N/A: Gracias por los comentarios. No sé si podré actualizar la próxima semana, pero prometo que al menos lo intentaré.
Pensaba introducir más cosas en este capítulo pero hubiese quedado muy largo, en comparación a los anteriores. Así que lo dividí en dos; por tanto, lo que originalmente era el capítulo tres, se convirtió en el capítulo 3 y 4. No sé cómo lo hacen otros autores (qué rimbombante suena), pero yo mis historias las pienso como una línea de tiempo, por lo que sé qué quiero que pase en cada cap. (así evito bloqueos y demás). Probablemente lo anterior no le importa a nadie más que a mí, así que gracias si lo leíste.
Para lo que siguen mi otra historia ("El alcohol todo lo cambió"): aún estoy escribiendo el capítulo, así que no lo publicaré hasta mañana o el domingo.
No extiendo más esto... ¡Saludos!
Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen
III. Vogue
Rachel miraba maravillada la decoración de todo el lugar. Se parecía a las fiestas de la realeza que mostraban en las películas. Al menos la decoración la hacía sentir mejor; desde que había ingresado a aquel salón, la ansiedad la había invadido. Sí, estaba acompañada de sus padres –ya que la firma de abogados de la que Leroy era socio también había sido invitada al evento–, pero su presencia no disminuía el terror que aún le producía verse rodeada de gente desconocida. Algo de alivio recorrió su cuerpo cuando Kurt y Tina llegaron hasta ella. Su amigo vestía un impecable traje negro, muy similar a los que utilizaban sus padres, y su amiga llevaba un vestido color perla que le quedaba perfecto. Rachel había elegido un sencillo vestido negro de un destacado diseñador que Kurt le había insistido que comprara hace unos días atrás. Pese a su sencillez, le quedaba como hecho a medida y muchos ojos se habían posado en ella al entrar, lo que definitivamente no había ayudado con su ansiedad.
–¡Te ves despampanante hoy, diva! –exclamó Kurt, tras saludarla con un cariñoso abrazo.
–Es verdad, Rachel. Te robarás todas las miradas esta tarde –concordó Tina con una sonrisa.
–No quiero que las personas me miren. Me hacen sentir incómoda con sus miradas. Sabía que era una mala idea venir –dijo nerviosa.
–Rachel, es el efecto que produce una persona cuando se ve bien. No dejaremos que nadie se acerque a incomodarte, ¿está bien? –preguntó Hiram y Rachel asintió–. Dijimos que lo íbamos a intentar, ¿recuerdas?
–Lo sé, papá, pero...
–Nada de peros, estrellita –la interrumpió Leroy–. Es tiempo de intentar cumplir tus sueños y para eso debes hacer esfuerzos.
Rachel volvió a asentir, algo más convencida, pues sabía que sus padres tenían razón. Ella siempre había soñado con ser una estrella de Broadway, pero los temores y lo que sea que pasase con ella, le habían impedido concretar aquella meta. Estar con desconocidos le era muy difícil y se había escondido en el calor de su hogar; la oportunidad que le ofrecía Tina era, quizás, la mejor que podía tener.
–Estrellita, debemos ir con tu papá a saludar a mis socios. Cualquier cosa nos llamas al móvil –anunció Leroy, para luego despedirse junto a su esposo de los tres muchachos.
–Leroy y Hiram se ven increíbles esta noche. Ellos se mantienen muy bien para su edad –comentó Kurt al tiempo que ambos hombres se alejaron.
–¡Kurt! –exclamó Rachel y su amigo la miró confuso–. No hables así de mis papás, es extraño...
Tina y el aludido soltaron una carcajada al escuchar a la morena. Adoraban a Rachel por ese tipo de cosas. Lo que a muchos les parecía extraño, a ellos sólo les recordaba la inocencia propia de la niñez y de la adolescencia.
–Kurt no ve a tus papás de esa manera, Rachel –aseguró Tina–. Al menos no tanto –agregó con una pequeña risa–. Por cierto, este bocazas me comentó lo que sucedió con Lucy, pequeña. Lo siento.
–Sí, yo también –dijo Rachel, agradeciendo a su amigo con la mirada, pues no tenía ganas de rememorar todo–. Quizás es tiempo de crecer y dejar eso atrás.
–Crecer no es tan malo. Nosotros estamos bastante bien –aseveró la chica de ojos rasgados sonriendo a su amiga–. Sabes que estamos para ti, para lo que necesites. Siempre.
Rachel asintió y perdió su vista en el lugar que la rodeaba. Acostumbraba siempre observar a las personas que la rodeaban; de cierta forma, aquello la tranquilizaba. Sentía que tenía algo de control sobre la situación si sabía quiénes la rodeaban o quiénes podían acercarse a ella. Sus amigos conocían de aquella manía, así que no se ofendieron cuando la morena se perdió en sus pensamientos y en su observación. De pronto, Rachel posó sus ojos en un grupo específico. Podía reconocer a aquella persona en cualquier lugar.
–Lucy –murmuró Rachel, llamando la atención de Kurt y Tina–. Lucy está aquí.
–¿Dónde? –preguntó Tina y Rachel apuntó disimuladamente al grupo donde se encontraba–. ¿Es aquella rubia de cabello corto? –cuestionó y Rachel asintió–. Es guapa...
–¿Guapa? Es hermosa –dijo Kurt asombrado.
–Lo es –concordó Rachel–. La más hermosa de todas –agregó soñadora.
–Deberías ir a saludarla –sugirió Tina–. Ya sabes que creo que las casualidades no existen.
–Lo sé, pero no iré –expuso Rachel–. Papi tiene razón, Lucy... Quinn –se corrigió–, siguió con su vida y yo debo hacer lo mismo. No quiero molestarla más...
–Es sólo un saludo, diva. Podemos ir los tres, la saludamos y nos regresamos –Kurt sabía cuánto Rachel había anhelado el encuentro con su Lucy y lo devastada que había quedado tras él.
–Sí, Rachel. Podemos fingir que nos topamos con ella o algo así. Nuestras clases en TISCH nos enseñaron cómo hacerlo a la perfección –añadió Tina con una sonrisa.
La morena miró a Quinn un momento y luego bajó la vista al piso que brillaba a sus pies.
–No, chicos. Es tiempo de dejar de vivir en el pasado –expresó con tristeza–. Por más que yo quiera negarlo, las cosas no son como yo las recuerdo. Todo el mundo siguió adelante. Yo soy la única estancada entre mis dolores y la memoria de cosas que sucedieron hace años atrás. Tengo que crecer y dejar de comportarme como una extraña, como una persona diferente...
–Ya hablamos de eso, diva. Lo diferente es buen... –interrumpió Kurt, pero Rachel no lo dejó terminar.
–No es bueno, nadie quiere lo diferente –sentenció Rachel–. Yo siempre pensé que cuando me encontrase finalmente con Lucy todo sería como yo lo recuerdo, pero no fue así. Para ella pasaron más de quince años, para mí... seis. Es obvio que algo está mal en mí y yo sé que me quieren y me aceptan así, pero el mundo no es como ustedes. ¡Lucy no es como ustedes! –agregó con lágrimas en los ojos.
–Tú no tienes que cambiar. Puede que ahora no lo entiendas y estés confundida, pero ser diferentes nos hace distintos, por muy redundante que suene, y eso nos ayuda a destacar. Si no eres diferente, te pierdes en el montón. Tú naciste para brillar y para aquello necesitas ser distinta a los demás –expuso Tina tomando las manos de su amiga, consolándola–. El próximo semestre si aceptas, brillarás sobre el escenario y el mundo hablará de tu talento, Rachel. No de ti o de lo que te sucedió años atrás. Puedes haber olvidado todo, pero tu talento permaneció junto a ti, cual fiel aliado. Esa es tu mejor arma. Si quieres continuar, olvidarte de aquellos recuerdos, está bien. Es tu decisión. Lo único que te pido es que no dejes que el mundo que te intimida te cambie. Hazlos tú cambiar a ellos...
Rachel abrazó a su amiga y por un momento se sintió capaz de lograr todo lo que siempre soñó. Se olvidó por un instante de la mirada de su Lucy, de los susurros en TISCH, de los comentarios hirientes. Se olvidó por un momento que era el extraño caso de la habitación 305 y se perdió entre las imágenes de un futuro mejor. Feliz.
Quinn sentía que nunca había sonreído como durante las dos horas que llevaba en aquel lugar. Lo peor era que sólo muy pocas sonrisas habían sido sinceras. Santana la había arrastrado casi tirándola a aquel salón estilo palacial ubicado en pleno Manhattan. Brittany tenía que estar media hora antes en el lugar para vestirse y maquillarse, así que Santana obviamente había decidido que acompañaría a su esposa durante ese tiempo, por tanto, Quinn también debía hacerlo. Su hija, que había estado hablando de aquel evento toda la mañana, aparecería con Puck sonriendo a cada cámara que quisiese sacarle una fotografía. Si bien Quinn sabía que Beth había crecido rodeada de aquellos aparatos y que posar era algo normal para ella, pues había sido su modelo preferida desde que nació, aún se impresionaba por el gusto de la pequeña por los flashes y las cámaras. La rubia estaba segura que su hija en cualquier momento le pediría comenzar a ir a castings y esas de ese estilo, porque ser una estrella era algo que anhelaba.
En aquellas dos horas Quinn había comprobado que los compañeros de trabajo de Santana eran verdaderamente desagradables y que Puck era realmente apetecido entre las modelos. El castaño había caminado orgullosamente de la mano de su hija por todo el lugar, coqueteando con algo de disimulo con cada chica que se cruzaba frente a él. Beth, cada vez que se percataba de ello, tiraba a su padre hacia otro lugar y Puck, dominado como era, obedecía sin dudar.
–Gracias por acompañarme hoy, Q –dijo Santana cuando los saludos de rigor por fin habían terminado y ella, Puck, Beth y Quinn se encontraban esperando por la presentación de Britt.
–Realmente son unos idiotas –comentó Puck–. Tus compañeros de trabajo –agregó para darse a entender mejor–. Cuando los saludé me miraron como si fuese un estúpido y parecieron sorprendidos cuando les dije que tenía un título universitario. Al parecer, si soy deportista, deben faltarme neuronas.
–No es que tengas muchas, en todo caso –bromeó Quinn y Puck fingió sentirse ofendido, llevando una mano a su pecho–. Pero coincido contigo, Puck. No sé cómo los soportas a diario, San.
–De la misma manera que tú soportaste estar en aquel lugar donde te explotaban y que Puck soportó estar en la banca todo un semestre sin jugar –respondió Santana–. A veces debemos hacer esfuerzos. Vivir aquí no es económico bajo ningún concepto y con Britt queremos ser madres pronto. Para eso necesitamos dinero...
Tanto Puck como Quinn estuvieron de acuerdo con su amiga, por lo que la conversación varió de tema, hasta que Beth les pidió que se callasen porque la presentación de Brittany comenzaría en unos segundos.
Como siempre, su amiga brilló mientras bailaba. La presentación terminó ovacionada por los asistentes a aquella fiesta y Quinn sintió como el orgullo crecía en su pecho. Sonrió al ver las miradas de Puck, Santana y su hija, pues sabía que estaban sintiendo lo mismo.
Minutos después, el manager de Puck lo llamó para que fuese a saludar a unos hombres importantes en el negocio, así que el castaño se despidió de ellas y fue a cumplir con sus obligaciones. Media hora más tarde, Britt llegaba hasta ellas vistiendo un sencillo diseño color azul, acompañada por Nicole. Quinn intentó disimular su incomodidad.
–Estuviste maravillosa, mi vida –dijo con orgullo Santana tras abrazar y besar a su esposa–. Tú también, Nicole.
–Tía San tiene razón, bailaron muy, muy bien –comentó Beth recibiendo el apoyo de su madre que asentía sonriendo.
–Gracias chicas –dijo Britt emocionada–. Al parecer la gente de Vogue también quedó fascinada. Uno de los chicos nos dijo que quizás extendían un contrato para el resto del año, es decir, para el resto de las fiestas que la revista organizara.
–Sí, el chico al parecer había hablado con su jefa al respecto y ella estaba maravillada con la idea –agregó Nicole que se había posicionado al lado de Quinn.
–Suena maravilloso. Vogue es una revista muy importante –dijo Quinn sinceramente, pero dirigiendo su mirada a su amiga y no a la pelirroja junto a ella.
–¡Rachel está aquí! –exclamó Beth mirando hacia la morena.
–¿Dónde? –preguntó intrigada Santana y Beth le indicó–. Realmente está muy guapa y sexy –comentó la latina y su esposa estuvo de acuerdo.
–No hables de esa forma de Rachel –dijo Quinn saliendo de su perplejidad inicial. Tanto Santana, como Britt y Nicole se giraron hacia ella tras escuchar aquella frase, pero sus amigas portaban una sonrisa que nada bueno auguraba.
–¡Rachel! –gritó Beth, ignorando a las adultas–. ¡Rachel! –volvió a llamar la pequeña y la morena se volteó hacia ella y le sonrió con timidez. Luego miró al resto de las mujeres que rodeaban a Beth y bajó la mirada–. ¡Vamos a saludarla! –aquello sonó entre petición y orden. La pequeña quería conversar con Rachel, porque estaba algo aburrida y cuando la morena no se acercó, ella decidió que debía dar el primer paso.
–¿Qué? No, Beth, ¡espera! –intentó Quinn, pero su hija acompañada de Brittany ya caminaban hacia el lugar donde se encontraba la morena.
Santana la tomó de la mano y la obligó a caminar, siguiendo a su esposa y a su ahijada. Nicole avanzó pegada a Quinn en todo momento, no queriendo alejarse de la rubia bajo ninguna circunstancia.
Nada estaba saliendo como Quinn quería.
Rachel no pudo evitar sonreír al ver y escuchar a Beth. Aquella pequeña era una copia de Quinn, salvo por el color de sus ojos. Los de Quinn, avellana casi verdes, siempre fueron más misteriosos, en opinión de la morena. Los de Beth eran casi completamente miel, con algunas motas verdes, pero sinceros y risueños. A Rachel le daban confianza. Si bien la morena no quería que su Lucy tuviese hijos –al menos no hasta que ella los tuviese y así podrían ser mejores amigos también–, había aceptado la existencia de Beth, porque la pequeña tras su primera mala impresión, realmente se había comportado de manera diferente y se habían divertido juntas. En el fondo, Rachel de verdad deseaba seguir compartiendo con Beth, pese a que sabía que aquello no sería posible. Por ello, tras observar a las mujeres que la acompañaban y a su Lucy, bajó la mirada. Reprimiendo cualquier deseo de acercarse a ellas.
Lo que la morena no esperaba es que fueran ellas las que se acercasen. Por eso se sorprendió cuando escuchó la voz de Beth a su lado.
–¡Hola Rach! Ella es mi tía Brit –dijo Beth, presentando a la rubia que la acompañaba, la que murmuró un sincero saludo.
–Hola –saludó avergonzada Rachel, correspondiendo el saludo.
–Estaba allá y te vi y tú no viniste... así que vine yo –expuso la pequeña su explicación no tan gramaticalmente correcta.
–Sí, es que... eh... bueno... yo no quería molestar y estaba aquí con mis amigos –intentó justificarse la morena.
–Hola Berry –dijo una Santana llegando junto a ellas, seguida de Quinn y Nicole. La rubia sólo sonrió a Rachel algo avergonzada.
–Hola... ¿nos conocemos? –preguntó confundida Rachel, tomando de la mano a Tina.
Aquel gesto era típico de Rachel cuando se encontraba en situaciones de estrés. Era su forma de sentirse protegida. Tanto Kurt como Tina se habían mantenido algo apartes de la conversación, dejando de la morena se desenvolviera por sí misma.
–Hey, todo está bien... –susurró Tina, pero el resto de los presentes escuchó, con excepción de Nicole. Beth miró confundida a su madre.
–Soy Kurt –se presentó el castaño–. Y ella es Tina –agregó–. ¿Ustedes no son las bailarinas con las que hablé hace unos minutos? –preguntó mirando a Britt y a Nicole.
–Sí, somos nosotras. ¡Qué pequeño es el mundo! –comentó Britt sonriendo e intentado relajar el ambiente.
Santana seguía mirando a Rachel y la morena comenzó a inquietarse, por lo que miró a su amiga en busca de ayuda. Quinn observó todo aquello preocupada, queriendo golpear a su amiga.
–¿Qué haces aquí, Rach? –cuestionó Beth interesada en lo que sucedía con Rachel, ignorando la tensión del ambiente.
–Eh... Kurt trabaja en la revista que organiza el evento y me invitó... –explicó la morena, centrando su visión en la pequeña.
–La verdad es que no tenía cómo negarse –dijo el castaño–. Sus padres también debían asistir y Tina necesitaba de su presencia aquí. Tenía que promocionar a la protagonista de su nueva obra.
–¿Vas a actuar en una obra de verdad? –el asombro y admiración en la voz de Beth era notable.
–No... es decir, no sé... aún no le he decidido... quizás no sirva para el papel –y aquello era verdad, al menos para Rachel.
–Claro que sirves. No encontraremos a nadie con tu talento dispuesto a actuar en nuestra obra –contradijo Tina–. Lo que pasa es que aún no la terminamos de convencer.
–Yo creo que deberías aceptar el papel y así te puedo ir a ver cuando la estrenen –expresó con seguridad Beth.
–¿De verdad no nos recuerdas? –preguntó asombrada Santana.
–¿Qué? –Rachel se volteó hacia la latina–. Yo no... –se llevó una mano a la cabeza mientras negaba, otro gesto que tanto Tina como Kurt conocían muy bien.
–Ustedes saben nuestros nombres, pero nosotros aún desconocemos los suyos –dijo Tina intentando desviar la atención mientras Kurt abrazaba por el costado a Rachel.
–Eh, sí... disculpa –expuso Santana alternando su mirada entre Rachel y Tina–. Yo soy Santana, ella es Quinn y la pelirroja tras ella es Nicole.
–¿Está bien? –susurró Quinn a la chica asiática y ésta asintió, tranquilizándola.
–¿Ella es tu novia, Lucy? –preguntó Rachel sin poder evitarlo haciendo que todas las miradas se posasen en ella.
Quinn sabía que se refería a Nicole y negó con fuerza, pero la pelirroja la rodeó con el brazo de forma sorpresiva.
–¿Lucy? –cuestionó Nicole–. Aún no hay nada formal, pero esa es mi idea.
–Basta Nicole –manifestó Quinn quitándose el brazo que la rodeaba. Realmente no quería herir a la pelirroja, pero en ese momento su preocupación era Rachel y la forma en que ésta la miraba–. No somos novias, ni nada por el estilo. Nicole es compañera de Britt. Trabajan en la misma academia de baile. Esa es toda la relación que nos une.
–Sí, cuando te dije que mamá tenía novia fue una pequeña mentira. Ella está soltera y sin compromisos –confesó Beth–. Ya sabes, yo estaba algo molesta... pero eso fue antes de que habláramos sobre las obras y los musicales. Ahora me agradas...
–Nadie más entendido en obras y musicales que Rachel –señaló Tina–. Creo que ya nos sabemos los diálogos de ambas películas de Frozen gracias a ella.
–¡Yo también amo a Frozen! Hasta tengo un peluche de Olaf que me regalaron mis tías Britt y San –exclamó la pequeña y Rachel le sonrió. La morena sentía que podía ser ella misma junto a Beth–. ¿Tienes la dos en vídeo? –Rachel asintió–. Deberíamos verla, yo aún no la tengo, ¡pero tú puedes venir a casa o yo puedo ir a la tuya!
–¿A la casa de quién? –preguntó la voz de Hiram a sus espaldas–. ¿Hicieron una pequeña reunión mientras yo me aburría por allá?
–Jamás, Hiram. Sabes que seríamos incapaces de algo así –respondió Tina sonriendo–. Esta jovencita aquí presente se acercó a saludar a tu hija junto a su mamá y sus amigas –explicó.
–Hiram Berry –se presentó el hombre, extendiendo su mano a Beth.
–Bethany Puckerman Fabray –dijo con formalidad la pequeña correspondiendo el saludo.
–¿Fabray? Entonces tú debes ser Lucy, es decir, Quinn –comentó Hiram mirando a Quinn, quien asintió.
–Y ellas son Santana, Brittany y Nicole –terminó las presentaciones Kurt.
–Y este caballero que acaba de llegar es mi esposo, Leroy –añadió Hiram cuando Leroy lo abrazó por la espalda.
–Mucho gusto –dijo el aludido, sonriendo a los demás– Creo que te he visto en algún lugar... –comentó mirando a Santana.
–Ella es Santana, mi amiga y su esposa es Britt –expuso Quinn intentado explicar porqué le podía resultar conocida la latina.
–¡Oh! Ella realmente estaba arrepentida... –dijo Leroy mirando a la pareja, la que asintió, pese a que el resto, con exclusión de Hiram y Quinn, no entendieron a qué se refería con aquella oración–, pero no... yo te he visto aquí, en Nueva York... ¿Trabajas para Max? –la latina le contestó que sí–. Entonces te he visto. Yo trabajo en la competencia. En Bishop y asociados –agregó el abogado.
–¿Aquella no es la firma en la que soñabas trabajar? –preguntó Britt sorprendida.
–Sí, es la misma –afirmó Santana sonriendo.
–Bueno, si alguna vez el plan de Beth se concreta, puedes pasarle tu currículum a mi esposo –sugirió Hiram.
–No sé de qué plan hablan, pero Hiram tiene razón. Deberías pasármelo y yo veré si puedo hacer algo. Nada me gustaría más que robarle a Max un buen trabajador; en este caso, trabajadora –señaló Leroy.
–¿En serio? Eso sería extraordinario –dijo la latina emocionada.
Rachel seguía evitando la mirada de Quinn. De esa manera, para la morena era más fácil soportar la situación. La rubia, por su parte, estaba cada vez más inquieta por la actitud de Rachel. ¿Por qué no la miraba? Se preguntaba una y otra vez. Quizás la presencia de Nicole le molestaba, la sola idea de ello enojaba a la rubia. La bailarina no entendía que Quinn no tenía interés en ella y ahora incomodaba a Rachel. Aquello era el colmo para la rubia. Así que decidió actuar, quizás fue más un impulso que una decisión, pero Quinn no comenzaría a cuestionarse eso.
–Rachel, ¿puedes acompañarme junto con Beth a buscar algo para tomar? –preguntó Quinn, pues no pensaba dejar a su hija sola.
–Yo te acompaño, Quinn –dijo Nicole y la cara de Quinn evidenció la molestia que no podía expresar en palabras. Sus dos amigas la notaron y negaron por lo bajo.
–No, que Rachel nos acompañe así podemos seguir hablando de Frozen y de tu nueva obra –exclamó Beth y Quinn sintió orgullo por su hija.
–Eh... no... yo... –balbuceó Rachel.
–Anda diva y me aprovechas de traer una copa de champagne, por favor –pidió Kurt y Rachel, inocente y servicial, asintió.
–Volvemos pronto –anunció Quinn, comenzando a caminar junto a Rachel y su hija antes que la morena se arrepintiese o alguien las interrumpiera.
Quinn sabía que algo extraño estaba sucediendo, pues ella no solía sentir ese instinto de protección con nadie más que su hija. Obviamente se preocupaba por el resto de su familia y sus amigos, pero lo que le sucedía con la morena era algo más profundo. Quizás se debía a la inocencia y fragilidad que brotaba de Rachel. Pese a su apariencia, sus ojos evidenciaban el terror que le producía aquel mundo en el que ella no encajaba. Quizás era sólo su instinto maternal. Quinn no se detuvo a pensar en ese sentimiento de protección que surgía cuando Rachel estaba frente a ella, porque a veces es mejor no cuestionarte cosas cuando la respuesta puede ser aterradora. Después de todo, aquella chica seguía siendo Rachel Berry: la que primero fue su amiga; luego, su tormento; y ahora, su misterio.
