N/A: Disculpas, disculpas y más disculpas. Mi vida es un caos y tengo miles de cosas por hacer, he ahí el motivo de mi falta de actualizaciones. No hay bloqueos, ni falta de motivación, sólo una necesidad de que mis días tengan más de 24 horas.

Espero poder hacerme tiempo para escribir y actualizar pronto, pero lo veo complicado. Las ganas las tengo, pues este capítulo cambia la historia hacia un punto sobre el cual ansío escribir (básicamente toda la idea está estructurada entre el accidente de Rachel y este capítulo).

A los que leen mi otra historia, más disculpas aún. No sé cuándo pueda actualizarla, espero no tardar demasiado.

¡Saludos!

Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen

V. Lo que sea necesario

Una semana había trascurrido desde la fiesta. Una semana en la que Quinn había estado sumergida en sus reflexiones; incluso durante su trabajo no podía evitar perderse en sus pensamientos. En sus pensamientos y en Rachel, o mejor dicho, en sus pensamientos sobre Rachel.

No habían interactuado mucho tras la charla de Quinn con los padres de la morena, pero aquello no había sido impedimento para que la rubia siguiera cada paso de la cantante durante la velada. Quinn se sentía algo obsesionada con Rachel. Le intrigaba su falta de recuerdos. Le intrigaba también el hecho de ser una persona tan importante para la morena. La rubia se encontraba en una dicotomía sentimental, por llamar su situación de algún modo, entre sus sentimientos maternales/fraternales hacia la morena y los de la otra clase, los que ni siquiera se atrevía a nombrar.

Sus amigos no la ayudaban, pues nombraban a la morena cada vez que podían. Lo peor para la rubia, era ver esa sonrisa de suficiencia que aparecía en los rostros de Puck y Santana cada vez que mencionaban a la cantante, como si supiesen la enmarañada red que se tejía en su interior. En realidad, sus amigos la conocían tan bien, que claramente podían adivinar lo que sucedía con ella. Hecho que Quinn detestaba, pues sospechaba que ellos entendían mejor su situación que ella misma.

Beth, quien en ese momento se encontraba sentada frente a ella terminando sus deberes escolares, tampoco había sido de mucha ayuda para su tranquilidad mental. La pequeña había desarrollado una especie de activismo por una causa llamada "Rachel Berry es la mejor persona del mundo entero". Si la menor no estaba hablando acerca de lo grandiosa que era Rachel, estaba señalando lo importante que era tenerla en su vida. Sí, Beth siempre había sido bastante dramática y, al parecer, creía haber encontrado a su alma gemela en Rachel. A Quinn siempre se le había hecho familiar ese aspecto de la personalidad de su hija, pues no era algo propio ni de Puck ni de ella misma. Ahora entendía aquel sentimiento. Beth era una especie de mini Rachel, una mini diva como la pequeña morena que ella había conocido en primaria y que había olvidado tras lo sucedido hace ya diez años.

Con el paso de los días Quinn recordaba más a esa Rachel, a la pequeña Rachel Berry que al parecer había despertado en el cuerpo de una adulta y se cuestionaba cuánto habría cambiado todo si hubiesen mantenido aquella amistad. Ella no cambiaría lo sucedido en su vida, tenía una hermosa hija, grandes relaciones de amistad y una fructifica vida laboral, pero por otro lado, Rachel había perdido tanto...

–¡Mamá, te estoy hablando! –alzó la voz Beth, sacando a Quinn de su ensoñación.

–Y yo te estoy escuchando, ¿qué pasa? –preguntó la rubia más alta.

–No me estabas escuchando, estabas pensando en algo mientras yo hablaba... –contradijo Beth–. Pero te lo repetiré, ¿sabes lo importante que son las buenas amistades, cierto? –Quinn asintió temiendo por aquel rumbo de la conversación–. Yo aquí no tengo muchos amigos, pero creo que encontré a la mejor amiga que podía desear... entonces necesito que tú me ayudes –Beth miró a su madre con los mejores ojitos de cachorro que pudo encontrar–. Tienes que llamar a Rachel para que yo pueda verla.

–Ni siquiera tengo su número, Beth –dijo Quinn rápidamente.

–Pero hablaste con sus papás en la fiesta y cuando los padres hablan siempre intercambian números y esas cosas, por el bien de sus hijos –Beth intentó explicar la lógica de su mente.

–¿Entiendes que Rachel no es como tus compañeros de colegio, cierto? –preguntó Quinn algo molesta.

–Claro que no lo es, ella es mucho más cool. Va a trabajar en una obra de Broadway –aclaró Beth.

–Todavía no acepta el papel –le recordó Quinn a la pequeña.

–Lo hará. Yo la convenceré. Somos amigas y las amigas siguen los consejos de sus otras amigas –espetó con seguridad la menor.

–¡Rachel tiene mi edad, Beth! No puedes tratarla como una niña, porque no lo es. No puede ser tu amiga, no es una niña, ¿entiendes? –exclamó molesta Quinn.

Beth la miró con sus ojos avellana brillando por las lágrimas y la ex porrista se arrepintió de su exabrupto. Quinn no sabía que la había motivado a actuar así. Bueno, sí lo sabía. No le gustaba que el resto insinuara que Rachel era una niña, no cuando ella tenía esos extraños sentimientos hacia la morena; no cuando ella se lo decía sí misma y aquello seguía sin funcionar. Por más que lo negara, seguía viendo a Rachel como la mujer que era, no como la adolescente que habitaba su mente.

–Sí sé que tiene tu edad, tengo ojos y veo que es grande –dijo Beth con la voz afectada por el llanto contenido–. En realidad... grande no es, es bastante bajita, pero sé que es adulta... Tía Britt también lo es y aún así la considero mi amiga. Rachel me entiende mejor que otros adultos y yo la entiendo a ella. Nos gustan las mismas cosas, ¿por qué no podemos ser amigas? ¿Sólo porque ella es adulta y yo no? Esa es una tonta regla. Los adultos tienen siempre reglas tontas, siempre quieren impedir las cosas divertidas o buenas. Rachel no es así y pensé que tú lo entendías... –agregó la pequeña antes de pararse y correr a su habitación.

Quinn se levantó inmediatamente y siguió los pasos de su hija. Al entrar en la habitación de Beth, la encontró sentada sobre su cama, abrazando a su peluche de Olaf con fuerza.

–Lo siento –fue lo primero que dijo Quinn cuando se sentó al lado de Beth–. Con Rachel me suceden cosas que no puedes entender...

–Sí las entiendo –la interrumpió Beth mirándola con algo en los ojos que Quinn no pudo descifrar.

–No, no las entiendes. Y está bien que no las entiendas, ¿sabes? Ni yo entiendo bien aún –le explicó la rubia a la menor–. Pero no debí hablarte así y te pido disculpas por eso.

–Está bien, mamá –dijo Beth abrazando a la ex porrista.

–Pero es verdad lo que te dije antes, no tengo el número de Rachel. No sé cómo ubicarla.

–Yo sí sé –expuso Beth y Quinn la miró curiosa–. Tía Britt tiene el número del amigo de Rachel, Kurt. Ella podría llamarlo y pedirle el número de Rach. Si quieres, puedo llamarla yo y pedirle que lo averigüe –añadió la pequeña.

–No, lo haré yo –sentenció Quinn–. Te amo, mi pequeña sabelotodo –agregó depositando un beso en los cabellos de su hija, antes de levantarse en busca de su teléfono.

–Y yo te amo más, mi mamá confundida –gritó Beth con una gran sonrisa cuando Quinn ya no se encontraba en la habitación.

Quinn decidió ignorar el adjetivo utilizado por su hija y tomó su celular para llamar a Britt. La bailarina no se demoró en contestarle.

–¿Diga? –preguntó la voz siempre acogedora de Britt.

–Hola, Britt, habla Quinn –respondió la rubia ojos avellana.

–Quinn, ¿cómo va todo? ¿Beth está bien? –Britt fiel a su estilo, siempre preocupada de los demás.

–Sí, todo bien. Te llamo para pedirte un favor, en realidad –dijo Quinn algo avergonzada.

–Dime de qué se trata para poder ayudarte. Ya sabes que haré todo lo que me sea posible –Quinn se imagino la sonrisa en el rostro de su amiga mientras le pronunciaba aquellas palabras.

–Resulta que Beth quiere ver a Rachel, pero yo no tengo su número. Entonces ella sugirió que te pidiese a ti que llamaras a Kurt para conseguirlo –explicó Quinn intentando darse a entender–. Pero yo estoy bastante ocupada con el trabajo ahora –mintió–, así que si Kurt te da su número, ¿podrías llamarla tú y coordinar algo para que Beth pueda verla?

–Claro, no tengo problema. Llamaré a Kurt y luego te informo de todo. Estamos hablando, Q –dijo Britt a modo de despedida.

Quinn se despidió de su amiga y colgó. Sabía que era una ridiculez lo que estaba haciendo. Mentirle a su amiga por algo tan burdo como una llamada telefónica era de niños, pero no se sentía en condiciones para hablar con Rachel. La morena invadía sus pensamientos a diario y no quería equivocarse, por lo que quizás lo mejor era mantener distancias.

Media hora más tarde, mientras Quinn estudiaba unas fotografías que había tomado, decidiendo si las utilizaría o no, Britt le devolvió la llamada. La rubia ex porrista se demoró un poco en contestar, pues sólo saber que Rachel había hablado con su amiga la ponía algo nerviosa.

–¡Hey, Q! Ya está todo coordinado –anunció Brittany apenas Quinn contestó.

–¿No tuviste problemas? –preguntó Quinn intentando obtener algo más de información que la que su amiga le brindaba.

–No, Kurt accedió encantado a facilitarme el número telefónico de Rachel y ella parecía maravillada con la noticia. Le dije que fuera mañana a tu casa, en la tarde. Sé que habíamos acordado juntarnos, pero podemos reprogramar... –señaló Britt.

–Espera, ¿dijiste a mi casa? –la sorpresa en la voz de Quinn era indisimulable, lo mismo sucedía con el pánico que la embargó.

–Claro... asumí que preferías que ella fuese a tu hogar –explicó la mujer de ojos celestes–. Por Beth –aclaró–. No es que los Berry supongan un peligro, pero pensé que preferirías observar como ambas interactúan. Al fin y al cabo, Beth es una niña aún.

–Sí, tienes razón –dijo la voz de Quinn aún no muy convencida. La rubia sabía que su amiga tenía razón. La lógica indicaba que lo mejor era que ella estuviese presente, en un lugar que ella dominaba. Eso lo entendía, pero la idea de Rachel invadiendo su casa, llenando cada rincón de recuerdos, la inquietaba. Ya era suficientemente difícil sacar a la morena de su mente–. Muchas gracias, Britt. De verdad. ¿Después me podrías mandar un mensaje con el número de Rachel para coordinar mejor las cosas?

–Por supuesto, no hay problema –respondió Britt tan alegre como siempre–. Debemos hablar para ver si es posible reunirnos pronto. Quizás podríamos ir al cine...

–Sí, quizás –concordó Quinn algo ausente–. Aprovecha de estar con Santana este fin de semana y después coordinamos para vernos.

–Está bien, Q. Cuídate y dale mis saludos a Beth. Te quiero –se despidió Britt.

–En tu nombre. Molesta a Santana en el mío –bromeó Quinn–. ¡Te quiero, B!

Minutos después, Quinn recibió un mensaje con el número de Rachel. La rubia estaba algo consternada ante la idea de la visita de Rachel, pero no podía negar las miles de mariposas que jugaban en su estómago sólo al pensar en el hecho que vería nuevamente a aquella morena.

No sabía si algo bueno saldría de la visita; sin duda esperaba que nada malo pasase. Decidió que le contaría la noticia más tarde a Beth. Necesitaba hacerse bien la idea, antes de recibir toda la euforia de su hija.


Rachel se encontraba en aquella clínica que ya le resultaba tan familiar. Cada dos semanas debía asistir a una sesión con su psiquiatra y una vez cada tres meses (o una vez cada semestre, dependiendo de cómo se sintiese), visitar al neurólogo que la trataba hace unos años en Nueva York. Su psiquiatra era mismo que alguna vez la había atendido en Lima. El médico se había mudado unos años después que los Berry a la gran ciudad; Rachel, al enterarse de ello, decidió cambiar de especialista. Por suerte para ellos, el doctor Marshall atendía en la misma clínica que el doctor Roberts, su neurólogo.

Para la morena aquellas sesiones eran algo rutinario. No había causa, enfermedad o cura para lo que le sucedía, aún así encontraba liberador poder hablar con el doctor Marshall sobre su vida. Le otorgaba una perspectiva más objetiva.

Antes de dirigirse a la consulta del doctor Marshall caminó directamente hacia una habitación que conocía muy bien.

–El doctor te está esperando, estrellita –escuchó a su padre decir tras ellas, intentando alcanzarla.

–Sólo será un momento. Quiero saludarla y hacerle saber que no la he olvidado. La semana pasada no pude venir a visitarla –explicó Rachel volteándose a ver a su padre.

–Ni siquiera deberías visitarla. John –refiriéndose al doctor Marshall– ya que lo explicó. No te hace bien a ti, ni le hace bien a ella –le recordó Leroy a su hija.

–A mí me hace bien. Y a ella también. Lo veo en su sonrisa. No necesito nada más que eso. No sé cómo no pueden entenderlo –Rachel decidió acabar con aquella discusión y sin perder más tiempo, se dirigió hasta la habitación 305. No golpeó porque sabía que no recibiría respuesta. Al entrar quedó paralizada. Aquella habitación estaba vacía. No había rastro de su ocupante. Los característicos dibujos que adornaban las paredes habían desaparecido.

Inmediatamente se dirigió hacia una de las enfermeras a cargo. Necesitaba respuestas y las obtendría de inmediato.

–¿Dónde está? –la adrenalina y la angustia se habían adueñado de Rachel, mandando al olvido sus modales.

–Ya no es paciente de esta clínica –le indicó aquella enfermera ya mayor, sabiendo a quién se refería la morena.

–¿Cómo que no es paciente? ¡Claro que lo es! –se quejó Rachel y al sentir que Leroy llegó hasta ellas le pidió–: ¿Puedes decirle que Maia es paciente de la clínica, papi? Ella me acaba de decir que no lo es. Y yo sé que lo es, papi. Tengo que verla.

Una mirada a aquella enfermera le bastó a Leroy para saber que no obtendrían mayores respuestas.

–Estrellita, mejor vamos hasta donde John y le preguntas qué sucedió –sugirió Leroy y Rachel asintió, tomando su mano y caminando hacia la dependencia antes mencionada.

Leroy suspiró aliviado al ver al médico esperando por ellos. Sabía que con Rachel en ese estado no podría esperar.

–Hola Rachel, ¿cómo estuvieron estos días sin vernos? –preguntó el médico a modo de saludo.

–Bien –respondió tajante la morena–. ¿Dónde está Maia?

–Tomen asiento –indicó el doctor Marshall.

Los Berry hicieron lo que el psiquiatra les pidió y esperaron hasta que éste se ubicó frente a ellos.

–Maia llegó hace un año y medio a la clínica en virtud de un programa que estábamos implementando. Tú sabes su historia Rachel. Sin ese programa jamás la hubiésemos tratado. Pero, al igual que tú, Maia no tiene aparentemente nada. Todos los estudios han concluido lo mismo. No podíamos seguir teniéndola aquí. Esos recursos deben ser aprovechados por otros niños a los que sí podemos tratar –explicó el doctor.

–Ella ha mejorado estando aquí. Lo he visto. Yo sigo viniendo a consultas dos veces al mes y han pasado casi siete años desde que desperté. Si somos iguales, entonces Maia necesita seguir asistiendo a consultas y sesiones como yo... pero si no la tienen aquí, ¿cómo va a venir? Usted sabe que no la van a traer... –manifestó la morena conteniendo las lágrimas.

Rachel recordaba claramente la primera vez que había visto a Maia. La morena había ido a la consulta sola, pues sus padres trabajaban. Kurt la había ido a dejar y Tina la pasaría a buscar más tarde. Estaba a punto de entrar, cuando escuchó al doctor Marshall hablar sobre el caso de la habitación 305. Rachel sabía que espiar tras las puertas era malo, pero quería saber qué decían de ella. Lo que escuchó no le agradó. Decían que no poseía habilidades sociales y que podía padecer autismo. El otro médico incluso dijo que dudaba que tuviese sus habilidades comunicacionales desarrolladas. Con un sonido algo gutural, la morena se hizo notar. El otro médico se despidió y el doctor Marshall le pidió que pasara. Apenas entró Rachel le preguntó a su psiquiatra porqué había indicado que ella podía tener autismo, si nunca le habían comentado algo así. El doctor pareció confundido en un principio, pero luego le aclaró que no hablaban de ella, sino de una nueva paciente que había ingresado en virtud de un programa de ayuda a los sectores más vulnerables de la ciudad. Aquella paciente ocupaba la habitación 305. La verdad es que Rachel debió entender antes que la situación no se trataba de ella, pues la morena nunca había ocupado una habitación en aquella clínica, pero estaba tan acostumbrada a ser llamada "el extraño caso de la habitación 305" o "el extraño caso de Rachel Berry", que lo había olvidado por completo. El facultativo le explicó que no sabían que tenía la paciente, pues los primeros exámenes no habían arrojado ninguna anomalía. Cuando terminaron la sesión el psiquiatra le preguntó si quería conocer a la nueva paciente, Rachel intrigada, aceptó. Tras la puerta de la habitación 305 se encontraba una pequeña niña de pelo rubio oscuro, casi castaño y grandes ojos azules con algunas motas verdes. Sus rasgo evidenciaban su belleza, pero Rachel no se centró en eso, sino en el pulgar que invadía su boca. Inmediatamente una sonrisa se formó en su rostro. La paciente de la habitación 305 era una niña, una niña de cuatro años que se llamaba Maia.

La historia de Maia no era linda. Con tan sólo cuatro años había vivido cosas que Rachel no llegaba a imaginar. Abusos y desatención habían sido lo normal en su familia. El uso (y abuso) de drogas y alcohol, el pan de cada día. Su padre había sido asesinado en una riña pandillera y su madre la había entregado al sistema aludiendo que no podía hacerse cargo de ella. Meses después, había fallecido tras una sobredosis. Cuando servicios sociales había ubicado a sus familiares, ellos se desentendieron de la menor, indicando que lo mejor para ella era que alguien la adoptara. En situaciones normales, eso habría sido correcto, pero todos sabían que la pequeña no gozaría de aquel destino. Maia no hablaba, ni se comunicaba de forma alguna. No respondía a los llamados y parecía ausente, perdida en su mundo. Sabían que no era muda, porque algunas veces balbuceaba en sus sueños o despertaba gritando tras una pesadilla, pero apenas entendía que estaba despierta, su silencio volvía. Huía al escuchar ciertos sonidos y se quedaba encantada frente a un televisor, eso había llevado a descartar la sordera. En la clínica le habían realizado exámenes para todo y por todo, pero no habían podido concluir nada. Dado a las complicaciones que presentaba trasladar a la menor a la clínica todos los días desde el hogar, el mismo programa que la había recibido a tratamiento, cubría su estadía en la habitación 305. Así podía asistir a terapia sin problemas e interactuar con los niños que estaban internados.

Con Rachel el vínculo había sido inmediato. No necesitaban palabras para comunicarse, pues la morena se contentaba con una sonrisa. Rachel siempre le decía que ella podía hablar por las dos. La morena visitaba a Maia cada vez que iba a sesión con el doctor Marshall y, además, cada vez que encontraba la forma de acercarse a la clínica. Nadie decía nada acerca del vínculo, porque no las perjudicaba, pero sus padres comenzaron a preocuparse cuando Rachel empezó a exigir que la llevasen a ver a Maia. Los hombres habían conocido a la pequeña y la adoraban, pero el bienestar de su hija era más importante. Ellos no consideraban adecuado que Rachel se encariñase tanto con la menor, pues no sabían que ocurría con ella, ni cuánto tiempo estaría en aquel lugar.

Rachel volvió al presente cuando escuchó a su padre y al doctor Marshall hablar. Básicamente comentaban sobre el futuro de Maia en el hogar.

–Deberíamos adoptarla –soltó Rachel de la nada, pues la idea se posó en su mente sólo unos segundos antes de pronunciar aquellas palabras.

–¿Qué? –preguntó Leroy sorprendido.

–Eso, deberíamos adoptar a Maia y así ella podría seguir viniendo a sus terapias –expuso la morena.

–¿Estás sugiriendo que adoptemos a una niña, para que ella pueda venir a sus terapias? ¿No te parece algo extremo? Adoptar a un menor implica muchas cosas más, Rachel –indicó Leroy anonadado.

–Sí lo sé, pero todo la beneficiaría. Tendría un hogar rodeado de amor, seguridad y estabilidad. Si el dinero es un problema, ya sabes que estaba pensando aceptar el papel en la obra de Tina, puedo incluso conseguir algo mejor si es necesario –manifestó Rachel cada vez más convencida de la idea.

–El dinero no es problema, al menos no uno importante. Nosotros ya somos mayores, Rachel. Un juez no nos permitiría adoptar a una niña de las características de Maia... –explicó Leroy con paciencia. El hombre adoraba a la pequeña, lo admitía sin problemas, pero su amplio conocimiento legal lo hacía ser más racional al respecto.

–Entonces la adopto yo. Soy mayor, podría ser su madre sin problemas. Lucy es madre de Beth y Maia tiene la mitad de su edad –señaló Rachel.

–Estrellita, ni siquiera tienes un trabajo. Además, para adoptar necesitas someterte a tests psicológicos y tendrán a la vista tu expediente. Yo sé que no tienes ningún problema, pero ellos harán de lo que te sucedió algo más grande y encontrarán la manera de hacerte ver como una incapacitada. Es horrible, pero te aseguro que lo harán –declaró el abogado con tristeza.

–No me voy a quedar de brazos cruzados, encontraré la forma de ayudar a Maia y sacarla de ese lugar –afirmó Rachel antes de cruzarse de brazos.

–Me parece bien que te pongas metas y escucharte hablar sobre una posible obra, Rachel –dijo el doctor Marshall–. Creo que estás progresando, pero también debes entender que un niño implica responsabilidades mayores. Responsabilidades que tú aún no eres capaz de asumir.

–Pero puedo intentarlo. Sé que puedo... Por Maia –expuso la morena y su padre en ese momento supo que Rachel estaba decidida y nadie la cambiaría de parecer.

–Si estás tan decidida, yo intentaré ayudarte –aseguró el psiquiatra–. Comenzaremos a trabajar en la forma en la que debes enfrentar el mundo desde ahora.

–Y tanto Hiram como yo haremos lo posible por facilitar todo, pero quiero que entiendas que no es algo fácil. No te lo digo como padre, sino como abogado. He tenido que ver largos y extenuantes procedimientos en casos normales –dijo Leroy y Rachel lo miró molesta–. No me refiero a que tú no lo seas, sino a la situación. Maia es una niña maravillosa, pero con problemas de sociabilización y sin diagnóstico o "con diagnóstico reservado" como les gusta decir a los médicos. Tanto servicios sociales como el juez que conozca el asunto, examinarán cada detalle e intentarán encontrar alguna falla que te incapacite, en pos del bienestar de la niña –señaló el abogado.

–Pero Maia estaría bien conmigo. Ella me entiende y yo la entiendo a ella –manifestó la morena, como si aquello fuese razonamiento suficiente.

–Y yo sé que tus intenciones son maravillosas, mi vida –aclaró Leroy–. Pero el mundo no funciona con intenciones, al menos no el legal. Además, debes considerar que el que seas soltera también dificultará las cosas. Quiero que estés al tanto de todo lo que implica querer luchar por Maia.

–No me importa –expresó Rachel cruzándose de brazos–. Conseguiré trabajo y haré lo necesario para ayudarla. No me detendré porque sea complicado. Desde que me desperté en aquel hospital mi vida ha sido todo menos fácil. Y eso nunca me detuvo.

–Debes tomártelo con calma, Rachel –expuso el psiquiatra–. Debemos trabajar en la forma en que vas a enfrentar todo esto. Yo me comunicaré con el encargado del caso de Maia para que puedas visitarla, pero insisto, debes tomar las cosas con calma. Leroy tiene razón, no será fácil y probablemente te sientas muy frustrada, pero así funciona el sistema.

–Puedes comenzar poco a poco –sugirió Leroy–. Es posible que existan otras vías. Podemos acordar una forma para que acuda a cada terapia –añadió intentado quitar la idea de la adopción de la mente de Rachel.

La mente de Rachel estaba ideando mil formas de ayudar a Maia. No le importaba lo que los demás le dijeran. Ella sabía que Maia estaría mejor a su lado. Desde la primera vez que se habían visto una conexión entre ellas se había formado. Y Rachel Berry no la iba a abandonar así como así.


Quinn se había comunicado a través de mensajes de texto con Rachel tanto el día anterior como ese mismo día. Si bien no podías interpretar el tono de voz mediante una escritura, la rubia estaba segura que algo sucedía con Rachel. La morena estaba algo apagada, distraída. Sus respuestas habían sido escuetas y carentes de emoción. Como si eso no hubiese sido suficiente, ya llevaba casi una hora de retraso. Quinn había intentado no parecer inquieta, pero cuando pasó media hora, tomó su celular y llamó a Rachel ante la mirada impaciente de su hija. La morena no le había contestado, pero luego, había recibido un mensaje de su parte indicando que se encontraba algo retrasada, pero que llegaría en cualquier momento. De eso ya veintitrés minutos.

–Deberíamos llamarla de nuevo –indicó Beth sentada frente a Quinn en la mesa del comedor.

–Dijo que ya venía –reiteró por novena vez Quinn.

–¡Pero ya han pasado como mil minutos! –exclamó Beth con exageración.

–No han pasado ni siquiera veinticinco minutos, mini drama queen –se burló Quinn y justo cuando Beth iba a responderle, alguien tocó el timbre.

Ambas rubias corrieron hasta la puerta, pero Quinn llegó primero y la abrió, ignorando todas las alarmas que comenzaron a sonar en su mente producto de su actuar.

–Rachel... –dijo sorprendida frente a la imagen ante ella. Quinn estaba segura que había escuchado a Beth soltar un mini gemido por el asombro.

–¡Hola! Quinn, necesito pedirte un favor –saludó Rachel sonriendo con nerviosismo ante la mirada perpleja de ambas rubias–. Ella es Maia.

Quinn no pudo evitar sonreírle a la niña que estaba en los brazos de Rachel, cuyo pulgar parecía no querer abandonar su boca y que apenas la morena había hablado, se había escondido en el espacio que estaba entre su cuello y su hombro.

La rubia sabía que Rachel tenía muchas cosas que explicarle, pero la principal pregunta que le surgía era ¿quién era esa niña y qué hacía con Rachel?