Me haces amar, odiar, llorar, tomar cada parte de ti.

Me haces gritar, arder, tocar, aprender todo de ti.

Zella Day

9. Infame sentir

«No me interesa si la historia es occidental, oriental,

de Julio César o Marco Bruto.

Me interesa la emoción, las mentiras, el engaño…

que defina qué clase de drama es»

Samuel Fuller

Era cerca del mediodía cuando Caitlin se alejó de la lente del microscopio con expresión triunfante y, delicada y profesionalmente, almacenó la muestra analizada en su compartimento correspondiente para continuar anotando un par de cosas en su libreta de estructuras orgánicas. Barry se había escapado al hospital a media mañana, donde Joe seguía inconsciente después de la agresión del hombre de amarillo teniendo a todos sus seres queridos con el alma en vilo, especialmente a Barry y a Iris; Cisco había decidido acompañar a su amigo mientras ella se quedaba trabajando con el Dr. Wells.

―Esta tampoco parece tener relación con el ADN de las gemelas Morrington. De hecho, ni siquiera he encontrado indicios del gen metahumano, y no se como tomarme esta paz ―murmuró girándose hacia su superior―. Por una parte, me alegro de que hayan cesado las muertes pero por otra...

―La calma que precede a la tormenta. ―Ladeó la cabeza, pensativo―. Un tanto inquietante, sí.

Después del ataque del Reverso de Flash a Joe, todo había sido de una inquietante armonía, o esa era la opinión de Caitlin. En ese sentido resultaba un alivio apoteósico que Ronnie se hubiera marchado lejos, fuera de Central City donde la pirámide del crimen iba in crescendo a un ritmo desorbitado; claro que tampoco podía dar un voto de fe ciega por la seguridad de su prometido allá donde estuviera. Sacudió la cabeza, decidida a cortar aquel insano hilo de pensamientos, cuando, de pronto, recordó algo que había querido preguntarle al Dr. Wells desde hacía unos días, y que por 'x' o 'y' no lo había hecho. Justo entonces el hombre le dijo que se marchaba a hacer sus estiramientos de piernas diarios, para una mejor circulación sanguínea; Caitlin resolvió que era hora de dejar de prolongar su curiosidad.

―Dr. Wells, quería… ―empezó―… preguntarle acerca de un tema.

En el Córtex se había instaurado un mullido silencio que pareció coletear arrastrado por la duda de la chica. Harrison Wells había detenido su silla en la convergencia de la sala y el pasillo, se había girado hacia ella y esbozado una media sonrisa.

―Pues adelante, pregunta. Soy todo oídos.

―El otro día, cuando Joe vino a ver a Barry después de la operación fallida de las gemelas Morrington ―titubeó, jugueteando con sus manos―, le echó en cara a usted unos supuestos entrenamientos nocturnos con Barry, para aumentar su velocidad. El caso es ―añadió con celeridad, cuando vio la pretensión del científico de interrumpir― que me preguntaba por qué no nos habíais notificado de esto, es decir, supongo que Cisco tampoco sabe nada.

―No, no sabe nada. Bueno, no sabía nada.

Caitlin observó la sucesión de acciones del Dr. Wells en ese momento. Primero se cruzó de brazos y desvió la mirada; abrió la boca y se quitó las gafas, reflexivo, con una tenue sonrisa que tironeaba de sus labios, hasta que finalmente fijó su mirada de nuevo en ella. Tenía una pequeña arruga en el entrecejo, pero parecía más divertido que molesto.

―Debéis haberos sentido muy confusos. Tienes que disculparme, a mí y a Barry ―dijo. Su voz tenía un matiz pesaroso así que ella le ofreció una tentativa sonrisa―. Sabes que la rotación ultra veloz así como la mutación de las células de Barry desde que consiguió sus poderes, le ha ocasionado un agudo insomnio. Él creyó, creímos, que usar las noches para perfeccionar su velocidad era una buena forma de sacar provecho a ese pequeño inconveniente. El detective West… ―Hizo una pausa, se puso las gafas y agregó―: El Detective West no comparte nuestra opinión.

No había nadie en Laboratorios S.T.A.R que no estuviera al corriente de la aversión que el padre adoptivo de Barry sentía y dirigía hacia Harrison Wells ―aunque, quizá, si se tenía en cuenta que solo cuatro miembros constituían la empresa, aquel no representaba un gran aserto―, así que era de esperarse que al hombre no le sedujera la idea de que su hijo pasara tanto tiempo con el científico, pero no obstante, ella comprendía a su amigo y a su determinación por sacar partido de cualquier ocasión para mejorar y ser capaz de atrapar al hombre de amarillo, y, con ello, vengar la muerte y demostrar la inocencia de su madre y su padre, respectivamente.

Caitlin no siguió hurgando en el asunto y, los restos de humillación que le quedó en el cuerpo por haber sido mantenida al margen, fue erradicada por completo ante la justificación de su superior, quien, disculpándose de nuevo, alegó que no había querido ponerlos, a Cisco y a ella, en una situación en la que se vieran obligados a variar sus hábitos de sueño y unirse a ellos en lo que, al fin y al cabo, eran horas extras. Luego, con la llegada de Cisco informando de las buenas nuevas acerca del estado de Joe, quien al parecer finalmente había abierto los ojos después de pasar una semana larga y crítica hospitalizado, el Dr. Wells expresó su alivio por la mejoría del detective y se fue de la sala. Sin embargo, antes preguntó por Barry.

―¿Barry? Se ha quedado en el hospital con Iris y Eddie, iban a ir turnándose para quedarse con Joe pero, sinceramente, espero que no hayanmetahumanos pesados hoy, no le hará gracia tener que salir del hospital a salvar al mundo teniendo a Joe así. ―Caitlin vio a su amigo quedarse quieto y voltear hacia el Dr. Wells con la chaqueta que se acababa de quitar en la mano―. ¿Por qué lo pregunta?

El hombre de ojos azules alzó las cejas, tardando un momento en contestar.

―Por nada, quería comentar con él algunas cosas.

Pareció estar dándole vueltas a algo mientras escudriñaba a Cisco en silencio. El chico, más serio que de costumbre, asintió con la cabeza de forma casi imperceptible y se giró para dejar la chaqueta en su silla, lo que Caitlin encontró sumamente extraño. También así lo debió considerar el Dr. Wells, porque inquirió:

―¿Estás bien, Cisco?

―Si, pareces intranquilo ―se apresuró a corroborar Caitlin.

―¿Intranquilo? ¿yo? ¿por qué? ¿Es algo en mi cara? ¡Le dije a María que no me perfilara las cejas!

―¿María? ¿Quién es María?

―Su ligue. La que conoció cuando salió con Barry ―aclaró el Dr. Wells.

Caitlin parpadeó, perpleja, y «No tenía ni idea de que había una María» dijo «Pensaba que era solo la "chica que conocí una noche"», lo cual se prolongó en una pequeña reprimenda acerca del código de directrices de amistad, entre las que claramente se incluía contar este tipo de cosas. Para cuando el Dr. Wells los hubo dejado solos, su amigo ya le había corregido a ella dos puntos importantes: a) Solo había quedado con María un par de veces, tal vez tres, o cuatro; Y b) En su última cita le había dejado tirado por un camarero.

―Pues ni caso, ella se lo pierde.

Pero no obstante, una media hora más tarde Caitlin concluyó que Cisco realmente estaba más callado y taciturno que de costumbre. Así que le preguntó, obteniendo una nueva evasiva.

―¿Por un casual, de aquellos improbables, se te ocurre pensar, o siquiera barajar la idea, de que te conozco? ―cuestionó la chica con aire desafiante. Se había aproximado a donde su amigo se encontraba sentado, tecleando unos cálculos frente a la pantalla, y le contemplaba desde arriba, erguida y con los brazos en forma de jarra. Cisco se estremeció―. Cisco… ―amenazó.

―¡Tía, en serio, que estoy bien! ―exclamó, efusivo―. Solo un poco… estresado.

―Tu no te estresas.

Pero sí lucía estresado y un tanto perdido. Extendió la mano y le tomó por el codo, con ternura. Sus ojos se encontraron por primera vez, desde que ella le había empezado a instigar Cisco había rehuido mirarla directamente; otro síntoma de que iba bien encaminada.

―Se lo dijimos nosotros a Barry y te lo digo yo a ti, si algo te preocupa o te hace estar mal… estoy aquí para escucharte, pero si prefieres guardarlo para ti recuerda que puedes contar conmigo para lo que sea, y con Barry y el Dr. Wells también. ―El chico hizo una mueca de dolor y apartó la mirada otra vez―. Cisco ―insistió.

Lo vio sacudir la cabeza como si se estuviese auto-convenciendo de algo para, finalmente, asentir con un cabeceo.

―Tienes razón, l-lo siento. No se que me ha pasado.

―Todos tenemos días malos, pero no esperamos que tú los tengas ―bromeó, risueña, y ambos se abrazaron por unos segundos.

Después de eso todo fluyó de la forma correcta, tanto conversar de cualquier cosa con Cisco como sus bromas; todo volvía a disponer de aquella pincelada cómica y amena que tanto lo caracterizaba; todo volvía a ser más propio de Cisco. Al menos, se dijo la chica, las bromas habían dejado atrás el matiz forzado de los últimos días.

De pronto, sin embargo, Caitlin recordó: ―Por cierto, me he enterado de lo de las sesiones de entrenamiento nocturno.

Los ojos oscuros de Cisco, que había elevado la cabeza, relucieron con interés, pero después de un instante la chispa desapareció y Caitlin supuso que se lo había imaginado.

―¿Te has enterado?

―Bueno, tal vez le haya preguntado al Dr. Wells.

―¿Y…? ¿Se traen algo entre manos? Porque déjame remarcar lo insultante de todo esto. YO paso más tiempo que Barry con el Dr. Wells, YO lo conozco de más tiempo y he compartido más películas y palomitas con él. Y no comparto palomitas con todo el mundo ―aclaró―. Ahora que alguien me explique por qué Barry ha cogido la confianza como para llamarlo por su nombre cuando ninguno de nosotros lo hacemos, aunque claro, Harry Potter crea vínculos inquebrantables.

Un encogimiento de hombros fue la respuesta de la chica antes de puntualizar:

―En realidad, si no tenemos en cuenta la vez que estuvo inconsciente recuperándose del veneno, nunca he oído a Barry tutearle. ―Arrugó el entrecejo conforme lo decía, dándose cuenta de lo ridículo que sonaba―. ¿Crees que fue coincidencia fruto de las alucinaciones por la ponzoña?

―Te diría que sí, pero no. ―Hizo un gesto como si se sacudiera algo de encima―. Ese tipo de coincidencias y yo no tenemos una buena relación.

―Pero Barry no iba a ocultar semejante tontería, menos aún el Dr. Wells.

―¡Claaaro! Porque ellos nunca nos ocultarían nada, ni siquiera cosas tan importantes como entrenamientos extras. En serio, no debería ni pasárseme por la cabeza.

Caitlin abrió la boca para contestar, contrariada ante su potente uso del sarcasmo, mas se encontró falta de palabras que pudieran hacer zozobrar la convicción del hispanoparlante. Este hizo una mueca que estaba en algún punto entre la pedantería y una resignación que ella misma compartía; una mueca que decía «Ya ves, te lo dije».

―Realmente estás celoso ―dijo y se cubrió la boca con la mano para sofocar la carcajada.

Por el momento, la cosa quedó ahí, con un par más de alusiones divertidas antes de que el tema muriera o, en todo caso, permaneciera estancado. Caitlin no sabía cómo sentirse al respecto además de extremadamente intrigada, pues, aunque sabía que lo más probable era que le estuvieran dando más vueltas de las necesarias, una vocecilla en su interior le susurró y bisbiseó y le hizo rememorar ciertos momentos de las últimas semanas en las que Barry y el Dr. Wells parecían saber más cosas de las que compartían.

Algo la inquietó.

Espero que no estén metidos en nada peligroso.

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El corredor era una extensión blanca e impoluta, inmóvil y ahogada en un amargo reposo que se derramaba a través de ella. Había algunos asientos, igualmente blancos, que ocupaban las paredes y que se iban intercalando con las puertas de las habitaciones. Los apliques apenas iluminaban con una luz que parecía fría y enfermiza; olía a desinfectante y Barry estaba solo y con las heridas más abiertas que nunca.

Una enfermera pasó por delante suyo con un carrito en el que transportaba algunos materiales como gasas, jeringuillas y bolsas de líquidos con enunciados; aunque él no la vio. Sentado, el cuerpo inclinado hacia delante y la cabeza hundida entre sus manos. ¿Cuánto rato llevaba así? Se había alejado de la habitación con un sentimiento de sombría angustia que le había reptado por el estómago y quemado la garganta como si hubiera bebido amoníaco y, si le preguntaran, no sabría especificar el tiempo que había pasado desde entonces. Solo era consciente del odio, odio que había dado paso a la tristeza, una tristeza que le hacía sentir tal vacío que era comparable al abismo entre dos mundos.

La fatídica realidad había quedado patente poco después de que Cisco se marchara, diez minutos a lo sumo, había devorado a los presentes como una plaga de termitas y Barry aún podía ver frente a él el semblante penosamente estupefacto de Joe.

―No pienses que te vamos a permitir que te lances a ciegas a la aventura de inmediato ―había sentenciado Iris, categórica, ante la intención de su padre de volver al trabajo lo más pronto posible―. Tienes que recuperarte bien, así que ya lo sabes. Barry, Eddie y yo nos aseguraremos de que no te sobrepases.

La mirada de Joe había sido de derrota después de ver la misma determinación en la actitud de Barry, aunque no exenta del inmenso cariño que le produjo la autoridad en la preocupación de sus hijos. Ni siquiera se molestó en intentarlo con Eddie, a sabiendas de que este no se opondría a Iris en algo así. Joe necesitaba descansar, pero lo peor vino entonces, cuando Barry le había soltado la mano a Joe y le había dado unos golpecitos en la pierna izquierda, bromeando, «No seas impaciente, tú siempre has cuidado de nosotros, ahora es nuestro turno hacerlo por unos días».

El que era como su padre se había puesto pálido ―lo que era mucho decir― y una oscuridad que le alcanzó los ojos le había ensombrecido la cara, llena de cicatrices, magulladuras y moretones.

―Papá, ¿qué pasa? ―Barry había sido el primero en apreciar el cambio; pero fue la voz de Iris la que hizo la pregunta, alarmada―. ¡Papá!

―No… Creo que no… no siento las piernas.

Un vahído de incomprensión había fustigado a Barry tan rápido que no fue capaz de presenciar más allá del lamento de Iris, que se llevó las manos a la boca mientras se acercaba a su padre con un rastro de incredulidad y negación que se desmoronó al ver, como Barry, el parpadeo constante de Joe al tratar de retener las lágrimas. Pero sus ojos estaban demasiado brillantes y el velocista no había tenido la fortaleza para resistirlo, así que se había ido, pasando de largo a Eddie; la voz de Joe diciendo su nombre había quedado ahogada por el ruido de la puerta al cerrarse.

Apretó los puños contra sus rodillas tan fuerte que se hizo daño, tenía los nudillos blancos y notaba su cara caliente; el titular de los periódicos hablando de otro velocista igual que Flash, hablando del ataque al Detective Joe West, fresco en su memoria. Era su culpa, todo aquello era su culpa, cada vez que un ser querido suyo salía herido era por su culpa.

Un suave toque en su hombro le hizo alzar la vista. Iris estaba de pie junto a él. Tenía los ojos hinchados y rojos, un rastro brillante le descendía por cada mejilla.

―Iris.

Se levantó y la abrazó, y ambos se fundieron en el contacto del otro, uno tan conocido y familiar ―tan dulce, muy dulce― que obligó a Barry a tragarse sus propias emociones que de otra forma lo habrían hecho desplomarse; en lugar de eso la apretó contra su pecho notando las convulsiones de la chica al sollozar. Le acarició el pelo, decidido a estar ahí todo el tiempo que su amiga lo necesitara; pero ella era fuerte, más que el propio Barry, y se apartó enseguida para limpiarse las lágrimas.

―¿Como está? ―preguntó él después de un momento.

―Aturdido ―respondió―. Sin poder asimilarlo, claro. Pensé que querría tener unos momentos para él, para pensar. Eddie se ha quedado en la puerta por si necesita algo.

Barry trató de sonreír pero no pudo. Observó a Iris negar casi imperceptiblemente con la cabeza antes de dejarse caer en una silla; él la siguió. A lo lejos, se escuchó el llanto de un bebé.

―Le han hecho algunas pruebas ―empezó, la voz gangosa―, pero todavía no hay nada concluyente. A lo mejor no vuelve a caminar, Barry, no sé qué… ―Inspiró hondo y continuó―. Sé que tenemos que ser fuertes por él pero cada vez que lo pienso, cada vez que veo su cara, la sorpresa y el dolor, el vacío… Papá es fuerte pero su trabajo…

Barry no quiso seguir escuchando.

―Encontrará la forma ―aseguró―. Encontrará la forma, Iris. Sé que podrá, y nosotros lo ayudaremos. Espero que esto no sea más que una pesadilla pero si no lo fuera estoy convencido de que Joe, más que nadie, sabrá salir adelante. Seguro.

Una leve sonrisa tironeó de los labios de la chica, entretanto, Barry tuvo que morderse la rabia que le corroía por dentro. Voy a matarlo, voy a matar a ese desgraciado, era su lúgubre pensamiento. Iris debió notar la repentina tensión en sus músculos porque le dedicó un vistazo preocupado.

―Estoy bien ―se adelantó―. Deberías decirle a Joe sobre tu embarazo, por cierto, merece saberlo.

―No, no puedo decirle algo así en este momento, Barry, no sin saber como se lo va a tomar.

―Precisamente, con todo lo que se le viene encima, será peor si se lo ocultas, por favor, piénsalo.

La expresión de su amiga delataba toda la vacilación que sentía por dentro, la encrucijada en la que se veía y el saber que, en el fondo, Barry tenía razón.

―Ni siquiera se lo he dicho a Eddie todavía ―murmuró, pasándose una mano por el pelo, angustiada―. Se lo iba a decir la otra noche, cuando papá fue…

Su réplica fue detenida al acunar Barry su mejilla. Los ojos de ambos se encontraron.

―Sólo piénsalo ―susurró.

Iris asintió.

―Estoy asustada, Barry. Los periódicos dicen que la persona que le atacó era como Flash y soy consciente de como has estado buscando lo imposible desde que eras pequeño, desde que pasó lo de tu madre. ―Hubo una pausa en la que trató de dar con las palabras―. Este tipo que tiene los mismos poderes que Flash podría ser lo que has estado buscando toda tu vida, podría ser el asesino de tu madre. Tu lo dijiste, un destello de luz la rodeó antes de que todo acabara.

Barry estuvo seguro de que las venas en su garganta se enroscaron las unas con las otras, como cuerdas de metal creando un nudo vertiginoso que le obligó a tragar saliva, intentando disipar la congoja sin éxito. Los ojos negros y almendrados de Iris permanecieron clavados en los suyos todo el tiempo.

―… y me da tanto miedo, Barry, pensar que ese criminal ahora ha ido a por mi padre.

―No ―cortó, rotundo; su vista estaba perdida más allá de Iris y un fuego llamado "determinación" rieló en sus irises del color del campo al añadir―: Esta vez tenemos a Flash, y estoy seguro de que él hará lo que sea, cualquier cosa aunque le cueste su propia vida, por atrapar a ese psicópata. Te lo prometo.

Luego se encaminaron de vuelta a la tercera planta, donde se encontraba la habitación en la que Joe estaba ingresado. Eddie ya se encontraba dentro. Una sensación extraña inundó a Barry cuando se deslizaron ellos también en la sala, aunque estaba todo en calma y silencioso resultaba evidente por la tensión en la rostro y en el cuerpo de Eddie que habían estado hablando y se habían callado con su llegada. De hecho, probablemente discutiendo.

Iris también lo notó.

―¿Chicos, que pasa? ―Miró a uno y luego al otro, suspicaz―. ¿Eddie…?

Este se pasó la lengua por los labios, parecía nervioso y, tras dirigirle una larga mirada a su novia, enfrentó a Joe.

―Mi punto se va a mantener, allá tu con tus acciones.

Ni una palabra brotó de la boca del detective, cerrada en una línea recta, cuando el chico se dio media vuelta, murmuró una sentida y escueta disculpa ante el obvio disgusto de su novia y se fue de la habitación con una firmeza y resolución absolutas. Eso, según Barry, no alcanzó la cumbre de lo insólito, sin embargo; si bien ese lugar fue ocupado por la juiciosa mirada que le echó el policía a él justo antes de irse, así como de las palabras que la acompañaron.

―Y tú no creas que te salvas.

¿Perdona?, pensó Barry patidifuso.

Más tarde, tuvo que admitir que se había sentido completa y ridículamente ultrajado en aquel momento, frente a la atónita expresión de Iris. El ataque gratuito de Eddie ―o que, por lo menos, él consideraba gratuito― le había dejado más irritado que confuso, una suma a todo el vorágine emocional que le estaba consumiendo ―vamos, que estaba de un humor de perros―, especialmente al comprobar que Joe no iba a dar su brazo a torcer en cuanto a revelarles el motivo de toda aquella escena; su única alusión, del todo inservible, fue un despreocupado «Mucho estrés, es un chico sensible» mientras se encogía de hombros. Al final, tanto él como Iris habían desistido en su pretensión de sonsacarle cualquier verdad en favor de las necesidades de su padre.

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El reloj que colgaba de la pared de su oficina marcó las siete en punto de la tarde cuando Barry desconectó el portátil con patente frustración. Su pelo era un revoltijo imposible valorando su corta longitud, pero él lo había hecho posible después de frotarse y casi arañarse la cabeza al pasarse las manos presa del enojo y la desesperación. Había estado repasando los hechos, fotografías y análisis de todo lo directa o indirectamente relacionado con el hombre de amarillo, en busca de cualquier mínimo indicio, intrascendente en apariencia, que se le pudiera haber escapado.

El resultado, otra vez, no era digno de ser mencionado.

Suspiró mientras se hundía hacia abajo en la silla, los ojos cerrados y un reniego abriéndose paso a través de su boca.

Si bien el miedo por perder a Joe había mermado, el venturoso alivio por verlo despertar parecía haber sido ofuscado por un grueso muro de alquitrán con el eufemismo «parapléjico» escrito en una violenta caligrafía. Veía la máscara amarilla, envuelta en el destello eterno de la fuerza veloz, escarlata, deslizarse hasta dar con su madre y arrebatarle la vida; veía al sujeto, también, y con horror lo imaginaba salvandole la vida de unas metahumanas igual de monstruosas y que, no obstante, no despertaban en Barry el mismo instinto de odio acérrimo e insalubre que avivaba en él el Reverso de Flash.

Barry estaba temblando pero no se dio cuenta. Su mente fluctuó entre variopintos recuerdos. Unos más antiguos con el rostro de su madre, susurrandole al oido acerca de las maravillas de Stream City, donde ella y su padre habían tenido su luna de miel. Una promesa de un viaje, una promesa incumplida. Otros recuerdos eran de Joe enseñándole a boxear; Joe, siempre tan vivaz; Joe, de pie sobre sus dos piernas. Y entonces vinieron unos últimos recuerdos que le hicieron levantarse de un salto, ponerse el abrigo y correr al amparo del anochecer hacia aquel lugar familiar.

Estos últimos recuerdos eran de Harrison Wells. Harrison acurrucándole entre sus brazos en noches silenciosas; Harrison besándole; Harrison ayudándole a disipar, aunque fuera ligeramente, el vacío que le había inundado mientras Joe había estado en coma. Harrison permaneciendo ahí, a su lado. Simplemente. Harrison.

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Gritó de placer y, entretanto, una sensación de plenitud hinchó sus pulmones abriéndolos de par en par y permitiendo que un renovado frescor se esparciera a través de ellos. La oleada de alivio frenético que sobrevino a continuación, descargó gran parte de la ira que se había desbordado en su interior, la tanto se había esforzado por amilanar. Jadeó hondamente. No había sudor en su cuerpo pero notaba las palpitaciones de la sangre por su entera anatomía como un diapasón averiado o la representación de una violín roto. Su mano aún temblaba a una velocidad indecible cuando la extrajo del cuerpo, inerte para entonces tal cual muñeco de trapo; el líquido espeso y del color del vino se le pegó a las uñas. Apoyado contra el muro de adobe rojo de aquella recóndita plazoleta, el pobre hombre que había cometido el infortunio de cruzarse en su camino, justamente en ese momento, se hallaba con los ojos abiertos de puro terror.

Eobard lo miró con insignificancia, luego se limpió la mano ensangrentada contra la pared.

No había sido capaz. Él, Eobard Thawne, que se había jurado helar su sangre hacía mucho tiempo, no había sido capaz de matar a ese cretino y papanatas de detective. Una risa desquiciada escapó de sus labios. Lo habría hecho, lo había querido, deseado con un ansia atroz. Su risa fue entrecortada por un jadeo mientras sostenía su peso contra el muro. La plazoleta continuaba vacía y su mente congestionada con el rostro de Barry.

No había sido capaz por Barry; porque le habría hundido y, para su más fantasmagórica desazón, se daba cuenta de cómo eso le afectaba a él; de cómo Barry despertaba la circulación de su sangre, el calor convertido en sol que renacía después de siglos de haber muerto. Rechinó los dientes, su rostro era una máscara de dolor y desprecio.

Hacia Joe.

Hacia Flash.

Hacia su padre.

Hacia el mundo.

Hacia Barry y hacía la flaqueza que le causaba.

¿Qué pensaría él si supiera lo que había estado a punto de hacer? ¿o si descubriera que había tenido que enfocar su cólera en otro inocente para evitar asesinar a alguien querido para él? Observó de soslayo al hombre, con bigote, de ancha constitución y no más cincuenta años. Se dio cuenta de que no importaba, Barry le iba a despreciar de cualquier forma en cuanto su identidad saliera a la luz.

Y eso, se dijo, no debe importarme, e ignoró la vieja y raída memoria de una niña, la traición y el dolor oscureciendo sus ojos.

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Eobard entreabrió los párpados cuando un sonido agudo resonó en su salón. Se sentía cansado, algo que no era habitual en él, y no esperaba a nadie, mucho menos a Barry, quien en los últimos diez días se había distanciado notablemente, dividiendo sus jornadas entre combatir el crimen y estar junto a Joe. También le constaba que había ido a visitar a su padre a la cárcel y que el día de Navidad había sido un monótono cuadro de hospital, sin regalos ni festejos, que nadie hubo predicho excepto Eobard. Para ser sincero, no se arrepentía de sus acciones. Joe estaba vivo ―dado que se había contenido― y eso era más de lo que anteriormente había hecho por alguien a quien quería ver muerto. Al menos, se dijo, lo había dejado fuera de juego por una temporada y, con suerte, asustado por la amenaza a su hija, no volvería a meter las narices en el caso de Nora Allen; aunque Eobard tenía sus dudas.

Lo idóneo según su juicioso punto de vista sería arrepentirse por no haber asesinado al hombre, pero no obstante, la conducta mustia de Barry últimamente extinguió cualquier posibilidad. El chico parecía un fantasma: no hablaba, no lloraba, no expresaba, había estado apareciendo por su casa todos los días solo pasada la medianoche, se había deslizado bajo sus sábanas y aferrado a él como si fuera la cerilla encendida en la absoluta negrura de un mundo despiadado y cambiante. Al quinto día Eobard había tenido que admitir lo mucho que esa actitud le frustraba y, para más índole, que echaba de menos al antiguo Barry, realización que sólo acrecentó su mal humor.

El chirrido del timbre hendió de nuevo la calma de su mansión. Chasqueó la lengua mientras se sentaba en la silla de ruedas antes de dirigirse hacia la entrada. Él había pasado esos días tratando de no pensar demasiado en su pasado ni en su sentir por Barry y, siempre práctico, había terminado al fin el suero basado en el ADN del Obliviateador, el cual tenía a buen recaudo.

Para su sorpresa, el que picaba era Barry. Eobard lo recorrió con los ojos. Iba vestido con una camiseta de cuello en forma de pico de color marrón tierra que resaltaba contra la pálida piel de sus clavículas. Por encima le caía un abrigo de lana blanca y granate que le llegaba hasta la cintura, donde se estrechaba y daba paso a unos pantalones del mismo tono que la camiseta. Un look natural pero brillante que quedaba ultimado por las deportivas blancas. Eobard necesitó un momento para sobreponerse a la impresión de su llegada.

―Barry ―susurró―. No te esperaba tan pronto. A penas son las…

Unos cálidos brazos lo rodearon por el cuello justo cuando se oyó el portazo de las puertas al cerrarse. Eobard parpadeó confuso y, aún así, sintió como si de pronto un manantial de agua le fluyera por los huesos y los músculos, por los tendones, aligerando la tensión y suavizando su cuerpo hasta un punto en el que podría haber estado hecho de nubes.

―Lo sé ―le dijo Barry suavemente contra la piel de la nuca―. He estado distante, lo sé. Perdóname.

¿Que te perdone… yo a ti? pensó, demasiado sorprendido como para decir nada.

―Estuviste prestando ayuda con el tratamiento a Joe los primeros días y gracias a eso él ha despertado, al fin ha despertado y… ―Eobard sintió el roce de sus labios, el peso del cuerpo delgado de Barry sobre sus piernas―… me he dado cuenta del poco caso que te he hecho estos días, a pesar de que cada noche, cuando me aterraba encontrarme solo, tú siempre has estado ahí, sin emitir ni una sola queja por mi comportamiento distante y ofreciéndome todo el silencioso apoyo que he necesitado a cambio de nada. Por eso, perdóname.

Un sordo y agudo dolor sacudió a Eobard por la zona del pecho como si estuviera siendo horadado por una perforadora. Rodeó a Barry por la espalda y lo ciñó contra él.

―Una de las personas más importantes de tu vida corría riesgo de muerte, Barry ―y tuvo que convencerse de que la inflexión en su voz al decir su nombre no había sido un temblor―. Creo que esa conforma una buena razón para que alguien sienta la necesidad de recluirse en sí mismo.

―Ese eres tú, siempre tan comprensivo ―dijo Barry apartándose lo justo para que se pudieran ver el rostro.

―Pensé que tenía mal genio.

―Lo tienes, seguro que en realidad no te ha sentado bien, pero lo disimulas.

Eobard arqueó una ceja ante el tono apático del otro. Su expresión, caracterizada por unas tumefactas bolsas púrpura bajo los ojos, que se habían vuelto pan de cada día, era más de la misma indolencia a pesar del sentido discurso que acababa de pronunciar.

―No haces buena cara, ¿qué pasa? Deberías estar contento de que Joe haya salido del coma.

Una risa estrangulada brotó de los labios del joven velocista, una risa oscura que sonó como cristales haciéndose añicos. En un instante, Barry se había puesto en pie de forma brusca. Eobard pudo apreciar un ligero temblor en sus manos.

―Barry.

―Siento que todo es una jodida broma del destino ―dijo mirándose las manos―. Puede que tuvieras razón el otro día, ¿sabes? Puede que ese poeta francés estuviera en lo cierto cuando proclamó que la vida es solo una farsa hacia la que nos vemos empujados. Pero te juro que cuando lo coja… Harrison, cuando consiga coger a ese gilipollas que se las da de guay paseándose en un ridículo traje amarillo mientras asesina a personas, va a pagar con creces todo el daño que nos ha causado a mi y a mi familia.

Eobard notó como se le tensó el nervio ocular, iracundo por el desdén manifestado en las palabras de Barry hacia su persona, y tuvo que hacer su mayor esfuerzo, oprimiendo los brazos de la silla hasta que los nudillos se volvieron casi blancos, para contener un sentimiento de repulsión que era agua pasada en presencia de Barry; este no le había estado mirando y eso fue una suerte. Deslizó su mirada azul, recorriendo al chico. Había un matiz sombrío y turbulento en su aspecto, en la impasibilidad de un aura gélida que lo envolvía, y en cuyo epicentro permanecía velada la tácita amenaza nacida de un odio muy profundo, tan profundo que Eobard sintió como si su estómago estuviera en caída libre.

Porque la culminación de ese odio no era otro que él.

―Dime qué ha sucedido ―demandó tratando de sonar normal.

Pero no había estado preparado para la respuesta de Barry.

―Joe no va a poder caminar más.

Fue un rumor casi inaudible que le explosionó en los tímpanos con la fuerza de un torpedo. Hubo una división en su psicología. Una parte de él quiso troncharse de la risa por la paradoja del destino, hacer una danza sobre las piernas lisiadas del detective; la otra le hizo enmudecer con la vista clavada en Barry, estática e incrédula. Después Eobard recordaría haber abierto la boca en ese momento, pero incapaz de decir nada que resultara adecuado y que fuera mínimamente fiel a su verdad, volver a cerrarla; recordaría como Barry se había acercado entonces y entrelazado con suavidad sus dedos índice y corazón con los de él.

Eobard alzó la vista.

―¿Por qué ese tipo intenta que lo odie? Recuerdo que mencionó que éramos enemigos, él y yo. No sé cómo ni porqué pero él me conoce, y aparentemente su única meta en la vida es causar daño a la gente que me importa. No lo entiendo, pero sus motivos me dan igual; no quiero saber porqué su retorcida mente decidió salvarme la vida una vez, de igual forma que no quiero saber la razón que le llevó a asesinar a mi madre. ―Eobard no contestó. En algún momento del discurso de Barry había desviado la vista hacia el ornato de jaulas de cristal que decoraba un lateral del vestíbulo, y en cuyo interior el fuego había sido confinado a ser una oscilación hipnotizante. Se preguntó si tocar aquella llama haría mermar el escozor de culpa que empezaba a arremolinarse en su interior y puliría la indiferencia que solía sentir hacia todo y todos. Débil, Eobard .Repugnante, Eobard . Débil. Una debilidad sentir culpa por ser la causa de las penurias de alguien mientras que, por otro lado, estaría dispuesto a aniquilar al resto del mundo sin pestañear si eso le sirviera a sus propósitos, si no rompiera a Barry con ello. Odiaba sentirse así; tener ese temperamento suyo a disposición de la felicidad de otros era inútil, era inservible, era… ―. ¿Sabes? ―inquirió Barry despertándolo de su ensoñación―, antes recordé una cosa que solía decirme mi madre acerca de Stream City; ella y mi padre fueron allí de luna de miel. Celebraron su boda en Navidad por lo que para cuando fueron la ciudad estaba en plena celebración de sus fiestas más famosas: La Bohemian Night .

La quietud que acaeció a continuación, aunque solo fueron unos segundos, pareció durar eternamente para Eobard, que apartó la mirada de las llamas y la depositó sobre Barry. Había una serena calma en el chico, una neutralidad de quien cuenta una simple fábula infantil.

―Mi madre hablaba maravillas sobre esas fiestas ―explicó―, seis noches de libertad, sofisticación, intriga y magia que culminan con las campanadas de nochevieja. Siempre quiso llevarme ―finalizó Barry; y aumentó el agarre entre sus dedos como si esa simple unión fuera todo lo que le mantuviera a flote.

―¿Te gustaría ir?

La proposición escapó de sus labios antes de que pudiera retenerla. Los ojos verdes del chico destellaron al mirarlo por primera vez en mucho rato.

―¿Cuando? ¿ahora?

―Podemos ir en un momento con tu súper velocidad ―sugirió Eobard, elocuente.

―Yo no… No creo que sea un buen momento, con Joe en este estado no estoy en el humor que me gustaría. Lo arruinaría todo ―pero había un leve titubeo en la determinación de su voz.

Ah, bueno, se dijo, mejor. Aún así, observó después:

―No vas a ser de ayuda para Joe en tu estado, Barry, hay demasiado... rencor en ti.

―Si no fuera por ti, el odio y el rencor lo sería todo, me siento vacío.

Eobard le estiró de la mano de forma que Barry se vio obligado a inclinarse y pudo robarle un beso. Atrapó el suspiro receptivo del chico cuando sus lenguas se juntaron moviéndose la una contra la otra, acaparándose hasta que Eobard rompió el beso estirando del labio inferior del otro con sus dientes. Barry gimió quedamente; sus mejillas se habían vuelto dos faros encendidos y a Eobard se le secó la garganta.

―Tal vez quieras darme la oportunidad de aligerar ese nefasto estado de ánimo.

Tal vez se estaba volviendo loco. No importa, ultimó, Barry se ha vuelto especial pero no importa más de lo que importó Jadidya y no importa más que volver a mi hogar. Este tiempo con él será un lapsus hasta que llegue el momento en el que mi plan culmine y, entonces, su dolor tampoco será una preocupación pues será erradicado.

Cuando los ojos de Barry se iluminaron y una leve sonrisa asomó en su rostro, las razones por las que seguía caminando en la linde de aquel precipicio cobraron fuerza.

Próxima parada: Stream City.


Ohhh... Barry y Eo se van de juerga, ¿que pasará en Stream City? ¿Qué le pasa a Cisco? xD
Stream City lo he inventado como equivalente a Venecia del multiverso de Flash, no soy de leer los comics así que no tengo ni idea de si existe ya algún sitio como este, por lo que me lo invento para beneficio de mi fic xD
Espero que os haya gustado el capítulo, ha sido un poco lento pero vamos viendo una marcada progresión en los sentimientos de Eobard. ¿Qué esperáis ver en le próximo capítulo? Cualquier comentario, decidme! :) Me encanta saber vuestras opiniones.