¡Buenos días, lectores! Siento mucho el retraso, no tengo remedio, es que son demasiado largos los capítulos para hacerlos en una semana pero bueno... OH DIOS MIO! ¿Visteis el ultimo capitulo de Flash? ¡Genial! no puedo dejar de obvervar a Harry y Barry cuando se miran y awww es que saltan CHISPAS. Ejem... lo siento, tenía que decirlo XD
En fin, espero que disfrutéis el capítulo y del regalo HOT que va con él :)


Me haces amar, odiar, llorar, tomar cada parte de ti.

Me haces gritar, arder, tocar, aprender todo de ti.

Día Zella

7. Nuestro secreto

Solo habían pasado un par de días desde que Harrison le hubo pedido, sutilmente, que no se acostumbrara a dormir en su casa; por lo tanto, dos días desde que Barry había hecho lo posible por no coincidir a solas con él en la misma habitación. La agitación que reinaba en Central City a causa de unos asesinatos consecutivos, a diario, acontecidos en las últimas noches, les habían mantenido ocupados y habían hecho que su propósito fuera más sencillo. Desde luego, puesto que Harrison no había intentado ningún acercamiento en esos dos días, tampoco es que fuera un gran logro el haber conseguido evitarlo.

―¡Imposible! ¡Este tipo es más escurridizo que los suelos de Vim Clorex !

―O tipa, ni siquiera sabemos eso ―comentó Caitlin, con un suspiro.

Cisco masculló algo entre dientes mientras hacía rodar un bolígrafo entre sus dedos y su pie tamborileaba sobre el suelo, no pudiendo estarse quieto en la silla. Finalmente, soltó un reniego.

―No puedo creer que no tengamos nada. Este último algoritmo tendría que haber funcionado, debería haberlo hecho.

―¿Solo porque es tuyo? ―increpó Barry, desde una esquina.

―Eh, ¿cual es tu problema? Has estado todo borde y estúpido últimamente.

Barry frunció el entrecejo hacia su amigo.

―Yo no… ―suspiró. No tenía sentido de ser el reprochar, no cuando sabía que Cisco tenía toda la razón del mundo. Cerró los ojos y se masajeó la sien―. Disculpa, estoy frustrado, supongo, con lo de este nuevo metahumano y además lo de Iris...

―Todos estamos frustrados, tío. ―Entonces, como si le acabaran de pellizcar, el hispanoparlante pegó un bote en la silla negra y clavó sus ojos en el velocista―. ¿Iris? ¿Qué ha pasado con Iris?

«Oh, mierda, serás bocazas, Barry» , imprecó interiormente al darse cuenta de las ávidas miradas con las que Cisco y Caitlin le observaban, a la espera de una explicación.

―Nada, no ha pasado nada, ¿que podría haber pasado? ―Había permanecido con los brazos cruzados frente al pecho hasta ese momento pero, fruto de su nerviosismo, se vio en la necesidad de moverlos, hacer lo que fuera con ellos, por lo que se dirigió a una de las estanterías junto al pizarrón y se puso a ordenar unos carpesanos al mismo tiempo que continuaba barbotando―: Es solo que… ya sabéis, el tema de Flash. Joe sigue reacio a contarle nada y yo no estoy acostumbrado a guardarle secretos. Eso es todo.

Barry podía decir por las cejas arqueadas de su amiga pelirroja y por los ojos entrecerrados de Cisco que su tesis no había logrado convencer a ninguno de los dos, pero, para bien o para mal, Harrison también se encontraba ahí y pareció decidir que aquel era el momento de atajar el rumbo que estaba tomando aquella conversación.

―Si tenemos en cuenta la hora de las muertes, entre las dos y las cinco de la mañana, junto al rastro floral que perdura después de cada asesinato o desaparición, además del hecho de que las muertes se han sucedido en los lugares más lúgubres de la ciudad… ―Mientras hablaba sus dedos se deslizaban sobre las teclas ágiles como las patas de un arácnido. Tenía el ceño fruncido en concentración y sus ojos azules no se apartaron del monitor hasta que pulsó el botón para confirmar su cálculo―. Bueno, tal vez no podamos localizar al asesino, pero creo que puedo asegurar en un 85% donde hará su próximo movimiento.

Las últimas sílabas flotaron en la estancia enmudecida durante largos segundos, segundos en los que Barry tuvo que refrenar las ganas acuciosas por arrastrar a aquel increíble científico a una sala vacía y comerle a besos hasta que le rogara que durmiera con él. Era difícil recordarse que estaba enfadado, sobre todo porque ni siquiera lo estaba. Dolido, un poco, incluso humillado por su evidente entusiasmo en contraposición al estoicismo y el despego del que Harrison hacía gala. Avergonzado porque, cuantas más vueltas le daba, más se percataba de cuán infantil había sido su reacción y, consecuentemente, más bochorno le daba enfrentar al otro.

Cisco fue el que rompió el silencio.

―Eso… puede funcionar. ¡Sí, eso es! Dr. Wells, le otorgaría el honor de acuñar el nombre de este metahumano si no lo tuviera ya pensado.

―Ni siquiera sabemos con certeza cuál es su superpoder ―dijo la chica.

―Sabemos que es un gran campo de flores silvestres andante.

Los ojos de Harrison estaban fijos en Cisco cuando sonrió y se colocó el puente de las gafas con la clara pretensión de aportar algo.

―Tal vez deberías replantearte ese mote, sea cual sea, Cisco, porque puede que no estemos buscando solo a uno.

Barry parpadeó, sorprendido ante la insinuación. ¿Podría ser más de uno? En ese caso, ¿eran dos personas o toda una pandilla de metahumanos ? La idea no le reconfortaba, ni a él ni a sus dos amigos que también se habían girado hacia el científico con expresiones interrogantes a la par que circunspectas.

―¿Quiere decir…? ―empezó Caitlin―. ¿Que le hace pensar eso, Dr. Wells?

―Las muestras que analizamos ayer ―dijo, apoyado en su codo sobre el reposabrazos de su silla de ruedas―. En ellas encontramos azufre y nitrato de potasio, principales componentes de…

―De la pólvora ―comprendió Barry.

―Sí, de la pólvora ―dijo el científico, en un hilo de voz.

Sus ojos se buscaron y se encontraron. Fue el primer cruce de miradas real desde su distanciamiento, y Barry sintió que se derretía ante la inmensidad de aquel océano azul. Tragó saliva, pero no tardó en romper el contacto visual, temeroso de resultar demasiado evidente frente a sus compañeros.

―Genial, o sea que vamos detrás de un campo de flores y de un campo de minas andantes. ¡¿Enserio!? ―clamó Cisco, enarbolando las manos como si sus palabras fueran destinadas a un ente divino―. ¿Es que no era suficiente con un metahumano con idilios de Saw 4, tiene que haber más?

Barry se entretuvo observando como su amiga ponía los ojos en blanco y suspiraba con exasperación. Cisco era incorregible, sí, pero incorregiblemente entrañable, tanto que el velocista no pudo ocultar la sonrisa que se esbozó en su rostro. Al menos había alguien que siempre encontraba las fuerzas para estar de buen humor.

Una vez hubieron acordado la hora de reunión para la operación de aquella noche ―«Operación anti-homicidios en el cementerio, ¿os dais cuenta de la ironía del asunto?» había sido el certero apunte del hispanohablante―, Barry, que predijo las nuevas intenciones de Harrison, se escabulló en cuestión de milisegundos, literalmente, dejando al hombre con la frase en la boca, a medio terminar, además de con un creciente mosqueo palpitando tras su sien con una vibración rojiza.

Horas más tarde, el velocista supo que no debería haber huido con el rabo entre las piernas cuando Harrison, al fin, se animaba a cuestionarle. Por un lado, no era propio de Barry eludir las dificultades tanto morales/emotivas como de otra índole en lugar de enfrentarlas, él más que nadie debería saber que no se saca nada en claro con dicha actitud; y, por otro lado, creía poder alardear de estar conociendo al científico cada día más, poco a poco, lo cual le había revelado que el hombre tenía peor genio del que intentaba aparentar, un carácter bastante temperamental. Por tanto, Barry estaba bastante seguro de que, con su comportamiento, se encontraba a una zancada de rebosar el vaso de paciencia de Harrison Wells.

Así que, bajo la mirada suspicaz de Joe, dejó saber que ese día iba a cenar fuera.

―¿Y a qué se debe eso? ―vino la voz del hombre, desde el sofá.

―Tengo planes ―dijo solamente.

Joe enderezó su posición, de esa forma propia de él cuando quería ahondar en un tema, cuando llegaba la hora de prender sus alarmas. El que la televisión hubiera sido puesta en silencio de forma repentina no era una señal alentadora.

―¿Con la chica misteriosa?

Barry, que se encontraba frente al espejo del salón vistiéndose la cazadora, se giró para mirarlo.

―Joe…

―Mira, Barry. Solo quiero tener un poco de información para dejar de preocuparme, entiendo que no me cuentes todos los detalles, es más, lo agradezco, gracias ―Sacudió la mano―. Pero todo este… secretismo, las salidas encubiertas, tus mentiras, no creo que sea necesario. Tú no eres así.

Lo peor era que Joe tenía razón, él nunca antes había actuado así, no con quien era prácticamente su padre. Se mordió el labio, un sentimiento de culpa sacudía sus entrañas, pero aún así…

―Siento… preocuparte ―murmuró, dubitativo―. Pero no sé qué decirte, no hay ninguna chica misteriosa.

―¿De verdad? ―Su voz destilaba sarcasmo, y su actitud, cruzado de brazos y con las cejas arqueadas, incredulidad cuando agregó―: Porque yo aún me acuerdo de la conversación del día de Acción de Gracias, ¿tú, no? Algo sobre sí quizás lo que habías sentido por Iris no había sido real.

Barry negó con la cabeza.

―No recuerdo haber dicho en ningún momento que hubiera una chica, ¡fueron suposiciones tuyas!

―Sí, Barry, pero yo no me chupo el dedo.

El chico puso los ojos en blanco ante la cortante respuesta. No podía creer que estuviesen teniendo aquella conversación en ese momento. ¡No podía creer que la estuviesen teniendo! Y no le gustaba, en absoluto. Barry odiaba mentir pero tenía que hacerlo con respecto a este tema en concreto. Desalentado, se pasó las manos por la cara y resopló entre ellas, consciente de que la mirada de Joe seguía fija en él, a la espera. Ocultar la verdad cada vez se volvía más complicado.

―He estado entrenando, ¿de acuerdo? ―dijo, al fin, enfrentando a Joe directamente, ojo con ojo―. He estado entrenando con el Dr. Wells por las noches, ya que desde que me convertí en Flash casi no necesito dormir y, de hecho, coger sueño es una misión de último rango. Pensamos que era una buena idea aprovechar esas horas para perfeccionar mi velocidad teniendo en cuenta que las últimas veces que me enfrenté al Reverso de Flash, mi poder era notablemente inferior al suyo. No importa cuánto lo intente, Joe, él siempre consigue escaparse… y no puedo permitir que siga pasando. Eso es todo.

Si al otro hombre le hubiera gustado agregar algo, o cuestionar su cordura por fiarse de Harrison Wells ―cosa que no extrañaría a Barry pues Joe parecía tenérsela jurada al científico―, no tuvo oportunidad de hacerlo. El velocista desapareció en cuestión de segundos, zanjando la conversación sin opción a réplica. Un destello dorado parpadeó en el aire por un instante en la estancia donde Joe se había quedado helado por el arrebato del chico. E Inquieto porque, en efecto, no se fiaba ni un pelo de aquel científico hipócrita y misántropo.

0.o.o.0.O.0.o.o.0

Barry le había enviado un mensaje antes dirigirse hacia su casa, por lo que cuando entró por la puerta cargando dos bolsas con el logotipo de Big Belly Burger y con una sonrisa afable, Harrison ya llevaba unos cinco minutos esperando su llegada.

―He parado a coger la cena ―tentó, levantando las bolsas.

El otro hombre no le respondió enseguida, sino que, para inquietud del velocista, se lo quedó mirando, impertérrito. Cuando por fin habló, sin embargo, las comisuras de sus labios se curvaron levemente hacia arriba.

―Dijiste que vendrías al día siguiente, pero te has encargado de pasar desapercibido, y… ―se cruzó de brazos, burlón―. ¿Ahora decides sobornarme con una Big Belly Burger?

Barry dejó las bolsas en un mueble del vestíbulo, coronado con un amplio espejo en el que ambos se reflejaban, uno frente al otro, y se acercó un par de pasos hasta quedar tan cerca del hombre, muy cerca.

―No necesito sobornarte, pero si quería disculparme. ―Ladeó la cabeza, curioso, antes de agregar―: ¿Por qué finges no estar cabreado? Nunca me imaginé que tenías tan mal genio. Eres muy bueno ocultándolo, pero... no lo tienes que hacer ―señaló Barry―. No cuando yo deseo conocerte tal cual eres, la luz y la oscuridad que forman parte de ti. Lo quiero todo, no solo tu amabilidad.

Durante un instante, el chico juró ver como Harrison parpadeó con sorpresa y algo más, pero fue un segundo insuficiente y, luego, el hombre había tirado de su camisa hacia abajo con brusquedad hasta que Barry se vio atacado por unos labios ansiosos e insaciables, que devoraron los suyos con el regusto amargo de la desesperación y del coraje que había sentido esos días, uno que Barry aceptó gustoso.

No opuso resistencia cuando Harrison tiró de él y Barry se vio arrollado por una fuerza sobrecogedora, por unos brazos fuertes que lo rodearon y lo hicieron encaramarse como pudo sobre su regazo. Una protuberancia se clavó contra él al hacerlo y el gemido que brotó de sus labios fue irreprimible. De un momento a otro las manos de Harrison estaban en su espalda, bajo la ropa, su lengua y dientes marcaban territorio por la piel de su cuello. Desfogando su deseo, ahogándolo en la propia excitación de Barry, quien sentía cómo la sangre le burbujeaba por dentro a la vez que sus sentidos navegaban en un vértice sensorial infinito.

Enredó los dedos entre el pelo de Harrison mientras echaba la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados y la boca abierta en un ronco jadeo al sentir los labios ajenos succionando su pezón. Con rudeza, con codicia. Un mordisco, y otro, junto a la clavícula. Aquello dejaría marcas.

―¡Espera! Espera… un momento.

El hombre alzó la cabeza de su pecho y lo miró. Sus pupilas estaban dilatadas por la lujuria y los labios hinchados y rojos. Barry tuvo que luchar por centrarse y no perderse en las riendas de esa imagen.

―¿No crees que deberíamos hablar sobre esto?

―No ―espetó el científico y atacó su pecho de nuevo, impaciente.

―¡Oh, vamos! ―profirió, deteniendo las obscenidades del otro hombre, quien no pudo reprimir un sonido de frustración―. Es importante para mi, necesitamos aclarar las cosas.

Hubo un momento de tensa quietud en la mansión, una en la que casi se apreciaba el corretear de insectos minúsculos o del manso bufido de un viento inexistente. Barry le aguantó la mirada con determinación, resoluto a no ceder esta vez. Finalmente, Harrison se dejó caer contra el respaldo de la silla, pellizcándose el puente de la nariz.

―No es de mi opinión que justo ahora, contigo encima mío y tu camisa desabrochada sea el momento idóneo para tener una conversación, pero… ―Suspiró―. ¿Sobre qué quieres hablar?

―No sé, sobre nosotros, ¿tal vez? ―Se encogió de hombros, su voz destilaba cierto retintín―. Nunca llegamos a especificar nuestra relación, si es que tenemos alguna o esto solo es sexo. Es decir… Quiero saber a qué estás dispuesto tú, qué deseas, qué… Sé que nos estamos conociendo, en este terreno al menos, pero...

―Creo que ya deberías saber que no eres solo sexo ―intervino el otro hombre. Su semblante serio junto a sus palabras y lo que ellas conllevaban hicieron que a Barry se le atorara la respiración por un instante.

Pensó que sí, tal vez Harrison estaba en lo cierto y él debería saber que no era solo algo esporádico, ni solo sexo… ¿cuál era el término? ¿Follamigos? Aún así, no podía estar seguro, no hasta escucharlo de sus propios labios, no cuando todo lo suyo debía permanecer en secreto, oculto del resto del mundo como un acto erróneo, como si estuviera cometiendo un delito. Barry se estremeció ante el pensamiento.

―Es solo que… ―Su boca se sentía pastosa al hablar―. Me-me preguntaba acerca de Hartley ―Ante la ceja enarcada de Harrison, Barry trató de justificarse, nervioso―. Sé que es una tontería, quizás son solo paranoias mías, pero, tú… él…creí que era posible que…

El suave pero firme contacto de una mano en su mentón detuvo su diatriba absurda. Había estado con la vista fija en cualquier sitio ―la gran lámpara de araña, el mueble bar, el cuadro del fondo que le recordaba a picasso―, cualquier sitio menos en el científico, pero en ese momento fue obligado a bajar la mirada y ahogarse en aquellas lunas azules.

―Barry, cállate ―siseó. Un escalofrío ascendió por la espina dorsal del chico, un sentimiento perdido en algún punto entre el temor y la excitación se desplegó dentro de él ante el tono de voz―. Nunca tuve ningún tipo de relación sexual o romántica con Hartley, puedes decir que él era "mi ojito derecho", un chico que goza de una inteligencia asombrosa y sin precedentes.

Barry frunció el ceño, contrariado por tantos halagos. Harrison no pudo evitar sonreír de medio lado.

―Pero nunca fue tan especial como lo eres tú, debes creer en tí mismo, Barry ―y agregó, contra su boca―: Yo creo en tí.

El hálito de Wells acarició sus labios; sus palabras golpearon su corazón. En ese momento, sumergido en sus ojos, en su intimidad, con sus labios rozándose y el corazón abierto de par en par, supo que aquel hombre tenía la facultad de elevar su espíritu con su sola presencia, con su simple apoyo, con una sola mirada.

―¿Vamos a cenar? ―musitó Barry en un hilo de voz, temiendo romper aquel agradable momento.

Harrison restregó su nariz contra la suya de forma juguetona y, en el mismo volúmen bajo, contestó: ―Ahora mismo estoy hambriento de algo más que una Big Belly Burger.

Barry no pudo o no quiso responder a eso, cuando una oleada de necesidad le sacudió el cuerpo capturó la boca de Harrison con la propia, fundiéndose en un beso que empezó lento y calmado pero que no tardó en volverse una guerra salvaje de dos bestias en febril anhelo.

Las manos de los dos navegaron por todos lados, tocando, acaparando cada centímetro de piel al descubierto después de haberse arrancado, ambos, las camisetas.

Una lamida en el cuello.

Harrison gimió, los ojos cerrados.

Mordisco. Nuevo gemido.

Barry tenía los labios tumefactos de succionar la piel del cuello, bajo la barbilla. Justo donde se encontraba la nuez de Adán, había una roncha morada y salivada, marcas de dientes también. El chico la lamió por última vez, orgulloso de su hazaña, antes de volver a unir sus bocas. De mientras, Harrison, que parecía cada vez más desesperado y ansioso, había dejado vagar sus manos hasta su culo, aferrando con fuerza sus cachetes por encima de los pantalones y masajeándolos con un deleite mórbido. A Barry se le escapó un jadeo ronco.

―Por Dios… Harrison.

Alentado por sus gemidos, el hombre oprimió más vigorosamente provocando un aumento en el restregón de sus miembros. Ambos tenían la polla dura como un roca y estaban calientes como un volcán en erupción. Al alzar la cabeza, se miraron a los ojos y Barry creyó que podría correrse solo con aquella visión de Harrison Wells, despeinado, los labios rojos e hinchados, las mejillas encendidas y sus maravillosos ojos azules convertidos en dos pozos de lascivia infinita, de promesas impúdicas que dispararon la presión sanguínea del joven velocista.

―Vamos a la cocina ―sentenció el hombre.

Aunque hubiera querido preguntar el motivo, que no quería, no hubiese tenido oportunidad. Tal y como lo dijo, Harrison había murmurado un "Bésame" autoritario contra su boca, mordido su labios inferior y comenzado a desplazar la silla de ruedas hacia su destino. Yendo de espaldas, Barry temió por un momento que fueran a chocar al ir medio a ciegas mientras se daban el lote, pero sus dudas se esfumaron en un soplido cuando el soporte de los pies resonó contra la encimera y su movimiento se detuvo.

―Súbete encima y quítate todo.

Barry se relamió los labios, nervioso a la vez que complacido por el rol dominante que Harrison estaba asumiendo. Sin vacilación alguna, se apresuró a obedecer su mandato y se encaramó sobre la encimera de mármol como Dios lo trajo al mundo, a un lado de los fogones; las piernas abiertas de cara al otro hombre que jadeó de anticipación al ver el miembro erecto, grande, perfecto, entregado, de Barry, con una mata de vello rizado rodeando la base junto a los testículos.

El joven velocista sintió cómo se le calentaban las orejas ante semejante mirada. Se removió, abochornado.

―No te me quedes observando así.

Harrison sonrió.―¿Así, cómo?

―Como… Con… a mi… ―Se calló abruptamente dándose cuenta de que estaba chapurreando y que, en consecuencia, el científico se estaba mordisqueando el labio inferior tratando de no reír―. Eres un idiota. ¿Te diviertes burlándote de mí?

―Eso parece, eres adorable y eso te hace endemoniadamente caliente ―dijo, acariciando los muslos de Barry con suavidad―. No te muevas.

Un cosquilleo le ascendió por la zona por donde las manos del hombre se habían deslizado, espoleando su excitación hasta niveles que nunca antes había experimentado con nadie más. Su pene brincó, demandando atención.

En una nebulosa de sofocación, Barry vio con asombro cómo el científico, que se había acercado hasta la nevera, sacó una tarrina de lo que parecía helado del congelador antes de colocarse de nuevo frente a Barry, entre sus piernas; su expresión había mudado en una sonrisa obscena.

―Estás de broma, ¿verdad? Es pleno invierno ―dijo Barry.

Pero no, no lo estaba.

―Te dije que tenía hambre de algo más.

Y sí, por supuesto que lo hizo. Harrison abrió la tarrina que depositó a un lado de la encimera y untó sus manos con el helado que fue depositando primero por su pierna derecha en un camino ascendente. Un quejido agudo asomó de entre los labios de Barry ante el frío contacto.

―¡Eres un…! ―Una porción fue deslizada ahora sobre su abdomen―. Ay, ay, ay, ¡está congelado!

Harrison detuvo su proceder y lo contempló con una ceja elevada en ademán provocador.

―Muy elocuente, Sr. Allen. El helado, en efecto, está congelado. Sobre todo si lo acabo de sacar del congelador.

Barry fue a poner los ojos en blanco pero se vio interrumpido por su propio gimoteo al sentir una lengua deslizarse por su vientre. El otro hombre se había inclinado hacia delante, aguantando las piernas de Barry abiertas con sus manos, y comenzado a lamer y succionar toda la zona del estómago, recogiendo los restos de helado con su lengua y emitiendo sonidos de satisfecho deleite.

―Mm… estás delicioso.

―Oh, sí… mm…

―Sí, sé que lo disfrutas.

Apoyado hacia atrás sobre sus manos, Barry se sentía desfallecer. No podía creer lo que estaban haciendo con el helado, probablemente no podría volver a comerse un cucurucho sin dejar volar a su imaginación. Pero no se quejaba, ¡y tanto que no se quejaba! Aún si, sin ser la primera ni la segunda vez que hacían cosas… sexuales, se sentía más tembloroso que una gelatina royal , no podía dejar de disfrutarlo. A él. A Harrison Wells.

Un pellizco en uno de sus pezones le hizo morderse el labio para no gemir. No sabía si sería capaz de aguantar mucho más. Harrison continuaba jugueteando con la piel de su estómago y su cadera, también por la pierna e incluso adentrándose por las ingles. Mas en ningún momento prestó atención a su pene, ¡y joder que necesitaba atención! Sobre todo cuando, de forma involuntaria, al estar lamiendo por zonas cercanas, éste rozaba su mejilla o su barbilla contra su mástil que ya segregaba un poco del líquido blanquecino.

Ya era suficiente con la fuerza veloz, que le hacía perder dominio sobre su aguante, como para que encima fuera torturado con tal habilidad.

―Ah… ¿no decías q-que tenías hambre? ―inquirió Barry de forma entrecortada.

Notó la sonrisa del científico contra su pierna.

―¿Muy impaciente? Te dije que tenías que aprender a tener paciencia.

Un lamento frustrado escapó de la boca del joven velocista. ―Si tengo más paciencia voy a explotar sin tener tu puta boca donde debería estar.

El destello de mofa que rielaba en los ojos cobalto fue substituido por uno más oscuro, más animal. Primario y ardoroso. Segundos después Harrison le hizo inclinarse para darle un beso metiendo la lengua hasta la garganta de Barry a la vez que bajaba la bragueta de su propio pantalón y dejaba libre su polla, endurecida y palpitante. Luego, se puso un poco más de helado en la mano y rodeó con ésta toda la extensión del chico, que gritó con una mezcla de alivio y sobresalto ante el gélido contacto. Sin embargo, el frío no tardó en ser subyugado por la explosión de calor que envolvió a su pene cuando el científico se lo tragó entero. Barry dejó escapar un largo y ronco jadeo, uno que hizo trepidar sus cuerdas vocales casi tanto como a su cuerpo.

―¡Es demasiado, ahhh…! ―Gimió, con la respiración agitada. Su pecho moviéndose arriba y abajo―. No aguantaré mucho.

Sin dejar de aspirar y succionar de la base a la punta, dando ocasionales lametones entre los testículos, haciendo a Barry derretirse con su boca, Harrison comenzó a masturbarse también, demasiado excitado como para seguir esperando. Ver al chico de aquella forma, es más, ser él quien lo convirtiera en aquella masa temblorosa de quejumbrosos gimoteos le estaba llevando a su límite.

Harrison oprimió más fuerte con sus labios. Barry sintió una marea de lava derramarse en su interior cuando ya no pudo reprimir más el orgasmo. Sus testículos se estremecieron, sus piernas vibraron más de lo que lo harían en una persona normal y sus manos se aferraron al pelo del otro hombre, que aumentó la velocidad de las caricias sobre su propio pene.

―¡Ha-Harrison! ―gritó y eyaculó con fuerza―. ¡Ohhh!

―¿Cómo puedes ser tan…? ―pregonó el científico, extasiado, en cuanto se tragó el líquido amargo. Pero él tampoco estaba para tonterías, con un último gemido incoherente que sonó sospechosamente parecido a «Barry», terminó contra su mano.

La sala se vio sumida en un repentino silencio, sólo quebrado por el sonido intermitente de sus respiraciones. El semen de Harrison goteó hasta el suelo desde su mano y un poco había caído sobre la tela negra de los pantalones. Barry se limpió el sudor de la frente y suspiró, agotado pero inmensamente relajado. Eso de que el sexo te absorbía las fuerzas y el estrés era mucho más que un cuento de hadas.

Sus ojos verdes buscaron los de Harrison, libres de los anteojos que habían quedado olvidados en algún momento, en algún lugar..

―¿Estás bien?

El hombre tomó una gran bocanada de aire.

―Sí, impresionado por lo mucho que me excitas y cansado.

Una sonrisa y un sonrojo bailotearon en el rostro de Barry. ―Ha sido genial ―admitió, perdiéndose en la mirada profunda del científico. Una llena de misterios.

Después de darse cuenta de la hora que era y de que aún no habían cenado ―al parecer habían perdido un tanto la noción del tiempo con sus perversidades―, se apresuraron a engullir los dos menús de Big Belly Burger que Barry había comprado a sabiendas de lo mucho que comían los dos. No hablaron mucho mientras cenaban, a excepción de un pequeño resumen de su reciente charla con Joe, pero Barry se encontró notando la ausencia de fotografías de Tess Morgan, la que había sido la mujer del Dr. Wells. Repasó en su memoria si por casualidad había visto alguna en su cuarto que se le estuviera escapando, pero nada acudió a su mente por lo que se dijo que en cuanto tuviera una oportunidad se dedicaría a fisgonear un poco en aquel tema delicado. « O » , reflexionó, « preguntarle directamente y ya está » .

―Está bien, vamos a ello, Cisco y Caitlin deben estar esperando ―dijo el científico, ya cambiado a una muda limpia―. ¿Estás preparado?

Ahora había cosas más importantes de las que ocuparse, pensó lúgubre, al evocar el cadáver mutilado de aquella niña, Maika Saintberry. Apretó los puños y asintió.

―Pero… ―El tono solemne de Harrison le detuvo de nuevo―. Antes prométeme que tendrás cuidado.

Se miraron durante unos segundos como si estuvieran teniendo una disputa mental. Sí, una disputa de personalidades. Finalmente, Barry sonrió un poco.

―Si te lo prometo me dejarás llevarte a una cita.

El otro parpadeó, perplejo. ―¿Una cita?

―Sí, una cita. Si no soy solo sexo no podemos estar siempre encerrados en una casa.

Barry sintió como era observado con detenimiento, pero Harrison no contestó ni se molestó en añadir nada más.

0.o.o.0.O.0.o.o.0

El cielo era una capa azul marino que cubría toda la superficie. La luna se había escondido, temerosa al igual que las estrellas, y los jirones de nubes se difuminaban en la espesor de la noche.

Tétrico. Taciturno. Así era el cementerio que se alzaba sobre la colina circundante de Central City en aquella oscuridad sobrecogedora. El terreno hexagonal de la necrópolis no era de lo más extenso, a penas debían haber unas 500 tumbas, algunas desfasadas por los años y otras más recientes. Sin embargo, todas instalaban un sentimiento de congoja en el pecho de los visitantes. Había también una pequeña ermita de construcción gótica, constituída por la cúpula principal y dos salas adyacentes. En el frente, los pórticos se erigían coronados por un arco ojival flanqueado por dos pilastras grandes y dos medianas que atravesaban toda la pared principal en sentido vertical. La techumbre era triangular, inclinada hacia el suelo debido a las frecuentes nevadas invernales, y una cruz de madera estaba clavada en la cima; un poco más abajo destellaba una claraboya que, durante el día, proveía de la luz natural a la capilla.

Barry se removió parapetado tras una esquina de la iglesia, inquieto. Él, Caitlin y Cisco se encontraban ojo avizor, aguardando el momento para que el metahumano ―o metahumanos en plural―, hiciera su movimiento. En un principio solo había estado planeado que fuera él, pero Harrison no se la había querido jugar dado que no tenían demasiada información acerca de los poderes del sujeto en cuestión. Por eso, Cisco se había equipado con uno de sus avanzados armamentos de congelación y Caitlin había ido con material de primeros auxilios, solo por si acaso. Harrison, por otro lado, los estaba monitorizando desde Laboratorios S.T.A.R.

―«Son las dos menos cuarto de la mañana. ¿Algo nuevo?» ―se escuchó la voz de Wells a través del intercomunicador que los tres jóvenes llevaban encima.

―¿Además de este frío desgarrador? Es decir, ¿en serio? ¿no podemos ir a una misión en un sitio medianamente confortable? ―inquirió Cisco, abrazándose a sí mismo.

Barry entrecerró los ojos y, con las manos apoyadas contra la pared de la ermita, se inclinó levemente hacia delante procurando no perderse de vista ningún detalle.

―La posible víctima parece que va a irse ya, se está levantando ―dijo con tono adusto. Flexionó las piernas de forma inconsciente como disponiéndose para la acción.

―«Estad preparados».

Todos asintieron. No hacía falta que se lo recordaran.

0.o.o.0.O.0.o.o.0

Contempló una última vez la sepultura en la que yacía su mujer. Las rodillas le dolían de las horas que llevaba hincado sobre el suelo empedrado, sus manos arrugadas se sentían acartonadas y estaban manchadas con polvo y tierra. Sus ojos, que le ardían sardónicamente en su sequedad, se encontraban rojos e hinchados.

Había sido así en los últimos días. Una rutina insulsa que daba el poco sentido que la vida, a sus ochenta años, aún conservaba, una añoranza por su compañera, por quien le había brindado de apoyo, confianza y amor durante décadas, una necesidad.

Envuelta en un andrajoso parca que parecía tres tallas más grande, la figura del anciano se puso en pie con dificultad, resintiendo el deterioro de sus huesos, que crujieron con el movimiento. Tenía los hombros hundidos sobre sí mismo y la mirada vacua dio un último vistazo a los crisantemos de vívida tonalidad amarilla que había depositado sobre la tumba, justo donde rezaba:

Catherine Isabelle Felton Radcliffe

17 de diciembre de 1935 a 5 de diciembre de 2014

"El sentido de la vida reside en cómo uno elige vivirla;

tú vida fue un ramo de rosas y alegrías para todos los que tuvieron la suerte de haberte conocido".

El epitafio que él mismo le había dedicado.

―Cathy… ¿por qué no me llevaste contigo?

Se le oprimió la garganta, un nudo asfixiante que sabía que ya nunca se marcharía, y su voz fue rota y cascada en un áspero vendaval que casi hizo volar la boina que le cubría la cabeza.

No era mala hora para volver a casa. A casa, que no hogar. Sin embargo, cuando fue a dar media vuelta y alejarse por el camino empinado de la necrópolis, una mata de hiedras comenzó a crecer precipitadamente alrededor del sepulcro de su mujer, resquebrajando el pedrusco del pavimento y abriendo la tumba en canal.

―¡No! ¡Mi mujer!

El hombre perdió el equilibrio cuando de entre las desgarradoras zarzas salieron disparadas como cohetes una lianas que le arrojaron por los aires. Cayó sobre unos escombros unos metros más allá, con el corazón desbocado en el pecho y una sacudida de dolor que hizo "crack" por todo su anciano cuerpo. Apretó los ojos y los abrió para ver, horrorizado, la monstruosa ramificación vegetal que se había formado alrededor del yacimiento de Cathy; un conjunto de enredaderas y bejucos que ondeaban recortadas sobre lienzo nocturno.

Súbitamente, desde la capilla, un rayo de luz recorrió la avenida principal de la necrópolis hasta el alto matojo, que gritó con un sonido inhumano y agudo. Barry se detuvo a unos metros de planta, vestido con su traje de Flash; en la mano sostenía un afilado y largo cuchillo, cuyo acero ahora estaba pringado con savia reluciente.

Hizo una mueca. Entonces, más lianas brotaron de forma estrepitosa desde las docenas de hileras de tumbas, agitando sus ramas en el aire en ademán amenazador.

―Joder con las plantitas ―masculló, antes de acudir al recate del anciano, al que cogió en brazos y lo llevó al amparo de la ciudad en cuestión de segundos y lo depositó en un banco con delicadeza―. ¿Está bien, señor?

El hombre cabeceó repetidamente balbuceando incoherencias, sus ojos estaban abiertos de par en par, como dos enormes naranjas, sin enfoque, y salivaba un poco por la boca. Parecía haber entrado en estado de shock. Barry buscó a un lado y a otro, hasta que vio a una familia a la que pidió ayuda para que llevaran al anciano al hospital. Él tenía que volver al cementerio donde todavía estaban sus amigos.

El destello cercenó la noche en un camino ascendente sobre la colina. Se detuvo en medio de lo que, en menos de un minuto que Barry se había demorado, se había convertido en una selva donde los vegetales habían cobrado vida y se agitaban salvajes y letales en todas direcciones. Una liana de espinas se enredó en su tobillo pero Barry la cortó en dos antes de que pudiera tumbarle.

―Muy bien… ¿Quieres pelea? ―dijo.

Inspiró hondo y se lanzó a la carrera. Por un momento lo único visible fue un haz luminoso zigzagueando entre las enredaderas y los gigantescos matojos de plantas. Algunas tenían enormes bocas, otras eran tan finas como cuchillas y, otras cuantas, de tejidos resistentes que podían mantener preso a un hombre de hormigón. Estas últimas fueron las que Barry no pudo sesgar con el cuchillo, que salió disparado hacia quién sabía dónde.

―Mierda.

Su muslo izquierdo había sido apresado por una atadura que se enroscó alrededor. Barry soltó un jadeo, sentía su carne y músculo siendo estrujados.

―«Barry, ¿qué ocurre?» ―preguntó Wells, preocupado.

―Hay plantas por todos lados, parece una jungla ―Sacudió la pierna mientras hablaba―. No puedo mover la pierna, hay una rama que me la está oprimiend... ¡Ah!

―«Barry, escúchame » ―susurró―. « Tienes que vibrar, dejar que tu energía recorra todo tu cuerpo, que agite tus células. Cierra los ojos. Siente como cada molécula de tu organismo oscila como una pelota de ping-pong viva encerrada en una caja minúscula. Siéntelo, respira. Eso es, respira».

Inspiró hondo focalizando su energía en el oxígeno que penetraba en sus venas, alimentando la fuerza veloz que era parte de él, aquella que contenía en cada minúscula parte de su ser. Las palabras de Harrison se filtraron como espuma en su consciencia, como una cerilla baja y arrulladora que prendió todos sus motores. Su cuerpo entero comenzó a trepidar como nunca antes.

―«Ahora, concentra esa oscilación en tu pierna y atraviesa la atadura» ―pronunció con firmeza.

Y Barry lo hizo. Sin saber cómo, sin saber por qué, pero lo hizo. De un momento a otro, las lianas parecían haberse vuelto intangibles y su muslo pudo deslizarse con facilidad a través de ellas. Un sonido retumbó en el lugar. Al voltear a su derecha, cerca de las verjas que delimitaban la necrópolis, algo había explosionado. El velocista fue a decir algo pero fue interrumpido por un sucesión de detonaciones a lo largo y ancho del lugar.

―«¿Chicos?»

Barry reaccionó a la pregunta de Harrison apretando los ojos antes de abrirlos, tratando de enfocar a su alrededor, empero apenas se veía nada dentro de aquella humareda de pólvora que sobrecargaba la atmósfera. El tufo de humo le penetró las fosas nasales y Barry se vió tosiendo frenéticamente, luchando por respirar. Se había caído sobre su costado, tenía la pierna entumecida del golpe y algo puntiagudo y escarpado le había perforado por encima de la cadera. Por suerte, solo era una herida superficial.

Oyó a Cisco y Caitlin responder por el intercomunicador a la llamada del científico, confirmando que estaban bien pero que no podían ver nada más que humo.

―Han sido un montón de… explosiones ―informó Barry cuando logró hallar su propia voz―. Pero no hay ni rastro de los metahumanos .

―«Deben permanecer ocultos».

―Dr. Wells, ¿qué debería…?

Su instinto le hizo desplazarse justo antes de que lo que semejaba a una planta carnívora le arrancara el brazo de un mordisco. Rechinó los dientes, sintiendo de repente mucho frío. En su brazo un rasguño le había desgarrado el traje y alcanzado la piel. Volvió a esquivar otro ataque. Por la pierna, por la espalda, de frente. Estaban por todos lados y el hecho de que su visión se viese limitada por el polvo no resultaba de gran ayuda. Podía escuchar las llamadas tanto de sus amigos como de Harrison pero, por alguna razón, se oían muy lejanas, como los lamentos lastimeros de unos prisioneros de guerra abandonados a su suerte. Haciendo un sobreesfuerzo por concentrarse en los ruidos para saber cuándo el enemigo se abalanzaba sobre él, saltó sobre una de los mausoleos destrozados, abriendo las piernas justo a tiempo para evitar que le ataran las extremidades y le derribaran.

Unas carcajadas maníacas tronaron en el entorno. Barry cerró los párpados un instante. Le dolía la cabeza. Se estaba mareando. Algo golpeó su hombro. Barry gritó.

¿Que me está pasando?, se preguntó vagamente mientras se presionaba el hombro golpeado con una mano. El sudor se escurría por su frente a chorros. La sien le palpitaba y hacía que todo a su alrededor retumbara. ¿Había sido envenenado?

Barry, Barry, Barry… ¡Barry! Alguien le llamaba, alguien decía su nombre como una letanía infinita. Sonrió, aturdido, deseando que fuera Harrison quien le nombrase con tanta insistencia. Tal vez, sus sentimientos estaban creciendo demasiado deprisa. Tal vez, debería decirle que estaba empezando a quererlo...

Un agarre resistente lo maniató y lo elevó en los aires por la cintura. Un gemido escapó de su boca magullada ante la brusquedad. Una vocecilla en las confusas telarañas de su conciencia le gritaba que tenía que imponer resistencia, que no podía dejarse vencer. Pero todo era una vaga retahíla de imágenes, una película borrosa que se sentía muy ajena a él.

El humo empezó a despejarse un poco, solo lo suficiente para que le permitiera vislumbrar a una figura menuda y encapuchada acuclillada sobre la copa de un árbol. La figura habló: ―¿Vamos a explotar a Flash? ¡Quiero explotar a Flash!

¿Una niña?

Sonaba como la voz de una cría.

¿Explotar… a mí?


uhhhh... no me odiéis por dejarlo ahí...
¡Espero que os haya gustado y recordad! Se agradecen los comentarios :P