*Llega jadeando por el cansancio y saluda a sus lectores* ¡Hola! Es viernes y recién voy a publicar el capítulo del martes, en mi defensa diré que salió más largo de lo esperado y, de hecho, finalmente decidí que sería un capítulo más en lugar de una continuación del anterior, aunque forman parte del arco de Stream City.
Nunca lo hago y, esta vez, quería dar las gracias a mi novio Iván por toda la paciencia que está teniendo, y lo mucho que sus consejos, aunque sacados con sacacorchos, me ayudan a evolucionar esta historia y a creer en mi misma.
No diré mucho más, otro capítulo de luna de miel Barrison/Eobarry. Espero que os guste :)
Me haces amar, odiar, llorar, tomar cada parte de ti.
Me haces gritar, arder, tocar, aprender todo de ti.
Zella Day
11. Stream City: El grito de un mudo
«Quédate con un amor que te dé respuestas y no problemas.
Seguridad y no temor. Confianza y no más dudas»
Paulo Coelho
La ciudad de Stream City era una concentración luminosa empequeñeciendo en la distancia; una estampa contra las altas cordilleras que circundaban el lago Haiass, como si fueran salvaguardas contra el mundo exterior. Un suave balanceo sacudió la góndola cuando Barry movió el remo para cambiar de dirección. Se respiraba una apacible serenidad nacida del perezoso mugir del agua y de la íntima penumbra, un aire muy distinto del que se encontraba condensado en la ciudad entre todo el gentío y la contaminación acústica y lumínica. A lo lejos se podía divisar alguna que otra pequeña mota desperdigada entre las aguas negras; probablemente, aparte de ellos, alguien más había decidido subir a una góndola y surcar el lago en pretensión de alejarse de la multitud y encontrar un poco de la paz que la naturaleza palpitaba por cada rincón, en cada ser vivo, vegetal o molécula de agua.
Navegaron durante unos minutos en una agradable quietud que no precisó de conversaciones banales; Harrison sentado en la madera mientras que él remaba y le lanzaba miradas esporádicas de vez en cuando, tratando de mitigar la excitación que solo había quedado a medio reposo en el trayecto desde el Laberinto del mar hasta donde se encontraban en ese instante. En realidad hubo miradas por parte de ambos pero, mientras que las del científico eran directas y penetrantes y hacían a Barry sentir como si un volcán le hiciera erupción, las de él eran tímidas y cuidadosas y tenían lugar cuando los ojos de Harrison se perdían en la inmensidad del agua; entonces los de Barry veían la oportunidad de observar sin ser vistos y se posaban sobre él escrutando cada detalle minuciosamente, como si fuera una obra de arte en la que cada pedacito, cada centímetro, estuviese hecho a conciencia para encandilar al público. No importaba que estuviera vestido de mujer o que un antifaz cubriera su rostro, porque la mirada de Barry podía ver más allá de todo aquello, ahondar en aquella persona que le había puesto el mundo de patas arriba; le daba la oportunidad de meditar acerca de sus propios sentimientos por Harrison, algo que no solía hacer a menudo si bien estos estaban presentes en prácticamente cada instante de su vida desde que toda su aventura comenzó. A veces, sin embargo, las hormonas de Barry le traicionaban y se encontraba desviando la mirada hacia el pecho primero y luego hacia la perfecta curva de los bíceps, en consecuencia, aparecía el conocido tirón en la ingle que era la señal para apartar la vista y enfriar sus pensamientos… «Hasta llegar a algún sitio, al menos», se decía.
Cuando Eobard fijaba sus orbes azules sobre la figura de Barry otra cosa sucedía, parecida, pero no enteramente idéntica. Para empezar había una sacudida en su pecho, como un brinco. A continuación se sentía enmudecido, congelado y perdido, sobre todo perdido, y finalmente, tras unos segundos de aturdimiento, tenía que recordarse a sí mismo la promesa que se había hecho horas atrás, justo antes de emprender aquella pequeña escapada a Stream City: «Barry se ha vuelto especial pero no importa más de lo que importó Jadidya y no importa más que volver a mi hogar. Este tiempo con él será un lapsus hasta que llegue el momento en el que mi plan culmine y, entonces, su dolor tampoco será una preocupación pues será erradicado». Un lapsus. Era un lapsus, luego todo volvería a la normalidad, se dijo con una expresión adusta perfilada en su rostro.
―Ayer Caitlin me preguntó por fin acerca de nuestras clases particulares ―mencionó Eobard de forma casual―. Parece que la curiosidad le estaba corroyendo por dentro.
Barry soltó una carcajada.
―Eso significa que lo que sea que le hayas dicho Cisco también lo sabe, ¿que le pusiste como excusa para habérselo ocultado?
Eobard se encogió de hombros distraído. Su mente había capturado el nombre de Cisco, recordando la esquiva actitud del chico la mañana anterior, y era incapaz de dejarlo escapar.
―Que no queríamos ponerlos en una situación incómoda en la que se vieran obligados a sacrificar sus horas de sueño para ayudarnos.
Barry asintió, serio, sin dejar de remar en ningún momento. Hubo un breve silencio, no de esos incómodos sino uno que daba por hecho que la conversación había quedado zanjada; pero entonces el chico retomó la palabra.
―Son unos buenos amigos. Nunca imaginé que iba a encontrar a gente en la que confiara tanto como en Iris, pero ellos… ―Hizo una pausa y finalizó―: ellos son fantásticos.
Eobard que había estado distraído en su ensoñación a la vez que contemplaba los reflejos de los astros fluctuando en un lago que, a esas horas, semejaba un charco de petróleo, apartó la vista del horizonte y la posó sobre el chico. El entrecejo se le había fruncido en una pequeña arruga de confusión.
―Te preocupas por ellos ―dijo como si se acabara de dar cuenta.
Barry no lo notó y se limitó a sacudir la cabeza y a afirmar lo dicho por él.
―Pero ―continuó Eobard― ¿quieres decir que ellos son para ti como Iris, o Joe?
―No son como Iris o Joe. Joe es mi padre, como si lo fuera; Iris fue mi primer amor y es mi mejor amiga, alguien con quien me he criado desde que era un niño ―explicó con una voz suave y tersa, casi melancólica, que se quebró un poco al mencionar a su padre adoptivo―. Pero hoy por hoy Cisco y Caitlin también son indispensables en mi vida. Como tú.
Sus miradas se encontraron. La sonrisa de Barry era cálida pero había unas sombras en sus ojos que no habían estado antes, unas sombras que eran indicio de que ahora era consciente de la fragilidad de la vida, especialmente de la de los seres queridos de alguien como él, de un superhéroe con decenas de enemigos con pretensiones de herirlo por medio de sus familiares y amigos.
―No permitiré que nadie vuelva a tocar a mis amigos o a mi familia, y tampoco a ti ―Su voz, aunque serena, destiló conatos del odio que Eobard había detectado en su casa, cuando Barry le había hablado del estado del detective West por primera vez.
Odio. Barry estaba envuelto en odio, puro odio, un odio que relegaba la tristeza a un plano secundario o incluso terciario. Un odio ancho y denso que no estaba hecho para alguien como Barry, no éste Barry, no su…
―Deberías estar triste, sentir congoja ―fue un susurro repleto de intensidad que sorprendió al chico―, pero lo único que veo es odio en tu interior. Tú no eres así, Barry.
Hubo una tensión repentina en Barry que quedó patente por el repentino balanceo inestable de la góndola. El antifaz dorado perfilado con largas plumas negras le tapaba parte del rostro, pero aún fue capaz de ver la contracción de los músculos del cuello y de la mandíbula. La mirada crispada y el odio.
―No tengo tiempo que perder estando triste.
―Una vez te lo dije, el rencor no es un buen conductor, es el peor aliado que puedes tener.
No obtuvo respuesta.
―Barry… ―insistió.
―Detente. No… ―comenzó a remar otra vez―. No te metas en esto, Harrison, por favor. No quiero hablar de ello, yo… No puedo.
«No puede…» , pensó, «no puede». A veces Barry era tan individualista como el propio Eobard. Lo contempló por unos segundos más con un sonrisa pétrea y una creciente e irracional irritación hacia el chico que hubiera deseado no tener que disimular.
Había luna decreciente aquella noche, reparó Eobard. La conversación murió ahí y el resto del camino transcurrió en un silencio, esta vez sí, plagado de incertidumbres, sentimientos encontrados y secretos no enunciados.
Minutos más tarde, una colisión con lo que debió ser una superficie rocosa bajo el agua provocó una fuerte sacudida de la góndola que los pilló de sorpresa a ambos, especialmente a Barry, que soltó una exclamación sobresaltada justo antes de perder el equilibrio. A Eobard, en su estado de pseudo parapléjico, solo le dio tiempo de comprobar que se habían detenido en la orilla de una cala antes de ver, impotente, como Barry se caía hacia un lado con el remo en la mano, haciendo volcar a la góndola en el proceso y a Eobard con ella.
El contacto repentino con el agua del lago Haiass en pleno periodo invernal fue como si un millar de agujas se le clavaran en la piel. Aguantó la respiración de forma mecánica, parpadeó y entreabrió los ojos. El antifaz se le había desprendido con la zambullida y lo había perdido de vista. Le traía sin cuidado. El agua se había agitado con todo el movimiento y una ola de luminiscencia azulada lo deslumbró. La vista no era del todo nítida pero era lo suficiente como para distinguir la figura de Barry saliendo a la superficie.
Eobard no se movió. Podría haber agitado los brazos en un lamentable intento por dejar de hundirse, pero no iba a reducirse a eso y, puesto que tampoco podía ponerse a nadar como si las aguas del lago fueran milagrosas y hubieran curado su parálisis, se limitó a esperar a que Barry bajara a buscarlo. La estructura del miriñaque era molesta, y las telas del vestido mojadas, así como el corsé oprimiendo su pecho, eran del todo insoportables cuando uno se encontraba sumergido en el agua. Evidentemente, Barry no tardó en atraparlo entre sus brazos, fue rapidisimo, pero como Eobard también veía el tiempo pasar más lento llegó a sentir ganas de cruzarse de brazos ―porque no era agradable estarse hundiendo en la profundidad de un lago sin opción de actuación―.
Una vez Barry lo hubo sacado a flote, Eobard a penas pudo recuperar el aire perdido de la fuerza con la que lo estaba apretando.
―¡Joder, lo siento, lo siento! Lo siento tanto… ―murmuró Barry besando, y luego palpando, su cara―. ¿Estás bien?
―Lo estaré en cuanto ―barbotó un tanto descompuesto por semejante entusiasmo― en cuanto me permitas respirar.
―Lo… siento ―musitó aflojando el agarre y colocando los brazos de Eobard de tal forma que reposaban sobre los hombros de Barry. Tomó una amplia bocanada de aire. Sus miradas entraron en contacto, frente a frente, con el antifaz de Barry también extraviado en algún lugar de aquel lago, calados de agua hasta los huesos, mientras Barry pataleaba suavemente para que no se hundieran―. Creo que hemos chocado contra alguna roca.
El hombre enarcó una ceja que destiló socarronería, como si quisiera con ella preguntar si había llegado a esa conclusión por sí mismo. La oscuridad disimuló el leve sonrojo de Barry, que se pegó al cuerpo de Harrison lo máximo que las prendas les permitían y hundió la cabeza en su cuello.
―¿Te gusta este sitio?
Eobard dejó caer los párpados suavemente.
―Es ―susurró― íntimo.
Notó el temblor de la risa de Barry contra su cuello y no fue capaz de reaccionar de ninguna manera. La cabeza le zumbaba mientras un calor extraño se filtraba en su interior desde el cuerpo de Barry, alejando así el frío que le había congelado la sangre después de la última conversación. Algo le dolió en su interior pero no supo el qué.
Ladeó la cabeza para otear a su alrededor. Habían llegado a pocos metros de una de las muchas calas que nacían a los pies de los acantilados y de los declives rocosos del lago, formando una irregular circunferencia montañosa que mantenía a Stream City y al Lago Haiass aislados del resto del continente. Algunas de las playas tenían senderos que ascendían hasta perderse en frondosos bosques de abetos; otras contaban con pequeños arroyos de poco caudal que desembocaban en el espectacular estanque; pero la cala en la que ellos se habían detenido era menos todavía, más pequeña, diminuta y recóndita. Debía contar con unos veinte metros cuadrados a lo sumo, de arena blanca que se fundía en piedras ovaladas en el punto en el que la espuma del suave oleaje lamía la orilla; altos y escarpados salientes de roca la ocultaban de una primera mira. Olía a mar, lo cual era curioso porque no estaban en el mar y, aún así, el olor salado y refrescante era como un droga que penetraba el olfato y hacía languidecer en una calma infinita. Las estrellas brillaban en lo alto del firmamento y, debajo, Eobard descubrió la naturaleza de los puntos luminosos que había creído ver bajo el agua: fitoplancton lingulodinium polyedrum. Un fenómeno curioso.
―Estamos envueltos en luz ―murmuró Barry leyéndole la mente; tenía la barbilla apoyada en su hombro y los ojos fijos en las olas fluorescentes.
―¿Sabes a qué se debe?
―Lingulodinium polyedrum ―contestó―. Un tipo de fitoplancton que crea luminiscencia cuando recibe estímulos externos, como por ejemplo nuestros movimientos en el agua ―y como demostración agitó una mano en círculos entre ellos provocando que una marea de motas luminosas y azuladas bailotearan a su alrededor.
Eobard asintió satisfecho por su respuesta y Barry bromeó «Ya sabes, solía ser el friki de clase».
La orilla de esa zona parecía más un pequeño firmamento de estrellas que habían ido a descansar a la Tierra; y los ojos verdes de Barry llenos de esa luz fueron los que le robaron el aliento a Eobard cuando lo miraron directamente a él.
―Siento el arrebato de antes ―confesó Barry muy serio―. No sé cómo soportaría todo esto sin ti, no quiero que pienses que no te lo agradezco.
Eobard no respondió pero Barry tampoco parecía esperar respuesta, porque después de un instante de contacto visual lo rompió, y lo siguiente que el científico sintió fue un cosquilleo en la línea de su mandíbula y, luego, la lengua de Barry internándose en su oído y haciéndole estremecerse.
―Mm… Tu piel está salada. Estamos en un lago.
El murmullo de Barry fue ronco pero no por eso exento de cierta curiosidad.
―¿Te estás preocupando por esas nimiedades ahora?
Barry rozó con la nariz la barbilla de Eobard, dejando sutiles mordiscos por la zona de la nuez de Adán que culminaron en un lametón pausado desde las clavículas hasta que sus bocas se juntaron en un beso hambriento. Las vestimentas habían sido una molestia toda la noche, al menos lo habían sido para Eobard; pero nunca lo habían sido tanto como cuando se hubo caído al agua y la pomposa falda se le había pegado hacia arriba por todas partes; y ni entonces lo fue tanto como en ese mismo instante, con Barry besándole con desenfreno y el calor y la impaciencia empezando a abrumarlo.
―Harrison…
Eobard movió una pierna.
Se quedó congelado. Un creciente pavor se le instaló en la boca del estómago y abrió los ojos esperando lo peor…
Barry tenía los párpados entornados justo antes de arremeter contra él en un nuevo intercambio de saliva que lo dejó atónito. Solo reaccionó devolviendo el beso cuando su mente procesó, con alivio, que Barry, al parecer demasiado entregado al deseo, no se había percatado de su pequeño desliz; es más, en un ágil movimiento había cogido las piernas de Eobard, rompiendo la estructura del miriñaque de una forma que solo fue posible debido a sus superpoderes, y las hubo enroscado alrededor de su cintura para un mejor equilibrio. Por primera vez en mucho tiempo, sintiéndose liberado de aquella prenda, Eobard no quiso pensar demasiado.
Los besos fueron ganando vehemencia y voluptuosidad por momentos, se volvieron más bruscos y salvajes. Las manos de Barry arañaron la tela del vestido en la espalda de Eobard, bajaron al trasero y lo apretaron. Sus gemidos se entremezclaban al unísono, la cabeza les daba vueltas, la temperatura del agua parecía haber ascendido mil grados.
Después de unos minutos de irracional desenfreno, Barry jadeaba más fuerte debido al esfuerzo extra por mantener el peso de ambos a flote, por lo tanto salvó la poca distancia que los separaba de la orilla y tumbó a Eobard en la arena dejándose caer él encima. La trenza mojada de Barry le golpeó en la mejilla. Se miraron; uno desde arriba y el otro desde abajo, y se zambulleron en un nuevo beso sin tregua.
Barry se sacó con premura los incómodos y empapados ropajes, que quedaron desperdigados en un tumulto en la arena, sin apenas reparar en que los rompía; y, tras deshacerse del corsé y demás prendas de Harrison, emitió un jadeo gutural impelido por la brisa fresca que fustigó su cuerpo casi desnudo e inició un balanceo de sus caderas involuntario, fruto de la necesidad, contra las de Eobard. Este se aferró al cuerpo sobre él. Su pene siendo frotado contra la protuberancia ya totalmente dura de Barry, aunque fuera a través de la tela de los calzoncillos, lo estaba volviendo loco. Deslizó las manos por los costados del chico en un camino descendente hasta las nalgas, que apretó, masajeó y separó con vehemencia mientras que utilizaba su boca para dejar un reguero de besos y mordiscos por la vena de su cuello. Acarició con un dedo, tentativamente, el contorno del anillo de músculos del ano de Barry. Lo metió un poco, luego lo sacó. El gemido que obtuvo lo alentó a seguir con su propósito por lo que volvió tantear el orificio con cuidado y delicadeza. Barry emitió un quejido pero se dejó hacer. Estuvieron fundidos en un tórrido beso en el que dientes, lengua y labios fueron partícipes; paulatinamente el beso perdió fuerza hasta que se separaron en una dulce caricia. Eobard detuvo sus quehaceres en la zona sur y se miraron.
―¿Quieres esto? ―Tenía la garganta reseca y la pregunta fue pronunciada en un tono más áspero del habitual.
Los ojos de Barry estaban dilatados cuando asintió en un breve cabeceo.
―Quiero todo de ti ―dijo dibujando con los dedos patrones aleatorios sobre la piel morena de Eobard. Desde el pecho, sobre los pezones, rozando el vello que crecía cerca del estómago, por las líneas de los abdominales, se entretuvo unos segundos más en la protuberancia de los oblicuos y Eobard lo vio morderse el labio de anticipación. Cuando la sutil caricia alcanzó el muslo interior, rozando vagamente los genitales, Barry añadió―: También deseo saber lo que se siente estar dentro de un hombre, dentro de ti.
Eobard se tensó, pillado por sorpresa. Barry lo notó y lo estudió con la mirada.
―Tú… tampoco lo has hecho nunca. Yo pensaba…
―No con un hombre. Al menos, no siendo yo el penetrado.
Los labios de Barry, rojos ya fuera por el pintalabios o por la hinchazón de los besos, se deslizaron por su mejilla arrancándole un suspiro involuntario. Barry sonrió un poco.
―Mejor. Así no soy el único novato ―murmuró, y añadió bajando el tono―: pero hoy quiero que seas tú el que me folles.
Eobard casi se atragantó. Las palabras fueron una ternura, una maldición, una delicia y una tortura susurradas contra la piel de su mejilla. Se estremeció. El corazón le martilleaba fuertemente contra las costillas. La mirada de Barry rebosaba serenidad y seguridad en sí mismo, en ellos. Tenían el ardor de dos soles encendidos. Eobard dirigió sus dedos a la boca de Barry y le instó a que los chupara; este lo hizo sin apartar la vista de él, los lamió, succionó, espoleando su excitación hasta niveles desorbitados, y basta con decir que segundos después Barry se había convertido en una masa temblorosa y jadeante sobre él mientras los dedos humedecidos de Eobard lo penetraban con afán.
―¡Oh, si!
Su pene recto golpeaba contra el estómago de Eobard cada vez que el chico se retorcía presa del placer.
―Sí, Barry… sí ―musitó roncamente; tenía las pupilas dilatadas, la cabeza le zumbaba y el sudor se escurría por su cuerpo a la vez que una marea de lava candente se extendía por debajo de su piel. Su pene, también duro, palpitaba con cada sonido que salía de la boca de Barry―. Sí, eres perfecto ―y movió los dos dedos en el interior de Barry profundizando la fricción.
0.o.o.0.O.0.o.o.0
Cisco era un chico de promesas por lo que, aunque le pesara en su interior, se dirigió a la casa de Joe y Barry con el firme anhelo de encontrar allí al chico. No iba a negar que sentía una curiosidad sana por comprobar con sus propios ojos la naturaleza de esos misteriosos entrenamientos que llevaban a cabo su amigo y el Dr. Wells, y ahora tenía la excusa perfecta, pero no obstante, las ganas de acabar con todo aquello y poder dejar de pensar aunque fuera por un rato eran mayores. No tuvo esa suerte, sin embargo, cuando picó a la puerta de la casa y nadie le contestó. Entró sigilosamente solo por si acaso y sin demasiada esperanza. Como sospechó, Barry no se encontraba en ningún punto del hogar.
―¿Por qué me pasa esto a mi? ―se lamentó, paseando por la habitación con curiosidad.
La cama estaba deshecha con las sábanas enrolladas de cualquier manera. Había lápices y gomas tiradas por el escritorio que hacía esquina con una estrecha y alta estantería, esta tenía algunos tomos y objetos, como marcos de fotografías y figuras de decoración; pero la mayoría de los volúmenes estaban repartidos por el suelo formando dos pirámides inestables. Aunque la ventana estaba cerrada, las cortinas abiertas de par en par dejaban a la vista el frondoso melocotonero que daba a la habitación.
Se fue de la casa sin mucha otra alternativa, montó en su furgón y se dirigió, conduciendo entre el tráfico notablemente mermado de las horas de madrugada, hacia la periferia de la ciudad, donde se situaba el barrio en el que el Dr. Wells residía. Al ser una zona un tanto alejada del centro urbano de Central City, el espesor de la vegetación y la ocasional aparición de su fauna no pasó desapercibida; de hecho, tuvo que pegar dos volantazos para sortear a un cervatillo y dos liebres que se cruzaron en su camino.
Fue ya en el momento de apagar el motor, aparcado en un lateral de la carretera que pasaba a unos metros del pórtico, que empezó a olerse lo ineficiente del viaje que había hecho. La mansión se alzaba sobre él como una sombra oscura y aterradora, sin ningún tipo de iluminación que pudiera delatar el más mínimo movimiento en su interior.
―¡Perfecto! ―profirió sarcástico en medio de la noche―. ¡Todo está saliendo redondo, redondisimo!
Un ruido proveniente del follaje que flanqueaba el camino recto hasta el portal le hizo pegar un brinco a la vez que emitía un pequeño chillido y se giraba en esa dirección.
―¿Quién anda ahí?
Las orejas puntiagudas de una liebre asomaron por encima de los matorrales justo antes de que el animal pegase un bote hacia delante, deteniéndose con un aire solemne frente a Cisco.
―Me estás vacilando ―dijo―. Una liebre me está vacilando, esto ya es la ostia. Un momento ―entornó la mirada hacia el animal, que le observaba con sus pequeños ojos amarillos y la cabeza ligeramente ladeada― ¿intentas decirme que no me acerque a la casa? ¿eres algún tipo de guardián o qué? Pues que sepas que voy a picar, ninguna liebre va a amenazarme con lo que puedo o no puedo hacer.
Dio unos pasos decididos hacia la mansión, sin despegar la mirada de la figura diminuta de la liebre que, después de unos segundos, se cansó y desapareció entre los arbustos pegando brincos.
―Dame suerte, oh, Diosa de las liebres ―suplicó mirando el pulsador del timbre y lo apretó con un dedo―. Vamos… vamos…
Pero por mucho que esperó y esperó no hubo respuesta ni ningún indicio de que pudiera haber alguien en la casa. Lo intentó una segunda vez pero el resultado fue el mismo. Sospechoso. Ni Barry ni el Dr. Wells estaban en sus respectivas casas, o, en el caso del Dr. Wells, podía estar profundamente dormido, no tenía modo de averiguarlo; porque una cosa era colarse en el hospital por petición de un enfermo, o entrar en casa de Joe con el permiso expreso del propio Joe; pero otra muy distinta, a la que además no iba a recurrir, era entrar a hurtadillas en casa de un famoso y experto científico que, para más índole, era su jefe. No, señor, no lo iba a hacer ―en parte porque no creía tener posibilidades de éxito valorando la cantidad de sistemas de seguridad y alarmas que debía tener dispuestos el hombre―.
Llegados a ese punto Cisco decidió que lo más sensato y eficiente sería llamar al objeto de su busca.
Así que, una vez en el interior de su furgón ―al que se había apresurado a llegar después de escuchar un nuevo ruido entre los matorrales―, cogió el móvil y marcó el número de Barry.
Biiip… Se escuchó un tono.
Biiip… Dos.
Biiip… Tres.
¿En realidad Barry no iba a contestar? Tal vez estuviera durmiendo en algún otro sitio, ¿pero dónde? ¿en casa de alguna amiga? ¿o le habría sucedido algún infortunio? A un paso estaba de darse por vencido y volver a su casa sin más remedio que esperar al día siguiente para indagar en el asunto, cuando la llamada se descolgó.
―¿Barry? ―inquirió después de un momento―. Tío, soy Cisco... ¿estás ahí?
Aguardó por una respuesta con una mano en el volante de su furgón y la otra oprimiendo el aparato móvil contra su oreja como si un alud de nieve le hubiera helado los músculos y los tendones. No corrían buenos tiempos. La falta de sonido al otro lado de la línea resultó rompedora e instaló un apretado nudo de inquietud en su garganta.
―Barry, ¿hola? ¿me oyes? ¿está…?
Su mandíbula se cerró herméticamente al apreciar, de forma repentina y muy sutil, un murmullo de movimiento a través del altavoz del teléfono móvil. Agudizó el oído en un intento por descifrar su procedencia, tal vez de aquella forma, si Barry estaba en peligro, podría sacar algún indicio acerca de su localización. Era un runrún continuo similar al que producía el roce de la ropa, suave y prácticamente inaudible, pero no obstante, de vez en cuando, habían puntuales golpeteos que aparecían a intervalos y que opacaban lo que Cisco creyó identificar como el sonido del oleaje. ¿El mar? ¿estaría Barry en la playa? Tal vez había perdido el móvil, pues no se escuchaban voces humanas y no creía que su amigo hubiera tenido la ocurrencia de irse de acampada a la playa y estuviese durmiendo allí.
«También es posible que tenga el móvil en silencio, pero no es propio de él, sobretodo con Joe hospitalizado», pensó sin saber a qué atenerse, «¿y cómo narices se ha descolgado la llamada?»
―¿Hay alguien ahí? Barry, soy Cisco ―llamó elevando la voz― ¿¡hooooolaaa!?
La voz de Barry se escuchó entonces extremadamente baja, tanto que sus palabras eran ininteligibles para Cisco; pero aún así, al escuchar su voz, este sintió como si le hubieran quitado de encima un gran peso que no sabía que estaba cargando. Volvió a intentar hablar con su amigo.
Por nada del mundo se imaginó o llegó a prever que lo próximo que oiría sería un gemido. ¡Y, oh! No fue un gemido normal. No, señor; fue un Señor gemido, un rey gemido, un Dios gemido. Entrecortado y enronquecido y con la voz de Barry alcanzando una gama de colores y una sensibilidad que le dejaron patidifuso y absolutamente descolocado.
―No me jodas… ―musitó el joven científico en un hilo de voz y con los ojos abiertos como dos enormes naranjas.
―«¡Ahh…! H-haz… haz eso otra vez» ―jadeó Barry de nuevo, larga y roncamente; parecía estar disfrutándolo mucho―. «Oh, joder, ¡sí...!»
Cisco colgó en el acto.
―Vale. Está ocupado. ―Encendió el motor de su furgón sin apartar la vista del frente―. Me queda claro.
Y condujo hasta su apartamento de forma mecánica, con un cosquilleo tórrido que no admitiría ni bajo tortura pero que le hizo desear tener la suerte de Barry, y estar con una bonita amiga con la que pasar la noche.
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El rumor que producía la ondulación del agua del Lago Haiass era mitigada por el concierto de gemidos que había ido in crescendo en los últimos minutos. Había dos figuras tumbadas sobre prendas de ropa que, en algún momento de aquel frenético refregón, habían sido dispuestas entre los sudorosos cuerpos y la arena para evitar que esta se les clavara en la piel desnuda. La oscuridad de la noche les cobijaba; si bien, la tenue luz de la luna y de las estrellas caía sobre ellos como listones de plata y, de las olas al romper en las rocas, nacía una tersa luminiscencia azulada que edulcoraba la penumbra, creando una atmósfera íntima e irreal.
Barry jadeó sobre el miembro de Harrison, sofocado y sintiendo como un estremecimiento de placer recorría toda su columna vertebral al sentir la lengua del otro hombre dibujando círculos alrededor de su pene.
―Ugh…
―Dime cuánto te gusta, Barry ―sopló Harrison sobre su miembro a la vez que realizaba un giro experto con los dos dedos con los que le estaba penetrando.
Barry soltó una cadena de pequeños gemidos y, en lugar de responder, se afanó en lamer y devorar toda la extensión de la polla de Harrison, que gruñó roncamente.
No era la primera vez que hacían un 69, pero esa estaba resultando especialmente deleitable. Acarició los muslos de Harrison con parsimonia mientras chupaba y succionaba el pene dejando castos besos en la punta de vez en cuando. Masajeó sus testículos y, al hacerlo, los sonidos de placer que le sonsacó a Harrison espolearon su propia excitación hasta un punto en el que creyó que iba a explotar.
Harrison lamía con más paciencia, jugaba con sus genitales como si dispusieran de todo el tiempo del mundo y eso era una tortura para Barry. Apretó el culo de Barry con una mano, casi clavando las uñas como si quisiera destrozarlo. El chico gimió y Harrison siguió metiéndole los dedos sin dejar de atender el erecto miembro con su boca.
―Oh… sí, sí, sí… ―jadeó, extasiado―. No se te ocurra parar.
Harrison sonrió con la polla del chico en la boca y, liberándola un momento, dijo: ―No pensaba parar.
Barry soltó un risa entrecortada y cerró los ojos. Continuó masturbando a su novio con una mano pero sus movimientos eran erráticos por culpa de toda la atención que estaba recibiendo. Los dedos de Harrison en su culo, la boca de Harrison envolviendo sus genitales de caricias y candentes lametones. La saliva se le escurrió de la boca y todo su cuerpo trepidó ante un giro de dedos que le hizo ver una galaxia entera de estrellas. Un agudo gemido escapó de su boca, tan fuerte que hubiera despertado a los vecinos si no hubieran estado completamente solos. Le dolían los testículos y su polla estaba tan dura que creyó que el clímax le iba a llegar en cualquier momento si permitía a Harrison continuar, por lo que se levantó con rapidez, sorprendiendo al científico, y le abrió las piernas arrodillándose entre ellas.
―Es mi turno.
Harrison arqueó una ceja y Barry casi se pierde con esa imagen del hombre: semi erguido sobre los codos, las piernas abiertas, completamente desnudo y entregado, la respiración agitada, las mejillas rojas, su largo pene duro como un mástil, y un brillo hambriento y salvaje destellando en sus ojos azules.
Barry hundió la cabeza entre sus piernas y lamió con su lengua el contorno del pequeño orificio, humedeciendolo de saliva, para, seguidamente, tentar con la lengua en su interior. Harrison suspiró, cerró los ojos y se dejó hacer.
El beso negro solo fue el inicio, una cosa que Barry nunca había hecho ni había pensado higiénica y que, sin embargo, adoró hacer al científico sólo por el gozo de verlo desbordado por el placer. Completamente enloquecido.
―Dime cuánto te gusta ―pidió Barry en venganza antes de que su afanosa lengua continuara jugueteando por el ano.
Harrison sacudió la cabeza tozudamente, pero los suspiros que escapaban de su boca hablaban por sí solos.
―Me encanta tenerte así, Harrison, Harrison, Harrison… ―dijo e insertó un dedo, con suavidad y ligeramente temeroso de hacerle daño. Se detuvo cuando vio el ceño fruncido de su novio, pero este pronto se relajó y Barry continuó. Deslizó el dedo índice desde dentro hacia fuera unas cuantas veces, cada vez más rápido y con más soltura, innovó torciendo el dedo en distintos ángulos, buscando el punto que Harrison tan bien le habían encontrado antes. Punto que creyó alcanzar cuando el hombre rompió en un fuerte y sonoro jadeó.
―¿Es ahí?
Harrison cabeceó en un mudo asentimiento. Barry se mordió el labio inferior y continuó penetrándole con el dedo en esa dirección, tratando de golpear la próstata en cada intrusión, añadiendo un segundo y un tercero de forma eventual, y deleitándose así con un Harrison Wells deshecho en gemidos y jadeos ahogados, en sudor y en súplicas que solo eran acalladas por el orgullo del hombre, pero que Barry sabía que habían estado a punto de ver la luz en más de una ocasión.
Luego se estuvieron besando otra vez. Con el cuerpo de Barry sobre el de Harrison, de nuevo, pegados, juntos, tan juntos que podrían haber sido un solo ser; embebidos el uno del otro de tal forma que sus respiraciones parecían enredarse entre ellas, como mariposas bailarinas, y sus corazones, dentro de sus pechos, latieron al unísono durante los próximos minutos, a una velocidad vertiginosa e inhumana.
Harrison fue el que lo penetró aquella vez. Pero fue Barry el que llevó las riendas del asunto cuando se sentó sobre su pene, lentamente, para después acelerar el ritmo, subiendo y bajando, saltando sobre la pelvis de Harrison con la cabeza borracha de pasión y el corazón henchido de un sentimiento profundo y poderoso.
Una estocada más. Y otra, y otra y siguieron más.
―Ah, ah… ¡oh! Se siente tan bien...
Harrison gruñó, le cogió por la caderas e intensificó las penetraciones.
―¡Ohdiosmíojodermierda! ―aulló el chico antes de dejarse caer hacia delante para apoyar su peso en los brazos.
El frenético vaivén continuó sin tregua. La carencia de movilidad de la mitad inferior del cuerpo de Harrison fue hábilmente sustituida por la fuerza en sus brazos, con los que elevó a Barry una y otra vez con apabullante facilidad. Entonces hubo un contrapunto cuando Barry capturó sus labios con una suavidad y una ternura tan infinitas como la caricia de los pétalos de una flor. Ese beso contrastó la locura desmedida, la pasión sin ataduras, fue un contrapunto lleno de matices y colorido que hizo a Harrison abrir los ojos y mirar a Barry.
Entonces, el tiempo se ralentizó y la palabra "sexo" pareció quedarse pequeña. La boca de Harrison estaba entreabierta y su aliento le acarició los labios, su calor le elevó al misticismo del alma y una sensación mágica, de la que los propios querubines serían envidiosos, se alojó en su pecho.
Barry se embebió del aspecto de Harrison en ese mismo instante. Y la imagen de sus ojos azules le arrobó los sentidos. Le hizo querer ahogarse en aquellos pozos de cobalto líquido; caer, muy profundo; hundirse, hasta perderse, y no poder regresar nunca jamás si así podía consagrar su existencia a la contemplación de la mirada más fascinante que había visto en su vida.
En ese momento, durante ese transcurso inconcreto de los segundos, Eobard tuvo un miedo irracional que casi le hizo cerrarse en banda, apartar al chico y matarlo en al acto y sin contemplaciones. Era ese tipo de terror que aparecía en ocasiones, pero nunca tan fuerte, cuando la expresión de Barry anidaba una miríada de emociones demasiado intensas para él; cuando la expresión de Barry decía todo lo que no era plasmado en palabras, todo lo que Eobard no quería escuchar.
Entonces Barry se penetró de forma especialmente placentera y dejó escapar un gemido. Eobard gimió con él y el tiempo recuperó su cauce normal. Sentía como el culo de Barry engullía y oprimía su polla, llevándolo a él cada vez más cerca del clímax. Comenzó a masturbar a Barry con una mano mientras que con la otra le clavaba los dedos en el hueso de la cadera. Se besaron, con una recuperada fogosidad, y las últimas embestidas mandaron descargas eléctricas por todo su cuerpo. Sus músculos se tensaron, apretó los dientes, los testículos le temblaron justo antes de eyacular en el interior de Barry, que si no percibió la tensión repentina en sus piernas fue porque estaba demasiado distraído teniendo su propio orgasmo. El líquido espeso y caliente salió a chorros y manchó el estómago y parte del pecho de Eobard, a la vez que Barry soltaba una cadena de pequeños gemidos incontenibles para, seguidamente, desplomarse sobre Eobard con el corazón palpitando a mil por hora y el rostro rojo del esfuerzo.
Un largo suspiro brotó de los labios de Eobard tras realizar una inspiración honda y profunda. Aquel había sido, probablemente, y sin exagerar, el mejor y más intenso orgasmo de toda su vida. Sentía los músculos y los huesos molidos y la totalidad de su ser extenuado. La trenza de Barry se había deshecho casi por completo y los finos mechones sueltos le hacían cosquillas por el pecho y el principio del hombro, donde Barry tenía apoyada la cabeza. Su propia peluca, de hecho, al no estar acostumbrado al cabello largo, le hormigueaba por la piel de vez en cuando. Blandamente, envolvió con un brazo el cálido cuerpo del chico sobre él y cerró los ojos.
Después de un momento en el que normalizar su respiración fue todo un reto, Barry se dejó caer hacia un lado, boca arriba, y ambos se quedaron así durante lo que pareció una infinidad, quietos el uno junto al otro en aquel apacible éxtasis post-orgásmico. Los ojos de Barry se perdieron en el firmamento salpicado de estrellas, más allá de las siluetas de algunas ramas que sobresalían de las paredes rocosas que daban forma a la cala. Su respiración se volvió suave y relajada y se sintió exultante de felicidad por la forma en la que él y Harrison se habían entregado el uno al otro; venturoso hasta un punto que su buen ánimo decayó al creerse egoísta por gozar de dicha felicidad en su situación actual. Pensar en Joe era doloroso, como lo era pensar en su padre, en su madre y en el hombre de amarillo.
La mano de Harrison acarició la suya con el pulgar. Barry volteó y su mundo se sacudió como siempre hacía cuando se sintió perforado por aquellos maravillosos ojos.
―Podría perderme en tu ojos por toda la eternidad y sería inmensamente feliz.
―¿Este es el momento en el que te me confiesas terriblemente enamorado alentado por la fascinación del sexo y comienzas a dedicarme cursis y empalagosas frases que elevan mi nivel de azúcar en la sangre?
―Puede ser ―contestó muy serio.
―Eres muy listo.
Pero la mirada de Barry se mantuvo impasible e hizo que Harrison se tensara ligeramente. Entonces, el chico rompió a reír en una carcajada que mostró todos sus dientes blancos.
―Ah, claro, te burlas de mi. Adelante, Sr. Allen, disfrute, es una oportunidad única.
―Tendrías que haberte visto la cara.
―Por supuesto ―ironizó cruzándose los brazos tras la cabeza―. Estás muy chistoso, así que deduzco que querrás repetir pronto.
―¿Tiene algún sentido negarlo? ―Se medio irguió lo justo para poder lamer un pezón a Harrison, luego lo miró a los ojos―. Pero me muero por ser yo el que te penetre.
―Eso… se puede arreglar.
Barry se sonrió. Una brisa helada le dejó aterido de frío y muy consciente de que continuaban desnudos en pleno mes de Diciembre. Movió su cuerpo para acercarse más al calor que desprendía el del otro hombre, puesto que había descubierto que este siempre estaba ardiendo.
Hubo un breve silencio durante el que se quedó absorto en sus pensamientos y vagamente observando a Harrison, que había cerrado los ojos mientras su pecho subía y bajaba en una respiración constante y uniforme.
―Harrison ―murmuró de repente―. Quiero confesarte algo.
―¿Tus pecados? ―inquirió entreabriendo un párpado para enfocarlo.
―Pecaría gustoso si así podemos repetir lo de esta noche.
Una risa espontánea y genuina que hizo sonreír a Barry escapó de la boca del científico, después de un instante este cabeceó de un lado al otro con diversión y abrió los dos ojos.
―Este tipo de actividades están elevando tu lívido de forma exponencial.
―Sí ―suspiró Barry―, estos entrenamientos tuyos mejoran mi apetito sexual en vez de mi velocidad.
―Eso no es bueno. Tal vez quieras ponerle remedio.
―No creo que pudiera ni aunque quisiera.
Era sensacional y arrebatador cuando Harrison reía. Porque cuando reía, cuando realmente reía, Barry sabía que era una risa sincera que no podía refrenar y que, además, le llenaba los ojos azules de una vitalidad y una calidez poco habituales en él. Sin embargo, había otras veces en las que Harrison simplemente sonreía y, por regla general, Barry había aprendido a notar, esas sonrisas no le llegaban a los ojos. No eran naturales, no eran reales. Eran una máscara. Por ese motivo le pirraba en demasía ver a Harrison reír y ser él el causante de esa risa.
Recordaba el día que habían tenido su cita hacía algo más de una semana y se habían encontrado con Rena. Recordaba los celos y la sensación placentera que le instalaron esos celos, porque Harrison sentía celos por él y aquello le brindaba una seguridad y una calma que nunca hubiera imaginado. Pero Barry también recordaba la intuición que sintió en aquel momento, mientras paseaban tranquilamente hasta su casa, una intuición que le alertó de que la actitud del científico no podía ser sólo debida a los celos, una intuición nacida de su observación y su empeño en conocer a aquel misterioso hombre repleto de sombras del pasado y secretos. Y todo eso, lo que desconocía, le molestaba.
―¿Puedo preguntarte una cosa? ―dijo Barry, sentándose de pronto.
―¿No lo estás haciendo ya?
―En todo este tiempo que he estado en tu casa a menudo, nunca he visto ninguna fotografía. Ni de ti, ni de tu familia… Tampoco de Tess Morgan.
No se volteó para observar la expresión de Harrison ante su pregunta, mantuvo la vista fija en el lago y en la ciudad de Stream City reluciendo al lo lejos como una vela encendida en la oscuridad, pero estaba seguro de que el hombre no la había visto venir. Notó movimiento a su lado y, en un instante, Harrison se había sentado también, ayudado por sus brazos.
―¿Por qué motivo me estás preguntando esto?
―Me pareció extraño, es… es extraño.
―Algunas cosas es mejor dejarlas atrás para poder salir adelante.
Barry abrió los ojos con incredulidad y volteó para mirarlo. Estuvo a punto de protestar. Quiso rebatir aquellas palabras tan insensibles a su parecer; deseó decir que él nunca dejaría atrás a su madre, que no le parecía justo, que siempre conservaría un recuerdo, una fotografía, que nunca se le pasaría por la mente deshacerse de todo lo que le recordara a ella; ansió, también, hacerle confesar si haría lo mismo en el caso de que el propio Barry muriera, gritarle que no ridiculizara sus sentimientos y lo llenara de vergüenza antes de siquiera poder confesarlos, preguntarle si esos sentimientos eran recíprocos o si solo estaba viviendo un sueño. Pero se mordió la lengua y todo aquel batiburrillo de anhelos permaneció sofocado como el grito de un mudo.
―Sé que tienes secretos, Harrison ―murmuró en su lugar―. Sé que hay algo en tu pasado que te carcome; algo, además de la explosión del acelerador de partículas, que no te deja ser la persona que podrías ser, que te hace creer que eres malvado en esencia y resignarte a ello como si no hubiera alternativa, ¿y sabes por qué lo sé? Porque te conozco.
Tenía las rodillas encogidas contra su pecho y las rodeaba con los brazos flojamente. Bajó la mirada hacia las palmas de sus manos y las recorrió con ensimismamiento.
―Yo… Sé que no confías en mí lo suficiente como para decírmelo, no confías en nadie, pero albergo la esperanza de que algún día tengas la suficiente confianza y fortaleza ―y finalizó―, la necesaria para descargar ese peso y compartirlo conmigo sin el temor de que vaya a horrorizarme.
El silencio que se extendió entre ellos en aquel momento fue ancho y hueco, uno que podría contener el peso de la luna en él, el peso de un mundo. Barry no se giró hasta mucho después y cuando lo hizo fue con una sonrisa agradable y ligera suavizando su expresión, una que prometía paciencia y que a la vez ocultaba una innegable desilusión. Pero como Barry no se giró al instante, no pudo atisbar el asombro y la incredulidad que reinaron en el rostro de Harrison fruto de sus palabras, como a un árbol al que hubieran sacudido y deshojado de forma inmisericorde.
Luego la expresión de conmoción se hubo desvanecido y, como ya sabemos, Barry se giró con una sonrisa.
―¿No querías confesarme algo?
―Sí ―contestó Barry―. Que a mi me quedan mejor los disfraces.
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Por segunda vez en menos de media hora, un destello dorado surcó Central City pasadas las cinco de la mañana del 28 de Diciembre y se detuvo frente a la fachada de una gran casa. Cuando el superhéroe conocido como Flash depositó su carga, el insigne ―y repudiado por igual― científico que había creado el Acelerador de Partículas, sobre la silla de ruedas que había traído minutos atrás, la luna todavía despuntaba sobre la ciudad con el halo tenebroso intrínseco de las noches de invierno, época en la que la luz pierde la batalla contra la oscuridad.
Flash, más conocido por algunos pocos como Barry Allen, y Harrison Wells se miraron. El primero dijo algo que provocó la risa de ambos, su lenguaje corporal era curiosamente íntimo y en confianza para una relación mentor/subordinado, denotaba una complicidad muy, muy peculiar. A unos metros de ellos había un sujeto. Estaba oculto entre los matorrales y la maleza que flanqueaban la entrada pero estudiaba la escena con avidez y profesionalidad y un ligero temor a ser descubierto. Llevaba horas de guardia allí y había visto pasar a más personas de las que se había esperado en plena madrugada, pero nada le sorprendió más que ver a esos dos juntos viniendo de quién sabe dónde.
El sujeto los estudió atentamente cuando encauzaron sus pasos hacia el portal de la mansión, entonces lo vio. Estaban hablando de algo, el científico abrió la descomunal puerta de entrada, dejándola entreabierta, pero en el momento que Barry Allen fue a deslizarse al interior lo cogió por el antebrazo en un gesto brusco y lo hizo inclinarse hasta que sus labios se juntaron en un beso.
Un beso que el superhéroe respondió con vehemencia. Un beso al amparo de la noche. Un beso bajo la mirada de la luna y de alguien más, que por poco trastabilló hacia atrás de la conmoción; empero, en su lugar, se quedó petrificado largos minutos en los que fue literalmente incapaz de reaccionar.
Cuando lo hizo las dos figuras ya habían cerrado la puerta principal tras ellos escondiéndose de los ojos del mundo; cuando lo hizo la realización de lo que acababa de presenciar le golpeó con la fuerza de un titán.
… Barry Allen y Harrison Wells tenían una relación romántica entre ellos.
Lo dejamos aquí de momento, no se cuando publicaré el próximo, si en una o dos semanas, trataré de hacerlo cuanto antes pero a veces hay días que las palabras no me salen :P
¡Muchas gracias por todo el apoyo, cualquier detalle y correción que queráis hacerme sois bienvenidos!
Nos leemos.
