N/A: Wow, no esperaba tantos comentarios positivos. Muchas gracias por ellos y por cada seguidor o favorito que tiene esta historia. Agradecí por mensaje privado a cada usuario que pude. Aclarar para quienes no leen mi otra historia que no soy del tipo de autor que gusta del drama excesivo y de las infidelidades, para mí los problemas y complejidades de cada personaje bastan por sí solos para el drama justo que necesito. Tampoco abandonaré la historia, pero no puedo actualizar más que una vez a la semana o cada quince días, ya que la universidad me demanda más tiempo del que me gustaría. Gracias nuevamente y saludos!
Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen
II. Querido diario
Rachel aún estaba confundida tras la charla con su padre Leroy, o papi, como ella lo llamaba. Así que se refugió en la única cosa que conocía, además de la música, que ayudaba a calmarla: su diario. Se sentó en su cama y comenzó a escribir, intentando desahogar todo lo que estaba rondando su mente en ese momento.
Hola, soy yo, Rachel. Tengo tantas cosas por contarte, que no sé por dónde comenzar. Quizás deba empezar por lo más importante. Hoy por fin vi a Lucy, a mi querida Lucy. Estábamos caminando con mi papi por el Central Park cuando la vi de espaldas a mí, no sé cómo, pero supe que era ella. Quizás es algo de mejores amigas, una conexión especial o algo así. Está tan linda como yo la recordaba. Su cuerpo ha cambiado un poco, ahora está mucho más delgada y ocupa vestidos florales y no ropa ancha como antes, pero sus ojos siguen siendo los mismos. Aunque ya no los esconde detrás de unas gafas, ahora deja que los aprecies sin ninguna protección.
Sabes tan bien como yo que ver a Lucy, poder escucharla nuevamente, es lo que más quería en todo el mundo, pero nada fue como me lo había imaginado. Ella está distinta. Dijo que no éramos amigas. ¿Es posible que las personas olviden a sus amigos? ¿Cómo ella pudo olvidarme cuando Lucy es todo lo que yo recuerdo? Bueno, no me olvidó, pero sí a nuestra amistad. Además, tiene una hija. Lucy, mi Lucy, tiene una hija. Beth es su nombre y es tan linda como Lucy, pero sus ojos son de un color más oscuro, avellana, pero más oscuro. Me recuerdan a alguien o algo, pero no logro recordar. Beth dijo que yo le había hecho daño a Lucy y a sus tías, pero eso no puede ser verdad, porque tú y yo sabemos que jamás podría herirla y ni siquiera sé quiénes son sus tías, ¿cómo es posible que las haya dañado? Papi me explicó que la otra Rachel, esa que no recuerdo, no hizo todo bien, que cometió errores y que cuando comenzó la secundaria ya no fue más amiga de Lucy. Sé que papi no me miente, pero yo no me hubiese alejado de Lucy, ¿cierto? A veces siento que todo es una pesadilla, que despertaré un día y todo será como antes. Sé que supuestamente tengo veinticinco años, que el 18 de diciembre cumpliré veintiséis, pero sigo sintiendo que soy la que despertó hace ocho años, o seis si contamos la crisis, cuyos últimos recuerdos son la charla con Lucy en el almuerzo de un día martes, ambas con diez años de edad. Quiero cerrar los ojos y volver a ese tiempo, donde Lucy era mi mejor amiga, aquella que siempre me escuchaba. Aún recuerdo la primera vez que hablamos. Teníamos nueve años y un chico alto me quitó mi emparedado. Yo comencé a llorar porque no tenía nada para comer, Lucy sin decir nada, se sentó junto a mí y me extendió una manzana. Yo le sonreí y la acepté. Desde ese momento, todos los almuerzos me sentaba junto a ella y le contaba sobre mis sueños. Le contaba sobre las cosas que hacía después de clases y sobre todo lo que me molestaba. Ella sólo escuchaba, muy pocas veces dijo algo, pero nunca fue necesario. Ella era mi mejor amiga, yo lo sabía. Además, Lucy nunca hablaba mucho, siempre estaba leyendo libros. A veces sentía que no me prestaba atención, pero ella levantaba la vista de su libro y me sonreía... y todo mejoraba.
Pero esa Lucy ya no existe más. Ahora se llama Quinn y tiene una hija y una novia y no es mi mejor amiga... yo no quiero que las cosas sean así. Quiero que Lucy siga siendo mi Lucy. Puedo aceptar que Beth exista, porque es simpática y tiene buen gusto para las obras y las películas, pero nada más.
Papi dijo que la vida es así, que las personas crecen y los caminos se separan, ¡pero no me gusta esta vida! Todos me tratan de manera distinta y me ven raro, es peor que en primaria. Lo peor de todo es que papi dijo que mi Lucy que ahora se llama Quinn, tiene su propia vida y que yo no formo parte de ella. Que debo olvidarla y continuar... pero, ¿cómo olvido a mi mejor amiga, a mi mejor recuerdo, a mi Lucy? Sé que en el fondo papi tiene razón, porque los ojos de Lucy siguen siendo los mismos, pero ya no me miran igual. Sé que no debo molestarla, ni incomodarla. Sé que ella no me extraña. Sé todas esas cosas, pero eso no hace que duela menos.
Lucy, más bien Quinn, no es como Kurt o Tina quienes entienden lo que pasa por mi cabeza. Ellos entienden los dolores y mis confusiones. Ellos me alejan de las personas que me molestan o no me comprenden. Mi Lucy no, ella me vio como una persona extraña, confundida, como me veían todos en el hospital. A veces siento que nunca dejaré de ser "el extraño caso de Rachel Berry". ¿Por qué es tan difícil de comprender que soy una persona normal, pero que no tengo a edad que debiese tener? No es mi culpa que mi cabeza no funcione bien. Es como papá Hiram dice: en el fondo sigo siendo yo, la misma Rachel de siempre, un poco confundida, un poco inmadura, pero la misma Rachel.
La morena cerró su diario y lo guardó dentro de su armario, donde lo escondía. Había escuchado a su papá Hiram llegar, por lo que dedujo que la cena tardaría en ser servida, pues su papi probablemente quería poner al corriente a Hiram de todo lo sucedido. Tres golpes en su puerta la sorprendieron y ella pidió a la persona que pasase.
–¡Diva! –saludó Kurt entrando a la habitación.
–Kurt –dijo Rachel sorprendida y algo avergonzada por el apodo–. Te he dicho que no me llames así. ¿Cuándo llegaste?
–Recién... me encontré con Hiram en la entrada. Al parecer Leroy quería hablar con él y me dijo que pasara –explicó Kurt.
El chico había sido la primera persona que se había dado el tiempo de conocerla en TISCH. Tras varios intentos, Rachel fue capaz de explicar a grandes rasgos lo que le había sucedido y Kurt la adoptó como su protegida. Ambos amaban los musicales, pero tras una pasantía en una agencia de modas, el chico había decidido que las tablas no eran lo suyo. Si bien acabó la carrera junto con Rachel y Tina, ahora trabajaba en una exitosa revista de modas y era feliz.
–Vi a Lucy hoy –anunció Rachel sin mirar a su amigo.
–¿Lucy? ¿Tu mejor amiga Lucy? ¿La de tu infancia? ¿De la que siempre hablas? ¿La única que no olvida...? –cuestionó rápidamente el muchacho.
–Sí, esa Lucy –interrumpió Rachel sonrojada.
–¡No puedo creerlo! –exclamó Kurt con algo de exageración, típica en él–. ¿Dónde? ¿Cómo?
–En el Central Park. Estábamos caminando con papi cuando la vi. Al principio dudé, porque estaba de espaldas y ya sabes que me he confundido antes, pero se giró y era ella –explicó la morena con emoción.
–Espera... ¿la reconociste de espaldas? No lo tomes a mal, pero... ¿no se supone que la Lucy de tus recuerdos es una niña? –preguntó con cautela Kurt.
–Sí, pero el tiempo ha pasado. Si yo soy así de grande, ella también debía serlo ¿no? Aunque eso no tenga mucho sentido para mí...
–Muy grande no eres, Rachel –bromeó Kurt.
–Ja, ja, ¡qué divertido! –ironizó la cantante–. Podrán pasar cien años y aún así no olvidaría a Lucy, Kurt. Estoy segura que siempre podré reconocerla, aunque a ella no le pase lo mismo –agregó centrando su visión en el suelo de su habitación.
–¿Qué quieres decir? ¿Ella no te reconoció? Era posible que eso sucediera, es decir, eran niñas cuando se conocieron, de eso han pasado ya muchos años, Rachel. Sé que tú no lo sientes así, pero tienes veinticinco años. De hecho, no queda nada para tus veintiséis –le recordó su fiel amigo.
–Lo sé, no tienes que recordármelo. Me gustaría poder cumplir dieciséis, la edad que creo que tengo... Todo sería más fácil.
–Pero nuestra amistad sería algo muy extraño entonces, pensarían que soy un tipo pervertido, ¡un pedófilo! –Kurt levantó la voz para enfatizar su punto.
–Kurt, a ti te gustan los chicos, ¡no bromees! –el tono inocente de Rachel le recordó a su amigo que aquel cuerpo estaba habitado por una niña.
–Estamos perdiendo el enfoque, mi querida Rachel –expuso Kurt–. ¿Qué te dijo Lucy?
–Pensó que todo era una broma de mal gusto –señaló la morena y su amigo la miró confuso–. Al parecer la otra Rachel –Kurt sonrió ante aquella oración, porque la cantante parecía creer que aquella Rachel, la que ella no recordaba no era parte de su vida–, no se portó tan bien con Lucy, que ahora ocupa su segundo nombre, Quinn. Ya nadie la llama Lucy –Rachel suspiró nostálgicamente–. Nada salió como yo pensaba. Papi dijo que Lucy siguió con su vida y que yo debo seguir con la mía, pero no sé cómo... Además de mis papás, Lucy era mi único gran recuerdo de mi vida antes del accidente. Sin ella, no sé qué me queda...
–Nosotros... –dijo Kurt abrazando a su amiga, intentando espantar los fantasmas que la atormentaban–. Sé que es todo confuso, pero todos estos años has creado recuerdos junto a nosotros... Con Tina no estuvimos contigo durante la rehabilitación, ni tras la crisis, pero desde que entraste a TISCH cambiaste nuestras vidas, pequeña. Ahora, deja que nosotros te ayudemos...
–Ya me han ayudado mucho, Kurt. Tina y tú fueron los únicos que me aceptaron sin juzgarme. Han sido los mejores amigos que una chica puede desear. Incluso han soportado ver Frozen uno y dos conmigo todas las veces que se los he pedido –recordó Rachel.
–Y estaremos junto a ti cuando se estrene la tercera –aseguró el chico de pelo castaño–. Creo que Leroy tiene razón, mi diva. Lo que pasó con Lucy tómalo como una señal para continuar. Deberías aceptar la oferta de Tina, la obra que ayudará a producir tiene el papel ideal para ti. Sin intereses románticos, ni mucha relación con otros actores. Es casi un monólogo. Podrías cumplir tu sueño de brillar en Broadway.
–No creo estar lista. Son todos grandes y dirán cosas que no entiendo... Se enojarán conmigo porque soy distinta. Y a nadie le gusta lo distinto... –se excusó Rachel.
–Lo distinto nos hace especiales y ser especiales, nos hace únicos. Todos queremos ser únicos. Ser como eres te hace ser tú. A mí me gustas tú, Rachel, así como eres. Y Tina estará junto a ti para lo que necesites. Ella es ayudante de producción. Sería algo importante para las dos. Si Tina no creyese que fueses capaz de semejante actuación, jamás te lo habría propuesto. Te adora, pero también adora su futuro en la industria –Kurt tenía razón, por lo que Rachel sólo rió–. Al menos acepta ir a la fiesta que organiza mi revista. Sabes que estarán todos los de la producción, así te haces una idea...
–No me gustan las fiestas, Kurt –le recordó Rachel a su amigo.
–Pero esta fiesta es distinta. Es en la tarde y habrá gente de todo tipo. Inclusive contrataron a una academia de baile para que haga una representación. Sólo debes ponerte un vestido y unos tacones. Y no intentes decirme que no los sabes ocupar, porque yo mismo te enseñé –aseveró el castaño y Rachel tuvo que tragarse la excusa que pensaba utilizar.
–Está bien. Pero no me dejarán sola en ningún momento. No me gusta me miren feo o raro –exigió Rachel y su amigo aplaudió.
–Será una tarde inolvidable, te lo aseguro –sentenció Kurt, ignorando la verdad que existía tras esas palabras.
Había escuchado a Puck excusarse cuatro veces por no poder asistir a cenar con ellas. El chico pensó que Quinn estaba enojada y repitió sus disculpas una y otra vez. Lo cierto era que la mente de la rubia aún estaba en el Central Park. Pese a que lo había intentado, todavía no podía sacarse de la cabeza la historia que le había contado Leroy Berry. Ella no le debía nada a Rachel, pero se sentía de cierta forma obligada a la morena. ¿Por qué Rachel sólo la recordaba a ella?
Quinn le había dado vueltas al asunto. La primaria no había sido el mejor momento de su vida. Recordaba a su antiguo yo: Lucy. La niña que se escondía del mundo leyendo cada libro que encontraba cerca de ella. Recordaba a Rachel. La pequeña morena siempre estaba hablando de sus diversas clases extracurriculares, de obras y de musicales que ella desconocía, pero era agradable escuchar su voz mientras leía, era como una canción de fondo para sus historias. Incluso a veces, cuando se concentraba en escucharla, Rachel conseguía hacer reír. Su amistad, por llamarla de algún modo, comenzó cuando Finn Hudson le quitó el almuerzo a Rachel. Quinn había sentido pena por aquella niña y le había ofrecido de su comida. Irónicamente, el mismo Finn que las había unido, las había separado. El mismo Finn que fue primero su novio, para luego convertirse en el de Rachel. Definitivamente la vida o Dios, amaba las ironías.
Beth interrumpió el curso de sus pensamientos anunciado que Santana había llamado para avisar que se encontraba cerca de su apartamento con la comida ya comprada, por lo que ambas rubias comenzaron a tomar platos, vasos y otras cosas con rapidez para así tener la mesa lista antes de la llegada de la latina y su esposa.
Santana y Brittany se habían casado dos años atrás, apenas la latina terminó sus estudios de abogacía. Fue una boda íntima, pero muy hermosa. Prácticamente todo el mundo acabó con lágrimas en los ojos tras escuchar los votos de ambas muchachas. Quinn anhelaba un amor como el de sus amigas. En el fondo, era una romántica empedernida y no pensaba contentarse con menos; por eso no le gustaba tener relaciones de una sola noche. Ella busca algo serio, para así poder comenzar una familia con su hipotética novia y su hija. Para sus necesidades básicas tenía a un gran amigo en un cajón de su armario. Por ello se había extrañado con la mención de Beth sobre su supuesta novia. No quería que su hija se hiciese ilusiones o pensase cosas que no eran. Esperaba que aquel arrebato de Beth hubiese sido sólo eso, un arrebato.
–¿Por qué le dijiste a Rachel que tenía una novia? –Quinn quería aclarar el tema pronto con su hija.
–Porque pensé que te quería para ella. Ya sabes, como su novia. Y yo recuerdo lo que tía Santana me contó sobre ese tal Finn y ella –respondió Beth algo molesta.
–El pasado es eso, pasado. Ya te lo he dicho –intentó explicar Quinn.
–¡Pero tú te peleaste con los abuelitos por su culpa! –exclamó la pequeña con lágrimas en los ojos. Quinn sabía que en el fondo, Beth sentía que algo de culpa le cabía a ella también.
–No, mi amor, ellos se enojaron conmigo porque pensaron que les había fallado. Rachel se equivocó al decirlo, pero ellos se enojaron por otra cosa. Probablemente hubiese sucedido lo mismo si hubiese sido yo la que se los dijese –reveló la rubia mayor con tranquilidad–. No quiero que pienses en esas cosas, porque sólo te hacen daño y aún no eres capaz de entenderlas en un cien por ciento.
Beth asintió y Quinn besó sus cabellos, cobijando a su hija en un abrazo. El momento madre e hija se terminó cuando escucharon el timbre que anunciaba la presencia de las López-Pierce en su hogar.
–La comida está caliente, recién salida del horno –bromeó Brittany tras los saludos de rigor–. Trajimos de todo un poco para que no hubiese problemas.
La pequeña festejó y ayudó a su tía a acomodar la comida en diversas fuentes en la cocina, dejando a Santana y a Quinn a solas.
–Necesito hablar contigo de algo –dijo Quinn a su amiga, bajando la voz.
–¿Qué pasó? –preguntó Santana preocupada.
–Hoy me encontré con Rachel Berry en el Central Park... Ella me llamó Lucy y dijo que éramos mejores amigas. Luego su padre me explicó que tuvo un accidente hace años y que no recuerda nada. Que sólo me recuerda a mí, bueno, a ellos también, por supuesto...
–¿Hablas de Rachel Berry, la perra que reveló tu embarazo a todo el mundo y cuyo novio arruinó mi vida? ¿Y me estás diciendo que la muy hipócrita te llamó su mejor amiga? ¿Hoy es el maldito día de los inocentes y no me enteré? –preguntó irónicamente Santana.
–Cuida tu lenguaje, Santana. Beth está cerca y no me gusta que escuche tus malas palabras –advirtió Quinn–. Y sí, hablo de esa Rachel Berry. A quien Beth también recuerda, por cierto, ya que tú le contaste todo lo sucedido, ¡pese a que te pedí que no lo hicieras!
–Y yo ya te pedí disculpas por ello. Puck había nombrado a Finn Hudson y ese tipo saca lo peor de mí, lo sabes –le recordó Santana.
–Como te dijo Britt, es tiempo de dejar atrás el pasado. Éramos unos adolescentes y todos nos equivocamos. Al fin y al cabo, todo terminó resultado mejor de lo que esperábamos. Ahora somos felices y eso es lo que importa –dijo Quinn abrazando a su amiga.
–Sí, lo sé... pero los recuerdos a veces duelen y es difícil. Pero le prometí a Britt que lo haría y lo intentaré... así que te pido disculpas por el arrebato de recién –Quinn sólo le dedicó una sonrisa a su amiga–. Ahora me puedes explicar bien eso de Rachel Berry llamándote Lucy... –pidió la latina confundida.
–No es que yo entienda mucho más de lo que ya te dije –explicó la rubia–. Estábamos caminando con Beth, cuando Rachel me llamó Lucy. Al principio no me di por aludida, porque no ocupo ese nombre desde hace más de diez años, pero cuando ella gritó "Lucy Fabray", supe que era a mí a quién llamaban. Luego, Rachel me dio un abrazo y dijo cosas como que yo era su mejor amiga, que no le gustaban los chicos, que yo no podía tener hijos, etc –Quinn miró a su amiga que tenía los ojos muy abiertos–. Así mismo me sentí yo cuando la escuché decir todo eso. Pensé que era una broma de mal gusto, pero ella parecía tan sincera, tan distinta a la Rachel Berry que anunció a los cuatro vientos que yo estaba embarazada... Después llegó su papá y me explicó que Rachel había tenido un accidente, justo antes de cumplir dieciocho y había quedado en coma... iba de regreso de una fiesta con Finn y ambos estaban bebidos al parecer. Él conducía y se saltó una señal de alto. El coche se volteó y Rachel se llevó la peor parte.
–Finn Hudson no podía terminar la secundaria sin dañar a alguien más... –murmuró Santana.
–Rachel también fue irresponsable al subirse con él, pero eso ahora da lo mismo –comentó Quinn–. El punto es que cuando despertó un año después, porque ese fue el tiempo que estuvo en coma, ella creía que tenía diez años y a la única persona del colegio que recordaba era a su mejor amiga Lucy Fabray...
–Eso es extraño... –dijo Santana asombrada.
–¡Lo sé! –exclamó Quinn–. Estuvo un año en rehabilitación y luego, cuando sus papás encontraron su diario e intentaron que recordara, tuvo una crisis. La internaron nuevamente y desde ahí sus papás desistieron. Rachel es una niña atrapada en su cuerpo de veinticinco años. Bueno, según su papá, ella ha ido creciendo con los años, así que más bien es una adolescente, pero que no ha experimentado nada, por lo que básicamente sigue siendo una niña. Pese a ello, su inteligencia y conocimientos se mantienen intactos. Incluso se graduó de TISCH.
–¿TISCH? ¿TISCH de la NYU? ¿NYU donde yo estudié? –preguntó anonadada Santana y Quinn asintió–. Rachel Berry estudió en la misma universidad que yo, quién lo hubiese pensado. ¿¡Cuántas veces pudimos habernos cruzado!?
–Sabes tan bien como yo que la facultad de leyes está lejos de TISCH. Además, para Rachel eres una extraña, no te hubiese reconocido –dijo Quinn con sorna.
–Todo esto es muy extraño...
–¿Qué es tan extraño? –preguntó Britt entrando al lugar con Beth a su lado.
–Rachel Berry –declaró Santana.
–¡Oh! Beth me comentó algo en la cocina –expuso Britt y Quinn le sonrió. Tras esa sonrisa estaba la promesa de una explicación posterior.
Cenaron tranquilamente, actualizándose respecto de los sucesos más importantes de los últimos días en sus vidas. Mientras ordenaban todo lo que habían ocupado, Quinn explicó a Britt lo sucedido en el Central Park, aprovechando que Beth estaba en su habitación terminando sus deberes.
–Parece la historia de una película –señaló Britt, una vez que Quinn terminó de hablar.
–De una película fantástica y de bajo presupuesto –bromeó Santana y ambas rubias negaron.
–Ella estaba arrepentida –anunció Quinn y sus dos amigas la miraron confundida–. Antes del accidente, de la fiesta, Rachel le confesó a sus papás lo que había pasado con ustedes. Les dijo lo avergonzada y arrepentida que estaba por no haberle dicho nada a Finn. Ella quería encajar, ser popular porque sentía que así su mamá biológica se fijaría en ella. Sus papás le dijeron lo decepcionados que estaban de ella. Leroy, su papá, cree que ese fue el motivo por el que Rachel bebió aquella noche y se subió en el coche de Finn.
Hubo un momento de silencio entre las tres amigas.
–¿Crees que algún día recordará? –preguntó Santana.
–Quizás no quiere recordar –propuso Britt–. Quizás, inconscientemente, es su forma de afrontar el pasado: olvidando lo que pasó.
–Quizás... –concordó Santana–. Ahora lo importante, ¿cómo está Berry? Y no me refiero a su rareza, hablo de su físico –puntualizó la latina.
–Mm... está bien... no sé, estaba preocupada de su situación mientras hablaba con su papá, Santana, no de su físico –se excusó Quinn nerviosa.
–¡Ja! Eres lesbiana, Quinn, igual que yo. Ambas sabemos que es imposible que ignoremos a una chica, así que di la verdad –dijo Santana con una sonrisa a la que Quinn le temía–. ¿Por qué me mientes, Q? ¿Algo que ocultar? ¿No me digas que tus bragas se humedecieron mirando a Berry?
–¿¡Qué!? ¡Eres una asquerosa, López! Claro que no, además no olvides que es una niña –recordó Quinn alarmada.
–En el cuerpo de una mujer –agregó Britt sonriendo, chocando cinco con Santana. Quinn supo que no podría escapar del tema.
–¡Está guapa! ¿Okay? ¡Está adorable! –exclamó Quinn contrariada.
–¡Wow! ¿Guapa, adorable? Berry te hechizó, Q... –molestó Santana.
–Es una niña, San. Una niña –Quinn parecía más hablar para ella que para su amiga.
–Técnicamente, una adolescente/mujer –recalcó Britt–. Rachel siempre fue atractiva, no tienes que sentirte mal por apreciarla, Q.
Quinn le sonrió a su amiga y agradeció al cielo por tenerla en su vida. Britt siempre sabía qué decir y cómo reconfortarla.
–Además, lo más probable es que no vuelvas a verla. O sea, Nueva York es gigante. Nosotras vivimos aquí hace más de siete años y nunca nos hemos cruzado con ella. Y cuando tú vivías en Boston, viajabas constantemente hacia aquí, pero tampoco te encontraste con ella, nunca... hasta ahora... –dijo Santana con tranquilidad–. Deja de torturarte con Berry, Q. Sigue con tu vida... –agregó con calma–. Hablando de eso, Nicole me pidió que te recordara la invitación al evento que tienen con Britt mañana en la tarde.
–¿Esa presentación para aquella revista? –tanto Britt como Santana asintieron–. No tengo ganas, chicas. Además, no quiero que Nicole malinterprete las cosas. Ella no me interesa y parece que no lo entiende...
–No culpes a la chica por intentarlo –señaló Santana con algo de burla–. Deberías divertirte, Q.
–San, sabes que a Quinn no le gustan los romances de una noche. Yo le intentado decir a Nicole que ella no te interesa, Q, pero se niega a aceptarlo –comentó Britt.
–Bueno, no asistas por la obsesiva pelirroja. Hazlo por mí –expuso Santana–. No quiero estar sola en esa fiesta. Sabes que odio a mis compañeros de trabajo y a mis jefes...
–No entiendo porqué trabajas para ellos si detestas todo –inquirió Quinn.
–Porque es un buen trabajo y pagan bien. Es uno de los buffets más importantes de Nueva York. El de mis sueños no aceptaba postulantes, así que tuve que conformarme –explicó Santana–. Así que necesito que mi mejor amiga me apoye. Britt estará la mitad de la fiesta preocupada de la presentación y Puck, que aseguró que iría, estará babeando por cada modelo que pase frente a él. Además podemos llevar a la pequeña rubia, sabes que le encantan esas cosas y es un evento para todo tipo de público.
Quinn pensó en lo contenta que se pondría su hija si decidía ir a tal evento y aquella sonrisa fue todo lo que necesitó para convencerse.
–Está bien, está bien. Iré –dijo Quinn y sus amigas brincaron de alegría.
Quinn esperaba que aquel evento la ayudase a librarse de sus pensamientos respecto de Rachel Berry. Por mucho que Santana tuviese razón y las probabilidad que nunca volviese a verla fuesen altas, su mente parecía no querer dejarla ir. Lo que la rubia ignoraba es que Rachel Berry estaba más cerca de lo que ella sospechaba.
