas que le aislaban.
Entonces el hombre se giró y sus dagas azules le atravesaron. Un revoloteo sacudió sus entrañas.
―¿Por qué has venido aquí?
Tal vez la pregunta debió haberle sorprendido pero no lo hizo.
―Necesitaba verle ―susurró Barry, sin romper el contacto visual.
Wells tomó una bocanada de aire. ―¿Verme?
―Nosotros… es decir, usted y yo,... ultimamente tiene que admitir que algo está pasando. ―Se mordió el labio y de forma inconsciente comenzó a juguetear con sus manos―. ¿Usted es gay? ―espetó.
Aunque le estuviera costando un grave sonrojo, su mirada en ningún momento se apartó de la del científico y casi juró que este estaba tragando saliva… ¿nervioso? ―Está bien… ―susurró Wells, más para sí mismo que para Barry. Luego rió un poco antes de contestar―. No soy gay.
―P-pero…
―Tú tampoco lo eres si me permites el atrevimiento.
Barry abrió la boca, confuso. ¿No lo era? ¿lo era? Estaba tan perdido. Harrison entrecerró los ojos en su dirección estudiándole antes de retomar la palabra.
―No tengo preferencia en realidad, podrías decir que soy bisexual o que simplemente no me fijo en algo tan superficial ―dijo mientras se quitaba las gafas y las depositaba en una mesita que había frente al sofá―. ¿El hombre de amarillo te hizo pensar en tu sexualidad?
Barry sacudió la cabeza con energía como si la idea le espantara. Había estado pensando en usted antes, toda la noche, quiso decir, pero las palabras parecían de plomo pesado y se atoraban en su garganta antes de emerger a la superficie.
Después de un largo silencio, murmuró:
―Solo necesitaba verle. Me sentí tan… impotente de nuevo frente a él. Y con usted yo… ―Alzó la vista que en algún momento había desviado hacia el fuego y la fijó en el hombre frente a él, quien tenía el ceño un tanto fruncido y parecía algo alterado. Nada común en él―. Dr. Wells, ayúdeme.
Fue casi un lamento, ronco, débil y perdido, como el llanto de un bebé en medio de una marea de gente desconocida. Ni siquiera sabía para qué exactamente le estaba pidiendo ayuda, ¿era para mejorar sus habilidades con el fin de capturar al Reverso de Flash? ¿o, tal vez, una llamada de ayuda para aportar un poco de claridad a sus confusos sentimientos? Solo sabía que lo necesitaba, a él, ahora. Como fuera.
Eobard hizo severos esfuerzos por no parecer sorprendido ante la petición del otro chico, de repente era tremendamente incómodo el permanecer sentado, quieto, necesitaba levantarse y gritar pero supo contener a tiempo la explosión que burbujeaba por su cuerpo.
―Sabes que te ayudaré en todo lo posible, Barry. No solo yo, sino que también Cisco y Caitlin, el hombre de amarillo no…
Unos labios sobre los suyos le impidieron seguir con su diatriba y lanzaron estremecimientos que se le clavaron bajo la piel como agujas de algodón. Avergonzado e incrédulo por haber sido pillado con la guardia baja a penas pudo responder al beso, pasaron unos segundos en los que simplemente se mantuvo ahí, sin alejar a Barry pero con las extremidades sobre los reposabrazos.
Con un último roce trémulo el chico se alejó unos centímetros para mirarlo.
―¿O-ocurre algo malo?
Sus ojos se veían como gelatina temblorosa mientras su expresión trataba de mantenerse serena fallando inútilmente. Eobard sentía ganas de carcajearse y de golpearle al mismo tiempo. Ese Barry Allen era tan… estúpido, confiado.
―Esto no está bien, Barry.
―¿Qué? ¿Que quiere decir?
El científico suspiró.
―Estás hecho un lío ―evidenció.
―Y-yo… ―Barry sacudió la cabeza como si así pudiera despejarse y pensar con claridad, Eobard le observaba curioso y aparentemente tranquilo ante la cercanía del otro cuerpo inclinado sobre él rozándose las piernas, rodeándole con los brazos delgados que se apoyaban contra el respaldo de su silla de ruedas . Cuando los ojos verdes se volvieron a clavar en su persona, Barry parecía mucho más entero y firme―. Lo sé ―dijo―. Sé muy bien que estoy confuso y, como usted bien dice, hecho un lío. Por eso tiene que ayudarme, por eso tiene que dejarme ver si esto es lo que realmente quiero ―su voz pareció vacilar en las últimas palabras―. Béseme.
Eobard tuvo que inspirar hondo para contenerse. Puso una mano sobre el pecho de Barry y lo alejó un poco.
―Deberías irte ―sentenció, más frío de lo que era común en el bondadoso Harrison Wells.
―¿Por qué? ―La pregunta destiló frustración―. ¿Por qué me aleja ahora? Me ha estado enviando mensajes cuando nunca habíamos hecho tal cosa, me… me confunde, manda señales totalmente dispares y contradictorias.
―Te doblo la edad.
―¿Se piensa que no lo sé? ―casi gritó, y Eobard creyó apreciar que los ojos verdes se habían vuelto vidriosos mientras que su cuerpo temblaba de rabia. Demasiadas emociones para una sola noche, me temo, pensó el hombre de ojos azules, pesaroso. Realmente se le estaba yendo de las manos, más de lo que había augurado―. ¿Cree que no lo sé? ―repitió Barry en un hilo de voz. Su cabeza había caído hacia delante y ahora reposaba sobre el hombro del Dr. Wells―. He estado… luchando contra esto, he tratado una y otra vez de negarlo porque, Jesús,
ni siquiera me atraen un poco los hombres, no lo han hecho nunca ni lo hacen ahora, pero al parecer tampoco lo hacen las chicas ya. ―se rió de forma sarcástica y el aliento que brotó de sus labios chocó contra la piel del cuello de Eobard, que contuvo un estremecimiento de placer―. Lo he intentado, Dr. Wells, así que solo le pido que me de una oportunidad para descubrir que me está pasando ―finalizó en un susurro.
La suave llovizna del exterior se había transformado en una lluvia torrencial que caía sobre el tejado y las vidrieras de cristal, la atmósfera debía de estar congelando cada figura allá fuera, pero ahí dentro, amparado por las gruesas paredes y el crepitar de la leña, Eobard sentía como una calidez se desparramaba a través de sus venas, llenándolas de una sensación cómoda y placentera. Y el saber eso le hacía, a la vez, rabiar por dentro completamente consciente de que la presencia y la cercanía de Barry tenía mucho que ver con esa calidez que lo envolvía de repente.
Cerrando los ojos como si de esa manera pudiera convencerse a sí mismo de que no aprobaba sus propias acciones, levantó un brazo y rodeó con el la espalda del joven, quien tembló por el contacto antes de acurrucarse más contra él.
―Gracias.
No dijo nada más, pero tampoco fue necesario. Eobard se vio alzar el brazo que aún reposaba en la silla y arropar así al otro chico por completo, vio en una extraña nebulosa de distanciamiento como el cuerpo delgado y larguirucho empezaba a convulsionarse sacudido por ahogados sollozos y disimulados gemidos que trataba de contener. La posición en la que estaban era molesta de por sí por lo que Eobard recolocó al chico para que estuviera bien sentado en su regazo, este lo tomó como una invitación y envolvió con los brazos su cuello para luego enterrar el rostro en la curvatura.
―No te contengas, suéltalo todo ―dijo el hombre en un susurro. Un quejumbroso lamento rozó la piel de su nuca, luego le siguieron muchos más, interminables, angustiados y, solo entonces, cuando una humedad inesperada cayó sobre su cuello en donde Barry mantenía su cabeza oculta, Eobard se percató de que el chico estaba llorando.
No sabía cómo sentirse al respecto. Nunca le habían gustado mucho las lágrimas ni el servir de pañuelo para nadie, pero en ese siglo se veía con la necesidad de actuar, de fingir, y se encontró pensando que si Barry lo necesitaba tampoco era un trago tan malo por el que pasar. Incomodo, si. Extraño, también, pero no malo. Estuvieron ahí durante largos minutos, tal vez más, Eobard era incapaz de determinarlo y tampoco importaba puesto que aquello era algo necesario, el chico había pasado por demasiadas cosas en los últimos días. Se puso los ojos en blanco interiormente.
¿Cómo que en los últimos días? Toda su vida, gracias a mi.
El encuentro con el Reverso de Flash sumado al mejunje que, para sorpresa de Eobard, su beso le estaba causando había terminado por desestabilizar el estado emocional de Barry, haciendo que necesitara de forma terminante dejarse llevar en unos brazos que lo sostuvieran, que lo consolaran y le dijeran que todo iba a estar bien. Y él ha buscado tus brazos, le susurró una voz macabra en su consciencia que Eobard no tardó en abofetear a un lugar recóndito.
En algún momento impreciso en el tiempo, mientras Barry se desahogaba contra su cuello y Eobard miraba ensimismado la lluvia que caía sobre las vidrieras de su casa, el chico había erguido la cabeza y, aunque sonrojado, le había mirado con mirada penetrante unos instantes antes de inclinarse sobre sus labios y depositar un dulce beso. Dulce y húmedo a causa de las lágrimas derramadas. Esta vez, Eobard no lo rechazó porque ¿qué más daba? Llegados a ese punto… Además llevaba mucho tiempo de abstinencia.
Lo próximo que supo después de compartir intensos intercambios de saliva y lengua, y caricias indecorosas que vagaron más allá de su albornoz de ducha, fue que Barry se había levantado luciendo agitado y descompuesto, lo había cargado en brazos y subido al piso de arriba, a su habitación.
Cayeron sobre la cama. Barry se encontraba sobre él, repartiendo besos y mordiscos sobre la piel de su cuello, haciéndole suspirar mientras que él debía limitarse a pasar las manos por su espalda y trasero cuando lo que quería era enrollar las piernas en su cintura y embestir contra él.
Barry debió notar su frustración porque presionó su cuerpo hacia abajo de forma que sus miembros quedaran alienados el uno contra el otro, Eobard contuvo un jadeo, se sentía demasiado bien.
Ambos estaban duros para cuando sus lenguas se volvieron a enredar en una lucha letal, una guerra por la victoria. Barry iba soltando quejumbrosos sonidos contra su boca, extasiado por el cóctel de emociones. Deshizo con manos inseguras lo que quedaba del nudo del albornoz y lo abrió por completo, tuvo que respirar profundamente un par de veces para no correrse ante la visión del cuerpo desnudo de Harrison Wells. Era tan extraño y desconocido que un hombre le provocara cosas que solían venir de la mano de las mujeres, si bien resultaba innegable ya, cuando estaba frenético por lamer, devorar cada centímetro de piel expuesta ante él. Así que lo hizo. Se sumió en la deleitosa tarea de cubrir con sus labios el pecho del ciéntifico, succionar sus pezones que arrancaron roncos gemidos, recorrer con la punta de su lengua las hendiduras de los abdominales. Nunca lo había hecho con un hombre antes, evidentemente, y se estaba encontrando con que esta estaba siendo la mejor experiencia sexual de su vida.
El Dr. Wells dirigió sus brazos hacia los pantalones de chándal que Barry había cogido de su guardarropa y se los quitó con premura. Captando la idea, el mismo se deshizo del resto de sus prendas, deteniéndose un segundo, cohibido, antes de sacarse los calzoncillos. Sin embargo, Wells no le dio tiempo a pensar demasiado, sino que tiró de él hasta que estuvieron besándose de nuevo, desnudos esta vez, con sus cuerpos pegados y sudorosos balanceándose en la oscuridad.
―Ahh… ah… no puedo m-más… ―jadeó Barry entrecortadamente.
Wells gruñó contra su boca, tenía el pelo revuelto y los ojos le brillaban más que nunca; Barry pensó, mareado, que desearía hundirse en esos pozos de zafiro líquido. Sus manos le apretaron el trasero, forzándolo a aumentar el ritmo sobre él.
―Ve más rápido.
No hizo falta que se lo repitiera dos veces, aliviado por no entrar en el tema de la penetración gay, Barry inició un vaivén desquiciante en el que sus penes duros y enrojecidos se unían en una placentera fricción. Los gemidos aumentaron en la habitación, el ruido de la cama al moverse colmó el ambiente, una tórrida sensación envolvió a Barry haciéndole creer que su sangre se había convertido en lava candente que su corazón bombeaba con rapidez a través de las venas. Casi sentía su cuerpo vibrar con electricidad, casi como…
Un repentino mordisco en su hombro le hizo jadear, su vientre cosquilleó y se vino con una última embestida y un ronco jadeo contra el miembro del Dr. Wells, para quien sentir el orgasmo de Barry debió de ser demasiado porque eyaculó segundos después; sus ojos cerrados y la boca abierta en un ahogado "Ohh…".
Durante un largo tiempo se mantuvieron en silencio, Barry derrumbado sobre el colchón a un lado del científico, ambos tratando de regular su respiración. Cuando Barry por fin pudo estabilizarla y consiguió sosegar a su alocado corazón, abrió los ojos para contemplar a su acompañante. El Dr. Wells tenía los párpados cerrados y un brazo descansaba sobre su frente, por la piel le discurrían perladas gotas de sudor mientras su pecho subía y bajaba a un ritmo acompasado. A Barry le hubiera gustado decir algo, pero parecía superficial e innecesario, además tampoco lograba encontrar la iniciativa para comenzar a hablar de aquello. Si bien su mente no estaba clara, se sentía calmado y somnoliento, embriagado por una paz que hacía mucho tiempo que no sentía. Los párpados se le fueron cerrando paulatinamente, sin ser él consciente del momento preciso en el que el sueño nubló su mundo, sin reparar siquiera en cómo su cuerpo se había deslizado lo justo para entrar en contacto con el del Dr. Wells, ni como este había clavado su fría mirada en él.
La noche se estremeció ante semejantes ojos como témpanos de hielo, pero Barry no pudo verlos. Aquella noche o mañana, durmió largo y tendido por primera vez en meses.
Espero que os haya gustado la primera parte de este capítulo, y a ver si alguien más se anima a escribir un barrison en español! que escasean y yo me lo leeria encantada :3
Nos leemos~
