Vengo con la segunda parte del capítulo "Desapariciones", veréis que ha quedado bastante largo y espero que eso recompense la tardanza. Los siguientes capítulo intentaré publicarlos cada semana o cada dos semanas, en función de la longitud de los mismos.
Muchas gracias por leer, ¡y no olvidéis que los comentarios siempre animan a una! :) *se sonroja*
Me haces amar, odiar, llorar, tomar cada parte de ti.
Me haces gritar, arder, tocar, aprender todo de ti.
Zella Day
Desapariciones
PARTE 2
La lluvia del día anterior parecía ahora un vago recuerdo de márgenes borrosos. Tras la tormenta, el sol se había alzado en todo su apogeo sobre la urbanización. En esa mañana soleada, el Centro Comercial estaba atiborrado por una multitud consumista que paseaba de un lado a otro, de tienda en tienda, buscando el regalo perfecto para sus seres queridos mientras aprovechaban la luminosidad del día. La proximidad de la fiesta en la que el barbudo Noel dejaría su morada polar para surcar el mundo acompañado de sus renos y trineo se cernía sobre las familias, que cada día sumaban un plus de impaciencia por acabar sus respectivas compras.
Era sábado 11 de Diciembre y las colas en los mostradores rondaban la media hora pasadas las 14:30 de la tarde.
Iris caminaba a su lado con paso acelerado y un mosqueo de tres al cuarto. Cuando la chica se paró en seco y se volteó hacia él, Barry supo que, tras los diez minutos de silencio a los que se había visto sometido desde que se habían encontrado en las escaleras de la entrada principal, su amiga iba por fin a dirigirle la palabra.
―¿Entonces?
―Podemos comer en el Pans&Friends.
Iris le dirigió una mirada furibunda
―Yo ya he comido ―espetó―. Y si hubieras llegado a la hora que habíamos quedado, es decir a las once en vez de las dos y media de la tarde, tal vez habríamos comido juntos tal y como acordamos.
Barry dejó escapar un suspiro, no tenía ni idea de como salir de esta. Era cierto que no resultaba una novedad que llegara tarde, Iris lo sabía, todos los sabían, pero tal vez en esta ocasión había ido demasiado lejos con su particular medida del tiempo.
―Iris, de verdad que lo lamento. Yo… ―La frase murió en sus labios. ¿Cómo decir «Se me ha pasado la hora» cuando llegas con un retraso de más de tres horas?
La mirada de la chica perdió un ápice de su molestia y adoptó un matiz más curioso y malévolo. Uno que el cuerpo de Barry reconoció al instante y reaccionó inclinándose hacia atrás por inercia, no le gustaban los significados que podía ocultar esa mirada.
―Ni siquiera me avisaste, te llamé decenas de veces. ¿Tan ocupado estabas? ―inquirió, arqueando una ceja con picardía. Barry abrió la boca pero ella cortó su pretensión de hablar―. Espero que entiendas que me debes la verdad después de esto, Sr. Allen. ¿Donde estabas esta mañana cuando tendrías que estar conmigo comprando los regalos de papá y del resto?
En medio de aquel barullo de gente, de la travesía circular flanqueada por docenas de tiendas y distintivos, Barry se la quedó contemplando por un momento. A su amiga de toda la vida, a su primer amor, a la chica de la que había estado prendado desde que tuvo conocimiento de lo que esa sensación implicaba, a la chica a la que ya no veía más que como a una hermana. ¿Debería contarle la verdad? Si había alguien con quien podía hablar acerca de aquello, posiblemente fuera Iris. Pero, aún así, Barry era incapaz de concebir una buena respuesta por parte de su amiga y no quería arriesgarse a que ésta metiera las narices en ello creyendo que lo hacía por su bien. Lo que el Dr. Wells y él tenían ―si es que tenían algo― era demasiado nuevo e incalculable como para ponerlo en juego.
Una risita forzada escapó de sus labios. Tenía que ganar tiempo para pensar en alguna excusa medianamente decente.
―¿Y bien? ―porque Iris no iba a dejar de presionar.
―Estoy... ¡hambriento! ¿Por qué no eres benévola, vamos a comer y, de mientras, te lo cuento? ―sugirió, esperanzado.
Después de unos segundos de duda, la chica se rindió.
―Tú ganas.
Tal y como había solicitado Barry, fueron a pedir la comida al Pans&Friends situado en la última planta del Centro Comercial, al lado de las recreativas y frente a la fuente de colores en la que varios niños, desde los más pequeños hasta plenos adolescentes, se divertían ensuciándose y haciendo enloquecer a sus padres. Durante el tiempo que estuvieron en la cola, realizaron el pedido y, seguidamente, ocuparon una de las mesas vacías del local atestado de gente, Barry no pudo evitar que su mente volara hacia lo sucedido aquella mañana.
Se había despertado desorientado y confuso, pero con una extraña sensación de paz y de relajación inundándole el pecho, parecida a la que fluye por tu cuerpo cuando acabas de darte un baño de burbujas aromático. Curiosamente, se sentía por completo descansado, como hacía tiempo que no se sentía. Se levantó de la cama, notando la suavidad de las sábanas acariciando su piel desnuda. Fue a raíz de eso que le dio por echar un vistazo a su alrededor, contemplando con silencioso pasmo la decoración exquisita y moderna de la habitación en la que había pasado la noche. El techo y paredes eran de un tono marfil que hacía aguas, y contrastaba con el edredón negro de la cama, una Queen size , y la amplia alfombra de pelo largo, también negra. El cabezal de la cama, que se extendía a lo ancho y largo cubriendo por completo ese lado de la pared, era de madera y estaba dividida por una cenefa de mármol que parecía representar el yin y el yang. Habían sillas colocadas con meticulosidad, al igual que el resto del mobiliario. Todo iluminado por la luz del sol que se derramaba a través de los ventanales.
Barry inspiró hondo. Todos los recuerdos de la noche anterior acudieron a su mente. La salida, Rena, el Reverso de Flash, Wells…
―Harrison Wells ―murmuró, cohibido.
Se habían acostado. Realmente se habían acostado o, bueno, casi acostado, para luego dormir juntos lo que restaba de noche, y el mundo no se había venido abajo tal y como Barry había creído cuando descubrió lo que aquel hombre le hacía sentir.
Barry dejó salir el aire en un trémulo suspiro, un cosquilleo empezó a tomar forma en la boca de su estómago, haciéndole sentir como si flotara en una especie de nube imaginaria, al visualizar al Dr. Wells abajo, esperando que se despertara.
Después de ponerse el mismo chándal del día anterior, salió de la habitación y bajó al primer piso donde encontró al otro hombre tomándose un café mientras leía el periódico. Wells levantó la mirada cuando lo escuchó llegar.
―Buenos días, Barry.
―Buenos… días.
Lo vio dejar el noticiero a un lado, sobre la mesa. El pensamiento de que el Dr. Wells lucía extraordinariamente caliente tomándose su café matutino le hizo, para su vergüenza, empezar a excitarse. Jesús, soy peor que un adolescente después de su primera vez, se recriminó.
―¿Has dormido bien?
Barry se obligó a centrarse y a dejar de observarlo con semejante embeleso. ¿Qué le había preguntado?
―Ah…
El hombre alzó una ceja y sonrió.
―Creo que no deberíamos repetir lo de anoche si provoca que vayan muriendo tus neuronas. ¿Has dormido bien?
Barry se sonrojó furiosamente.
―¡Claro, sí! He dormido bien. Quiero decir, ¡con ese monstruo de cama…! Ah… ―balbuceó―. Sí, bueno, eso. Gracias por… lo de anoche ―musitó, a media voz. No tenía palabras para describir lo que había significado para él, no solo por haberle ayudado, de alguna forma, a hacer las paces con sus propios sentimientos; sino por haberle puesto un hombro cuando tanto lo había necesitado.
Harrison pareció entender lo que ocupaba su mente porque asintió con una comedida sonrisa, aunque Barry juraría que el muy maldito estaba aguantándose la risa. Luego, dándose la vuelta en su silla de ruedas, hizo su camino a través de dos pilastras hasta la cocina americana. El velocista lo siguió lentamente, no muy seguro de cómo actuar a partir de entonces.
―Hay pancakes para desayunar, espero que te gusten. ―Cogió un plato y se lo acercó al chico―. Por cierto, tienes llamadas perdidas de Iris en tu móvil.
Barry parpadeó, perplejo y desconcertado por unos segundos... hasta que reaccionó.
―¡Oh Dios mío, había quedado con ella hoy! ¿Qué hora es? ―preguntó, aunque él mismo buscó con la vista el reloj de cristal que coronaba una de las paredes. Cuando sus ojos y su cerebro asimilaron lo que aquellas dos manecillas señalaban, sintió que se desmayaba―. ¿Más de medio día? Está bien, mañana será mi funeral sin lugar a dudas.
Al voltear a ver al Dr. Wells, éste lo observaba de vuelta aparentemente divertido. Barry frunció el ceño.
―¿Por qué no me ha despertado si sabía que Iris me estaba llamando?
Un encogimiento de hombros acompañado de una pequeña sonrisa inocente fue la respuesta que obtuvo, pero Barry no se perdió el destello pícaro rielando en la mirada de Harrison. Su corazón pegó un brinco ante tal sonrisa y sintió deseos de estrangular al hombre por hacerle imposible enfadarse con él.
―No iba a privarte del descanso que merecías y necesitabas, que hayas quedado con alguien es lo de menos ―señaló, en un tono bajo y acariciador que le caló como si solo fuera un trozo de tela, haciendo a Barry sentirse avergonzado.
Aunque hubiera deseado tener más tiempo, no lo hubo en aquel momento, ni siquiera para aclarar en qué punto estaba su relación entonces, si es que tenían una ―y a Barry empezaba a gustarle la idea―. Pero, a sabiendas de que Iris le iba a matar como siguiera retrasándose, habían tenido que despedirse.
Y ahora, frente a la chica, su mejor amiga, se encontraba dando su primer bocado al bocadillo mientras barajaba una excusa que pudiera justificar su tardanza y, si era posible, sin incitar sospechas acerca de su nuevo… interés.
Iris tamborileaba con sus dedos sobre la mesa blanca, sus ojos negros fijos en Barry, quien casi deseó ahogarse con el pan para no tener que hacer frente a sus preguntas.
―¿Supongo que si te digo que tuve una emergencia como forense no me creerás?
―En una de esas que no me cogiste el teléfono llamé a mi padre pensando que tal vez ese era el motivo de tu retraso ―contestó, frunciendo el entrecejo, y detuvo el movimiento de sus dedos para cruzarse de brazos sobre la mesa―. Vamos, Barry. ¿A qué viene tanto secretismo? Siempre nos hemos contado todo, al menos, todo lo que no tenía que ver con… contigo y conmigo.
―No es secretismo.
―¿De verdad? ―ironizó.
―Estuve trabajando por mi cuenta. ―Se pasó la lengua por los labios tratando de pensar en cualquier cosa. Iris le miró con escepticismo―. En serio, estuve trabajando y me entretuve con Caitlin y Cisco.
―¿Qué te pasaba el otro día en la comisaría? Parecías nervioso, de mal humor y… No lo sé, raro.
Barry inmediatamente supo a qué se refería. Había estado seco y cortante tanto con ella como con Joe aquella mañana. Confuso por sus sueños, por lo que cuerpo y mente le demandaban. Resultaba irónico que, ahora que empezaba a reconciliarse con el hecho de sentirse atraído por el Dr. Wells, siguiera levantando sospechas en los West.
Decidió jugar con la verdad.
―Tenía un mal día. ¿A qué viene eso?
Los ojos de la chica lo estudiaron por unos segundos hasta que, finalmente, se deshizo en un suspiro.
―Hablé con mi padre y tampoco me dijo lo que te pasaba, aunque parecía saber algo más que yo. ―Deslizó una mano a través de la superficie de la mesa y cubrió con ella la de Barry―. Solo espero que sepas que puedes confiar en mí, como siempre, nada ha cambiado. Continuamos siendo los mejores amigos… ¿verdad?
Hubo un deje de incertidumbre en su voz, y Barry se odió por hacerle dudar de su amistad. Le sonrió tratando de transmitirle toda su confianza.
―Por supuesto, hay cosas que nunca van a cambiar. Y nuestra amistad es una de ellas, pase lo que pase. ―Seguidamente, bromeó― Además, ya estoy superando mi enamoramiento por ti.
Iris soltó una risa. Sus ojos, sin embargo, estaban algo húmedos como si dijera «Lo siento», otra vez. Él solo amplió su sonrisa y le devolvió el apretón de manos.
Barry no se demoró más de lo estrictamente necesario en complacer a su estómago. Nada más acabar, ambos se centraron en su tarea pre-Navideña. Aún no había decidido que comprarle a Joe aquel año, se le había pasado por la cabeza la idea de alguna camisa elegante pero Iris se dio el lujo de patentarla como suya: «Ni se te ocurra, lo tengo planeado desde hace tiempo. Papá tiene que empezar a salir y a conocer gente». Por lo que Barry tuvo que pensar en otro regalo. Fueron primero a por la mencionada camisa, barajaron varias posibilidades en un establecimiento de ropa más bien clásica, donde les atendió una abuela cascarrabias y, después de soportar más de veinte minutos de cola para pagar y algún que otro empujón de mujeres desesperadas por apoderarse de la prenda ideal, salieron del local con un modelo de corte moderno; en tono crema con minuciosas pinceladas de negro por el cuello y los bordes de las mangas.
Cuatro tiendas, decenas de empujones, dos tazones de café y un dependiente inepto después, Barry se dejó caer sobre uno de los bancos de piedra desperdigados por el centro comercial; le colgaba una bolsa de cada mano y un chorro de sudor se deslizaba por su sien hasta desaparecer bajo la chaqueta.
―Había olvidado lo que significa ir de compras con una chica ―resolló, sofocado a pesar de estar en pleno Diciembre.
―Mm, los hombres nunca tendréis nuestro mismo aguante.
―Es verdad.
―Espero que tengas un buen regalo para mi.
Barry rió entre dientes y contestó:
―Siempre lo tengo. Ya sabes que soy un chico detallista.
La chica puso los ojos en blanco pero su rostro no perdió la sonrisa.
―El príncipe azul de las chicas.
Los pasos de la multitud sobre el adoquinado eran engullidos por el bullicio de risas, charlas y cochecitos siendo arrastrados, así como algún que otro llanto de bebé. El centro comercial se había iluminado como una gran rosa encendida al caer el sol y una brisa afilada comenzaba a soplar desde la tramontana.
Barry ahogó un bostezo con la mano justo cuando Iris tomaba asiento a su lado. Era raro, pero tenía sueño y se encontró deseando pasar otra noche con el Dr. Wells, pensamiento que hizo que se le subieran los colores.
―Barry.
―¡Sí! ―Saltó en el asiento, esperando que su amiga no hubiera advertido su sonrojo. Pero al mirarla su corazón se encogió ante la expresión afligida que había ensombrecido su rostro―. ¿Iris? ¿Ha pasado algo malo?
―N-no, no es… ―Se pasó un dedo por el lagrimal del ojo y negó suavemente―. No es nada malo, pero solo pensar en la cara que pondrá papá. Barry, no le quiero decepcionar.
Las alertas del joven velocista se dispararon. Joe no siempre era el padre más comprensivo y cierto era que acostumbraba a atar corto a la gente que le importaba, pero dudaba que, fuese lo que fuese que Iris hubiera hecho, le decepcionara.
―Vamos, es imposible que decepciones a tu Joe ―dijo, pasándole un brazos alrededor de los hombros―. Cuéntame.
―Pues… Estoy embarazada.
Un momento.
―¿Qué?
Tenía que haber escuchado mal.
―Estoy embarazada ―repitió Iris, con más consistencia esta vez.
―Creo que no me he limpiado bien los oídos hoy, eso o la resonancia de este lugar es defectuosa, si, tiene que ser eso ―farfulló, sin sentido. Pero cuando su amiga le observó, ceñuda y contrariada, el alma se le cayó a los pies―. ¡Oh, joder! ¿¡Estás embarazada?! ¿De Eddie?
―¿Que clase de pregunta es esa?
Su pie recibió un pisotón por el atrevimiento. Bueno, puede que se lo mereciera. Aturdido todavía por semejante bombazo, se restregó las manos por la cara, tratando de entender que sí. Su amiga le acababa de confesar que tenía una vida creciendo en su vientre. Su amiga. Iris. Su antiguo amor. Se golpeó mentalmente por la dirección que tomaban sus pensamientos, el pasado no importaba. Ya no. En ese momento, ella le necesitaba. A él como amigo. Su consejo.
Inspiró hondo mientras terminaba de asimilar la noticia.
―Está bien…
―Barry, no se qué hacer. Eddie no lo sabe todavía y papá… ―resopló para sí misma, sus ojos negros destilaban intranquilidad y angustia, pero también pinceladas de hastío―. Tú más que nadie sabes como se puso cuando me quise hacer policía, o cuando me fui a vivir con Eddie. Imagina que le pasará a mi prometido cuando se entere de esto.
―Sí, probablemente tendrá peor suerte que la ardilla de Ice Age .
―No es divertido.
―En realidad sí lo es ―respondió, risueño. Sin embargo, ante la expresión reprobatoria de la chica, se apresuró a centrarse. La tomó de las manos y preguntó―: Pero… ¿Tú quieres, ya sabes, tenerlo?
El suspiro pesaroso que emitió su amiga le dio la respuesta antes de que ésta la formulara en palabras. ―No es el mejor momento, quizás, sin llevar mucho tiempo en el trabajo… Pero sí quiero ―Su cabeza, que había estado mirando hacia algún punto indefinido tras Barry, se giró hacia él, lo que le permitió a éste notar como sus ojos se habían convertido en dos brillantes bolas de charol―. No se trata de la edad, sino de cuando una se siente preparada. Quiero decir, ya no somos adolescentes con granos en la cara. Yo… Sé que voy a ser una buena madre.
Barry no supo muy bien qué decir justo después. Se sentía impresionado por la seguridad con que fue dicha la última aseveración. Orgulloso y, no obstante, también algo preocupado por todo el asunto. Pero se dijo que muchas mujeres tomaban la decisión de ser madres todos los días y no ocurría ninguna catástrofe.
―Joe no va a ser fácil ―dijo, resignado―. Pero sabes que te apoyaré en todo momento y, si lo necesitas, te acompañaré el día de la confesión.
Iris dejó escapar una risa ligera antes de precipitarse hacia delante y envolver a al que era como su hermano entre sus brazos.
―Gracias, Barry.
Sintiendo el peso de su cabeza sobre el propio hombro, el velocista la estrujó fuerte entre sus brazos. En medio de aquella marea comercial y social, se encontraban viviendo uno de sus primeros momentos fraternales después de que Barry le declarara su amor. Uno realmente cómodo y acogedor.
―¿De cuánto estás?
―Casi dos meses. ―La voz de ella sonó ahogada contra su chaqueta. Barry sonrió.
―Tienes que decírselo a Eddie.
―Lo sé.
0.o.o.0.O.0.o.o.0
Aquella noche de lluvia torrencial, en la que Barry acabó en los brazos de Eobard o, del que él creía Harrison Wells, en la que Eobard decidió entregarse a unos instintos bajos y primitivos que casi se habían desvanecido en su interior, y en la que, sabiendo que se arrepentiría, se permitió compensar a Barry por el infame porvenir. Aquella noche le tendió una mano cálida por solo un instante. Y un abrazo, un beso, una caricia. Una unión. Fugaz.
Aquella noche fue un punto de inflexión en su historia. O, al menos, Eobard podía asegurar que lo había sido para el joven velocista, quien había cambiado su actitud esquiva de antes notablemente...
Ahora, la semana ya había avanzado hasta su punto medio. Era miércoles y en las últimas lunas su lecho había desprendido más calor que nunca. Por supuesto, poco podían permitirse a plena luz del día, si no nada. Cuando Barry no estaba con sus cosas en la estación policial o analizando muestras de crímenes en su estudio ―eso sí. com Wells siempre rondando por su cabeza―, se encontraba en Laboratorios S.T.A.R, con Cisco y Caitlin que, a parecer de Eobard, en esos momentos en los que Barry le echaba una mirada bajo las pestañas y se mordía el labio en señal de provocación, eran menos que los perros en misa. Siempre podían escabullirse contados minutos, ¡y vaya que lo hacían! ―normalmente por insistencia de Barry y de sus incontrolables hormonas―. Pero los ratos más pesados, a los que Eobard más temía y de los que no tenía la menor idea de cómo librarse, venían de la mano del atardecer y se filtraban en su cómoda tranquilidad para moverle el cimiento bajo sus pies.
No siempre tenían sexo, y con sexo se excluía el tema de la penetración desde que Barry no parecía querer abordarlo por el momento, sino que algunas veces se limitaban a sentarse en el sofá y charlar sobre ciencia, política y, con Eobard condicionado por su secreto pérfido, sobre sus distintas experiencias vitales; otras, Barry decidía presumir de sus habilidades culinarias, engatusarle con ellas, para luego poner una película y quedarse hasta altas horas de la noche. Momento en el que los besos y los labios de uno se convertían en el dulce postre del otro. Sí, definitivamente, aquel inciso de su relación es el que más le molestaba a Eobard: las conversaciones y situaciones cotidianas que Barry tanto se esmeraba en recrear.
También había aprendido que el chico, cuando se encontraba en confianza, hablaba como un sacamuelas.
―Lo peor de todo es que ni Iris ni yo habíamos copiado en el exámen, pero Joe decidió que si éramos lo suficiente maduros como para cubrir a un amigo en una "ilegalidad", lo éramos también para aceptar las consecuencias ―finalizó Barry, sentado de piernas cruzadas en el mullido sofá del comedor, la espalda recostada contra el respaldo y la cabeza ligeramente inclinada sobre el hombro del Dr. Wells―. Esa es la épica historia de cómo me quedé sin la edición limitada de su entrevista sobre la nanotecnología.
―Un poco estricto, ¿no?
La cabeza de Barry tembló contra él cuando se rió.
―¿Tiene pinta de no serlo? Nah, Joe siempre ha sido firme con las reglas, es algo que aplica tanto al trabajo como en su propia casa. Pero… no creo que sea algo malo ser estricto, no cuando lo haces porque te preocupas por esas personas.
―¿Eso crees?
―Cuando perdí a mi madre y a mi padre, Joe se convirtió en los dos. No quiero decir que los suplantara, eso es… imposible. Pero hizo la función que ellos no pudieron, es decir, educarme e inculcarme buenos valores, los que él creyó adecuados al menos ―explicó Barry, con los párpados cerrados mientras se dejaba llevar por lo acogedor de la atmósfera y la tibieza del cuerpo junto a él―. Aunque mi padre nunca ha dejado de estar conmigo, incluso con unas verjas de por medio, su papel no ha sido el de ser estricto. Sino el de ser un apoyo incondicional, igual que yo para él ―las notas cayeron en las últimas sílabas, casi inaudibles.
―Mm.
Confuso ante la vagueza de sus respuestas, Barry se irguió para enfocar a Harrison, quien, en cambio, se encontraba con la vista perdida en el limbo junto a la chimenea.
―¿Dr. Wells? ¿Está bien?
―Sí. ―Parpadeó y volteó hacia el chico―. Perdona, Barry. Estaba pensando en lo que dices. Entiendo a lo que te refieres, probablemente Henry no se cree con el derecho de delimitar tu espacio y acciones.
Pensaba, el término correcto sería recordar. O intentar recordar si había gente en su tiempo por la que él se hubiera preocupado tanto como los West los hacían entre ellos. Le vino la imagen de su sobrino, su hermana, tal vez. Pero ya sabía la respuesta a esa pregunta, hacía mucho que lo sabía. La persona que más le importaba, su enfermiza obsesión, era Flash, pero no en el buen y sano sentido precisamente, sino todo lo contrario.
―No obstante ―añadió―, estoy seguro de que no dudaría si te tiene que soltar un buen rapapolvos.
Barry sonrió, nostálgico.
―Sí, lo sé. Tengo padres fantásticos, ¿no? ―dijo, arqueando una ceja y poniéndose en pie. Eobard le devolvió la sonrisa, solo una línea rígida mientras se veía reflejado en los ojos verdes de Barry―. Voy a preparar té, ¿usted quiere uno?
―No, gracias. Voy a ir subiendo arriba.
―Yo puedo…
―No ―cortó―. Puedo solo, gracias.
El chico abrió la boca como si fuera a protestar pero luego sus ojos brillaron con un destello culpable antes de murmurar un suave «Lo siento» y alejarse hacia la cocina, como si acabara de darse cuenta de cómo sus palabras podrían hacer sentir a una persona inválida. No que a Eobard le importara demasiado, pero tenía que mantener su coartada.
Porque ahora con Barry…. con este Barry… Cabía la posibilidad de que se hubiera encariñado en demasía, sobre todo en las últimas semanas, volviéndose éste en una de las personas que sentía más íntimas y cercanas a su "yo". No obstante, aún estaba a galaxias de distancia de sus prioridades.
Y eso no va a cambiar.
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Mientras se calentaba la tetera al fuego, Barry no pudo evitar que un nudo ascendiera por su pecho al recordar el tono cortante de Harrison cuando le había ofrecido ayuda. Sin ser su intención ni mucho menos, sus palabras le habían herido.
Suspiró y se frotó la cara. Para su sorpresa, sentirse cómodo con su nueva orientación o, puesto que solo le pasaba con el científico, con su nuevo interés, estaba resultando más sencillo de lo que había esperado. Ahora, echando un vistazo hacia las últimas semanas, todo el drama que había montado yacía deslucido y absurdo ante sus ojos.
Barry no era estúpido y era consciente de que su "relación" no podía siquiera llamarse relación. No habían estipulado lo que eran o dejaban de ser y, aunque el velocista sospechaba que sus sentimientos por Harrison Wells se encontraban en pleno proceso de desarrollo, tampoco se sentía inclinado a formalizar algo o a complicar las cosas tan pronto. Porque si, no sería fácil, tanto por la diferencia de edad como por lo que dirían sus familias y amigos ―sobre todo, Barry tenía muchas reservas respecto a Joe y a su padre―.
Cuando el té estuvo listo, removió de su mente el vergonzoso hilo de pensamientos y ascendió las escaleras hasta la habitación.
El Dr. Wells ya se había deslizado bajo los cobertores de la cama, con el cuerpo medio inclinado contra la cabecera, y un libro yacía en sus manos. Cuando le escuchó entrar, alzó la vista.
―Siento lo de ahora ―espetó Barry, antes de que Wells pudiera decir nada―. no quería insinuar que… llamarle inútil ni nada de eso. ¿Sabe que no lo pienso, verdad?
―Barry…
El chico cabeceó de un lado a otro, obstinado.
―¿Lo sabe, Dr. Wells?
Se aguantaron la mirada durante unos segundos en los que Barry no estuvo dispuesto a ceder, no en algo que parecía tocar tan hondo en el autoestima del otro hombre.
Finalmente, un suspiro brotó de entre los labios que se curvaron hacia arriba, y los ojos azules se cerraron.
―Creí haberte dicho ayer que tenías permiso para tutearme, Barry.
―Si, bueno.
El aludido se encogió de hombros mientras se sentaba en la cama con él.
―No es fácil cambiar las costumbres. Usted… Tú ―rectificó ante la ceja enarcada de Wells―. tú siempre has sido mi ídolo, después de todo.
―¿Aún me tratas con semejante respeto después de conocerme en persona?
―Ya sabes que sí. pero eso no significa que esté siempre de acuerdo con tus métodos.
―«El fin justifica los medios» ―Harrison citó su propia consigna.
Barry suspiró y negó con la cabeza de forma casi imperceptible.
―No puedes pasar por encima de las personas para conseguir un futuro mejor. ¿De qué sirve un buen futuro si no tienes con quien compartirlo?
La luz artificial de las lámparas caía sobre ellos, cálida, iluminando sus rostros cuando el científico abrió la boca, como si fuera a comentar algo, solo que no dijo ni "mu". Barry no dejó de observarlo en ningún momento y se preguntó, internamente, hasta que punto podía llevar Harrison aquel lema.
―No estoy tratando de juzgarte, Harrison. Solo…
Una mano alzada le detuvo, le tomó de la quijada y le acercó hasta que las caras estaban frente a frente, sus narices rozándose y los ojos casi fundidos los unos en los otros.
―Lo entiendo. Y siento no compartir tus humildes valores. Tú eres un héroe, no por tu velocidad ni por ese traje que llevas, sino porque lo eres aquí ―colocó la palma de su mano contra el pecho de Barry, justo donde su corazón palpitaba con fuerza―. En tu alma, en todo tu ser, Barry. Estás dispuesto a dar tu vida por personas que ni siquiera conoces, a echarte el peso del mundo entero sobre tus hombros aunque no te corresponda. ―Sus labios estaban muy juntos, tan juntos que el joven velocista sentía el temblor de los de Harrison mientras éste susurraba palabras contra su boca―. Yo… ―una risa irónica―, yo no soy un héroe, aunque sé que a ti te gusta creer que sí lo soy. Las personas como tú son escasas y, puedo no compartir tus principios pero creeme, tu determinación y buen corazón son admirables.
En algún momento, Barry había contenido la respiración. Tenía un extraño nudo en la garganta, una opresión y una calidez en el pecho, donde la mano de Harrison aún reposaba. Escuchaba el martilleo de su propio corazón retumbar en sus oídos y temió que el otro hombre también pudiera escuchar lo rápido que latía.
―Yo creo… ―Barry tragó saliva―. Yo creo que cada uno tiene distintas formas de ser un héroe. Yo no podría haber hecho nada de esto sin ti, salvaste mi vida.
Pudo apreciar cómo el cuerpo del científico se ponía rígido ante sus palabras, sus ojos se volvieron dos témpanos de hielo. Pero Barry no iba a permitir al hombre cerrarse en sí mismo por lo que rompió la distancia que los separaba y encajó sus bocas. Fue un beso intenso y angustioso, donde lengua y dientes tomaron partido. Cuando se separaron ambos respiraban entrecortadamente hasta que no pudieron reprimir las sonrisas que asomaban en sus rostros.
Harrison Wells se dejó caer sobre su espalda, de nuevo, llevándose a Barry con él. Lo envolvió entre sus brazos y lo acarició durante incontables minutos.
No había mucho más que decir, de todas formas, no por parte de Barry.
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―¿Barry, puedo pasar?
El aludido se giró ante la voz y el golpeteo en la puerta de su laboratorio en la estación policial.
―¡Hola, Joe! Sí, adelante.
Volvió a sus anotaciones mientras el hombre se deslizaba al interior de la estancia, cerrando la puerta tras él, y se sentaba en una de las sillas. Su mirada estudió el entorno con atención antes de centrarse en Barry con curiosidad.
―¿Estás muy ocupado? Si quieres puedo venir en otro momento. ―Señaló a los documentos en los que su hijo trabajaba.
―¿Mm? ¡No, no claro que no! Solo estaba… ―Sacudió las manos como quitándole importancia al asunto. Luego, se dio impulso con el pie para quedar de cara a Joe― una tarea que me encargó el Capitán Singh. ¿Qué necesitas?
―Nada que te vaya a tomar demasiado tiempo ―dijo―. ¿Ha conseguido averiguar algo Caitlin acerca de esas muestras que te mandé?
El rostro de Barry se inundó con comprensión que mudó en una sombra difusa instantes después. Esto preocupó al policía, quien olvidó por un momento el otro tema que le llevaba al estudio de Barry a primera hora de la mañana.
―Estuvimos acertados en una cosa. Las muestras eran moléculas de Glucosidos y Alcaloides, ambas sustancias orgánicas que se encuentran en numerosas plantas y vegetales. Los Glucosidos son derivados de la glucosa vegetal y se suele utilizar en medicina para fabricar medicamentos con efecto laxante, o también para concentrados aromáticos.
Joe, ceñudo, levantó la mano para hacerle callar.
―¿Concentrados aromáticos? ―preguntó.
Barry tomó una bocanada de aire y asintió, solemne.
―Recuerdo que en la escena en la que encontramos las moléculas, el aire estaba impregnado de un suave aroma floral.
―Fue lo mismo en las otras desapariciones ―recordó el policía, de pronto. No le había dado mucha importancia en aquel momento, pues parecía un olor a flores o incienso, nada que pudiera utilizarse para un secuestro o asesinato. Tragó saliva―. ¿Qué hay de lo otro…Acololles ?
El rostro de Barry se desdibujó en una sonrisa.
―Alcaloides, Es un compuesto nitrogenado que tiene una función reguladora en las plantas ―explicó―. Básicamente, protege a las plantas de insectos y parásitos.
Los ojos de Joe estaban fijos en el transitar urbano más allá de las ventanas mientras intentaba entender a donde les llevaban esas pistas. Entonces, su hijo captó su atención de nuevo con una última acotación.
―También, Caitlin ha encontrado el gen meta-humano en la muestra.
Joe suspiró.
―Vuestro turno otra vez.
―Eso parece ―contestó el velocista, dándole una palmadita en la espalda―. No te preocupes, atraparemos al asesino.
―Lo sé, pero no hagas locuras ―advirtió el policía.
Barry soltó una carcajada y después murmuró algo para sí mismo que Joe no alcanzó a escuchar.
Puede que ya estuviera acostumbrado a la nueva vida en Central City, con numerosos psicópatas que resultaban poseer poderes extraordinarios, pero eso no menguaba la frustración que le hacía sentir algunas veces, al tener que dejar su trabajo en manos de otros. Especialmente, cuando su hijo era quien salía allí afuera, a plantar cara a esos metahumanos. Cuando su hijo era Flash .
Mientras se levantaba de la silla, Joe se permitió el lujo de observar a Barry, quien, comparado con las últimas semanas parecía gozar de un humor espléndido. Había sido así en los pasados tres o cuatro días, en los que daba la casualidad de que no había dormido en casa.
Ya había cogido el pomo de la puerta, cuando volteó hacia el chico.
―Barry ―llamó―. Supongo que has estado trabajando sin descanso en la oficina estas últimas noches.
El joven velocista parpadeó, confuso. ―¿Qué?
―No has dormido en casa.
Joe arqueó una ceja, interrogante.
―Oh…
Entonces lo vio, transparente y legible como un libro abierto. El rostro de su chico se encendió como dos luceros para, seguidamente, comenzar a balbucear incoherencias como cada vez que se ponía nervioso. Joe se armó de paciencia interiormente. No estaba preparado para eso tan pronto, después de que su pequeña se fuera de casa.
―Barry, tranquilízate. Ahora tengo prisa, pero ya hablaremos de esto en casa, jovencito.
Abochornado, el joven apenas y pudo asentir con la cabeza, se había quedado más tieso que el pelo de la estátua de la libertad.
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Eobard tecleó un código alfanumérico en el ordenador, tomando en cuenta las indicaciones de Cisco acerca de las últimas estadísticas de Barry en la cinta corredora. Suspiró a la vez que pulsó el botón enter, quedando todos los datos automáticamente almacenados.
―Bien, eso es todo, entonces ―dijo con los ojos cerrados e inclinado contra el respaldo de la silla―. ¿Qué hay de una película hoy, Cisco?
El hispanoparlante acabó de recoger unos planos ―alguna arma de nueva fabricación que tenía entre manos, probablemente― y se giró hacia él.
―No puedo ―Se lamentó, pero seguidamente una sonrisa canina se plasmó en su rostro―. Tengo una… belleza a la que llevar a ver el atardecer.
Eobard abrió los ojos, divertido.
―Oh, dio sus frutos esa caza pre-navideña, entonces.
―Por supuesto, ¿acaso dudabas de mi?
Puso los ojos en blanco como diciendo «¿Quién se resiste a este cuerpazo?», ante lo cual el científico del futuro no pudo sino sentir un ramalazo de simpatía y cariño. Era algo que le pasaba con frecuencia cuando Cisco estaba involucrado, pero que trataba de dejar sepultado bajo toneladas de piedras y cimiento. Sonrió, beato, mientras veía al chico coger sus pertenencias.
―Así que sí, fue bueno que Barry se desapareciera. Debió irse con aquella tía de ojos azules, aunque no me ha querido contar nada después de ello. ¿Puede que no le fuera bien? ―meditó Cisco, pensativo. Luego solo se encogió de hombros―. En fin, nos vemos mañana, Dr. Wells.
―Hasta mañana, Cisco.
Eobard levantó la mano en ademán de despedida mientras contemplaba a su fiel trabajador caminar fuera del Córtex. No podía entretenerse demasiado puesto que Barry no tardaría en dirigirse a su casa, lo cual era molesto y engorroso porque realmente necesitaba terminar con la fabricación del suero. Se quitó las gafas y se frotó los ojos, sintiéndose de repente muy agotado.
―¿Un día duro?
Alzó la cabeza para ver a Barry ahí de pie, apoyado contra el quicio de la puerta y una sonrisa deslumbrante curvando sus labios. Eobard no pudo evitar devolverle la sonrisa. Se veía tan… atractivo justo en ese momento, vestido con ropa de calle y una chaqueta de piel marrón.
―Seguro que no tanto como el tuyo. Caitlin me dijo que tenemos un nuevo metahumano que rastrear ―dijo, haciendo rodar la silla hasta que estuvo a centímetros del chico.
―Sí. ―Barry suspiró―. Parece que esto de ser un héroe no permite descansar a uno, encima a Joe le ha dado por mirar en mi cama cada noche y ha descubierto que no he estado durmiendo allí.
Eobard enarcó una ceja, vislumbrando su oportunidad.
―Tal vez deberías dormir más en tu casa.
Barry, que había tomado asiento en su regazo con las piernas abiertas, le miró, ceñudo.
―¿Estás tratando de echarme sutilmente? ―inquirió.
Silencio. Ni una palabra fue dicha a pesar de que Eobard forzó a su boca a abrirse y a negarlo porque, no es que quisiera echarlo, no es que no adorara tenerlo en sus brazos cada noche, saborear su cuerpo y llevarlo hasta el linde de la locura. No era una cuestión de querer, sino de deber. Debía conservar las distancias, mantener el control y, además, completar el estudio acerca de los poderes de Dante Redbird.
Barry pareció ver la duda en sus ojos porque una expresión herida cruzó por sus facciones justo antes de levantarse y alejarse de él.
―Entiendo. No era mi intención ser una molestia.
Eobard se maldijo interiormente.
―Barry, no es lo que tú piensas, pero…
―No, está bien. En serio. ―Sonrió, pero el científico ponía la mano al fuego por la falsedad de esa sonrisa―. Debería irme.
―Podemos ir a mi casa un rato, es pronto ―replicó el hombre de ojos azules, contrariado.
Sin embargo, Barry se mantuvo en sus trece.
―Mañana. Si quieres, no quiero incitar más sospechas en Joe ―mintió.
Después de unos instantes en los que la quietud enmudeció al mundo, Eobard cabeceó levemente, murmuró un lacónico «Vale» y correspondió al casto beso que Barry depositó en sus labios antes de irse, y que, para su horror, provocó que un temblor sacudiera todo su cuerpo. Una vez solo en Laboratorios S.T.A.R, se permitió tomar una generosa bocanada de aire. De repente, le acometieron unas ganas ardorosas de matar a alguien.
Bueno, al final has conseguido lo que querías, Eobard, tiempo para perfeccionar tu suero, se dijo, mandando a tomar viento a Barry Allen y a aquel resquicio de malestar que se había instalado en su pecho.
Su vuelta a casa estaba cada día más próxima.
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Maika giró el último recodo, por la bifurcación que le llevaría a la misteriosa farmacia. Su mamá se había levantado y comenzado a vomitar de repente, haciendo mucho ruido, y le había pedido a la niña de siete años que fuese a comprar unas medicinas a una tienda. Maika no sabía que existían tiendas abiertas en plena noche como carruseles mágicos, y, cuando su mamá le hubo explicado cómo llegar ―«A menos de cinco minutos, cariño»―, la niña se había preguntado si estaría atendida por brujas o fantasmas. Esperaba que no, los fantasmas no le daban miedo porque eran personas que habían muerto y echaban de menos a sus familias, pero las brujas eran feas y horribles y muy malvadas, lo decían todos los cuentos que papá le había leído antes de abandonarlas a mamá y a ella.
El callejón era estrecho, delimitado por edificios tan altos que parecían perforar el cielo, y tan viejos que las paredes lucían roídas por la humedad y el paso del tiempo, con manchones de mugre y grietas oscuras como ojos de arañas. Solo había una farola, parpadeando de forma intermitente, y, al final de la callejuela, el rótulo de una cruz que centelleaba como un lucero en medio de las sombras.
Maika reconoció al instante el logotipo de las farmacias. Encogida dentro de su pequeño abrigo, avanzó unos pasos al interior de la angosta desviación. Sus pisadas sonaban rugosas sobre el asfalto. Las piedrecillas minúsculas que iba chutando sin querer rodaban sobre el pavimento, como si huyeran de algo. Había un contenedor en la mitad del camino, con cristales por el suelo y bolsas de basura que rebosaban la cabida total. La cara de la niña se contrajo en una mueca de asco y se tapó la nariz, aunque de poco le sirvió. El olor era demasiado pérfido y nauseabundo como para ser mermado. Lo era, al menos, hasta que una brisa floral, a rosas, atravesó toda la callejuela de lado a lado, como una saeta aromática.
Maika abrió los ojos y la boca desorbitadamente a la vez que extendía los bracitos a cada costado de su cuerpo, dejándose llevar por el bienaventurado olor.
―¡Qué bien huele!
Inspiró hondo, tratando de aspirar lo máximo posible de aquel dulce encanto para las fosas nasales. El ojo de la farola parpadeó. Una rata salió corriendo de debajo del contenedor provocando que Maika se sobresaltara y emitiera un chillido agudo.
―Qué susto… ―murmuró―. No me gustan las ratas.
Entonces, sus ojos marrones advirtieron un brillo junto a la extraña lámpara que parecía estropeada. Curiosa, se acercó con cautela y pudo comprobar, ilusionada, que se trataba de una radiante rosa blanca.
«Se la llevaré a mamá, seguro que le gusta y, como se pondrá muy contenta, le ayudaré a curarse». pensó mientras se arrodillaba frente a la flor y alargaba su mano para cogerla; sus ojos reluciendo emocionados.
Entonces los pétalos de la rosa incrementaron diez veces su tamaño. La niña se cayó sobre su trasero.
―Es… ¡Es una rosa mágica! ―exclamó, justo antes de que las espinas de la planta crecieran también, como cuchillas y se clavaran en los brazos de la niña, que gritó del dolor cuando se vio tachonada contra el pavimento―. ¡No, su-suéltame!
Las heridas escocían en sus brazos como si le hubieran echado alcohol. Su cara era un cuadro mortificado de puro terror cuando la rosa se alzó sobre ella, letal como la misma muerte; los pétalos abiertos como las membranas de un monstruo y, en el corazón de la rosa, se adivinaba un orificio circular cuyo perímetro estaba atestado por una hilera de gigantescos y afilados colmillos.
Maika abrió la boca y emitió un alarido ensordecedor. Lagrimones descendieron de su rostro al ver como esos monstruosos dientes se cernían sobre ella y le arrancaban de cuajo toda la parte inferior del cuerpo. La sangre se derramó sobre el suelo. Había vísceras y trozos de pellejo entre el charco escarlata. El dolor era insoportable, Maika solo quería dejar de ver y sentir todo aquel martirio, quería que no le hicieran más daño.
Minutos después, junto al contenedor, se alzaba una forma ovalada, hedionda y putrefacta. Era la cabeza de la niña decapitada, pero las cuencas en las que antes habían brillado unos genuinos ojos ahora estaban vacías. Los ojos habían sido arrancados antes de que Maika fuera degollada.
Siento la escena final, fue algo violenta pero era necesaria para ambientar el tema del nuevo metahumano. Espero que os haya gustado, no obstante.
^^ Cualquier sugerencia no dudéis en comentármela.
