Buenos días, hoy subo la primera parte del capítulo 8. Un poco más corta que otros episodios, la segunda parte está en proceso. No obstante, tengo una mala noticia y es que me estoy planteando si seguir o no con esta historia :(
¿El motivo? Bueno, la verdad es que un fic tan largo da mucho trabajo, de planteamiento, coherencia y la misma escritura, no creo que lo esté hacienda muy bien además. Y, por otro lado, no veo que esté gustando demasiado por lo que... no es seguro pero tal vez haya llegado el momento de aparcarlo.
Bueno, espero que al menos disfruteis esta actualización!
Me haces amar, odiar, llorar, tomar cada parte de ti.
Me haces gritar, arder, tocar, aprender todo de ti.
Día Zella
Detective Joe West
PARTE 1
Nadie diría que Laboratorios S.T.A.R tan solo contaba con el soporte de tres personas además de Barry, no con el ajetreo que reinaba en aquel momento, oculto de las primeras luces del alba. Cisco se deslizó fausto ante el llamado de auxilio de Caitlin, quien se encontraba monitoreando los cálculos precisos de la dosis de inhibidor que iban a necesitar. Cogió la jeringa de una de las mesas de trabajo mientras echaba raudas miradas a la camilla blanca en la que Barry había estado desde que habían vuelto del cementerio, su cuerpo convulsionándose con virulencia y fuertes sacudidas que a Cisco le darían mucho grima si no estuviera demasiado ocupado preocupándose.
―Ponle 8,7 miligramos. Tenemos que activar su canalizador natural ―dictaminó la chica desde una esquina, con voz temblorosa.
Cisco tragó saliva. Evaluó una última vez a su amigo, en el que habían probado para ese entonces más de un método para tratar de acompasar su ritmo cardíaco y detener la acción del veneno. Todos infructuosos, sin embargo. Sus párpados batían a una velocidad demasiado rápida para el ojo humano, su vista estaba desenfocada y perdida, la luz enfermiza de la lámpara de pie se derramaba sobre su rostro pálido dándole un aspecto aún más fantasmal si cabía, y tenía todos los músculos y tendones crispados como si estuviesen hechos de corcho.
―¡Rápido, Cisco! ―urgió el Dr. Wells sosteniendo a Barry contra la camilla, evitando que sus movimientos entorpecieran el proceso―. Justo por el vientre, a un lado, cuatro centímetros bajo las costillas. Profundidad media. Hazlo.
Cisco lo hizo.
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Sentía mucho calor. Mucho… calor. Se extendía por su entera anatomía como si fuera una quemazón de termitas, devorándole, carcomiéndole sin piedad. Su cabeza hacía piruetas como si hubiera sido engullida por un tornado de fuego; la punzante palpitación hacía estragos en sus células, células al rojo vivo que aullaban de dolor. Respiró, Barry respiró y aspiró el escaso oxígeno que sus fosas nasales detectaban. Respiró, pero hacerlo también era doloroso.
El sudor corría por su frente, estaba anegado en él y era frío y letal.
De nuevo, se estremeció.
Las imágenes comenzaron a destellar parpadeantes tras sus ojos cerrados.
Un cementerio… Plantas monstruosas.
Las truculentas escenas continuaban explosionando en su cabeza mandando vibraciones terroríficas a sus células nerviosas, creando un estado de pánico en su cuerpo que le hacía murmurar incoherencias sin ser consciente de ello; que le hacía evocar aquel instante en el que podrían haber acabado con él de no ser por...
Había tenido conocimiento de que haber sido inmovilizado por los aires, vagamente sí, pero lo había tenido, así como de algo rasgando su máscara y dejando su rostro, sangriento y desenfocado, a la vista. Mientras su visión se deshacía en aguas fosforescentes y una miscelánea de colores brillantes, había sabido de la niña encapuchada frente a él, parada en la copa de un árbol; de su condición metahumana y de poco más.
Sentía como si le azotasen todo el cuerpo.
La localización de Caitlin y Cisco, sin embargo, había sido un misterio para él y, en su estado de intoxicación, ni siquiera le había importado demasiado. Se había sentido mareado y había tenido una falta grave de orientación en cuanto al arriba y abajo, y al derecha e izquierda; tampoco había sido capaz de obligar a sus extremidades a reaccionar y, cuando lo intentó, lo máximo que logró fue ladear su cabeza ligeramente en ademán de derrota.
Una presión atacaba su cabeza.
« ¿Vamos a explotar a Flash? ¡Quiero explotar a Flash !» habían sido las palabras de la niña haciendo a Barry preguntarse cuándo exactamente iba a llevar a cabo su objetivo y así él poder abandonar aquel martirio.
No había tardado en llegar.
En su mundo distorsionado por la neblina del psicotrópico inundando su sangre, Barry había distinguido la mancha borrosa balancearse hacia delante con la agilidad de un arácnido. Segundos después, apenas había podido apreciar cómo una forma inconcreta parecida a una granada se cernía sobre él. Explotar. Boom . Barry había abierto mucho los ojos y la boca. Su cuerpo había gritado con plena potestad; por su mente, se había derramado el cortometraje de su vida hasta que, contra todo pronóstico, un destello escarlata había sesgado la pared de humo y sostenido a Barry con unos brazos fuertes, a una velocidad indecible. Por fin liberado de sus ataduras, la oscuridad y el cansancio le habían engullido sin darle la oportunidad de enfocar a su salvador.
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El chirriante pitido de la máquina disminuyó considerablemente, ahora las palpitaciones del paciente eran mucho más compactas y regulares.
―Se está estabilizando ―suspiró Caitlin.
El Dr. Wells cerró los párpados un momento, regularizando el martilleo que se llevaba a cabo en su propia caja torácica. No recordaba la última vez que el terror le había penetrado con aquella brutalidad. Dirigió un vistazo de reojo a Barry que había dejado de convulsionarse y ahora respiraba suavemente, luego apartó las manos con las que lo había estado sosteniendo mientras Cisco le inyectaba una sustancia por enésima vez en la mañana.
―Parece que acertamos con la tipología del veneno, y el antióxido está funcionando ―dijo, cabeceando hacia sus dos empleados con apreciación a la vez que se alejaba de la camilla donde Barry iba a necesitar reposar unas cuantas horas―. Vaya racha ―ironizó.
Caitlin sonrió, apenas.
― Hyosciamus niger. Es una planta peligrosa.
―Popularmente conocida como beleño negro, utilizada según las leyendas por famosos aquelarres de brujas para sus pócimas nocivas ―asintió Wells―. Tenemos suerte de que se lo hemos podido tratar a tiempo, no hubiera sido agradable que Flash hubiera llegado al punto de comenzar a relinchar como un caballo.
Ni ninguno de los otros efectos adversos, las alucinaciones gustativas son de lo peor, pensó Eobard para sí, mientras observaba como Caitlin asentía. A diferencia de Cisco, que se encontraba apoyado contra una de las mesas de trabajo con los brazos cruzados y un semblante inusualmente pensativo.
―Cisco, ¿estás bien?
El chico se tomó unos momentos para responder al sentir los dos pares de ojos sobre él. Caitlin, que estaba a pocos centímetros de su persona, le apretó el hombro en señal de apoyo y medio bromeó: «Tranquilo, la próxima vez no te encargaremos la tarea de las inyecciones». Pero él sacudió la cabeza; su mirada perdida sobre la figura de Barry.
―No… ¿No visteis nada raro antes de que los metahumanos… desaparecieran? ―preguntó para asombro de los otro dos―. Estaban ganando, iban a… acabar con Barry ―Se rascó la frente―, y, de repente, hubo un grito de la estúpida niña, de DOS niñas de hecho, y luego habían desaparecido y Barry había sido dejado a la entrada de Laboratorios S.T.A.R donde el Dr. Wells lo encontró y pudo socorrerlo ―Buscó la mirada del aludido para confirmar su explicación; este lo hizo con un breve cabeceo―. ¿Cómo ha podido suceder eso? No hay nadie que haya podido salvarlo.
―Tal vez tengamos un aliado inesperado… ―aventuró la chica.
Cisco volvió a negar con la cabeza de forma terminante. ―No, no fue eso. No puede ser, es simplemente… No. Es imposible.
Eobard entornó la mirada. Había algo en el lenguaje corporal del joven hispanoparlante que despertó su instinto agudo. Tras un silencio interrumpido por el 'bip-bip' de la máquina que calibraba las pulsaciones del velocista, el científico habló.
―¿Hay algo que vieras y que desees compartir, Cisco?
La boca del chico se abrió con la pretensión de hablar, demoró dos o tres segundos en encontrar los vocablos.
―Él… Es una locura ―Una risa seca―. Creo que fue el Reverso de Flash.
―¿Qué? ¿te has vuelto loco?
―No, no me he vuelto loco ni estoy tratando de interpretar una de esas películas de broma baratas, Caitlin ―retrucó, contrariado a la par que atónito―. Pero te juro que él estaba ahí. Vi… vi el destello rojo cruzar aquella colosal humareda y poco después todo había acabado. ¿Como si no explicas que en cuestión de segundos nuestro Barry, fuera de combate, se librara de la muerte y apareciera aquí?
―Pero… ―Su mirada perpleja fue de Barry a Cisco un par de veces, aparentemente sin ser capaz de formular réplica alguna. Al final, balbuceó―: Es imposible.
―¡Eso digo yo! Dr. Wells, ¿no vio nada en las cámaras cuando Barry fue dejado en la entrada del laboratorio?
Eobard tuvo que contener la sonrisa ante el deje hastiado de Cisco, como si se sintiera aliviado de que por fin alguien le comprendiera. Lo cual no debía estar muy alejado de cómo en realidad se sentía. Se mordió el labio y echó un raudo vistazo a Barry.
―De hecho, lo vi.
―¿Era…?
El hombre asintió. ―El Reverso de Flash.
Mientras que el ceño de Cisco se acentuó, Cailin se limitó a parpadear, anonadada.
―Pero eso no tiene ningún sentido. El Reverso de Flash mató a la madre de Barry, lo quiere a él…
―Muerto ―finalizó Eobard, quitándose las gafas y mirando a través de los cristales de éstas―. Sin embargo, podemos deducir que no quiere que otros hagan su trabajo por él. Probablemente... ―Se pasó la lengua por los labios antes de clavar su mirada en los otros dos―. Probablemente su obsesión llega hasta tal extremo que reclama a Flash como de su propiedad, incluso para un acto tan miserable como darle muerte.
Las últimas palabras fueron pronunciadas con lentitud y destilaron una templanza escalofriante que osciló en el ambiente durante los siguientes minutos. Minutos en los que no se volvió a hablar del tema y en los que Eobard tuvo que hacerse el sordo cuando Barry murmuró «Harrison, yo… yo» entre sueños. Notó las miradas curiosas de Cisco y Caitlin clavadas en su nuca, pero no se volteó y, al parecer, los otros no se encontraban con el humor preciso para indagar en aquel hecho insólito ni en el por qué Barry había murmurado su primer nombre en lugar de 'Dr. Wells' como siempre hacía. Como todos en aquella sala hacían.
Eobard también hizo todo lo que estuvo en su mano por mantenerse al margen cuando Joe, después dejar alguna que otra llamada perdida en el móvil de Barry y no recibir respuesta, se acercó a Laboratorios S.T.A.R para comprobar que estaba ahí. Fue Caitlin la que calmó su hosquedad en primera instancia, cuando el detective había llegado con un puñado de acusaciones y advertencias contra el que creía Harrison Wells, haciendo alusión a los entrenamientos nocturnos que Barry había ideado la tarde anterior como excusa. Eobard había permanecido en silencio. Las miradas curiosas de Cisco y Caitlin no hicieron más que incrementar ante la mención de dicha preparación de la que no tenían conocimiento, empero la chica supo mantener la entereza delante del Detective y hacer ver como que todos estaban al tanto del asunto, recordando a Eobard una vez más el motivo por el que había hecho bien al elegirlos a ellos.
Poco después de la llegada de su padre adoptivo, Barry despertó y, aunque ligeramente confuso y aturdido, con la resaca de la intoxicación todavía embotando su cerebro, sonrió hacia Joe asegurando que estaba bien e intercambiaron algunas palabras referentes a la misión de aquella madrugada. Más allá de la tensión reinante entre padre e hijo después de la discusión acontecida, a Eobard le pareció apreciar la preocupación de Joe así como las frases «cenar todos juntos», «esta noche» y «no faltes», pero tampoco estaba prestando la debida atención, perdido en sus pensamientos. Tan solo cuando Barry estuvo entretenido en una conversación insustancial con Cisco y Caitlin, el Detective West le volvió a dirigir la mirada antes de marcharse. Una mirada de tácita advertencia que prometía lo que Eobard entendió como «Usted y yo tendremos una charla muy pronto». El único indicio de que el científico había captado el significado de aquella mirada fue una sonrisa torcida y un ligero asentimiento.
El eco de los pasos de Joe se alejó por el corredor junto al hombre. Eobard volteó la cabeza para encontrarse con la sonrisa vacilante de Barry, vacilante y genuina. Los ojos brillantes y llenos de esperanza.
Joe West, para tu desgracia, eres demasiado perceptivo y molesto, pensó. Su boca era una línea recta.
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Un soplido de viento creó volutas de ceniza que fluctuaron en el aire, entre el contorno calcinado de aquel antiguo hotel. A penas se mantenía la estructura en pie de un par de paredes laterales; lo demás era solo un entretejido de vigas oxidadas del color del cobre viejo. Crecía musgo por los resquicios de los cimientos y sobresalía también a través de las lastimosas grietas, grietas que tenían mucho de lo que hablar. Una triste evocación de un pasado glorioso que coronaba un pequeño montículo, en una desviación de la carretera que corría por el oeste de Central City, donde las únicas viviendas cercanas estaban a más de diez kilómetros.
Estaba amaneciendo. Bajo la incipiente luz del alba el olor a azufre y a humedad se extendía desde el camino de grava que desembocaba en el hotel, pasando por el rótulo torcido, rectangular y ajado hasta la habitación de pequeñas dimensiones, en la segunda planta que aún conservaba las cuatro paredes, aunque fuera a cachos. Si se miraba por la ventana exenta de vidrio hacia su interior se verían las figuras enjutas de dos niñas, acuclilladas, con las piernas encogidas contra el pecho y cabizbajas.
―Ya sé el nombre de Flash ―dijo una de ellas.
―¿De ese chico? Era guapo.
La que había hablado primero asintió. Aunque el capuchón del color de las nubes le cubría el rostro se pudo percibir cómo una sonrisa tirante aparecía entre las sombras de su cara.
―Su padre es un asesino arrestado en la cárcel.
―¿Cómo nosotras? ―La voz de esta era ligeramente más aguda e infantil, carecía del siseó turbulento de la otra, que empezó a arrastrar los pies en un gesto mecánico sobre el suelo de madera haciéndolo crujir―. No es divertido vérselas con gente que conoce nuestro juego, hermana. Aún me duele la muñeca, creo que la tengo rota.
―No sabía que Flash tenía un amigo más rápido que él ―Un ojo verde niebla se descubrió cuando la niña ladeó la cabeza para enfocar la muñeca tumefacta de su hermana. Continuó arrastrando los pies, el sonido sibilante era lo único quebrando el silencio además de sus voces―. Me parece que el padre es inocente, fue un error su encarcelamiento, Lizzy.
La aludida se puso en pie de un salto mientras que una carcajada escalofriante escapaba de sus labios. Luego, empezó a cantar:
―Central City se hundió, se hundió, se hundió; Central City se hundió, mi fiel héroe. De acero se construyó, se construyó, se construyó; de acero se construyó, mi fiel héroe…
El sonido de su voz retumbaba hueca mientras entonaba aquella vieja canción popular. La otra niña todavía se encontraba sentada pero había dejado de arrastrar los pies, vestidos zapatillas que parecían un conjunto de harapos mal dispuestos, y tenía la mirada puesta en su hermana mientras ésta danzaba por la habitación. Algunos rayos de luz se colaban por el hueco en el que faltaba un trozo de pared y ondulaban sobre su figura menuda, sobre su pelo de ricitos de oro.
Desde el suelo, ella se le unió al sombrío cántico:
«Central City no resistió, no resistió, no resistió; Central City no resistió, mi fiel héroe...».
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Barry salió por las puertas de Iron Heights sintiendo una mezcolanza de confusión y culpabilidad. Había obtenido el permiso de Caitlin para dejar la camilla cerca de las seis de la tarde y, aunque se había entretenido unos minutos con ella y Cisco charlando acerca de la niña metahumana y de Reverso de Flash por consiguiente, en cuanto ambos estuvieron consagrados en una conversación acerca de la familia de Cisco, Barry se había escapado a la sala en la que sabía que Harrison le estaría esperando después de haberle lanzado una mirada de claras intenciones ―y de asegurarse de que esa cámara de videovigilancia estaba desactivada, por supuesto―. Se habían dado el lote durante unos minutos hasta que el velocista había acabado dichoso entre las piernas del hombre mayor brindándole con un afanoso trabajo oral.
―Voy a aprovechar para ir a ver a mi padre antes de tener la cena del juicio final con Joe ―había bromeado Barry abrochándole la cremallera de los pantalones al científico después de que éste hubiese quedado satisfecho.
―No me gustaría estar en tu lugar, eso te lo aseguro.
―Ojalá pudiera dejar esos prejuicios que tiene acerca de ti e intentar conocerte. ¿No te amenazó ni dijo nada esta mañana cuando estuvo aquí, verdad?
―Soy un adulto, no tienes que cuidarme de tu padre adoptivo ―hubo señalado Harrison con un ligero deje de reprimenda que había hecho al chico encogerse de hombros.
―Complejo de héroe, supongo. No quiero ni imaginar cómo se pondría si se enterara de que las clases que me estás dando no son acerca de súper velocidad precisamente.
―No obstante, son igualmente útiles.
La carcajada que Barry había soltado hubo flotado ligera y feliz en el aire a la vez que él hubo golpeado al otro en el hombro en ademán amistoso, y «Eres tan idiota». En ese momento se había dado media vuelta después de depositar un casto beso en sus labios, pero la voz de Harrison le había detenido en seco justo cuando estaba por tomar la manija de la puerta, y revelado un hecho que luego estuvo toda la tarde rebobinándose dentro de la cabeza de Barry, incluso durante la breve visita a su padre.
«¿No te has preguntado cómo sobreviviste esta madrugada en la situación en la que estabas? ¿Quién te trajo hasta laboratorios S.T.A.R para que te pudiera socorrer a tiempo?». Barry evocó el rostro taciturno de su novio ―internamente le gustaba llamarle así― al decirle aquellas palabras, aquella expresión distante que adoptaba a veces y que le había hecho temerse lo peor incluso antes de escucharlo.
«Fue él. El Reverso de Flash».
El recuerdo de tal atestación le ascendió por la columna vertebral en forma de escalofrío. Barry emprendió la marcha desde prisión dejando una cola luminosa tras él, empero decidió tomar un desvío. Quería tomarse un respiro antes de acudir a la cena con Joe y Iris. No le importaba que el hombre de amarillo, el asesino de su madre, le hubiera salvado. Le confundía, tal vez, pero no el haber sido rescatado, lo que le tenía confuso era el hecho de que, de alguna forma, Barry sabía la razón por la que aquel asesino se había molestado en salvaguardar su vida, y era que quería aplastarla con sus propias manos. Era como una obsesión. No podía asegurarlo, claro, no tenía ni idea de que había motivado a aquel sujeto a matar a su madre y luego jugar con él a cada encuentro que tenían, provocándole y demostrándole cuán inferior era. Sin embargo, resultaba inevitable relacionarlo con algún tipo de obsesión hacia su persona y eso precisamente era lo que le confundía.
«Parece como si me conociera mejor que yo mismo, como si ya nos hubiéramos enfrentado antes» fueron las palabras de Barry a Joe y Harrison cuando tuvo lugar su primera confrontación con el Reverso. Cada encuentro era una sólida confirmación de aquella hipótesis.
Sumido en sus pensamientos, no se percató de que llevaba minutos haciendo círculos a la manzana de la casa de Joe. Se detuvo a un lado del portal con un derrape que le hizo sonreír orgulloso. Las ventanas de la vivienda parecían pequeños soles cuadrados resplandeciendo en el declive del día. Barry suspiró, sin saber muy bien qué esperar de la cena con Joe; le apetecía pero eso no le hacía olvidar la discusión del día anterior ni el hecho de que le dejó con la palabra en la punta de la lengua. De ahí derivaba el otro motivo por el que la confusión y la culpabilidad empezaban a agotarle mentalmente.
Fue a entrar a la casa preguntándose, no por primera ni segunda ni tercera vez, por qué había dicho cosas distintas a Joe y a su padre. Todas mentiras. Por pura inercia. Cada uno poseía un pedacito de verdad. Mientras que a Henry le había comentado que se estaba viendo con una "chica" y le había explicado por encima su relación, sin entrar en detalles; con Joe simplemente había sorteado el tema, aludiendo a entrenamientos con el Dr. Wells.
―¡Barry!
Nada más pisar el salón se vio atrapado entre los cálidos brazos de Iris, que acababa de dejar unos platos con butifarra sobre la mesa.
―Has llegado justo a tiempo. La cena ya casi está, a mi padre solo le falta remover los huevos revueltos.
―Huevos revueltos y butifarras, ¿es mi día de suerte? ―preguntó mirando los platos provistos de cuatro tipos distintos de butifarra. Se le hizo la boca agua al ver la negra, que era de sus favoritas.
―Y Tiramisú de postre.
Barry soltó una exclamación apreciativa y separó una silla para sentarse. La chica tomó asiento a su lado justo cuando Joe se deslizaba desde la cocina con una botella de cava y un generoso bol de cristal, en cuyo interior se distinguía la deliciosa masa de patatas y huevos. Depositó el cuenco en un punto medio donde las diagonales tejidas sobre el mantel se entrecuzaban y levantó la botella de líquido dorado en un gesto animoso. Su mirada vagando de Barry a Iris.
―¿Algo por lo que queráis brindar? Hay otra botella en la cocina por si las moscas.
Barry estaba inclinado hacia atrás contra el respaldo de la silla y no pudo evitar que la piedra atorada en su garganta cediera al comprobar que no había reproches ni tensión en las miradas de Joe. Iris enarcó una ceja, suspicaz. Barry pudo sentir como buscaba su mirada; Al parecer el detective también.
―¿Qué? ¿Qué es esa mirada? ¿Hay algo que este viejo policía se esté perdiendo? ―cuestionó mientras descorchaba el cava, que burbujeo como un animalillo iracundo que no deseaba ser molestado. Ante el silencio que siguió a su pregunta, alzó la vista―. Espero que ese silencio no sea de esos que significan que estáis compinchados para guardar vuestros respectivos secretos.
―¿Qué? No, no, claro que no… ―El chico miró subrepticiamente a Iris que aún no había pronunciado palabra aunque parecía estar tratando de dar con las correctas―. Es solo… cabe la posibilidad de que asciendan a Iris ―dijo atropelladamente.
―¿Qué? ―Iris parpadeó y Barry juró que si no hubiera sido demasiado delator le habría propinado un codazo entre las costillas, en cambio las comisuras de sus labios se elevaron en una tentativa sonrisa hacia su padre―. No es nada seguro, sin embargo. Solo una posibilidad. Ínfima posibilidad.
―Ya… ―El hombre les dedicó una mirada recelosa que completó señalandoles con su dedo índice y arrugando la nariz, como si oliera mal―. No me gustan vuestras vibraciones, algo huele a secretos.
―Papá, vamos.
―No, no, está bien. Vosotros ganáis. ―Después de un momento en el que Barry e Iris aprovecharon la distracción de Joe, que vertía el líquido dorado en las copas, para compartir una mirada de tácita discusión acerca del por qué la chica no había sacado el tema del embarazo, el detective enarboló su propia copa en dirección a los otros, captando su atención―. Entonces, brindemos por ese posible ascenso y por estar todos juntos, sanos y a salvo ―pronunció esto último lanzando un vistazo esquivo a Barry, que aceptó casi imperceptiblemente.
El choque del fino cristal repiqueteó como un eco menguante, como un blando mantra que retrajo a Barry a aquella madrugada. El instante en el que pudo saludar a la muerte cara a cara. El filo de la copa se sintió frío contra sus labios y el líquido gaseoso fue un río de espinas puntiagudas derramándose por su garganta contraída por una sensación turbia. Era irónico a la vez que truculento como casi agradecía lo que había ocurrido ya que, de otra forma, Joe probablemente le estaría haciendo la ley de hielo. El susto le había persuadido de ello aparentemente.
Cuando el momento del brindis se dio por finalizado, todos se apostillaron en sus asientos. Una familia feliz disfrutando de una deliciosa cena. Hubieron risas, bromas, algunas punzantes, pero en ninguna ocasión decayó la atmósfera amena. Fue agradable. Y Barry, por mucho que lo intentara, se encontró siendo incapaz de alejar aquel malcuerpo, incapaz de olvidar que, bajo toda aquella fachada, bajo todo aquel amor real y sincero, demasiadas mentiras crecían como hiedras venenosas.
Había reído nerviosamente cuando Iris le había preguntado con picardía si no había ninguna chica que mereciera la pena nombrar, haciéndolo peor debido a que a su amiga le había parecido oportuno sacar a colación lo muy distraído que estaba últimamente y lo complicado que era quedar con él. Barry había balbucido algunos vocablos incoherentes, forzándose resuelto a no entrecuzar miradas con Joe. Sospechaba que el hombre no tardaría en volver a advertirle acerca de Harrison y prefería que aquello no ocurriera esa noche ni enfrente de Iris. De nuevo, se preguntó la razón de haber inventado versiones diferentes para Joe y su padre.
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Terminó de ponerse el pijama, que en realidad eran una camiseta y unos pantalones viejos, y dio unos pasos hacia la ventana de su habitación. Era un segundo piso, lo cual siempre había sido del disfrute de Joe West, las pocas luces que quedaban prendidas en el exterior semejaban espíritus flotantes en la oscuridad. Un escalofrío atacó su cuerpo, y en un arrebato bajó las persianas con brusquedad. Tenía un mal presentimiento. Sus presentimientos no solían ser casualidad. Sabía que Barry le estaba ocultando algo pero… ¿Iris también? No creía que el chico le hubiese revelado su identidad como Flash a su hija, lo prometió y era de los que cumplían promesas pero aún así…
Suspiró, volteó y se dirigió al baño para asearse. Se lavó los dientes con gesto cansado, los hombros caído. La imagen que el espejo le devolvió fue la de un hombre con demasiadas preocupaciones y demasiadas cargas en su conciencia; sus ojos eran dos manchas oscuras y pesarosas. Escupió la pasta de dientes en la pica con el último enjuague, la espuma pastosa desapareció por el boquete cuando prendió el agua pero el sabor amargo y fuerte permaneció en su boca. Después de lavarse la cara, no tardó en dejarse caer sobre el camastro, sus músculos y huesos lo agradecieron con un crujido casi doloroso.
Demasiadas cosas en mente, pero lo principal era aquel sujeto: el Dr. Wells.
―No voy a dejar que te salgas con la tuya.
Si quería jugar a ser el mentor perfecto para Barry, adelante, que aprovechara mientras pudiera porque él, Joe West, pensaba desvelar todos sus trapos sucios. Sobre todo si estos tenían que ver con el Reverso de Flash y con la muerte de Nora Allen, que sospechaba que sí.
De hecho, ya sabía por dónde empezar.
Con la ayuda de Cisco y de Eddie.
